Una terapia diferente para Layla
Layla sabía que cruzar la línea profesional era un error, pero la voz de Joaquín en su consultorio le prometía placer prohibido. Entre la ansiedad del paciente y la tentación de la infidelidad, el sofá de terapia se convirtió en el escenario de un juego donde las reglas se rompieron.
¿Cuántas historias similares a esta habrá por ahí? Pensaba Layla mientras se encontraba inmersa en una de las formidables historias de su paciente, siendo en su imaginación la protagonista de ella, en vez de solo dedicarse a escuchar y analizar como era su deber.
Layla era Psicóloga, terapeuta especializada en adolescentes, pero de vez en cuando tomaba un caso distinto a los de su expertise, sobre todo cuando había poco trabajo y la situación económica en casa no mejoraba gracias a que su marido no lograba acomodarse en un empleo estable. Por ello tomó el caso de Joaquín, aquel señor que venía recomendado de su amiga Perla, una colega que argumentó ya no poderlo atender, con la tentadora etiqueta de “Te va a pagar lo que le pidas, no tiene problemas de dinero”.
No era la primera vez que alguien le contaba historias que involucraban el sexo desde el sofá de su consultorio, por el contrario, estaba tan acostumbrada a ello que ya no le hacía diferencia emocional escuchar la historia de una chica a quien habían tomado estando ebria, y la de un adolescente morboso, como Arturo, que siempre que le contaba sus aventuras tenía una erección frente a ella; pero en esta ocasión era distinto, no era un adolescente, era un hombre maduro, y sus historias eran muy diferentes a las de siempre.
Layla no era para nada fea, incluso, ella sabía que ese par de tetas naturales de muy buen tamaño era lo que mantenía a muchos de los chicos entre 15 y 19 volviendo a terapia, pero ¡Qué demonios! Mientras sigan pagando que se las sigan imaginando cuando las miran de reojo, pensaba.
Por otro lado, su piel casi de porcelana a pesar de sus 33 años, el cabello rubio rizado y esos ojos verdes que transmitían paz, era lo que le daba seguridad a las chicas que la visitaban, seguramente motivadas por sentirse lindas como ella, y tomar de su Psicóloga ideas para un día ser “tan hermosa y segura como ella” – Palabras literales de una de sus pequeñas pacientes, que Layla nunca olvidó, y que también utilizaba para mantener el flujo de chicas adolescentes dándole trabajo –
Aquella tarde no fue nada como lo que ella acostumbraba.
Por la puerta entró Joaquín, un tipo de 48 años con el que apenas había intercambiado un par de mensajes y que la visitaba para recibir ayuda supuestamente por problemas de ansiedad; una ansiedad que ella misma experimentó desde que lo vio entrar, pues en su mente tal vez esperaba a un viejo raquítico y nervioso.
Joaquín era un hombre alto, vestido con ropa cara a simple vista, con un rostro duro, de facciones marcadas y las cejas fruncidas casi permanentemente. Tenía la espalda ancha, y aunque la camisa lo escondía, se podía ver que gustaba de ejercitarse desde hacía mucho tiempo, pues sus antebrazos tenían las venas saltadas, y sus pantalones le ajustaban en los muslos y… esto no lo pudo ver de entrada, pero se imaginó que también le ajustarían en el culo.
La primera media hora de la sesión se fue en su niñez, en el papel que sus padres jugaban en casa, en mirar como aquel fino pantalón gris le ajustaba en los muslos cuando cruzaba la pierna, en cómo había conocido y se había enamorado perdidamente de su amada esposa, en el tamaño de esas manos y en cómo se sentirían recorriendo su espalda, en cómo los últimos años habían sido un infierno en la empresa para la que trabajaba Joaquín, y en como cada vez que descruzaba la pierna, dejaba a la vista un bulto sobre el cual esos pantalones se ajustaban lo suficiente para distraer la mirada de la profesional.
¡Esto no está bien, no lo está para nada! Pensaba Layla cada vez que los pensamientos la traicionaban.
¿Y la relación con tu mujer, cómo está actualmente? Preguntó de pronto, visiblemente motivada por la necesidad de saber más que por obtener información útil para la terapia.
Bien en la cama, mal fuera de ella, respondió Joaquín.
¿Y cómo es eso? Le preguntó Layla.
Es como si usáramos el sexo para pedirnos perdón o equilibrar las cosas ¿sabes?, le dijo Joaquín. En vez de hablar, sudamos los problemas en la cama. Justo ayer tuvimos una gran pelea por un gasto no planeado que ella hizo sin mi consentimiento, y en vez de simplemente reclamarle, parece si como más tarde yo la hubiera castigado.
Su mente le pedía no hacerlo, pero el morbo de Layla le estaba ganando la batalla. No te entiendo, le respondió.
No fue como siempre, le dijo Joaquín, no comenzó con besos o caricias, no, fue como si quisiera cobrarme ese dinero por la fuerza. -Joaquín hizo un silencio y miró a Layla esperando que ella le dijera que lo entendía, pero ella no abrió la boca, así que continuó – No la lastimé en ningún momento, pero me le acerqué por detrás y comencé a acariciarla, y entre las caricias comencé a desacomodarle la ropa y, y luego ahí mismo, en el comedor, solo la incliné sobre la mesa y tuvimos sexo un poco violento, muy riesgoso, porque nuestros hijos estaban arriba; no sé qué es lo que pasa por mi cabeza en esos momentos.
Layla ya había perdido la batalla para ese momento. Escuchar a aquel hombre e imaginarse la escena la tenía muy inquieta.
¿Eso molestó a tu mujer? Le preguntó. Y después de un silencio de un par de segundos, él la miró con una sonrisa y le respondió que no, que por más extraño que sonara, eso la había tranquilizado, pues después de cenar esa misma noche su mujer había comenzado una segunda ronda en la habitación. Luego hizo un silencio y cerró diciendo: Una ronda como si me estuviera agradeciendo perdonarla, porque se portó muy complaciente.
¿Usted es casada Doctora? Le preguntó de pronto Joaquín sacándola de su concentración imaginativa, porque mire que si estoy platicando estas cosas delante de una mujer que no conoce cómo son, me sentiría bastante mal.
Layla tuvo muy poco tiempo para pensar su respuesta, pero nuevamente, no fue su raciocinio el que respondió: Lo soy Joaquín, y conozco esas cosas.
¡Que alivio! Le respondió, entonces entenderás, ¿Te puedo hablar de tú? Preguntó interrumpiendo su propio monólogo, a lo que ella respondió asintiendo y motivándolo con su mano a continuar. Pues mira, entonces entenderás que una mujer que está acostada a punto de dormirse ya, no sorprende de pronto a su marido acariciándolo y luego metiéndose debajo de las sábanas para comérselo durante varios minutos hasta que él le termina en la boca por nada, ¿verdad? Sobre todo cuando al terminar simplemente se voltea para quedarse dormida sin recibir nada a cambio.
Layla se quería morir. En sus adentros pensaba que en ese preciso momento ella estaría dispuesta a interrumpir la sesión para hacer lo mismo, pero recordaba que él era un paciente, y se limitaba a responder con cosas como: Pues si, es extraño.
Y mira, ahí es donde mi ansiedad me traiciona Layla, ¿Te puedo decir Layla? Preguntó interrumpiendo su propio monólogo de nuevo, a lo que ella respondió: Si, como tú te sientas cómodo. Pasé al menos media hora mirándola a mi lado, ella se había volteado de espaldas a mi, pero solo miraba su cuerpo, su trasero, y pensaba si debía despertarla con caricias para regresarle el favor, pero nunca me animé, solo la miré por minutos enteros y hasta tuve una erección mirándola, pero el miedo no me dejó hacer nada y, me da mucha pena contarte esto, pero tuve que entrar en el baño por una segunda ronda de placer que yo mismo me provoqué.
Joaquín tenía los ojos cerrados mientras hablaba, y Layla pensó que lo hacía a propósito para que ella pudiera mirarlo sin ser descubierta, o al menos, eso era lo que estaba haciendo, aprovechando que su paciente no la veía.
De pronto, descruzó la pierna y se recostó un poco en el sillón. La mirada de Layla barrió el movimiento y se detuvo donde seguramente él quería que se detuviera. ¡Eso ya lo he visto! Pensó recordando todas las veces que Arturo comenzaba a tener una erección y al principio se le notaba solo un poco abultado el paquete, pero ahora no era el adolescente, era el hombre que la tenía con los nervios de punta, y el abultamiento del pantalón no era como el del chico, era tan prominente como las mismas ganas que en ese momento tenía de saltar sobre él.
¿Cada cuánto les pasa eso? Preguntó Layla mientras sus ojos iban del paquete de su paciente a su rostro para cerciorarse de que continuara con los ojos cerrados.
Al menos 4 veces a la semana, respondió Joaquín.
¿4 veces? Pensó Layla mientras recordaba cuántos días hacía que su marido no le ponía una mano encima; Dios, y ¿Eso es un problema para ti?, pensó en decirle, pero se contuvo.
Si, le respondió, a veces soy yo el que comete un error, y entonces yo debo sufrir el castigo.
¿Castigo?, le preguntó.
Si mira, el sábado pasado, cuando le contesté mal delante de nuestros hijos, esperó a que ellos se salieron en la noche y entonces empezó a ponerse cariñosa. Yo pensé que sería normal, pero entonces sacó las esposas, porque una vez compramos unas esposas para jugar y de vez en cuando las usamos, y me amarró a la cama con los ojos vendados, y estuvo como 40 minutos solo molestándome, ¿sabes cómo?
No, no sé, contestó Layla con un dejo de desesperación en su voz.
Me sacó toda la ropa y me tocaba, me acariciaba y me besaba por todos lados, pero hacía largas pausas, cuando yo ya estaba muy excitado y listo para más, ella se alejaba, y yo no podía hacer nada por estar amarrado, y luego cuando mi excitación bajaba ella regresaba y lo hacía de nuevo.
¡Dios mío! ¿Eso es….? Fue lo único que pudo pensar Layla cuando vio que su paciente tenía ya una erección bastante visible, y bastante más voluminosa que la del chico o incluso que la de su marido.
Es horrible Layla, es horrible que te dejen excitado durante tanto tiempo ¿sabes? Yo creo que me estaba castigando, porque ella sabe lo que me gusta, tenemos 12 años de casados y vaya que lo sabe, pero me dejaba con las ganas sin poder moverme.
Layla no podía quitar la mirada del pantalón de aquel tipo. ¿Acaso no se daba cuenta del espectáculo que estaba dando? ¿O lo estaba haciendo a propósito?
Pero mientras pensaba todo aquello, Joaquín abrió los ojos y la descubrió observando.
Perdóname, le dijo.
Layla se limitó a decir: No te preocupes, y mientras volteaba la mirada hacia la pared, agregó que era normal que esas cosas pasaran.
Es que lo recuerdo y no lo puedo evitar, verás, soy un hombre de casi 50 años, pero aún tengo mucha energía por suerte, y a veces soy como un adolescente en ese sentido.
Joaquín miró su reloj, se puso de pie y dijo: Dios, ya ha pasado más de una hora y yo aquí sigo, dime, ¿cuánto te debo?
¿Esto realmente está sucediendo? Pensó Layla mientras vio que el tipo se acercaba a ella con el pene completamente erecto debajo del pantalón mientras sacaba su cartera y le hablaba como si nada estuviera pasando.
Siéntate, le dijo Layla en un tono un tanto fuerte, no tengo otro paciente ahora y podemos seguir.
Joaquín se quedó parado frente a ella unos segundos y luego le preguntó ¿Estás molesta Layla?
Ella se disculpó, le dijo que no había sido su intención hablar fuerte, era solo que no le gustaba interrumpir las sesiones cuando aún no habían terminado.
Si fueras mi mujer con esto me estaría ganando un castigo, le dijo con la voz de un adolescente regañado, ¿Ya ves? A veces no puedo distinguir entre lo que sucede en casa y lo que sucede fuera de ella, y mientras lo decía, la erección se fue perdiendo de una forma tan rápida y visible que Layla no pudo evitar fijar su mirada en ello.
Layla se sintió culpable, pero no logró distinguir si la culpabilidad era por el sentimiento que le había causado a su paciente, o porque se había quitado a ella misma la posibilidad de seguir disfrutando de aquellos vívidos relatos acompañados de un atractivo visual que la habían mantenido tan interesada durante la última hora.
Recuéstate, cierra tus ojos y olvida que yo estoy aquí, le dijo, solo cuéntale tus cosas a quien tú quieras en tu mente.
Joaquín se acostó, puso su antebrazo sobre sus ojos, y relató durante casi 10 minutos la historia de cómo su mujer le pidió perdón un par de semanas atrás.
Layla lo miró cambiar de posición constante mientras iba de cómo su mujer comenzó a desabrocharse la blusa para que él pudiera ver entre los botones estando aun en público, hasta lo que le decía al oído para que los otros comensales no escucharan.
Ahí va de nuevo, pensó Layla mientras miraba fijamente como la cosa de Joaquín comenzaba a aumentar de tamaño bajo el pantalón.
Luego en el coche, le dijo, no esperó ni a que saliéramos del estacionamiento, ahí mismo comenzó a acariciarme por encima de la ropa, y empezó a decirme que manejara rápido, porque ya no se aguantaba.
Conforme avanzaba el relato, Joaquín iba tomando más atención en los detalles, comenzaba a llamar las cosas por nombre: Sus tetas, mi cosa y sus nalgas, comenzaron a ser mencionadas recurrentemente.
Layla se había dado por vencido, sentía su entrepierna húmeda ya, y mientras escuchaba la historia y observaba como aquella cosa de enfrente se ponía nuevamente dura y gorda debajo del pantalón, decidió dejar la libreta a un lado y poner una mano entre sus piernas, solo sobrepuesta, solo para transmitir el calor de su mano a su entrepierna, y visceversa.
Joaquín detallaba cada caricia, cada beso y cada lamida con una maestría impresionante. Se removía en el sillón sin quitar su antebrazo de los ojos, y por momentos bajaba su otra mano y se acomodaba rápidamente su erecto pene, como si Layla no se fuera a dar cuenta.
Ella no pudo resistir más, y justificando su deseo con la supuesta comodidad del paciente, dejó salir en voz muy baja la frase: Desabotona el pantalón si te sientes incómodo.
Joaquín no detuvo el relato, hablaba de cómo su mujer lo montaba con maestría mientras poco a poco iba soltando el cinturón, luego el botón del pantalón, y luego removiéndose para comenzar a bajárselo hasta media pierna.
Layla se quedó impactada. De inmediato pensó cuántas veces Arturo habría soñado en hacer lo que ese hombre estaba haciendo en ese momento, y luego fijó su mirada en aquella escena. Lo miró con detenimiento, se parecía al de su marido en cuanto a forma, pero era más grueso; llevaba el área semi-rasurada, como si lo hubiera hecho 3 o 4 días atrás y el vello empezara a crecer de nuevo, pero mientras lo miraba, la mano de Joaquín irrumpió en la escena y comenzó a hacer algo que Layla jamás había visto a su marido, a sus exnovios, o a cualquier persona que no estuviera en un video hacer: Comenzó a masturbarse delante de ella.
El relato comenzó a ir acompañado de suspiros reales por parte de Joaquín, suspiros no generados por los recuerdos, sino por la satisfacción que se estaba dando frente a ella. Y ella, dejó de mantener su mano estática entre las piernas, y comenzó a moverla lenta y suavemente, al ritmo del placer que la combinación del relato con la escena visual le estaban proporcionando.
De pronto la ansiedad la volvió a abordar ¿Esto no va a terminar bien verdad? Se preguntaba a sí misma mientras el placer de tocarse no le permitía responderse. ¿Me va a llenar el sillón de semen y después qué? ¡Dios mío! Tantas veces me advirtieron mis mentores sobre esto, y hoy estoy dejando que suceda.
Layla ya se había hecho a la idea de tener que limpiar leche de su consultorio, despedir a aquel hombre, no volverlo a recibir, y guardarse el recuerdo para sus momentos de soledad… pero Joaquín lo echó a perder.
Se detuvo, hizo un silencio, soltó su cosa, abrió los ojos, miró a Layla fijamente, y sin darle tiempo para procesar la vergüenza le dijo: Esto está mal, está muy mal… tienes que castigarme.
Nublada por la excitación Layla se levantó de su silla y caminó hasta el sillón. Joaquín se incorporó y se sentó, así, con los pantalones a media pierna y su pene tan duro como 5 minutos atrás.
Layla lo miró un segundo y con voz autoritaria le dijo: Quítate toda la ropa. Y él obedeció.
El hombre era mucho más atractivo que su marido, incluso antes de que él ganara los kilos que el matrimonio le habían dado. Y lo mejor de todo es que lo tenía ahí, desnudo y esperando ser castigado, bajo secreto de médico-paciente.
Quítame la ropa a mi, le dijo Layla en voz muy baja.
¿Es real? Pensó mientras el hombre la abordaba. Comenzó a quitarle la ropa mirando al piso, con la misma actitud de niño regañado. Sus tetas rebotaron en el aire cuando el bra se soltó, y él ni siquiera las miró. Sus bragas cayeron al piso, y el seguro que solo estaría viendo su raja de reojo; y cuando terminó, él simplemente se quedó mirando al piso esperando instrucciones.
Layla se sintió empoderada.
Mírame, le dijo con la misma voz autoritaria. Y él obedeció.
Layla comenzó a sentir calor por todo su cuerpo, como si los ojos de su paciente arrojaran fuego y la quemaran. Quería saltar encima de él, o que él hiciera un movimiento ya, pero era un hecho que el tipo estaba solo dispuesto a hacer lo que ella le ordenara.
Ponte de rodillas y dame placer, le dijo.
Lo vio acercarse a ella, mirando fijamente sus tetas, y luego ir cayendo hasta quedar de rodillas. Alzó sus manos y las puso sobre cada una de las nalgas,
Esas son otras manos - pensó Layla mientras sentía el sudor de las palmas de su paciente en sobre sus nalgas – esas son las primeras manos distintas a las de mi marido que me tocan en muchos años.
Miró hacia abajo, y notó que Joaquín tenía los ojos cerrados y el ceño fruncido, pero aun así, fue acercando poco a poco su rostro hasta la entrepierna de si Psicóloga, y cuando la tocó, simplemente sacó la lengua.
Una sensación de calor y humedad recorrió la zona de Layla. Casi desde su culo, hasta donde la vulva encumbraba su entrepierna. Luego fue otra igual, y luego una tras otra durante lo que le pareció una eternidad.
Layla estaba extasiada y confundida al mismo tiempo. Aquel hombre se comportaba como un perrito que lamía a su dueño en busca de perdón, pero al mismo tiempo, su lengua mostraba una cierta maestría cuando pasaba por lugares específicos, y sus manos, que aun estaban por detrás de la Doctora, no permanecían quietas, sino que buscaban rincones donde acariciar y meterse aunque fuera por microsegundos.
¡Para! ¡Demonios! Dijo Layla de pronto, logrando que Joaquín despegara su rostro de donde estaba, la mirara con “ojos de borreguito” y le preguntara: ¿Qué pasa, lo he hecho mal?
¡No! Le respondió con el mismo tono, no lo has hecho mal, pero todo esto está mal, muy mal. Y mientras se quejaba amargamente comenzaba a levantar su ropa para acomodarla en el escritorio y comenzar a vestirse.
No paraba de murmurar y autoflagelarse, hasta que comenzó a escuchar la voz de su paciente, primero casi con susurros: Layla; luego un poco más fuerte: Doctora Layla: y al final, con cierto dejo de autoridad: Oye, Layla.
Ella, aun con las panties en la mano lista para enfundárselas, lo miró.
La expresión de Joaquín había cambiado. Los ojitos de borrego se habían convertido en los ojos de un demonio, y antes de que pudiera decir algo, él apuntó hacia el escritorio y le dijo: Inclínate ahí, que ahora te voy a castigar yo.
Layla pensó en gritar, en salir aunque fuera desnuda a la calle rogando por ayuda, pero ¡Caray! ¿No era eso lo que había estado deseando desde que el tipo había entrado a su consultorio? Así que agachó la mirada, tiró los calzones que traía en la mano al piso, se giró de espaldas a su paciente, y se inclinó recargada en el escritorio.
Aquel par de manos que minutos atrás se habían posado suavemente sobre sus nalgas, lo hicieron sobre sus caderas afianzándolas con una fuerza que era tan deliciosa como peligrosa.
Luego sintió como aquel erecto pene, que llevaba horas viendo crecer debajo de los pantalones de su paciente, se abrió camino entre sus nalgas.
Cuando estaba a punto de reclamarle que ese no era el agujero correcto, una de las manos de Joaquín soltó sus caderas y, tomando su propia verga firmemente la apuntó a donde debería estar, suspiró, y después la embistió con una firmeza que la hizo abrir su boca y quedarse con un gemido ahogado.
Estaba húmeda, demasiado húmeda, pero aun así, aquella verga entrando y saliendo de ella resultaba tan placentera como incómoda. Y una vez más, hizo memoria de la sensación, y no era la misma, era tan distinta a lo que sentía con su marido, que decidió cerrar los ojos y entregarse a la pasión.
Joaquín fue cualquier cosa menos un caballero. Sus manos la apretaban demasiado fuerte de las caderas, y su pelvis daba fuertes golpes en sus nalgas, empujando su verga en toda su magnitud dentro de ella. Pero Layla no gimió, no se quejó, y no pensó “quiero que esto pare” en ningún momento, por el contrario, dejó escapar el primer orgasmo en silencio, y el segundo, haciendo bola la hoja con las notas que había tomado sobre él y que estaba sobre el escritorio.
Joaquín comenzó a lanzar extraños pujidos, como si estuviera conteniendo un gemido que – A Dios le daba gracias Layla que no lo dejara salir completo en pleno consultorio – hasta que de un golpe se salió de ella, y dejó escapar el primer chorro de leche, que cayó pleno en la espalda baja de la doctora, y se coló entre sus nalgas.
No, no, no, repetía Joaquín con voz entrecortada, a lo que Layla reaccionó volteando para ver sucedía y, solo se dio cuenta de que su paciente intentaba no seguir aventando chorros de leche hacia todos lados, tal vez, para no ensuciarle su hermoso consultorio.
Layla se sonrió mientras miraba a Joaquín terminar de descargar su furia en la alfombra.
Calma, le dijo ella, calma que no pasa nada, yo misma limpiaré.
Y mientras le decía aquello se acercaba a él, todavía desnuda y notablemente satisfecha, para poner una de sus manos sobre su pecho y preguntarle ¿Te sientes mejor?
Joaquín sonrió, y comenzó a levantar su ropa del piso. Lentamente y con una precisión metódica se vistió, se miró en la ventana para ver que todo estuviera en orden, miró a su doctora, quien había detallado todo el proceso estando aun desnuda frente a él, y le dijo ¿Cuánto te debo?
Layla le cobró como a cualquier paciente, lo despidió de mano y le dijo que lo vería en 2 semanas, cerró la puerta con llave detrás de él, y se sentó aun desnuda primero a recordar cada momento, y después para llamarle a Perla, su amiga que lo había referido.
Perla supo para qué era la llamada, y en vez de saludarla al responder la llamada, le preguntó directamente: ¿Qué tal eh? ¿Terminaste castigada o solo te obligó a castigarlo a él?
Layla no contestó, el teléfono cayó en el sillón, y mientras cerraba los ojos y fruncía el ceño solo pudo pensar: ¡Dios mío! ¿En qué me he metido?
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