Sueños de un cornudo - Parte 1
Sus sueños lo traicionan: cada noche ve a su esposa en brazos de otros, humillada y gozosa. Pero cuando la realidad golpea con la confesión de un desconocido, ¿qué es verdad y qué es solo su mente jugando con el fuego?
Todo empezó el día que fui a recogerla a su nuevo trabajo, una empresa de marketing. Chispeaba y era casi de noche. En lugar de quedarme en el propio aparcamiento aparqué justo en la puerta. En unos minutos mi mujer, Natalia, salió con su habitual despiste y pasó de largo sin verme. Podría haberla avisado, pero preferí divertirme viendo cómo me buscaba bajo las cuatro gotas de agua que caían. Por la misma puerta salieron dos tíos trajeados, pude escuchar su conversación.
—La nueva está buenísima.
—Si te interesa tienes dos meses, no estará más tiempo.
—¿Y tú qué sabes, listo?
—Lo que sabemos todos. El director se tira a toda la que pasa por aquí, cuando se cansa de ellas las despacha. No las renueva, así que aprovecha en la fiesta de la empresa.
Arranqué el motor para no escuchar más y que mi mujer pudiera verme. Conduje todo el camino en silencio, escuchándola hablar sobre su ambiente laboral. Después de la cena y una ducha caliente el sueño se apoderó de mí, la cama olía a suavizante y su pelo.
Sueño que vamos a la fiesta de su empresa pero antes tenemos que cambiar la batería del coche. Natalia lleva un vestido blanco minúsculo. Mientras camina se lo tiene que ir bajando. Llegamos al taller, huele a metal y el ruido de sus tacones rojos llama la atención de los mecánicos. Se la comen con los ojos. Ella se dirige al despacho a pagar la factura y un hombre enorme con las manos llenas de grasa la invita a pasar.
Los mecánicos ríen. Natalia sale del lugar y en su culo tiene una mancha de grasa. Con la forma de una mano.
En la fiesta hay tanta gente que apenas puedo moverme, la pierdo de vista. Consigo abrirme paso hasta el centro de la sala y la encuentro bailando, ahora lleva un vestido dorado, dos cintas que descienden de su cuello y tapan solo lo más íntimo. A su alrededor están sus compañeros de trabajo y un grupo de hombres con el rostro borroso. La llamo pero mi voz no suena. Sus compañeros se pegan a su cuerpo. Varias manos recorren su cintura al ritmo de la bachata. Natalia suspira y su rostro enrojece. Escucho susurros a mi alrededor que repiten: «Esto no debería gustarte, esto no debería gustarte». Miro a todas partes y veo a un hombre; lleva un antifaz y sostiene una botella de champagne. Los demás desaparecen y cesa la música. El hombre se detiene frente a ella y señala el suelo con un gesto autoritario. Natalia me ve, me dirige una mirada de enfado y se arrodilla con obediencia.
El hombre la observa con una sonrisa y dice algo sobre dos meses. Inclina la botella con calma. Ella alza la barbilla y abre la boca.
Desperté con una erección que me recordó a mi adolescencia, apagué el despertador y me dirigí al baño. Mi mujer me hablaba mientras caminaba de un lado a otro de la casa con un croissant en la mano.
—Buenos di... ¡Vaya! El dormilón se ha levantado contento, date una duchita, anda. Me marcho que llego justa. Hay café recién hecho y... no vengas a buscarme hoy, me trae una compañera.
Yo aún estaba pensando en el sueño. Me dio un beso dejándome restos de croissant en la cara y salió de casa. Sus tacones parecían más altos que ayer.
Esa mañana me costó espabilarme un poco y abrí la relojería algo más tarde de lo habitual. Mientras cambiaba la correa de un reloj antiguo sonó mi móvil. Era David, un conocido queriendo cancelar su encargo, un anillo de pedida.
—Lo siento. ¿Tú estás bien? —dije.
—Sí... bueno, no, la verdad. Me la ha pegado con otro... En una cuneta, entre las hierbas. ¿Te lo puedes creer?
Casi se me cayó el reloj al suelo. Al caer la tarde fui a recoger a mi mujer al trabajo, aparqué y estuve esperando un rato mientras observaba un Porsche 911 que había cerca. Pasaron los minutos y sonó mi móvil. Era ella.
—¿Dónde estás? ¿Has ido a algún sitio? —preguntó.
—Mierda, se me ha olvidado que hoy te llevaban.
—Últimamente no sabes ni dónde tienes la cabeza, te espero en casa, emparrao.
Esa noche después de mi habitual ducha caliente volví a soñar.
Estoy en las oficinas donde trabaja Natalia, la veo en su mesa frente a un ordenador y me dirijo hacia ella. Sus compañeros me dan la mano con educación pero ponen mala cara. Ella se levanta, camina y entra en el baño, voy detrás suya y cuando llego está cerrado. Un hombre llega y mete una llave, el llavero es del logotipo de Porsche. Al abrirse la puerta veo a Natalia de espaldas, con las piernas separadas y las manos contra la pared, el hombre se pone detrás de ella. Ella se gira y me mira. Tiene sus bragas en la boca.
Me desperté a media noche y me costó dormirme más de lo normal. Al día siguiente en el desayuno mi mujer hablaba mientras yo intentaba mantener los ojos abiertos.
—Cuatro días trabajando y voy a tener vacaciones. ¿Estás despierto? —dijo ella.
—¿Cómo?
—La empresa cierra en agosto, y ya es mitad de junio. Podríamos ir de viaje, me apetece algo tropical.
—No sé si quiero estar ocho horas en un avión.
—¿Y una isla griega? O Chipre. Nunca hemos estado en Chipre.
—Ya veremos —dije medio dormido.
Mi mujer salió de casa mientras yo me vestía para ir a la relojería, no le dije nada pero su blusa marcaba más de lo adecuado. Los días pasaban y ella seguía insinuando destinos turísticos, mis sueños dejaron de incluirla un tiempo hasta que volvió a ocurrir.
Sueño que estamos en una playa desierta tomando el sol. Ella está en topless. Se escucha el ruido de un quad a lo lejos, el que hemos contratado para ver la isla. Aviso a Natalia para que se tape y lo hace con tanta pereza que el guía puede ver sus pechos. Sin dejar de mirarla me dice que otro vehículo vendrá a por mí. Ella se sube sonriendo, rodea los abdominales del guía con sus brazos y apoya su cabeza en su espalda. El motor hace que todo su cuerpo vibre, un tirante del bikini se le cae y cierra los ojos. Le quiero pedir explicaciones pero se ponen en marcha. Viene otro cuatriciclo y me subo. Mi guía va muy despacio y los pierdo de vista. Al llegar al destino busco a Natalia mientras mi guía se ríe. Un sonido llama mi atención, algo se mueve entre las hierbas. Me acerco y veo el bikini de Natalia en el suelo, avanzo entre la maleza y los descubro. Ella tumbada y él arriba, apoyado solo con sus manos y los dedos de los pies. No la penetra, la embiste con todas sus fuerzas haciendo ese ruido de golpe húmedo, haciéndola gemir.
—¡Así! ¡Así, amor mío! Nunca volveré a ser la misma.
Cuando desperté vi a mi mujer, me traía el desayuno a la cama. Me fijé en su pelo alborotado.
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