Xtories

Me entregó a sus amigos zombis en Halloween

Sara llega al hotel pensando en una escapada romántica, pero la realidad la espera: es la única mujer rodeada de cuatro hombres hambrientos. La noche de Halloween despierta instintos prohibidos, y la frontera entre el juego y la realidad se desvanece cuando Luis decide no detenerla.

jovenesalegres9.6K vistas8.6· 11 votos

Halloween se acercaba y la idea de Luis de alquilar un hotel todo incluido para una escapada de fin de semana con sus amigos había sido recibida con entusiasmo. Al principio, la lista de personas apuntadas era grande, incluyendo amigos de Luis y sus parejas. Sin embargo, a medida que la fecha se acercaba, las bajas se acumulaban. Una pareja se echó atrás por un viaje de última hora, las novias de dos de los amigos de Luis decidieron no ir por motivos diversos, y así, al final, la expedición se redujo a un grupo más íntimo.

—Cariño, ¿Estás seguro de que esto es todo incluido? —preguntó Sara desde el asiento del copiloto, su voz teñida de una curiosidad juguetona.

Su pelo negro, una cascada de rizos rebeldes, enmarcaba un rostro de rasgos finos y unos ojos verdes que brillaban con picardía. Era delgada, casi etérea, con una piel blanquísima que parecía porcelana, y aunque su pecho era discreto, la forma en que la ropa se ceñía a su cuerpo insinuaba una figura curvilínea y un culito pequeño y firme que se movía con cada curva de la carretera. Luis sonrió, disfrutando de la anticipación en su mirada.

—Claro, mi amor. Comida, bebida, y todas las comodidades que podamos imaginar. Y lo mejor de todo, sin tener que preocuparnos por nada más que disfrutar— respondió Luis, sus ojos brillando con la misma emoción que los de Sara.

El murmullo de la conversación en el coche de Luis se mezclaba con la música alta y la expectación que flotaba en el ambiente. Al llegar a la imponente entrada del “resort”, la majestuosidad del edificio los dejó sin aliento. Era un complejo moderno, con una fachada de cristal y acero que reflejaba el cielo otoñal. La noche ya caía, y las luces del hotel comenzaban a encenderse, creando un ambiente acogedor y lujoso. Sin disfraces, como habían acordado para mantener un aire de espontaneidad, descendieron del coche, la fresca brisa de la noche acariciando sus rostros.

Mientras Luis se encargaba del check-in, Sara observó a su alrededor con una sonrisa relajada en sus labios. Fue entonces cuando la realidad de la situación se posó sobre ella. Miró a Luis, luego a los cuatro hombres que se habían unido a ellos, y una mezcla de sorpresa y algo más, una chispa de picardía, recorrió su cuerpo.

Era la única mujer.

La única.

El ambiente de fiesta, la bebida ilimitada, la noche de Halloween y la compañía de cuatro hombres... la mente de Sara comenzó a divagar, imaginando las posibilidades.

—Vaya, Luis —dijo, su voz un susurro cargado de doble sentido mientras se acercaba a él, apoyando una mano en su brazo— ¿No me dijiste que vendrían parejas? Porque aquí, hasta donde yo veo, somos un equipo de cinco hombres y... yo. Esto parece un equipo de baloncesto y yo la entrenadora.

Levantó una ceja, una sonrisa traviesa jugando en sus labios.

Luis se giró, sus ojos encontrándose con los de ella. Conocía esa mirada, esa chispa que anunciaba que Sara estaba a punto de desatar su lado más salvaje.

—Bueno, mi amor, parece que te hemos reservado un tratamiento especial. Cinco caballeros a tu entera disposición —respondió, su voz ronca de anticipación.

Mientras esperaban que Luis terminara con el papeleo, Sara dedicó una mirada más detallada a los amigos de su marido. Eran un grupo variopinto, cada uno con su propia aura, y ya los conocía a casi todos desde hacía tiempo.

El primero, junto a Luis, era Marcos. Era el más alto del grupo, con una complexión atlética que delataba horas en el gimnasio. Su pelo castaño estaba peinado hacia atrás, revelando una frente ancha y unos ojos azules penetrantes que parecían evaluar todo a su alrededor. Tenía una mandíbula fuerte y una sonrisa fácil, pero había algo en su mirada, una intensidad oculta, que sugería que, bajo esa fachada de chico bueno, se escondía un espíritu audaz. Marcos era el bromista, el alma de la fiesta, pero también el que no se echaba atrás ante un desafío.

A su lado estaba David, un hombre de estatura media, pero con una presencia imponente. Su cuerpo era robusto, con hombros anchos y una barba cuidada que le daba un aire masculino y experimentado. Sus ojos oscuros, profundos y observadores, parecían haber visto mucho, y su forma de hablar era pausada, con una voz grave que invitaba a la escucha. David era el más tranquilo del grupo, el que analizaba las situaciones antes de actuar, pero su calma aparente ocultaba una fuerza interior considerable.

El siguiente era Javier, el más joven de los cuatro, con apenas veintitantos años. Era delgado, casi delgado, con un aire desenfadado y una melena rubia despeinada que le daba un toque rebelde. Sus ojos azules, brillantes y llenos de energía, no paraban de moverse, escaneando el entorno con una curiosidad insaciable. Javier era el impulsivo, el que vivía el momento sin preocuparse por las consecuencias, y su risa era contagiosa, a menudo seguida de una travesura.

Finalmente, estaba Carlos, un hombre de unos cuarenta años, con un cuerpo algo más voluminoso que los otros, pero con una energía vibrante. Su calvicie incipiente estaba compensada por una sonrisa amplia y unas mejillas sonrosadas que le daban un aspecto bonachón. Sus ojos, pequeños y brillantes, refulgían con una inteligencia aguda, y su forma de vestir, aunque informal, denotaba un gusto por las cosas buenas. Carlos era el anfitrión nato, el que siempre tenía una historia que contar y una copa de vino a mano, y su carácter jovial y generoso lo hacía el centro de atención en cualquier reunión.

Sara les dedicó una sonrisa. La sorpresa inicial se estaba transformando en una intriga palpable. Ser la única mujer en un grupo de cinco hombres en un hotel todo incluido durante Halloween... la noche prometía ser mucho más interesante de lo que había imaginado. Miró a Luis, sus ojos verdes brillando con una promesa silenciosa. La fiesta acababa de empezar, y ella estaba lista para jugar.

Una vez instalados en sus habitaciones, el grupo decidió reunirse en el bar de la piscina para tomar algo antes de la cena. El aire de la noche se había vuelto más frío, y la piscina, a pesar de estar iluminada, permanecía desierta y cerrada, su superficie lisa reflejando las luces del hotel como un espejo oscuro. El sonido del viento silbando entre las palmeras añadía un toque melancólico a la escena.

Se sentaron alrededor de una mesa baja, las copas de cócteles de colores brillantes apareciendo rápidamente ante ellos. Luis y Sara se sentaron uno al lado del otro, pero la dinámica del grupo ya empezaba a inclinarse hacia la camaradería masculina, salpicada por la presencia singular de Sara.

Fue Marcos, el más alto y atlético, quien rompió el silencio con un suspiro exagerado, sus ojos azules fijos en Sara. La miraba descaradamente, su mirada recorriendo su figura delgada con una intensidad que no intentaba disimular. Ella llevaba puesto un vestido ligero que, a pesar de no revelar nada explícito, se ceñía a sus curvas de forma provocativa, insinuando las formas de su cuerpo.

—Qué putada que esté cerrada la piscina —murmuró Marcos, su voz cargada de una decepción fingida, aunque sus ojos seguían fijos en Sara—. Con lo grande que es, y que, por el frío, no podamos usarla… —dejó la frase en el aire, su mirada deslizándose por el escote de Sara.

Sara, que hasta ese momento había estado charlando animadamente con David, giró la cabeza hacia él, una expresión de sorpresa genuina en su rostro.

—¿Cerrada? ¡Pero si este hotel tiene piscina climatizada! ¿No os habéis descargado el APP? —exclamó, su voz clara y dulce resonando en la noche—. Está en la zona de SPA.

Un silencio momentáneo se cernió sobre la mesa, roto solo por el tintineo de los hielos en las copas. Los ojos de los cuatro hombres se encontraron, una chispa de entendimiento compartido encendiéndose entre ellos. Luis, que había estado escuchando la conversación con una sonrisa pícara, apretó la mano de Sara.

—¿De verdad, Sara? —preguntó Luis, su voz baja y seductora—. ¿Por qué no vamos y nos damos un bañito? Creo que he traído bañador…

—¿Y nosotros qué? —intervino Javier, el más joven, con una sonrisa traviesa—. ¿Nos dejas solos, Luis? ¡Qué mala persona eres!

Carlos, el bonachón, se unió a la broma. —Sí, sí, dejadnos aquí a los pobres con nuestras copas, a emborracharnos. Vosotros id a disfrutar del calorcito.

Sara se rio, un sonido cristalino que hizo que los hombres la miraran con renovado interés.

—Bueno, sois libres de hacer lo que queráis. Sólo necesitáis bañador, porque las toallas las pone el hotel.

La propuesta flotaba en el aire, cargada de implicaciones. La idea de una piscina climatizada, íntima y cálida, en contraste con el frío exterior, empezaba a parecer muy atractiva.

Al terminar sus copas, la decisión estaba tomada. Luis se levantó, extendiendo una mano a Sara. Mientras la pareja se dirigía a la habitación para cambiarse e ir a la zona de SPA, los cuatro amigos los observaron alejarse. Una vez que estuvieron fuera de su alcance auditivo, el ambiente cambió. Las miradas se volvieron más directas, las sonrisas más lascivas.

—Joder, ¡cómo está Sara! —murmuró Marcos, su voz ronca—. Esa mujer es un puto bombón. Y con ese vestido… se le marca todo. Me tiene a mil. Qué suerte tiene el cabrón de Luis.

David asintió lentamente, sus ojos oscuros brillando con una aprobación tácita.

—Es increíble. Seguro que se pone un bikini que me puedo imaginar perfectamente…

Javier, el más efusivo, se inclinó hacia adelante.

—Ya te digo. Me la imagino nadando, el agua chorreando por su cuerpo… ¡Uf! Me pone a mil solo de pensarlo. Y esa piel blanquita…

Carlos, con su habitual bonhomía, añadió con una carcajada.

—No te creas que tú eres el único, chaval. Esa mujer tiene un morbo que tira para atrás. Y con lo delgadita que es, seguro que es muy manejable… ¡Qué tetitas que tiene para lo delgada que está! Y ese culito… se le mueve que da gusto.

—Y con lo morbosa que es ella, seguro que no se corta un pelo —continuó Marcos, su mirada perdida en la dirección que habían tomado Sara y Luis—. Se la ve con ganas de fiesta. Y hoy, con nosotros cuatro… ¿quién sabe lo que se puede liar?

Los comentarios continuaron, una corriente de pensamientos oscuros y deseos reprimidos que se deslizaban entre ellos, alimentados por la visión de Sara y la promesa de una noche larga y potencialmente muy, muy interesante. La piscina climatizada, que prometía ser un refugio cálido, se estaba convirtiendo en el preludio de algo mucho más ardiente.

La promesa de la piscina climatizada se había cumplido. El aire dentro del recinto era húmedo y cálido, un contraste delicioso con la brisa fresca del exterior. El vaho se elevaba suavemente de la superficie del agua, creando una atmósfera íntima y algo irreal.

Sara y Luis llegaron ansiosos por zambullirse. Sara emergió del vestuario enfundada en un bikini minúsculo, de un color azul cielo que resaltaba la blancura de su piel. El sujetador de triángulo, apenas una tira de tela, apenas contenía sus pequeños, pero bien puestos pechos, que parecían desafiar la gravedad con su firmeza. La braguita, aún más diminuta, del tipo tanga-brasileña, se perdía en la curva de su culito respingón, dejando al descubierto la línea de sus caderas y la longitud de sus piernas delgadas y tonificadas. El agua, al acariciar su piel, parecía hacerla brillar.

—¡Uhm, qué maravilla! —exclamó Sara, estirándose como un gato bajo la cálida luz, su cuerpo delgado y elegante moviéndose con una sensualidad innata— ¡El agua está muy caliente!

Luis la observaba con una sonrisa de posesión, sus ojos devorándola.

—Estás impresionante, mi amor.

Poco después, las puertas se abrieron y los cuatro amigos de Luis entraron, luciendo bañadores comprados a toda prisa en la tienda del hotel. Eran diseños genéricos, shorts de baño que, aunque cumplían su función. La incomodidad de sus atuendos contrastaba con la deslumbrante presencia de Sara.

Sus miradas se posaron en ella al instante. El silencio se hizo por un segundo, roto solo por el suave murmullo del agua. Los ojos de Marcos se abrieron ligeramente, los de David se oscurecieron con un deseo apenas contenido, Javier soltó un silbido inaudible, y Carlos simplemente sonrió, una sonrisa que denotaba una profunda apreciación.

Sara, consciente de las miradas, no hizo más que deleitarse. Se movió con gracia hacia el borde de la piscina, su cuerpo esbelto capturando toda la luz.

—¡Vaya, vaya! —dijo Marcos, su voz ronca, apenas un susurro a sus compañeros—. ¿Pero qué tenemos aquí? Una jodida sirena.

David asintió, sus ojos fijos en los pechos de Sara, que se movían ligeramente con cada paso.

—Vaya tetas que marca... —dijo en apenas un susurro.

Javier, con su habitual impetuosidad, no pudo contenerse.

—¡Joder, Luis! ¡Qué suerte que tu chica haya podido venir!

Carlos, el más veterano, añadió con una risa grave.

—Si es que está hecha para que la miren. Y para que la toquen, si se descuida. Con esa piel tan blanca y esa figura… es una puta tentación andante —le murmuró a Marcos.

Luis, en un gesto de complicidad que no pasó desapercibido, se acercó a Sara y le dio una palmada cariñosa en el culo, justo antes de que ella se zambullera en el agua con un chapuzón elegante.

—¡Cuidado con lo que decís, cabrones! ¡Qué conozco esas caras! —les advirtió Luis, aunque una sonrisa pícara jugaba en sus labios. Sabía perfectamente que sus palabras eran más una incitación que una advertencia real.

Los amigos se zambulleron en el agua de forma ruidosa.

—No sé cómo aguantas, Luis —dijo Marcos, sus ojos siguiendo cada movimiento de Sara bajo el agua—. Yo estaría en la habitación con ella ahora mismo.

El ambiente de la piscina climatizada se cargaba de una tensión sexual innegable. Sara, en su minúsculo bikini, había encendido la llama de un deseo que prometía arder con fuerza durante toda la noche.

* * *

La noche de Halloween envolvió el hotel en un aura de misterio y diversión. Las luces se atenuaron, y el ambiente se impregnó de la expectativa de la fiesta. Luis y Sara, tras una breve pausa en sus habitaciones, emergieron para la cena, y la sorpresa de la noche llegó con sus disfraces.

Sara, fiel a su naturaleza audaz y seductora, se había transformado en una diablesa espectacular. Su minifalda roja, apenas cubriendo lo esencial, dejaba al descubierto unas piernas largas y tonificadas. El top escotado, del mismo color vibrante, revelaba la delicadeza de su escote y la curva insinuante de sus pechos, que parecían palpitar con cada respiración. En su cabeza, un par de cuernos rojos se alzaban con picardía, enmarcando su rostro intensificado por un maquillaje audaz. Su mirada verde, ahora más profunda y penetrante, prometía tentación y placer.

Los cuatro amigos de Luis, en un giro inesperado y cómico, habían decidido disfrazarse de zombis. Con maquillaje pálido y artificial, heridas falsas y ropa rasgada, se presentaban con un aire de decadencia andante. Marcos lucía una herida abierta en la frente, David tenía un brazo vendado como si estuviera a punto de caerse, Javier llevaba la ropa hecha jirones y una expresión de constante agonía, y Carlos, con su característico rostro sonrosado, ahora estaba cubierto de una pálida capa de pintura que contrastaba cómicamente con su sonrisa.

Al reunirse en el comedor para la cena, la imagen era surrealista y cargada de un morbo latente. Sara, la diablesa escarlata, destacaba en medio del grupo de muertos vivientes. La iluminación tenue del restaurante, salpicada por las velas sobre las mesas, creaba un ambiente íntimo que invitaba a la complicidad.

La cena transcurrió entre risas y conversaciones animadas. Los platos, abundantes y deliciosos, se sucedían, acompañados por el flujo constante de vino y cerveza. El disfraz de zombi de los chicos, aunque cómico, también creaba una atmósfera de decadencia y crudeza que, extrañamente, realzaba la sensualidad de Sara.

—Vaya, Sara —dijo Marcos, su voz arrastrada y simulando un gemido de zombi, mientras la miraba de arriba abajo—. Te veo espectacular. Esa minifalda… me hace pensar que no estamos tan muertos como parecemos.

Sara rio, un sonido sugerente que resonó en la mesa.

—Y vosotros, chicos… estáis hechos unos cadáveres preciosos. Aunque me da la impresión de que hay más vida en vosotros de la que dejáis ver. Sobre todo, en algunos… —sus ojos verdes se detuvieron un instante en los de Marcos, luego en los de David.

David, con su habitual calma, respondió con una sonrisa lenta.

—Nunca se sabe lo que puede despertar un cuerpo… sobre todo si se encuentra con una tentación tan ardiente como tú.

Javier, incapaz de contener su entusiasmo juvenil, intervino con un gruñido simulado.

—Yo creía que los zombis solo querían cerebros… pero ahora mismo… me apetecería otra cosa. Algo más… rojo.

Carlos, con su mirada sagaz, añadió:

—A ver, Javier, no te pases. Pero reconozco que el espectáculo de Sara… es digno de admiración. Esa diablesa tiene un poder de seducción que podría resucitar a cualquiera.

A medida que las copas se vaciaban y la noche avanzaba, los comentarios se volvieron más audaces, más explícitos. El disfraz de diablesa de Sara, el alcohol, su actitud desinhibida y la atmósfera de Halloween parecían haber bajado las barreras de la prudencia.

—No sé si me da más morbo verte con esos cuernos, Sara, o imaginármela sin ellos —dijo Marcos, su voz baja y llena de deseo—. Me pregunto qué harías tú si te encontraras a uno de nosotros, uno de estos zombis hambrientos…

Sara, lejos de sonrojarse, se inclinó hacia adelante, su escote ofreciendo una vista aún más tentadora.

—Bueno, Marcos, tú pareces el más hambriento de todos. ¿Qué me propones? ¿Un mordisco? ¿O prefieres algo más… intenso?

Lo dijo apretando los codos contra sus costados, acentuando el gran escote de su disfraz. El ambiente se cargó de una tensión palpable. La cena había terminado, y las copas seguían llegando. Los cuatro zombis miraban a Sara con una mezcla de fascinación y lascivia, mientras ella se deleitaba en su poder.

Fue Javier quien, con una sonrisa que revelaba una hilera de dientes pintados de negro, rompió el hechizo de las palabras.

—Oye, ¿y si jugamos a algo?

Luis levantó una ceja, intrigado.

—Algo como qué, campeón.

—Pues un juego de rol —dijo Javier, sus ojos brillando con malicia—. Nosotros somos los zombis, vagando por el mundo, hambrientos, buscando… bueno, ya sabéis...vivos. Y Sara es la diablesa que nos domina y controla, aunque igual nos rebelamos contra ella.

La propuesta colgó en el aire, cargada de una sugestión explícita. Los otros tres miraron a Sara, luego a Luis, sus expresiones oscilando entre la sorpresa y la excitación. Sara, por su parte, sonrió, una sonrisa lenta y depredadora que se extendió por su rostro.

—¿Un juego de rol? —repitió Luis, una chispa traviesa en sus ojos. Miró a Sara, quien le devolvió la mirada con una complicidad que lo incendió—. Me parece una idea… interesante. ¿Qué dices, diablesa? ¿Te apetece jugar con estos pobres zombis? ¡Seguro que no corren mucho! ¡Están muertos!

Sara se levantó lentamente, el movimiento de su cuerpo bajo el vestido rojo atrayendo todas las miradas. Se acercó a Javier, su mano enguantada acariciando su mejilla pintada de zombi.

—Oh, sí —susurró, su voz un ronroneo seductor—. Me apetece muchísimo. Creo que va a ser… muy divertido.

Los cuatro zombis se miraron, una mezcla de anticipación y pánico recorriendo sus rostros pintados. La noche de Halloween acababa de tomar un giro inesperado y peligrosamente excitante. La diablesa estaba lista para jugar, y los zombis, a pesar de su apariencia macabra, estaban más vivos que nunca.

El restaurante del hotel, con su ambiente festivo y su clientela disfrazada, se había convertido en el escenario perfecto para la metamorfosis. Al salir, los cuatro amigos de Luis, ahora plenamente inmersos en sus roles de zombis, comenzaron a actuar con una exageración cómica. Sus movimientos se volvieron más erráticos, sus gemidos más guturales, y sus pasos, a trompicones, añadían un toque de autenticidad macabra a sus disfraces.

Otros huéspedes, muchos de ellos también disfrazados, los observaban con una mezcla de diversión y confusión. Algunos, creyendo que formaban parte de alguna animación especial del hotel, incluso se acercaron para hacerse fotos con los "zombis". Una pareja, riendo, les pidió que posaran junto a una enorme calabaza decorada, y los "muertos vivientes", con sus movimientos lentos y arrastrados, accedieron, creando un contraste hilarante.

Para sorpresa de Luis, un par de adolescentes, seguramente hijos de alguna pareja que celebraba Halloween en el complejo, les pidieron, entre sonrisitas, hacerse una foto con Sara. «Seguro que quieren la foto para pajearse», pensó Luis.

Sara, manteniendo su papel de diablesa, observaba la escena con una sonrisa pícara. Su minúscula falda roja ondeaba con cada paso, y sus cuernos parecían brillar a la luz tenue de los pasillos. Se sentía el centro de atención, la tentación encarnada en medio de la podredumbre.

Fue entonces cuando los "zombis" empezaron a fijarse en ella. Sus pasos descoordinados la rodearon, formando un círculo improvisado. Sus gemidos, antes cómicos, ahora sonaban con una urgencia simulada que hizo que Sara sintiera una punzada de emoción genuina.

—¡Ay! ¡No os acerquéis! —exclamó Sara, su voz simulando un grito de pánico, aunque sus ojos verdes brillaban con diversión—. ¡Yo os controlo! ¡No os atreváis a morderme!

Con un grito fingido y una risa contenida, echó a correr. Sus tacones altos, sin embargo, no eran ideales para una huida rápida por los pasillos del hotel. Cada paso era un desafío, y la distancia que podía cubrir era limitada. Los zombis, con su paso arrastrado pero persistente, la seguían, sus gemidos de "cerebros" y "carne" resonando en sus oídos. Sara giró en una esquina, buscando una vía de escape, cuando de repente, una figura emergió de detrás de una gran columna decorada con telarañas falsas. Era Marcos, el zombi más atlético, quien había tomado una ruta más rápida. Sin darle tiempo a reaccionar, se echó sobre ella, sus manos cubriendo su cuerpo con una fuerza fingida pero inquietante.

—¡Agghhghghgh… Mmm…! —gruñó Marcos, su aliento en su cuello—. ¡Hueles… hueles… a vida!

Sus labios pintados de negro rozaron su piel, simulando el deseo de morder su cuello. Sara sintió el roce de su barba contra su clavícula, y el tacto de sus manos, que la sujetaban con una intensidad que iba más allá de la broma. Marcos la rodeó con sus brazos, sus manos recorriendo su espalda, su cintura, y deteniéndose un instante en la curva de su culito, apretando suavemente.

—¡Suéltame, zombi! —jadeó Sara, su voz mezclando la actuación con una excitación creciente—. ¡No me comas!

Marcos se acercó más, sus labios rozando su oreja.

—Pero si solo quiero… un poquito… de tu calor. Un poco de tu… carne.

Sus manos se deslizaron por su costado, deteniéndose un instante en la piel expuesta de su abdomen, justo debajo de su top escotado. Sara sintió el roce de sus dedos en su piel, un contacto que, a pesar de ser parte del juego, encendía chispas de deseo en ella. Sus labios se separaron, y por un instante, el juego pareció volverse real. Marcos la atrajo hacia sí, sus cuerpos casi unidos, el frío de su maquillaje contrastando con el calor que emanaba de Sara.

—No te resistas, diablesa —susurró, sus ojos pintados fijos en los de ella—. Puede ser… placentero. Sé una de nosotros.

El resto de los zombis se acercaban, sus pasos arrastrados resonando en el pasillo. El clímax de la persecución estaba cerca, y la frontera entre el juego y la realidad se volvía cada vez más difusa.

El pánico fingido de Sara la impulsó a buscar refugio. Con un último vistazo a los zombis que se acercaban, se dirigió a su habitación, dejando la puerta estratégicamente abierta. El aire aún vibraba con la adrenalina de la persecución, y la excitación del juego se había intensificado. Sabía que sus compañeros no se detendrían, que la partida apenas había comenzado.

Apenas había cerrado la puerta tras de sí cuando escuchó los pasos arrastrados y los gemidos simulados en el pasillo. No tardaron en aparecer en el umbral, cuatro figuras macabras y desgarbadas que llenaban la entrada de la habitación con su presencia. La luz tenue del exterior, filtrándose por la puerta abierta, proyectaba sombras alargadas sobre sus rostros pintados de muerte.

Sara, acorralada contra la pared del fondo de la habitación, intentó mantener la compostura, pero una sonrisa traviesa jugaba en sus labios. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de anticipación y desafío. La habitación, antes un santuario privado, se había convertido en el escenario perfecto para el clímax de su juego.

Estaba expectante por saber hasta dónde llegarían aquellos chicos, quienes sabía que estaban muy excitados con su presencia.

Los zombis entraron uno a uno, sus movimientos torpes y exagerados. Marcos, siempre el primero en la acción, se abalanzó sobre ella, sus manos aferrándose a su cintura. David la sujetó por los hombros, impidiendo cualquier intento de escape. Javier, con sus gemidos más agudos, se unió a ellos, sus manos recorriendo las piernas de Sara, mientras Carlos, con su sonrisa macabra, se colocaba detrás de ella, su presencia imponente.

—¡No, por favor! —exclamó Sara, su voz simulando desesperación, pero su cuerpo reaccionaba a los toques de los hombres con una oleada de calor—. ¡No me comáis! ¡No tengo cerebros!

En un segundo de silencio, el sonido de la puerta de la habitación cerrándose retumbó en la habitación.

Marcos se acercó a su cuello, sus labios pintados rozando su piel.

—No queremos cerebros… queremos… algo más…

David, con una voz profunda y simuladamente grave, añadió:

—Queremos… probar tu sangre… sentir tu calor.

Los gemidos se intensificaron, y las manos de los zombis comenzaron a explorar el cuerpo de Sara con una familiaridad simulada. Sus dedos se deslizaron por el escote de su top rojo, rozando la delicada piel de su pecho. Sus manos recorrieron su espalda, deteniéndose en la curva de su cintura y el contorno de sus caderas. Javier, con una audacia juvenil, se inclinó y simuló morder su muslo, sus labios rozando la tela de su minifalda, mientras que Carlos, desde atrás, la apretaba suavemente contra su cuerpo.

Sara se arqueó ligeramente, el contacto de tantos cuerpos masculinos sobre ella, a pesar de ser una simulación, desataba una tormenta de sensaciones. Sus pechos se movían con cada roce, y la minifalda roja parecía aún más corta bajo las manos exploradoras de los hombres.

—¡Ay! ¡Me hacéis cosquillas! —jadeó Sara, su voz teñida de una risa ahogada que no podía contener.

—No son cosquillas, diablesa —murmuró Marcos, su boca cerca de su oído—. Es… hambre.

Uno a uno, los zombis se inclinaron sobre ella, sus labios pintados simulando morder su piel. Marcos en su cuello, David en su hombro, Javier en su muslo, y Carlos, con una audacia silenciosa, cerca de su nuca. Los toques, aunque simulados, eran persistentes, recorriendo su cuerpo, explorando cada curva, cada recoveco. La tensión en la habitación era palpable, una mezcla de juego y deseo que se deslizaba entre ellos. Sara cerró los ojos por un instante, permitiendo que las sensaciones la inundaran. El olor a maquillaje de zombi, el roce de la tela rasgada contra su piel, la presión de tantos cuerpos masculinos sobre ella… todo se conjugaba en un torbellino de excitación. El juego había alcanzado su punto álgido, y la inocencia fingida se desvanecía ante la cruda realidad del deseo que latía en la habitación.

Luis, disfrazado de Beetlejuice, observaba desde la distancia la escena con una sonrisa enigmática en sus labios, y su silencio cómplice era la señal que los demás esperaban.

Cuando la mano de Marcos, con un movimiento deliberado y un leve apretón, se detuvo en el culito respingón de Sara, una nueva corriente eléctrica recorrió la habitación. Sara, en su papel de diablesa acosada, dio un pequeño respingo, pero su cuerpo reaccionó con una mezcla de sorpresa y excitación que no pasó desapercibida para los hombres.

Marcos miró a Luis, y este asintió en silencio. Aquello fue la luz verde definitiva.

Los otros tres zombis, al ver la audacia de Marcos y la aparente complacencia de la pareja, se desinhibieron por completo. La frontera entre el juego y la realidad se desdibujó hasta desaparecer.

David, que la sujetaba por los hombros, deslizó sus manos por sus brazos, sintiendo la suavidad de su piel. Sus dedos se detuvieron en sus pechos, rozando la tela escotada de su top rojo, sintiendo la firmeza bajo la fina tela. Un gruñido bajo escapó de sus labios pintados. Javier, con una energía desbordante, pasó de simular morder su muslo a deslizar sus manos por el interior de sus piernas. Sus dedos juguetearon con el borde de su minifalda roja, buscando el calor que emanaba de ella. Sara sintió el roce de sus dedos contra su piel, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Carlos, desde atrás, intensificó su agarre. Sus manos, antes firmes pero respetuosas, ahora la rodeaban con más firmeza, sus pulgares acariciando la curva de su cintura, descendiendo lentamente hacia sus caderas. El contacto era más íntimo, más posesivo.

—Vaya, vaya… —murmuró David, su voz grave cargada de deseo—. Parece que a nuestra diablesa le gusta el tacto de los muertos.

Sara se movió ligeramente, sintiendo las manos de los cuatro hombres sobre ella. Su cuerpo, delgado pero curvilíneo, respondía a cada roce, a cada presión. El escote de su top rojo se abrió un poco más, revelando la piel blanquísima de su pecho, y sus pechos, aunque pequeños, se ofrecían con una redondez tentadora.

—No os acostumbréis, zombis —dijo Sara, su voz un ronroneo que contrastaba con su fingido pánico—. Esto es solo un juego, y vosotros tenéis todo vuestro cuerpo bien muerto.

—Un juego muy… interesante —replicó Marcos, sus manos ahora explorando la curva de su espalda, sus dedos deslizándose por la hendidura de su columna vertebral—. Y tú… eres la jugadora más deliciosa.

Sus manos se aventuraron más abajo, buscando el borde de su minifalda. Los otros tres la rodeaban, sus cuerpos proyectando una sombra que la envolvía. El aire se cargó de un aroma a maquillaje de zombi, a perfume dulce y a la anticipación de lo que estaba por venir.

Luis observaba desde un rincón, su expresión indescifrable. Una sonrisa apenas perceptible curvaba sus labios. Él conocía a Sara, conocía su naturaleza, y sabía que este juego, por muy salvaje que pareciera, estaba siendo disfrutado por ella.

El juego había escalado a un nuevo nivel de audacia. La habitación se sentía pequeña, cargada de la energía masculina y la excitación de Sara. La diablesa, su cuerpo delgado pero voluptuoso brillando bajo la tenue luz, fue guiada hacia el lujoso sofá de la suite. El terciopelo suave cedió bajo su peso mientras caía sentada, su minifalda roja subiendo aún más, exponiendo sus muslos firmes.

Los cuatro zombis la rodearon, sus figuras macabras proyectando sombras intensas. La atmósfera se había vuelto densa, cargada de un deseo palpable. Luis, desde su posición, observaba con una mezcla de posesión y excitación, su mirada fija en cada movimiento.

Carlos apretó su cuerpo contra el culito de Sara.

—Vaya, parece que este zombi no está tan muerto —dijo contoneándose un poco al sentir la erección del hombre, por encima de la ropa, sobre su culo.

Marcos se arrodilló frente a ella, sus ojos pintados de negro fijos en los de Sara. Con un movimiento lento, sus manos se deslizaron hacia arriba, hasta el escote de su top rojo. El tejido fino cedió fácilmente, revelando la delicadeza de sus pechos, pequeños, pero perfectamente formados. Marcos los tomó con delicadeza, sus pulgares acariciando los pezones que se endurecían bajo su tacto.

—Vaya, vaya… —murmuró, su voz ronca—. Estas tetitas… parecen querer salir a jugar.

Sara jadeó, sus ojos verdes entrecerrándose en un gesto de placer.

—No las asustes, zombi…

David se unió a la exploración, sus manos rodeando la cintura de Sara, sus pulgares acariciando la piel desnuda de su abdomen. Luego, con un movimiento decidido, sus manos se deslizaron hacia abajo, buscando la curva de su culito. La tela de su minifalda roja era apenas un obstáculo. Sus dedos se hundieron en la carne firme, apretando con una posesividad que ya no simulaba.

—Vaya culito… —susurró David, su voz grave llena de lujuria—. Está para comérselo.

Javier, siempre el más impulsivo, se colocó a un lado de Sara, sus manos recorriendo sus piernas con una urgencia creciente. Sus dedos se deslizaron por el interior de sus muslos, rozando la piel suave y sensible. Luego, con una audacia descarada, sus manos subieron, buscando el calor entre sus piernas, sus dedos rozando la delicada tela de su ropa interior.

—Aquí… aquí está lo bueno, ¿verdad? —dijo Javier, su voz cargada de excitación—. Lo que nos hace… más vivos.

Carlos, desde atrás, se inclinó sobre ella, sus manos cubriendo los pechos de Sara. Era un frenesí de toques, un festín para los sentidos. Las manos de los cuatro hombres se movían con una libertad total, explorando, acariciando, apretando.

—Son tan suaves… —murmuró Carlos, sus dedos jugando con los pequeños y rosados pezones de la chica.

—¡Oh, sí! —exclamó Sara, su cuerpo arqueándose contra el sofá—. ¡Seguid así, zombis! ¡Me estáis haciendo… muy feliz!

La provocación de Sara encendió aún más a los hombres.

—No sé qué me pone más —dijo Marcos, sus ojos fijos en los pechos de Sara—. Si verlas así, expuestas… o imaginar lo que se esconde debajo de esa falda.

—Yo creo que me gusta más la idea de meter los dedos… ahí abajo —respondió Javier, sus manos aún explorando las intimidades de Sara—. Sentir cómo se moja por nosotros.

David, con una sonrisa lasciva, añadió:

—Y cuando la tengamos bien caliente… podemos turno para follársela entre todos. A la puta diablesa… la vamos a hacer gritar de placer.

Carlos, con una risa grave, asintió.

—Con lo caliente que nos ha puesto, no sé si yo aguantaré mucho...

Sara, envuelta en las manos de los hombres, sintió un torrente de placer recorrerla. Las palabras obscenas, los toques atrevidos, la atmósfera de la suite… todo se conjugaba en una sinfonía de deseo. Su cuerpo se retorcía bajo las caricias, sus pechos ofrecidos, su culito apretado, su intimidad explorada. El juego de rol había trascendido cualquier límite, y la noche de Halloween prometía ser mucho más intensa de lo que nadie había imaginado.

Sara, en el centro del sofá, era el epicentro de un huracán de deseo. Los toques de los zombis se habían vuelto más audaces, más íntimos, y sus palabras, más cargadas de obscenidad. La respiración de Sara se aceleraba, su cuerpo temblaba bajo la avalancha de sensaciones.

David se abalanzó sobre uno de los pechos de Sara. Su boca, húmeda y ansiosa, atrapó el pezón, succionándolo con fuerza, su lengua danzando alrededor de la aréola. Sara arqueó la espalda, un gemido gutural escapando de su garganta mientras sentía el calor y la succión de su boca.

Al mismo tiempo, Javier, que había estado explorando sus muslos, no se quedó atrás. Con la misma rapidez, se inclinó sobre el otro pecho de Sara. Sus labios se cerraron sobre el pezón restante, imitando los movimientos de David, succionando con avidez, sus dientes rozando suavemente la piel sensible.

Sara sentía la doble estimulación, una explosión de placer que la hacía retorcerse en el sofá. Sus manos se aferraron a los hombros de David y Javier, sus uñas clavándose ligeramente en la tela de sus disfraces, mientras sus cabezas se movían rítmicamente sobre sus pechos.

Mientras tanto, Marcos, el zombi atlético, observaba la escena con una mirada ardiente. La visión de Sara con dos bocas masculinas en sus pechos lo encendió aún más. Su propio cuerpo reaccionaba con una urgencia irrefrenable. Sin dudarlo un instante, se levantó y se desabrochó los pantalones de su disfraz de zombi. Con un movimiento rápido, los bajó hasta los tobillos, revelando su erección poderosa y pulsante.

Su pene, grueso y rojo, se alzó hacia Sara, una declaración descarada de su deseo. Con una sonrisa lasciva, Marcos se arrodilló frente a ella, acercando su miembro erecto a la mano de Sara.

—Aquí tienes, diablesa —murmuró, su voz cargada de suciedad—. Un buen trozo de carne para que juegues con él. Tócalo. Siéntelo. Es todo tuyo. Dime… ¿Te apetece saborear esta polla de zombi? ¿O prefieres que te la meta directamente en esa boca tan juguetona que tienes?

Sara, con los ojos cerrados a medias por el placer de la doble succión en sus pechos, abrió los ojos lentamente. Su mirada se posó en el pene erecto de Marcos, que se alzaba desafiante frente a su mano. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por su rostro. La provocación de Marcos era el siguiente nivel del juego, y ella estaba más que dispuesta a aceptar el reto. El ambiente en la suite se había vuelto explosivo, y la noche de Halloween apenas estaba comenzando su descenso a la depravación.

Sara agarró el pene erecto de Marcos con decisión, su mano rodeándolo completamente. Esa noche no era solo un juego de rol, era una inmersión total en el mundo de la lujuria y la perversión.

Marcos se inclinó hacia ella, su boca buscando los pechos de Sara. David y Javier ya estaban ocupados allí, así que Marcos se conformó con succionar suavemente el cuello, sus dientes rosándola mientras su lengua exploraba la piel suave y delicada.

Mientras tanto, Carlos se desabrochó los pantalones de su disfraz de zombi, revelando su propia erección poderosa y pulsante.

Sin esperar un segundo, Carlos se arrodilló junto a Marcos, ofreciendo su pene erecto a Sara. Su miembro era del mismo tamaño que el de Marcos, pero más delgado y rosado.

—¿Te apetece probar esta polla también, diablesa? ¿O prefieres que te la meta directamente en ese coño hambriento que tienes? —preguntó Carlos, su voz cargada de lujuria.

Sara no pudo resistir la tentación. Con ambas manos, agarró los penes erectos de Marcos y Carlos, sintiendo el calor y la rigidez en sus palmas. Sus ojos se encontraron con los de ellos, y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

—¿Por qué elegir solo uno cuando puedo tenerlos a ambos? —preguntó Sara, su voz coqueta y provocativa.

Dicho esto, la chica lanzó al aire su tanga y se terminó de desvestir para quedarse sólo con los cuernos de diablesa puestos en la cabeza. Marcos la imitó, desnudándose al completo y esperándola sentado en el sofá, sujetándose su pene erecto en la mano.

Ella se acercó sensualmente, le sujetó la cabeza con las manos y le apretó las tetas contra la cara. Él chupaba, medio asfixiándose, las tetas mientras que ella apretaba los dientes, con los ojos cerrados, sonriente.

—¿Tu mujer sabe de las ganas que tienes de follarme? —le dijo sujetándole el pene con una mano.

—Yo creo que sí… una vez la llamé por tu nombre mientras follábamos.

Sara se rio, y se encaramó ágilmente sobre él. Pronto, sintió el caliente y duro falo del amigo de su marido apretando contra sus labios inferiores.

—Pues aquí me tienes… ¡aunque voy a ser yo la que te folle a ti!

Dicho esto, se hundió hasta el fondo su polla dentro de sí. Apoyó las manos sobre el pecho del hombre, y comenzó a cabalgarle a un ritmo veloz.

—¡Qué puta! —exclamó Carlos acercándose polla en mano.

—Se mueve como una adolescente que acabe de descubrir el sexo —dijo David.

—¡O mejor! —observó Javier.

—Venga chicos, darle polla a mi mujer hasta que quede saciada —les increpó Luis.

Carlos le acarició el culo danzante, Javier las tetas y David se puso al otro lado del sofá acercándole la polla a la cara. Ella no dudó, y sin usar las manos, se la llevó a la boca.

Carlos se sentó al lado de Marcos y le pidió a Sara que se la comiera. Ella se inclinó hacia un lado, y sujetando la polla de Carlos con una mano, comenzó a hacerle una rápida felación mientras que Marcos la perforaba. David, de pies, se acercó, casi pegando su miembro al de su amigo. Ella sonrió, y se llevó el falo recién llegado a la boca.

—Seguro que te caben las dos en la boca —dijo Carlos retador.

—Y tres también —contestó la chica metiéndose sendos prepucios en la boca.

Sara se separó de los dos hombres para concentrarse en su cabalgada. Se percató que el joven Javier estaba sentado al otro lado del sofá pajeándose silenciosamente.

—Y tú, ¿no vas a hacer nada? —le preguntó.

—Sí… —respondió tímidamente—. Cuando me toque.

—¡No se hable más!

Sara se levantó y se acercó de espaldas hacia él. Comenzó a sentarse lentamente dándole la espalda mientras sentía el duro pene del joven invadiendo su cuerpo.

—Mmmmm… ¡me encanta! —exclamó con los ojos cerrados.

Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en sus propias rodillas y, como si estuviera perreando, se folló al chico a toda velocidad.

—Tu mujer es la mejor… —Le dijo Marcos a Luis.

—Ya te digo. Tú espera, que esto acaba de empezar…

—Sarita, me he imaginado follarte a cuatro patas muchas veces —dijo Carlos con cara de cordero degollado.

—Pues hoy se hará realidad —musitó con la respiración entrecortada—. Contadme todas vuestras fantasías, que estoy tan cachonda que seguro que no os digo que no a nada.

Pasados unos minutos, todos se levantaron del Sofá y Sara se acomodó a cuatro patas en él. Pronto sintió los cojines doblarse por el peso de Carlos, así como sus manos acariciándole el culo al tiempo que la rozaba con su prominente tripa.

—¿Es así cómo te lo imaginabas? —murmuró ella con voz melosa, mirando hacia atrás y contoneando las nalgas.

—No, así no. Esto es mucho mejor. —Dicho esto, se la metió de un tirón provocándole un fuerte gemido—. Joder, eres un volcán. ¡Me encanta!

Carlos la sujetaba con fuerza por las caderas y la embestía como alma que lleva el diablo. Marcos se sentó justo a la altura de su cara.

—Chupa zorra, que Luis me confesó una vez de marcha que te encanta comer polla.

—Polla no… «pollas» —Le corrigió ella al tiempo que se metía el miembro en la boca.

—Después voy yo ¿eh? —Solicitó David mientras que ella asentía con la boca llena—. Me he pajeado muchas veces imaginándome que te empotro contra la pared.

—Pues vas a poder hacerlo pronto, porque yo estoy a punto de correrme —dijo Carlos apeándose del sofá.

David sujetó de la mano a Sara y la guio hasta la pared más cercana al tiempo que los otros hombres les seguían. Una pared que estaba a menos de dos metros de donde estaba Luis contemplando como sus amigos se follaban a su mujer. Con brusquedad, pero sin hacerla daño, la arrinconó contra la pared y comenzó a besarla las tetas, subiendo por el cuello para acabar en sus labios. Luego, con un movimiento repentino, la hizo darse la vuelta. Comenzó a restregarse contra su pequeño culito mientras que ella buscaba sus labios para besarle en la boca. En uno de aquellos roces, el pene del chico se introdujo en la más que lubricada vagina. En lugar de comenzar un rápido mete-saca, el chico la penetraba con fuerza, metiéndosela hasta el fondo con furia y luego sacándola lentamente. Aquello le volvía loca a la chica haciendo que moviera su cadera pidiendo más.

—¿Te gusta que te follen otros delante de tu marido? —dijo él con rabia, sujetándola del pelo para que mirara a Luis.

—Sí… Mmmm… no pares.

—¿Te has imaginado alguna vez que te follaba yo?

—Sí… todos vosotros.

—Mmmmm, estás hecha toda una putita. Me encanta.

Aquel fue el detonante para que el hombre la penetrara contra la pared a un ritmo demencial. Con un grito gutural, mientras la sujetaba las tetas con fuerza, el hombre salió repentinamente de su interior y pegó su pene contra su culo. Tras dos restregones, Sara sintió como él se corría derramando su simiente contra sus nalgas. Se besaron lentamente y cuando David se apartó, Marcos la manipuló de tal forma que la chica acabó bocarriba, con las piernas abiertas en el suelo. No tuvo tiempo de decir nada más, porque en unos segundos Marcos ya la estaba bombeando a lo misionero.

—Vamos a hacer una ronda rápida chicos…

Dicho esto, el hombre la penetró a toda velocidad durante una cuenta atrás. Al llegar a cero, Carlos ya estaba preparado, y ocupó su lugar, aplastándola con la mole de su cuerpo en la posición del misionero.

Diez segundos más tarde, allí estaba Javier, con las piernas de la joven levantadas, bombeando como un campeón.

—Quiero que os corráis todos en mi boca —pudo decir Sara con la respiración agitada.

Aquello excitó tanto a los chicos que al poco tiempo Sara ya estaba de rodillas sobre la alfombra del suelo rodeada de pollas. Una de ellas era una bien conocida: la de su marido Luis, quien se había unido a la fiesta en sustitución de David.

Sara las fue mamando de forma alternativa mientras ellos se masturbaban rápidamente.

—¡Me corro, me corro! —anunció Marcos dando prioridad a su pene.

Sara sacó la lengua y empezó a lamer con devoción su prepucio. Aquello fue demasiado para el hombre quien, empezó a derramar gotas de semen semitransparente sobre la lengua de la chica. Gotas que pronto comenzaron a resbalar por su barbilla.

—¡No aguanto más! ¡Dejadme sitio! —pidió Javier, casi pegando su pene al de Marcos.

De su polla salió un potente semen que le cruzó la cara cayendo al otro lado. Tras este, dos más de menor intensidad y le mancharon las mejillas.

Carlos tardó un poco más. Sara le lamió los testículos y aquello pareció ser el detonante de su eyaculación. Adrede, el hombre apuntó a los pechos enrojecidos por los manoseos de la joven y soltó una gran cantidad de líquido.

La joven se acarició los pechos restregándose la corrida del amigo de su marido por el cuerpo. Embadurnada por aquel líquido por todas partes, sonrió a su marido y se metió todo su prepucio en la boca. Le masturbó en aquella posición mientras le masajeaba los testículos, ya que sabía que aquello le excitaba.

—Sí cariño, dámelo todo. En mi boca…

Dijo ella al tiempo que Luis se corría dentro de su boca. Para sorpresa de todos, la joven les enseñó la boca llena de saliva y semen, cerró la boca, y luego no había nada. Se lo había tragado todo.

—Joder chicos, y pensar que tenemos dos noches contratadas en el hotel —dijo David provocando la risa de todo el mundo.