El Despertar en la Aldea parte 23
El fuego interno de Awa es incontrolable y la humilla, pero el sargento Kwame no la juzga: la posee. En la intimidad de la choza, el deber militar se desvanece ante la urgencia de sus cuerpos, hasta que la realidad de una partida inminente amenaza con dejarla sola con su deseo.
El Despertar en la Aldea
Parte 23
Awa esperaba dentro de la choza del sargento, sentada en el borde de la cama militar con las sábanas ásperas y descoloridas pegadas a su piel sudorosa. El calor de la tarde se colaba por las grietas de las paredes de adobe, haciendo que el aire estuviera denso y pegajoso, cargado con el olor a tierra húmeda, sudor masculino y el dulce aroma lácteo que emanaba de sus pechos. Su cuerpo temblaba sin control: gemidos suaves y entrecortados escapaban de sus labios entreabiertos, “Ahh… mmm… ohh…”, mientras pequeños orgasmos la recorrían como ondas eléctricas, haciendo que chorros cálidos y cremosos de leche brotaran de sus pezones endurecidos, empapando el frente de su vestido raído y goteando con suaves plop-plop sobre el suelo de tierra apisonada. La piel le brillaba, cubierta de una fina capa de sudor que olía a excitación y a la sal de su propio cuerpo en celo.
Pensaba en lo que acababa de hacer con el joven soldado Moussa, el sabor salado y espeso de su semen aún revestía su garganta como un néctar prohibido. Su parte racional, esa voz tímida y educada que su madre había intentado grabar en ella desde niña, le susurraba con vergüenza: “Awa, ¿qué has hecho? Te arrodillaste como una cualquiera en medio del campamento, tragaste el semen de un extraño… eres una chica decente, no una puta en celo.” Pero otra parte, más profunda y hambrienta, la contradecía con placer: “Estuvo bien… me hizo sentir viva, llena, calmada por un momento. No siento remordimientos. Su polla palpitando en mi mano, su leche caliente bajando por mi garganta… fue delicioso.” Se relamió los labios lentamente, saboreando aún el regusto salado y almizclado, cerrando los ojos con un suspiro tembloroso. Reclinada de espaldas contra la pared rugosa de adobe, que raspaba su piel sensible, se levantó el vestido con manos temblorosas y comenzó a introducir un dedo suavemente en su coño. “¡Ahhh… sí… mmm… oh, Dios!”, gimió brutalmente, el sonido gutural resonando en la choza. Sus dedos eran finos y delgados, pero notaba cómo su coño era tan estrecho, tan apretado y caliente, que se contraía alrededor de su dedo como un puño de terciopelo húmedo, succionándolo con cada pequeño movimiento. Fluidos viscosos y calientes brotaban alrededor, goteando por su muñeca con un sonido húmedo y pegajoso, schlick-schlick, mientras otro orgasmo la hacía arquear la espalda y soltar un gemido más largo: “¡Aaaah… me aprieta… tan estrecho…!”
En ese estado, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, llegó el sargento Kwame. Abrió la puerta de madera astillada con un crujido seco y se detuvo en seco al verla: Awa jadeando, con la blusa subida, los pechos expuestos y chorreando leche, un dedo hundido en su coño empapado y gemidos escapando sin control. Su expresión se endureció por un segundo, pero sus ojos oscuros se llenaron de comprensión y deseo contenido.
Awa abrió los ojos de golpe y, entre gemidos, solo alcanzó a balbucear con voz rota y desesperada: “S-sargento… Kwame… necesito hablar con usted… calmarme… por favor… usted es un buen hombre… no se aprovechará de mí… entiende lo que me pasa… este fuego… me quema… ahh… mmm…!”
Kwame cerró la puerta detrás de él con un clic suave y se acercó lentamente, su voz grave y calmada resonando en la choza: “Sí, Awa… lo entiendo. Te he visto sufrir, pobre chica. Dime qué necesitas. No te juzgo. Solo quiero ayudarte.”
Ella gimió más fuerte, sacando el dedo de su coño con un sonido húmedo y chorreante, y se levantó tambaleante. Mientras hablaba, se quitó la blusa con manos torpes, dejando sus tetas lactantes completamente expuestas: grandes, pesadas, con pezones oscuros endurecidos de los que brotaban chorros intermitentes de leche cremosa que salpicaban el suelo con splatt-splatt. “¡Satisfágame, sargento… por favor! Quiero que me reviente el culo… que me llene otra vez… ahhh… me gusta… me gusta satisfacer a los hombres… aparte de mi propio placer… encuentro placer en dejarlos satisfechos… en sentir su semen caliente… mmm… ¡oh, sí…!”
Kwame se acercó como un depredador controlado, su respiración pesada. La besó de forma babosa y apasionada, su lengua invadiendo su boca con un sonido húmedo y resbaladizo, slurp-slurp, mezclando saliva con el sabor residual de semen. Una mano grande y callosa le acariciaba y apretaba los pechos, exprimiendo leche en chorros calientes que salpicaban su uniforme y el pecho de él con pssssh-pssssh, mientras la otra mano la agarraba primero de la cintura, sintiendo la piel ardiente y sudorosa, y luego bajaba para apretarle el trasero perfecto, redondo y firme, hundiendo los dedos en la carne blanda con un gruñido. “Eres una mujer perfecta para preñar y tener hijos, Awa… estas tetas llenas de leche… este culo hecho para ser follado… mmm…”, murmuró él entre besos, su voz ronca contra sus labios.
Awa solo gemía y soltaba exclamaciones de placer: “¡Ahh… sí… apriéteme… mmm… sus manos… tan fuertes… oh, Dios… me encanta…!” Le lamió la oreja con la lengua caliente y húmeda, saboreando el sudor salado, y le susurró con tono sugerente y entrecortado: “Quíteme el fuego… por favor… revíenteme… lléneme…”
Kwame no aguantó más. La volteó con firmeza, poniéndola de cara a la pared, inclinada con las manos apoyadas en el adobe rugoso. Se sacó la verga dura como hierro, venosa y palpitante, y se la clavó de un empujón brutal en el recto. “¡AAAAAHHH… SÍ… DUELE… PERO ME CORROOO!”, gritó Awa brutalmente, un orgasmo instantáneo y salvaje la recorrió como un rayo, su coño squirteando fluidos calientes en arcos que salpicaban el suelo con splosh-splosh, mientras su ano se contraía alrededor de la polla gruesa, sintiéndola enorme, caliente, estirándola hasta el límite con un ardor punzante que se convertía en placer puro y profundo. “¡Tan gruesa… me llena… me abre… ahhh… mmm…!”
El sargento la folló por detrás durante cuarenta minutos interminables, agarrándole las tetas con ambas manos y exprimiéndolas sin piedad, leche brotando en chorros constantes que salpicaban la pared y el suelo con sonidos húmedos y constantes. Su lengua lamía el cuello y la espalda de ella, saboreando el sudor salado, mientras embestía con ritmo profundo y fuerte: plap-plap-plap-plap, el sonido de piel contra piel resonando en la choza junto con los gemidos guturales de Awa: “¡Sí… más duro… revíenteme el culo… ahhh… me encanta sentirla dentro… tan caliente… tan gruesa… mmm… me está follando tan bien…!” Sentía cada centímetro de la polla moviéndose dentro de su recto: la cabeza hinchada rozando sus paredes internas, las venas pulsantes frotando su carne sensible, el calor abrasador que la hacía sentir llena, poseída, adicta.
Finalmente, con un empujón final y un gruñido ronco, Kwame se corrió. “¡Toma mi semen… llénate, Awa… ahhh…!” Chorros espesos, calientes y abundantes inundaron su recto, pulsando dentro como un río espeso y viscoso que la llenaba hasta rebosar, saliendo en hilos blancos y pegajosos alrededor de la polla mientras él seguía empujando. El semen caliente se sentía como lava cremosa inundándola, presionando contra sus paredes internas, goteando por sus nalgas con un sonido húmedo y obsceno.
Awa cayó de rodillas en el suelo, sufriendo espasmos y orgasmos continuos, su cuerpo convulsionando mientras gritaba: “¡Aaaaah… sí… me lleno… rebosa… oh, Dios… me corrooo!” Leche brotaba de sus tetas en chorros descontrolados, fluidos de su coño formaban un charco debajo de ella.
Entre gemidos y jadeos, levantó la vista y susurró: “Gracias… sargento… gracias… me calmó… mmm… ahh…”
Kwame, todo sudado y agitado, con el pecho subiendo y bajando, se sentó en la cama, la verga aún semierecta goteando restos de semen. Awa se levantó tambaleante, se acercó y lo besó dulcemente en los labios, un beso suave y agradecido que él correspondió con ternura, sus manos acariciando su espalda sudorosa.
Tras separarse, él dijo con dificultad, la voz ronca por el esfuerzo: “Awa… nos iremos mañana. Hemos terminado nuestra patrulla en la zona. La misión aquí ha acabado.”
Awa se quedó sorprendida, mirándolo fijamente con los ojos muy abiertos, el fuego hormonal ya empezando a latir de nuevo en su interior mientras el semen aún goteaba lentamente de su ano dilatado. “¿Mañana…? ¿Se va…?
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