Me enamoro de la enorme verga de mi yerno 1
Elena nunca imaginó que su error más vergonzoso se convertiría en su mayor placer. Una foto mal enviada, una respuesta prohibida y la certeza de que su yerno tiene algo que su marido ya no puede darle. Esta noche, la casa está sola y la tentación no espera.
Me llamo Elena, tengo 48 años y soy la típica suegra mexicana que todos miran dos veces. Mi cuerpo nunca ha pasado desapercibido: soy voluptuosa, con caderas anchas, culo grande y firme, y lo que más me define son mis tetas enormes, naturales, talla 40G. Pesan, se mueven con cada paso y los pezones oscuros y grandes siempre se marcan aunque intente disimularlos. Mi marido, Roberto, hace más de dos años que casi no me toca. Viaja mucho, llega cansado y ya ni siquiera me mira cuando me desnudo. Yo me quedo sola en casa, con un fuego que no se apaga y un coño que pide atención todos los días.
Todo empezó por un error estúpido. Una tarde de mucho calor estaba en mi habitación probándome un brasier nuevo que acababa de comprar. Me lo puse, me miré al espejo y me gustó cómo mis tetas se desbordaban. Tomé una foto en el espejo: solo mis tetas enormes, casi saliéndose del brasier negro de encaje, los pezones duros marcándose. Quería enviársela a mi amiga para que me dijera si se veía bien… pero me equivoqué de chat. Se la mandé a mi yerno, Diego.
Diego está casado con mi hija desde hace cuatro años. Es un hombre de 32 años, alto, fuerte, moreno y siempre con esa sonrisa peligrosa. En cuanto vi que la foto se había enviado, me entró el pánico. Empecé a escribir “¡Perdón! Fue error!” pero antes de que pudiera borrar, él ya había visto la foto y estaba escribiendo…
En lugar de reclamarme o ignorarme, me respondió con una foto. Una foto de su verga. Dios mío… nunca había visto algo así.
Era enorme. Medía fácilmente 24 centímetros de largo, grueso como mi muñeca, con venas gruesas y azules que recorrían todo el tronco moreno. El glande era hinchado, rojo oscuro, brillante, y tenía una gota de presemen en la punta. Los huevos eran pesados, grandes y colgantes, cubiertos de vello negro. Era perfecta. Recta, pesada, amenazante. Mi marido nunca había tenido ni la mitad de eso. Hacía años que no sentía una verga de verdad dentro de mí y esta… esta me dejó la boca seca y el coño empapado en segundos.
En vez de escandalizarme, le respondí:
“¡Diego! ¡Qué foto tan… grande! 😳”
Él contestó al instante:
“Me gustaron mucho tus tetas, suegra. Son las más grandes que he visto. ¿Quieres ver más?”
Y así empezó. Esa misma noche comenzamos a enviarnos nudes. Yo le mandaba fotos de mis tetas desde todos los ángulos: sosteniéndolas con las manos, apretándolas, pellizcándome los pezones, sacudiendo las enormes tetas para que se movieran. Él me mandaba videos cortos de su verga: cómo la movía, cómo se ponía dura, cómo se masturbaba lentamente, cómo brillaba el presemen en la punta. Yo me volvía loca mirando esas fotos y videos. Me encerraba en el baño o en la cama, abría las piernas y me tocaba como una desesperada.
Me masturbaba pensando en esa verga gruesa. Dos dedos no me alcanzaban. Tenía que usar tres, imaginando que era él abriéndome. Me corría gritando bajito su nombre, con el coño chorreando, mientras miraba la foto de su miembro monstruoso. Estaba adicta. Completamente adicta al grosor, a la longitud, a las venas, al olor que imaginaba que tenía. Mi marido seguía sin tocarme y yo ya solo pensaba en la verga de mi yerno.
Pasaron dos semanas de nudes diarios. Hasta que un jueves por la mañana mi hija salió de viaje con unas amigas y Roberto se fue a trabajar temprano. La casa estaba sola. Diego me escribió:
“Estoy a diez minutos. ¿Puedo pasar a ‘saludarte’?”
Le dije que sí sin pensarlo dos veces.
Llegó con jeans y una playera ajustada. Apenas cerró la puerta me abrazó, pero no como un yerno normal. Me pegó contra la pared del pasillo y sentí… ahí. Su verga ya dura, enorme, presionando contra mi vientre. Era más grande en persona. Me rozaba a propósito cada vez que se movía.
—Suegra… no sabes cuánto me han vuelto loco esas tetas —me susurró al oído mientras me agarraba las nalgas con fuerza.
Empezó a seducirme despacio pero sin parar. Cada vez que pasaba cerca de mí en la cocina, me arrimaba la verga. Me rozaba el culo mientras yo lavaba los trastes. Me apretaba contra la mesa del comedor y sentía cómo esa verga gruesa se clavaba entre mis nalgas por encima de la ropa. Me ponía las manos en las tetas “por accidente” y me las apretaba. Yo temblaba, mojada, sin poder hablar.
Hasta que ya no aguanté más.
Estábamos en la sala. Me empujó contra el sofá, me subió el vestido de un tirón y me arrancó las bragas. Se bajó los pantalones y ahí estaba, en todo su esplendor: esa verga de 24 cm, gruesa, venosa, con el glande hinchado brillando. Me la restregó por la cara, por los labios, por las tetas.
—Chúpala, suegra —ordenó.
La metí a la boca como pude. Era tan gruesa que apenas entraba. Me dolía la mandíbula pero no paraba. Lamía las venas, chupaba el glande, tragaba el presemen salado. Mientras, él me apretaba las tetas enormes con fuerza, las sacudía, me pellizcaba los pezones hasta hacerme gemir alrededor de su verga.
Luego me levantó como si no pesara nada, me puso en cuatro sobre el sofá y me penetró de un solo empujón brutal. Grité. Nunca nadie me había follado así. Su verga gruesa me abrió entera, me llegó al fondo, tocó lugares que mi marido nunca había rozado. Me cogió como un animal: nalgadas fuertes, jalones de pelo, embestidas profundas y rápidas que hacían que mis tetas se golpearan entre sí.
—¡Más duro, Diego! ¡Rómpeme! —grité sin vergüenza.
Me dio la vuelta, me puso boca arriba con las piernas abiertas al máximo y volvió a metérmela hasta el fondo. Me folló con furia, sudando, gruñendo, mientras me apretaba las tetas y me chupaba los pezones. Me corrió adentro tres veces seguidas: chorros calientes, espesos, que me llenaban el coño hasta rebosar. Y yo me corrí como nunca en mi vida, squirtando sobre el sofá, gritando su nombre.
Cuando terminó, me dejó tirada, con las piernas temblando, el coño abierto y chorreando semen blanco, las tetas marcadas con sus manos. Me miró y sonrió:
—Esto recién empieza, suegra.
Yo, todavía jadeando, solo pude decir:
—Esa verga… es mía ahora. Estoy enamorada de ella.
Desde ese día soy adicta. Mi marido sigue sin tocarme y yo sigo abriendo las piernas cada vez que Diego puede venir. Porque ninguna verga del mundo me ha hecho sentir lo que esa verga gruesa, larga y brutal de mi yerno me hace sentir.
Fin… por ahora.
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