Una esposa latina
A las una de la madrugada, en las urgencias, una esposa latina llega con su marido adormilado. Él es enfermero, ella es tentación pura. Cuando la verdad sobre las pastillas sale a la luz, la profesionalidad se quiebra y el deseo toma el control de la noche.
Serie Lactancia Materna
1. Lactancia materna.
2. El cásting.
3. La señora de la limpieza.
4. Tu viuda no te olvida.
5. Una esposa latina.
Me llamo Alberto, soy enfermero, y vivo en el sur de España. Aún no he cumplido los cuarenta, soy alto, mulato y nada discreto. Poseo rasgos de origen africano como son unos labios gruesos, tez morena y un miembro viril esculpido en oscura madera de ébano. Aunque hago mucho deporte, no soy ningún gorila de gimnasio, pues lo que a mí me va es sobre todo follar y montar en bici. Por lo demás, subrayar que me gusta vestir con estilo, soy educado y amable siempre que no me toquen las narices.
Cuando aquel sábado sonó el timbre, lo primero que pensé fue: “Ya está aquí la Cenicienta de media noche”, pero no, al llegar a recepción de urgencias vi en el reloj de pared que ya era la una y cuarto de la madrugada.
—Buenas, ¿qué sucede?
—Es que mi esposo no puede dormir, doctor.
Rehusé informar a la mujer de su equivocación respecto a mi titulación, por una parte porque me agradaba el trato respetuoso y servicial y, por otra, porque resultaba intrascendente en la consulta que aquella desigual pareja venía a hacer. Ella desenvuelta, todavía bonita, aferrada con uñas y dientes a unos escasos restos de juventud, él viejo desde hacía ya bastantes años. Y de pronto recuerdo que el tiempo es el mayor de los ladrones, que siempre acaba llevándoselo todo, hasta los recuerdos.
—Muy bien, adelante.
Pero nada más volverme me topé con Selene, la médico. Eficaz, elegante, guapa y antipática por gusto. Los demás compañeros la llamaban Sargento, ella se refería a éstos como: pichaflojas, bobas, maricas, brujas, mansos, y todos tan contentos.
Selene era esa médico madura capaz de poner firme a todo el mundo y que, antes o después, se hiciese lo que ella había dicho. Me llevaba la agenda, me obligaba a ser puntual, me reprendía si llevaba una camisa estridente, inadecuada o mal conjuntada, me incordiaba para que dejase de usar gorra de una vez o para que me quitase las gafas de sol en interiores.
Yo me rebelaba, le gruñía, me negaba a que ella decidiese lo que me apetecía, pero en el fondo me gustaba que alguien cuidase de mí, aunque fuera con malos modos. A pesar de estar casada, intenté acostarme con ella en una ocasión. Selene me abrió sus piernas sin titubear pues, según me explicó, ella había comprometido antes Dios su corazón, no su sexo.
—¿Necesitas algo, Alberto? —dijo suspicazmente la doctora.
Por extraño que parezca, aquella vez la voz de Selene no sonó como un portazo o un bofetón, sino que se acercó a la amabilidad. Supuse que mi compañera debió haberse percatado del modo en que había mirado a la esposa del paciente y de pronto sintió curiosidad sobre el caso.
Le contesté que no la necesitaba, que podía irse a descansar, y entonces estuve seguro de que tampoco se fiaba de mí, pues Selene me miró fijamente, censurándome, lanzándome una callada advertencia sin moverse de donde estaba mientras la pareja y yo pasábamos a la consulta.
Se llamaba Diana, mediría un escaso metro sesenta y a pesar de sus cuarenta y tantos años parecía mucho más joven. Es algo muy común entre las mujeres latino-americanas: cara redonda, ojos almendrados, nariz chata, grandes mofletes y labios carnosos, facciones juveniles que en conjunto hacen parecer a las latinas maduras más jóvenes de lo que son en realidad.
Al dejarla pasar no pude evitar fijarme en lo bien que le quedaba aquel vestido corto, de verano, ceñido, sin mangas, de alegres franjas horizontales blancas y azules, y un cinturón a la altura de las caderas puesto ahí con el libidinoso cometido de acentuar la rotundidad de sus nalgas.
No obstante, una difuminada cintura hacía pensar que la joven esposa debía haber sido madre con anterioridad a su matrimonio con aquel señor a quien ahora acompañaba, y aún así era una mujer llena de curvas. Me quedó claro en cuanto estuve sentado enfrente, al otro lado de la mesa. Tras una fugaz ojeada a su adormilado esposo, y sin demasiado disimulo, me la quedé mirando un par de segundos de modo apreciativo. Aunque apenas tuviera escote, el vestido de Diana esbozaba el comienzo de unos hermosos senos del mismo modo, sexy y provocativo, en que por atrás perfilaba la contundente circunferencia de su trasero.
—¿Nombre?
—Alfonso Pérez —respondió ella sin dar tiempo al marido para abrir la boca— Pues es que duerme muy mal, y el jueves pasado el médico le añadió otra pastilla, pero nada. Dos días lleva sin dormir.
Guardé silencio y empecé a leer en el ordenador las anotaciones que mi compañero había escrito en la historia clínica del esposo, de 68 años de edad. Efectivamente, su médico había añadido un tranquilizante neurológico al relajante muscular que ya tomaba, pero además había dejado un comentario al margen: “OJO. La mujer lo quiere tener dormido todo el día. Vigilar posología y abuso de medicación”.
Aquella advertencia confirmó todas mis sospechas. Diana no era solo una latina de curvas fabulosas, sino una mujer sinuosa, embaucadora, tramposa. Perfectamente vestida y maquillada para salir a divertirse, la pobre no había logrado que su esposo se quedara dormido.
Lo cierto era que no la culpaba, se había casado por el interés con un hombre mayor, achacoso, feo, panzón y con los habituales problemas de insomnio de la edad. Su marido tendría de sobra con dormir cinco horas al día y, en caso de dormir la siesta, menos todavía.
Miré al hombre a la cara. Estaba como atontado, estuporoso, medio dormido, como si en vez de un par de pastilla se hubiese tomado media docena o un par de copas de brandy, y aún así no cerraba los ojos. Lo llamativo era que Diana parecía estar más molesta con los problemas de sueño de su esposo que el mismo.
—¿Cuánta medicación le ha dado en las últimas cuatro horas? —inquirí.
—Lo que el médico le ha mandado, pero nada, no se duerme.
Al no estar en absoluto convencido de que Diana hubiese dicho la verdad, le pedí a Alfonso que me acompañase a la sala de observación para que se tumbase y así poder administrarle medicación. Una vez allí, le coloqué una vía venosa y luego pedí a Diana que me acompañase de regreso a la consulta.
—Mire señora, quiero medicar a su esposo y necesito saber la verdad sobre lo que le ha dado usted porque si no podría provocarle una sobredosis a su esposo y acabar ingresado en el hospital, o algo incluso peor. De manera que dígame la verdad.
Diana fue a hablar, pero en el último instante las palabras, probablemente falsas, se negaron a salir de su boca. Después de meditar unos segundos sin atreverse a levantar la vista, la mujer confesó con arrepentimiento que, además de lo pautado, le había dado a su esposo un comprimido extra de su medicación habitual, debidamente machacado y disuelto en la comida para que él no se diese cuenta.
Me levanté de la butaca sin hacer advertencias ni reproches sobre su comportamiento. Hacía tiempo, cuando era todavía un joven inquieto e impulsivo, mi abuela me dijo que antes de hacer o decir nada, pensara qué ganaría con ello, porque cuando no hay una ganancia concreta, hay siempre una pérdida.
—Espere aquí —le indiqué sin más, y fui a la sala de observación a ponerle al esposo la medicación que le faltaba hasta llegar a la dosis máxima. Le expliqué al paciente que probablemente esa noche dormiría allí y que al día siguiente, ya se vería qué decisión era la mejor en lo relativo a su tratamiento. Él se mostró conforme, aliviado, agradecido por poder al fin dormir.
De nuevo en mi consulta, me apoyé en el borde de la mesa, justo delante de aquella esposa cabizbaja. No voy a negar que llegué a considerar la posibilidad de coaccionarla, de chantajear a aquella belleza menuda y exigirle una felación a cambio de mi silencio, pero ni me pareció lo correcto ni juzgué que esa fuese mi mejor opción.
Le expliqué que tendría que quedarse allí unas horas y, preguntándole en primer lugar cuál era su país de origen, entablé con ella una conversación interesante, aleccionadora, en absoluto trivial, acerca de su pasado y de cómo una guapa venezolana como ella había acabado emigrando para proporcionarle un futuro mejor a su hijo, o casándose con un jubilado para no ser expulsada del país.
Nos abstrajimos del paso del tiempo, de manera que cuando fuimos a comprobar cómo estaba su esposo, éste dormía tan plácidamente como un niño. Entonces vi a Diana negar con la cabeza y le pregunté qué ocurría, la mujer fue sincera y comentó que habría sido mejor que le hubiese recetado a Alfonso algún medicamento y que éste estuviese durmiendo en casa.
—¿Es que lo estás pasando mal? —quise saber.
—No, que va.
—Pues entonces —le reproché— ¿Qué pasa? ¿Te apetece bailar, tomar una copa?
—Bueno, no sé —respondió encogiéndose de hombros— No creo que sea lo más oportuno.
—¿Y por qué no? —rezongué— Ven, anda.
La conduje de nuevo a la consulta, diciendo que una venezolana con un cuerpo como el suyo seguro que tenía que saber bailar como los ángeles. Me equivoqué por completo ya que, cuando “Tú me dejaste de querer”, de C Tangana, empezó a sonar, la esposa empezó a moverse como una auténtica diablesa.
Instintivamente, retrocedí un par de pasos, pues esa forma de contonearse tenía que ser peligrosa a la fuerza. Sin embargo, en ese momento yo no sentía otra cosa que curiosidad, de modo que me apoyé de nuevo en el borde de la mesa. Diana era una morena baja, flexible, y la simple visión de su trasero sacudiéndose mareaba en aquella noche de sábado.
Tenía las pestañas espesas y los ojos oscuros, alegres; la nariz recta, pequeña, unos labios abultados, perfectamente dibujados en su boca; y una cualidad cálida, imprecisa que hacía imposible dejar de mirarla. Sus caderas empezaron a oscilar con una frecuencia armónica y salvaje, sus piernas descargaron una serie de furiosos latigazos al aire como sacudidas por una corriente eléctrica y, cuando su busto, hombros y brazos se agitaron al ritmo de los sensuales acordes, yo dejé de saber quien era y donde estaba.
Lo intenté, traté de bailar con ella. Hice el ridículo, por supuesto, no pretendía otra cosa que divertirla. Luego la canción acabó y hube de confesar que el único alcohol que teníamos en el consultorio era el de desinfectar heridas. Sin embargo sí que tenía otra cosa que seguro le iba a gustar.
Su sonrisa se esfumó y la esposa me lanzó una mirada ladina, desconfiada, pero yo salí de la consulta y me fui para la pequeña cocina del personal.
—No me lo puedo creer. ¡Melón!
—Vivimos aquí encerrados durante todo el fin de semana, así que procuramos disfrutar de las cosas que nos gustan.
Le pase una rodaja.
—Se los compro a un amigo de confianza que tiene los melones más dulces de San Juan.
“Después de los tuyos”, pensé añadir, pero esa broma hubiera sido nefasta.
Diana mordió la rodaja que le había tendido e, inmediatamente, con la otra mano recogió un poco de jugo que le resbalaba de los labios y se chupó los dedos intentando no desperdiciar ni una gota de aquella felicidad.
Reí, su esposo dormía, no había prisa. Mordí mi rodaja de melón. Estaba fresca, dulce, buena, compacta, tan deliciosa como la esposa.
Ella siguió comiendo. Le gustaba. Las devoramos mirándonos, sonriéndonos. Aquello se convirtió casi en una competición. Los esqueléticos cuartos de luna al final se nos quedaron en la mano mientras todavía seguíamos masticando. El jugo nos empapaba las comisuras de la boca, y entonces ella arrojó su rodaja acabada a la papelera y, sin secarse los labios, me besó.
—Quiero más —confesó con malicia— Pero otra fruta…
Me mordió la barbilla y lamió alrededor de mi boca, aplacada tan sólo por mi barba incipiente. Aún así continuó, decidida, sonriente, palpando con curiosidad la entrepierna de mi pantalón.
—Quiero esto.
No supe qué contestar. Me resultó tan extraño oírla hablar de una forma metafórica y explícita al mismo tiempo, que me quedé en silencio mientras ella se divertía con mi miembro.
La venezolana fue más rápida, pero yo fui directo. La tomé de la cintura y, a la voz de “atrás”, “atrás”, “atrás”, la empujé hasta que su glorioso trasero chocó con la camilla. Cuando la alcé para que se sentara me sorprendió que aquel cuerpecillo pesase tanto, pero eso me hizo comprender lo maciza que estaba la cabrona.
En cuanto le expliqué que el macho de la manada era siempre el primero en comer, ella solita se tumbó. Luego alzó el trasero, se sacó el tanga, y lo tendió a secar en la lámpara de aumento. Su sexo sería todo un manjar para cualquier presidiario que hubiese salido de la cárcel después de diez años y un día, y eso mismo se me figuró a mí. Se lo comí sin modales, utilizando únicamente la boca, como los animales. Me abalancé sobre aquel tierno bocado con la lengua de fuera, salivando.
Entregada por entero al placer, Diana se retorció encima de la camilla como un animal salvaje con una pata atrapada en un cepo. Aunque la esposa de Alfonso no estuviese pensando escapar precisamente, yo la mantenía bien sujeta, con los dedos de una mano aferrando su muslo con fuerza y los de la otra amasando con delicadeza un pecho que apenas lograba abarcar.
Al comienzo su cuerpo se quedó rígido, pero luego no. En cuanto mi lengua le asestó un par de zarpazos, Diana apretó los dientes y tembló de cintura para abajo. Así le vino el primero, que gimió profunda, conmocionada, de todo corazón.
Durante la calma que siguió, mi boca buscó nuevos horizontes. Desde los deditos de los pies hasta su ingle siguiendo un tortuoso sendero a lo largo de aquella hermosa pierna, decidiendo aprovechar la parada para sacarle el vestido por la cabeza, sin molestarme en bajar esa cremallera que ella dijo que tenía, sin esperar a que se quitase un sujetador que yo le hubiera arrancado a bocados.
Entonces me quedé un momento admirando su cuerpo, intentando grabarlo en mi retina. Luego lo recorrí con las manos, tan ofuscado que me sorprendió percatarme de pronto de que Diana me había sacado la verga y la meneaba arriba y abajo como quien carga un arma antes de suicidarse.
—¿Te gusta? —pregunté adivinando de antemano una respuesta afirmativa.
—Mucho —ronroneó sensualmente, mostrando a las claras sus ganas de sentirla dentro— ¡Qué pija tan dura tiene, doctor!
—Claro, Caperucita, para follarte mejor.
Me tomé un tiempo antes de penetrarla, el suficiente para conseguir que su respiración volviese a ser entrecortada, inquieta, agitada. Tumbada boca arriba, despatarrada sobre la camilla, Diana gemía de forma apurada, desesperada porque yo me negaba a darle lo que ella necesitaba.
Deseaba excitar al máximo a aquella esposa calenturienta, volverla loca de deseo, y el método por el que opté fue apoyar mi verga sobre su sexo y comenzar a ir y venir sin entrar en ella. Me aseguré de que contemplara como mi miembro se arrastraba pesadamente a lo largo de su vulva, siguiendo el surco definido y cada vez más resbaladizo de su sexo, golpeando y aplastando su insolente clítoris hasta que la pobre comenzó a sacudir su pelvis en pos de un poco de placer.
Finalmente, apoyé la punta de mi ariete a la entrada de su portón y le ordené que me mirase mientras me abría paso dentro de ella. De esa forma pude gozar del estupor de la venezolana, y ver a través de sus ojos la inmensa agitación que sentía por dentro.
No obstante, a Diana le gustó que me detuviese para dejarla asimilar todo lo que tenía dentro del coño, pues se estremeció como si de repente hubiese sufrido un calambre, pero no, la jovial esposa de Alfonso se había venido con sólo metérsela.
Sonreí a sabiendas de cuanto me iba a divertir con aquella entregada esposa latina. Comencé a bogar adelante y atrás, bombeando en esa lóbrega gruta donde Diana atesoraba un sinfín de delirios. Los fui haciendo aflorar uno a uno, sin prisa, que es la clave para aguantar. Primero tomándola por los tobillos para desplegar aquel explícito espectáculo ante nuestros ojos y, posteriormente, haciendo que la morenita juntase las rodillas y apretara los muslos para ayudarla a sentir cada una de las venas enraizadas a lo largo de mi miembro.
Cuando consideré que la esposa del paciente que dormía plácidamente en la sala contigua ya había tenido suficiente, cuando su rostro indígena y mestizo estuvo suficientemente ofuscado y exhausto de tan bien como la había follado y de tantos orgasmos como había encadenado, entonces extraje lentamente mi miembro del palpitante interior de Diana y lo dejé reposando sobre el profundo surco de sus nalgas.
La miré con ternura, con sus jadeos y gritos de estupor resonando aún en mis oídos. Aquella voluptuosa mujercita de piel canela se había portado como una campeona, no sólo sobrellevando las enérgicas arremetidas de mi miembro viril, sino jaleándome con lujuria, incitándome a prorrogar aquel polvo más y más, gritando con desesperación: “¡Fóllame, cabrón! ¡Fóllame!”.
No obstante, mi pérfida presión en su esfínter contrarrestó súbitamente la paz que Diana sentía en aquel instante, así como cualquier intento de tranquilizarla. Pero yo no pretendía sodomizarla, ni mucho menos. Lo que quería era otra cosa. Me apetecía azuzar aquel tentador orificio, escuchar el silencio expectante y cómplice de su dueña y, sobre todo, que ésta comprendiera que en otra ocasión la haría gozar por ahí.
Pensé pedirle a la venezolana que se pusiera de rodillas y que me hiciera acabar con la boca, consideré colocarme encima de su rostro para dárselo todo, tumbarla de lado no más, pero no hice nada de eso, sino que me fui otra vez hasta la mesa y me senté en el borde con la polla de fuera, vertical como una columna, y dejé que ella decidiese cómo hacerme acabar.
La venezolana optó por ponerse en cuclillas, que debía ser la postura más cómoda según ella. Y a mí me pareció estupendo porque de esa forma las yemas de mis dedos alcanzaron fácilmente a acariciar su nuca, su hombro, sus senos y la firme presencia de su pezón izquierdo.
La abnegada esposa se desvivió al proporcionarme una mamada espectacular, ostentosa y elaborada, unas veces insistente y otras más variada, siempre cariñosa, húmeda, libidinosa, terriblemente codiciosa. De manera que a mí no me quedó otra que asumir la derrota, pues lo de aquella fascinante mujer no era normal: sus ojos de gata, su lengua de serpiente, sus fauces de loba… Y si bien en el último instante Diana sacó mi pollón de entre sus labios para que yo me corriera sobre su linda cara mestiza…
—Ah, no. Eso sí que no —la censuré.
Y tras un tenso himpás de espera de apenas un segundo, la venezolana abrió repentina y desmesuradamente los ojos, cogida por sorpresa y en la boca, sorprendida ante el tremendo chorro de esperma que en un momento inundó el escaso espacio oral que le restaba.
Traga, bonita. Traga —la insté acariciando su pelo negro— Eso, así… Muy bien. Chupa, preciosa… ¡Ogh, joder! ¡Qué maravilla!
En verdad fue alucinante. Aquella latina madura, caliente y loca, no tuvo reparo en mostrar el esperma que aún tenía dentro de la boca. Lo saboreó gustosa, traviesa, jugando con su lengua ante mis ojos, tragando con deleite, confirmándose como otra ferviente entusiasta de la lactancia materna, mamando con ganas acto seguido, aspirando, recorriendo mi uretra con la yema de su pulgar y chupando esa última porción cremosa, espesa, perezosa que ella misma había logrado extraer de mis pelotas.
—¡Ummm! ¡Cuánta lechita! —exclamó con admiración.
—¿Te ha gustado?
—Deliciosa —aseveró mordiéndose con frenesí el labio inferior— Y qué pija tan grandota. Me ha cogido muy rico, doctor.
Deliberadamente, Diana prosiguió proporcionando lametones esporádicos a mi miembro mientras yo trataba de explicarle cuál había sido su error.
—Los relajantes musculares no los puedes utilizar de continuo, para eso es mejor el otro medicamento, el neuroléptico —intenté clarificar, indicando cual era dicho fármaco— Ésta déjala para los sábados, cuando te apetezca salir a darle alegría a tu cuerpo.
Diana rió con malicia, bromeando con que la siguiente noche de salsa, cumbia, bachata y chácháchá, acabaría viniendo a urgencias a que yo le diera un poco de mambo.
—...porque sé que te has quedado con las ganas de cogerme la cola, pendejo.
—¡Y tú también, morocha! —repliqué, asestándole una sonora palmada en el trasero— Y tú también…
La jovial esposa se rio a carcajadas, traviesa, con complacencia, levantándose la falda para provocarme y perreando con renovada calentura.
—No puedes esperar, ¿verdad?
Dianan negó con la cabeza, contoneando su provocador trasero en una espiral infinita. Hasta que yo no aguanté más y me incliné en una marcada reverencia para comerle el trasero y hacer acopio de lubricación en su sexo.
La audaz latina no miró atrás en ningún momento, no rezongó ni imploró delicadeza a unos dedos premonitorios. Se dejó hacer, confió en mí y yo me entretuve hasta que su esfínter al fin se relajó y ensanchó tanto como fue preciso, tres dedos a fin de evitar riesgos inútiles.
Me empleé a fondo, jugando con mis dedos al tiempo que aplicaba mi lengua sobre su furibundo clítoris, aguardando pacientemente a que ella misma me exigiese que la culeara de una vez, deteniéndome entonces un segundo a recordarle como deben pedirse las cosas.
—Por favor, doctor…
Referencias:
—“Los Perseguidos”, de Fernando Benzo.
—“Los aires difíciles”, de Almudena Grandes.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Visita comercial
Solo dos minutos le prometió, pero la tensión en la cocina de Yurena se dispara cuando descubre que la madre solitaria lleva meses sin ser tocada.
Comparte:Infidelidad consentidaLactofiliaFetichismo corporal
- Hetero: Infidelidad
La punky jugosa
Lau no esperaba encontrar a un 'mayordomo' con las manos y la mente llenas de deseo. Lo que empieza como una ayuda por un tobillo roto se transforma…
Comparte:Infidelidad consentidaLactofiliaDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
empezando a putear
Verónica siempre supo que tenía poder sobre los hombres, pero Joaquín no era un pretendiente cualquiera.
Comparte:Infidelidad consentidaFetichismo corporalDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
El Atico
Mariana siempre supo que Nicolás la miraba. Pero cuando él entra en su ático para arreglar el ordenador, la pantalla azul no es el único problema que…
Comparte:Infidelidad consentidaLactofiliaDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Follada por el chico de limpieza del hotel
Camila sabe que su amante se retrasa, pero el tiempo libre es una oportunidad que no piensa desperdiciar.
Comparte:Infidelidad consentidaFetichismo corporalDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
El Vecino Rafael 2
Tu marido te espera en el coche, pajeándose con la idea de que estás follando con otro. No es solo traición, es un juego: él te lleva, tú te quitas…
Comparte:Infidelidad consentidaFetichismo corporalPoder y control