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La Esposa Correcta — Capítulo 25

Luis ya no acepta ser un secreto a medias. Cuando Clara llega al bar, él no busca placer, busca respuestas. Y la verdad que le ofrece es más peligrosa que cualquier infidelidad: la posibilidad de que ya no la necesite.

Bruno del Valle1.8K vistas
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El límite

Luis no tardó en notar que algo había cambiado.

No fue por lo que Clara decía.

Fue por lo que no decía.

El silencio entre ellos siempre había sido breve, casi inexistente. Una pausa antes de volver a tocarse, a buscarse, a continuar algo que parecía avanzar sin necesidad de explicarse.

Ahora no.

Ahora el silencio se alargaba.

Y tenía sentido.

Cuando Clara entró en el bar esa tarde, Luis no la saludó como otras veces.

La miró.

Eso fue todo.

Una mirada más larga de lo habitual. Más fija.

Como si intentara confirmar algo antes de hablar.

—Has tardado —dijo.

Clara se sentó frente a él.

—He tenido trabajo.

Luis asintió, pero no apartó la mirada.

—No es eso.

Clara apoyó el bolso a un lado.

—¿Entonces qué es?

Luis se inclinó ligeramente hacia delante.

—Que ya no estás igual.

La frase no fue acusadora.

Fue directa.

Clara sostuvo su mirada.

—¿En qué sentido?

Luis sonrió apenas.

—En que ahora piensas más.

Clara dejó escapar una pequeña exhalación.

—Siempre he pensado.

Luis negó.

—No así.

El silencio entre los dos fue corto, pero cargado.

Clara sabía a qué se refería.

Y sabía que no podía negarlo.

—¿Te molesta?

Luis tardó en responder.

—No.

Pausa.

—Pero no me gusta.

Clara lo miró.

—¿Qué es lo que no te gusta exactamente?

Luis apoyó los codos en la barra.

—Que antes no dudabas.

La frase quedó suspendida.

Clara sintió que había algo más detrás.

—¿Y ahora?

Luis la sostuvo.

—Ahora no sé si me estás eligiendo… o si estás entendiendo otra cosa.

Clara no respondió.

Y ese silencio fue suficiente.

Luis no apartó la mirada.

Clara tampoco.

Hubo un segundo de más.

Uno solo.

Suficiente.

Luis alargó la mano.

No fue un gesto decidido.

Fue casi automático.

Le rozó la muñeca.

Un contacto leve.

Pero Clara no la retiró.

Y eso lo cambió todo.

Luis apretó un poco más los dedos.

Sin fuerza.

Sin preguntar.

Como si quisiera comprobar si seguía siendo igual.

Clara notó el gesto.

El calor.

La intención.

Y, por primera vez, no respondió como antes.

No se acercó.

No se tensó.

No se apartó.

Se quedó.

Mirándolo.

Como si ese contacto ya no fuera suficiente por sí solo.

Luis lo entendió.

Y fue ahí donde cambió su expresión.

—Las dos cosas pueden pasar a la vez —dijo ella al fin.

Luis negó despacio.

—No.

Para mí no.

El tono cambió ligeramente.

No era agresivo.

Pero sí más firme.

Más definido.

Clara lo observó con atención.

Por primera vez desde que todo había empezado, Luis no estaba simplemente reaccionando.

Estaba posicionándose.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

Luis mantuvo la mirada.

—Que si esto sigue… quiero saber dónde estoy.

Clara frunció ligeramente el ceño.

—Siempre has sabido dónde estás.

Luis negó.

—Antes sí.

Ahora no.

El silencio volvió a caer entre ellos.

Clara sintió que el equilibrio del que todos hablaban empezaba a moverse de verdad.

—Esto no ha cambiado tanto —dijo ella.

Luis esbozó una leve sonrisa.

—Sí ha cambiado.

—¿Por qué?

Luis la miró fijamente.

—Porque ahora él está dentro.

La frase fue clara.

Sin rodeos.

Clara notó cómo el pulso le subía un poco.

—Siempre ha estado —respondió.

Luis negó.

—No así.

Clara guardó silencio.

Luis continuó:

—Antes era algo entre tú y yo… y él lo sabía.

Ahora es algo entre tú, él… y yo tengo que decidir si entro en eso o no.

Clara sintió que esa forma de decirlo cambiaba completamente la perspectiva.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo.

Luis soltó una pequeña risa.

—Eso ya lo sé.

Pausa.

—Pero tampoco voy a hacer como si no pasara nada.

Clara lo miró.

—¿Entonces qué quieres?

Luis no respondió de inmediato.

La observó unos segundos más.

—Quiero saber si esto sigue siendo lo mismo para ti.

Clara no contestó.

Porque sabía que la respuesta no era simple.

Luis se inclinó un poco más.

—Porque si no lo es… yo no voy a jugar a algo que no entiendo.

La frase no fue dura.

Pero sí definitiva.

Clara apoyó las manos sobre la barra.

—No es que haya cambiado.

Luis levantó ligeramente las cejas.

—¿No?

Clara dudó un instante.

—Es que ahora lo veo de otra manera.

Luis sostuvo su mirada.

—Eso es cambiar.

El silencio volvió a imponerse.

Clara se dio cuenta de que no podía seguir moviéndose en ese terreno ambiguo.

—No es Luis —dijo.

Luis frunció el ceño.

—¿Qué?

Clara respiró despacio.

—No eres tú.

Luis no entendió.

—Explícate.

Clara lo miró directamente.

—Es lo que despertaste.

Luis se quedó quieto.

No respondió.

Clara continuó:

—Y ahora no sé si eso depende de ti… o si ya no.

El silencio que siguió fue más largo que todos los anteriores.

Luis soltó su muñeca despacio.

Como si acabara de darse cuenta de que aún la estaba tocando.

—Eso sí que no me gusta.

La frase fue sincera.

Sin filtro.

Clara lo sabía.

—¿Por qué?

Luis no dudó.

—Porque entonces ya no soy yo.

Clara sintió que esa frase tenía más peso del que parecía.

—Nunca has sido solo tú.

Luis negó con firmeza.

—Para mí sí.

El tono había cambiado.

No era agresivo.

Pero sí más marcado.

Más claro.

—Esto empezó conmigo —añadió.

Clara sostuvo su mirada.

—No.

Luis se quedó quieto.

—¿No?

Clara negó suavemente.

—Esto empezó antes.

Luis no dijo nada.

Pero la miró como si, por primera vez, no estuviera seguro de querer saber la respuesta.

El silencio se volvió incómodo.

Real.

Luis se incorporó ligeramente.

—Voy a decirte una cosa clara, Clara.

Ella lo miró.

—Si esto se convierte en otra cosa… yo no sé si quiero estar.

La frase no era una amenaza.

Era una línea.

Clara sintió que el aire entre ellos cambiaba.

—¿Otra cosa como qué?

Luis sostuvo su mirada.

—Como algo donde ya no sé qué soy para ti.

Clara no respondió.

Porque, por primera vez, no tenía una respuesta inmediata.

Luis la observó unos segundos más.

Luego se apartó ligeramente.

—Piénsalo.

Clara asintió despacio.

Luis terminó su vaso.

Lo dejó sobre la barra.

—Porque yo ya lo estoy pensando.

Se giró.

Y se marchó sin mirar atrás.

Clara se quedó sentada unos segundos más.

Sin moverse.

Sintiendo algo que hasta ahora no había aparecido.

No era miedo.

No era culpa.

Era otra cosa.

La posibilidad real de perder algo.

No porque alguien se lo quitara.

Sino porque estaba cambiando demasiado rápido.

Cuando salió a la calle, el aire le resultó más frío de lo habitual.

Sacó el móvil.

Abrió el chat con Julián.

Escribió:

Creo que esto ya no es tan sencillo.

Se quedó mirando la pantalla.

No añadió nada más.

Y, por primera vez desde que todo había empezado…

no estaba segura de que querer más significara ganar algo.

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