La Esposa Correcta — Capítulo 23
Clara nunca imaginó que la mirada de su marido la excitaría tanto. Entre la culpa y el deseo, descubre que su verdadera batalla no es contra la infidelidad, sino contra la mujer correcta que siempre fue.
La imaginación
Clara no respondió a Luis esa misma noche.
Volvió a casa con la sensación de que algo se había movido por dentro, pero todavía no tenía nombre. No era miedo. Tampoco alivio. Era una inquietud más difícil de sostener: la de intuir que una frontera nueva acababa de aparecer… y que no sabía si quería alejarse de ella o acercarse más.
Julián ya estaba en casa cuando llegó.
La televisión encendida sin volumen. La lámpara del salón encendida. El libro abierto sobre la mesa, boca abajo, como si hubiera dejado de leer hacía tiempo.
Levantó la vista al oír la puerta.
—¿Qué tal? —preguntó.
Clara dejó el bolso en la silla y tardó un segundo en responder.
—Bien.
Julián la observó sin insistir.
—¿Has hablado con él?
Clara asintió.
No hacía falta fingir ya.
—Sí.
Julián cerró el libro con una calma que a Clara empezaba a resultarle más inquietante que cualquier discusión.
—¿Y?
Clara se quitó la chaqueta despacio.
—No ha dicho que no.
Julián bajó la vista un instante, como si esa respuesta confirmara algo que ya esperaba.
—Tampoco ha dicho que sí —murmuró.
—No.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Clara sintiera otra vez esa sensación de estar en medio de algo que ya no podía controlar del todo.
Julián se levantó.
Se acercó despacio, sin prisa, sin tocarla todavía.
—¿Y tú? —preguntó.
Clara sostuvo su mirada.
—No lo sé.
La respuesta era cierta. Y, sin embargo, incompleta.
Porque lo que Clara no sabía no era si quería o no.
Lo que no sabía era cuánto quería.
Julián apoyó la mano en su cintura. Un gesto sencillo, doméstico, familiar.
Pero Clara notó de inmediato la diferencia.
No estaba tocándola como siempre.
La estaba midiendo.
—Piensas en ello —dijo él.
No era una pregunta.
Clara tragó saliva.
—Sí.
Julián no pareció sorprendido.
—Yo también.
La frase cayó con un peso distinto.
Clara lo miró de cerca. Durante años había creído conocer el alcance de las palabras de su marido. Ahora cada una parecía esconder otra cosa.
—¿Y qué piensas exactamente? —preguntó.
Julián tardó unos segundos en responder.
—Que una cosa es imaginar y otra muy distinta mirar de verdad.
Clara sintió un leve escalofrío.
—¿Y no te asusta?
Julián sonrió apenas. No con ironía. Con cansancio.
—Claro que sí.
Clara no esperaba esa respuesta.
Julián la sostuvo por la cintura un segundo más, luego apartó la mano y dio medio paso atrás.
—Lo que me asusta no es verlo —añadió—. Es no saber qué hará contigo.
Clara sintió que el pecho se le tensaba.
—¿Conmigo?
—Sí. —Julián la miró fijamente—. No con tu cuerpo. Contigo.
La frase se le quedó dentro.
Porque era exactamente ahí donde estaba el conflicto.
No en una escena.
No en una postura.
No en el morbo.
En la transformación.
Se acostaron más tarde de lo habitual.
No hicieron el amor.
No lo intentaron siquiera.
Cada uno permaneció en su lado de la cama, despierto más tiempo del que admitieron. Clara miraba la oscuridad del techo mientras la respiración de Julián se iba haciendo más profunda. Y aun así no estaba segura de que durmiera.
Cerró los ojos.
Y la imagen llegó sola.
No como una fantasía limpia. No como una película ordenada. Llegó en fragmentos.
El agua.
La luz baja del hotel.
La voz de Luis diciéndole que no había venido a relajarse.
Y, detrás de todo eso, otra presencia.
No visible.
Pero inevitable.
Julián.
No en la habitación. No aún.
Pero sí en su cabeza.
Mirando.
Clara abrió los ojos de golpe.
El corazón le latía demasiado rápido.
Giró la cabeza hacia Julián. Seguía de espaldas. Inmóvil.
Volvió a cerrar los ojos.
Esta vez la imagen regresó con más claridad.
No era exactamente Luis tocándola. Era ella imaginando cómo sería sentirse observada mientras dejaba de resistirse. Cómo cambiaría la piel al saber que no estaba sola. Cómo se alteraría la respiración al pensar que una parte de ese momento ya no les pertenecería solo a dos.
Y lo más inquietante de todo fue descubrir que la idea no la rechazaba.
La encendía.
Clara respiró hondo, incómoda consigo misma.
Aquello era nuevo.
No el deseo.
La forma.
Hasta entonces siempre había podido separar las cosas: lo que ocurría con Julián, lo que había ocurrido con Luis, lo que se callaba, lo que se recordaba, lo que se imaginaba a solas.
Ahora todo empezaba a mezclarse.
Y esa mezcla era más fuerte que cualquiera de sus partes.
A la mañana siguiente, el instituto le pareció más ruidoso que nunca.
El timbre. Las carpetas. Las preguntas sin importancia. Todo tenía una cualidad irreal, como si el cuerpo estuviera allí por costumbre y la cabeza se hubiera quedado atrapada en otra escena.
Cometió dos errores pequeños en un informe. Olvidó responder a un correo. Se encontró mirando la pantalla sin leer de verdad.
A media mañana, se encerró un momento en el baño del profesorado.
No para escribir.
Para pensar.
Se apoyó en el lavabo y miró su reflejo.
La misma cara. El mismo recogido. La misma mujer correcta de siempre.
Y, sin embargo, sabía que algo dentro estaba desplazándose.
Sacó el móvil.
Abrió el chat con Luis.
Escribió una frase.
La borró.
Escribió otra.
La volvió a borrar.
Al final dejó solo una pregunta:
¿Alguna vez has pensado en hacerlo delante de él?
Se quedó mirando la pantalla unos segundos.
Y envió.
La respuesta tardó menos de un minuto.
Sí.
Clara sintió el golpe en el estómago.
No esperaba vacilación, pero esa seguridad desnuda la desarmó más de lo que quería admitir.
El móvil vibró otra vez.
¿Tú no?
Clara apoyó una mano en el lavabo.
No podía mentir.
No después de todo.
Escribió despacio.
Hasta hace poco, no.
Vio cómo el mensaje aparecía leído.
Pasaron unos segundos.
Luego:
¿Y ahora?
Clara cerró los ojos.
El lavabo frío bajo la palma de su mano. El zumbido de la luz del baño. El eco de voces lejanas en el pasillo.
Y debajo de todo eso, la verdad.
Ahora sí.
Esa confesión, escrita y enviada, tuvo algo de caída.
No porque la condenara.
Porque la hacía visible.
Tardó un poco en llegar la respuesta de Luis.
Más de lo habitual.
Y cuando llegó, era más corta que otras veces.
Entonces ya no estamos hablando de Julián.
Clara frunció el ceño.
¿De qué hablamos entonces?
La respuesta de Luis la dejó inmóvil:
De ti.
Clara guardó el móvil inmediatamente, como si alguien pudiera leerle la cara.
Salió del baño sin terminar de reconocerse.
Durante el resto del día intentó no pensar en ello.
No lo consiguió.
La frase seguía dentro.
Ya no estamos hablando de Julián. Estamos hablando de ti.
De vuelta a casa, caminó más despacio de lo normal.
Necesitaba tiempo antes de entrar.
Necesitaba ordenar algo que todavía no sabía nombrar.
Cuando abrió la puerta, Julián estaba en la cocina.
Cortaba pan con una tranquilidad casi irritante.
La miró al oírla entrar.
—Llegas tarde.
—He dado una vuelta.
Julián asintió, como si no necesitara más.
Clara dejó el bolso sobre la mesa. Se quitó el abrigo.
Podría haber esperado.
Podría haberse callado.
No lo hizo.
—He pensado en ello —dijo.
Julián dejó el cuchillo sobre la tabla sin levantar la vista.
—Ya lo sé.
Clara sintió una punzada de irritación.
—No puedes saberlo todo.
Julián levantó por fin la mirada.
—No. Pero te conozco.
El silencio volvió a imponerse.
Clara cruzó los brazos.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo ha sido.
—No. —Clara lo sostuvo con la mirada—. No me refiero a eso.
Julián esperó.
Clara tragó saliva.
—No sé qué me inquieta más. Si que tú quieras mirar… o que empiece a excitarme la idea.
La frase quedó suspendida entre ambos, desnuda, irreversible.
Julián no respondió de inmediato.
Se secó las manos con el paño de cocina.
Se acercó hasta quedar frente a ella.
—¿Y qué crees que significa eso? —preguntó.
Clara negó lentamente.
—No lo sé.
Julián apoyó una mano en su brazo.
No apretó.
No tiró de ella.
—Significa que ya no estás obedeciendo a nadie.
Clara se quedó quieta.
—¿Eso crees?
Julián sostuvo su mirada.
—Creo que ahora el problema no somos Luis ni yo.
El problema es que te estás mirando de frente.
Clara sintió que se le cerraba la garganta.
Porque, por primera vez desde que todo había empezado, esa posibilidad le parecía cierta.
No estaba atrapada entre dos hombres.
Estaba atrapada entre dos versiones de sí misma.
La que todavía quería seguir siendo correcta.
Y la que ya no podía fingir que no deseaba.
Julián la atrajo despacio hacia sí.
La abrazó sin fuerza, casi con tristeza.
—No respondas hoy —murmuró.
Clara apoyó la frente en su pecho.
—¿A quién?
Julián cerró los ojos.
—A ninguno.
La frase la hizo respirar más hondo.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no era espera.
Era suspensión.
Esa noche Clara no escribió a Luis.
Tampoco habló más con Julián.
Pero cuando se quedó sola en el baño antes de acostarse, se miró otra vez en el espejo y supo que algo ya había cambiado.
No porque la miraran.
No porque la desearan.
Sino porque, por primera vez, empezaba a imaginarse a sí misma en el centro de esa mirada… y no quería apartarse
Continúa en
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