Xtories

Lola, no estás sola... (Capítulo 6)

El despacho está cerrado, pero las miradas ya no se pueden evitar. Diego la tiene acorralada contra la puerta y Lola sabe que cruzar esa línea significa perder el control. ¿Qué pasa cuando la culpa se encuentra con el deseo?

Sylke and Friends9.6K vistas9.5· 24 votos

Lola, no estás sola

Laura&Sylke

Capítulo 6

Diego no para de apretarse contra mi cuerpo hasta tal punto de volver a tenerme presa entre la puerta y su musculado cuerpo. Noto mis pechos aplastados contra su torso.

- Dime, Lola. No te oigo. ¿A qué has venido? Todavía no te he escuchado decirlo. – me insiste con sus labios rozando el lóbulo de mi oreja.

En ese momento Diego pone su cabeza entre el hueco de mi cuello y mi clavícula, llegando a notar el calor de su boca, hasta que su lengua roza mi cuello y todo mi vello se pone de punta. Después da un pequeño mordisco en mi cuello, para volver a lamerme. Cierro los ojos sintiendo esa sensación que embriaga todo mi cuerpo y noto también como estoy mojando mis braguitas.

- Lola, ¿qué es lo que quieres? Quiero escuchártelo. - me dice en un susurro.

- A ti - respondo bajito.

Diego se separa un instante de mi cuello para poner su cara frente a la mía, casi rozando sus labios con los míos, pero sin llegar a tocarme directamente con ellos.

- Me tienes aquí o ¿es que buscar algo más? - me dice sonriente y desafiante.

No sé cómo se las apaña, pero Diego me tiene a su merced... por dentro hay algo que me impide agarrarme a su cuello y besarle... la imagen de mi esposo aparece una y otra vez en mis pensamientos, pero él vuelve a despertarme.

- Lola, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué te toque?

Afirmo con mis labios temblorosos y parezco una gatita asustada.

- No, Lola... no lo has entendido. Quiero que me lo pidas tú.

En ese momento Diego se separa lentamente de mi cuerpo y noto un vacío extraño y entonces le agarro por el cuello para que no se separe más.

- ¡Diego, tócame! - digo casi jadeando.

Su sonrisa suena a triunfo y no hace falta que diga nada, porque yo tampoco lo digo y es que ese chico siempre me deja sin habla, cuando de pronto suelta los botones de la bata y deja a la vista mi sostén, sobre el que dibuja el contorno rozando la piel de mi pecho, solo con la punta de sus dedos.

- ¿Te he oído bien, Lola? Vuelve a repetirlo. Me gusta escucharlo.

- Tócame, Diego, tócame... - esta vez mi ruego se convierte en súplica.

No sé en qué momento ha soltado el botón de mis pantalones y su otra mano se ha colado por ellos y a través de mis braguitas empieza a acariciar la piel de mi pubis.

- Mmm lola siento lo húmeda que estas ya... - dice en otro susurro en mi oreja - ¿Es por mí?, dímelo... - añade.

- Diego, por favor – respondo jadeante.

- ¿Por favor qué, Lola?, ¿Qué quieres? No te entiendo.

Me tiene a su merced, pero quiero que sea yo la que lo diga, quiere que le ruegue cuanto lo deseo y que quiero que me folle de una maldita vez. Se retira otra vez, sacando al mismo tiempo su mano lentamente de mi coño... pero le agarro de su muñeca.

- Te quiero a ti, Diego... dentro de mí. – digo al fin.

Creo que este tío hace conmigo lo que quiere y es que está tan bueno y yo estoy tan cachonda...

- Ya te he dicho aquí estoy... - comenta bromeando y jugando con el borde de mi tanga, llevándome al límite.

- ¡Joder, diego quiero sentirte por una vez por todas por todo mi cuerpo... terminar lo que siempre empezamos! - mi voz es un ruego.

En ese momento su mano se cuela de lleno en mis braguitas y acaricia mi coño de arriba abajo haciéndome estremecer apretando más fuerte su muñeca.

- ¡Diego! - digo con mis labios apoyados en su cuello.

- ¿Has visto que no era para tanto? - me dice.

De repente, saca su mano, se separa y se dirige a su sillón, sentándose y dejándome allí plantada contra la puerta.

- ¡Desnúdate, Lola! - me ordena poniendo los pies sobre su mesa de forma chulesca.

- ¿Qué?

- ¿No quieres terminar lo que hace tiempo queremos? Necesito verte decidida de una puta vez. Soy tu jefe y no es una orden. Sólo si tú quieres...

- Si... quiero, pero...

- Pues, ¡desnúdate! - me insiste.

No me puedo creer que me pida que me desnude en medio de su despacho al que puede entrar Jaime o Jimena en cualquier momento...

Le miro a la cara y veo que no está bromeando y tan solo está esperando mi siguiente reacción. ¿Me pone a prueba?

- ¿A qué esperas? - me reclama - ¿Quieres hacerlo o no?

Yo me encuentro aturdida, con la bata abierta, mis piernas temblorosas y mi mente dando vueltas... ¿es ahora o nunca?

- Lola, ¿has venido a por todas? - dice como si me leyera el pensamiento.

- Sí. - contesto con seguridad.

- ¡Pues, demuéstramelo!, ¡desnúdate! - repite.

Veo que Diego se toca el paquete lo que me confirma, no sólo que no está de broma, sino que está tan cachondo como yo, y si es excitante la situación, hacerlo aquí en su despacho, me pone todavía más. No me lo pienso más y hago lo que me pide, avanzo un par de pasos hasta quedar en medido del despacho, dejando caer la bata detrás de mí. Luego le miro a los ojos descubriendo que mira mi canalillo, pero los abre todavía más cuando suelto el corchete del sostén y lo dejo caer a mis pies.

- Tus pechos son perfectos. - me dice y me encanta escuchárselo.

Siempre he pensado que tras dar de amamantar a las dos niñas y los años que no pasan en balde, mis tetas ya no son lo que eran, pero por las palabras de Diego, creo que todavía se mantienen bastante firmes y me encanta la forma en que me admira. En ese momento me siento la reina del mundo y sentándome en la silla que tiene frente a su mesa me voy bajando los pantalones sin dejar de mirarle fijamente, disfrutando de su cara y de mí misma regalándole ese show. Bajo mis pantalones que saco por mis pies y a continuación mis braguitas hasta quedar desnuda del todo.

Diego me hace una seña para que vaya hasta el otro lado de la mesa y me pongo frente a él.

- ¡Joder, qué belleza eres, Lola!

- Gracias - digo notando que mis pezones se endurecen por momentos.

- ¿Ves? No era tan difícil.

Le sonrío y estoy tan avergonzada como cachonda.

- Ven. - me pide, bajando sus piernas de la mesa y abriéndolas frente a mi cuerpo.

Me coloco entre ellas mientras sus dedos dibujan mis caderas, mi cintura y mi tripita.

- Que suave eres. - Dice mientras noto que mi cuerpo se estremece de nuevo y lo cierto es que hace tiempo que un hombre no me hace sentir eso ni que me diga esas cosas tan bonitas.

Diego comienza a acariciarme las piernas y la cara interna de mis muslos hasta llegar a mi unión donde me mete dos dedos de golpe.

- ¡Uh, Diego! - le digo a la nota ese ímpetu de sus dedos en mi coño.

- Colócate sobre la mesa y abre las piernas, cielo. - me ordena.

En ese momento, aún estoy a tiempo de poner orden, de sentar la cabeza, de pensar en mi marido y salir corriendo de ese despacho, pero no, no lo hago, aun sabiendo lo que puede venir a continuación. Apoyo un pie en su silla justo entre sus piernas y me siento en la mesa frente a él abriendo las mías de una forma descarada que me hace asustarme a mí misma por ese atrevimiento.

- Que belleza estoy viendo, y ahora, Lola, ¿por qué no me enseñas como te das placer a ti misma?

Diego me tiene a su merced y es que me encanta la situación, sabe cómo regalarme esos halagos y cómo consigue que yo me deshaga con cada una de sus peticiones.

- Yo... - digo tocándome el pubis ligeramente.

- ¿Qué pasa?

- ¿Y tú? - le digo.

- ¿Yo qué?, pídemelo... déjate llevar, mujer... sabes que sólo tienes que pedírmelo.

- Diego, ¿No te vas a tocar también?

- ¿Quieres verme como me toco?

- Si

- ¿Si qué? - insiste, acariciando su paquete y al tiempo rozando con la yema de sus dedos mis piernas.

- ¡Joder Diego, me muero de ganas de verte también dándote placer!

Él hace un gesto tocando su oreja, esperando algo más de mí.

- Diego quiero que te masturbes mirándome. - hasta me asusta escucharme tan lanzada.

- ¿Ves? Así me gusta que me digas lo que quieres.

Es increíble que yo esté allí sentada, sobre la mesa del despacho de Diego y totalmente abierta de piernas, con el riesgo de cualquiera pueda entrar en ese despacho, pero en ese momento no me importa nada más que ver como ese hombre poco a poco comienza a quitarse la ropa, soltando los botones de su camisa de forma lenta y ofreciéndome ese torso tan bien definido, musculado, luego, sonriéndome, baja su pantalón, pero justo cuando llega el turno de sus calzoncillos mostrando su enorme polla abultada bajo ellos, se detiene.

- ¿Por qué te paras? - digo nerviosa y viendo como estoy empezando a mojar la mesa pues mi chochito chorrea.

- Comienza tú o no me los quito. - me ordena.

Nada más decir eso, suspiro profundamente y me llevo una de mis manos a mi centro y con mis dedos comienzo acariciarme despacio mi rajita observándole mientras dibujo con mi lengua, mis labios. No quiero ni pensar que alguien pueda entrar repentinamente en su despacho y pillarme allí, desnuda, abierta de piernas y masturbándome frente a él.

Me gusta ver su cara de placer fijándose detenidamente cómo acaricio mi clítoris, ronroneando al mismo tiempo y notando lo mojada que estoy cierro los ojos y me dejo llevar de tal manera que es cierto lo que dice, es mucho más increíble volar libre, masturbarme delante de un hombre, algo que nunca he hecho, ni tan siquiera delante de mi esposo... y aprovecho para introducir dos de mis dedos profundamente dentro de mí y con la otra mano no paro de pellizcarme mis pezones.

- ¡Joder Lola, no pensé que esto pudiera pasar! - me dice despertándome de ese silencio.

Al escuchar la voz de Diego, abro los ojos y observo cómo se ha levantado y está delante de mí totalmente, desnudo, masturbándose mientras yo no dejo de follarme a mí misma con los dedos metidos, en ese sonido chocante y cómo su cara parece desencajada mirándome. Veo que tiene la vista clavada en mi coño y mientras con una mano no para de masturbarse yo acelero mi ritmo, porque me estoy calentando por momentos y como siga así, estaré a punto de llegar.

- ¡Uh! - suspiro profundamente con mi vista clavada en esa polla que se descapulla constantemente y pellizcando para seguir sobando mi teta con una mano y follándome con los dedos con la otra.

- ¡Joder, Lola!, ¡a la mierda! - dice Diego desesperado acercándose más a mí.

De repente siento como sus caderas se ubican entre mis piernas y como separa mi mano de mi coño, pasando la yema de su dedo por la rajita.

Yo suspiro abriendo la boca y él me mira a los ojos.

- ¿Quieres que lo haga, Lola? - dice apoyando su capullo sobre mi pubis y dibujando círculos por encima de mi rajita.

- ¡Uh, sí, Diego! - suspiro muy excitada.

Diego empuja mi cuerpo y quedo tumbada sobre la mesa, mientras acaricio mis tetas y noto como esa polla no deja de jugar en mi entrepierna... noto su calor, mezclado con el mío, siento ese líquido que baña mi coño, embadurnado con sus propios fluidos. Siento cómo la punta de ese miembro enhiesto se apoya en mi entrada, sí, va a penetrarme...

Aprieto mis pies contra su culo y le empujo para que avance, pero él, no sé de dónde saca fuerzas, cuando se separa ligeramente...

- ¡Diego! - suspiro de nuevo.

- ¡Pídeme que te folle Lola, quiero escucharte! - lo dice casi en un grito.

Cierro los ojos y sé que no hay vuelta a atrás Los abro y esta vez soy yo la que grita:

- ¡Fóllame, Diego!

No tengo que repetírselo otra vez porque tras sonreírme, veo que ese hombre entra en mí provocándome un gran grito de placer.

- ¡Ah!... ¡Dios esto es el puto paraíso! - digo al sentir como esa barra me atraviesa.

No sé el tiempo que llevo sin follar, ni sé si estoy en una nube o esto es realmente lo que es sentir eso que tanto he deseado, pero es una maravilla, un sueño....

- Qué maravilla, Lola... este coño estrecho está hecho para mí y esta polla para ti ¿no crees? - me pregunta sacándola hasta detenerse sólo con la punta metida.

Yo no puedo ni hablar solo gemir como nunca y aprieto de nuevo con mis talones en su trasero para atraerlo hacía mí.

- ¡Ah! - gemimos al unísono, cuando nuestros cuerpos se unen por completo.

Nunca hasta ahora he sabido lo que es sentirme llena... sí, ahora lo siento con Diego, completamente dentro de mí, lo noto en lo más hondo de mi coño.

- ¿Te gusta, Lola?

- ¡Joder, me encanta! - digo incorporándome para seguir sintiendo sus lentas embestidas y besar esa boca, mientras mis manos se aferran a ese culo, atrayéndolo hacia mí, para sentirlo plenamente. La altura de la mesa es perfecta, para que en esa postura me taladre con toda su energía. ¡Qué bien folla el cabrón!

Noto tensarse sus músculos y me encanta sentir la dureza de ese trasero o esos brazos que me sostienen por las caderas mientras me penetra como nadie ha hecho jamás.

- Dime ¿sientes lo bien que encajamos?

- ¡Si, joder, sí! - digo totalmente obnubilada.

- No quiero que esto se acabe nunca.

Yo también lo deseo, pero estoy a punto de correrme y quiero que lo haga más fuerte.

- Por favor, Diego más rápido, te lo suplico – digo mordiendo su labio inferior con mis dientes.

- A tus órdenes, cielo. - responde aferrándose a mi culo para no desplazarme con sus embestidas cada vez más enérgicas.

Lo hace perfectamente, Diego me está follando como nunca nadie lo ha hecho, siento su cuerpo chocar contra mí, de forma contundente, muy fuerte, casi de forma brusca y me encanta notar como sus huevos chocan constantemente, mientras nuestras lenguas juegan en el aire y lo mejor es verme llena con cada golpe de su pelvis, cuando de pronto siento ese orgasmo invadiéndome, me chorrea el coño hasta las piernas mientras él me sigue taladrando con ese brío que me tiene loca.

- ¡Sí, Diego, sí, ¡te siento tan bien! - grito, mordiendo su hombro.

En ese momento es él quien empieza a respirar entrecortadamente y noto como las venas de su cuello se tensan, lo mismo que los músculos de sus brazos a los que yo me agarro como si fuesen dos columnas y siento como me riega con su semen, notando los impactos en lo más hondo de mí.

- ¡Sí, Lola, sí...!, ¡uh!

- ¡Diego! - suspiro yo, para fundirnos en un beso, mientras noto como sigue corriéndose dentro de mí.

Y así nos quedamos unidos por un instante, notando los espasmos de su polla en mi interior y cómo al sacarla salen con ella parte de su semen que baña la mesa dejando un gran charco y eso que me sigo notando ese líquido caliente en mi interior... sin duda se ha corrido a tope.

- Joder, Lola... esto ha sido una puta locura - me dice dibujando con su dedo la forma de mis labios y dándome suaves piquitos y acariciando mi pezón con su otra mano.

- Si, Diego... ha sido increíble. - respondo a sus caricias y a sus besos.

Seguimos mirándonos, sin creernos ninguno haber llegado a esto, tan anhelado por ambos, no hace falta confesarlo, porque se nota en nuestras miradas, hasta que pienso en dónde estoy y de que alguien nos pille de lleno, así, desnudos. La sinrazón ha nublado mi mente.

- Voy a vestirme, Diego. —le comento empujándole para alcanzar mis braguitas y mi bata, mientras él hace lo propio con su ropa.

Por un momento siento una especie de arrepentimiento por haber cometido esa locura y es que no lo he madurado lo suficiente... sí, es verdad, que aún tengo un temblor en mis piernas, aún noto su semen dentro de mí y ese placer que todavía me llena por completo, como nunca antes me ha pasado, pero ¿Qué he hecho?

De pronto, cuando voy a girarme avergonzada, Diego me enseña un sobre y me dice.

- Ábrelo, Lola.

- ¿Qué es? - pregunto.

Él se encoje de hombros y entonces al abrir el sobre veo dos billetes de avión a Barcelona y la tarjeta de un hotel de lujo.

- ¿Y esto?

- ¿Te acuerdas el viaje de trabajo que tenía previsto a Barcelona? - me dice.

- Si, claro...

- Es un viaje para esta noche. Y quiero que vengas conmigo, Lola.

- Pero Diego... - respondo impactada por eso.

- Una noche para ti y para mí, una cena a solas, vivir ese momento que los dos hemos esperado... hacer el amor toda la noche, en condiciones, viviendo con intensidad el uno del otro... sin prisas, sin miedos.

Mi cabeza da vueltas y no dejo de pensar en lo que sería viajar a Barcelona con él y disfrutar toda la noche los dos juntos, con esa misma intensidad como la que acabamos de vivir sobre la mesa de su despacho, pero en la tranquilidad de una habitación para nosotros dos. Y de repente me digo a mí misma ¿Qué demonios haces?

- No puede ser, Diego... - respondo titubeante.

- ¿Por qué no? - me pregunta pasar el dorso por mi mejilla y me gusta tanto ese gesto...

- Yo... estoy casada, tengo dos niñas.

- Lola, sabes que eso es sólo una excusa.

Tiene razón, es una excusa, porque estoy deseando decir que sí, que quiero volar con él a Barcelona y entregarme a una pasión desmedida, a todo lo que me pida, volver a sentirle varias veces, besarle, chuparle, que él me lo haga...

- No puedo. - digo notando como me arrepiento hasta de pronunciarlo.

- Mira, hacemos una cosa... tú vete a casa, lo piensas y ya está. Nadie tiene por qué saberlo si es lo que te preocupa, es sólo un viaje de trabajo. ¿Recuerdas? - Dice como tal cosa porque sabemos que no es verdad.

Me agarra de las dos manos y me mira mientas acaricia mis dedos con los suyos.

- Lola, pasa la noche conmigo, por favor... que esta noche sea nuestra. Hazlo por mí, pero, ante todo, hazlo por ti. Me encantaría vivirla contigo.

Me besa tiernamente en los labios y no contesto y girándome escapando de sus manos, salgo de su despacho y pienso en lo que me dice... es verdad que nadie tiene por qué enterarse, es cierto que sería la cosa más maravillosa que podríamos vivir juntos, en total entrega y libertad, pero ¿mi marido? No puedo hacerle esto, bastante con lo que acabo de hacer. He perdido el juicio, mejor confesar un desliz que volver a pecar, porque eso sí que sería terrible.

Salgo a la tienda y veo que Jimena me mira y me sonríe... no hace falta que yo diga nada, porque lo que diga puede volverse en mi contra y me limito a sonreír... sé que ella no dirá nada, aunque nos haya escuchado, pero paso el resto de la mañana con un reconcome por todo mi cuerpo que me hace equivocarme una y otra vez, hasta el punto de que alguna clienta me llama la atención al darle mal los cambios de su compra.

- Lola, tómate la tarde libre. - siento la voz de Diego a mi espalda y su mano apoyada en mi hombro.

Me giro y me sonríe, sabiendo que está esperando mi respuesta, pero estoy hecha un lío. Llamo a mi madre, para que se haga cargo de las niñas y las vaya a buscar al cole y pasen la noche en su casa, mientras yo regreso a la mía, totalmente aturdida, dándole vueltas a lo sucedido y decidida a hablar con Quique... tengo que confesarle lo que pasa, decirle que he cometido la mayor locura de mi vida, que no volverá a suceder... pero al entrar en casa mi marido no está y eso me hace ponerme más alterada, pues venía con la intención de hablar largo.

Cojo el teléfono y le hago una llamada, pero salta el contestador y le mando varios mensajes que están sin respuesta... sé que los ha recibido, pero no contesta y eso me está volviendo loca. Necesito hablar con él y totalmente desesperada, decido llamar a mi cuñado, para saber si está en casa de sus padres.

- Hola preciosa, ¿cómo está mi cuñada favorita? – me contesta César nada más descolgar.

- ¿Estás con tu hermano?

- No... yo... no.

Me quedo un poco confusa por su duda, pero claro, él debe pensar que como tiene el día libre, estaría en casa para pasar esas horas con las niñas y conmigo.

- ¿No está contigo? - me pregunta.

- No.

- Ah, ya...

- ¿No tienes ni idea de donde está, César?

Él tarda en contestar y yo le apremio:

- ¿César?

- No, no tengo ni idea. Pero te noto alterada, ¿qué pasa?

- Necesito hablar con él, urgentemente. No le localizo, no contesta a mis mensajes- le comento y noto mi voz temblar.

- Tranquila mujer, igual ha ido a la obra a supervisar algo.

- ¿En su día libre?

- Sí, ya sabes cómo es, pero, Lola, ¿Ocurre algo? - me pregunta al notar mi nerviosismo.

- Si, algo muy grave.

- Me preocupas, cuñada, ¿qué pasa?, ¿las niñas?

- No, no... ellas están bien... quiero ir a verlo. ¿Sabes si está en la obra? - le digo desesperada.

- Puede que haya ido, pero no creo. - noto otra vez sus dudas.

- Voy para allá, tengo que verle, César. - afirmo totalmente decidida.

- Espera, Lola. - me dice.

Noto un silencio y vuelvo a notar mis manos temblar... y es que necesito hablar con Quique, contarle lo que pasa y mi cuñado parece que no lo entiende y no me ayuda.

- Estás muy nerviosa, creo que no puedes conducir en ese estado. Déjame que te lleve, al menos. - me dice.

- No quiero importunarte... César.

- Lola, tú nunca me importunas, al contrario, y desde luego no puedo dejarte conducir así, más de 40 kilómetros hasta la obra.

- Voy a ir, César... tengo que hablar con Quique. Es muy importante.

- Pues si es tan importante, en veinte minutos te recojo. - me insiste.

Mientras aprovecho para darme una ducha rápida y al pasar mis dedos por coño, todavía noto que está sensible tras ese polvo en el despacho de Diego... y es que no acabo de creerme que eso haya pasado.

Pienso una y mil veces en cómo afrontar la verdad y confesársela a Quique, pero antes, tenemos que tener un momento los dos, hablar de nosotros, sentirnos, hacer el amor... antes de mi confesión, necesito saber si mi esposo me ama y al tiempo no dejo de pensar en la propuesta de Diego de llevarme a ese viaje romántico a Barcelona. Me encanta tanto la idea que estoy hecha un lío.

Me perfumo, me pinto y me pongo ese vestido que tanto le gusta a Quique... su favorito, que él mismo me regaló. Estoy segura de que si antes de contarle la verdad, me ve así, con mis tacones, mi vestido, mi pelo recogido en una trenza, va a saber que le amo con todas mis ganas y eso le ayudará a perdonarme, aunque me siento sucia, egoísta y culpable. ¡Soy una puta!

Termino de ponerme la ropa y decido usar un tanga que de seguro que Quique va a alucinar cuando me vea... y querrá follarme, estoy segura, llevamos mucho sin hacerlo y quiero borrar de mi mente lo que ha pasado en el despacho de mi jefe. Yo amo a mi esposo.

Como había dicho, Cesar me está esperando en su coche y cuando entro, lanza un silbido, diciendo.

- ¡Joder, cuñada, estás impresionante! - me comenta con sus ojos bien abiertos

Veo que su mirada se dirige a mi canalillo y después a mis piernas, pues lo cierto es que ese vestido se me ha quedado algo pequeño y más corto de lo normal, ensalzando mis muslos con mis tacones que él observa sin cortarse. De siempre ha sido muy descarado conmigo y que, si no fuera la mujer de su hermano, ya habríamos tenido algo, al menos por su parte y bueno, tengo que reconocer que César no está nada mal y seguramente si no fuéramos cuñados...

- ¿Vamos? - le apremio, pero él no deja de mirarme.

- Perdona, Lola, pero es que me has desconcentrado.

- Anda, arranca, por favor, César.

- Me tienes preocupado, ¿no me vas a contar algo de lo que pasa? ¿no puedo ayudarte?

- No, gracias, cuñado, es algo entre Quique y yo. - respondo algo seria.

Antes de salir, veo que está mandando un mensaje con su móvil... y yo le insisto para que arranque, quiero ver a mi marido, antes de que me estalle la cabeza.

- ¿Qué pasa? ¿A quién escribes ahora, César? - le pregunto impaciente.

- No, nada... - dice disimulando y guardando su móvil.

Por el camino, me intenta preguntar por lo sucedido, pero yo no suelto prenda, aunque él conduce despacio, demasiado y yo me voy poniendo más y más nerviosa, hasta que él se detiene en una gasolinera.

- Tengo que llenar el depósito – dice recolocando su polla, que veo que parece que está algo abultada y sale del coche para mandar otro mensaje.

- ¡Joder! - protesto impaciente mientras veo que se toma su tiempo llenando el depósito.

Cuando por fin arrancamos, tras una pausa demasiado larga en la gasolinera, veo que mi cuñado conduce excesivamente despacio.

- ¿Por qué vas tan lento? - le pregunto y veo que no deja de mirar el móvil.

- No, por nada.

- ¿Me ocultas algo?

Veo que mi cuñado se pone nervioso, pero luego me dice.

- ¿Y tú a mí?

Entonces al ver mi cara, detiene el coche en un área de descanso a apenas unos cinco kilómetros de la obra en donde trabaja Quique.

- ¿Qué pasa? - le pregunto.

- ¿Me vas a contar tú lo que pasa o no? - es su reacción.

Estoy nerviosa y desesperada y al fin y al cabo, yo sé que mi cuñado quiere ayudarme y acabo confesándolo todo, hablando sin parar de lo que ha pasado con mi jefe, desde que empecé a trabajar en esa tienda y cómo acabó la cosa esta mañana follando en su despacho, mientras él me escucha atento y visiblemente excitado, pues yo no dejo de darle todo tipo de explicaciones y veo que se recoloca la polla en el pantalón, pero yo sigo diciéndole todo, casi atolondrada confesando mi felonía, con todo lujo de detalles, pero de algún modo por fin puedo soltar lo que llevo guardando dentro, aunque no sea Quique, al menos me desahogo con su hermano, confesando mi traición.

- ¿No dices nada, César? - le pregunto, porque él no deja de mirarme, como atontado, pasando su vista de mi cara a mis tetas y luego a mis piernas.

No quiero darle juego a mi cuñado, pero al contarle todo eso, noto que yo también me estoy excitando, que he vuelto a mojar mis braguitas recordando a Diego y esa preciosa polla que me perforaba, llenándome como nunca o como su boca comía la mía... mientras se corría dentro de mí, hasta el punto de que mis pezones se marcan bajo la tela de mi vestido.

- ¡Joder, Lola! - me dice al fin mi cuñado.

- ¿Qué pasa, César?

- Pues que eso que has contado, perdona, pero no me ha dejado en shock. No me lo esperaba.

- Lo sé, soy una puta.

- No, no digas eso, Lola, has hecho lo que tu cuerpo te dictaba y estabas necesitada... mientras mi hermano no te atendía como debías. No has hecho nada malo.

Me extraña que él no defienda a su hermano querido, como hace siempre, perdonándole todo y ahora poniéndose de mi parte, algo que me hace ver en mi cuñado un corazoncito que nunca me había mostrado.

- ¿Ahora me vas a contar lo de tus mensajes? - le pregunto.

- No, nada...

- Cuñado, estamos de confesiones y yo te lo he contado todo, con pelos y señales y hasta te has empalmado, ¿no? - le digo de sopetón y luego me doy cuenta de que hasta me sorprendo de decirlo así.

- ¿Tanto se me nota?

- No hace falta más que verlo. - digo señalando su bulto.

- Perdóname, Lola, pero es que te he imaginado en esas escenas y joder, me he puesto...

- ¿Cachondo?

- ¡Si, joder!

Le insisto para que sea él quien me cuente lo de esos mensajes y tanto secretismo, hasta que caigo en la cuenta de lo que está pasando.

- ¿César? - digo girándome y agarrando su mano.

- ¿Qué, Lola?

- Dime lo que está pasando... esos mensajes ¿eran para Quique?

Tarda unos segundos sin mirarme a los ojos, con su vista en mis muslos.

- Sí. Hablaba con Quique, pero tampoco contesta. - confiesa cuando yo aprieto su mano.

- Está con otra, ¿verdad?

- No... no...

- Vamos, no disimules, César, no lo defiendas. Está con otra tía. -digo dándome cuenta de que está intentando ocultar lo evidente.

- No, Lola, te lo aseguro.

- ¡Júramelo! Quiero escuchártelo. Dime que tu hermano no está con otra mujer... ¡por tu madre!

Sé que para los dos hermanos nombrar a la madre es lo más sagrado y no puede engañarme. Y tras dudar y yo apremiarle una y otra vez, le insisto.

- ¿César?

Acaba diciendo.

- Lola, te juro por mi madre que mi hermano no está con otra.

Aquello me descoloca y aunque suspiro me cuesta mucho creerlo, pues parecía por su forma de actuar, por sus palabras y por su nerviosismo, además de ir tan despacio, que me estaba intentando tapar algo que me parecía muy evidente.

- No entiendo nada, César. - le digo.

- Es muy complicado.

- Pues cuéntamelo. Yo te lo he contado todo. - le repito.

- No puedo, se lo he prometido.

Aquello me tiene preocupada, porque no sé lo que está intentando ocultarme, aunque sé que algo está ocurriendo.

- ¿Y por una vez, no puedes romper tu promesa?

- No, Lola, sabes que para nosotros es sagrado.

- ¿Está metido en líos? ¿Juego... drogas?

- No, no es nada de eso.

- Dímelo, César, te lo ruego, necesito saber qué pasa. Mi matrimonio se tambalea- digo desesperada.

Mi cuñado niega con la cabeza.

- ¿Y si te hago una mamada? ¿Me lo cuentas?

- ¿Qué? - me dice confundido.

Continuará...

Laura & Sylke