Xtories

Las aventuras de Daniela 3

Daniela lleva dos días ardiendo por el recuerdo de un desconocido, pero Valeria tiene una propuesta que va más allá de la fantasía. En la penumbra de un club secreto, la amistad se pone a prueba mientras el deseo se vuelve una trampa sin salida.

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Habían pasado apenas dos días desde que Daniela salió del baño mugriento de aquella estación de metro con el ano todavía ardiendo, el semen del desconocido secándose en costras pegajosas por sus muslos canela y el vello púbico espeso enmarañado de jugos propios y ajenos. Dos días desde que llegó a casa oliendo a sexo viejo y sudor, cenó arroz con pollo recalentado con Alberto mientras fingía escuchar sus historias del trabajo, y luego se dejó follar en misionero lento y cariñoso, gimiendo bajito mientras su mente volvía una y otra vez al dolor delicioso de aquella polla curvada partiéndole el culo virgen. Dos días desde que, en el baño a las dos de la mañana, se miró al espejo con los ojos vidriosos, se metió dos dedos en el ano sensible y se masturbó llamándose puta infiel hasta correrse en chorros silenciosos sobre el suelo frío. Dos días desde que, en una cafetería con Valeria, confesó todo entre sorbos de café con leche y sintió cómo su amiga le apretaba la mano y le susurraba con voz ronca: “Conozco un sitio. Ven conmigo el viernes. Solo miras… o participas. Tú decides”.

Daniela no había dicho que sí. Pero tampoco había dicho que no.

Y ahora estaba allí, sentada en un sofá de terciopelo negro en un rincón del salón principal del club, con el corazón latiéndole tan fuerte que lo sentía retumbar en las sienes y en el clítoris hinchado. El lugar era un edificio sin letrero en las afueras, luces rojas tenues que apenas iluminaban cuerpos moviéndose como sombras, olor a cuero nuevo, incienso caro y el aroma inconfundible del sexo en el aire: sudor salado, semen fresco, coños mojados y anos lubricados. Valeria la había arrastrado con una sonrisa pícara, vestida con un vestido negro ceñido que se quitó en cuanto cruzaron la puerta. Daniela, en cambio, había elegido algo discreto: falda lápiz negra hasta las rodillas, blusa blanca con escote moderado, tacones bajos y el pelo recogido en una coleta alta. Debajo, nada: Valeria la había convencido en el coche de quitarse el tanga. “Si vas a mirar, que sientas el coño al aire todo el rato. Te va a mantener mojada”, le dijo. Y tenía razón. El aire fresco del local rozaba los labios mayores hinchados y el vello negro espeso cada vez que cruzaba o descruzaba las piernas, y el ano aún sensible palpitaba con cada latido, recordándole el miércoles como un secreto ardiente.

Se sentaron en un sofá esquinero con buena vista a la tarima central elevada, rodeada de sillones y mesas bajas. Pidieron dos copas de vino tinto. Daniela bebió un trago largo; el alcohol bajó caliente por la garganta y le soltó un poco los nervios, pero no apagó el fuego que le subía por el vientre. Al principio solo observó, con los ojos muy abiertos, absorbiendo todo como si estuviera viendo una película prohibida en la que ella aún no era protagonista.

En un sofá cercano, una pareja de unos cuarenta: ella con tetas operadas y culo firme, arrodillada entre las piernas de un hombre calvo y barrigón. Chupaba despacio, lengua plana recorriendo el tronco venoso de arriba abajo, saliva goteando por la barbilla y cayendo sobre los huevos pesados. Detrás, otro hombre —más joven, tatuado— le lamía el coño desde atrás, lengua metida profunda entre nalgas separadas, succionando el clítoris hinchado mientras metía dos dedos curvados en el coño chorreante. La mujer gemía alrededor de la polla, el sonido húmedo y ahogado mezclándose con el chapoteo sutil de los dedos. Daniela apretó los muslos; sintió un chorrito caliente bajar por su muslo interno, empapando la falda.

Más allá, en una mesa baja, un hombre joven y musculoso follaba a una morena despampanante a cuatro patas. La polla larga y recta entraba y salía del coño depilado con embestidas profundas y lentas, los huevos chocando rítmicamente contra el clítoris hinchado y rojo. La morena empujaba hacia atrás, arqueando la espalda, tetas balanceándose pesadas. Otro hombre se acercó por delante, agarró su pelo y le metió la polla en la boca hasta la garganta. Ella se atragantó un segundo, lágrimas brillando en los ojos, pero siguió chupando con hambre, saliva cayendo en hilos largos. Daniela notó cómo su propio coño se contraía solo de verlo; el vello negro pegado a los labios, jugos goteando despacio.

Pero lo que vino después fue lo que la dejó sin aliento.

Valeria se levantó de golpe, se quitó el vestido de un tirón —quedó en tanga negro y sujetador a juego— y caminó hacia la tarima central con paso seguro, como si hubiera hecho esto mil veces. Allí ya esperaban siete hombres: edades entre treinta y cincuenta, cuerpos variados pero todos con pollas tiesas y venosas, lubricante brillando en las manos y en los glande hinchados. Uno era alto y negro, polla gruesa como un antebrazo, venas marcadas latiendo; otro delgado pero larga y curvada hacia arriba, cabeza roja y brillante; un tercero corpulento con polla corta pero muy gruesa; los demás normales, pero duros, listos, masturbándose despacio mientras esperaban.

Valeria subió a la tarima, se arrodilló en el centro sobre una manta negra y abrió la boca, lengua fuera, ojos desafiantes. “Venid, cabrones… llenadme todos los agujeros”. Los siete se acercaron en círculo, como lobos alrededor de una presa voluntaria.

El negro fue primero: le metió la polla gruesa en la boca hasta la garganta, agarrándole el pelo para follarle la cara con embestidas lentas pero profundas. Valeria se atragantó, saliva goteando en abundancia por la barbilla y cayendo sobre sus tetas. Al mismo tiempo, otro —el delgado— se colocó detrás, lubricó su coño con saliva y empujó dentro de un solo movimiento. Valeria gimió alrededor de la verga, el sonido vibrando en la polla que le follaba la boca. Un tercero lubricó su ano con gel frío y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo enterrado hasta los huevos. Ella empujó hacia atrás, tragando más profundo, cuerpo temblando entre las tres pollas.

Daniela sintió un calor líquido subirle por el vientre. El coño le chorreaba sin control, jugos bajando por los muslos y empapando la falda. El ano le ardía de deseo, contrayéndose solo de imaginar cómo se sentiría tener tres dentro al mismo tiempo.

Los otros cuatro se masturbaban alrededor, esperando turno. Uno se corrió primero: chorros espesos y blancos salpicaron las tetas de Valeria, goteando por pezones duros y cayendo sobre la manta. Otro le folló la mano mientras ella chupaba, semen caliente cubriéndole los dedos. Cambios constantes: salían de un agujero y entraban en otro. El negro salió de la boca y empujó en el ano dilatado, sintiendo cómo apretaba alrededor de su grosor. El delgado cambió al coño, follándola con embestidas rápidas. Valeria se corrió la primera vez: squirt abundante que salió en chorros calientes, mojando las piernas de los que la follaban y salpicando el suelo de la tarima. Gritó ahogada alrededor de una polla, cuerpo convulsionando.

Los siete seguían rotando, incansables. Semen por todas partes: en boca, en cara, en pelo revuelto, dentro del coño y del culo, goteando en charcos blancos y espesos. El ano de Valeria estaba rojo e hinchado, abierto como una flor, semen rebosando cada vez que salía una polla. El coño chorreaba jugos mezclados con semen, clítoris hinchado y rojo. Se corrió una segunda vez, squirt más fuerte, cuerpo temblando de orgasmos en cadena, gritos roncos y sucios: “Más… llenadme… soy vuestra puta…”.

Valeria levantó la vista un segundo, ojos vidriosos de placer y semen, y miró directo a Daniela. Sonrió sucia, con una polla gruesa aún en la boca, y le hizo un gesto con la mano libre: “Ven… únete… hay polla para ti también… ven y déjate romper como yo”.

Daniela tragó saliva. El corazón le martilleaba en el pecho. El deseo la quemaba por dentro, el coño palpitaba con fuerza, el ano se contraía solo de imaginar siete pollas abriéndola, llenándola de semen caliente, rompiéndola hasta que no pudiera caminar. Pero también sentía la culpa: Alberto en casa, esperando con la cena recalentada y una cerveza fría, sin saber que su mujer estaba aquí, sentada con las piernas temblando, mano rozando disimuladamente el clítoris bajo la falda empapada, mirando cómo su mejor amiga se convertía en una puta abierta y feliz para siete desconocidos.

Se quedó sentada. No se movió. Aún no.

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