Xtories

Familia ( Madre e hija ) 1 parte

Miguel solo quería pintar las paredes, pero Emi tenía otros planes para sus manos y su imaginación. Entre el olor a pintura y el calor de su piel desnuda, la línea entre el trabajo y el placer se desdibuja en cada gota de sudor y suspiro.

dulceymorboso35K vistas9.6· 65 votos

Los primeros meses en la ciudad fueron muy duros. Me sentía solo pero poco a poco fui saliendo adelante.

Gracias a mi trabajo en un taller de coches y que me mantenía ocupado yendo a casas a hacer trabajos de pintura o reparaciones varias, lograba no tener apenas tiempo para pensar en Mariana, cosa que agradecía.

- Hola, buenos días – saludé al portero de aquel edificio donde me habían llamado para pintar uno de los pisos – Vengo a pintar un piso. El tercero - aquel viejo me ignoraba por completo y me dio coraje su mala educación – Perdone! – alcé la voz para que me hiciera caso.

- Ahora te atiendo – me dijo sin levantar la vista de una revista que a pesar de intentar mantener oculta en el mostrador, pude ver que era de mujeres desnudas – Que me decías?

- Vengo a pintar un piso. El tercero.

- Vaya con las zorritas! – me dijo mirándome de arriba abajo – Tienen al pobre hombre trabajando todo el día y ellas se pegan la vida padre. Y ahora a pintar el piso – protestaba en voz alta.

Pulsó un botón y enseguida sonó una voz femenina muy dulce.

- Dígame, don Faustino.

- Está aquí un joven que dice que viene a pintar su piso – contestó.

- Ah, si. Déjelo subir.

Cortó la comunicación y me miró con sonrisa de viejo degenerado.

- Esta es la Carolina – me dijo mirando al interfono – Mira que está buena la cabrona. Menudo culazo que tiene – dijo sobándose la entrepierna – Aunque con la madre que tiene…

Me pareció repugnante lo que estaba diciendo y lo dejé con la palabra en la boca.

Al salir del ascensor vi la puerta abierta y llamé.

- Pasa – era la voz que había escuchado antes abajo.

Cuando la vi me quedé paralizado como un tonto.

Aquella chica era lo más bonito que había visto nunca. Su pelo ondulado negro que llegaba un poco mas abajo de los hombros. Sus ojos eran ligeramente rasgados y eran negros como el pelo. Su piel pálida hacia resaltar sus labios carnosos. Al girarse para entrar en una de las habitaciones, no pude evitar mirar hacia sus nalgas y me dio rabia reconocer que el baboso del portero tenía razón y su culo se veía impresionante con aquella minifalda roja.

- Ho…Hola – me costó decirle.

- Hola, eres Miguel? – me preguntó con una sonrisa mientras me miraba de arriba abajo – Me dijo mi madre que ibas a venir a medir el piso.

- Si.

- Ella llegará ahora. Perdona que esté con prisa pero llego tarde a la universidad – mientras me hablaba se sentó en un sofá que había en una esquina. Se estaba calzando y pude ver disimuladamente sus piernas de muslos rotundos – Tu no vas a la universidad?

- No valía mucho para los estudios y preferí ponerme a trabajar – le dije algo avergonzado.

- Por lo menos no eres como mis compañeros de carrera – me dijo – Muchos están en la uni para vivir de sus padres y así no hacer nada.

- Que estudias? – pregunté dada la confianza que me estaba dando.

- Administración de empresas – contestó – Mi padre quiere que algún día me quede a cargo de las suyas y no sea una mantenida como mi madre – al decirlo sentí cierto reproche hacia su progenitora – Yo tampoco quiero ser como ella.

- Eso está bien – le dije – Es mucho mejor no tener que depender de un hombre para nada.

- Cuando empezarás a pintar? – me preguntó – Me fastidia mucho tener que irnos a la otra casa mientras no terminas.

- Si puedo empezaré mañana.

- Te puedo pedir un favor sin que lo sepa mi madre? – me miró y sus ojos eran hipnóticos – Si puedes empezar por mi cuarto de estudio sería genial. Así podría venir por las tardes a estudiar cuando esté acabado. Pero no le digas nada a ella porque luego dice que todo el mundo me consiente – me sonrió – Y lo va a decir ella. Hay que joderse!

- A mi me da igual por donde empezar – le dije – Pero si nadie se entera que me lo pediste, empezaré por ese cuarto. Cual es?

- Gracias – creí que me derretía cuando me sonrió – Mira, ven.

Al pasar por mi lado pude percibir su olor afrutado y la seguí ensimismado.

- Es este de aquí al fondo – abrió la puerta y me lo enseñó – Aquí no se escucha nada de ruido y es perfecto para estudiar.

- Que bonito!

- Mi padre me dejó amueblarlo a mi gusto.

El cuarto tenía un ventanal enorme de lado a lado con vistas al mar. Frente al ventanal tenía un escritorio de madera en el que había un ordenador y una foto suya en la que lucía su hermosa sonrisa mientras recibía un trofeo. Vio que me fijaba en la foto.

- Hago patinaje y el año pasado quedé de primera en los campeonatos nacionales – me dijo orgullosa.

- Enhorabuena! – le dije con admiración – Siempre quise patinar pero nunca tuve tiempo.

- Y eso?

- Vivía en un pueblo hasta hace medio año y siempre tenía que ayudar a mi padre en el campo o con los animales.

Carolina, me enseñó toda la casa y era impresionante lo grande que era y los lujos que allí había.

El timbre interrumpió nuestra conversación.

- Mierda, mi madre! – miró el reloj de la muñeca – Ya voy a tener bronca de mañana.

- Lo siento…yo… - me sentía culpable.

- Tranquilo. Soy yo que cuando estoy a gusto con alguien soy una cotorra – se alejó para abrir la puerta.

La madre entró hecha una furia.

- Te dije que no hacía falta que me esperaras – le gritó.

- Perdone, fui yo que la entretuve preguntándole por los colores que querían en las habitaciones – le dije al verla aparecer por el pasillo.

- Es que esta niña se entretiene con todo – me dijo suavizando el tono de voz – Soy Emi, tú Miguel, verdad? – me ofreció la mano – Ya te explico yo los colores que quiero. Anda, cariño, vete no vayas a llegar tarde – le dijo a la hija.

Carolina, detrás de ella, me miró agradecida regalándome una sonrisa.

- Chao, Miguel – me dijo antes de desaparecer.

- Hasta otro momento – respondí.

Emi me dijo de sentarnos en el salón mientras me explicaba lo que quería en el piso. Mientras me hablaba no pude evitar pensar que con razón su hija era tan guapa teniendo una madre así.

A sus cuarenta y algo de años, calculé más o menos, Emi se veía con claridad que era una mujer que se cuidaba mucho. Su peinado, sus labios pintados, sus uñas, tanto de manos como de pies perfectamente cuidadas. Aquel corto vestido blanco realzaba el moreno de su piel y la imaginé en el gimnasio tonificando su bonito cuerpo.

Con calma me fue detallando como quería que pintara la casa.

- El dormitorio principal lo quiero en azul y el techo en blanco – se levantó para coger el bolso que habia apoyado sobre la mesa y cuando me dio la espalda me fijé en el culo que movía sensualmente – Mira – sacó del bolso un papel que desdobló – Pedí en la fabrica de pinturas esta carta de colores – al agacharse para mostrármelos el vestido se aflojó y pude ver sus pechos desnudos apenas cubiertos por un sujetador verde claro con encajes – Sería en este azul.

Cuando me empezó a enseñar la casa, no le dije que su hija ya lo había hecho anteriormente para que no le riñera.

Una vez me explicó todo, me dispuse a medir cada estancia de la casa para calcular la cantidad de pintura que me haría falta y me puse nervioso cuando al entrar en el dormitorio principal la vi allí. Se estaba desabrochando el vestido.

- Perdón – le dije avergonzado y volví a salir.

- Dame un segundo que me voy a dar una ducha – me pidió desde dentro – Ya puedes pasar – escuché que me decía desde detrás de la puerta.

Al abrir la puerta, pude verla durante un breve instante antes que entrara en el baño. Estaba desnuda y pude ver el culo sin ninguna marca en el bronceado uniforme de su piel.

Escuché como abría el grifo.

- Cuanto crees que puedes tardar en pintar todo el piso? – escuché que me preguntaba.

- En cuanto tenga todo medido lo sabré con exactitud – le respondí – Cálculo que dos semanas o así. Como le dije por las mañanas trabajo en el taller de Francisco.

- Si, me lo dijo. Él fue quien me recomendó que te llamara y por el tiempo que tardes no te preocupes.

Saber que estaba duchándose tan cerca de mi y que estuviera hablándome como si tal cosa, me hizo excitar, pero al ver el vestido sobre la cama con el sujetador y las braguitas me puso muy cachondo.

- En cuanto empieces nos iremos a la casa de la playa – me decia con el ruido del agua de fondo – Sé que no es buena época del año para pintar pero antes nos fue imposible.

- Tardará un poco más en secar pero no pasa nada – contesté nervioso acercándome a la cama.

Sentí un irrefrenable impulso de tener entre mis manos aquella prenda que parecía llamarme. No pude evitar cogerla sin dejar de estar pendiente del baño. El calor íntimo todavía permanecía en la tela y saber que ese calor provenía del sexo de esa mujer me hizo suspirar. Suspiro que casi se convirtió en gemido cuando vi aquella mancha de flujo y la acerqué a mi cara para olerla.

Me asusté al escuchar que cerraba el agua y dejando la prenda donde estaba, me agaché con el metro en la mano y me dispuse a medir el largo de la habitación.

Escuchaba el friccionar de la toalla mientras secaba su cuerpo y me quedé paralizado al verla aparecer con esta enrollada en el cuerpo.

- Perdona que no pueda esperar pero en cuanto termines, tengo que salir que quedé con unas compañeras del gimnasio para desayunar.

- No pasa nada – dije nervioso intentando aparentar normalidad.

Pude verla disimuladamente como se sentaba en la cama y comenzaba a echarse crema hidratante por las piernas y brazos.

- A mi edad debo cuidarme más que nunca – me dijo al verme mirándola – Luego me echaré por el resto del cuerpo.

Levantándose vi que abría el armario y decidía que vestido ponerse, cosa que me recordó a mi madrastra cuando me había pedido que decidiera por ella. También la vi eligiendo la ropa interior y como se había decidido por un conjunto rosa que puso sobre la cama.

- Te gusta? – me preguntó poniéndome nervioso al ser descubierto mirándolo.

- Si – respondí y me temblaba la voz – Es muy bonito.

- Se nota que eres joven – me miró – A mi marido no hay quien le quite por su gusto porque me ponga ropa interior negra o roja. Es un aburrido – me sonrió.

- A mi me gusta de colores – me sorprendí diciéndole – Bueno, aquí ya está medido. Voy a seguir con lo que me falta.

- Vale. Voy a terminar de echarme la crema y vestirme – me dijo – Estaré aquí por si necesitas algo.

Al salir cerré la puerta y tenía la polla durísima.

Solo me faltaba medir el cuarto de estudio de su hija cuando la vi aparecer. Estaba espectacular con aquel vestido ajustado rosa, a juego con la ropa interior, y que realzaba sus curvas.

- Ya estoy lista – me dijo – Te falta mucho?

- Este es el último hueco por medir – la miré embobado.

- Si – me sonrió al ver cómo miraba su vestido – Me gusta siempre llevar la ropa interior a juego con los vestidos.

Cuando bajamos juntos, el portero la miró de arriba abajo y no se cortó a la hora de mirarle hacia las tetas y el culo.

- Ya se va, señorita Emi? – le preguntó.

- Si – respondió con cara de hastío.

Ya en la acera se detuvo y me miró.

- Este es un viejo baboso – me dijo – Mi marido ya estuvo apunto de llegar a las manos con él por sus groserías.

- Es bastante desagradable – le dije evitando comentar lo que me había dicho al llegar.

- Y tanto… - resopló – Esta tarde vas a venir?

- Si consigo la pintura ya la voy a traer y aprovecharé para ir encintando los marcos.

- Estará mi hija en casa. A las siete se tiene que ir a entrenar pero ya estaré yo a esa hora.

- Vale.

Cuando por la tarde descargué de la furgoneta los botes de pintura y demás utensilios que necesitaba para pintar la casa, entré en el portal y alli estaba el asqueroso del portero.

- Que!? No te lo dije esta mañana? Menudo culazo tenía la cría con esa minifalda, verdad? Aunque la madre con ese vestido rosa me la puso durísima. Creo que la hija, si todavía no lo es, acabará siendo una zorra como la madre.

- Creo que debería respetar a esas mujeres – le dije molesto – Y lo que piense de ellas me da igual y no quiero saberlo.

- Respetar? Que me respeten a mi primero – dijo molesto – Les gusta ponerme caliente y luego van de dignas.

Cuando subí todo, llamé al timbre y me abrió Carolina. No sé si fueron más mis ganas o lo qué, pero creí ver en su rostro alegría al verme de nuevo.

- Hola, Miguel – me dijo sonriendo – Llegaste antes de la hora, no? Perdona que esté con esta pinta.

Tenía el pelo recogido en un moño y llevaba puesta una camiseta larga hasta la mitad de los muslos y estaba descalza.

- Vine antes para adelantar trabajo – le dije evitando decirle que sabía que se iba a las siete y el motivo de mi adelanto era poder verla mas tiempo.

- Es raro encontrar un chico de tu edad tan trabajador – me miró – Pasa, estaba estudiando.

A pesar de aquella camiseta su culo seguía pareciendo impresionante.

- Si quieres voy encintando otras habitaciones – le dije – No quiero molestarte mientras estudias.

- No me molestas – contestó – Ya estaba terminando.

- Genial. Así, si quieres, ya empiezo mañana con tu cuarto de estudio.

- Si, por favor! Si puedo estar aquí y no en casa con mi madre dándome la tabarra te lo agradezco.

Mientras iba poniendo cinta en los marcos del cuarto, no podía evitar mirarla mientras estudiaba. Verla tan concentrada mientras movía sus pies desnudos me atraía mucho.

- Bueno, esto ya está – dijo cerrando los apuntes. Miró la hora en el ordenador – Te importa si me quedo aquí contigo? Hasta las siete no tengo que marchar a entrenar.

- Claro que no me importa. Así me haces compañía.

- Genial!

Para hablar conmigo, hizo girar la silla y pude ver sus piernas desnudas mientras me hablaba.

- Cuantos años tienes? – me preguntó.

- Cumplo diecinueve dentro de dos meses, y tú?

- Yo los cumplo dentro de ocho meses. Pareces más mayor – me dijo.

- Y tú más joven – le dije – El trabajo en el campo es duro y creo que hace parecer más mayor a la gente.

- A mi siempre me dicen que aparento menos. Creo que es por mi piel tan blanca y que soy menudita de cuerpo.

Estuvimos hablando mucho tiempo y pude darme cuenta que ella y su madre tenían muy mala relación. Por lo que me decía, era como si entre ellas existiera una rivalidad latente y cada una buscaba los defectos de la otra para echárselos en cara.

- Gracias por lo de esta mañana – me dijo – Viste como entró en casa hecha una fiera? Siempre busca motivos para regañarme. Creo que me tiene celos porque soy el ojito derecho de mi padre. Un día mi padre casi le pega al portero del edificio y te puedes creer que mi madre casi me echa la culpa a mi diciendo que era por ponerme la ropa que me pongo?

- Algo me contó esta mañana – le dije.

- Que te dijo? – preguntó con curiosidad.

Le conté lo que me había dicho.

- Ah, vale! – exclamó al escucharme – Es que es un viejo baboso. Al principio decía que era por mi culpa. Luego, cuando le dijo a ella lo que le dijo, bien que cambió de idea.

- Y que le dijo? – sentía curiosidad.

- Es que esto no lo sabe mi padre – contestó – Me da vergüenza decirlo. Le dijo que se notaba que necesitaba una buena polla y no la de mi padre – se puso colorada – Que aunque fuera viejo la iba a terminar follando y le iba a hacer saber lo que era mearse de placer – sonrió tímidamente.

- Y a ti que fue lo que te dijo? – pregunté alucinado con lo que me estaba contando.

- A mi… - se quedó pensativa – Que los chicos de mi edad no saben follar y que con el culazo que tengo, él me enseñaría lo que es follar con un hombre de verdad – la palidez de sus mejillas había desaparecido y estas estaban coloradas.

- Vaya – me impactó imaginar al portero diciéndoles esas burradas – Es un degenerado.

- Si que lo es – me miró – El día que lo vi masturbándose creí que me moría.

- Lo viste haciendo eso? – pregunté con curiosidad.

- Lo vi un día – contestó – Al llegar al portal me dijo una de sus burradas sobre mi culo, y cuando subí me acordé que mi madre me había pedido que cogiera la correspondencia del buzón. Al bajar, no lo vi en la portería y cuando cogí las cartas fue cuando escuché aquel ruido que venía del cuarto donde están los contadores de la luz y del agua. Se que no debí hacerlo pero me acerqué allí y tenía la puerta arrimada – movía las piernas como si estuviera nerviosa o tuviera ganas de hacer pis – Alli estaba don Faustino con los pantalones bajados y su mano…bueno, ya sabes…

- Se estaba masturbando?

- Si.

- Y te escapaste?

- No pienses mal de mi pero yo nunca había visto a ningún hombre así y a pesar del asco que me da ese señor me quedé mirándolo un rato.

- Pero te gustaba mirarlo?

- No se…fue raro – me dijo – Me ponía nerviosa pensar que estuviera haciendo eso pensando en mi porque yo acababa de subir y me había dicho que siempre se hacía pajas pensando en mi culo. Y eso sumado a que nunca viera un pene así hinchado me hizo quedarme mirándolo.

- Te entiendo – dije nervioso – Supongo que aunque te dé asco ese señor, ver su pene te daría curiosidad.

- Si – se levantó de la silla – Bueno, voy a darme una ducha. Te dejo trabajar tranquilo.

La vi desaparecer por el pasillo y me di cuenta que aquella confesión me había excitado. Y estar así me hizo atreverme a acercarme al baño deseando mirarla desnuda. Lo que menos me esperaba era encontrarme con aquella escena.

Carolina se estaba masturbando bajo el agua.

La mampara me impedía verla con nitidez pero vi que tenía un pie subido a la bañera y su mano se movía con rapidez entre sus piernas provocando aquel sonido de chapoteo. La escuché gemir bajito cuando empezó a temblar y me asusté al verla caer de rodillas.

- Joder! – exclamó quizás sorprendida por el orgasmo que había tenido.

Volví al cuarto de estudio y no podía sacarme de la cabeza lo que acababa de presenciar. Mil preguntas se agolpaban en mi cabeza. Se habría masturbado pensando en mi? O lo habría hecho pensando en ese señor tan asqueroso? Se habría excitado al recordar lo que había visto en el cuarto de los contadores?

- Ya estoy lista – me sobresalté al escucharla – Que hora es? – se acercó al ordenador para ver la hora – Mi madre estará apunto de llegar.

Aquellas mallas negras le quedaban súper ajustadas y no pude evitar mirarle el culo. Me sonrojé al sentirme descubierto.

- No seas como el viejo asqueroso, eh! – me dijo con una sonrisa.

- Perd… perdona – tartamudeé nervioso – Es que te quedan muy bien esas mallas.

- Cada día que el portero me ve con ellas me lo dice – se rio – No tan educadamente como tú pero bueno.

- Quizás se masturba cuando te ve con ellas – le dije.

- Seguro que si – me miró coquetamente – Y tú… Tú también lo harás? – se rio al ver mi cara – Es broma, tonto.

Me quedé de piedra cuando acercándose a mí me dio un beso en la mejilla.

- Gracias por ser mi confidente – me dijo – Mañana o pasado crees que estará este cuarto listo?

- Me pondré mañana a primera hora con él – contesté – Pasado mañana ya podrás venir a estudiar si quieres.

- Vale, entonces nos vemos el miércoles.

Al llegar Emi, Carolina se fue a entrenar.

- Hola, Miguel – me saludó mientras miraba como cubría con plásticos los muebles del cuarto de estudio – Veo que Francisco tenía razón. Es que prefiero que tardes un poco más en pintar el piso pero que todo esté bien encintado y tengas cuidado. La última vez que vinieron a pintar dejaron todo perdido – la vi sentarse en la silla del escritorio de su hija – Estos tacones me están matando – se descalzó y vi sus pies perfectamente cuidados – Te gustan? – al estirar la pierna pude ver asomar un poco las bragas rosas que había visto por la mañana en sus manos.

- Los pies? – pregunté nervioso.

- No, tonto – se rio – Las uñas. Me las fui a pintar esta tarde.

Me acerqué y aproveché la situación para agarrar el pie con la excusa de verle las uñas.

- Son muy bonitas – le dije todavía mas nervioso al mirar sus muslos entreabiertos.

- Ay, perdona – cerró los muslos – En casa me relajo y ni cuenta me doy que no estoy sola.

- Tranquila, no se preocupe – la miré – A fin de cuentas ya las vi esta mañana en sus manos.

- Es verdad. Tienes razón – me dijo – Pero en la mano se ven distintas no crees?

- Si – mi corazón latía con rapidez con lo que hablábamos y con el pie entre las manos.

- Que prefieres verlas en mis manos como esta mañana o verlas así puestas? – volvió a separar los muslos un poco.

- Así puestas – contesté tragando saliva.

- Como mi hija se entere que te dejé verme las bragas me mata. Y nada que decir si mi marido lo supiera, claro está – dijo nerviosa – Carolina es muy competitiva y no lleva nada bien que su madre guste a los hombres.

- No tienen porqué enterarse que me dejó verle las bragas – dije mirándola entre las piernas.

- Gracias. Te gusta lo que ves?

- Mucho. Y a usted le gusta que las mire?

- Podría decirse que es una sensación sumamente agradable – resopló y estaba algo sonrojada – Creo que voy a tener que cambiarme que estoy muerta de calor.

La vi salir del cuarto de estudio moviendo las caderas sensualmente y como desabrochaba la cremallera del vestido mientras entraba en su dormitorio.

- Miguel, me puedes acercar los zapatos, por favor?

Al llevarlos hacia la habitación, me quedé paralizado en la puerta al ver que se estaba quitando el vestido. Me miró en silencio con el vestido bajado hasta la cintura. El sujetador rosa apenas cubría la mitad de sus pechos y la fina tela dejaba ver sus oscuros pezones.

- Donde los pongo? – pregunté sintiendo mi voz muy débil.

- Ponlos ahí, por favor – contestó señalando la parte baja del armario abierto.

Al ir hacia el armario, vi que a pesar de mi presencia, siguió bajando el vestido hasta dejarlo caer a sus pies.

No sabía que hacer o como actuar y al dejar el calzado, volví hacia la puerta. Iba a regresar al cuarto de estudio de Carolina y cuando me giré para verla por última vez, Emi me estaba mirando.

Sentía que estaba soñando despierto cuando sin dejar de mirar hacia mi, vi que llevaba las manos a la espalda y desabrochando el sujetador se lo quitó mostrándome sus pechos desnudos. Estos, de tamaño tirando a grandes, se mantenían firmes y los pezones apuntaban hacia arriba. Tampoco tenían ninguna marca del bronceado por lo que supuse que tomaría el sol desnuda en la casa de la playa o frecuentaría arenales nudistas.

Y mi ensoñación se vio incrementada cuando vi que se bajaba las bragas y con ellas en las manos, las miró por la zona interior.

- Lo suponía – me dijo mostrándome la mancha húmeda – Ya te dije que la sensación de antes era demasiado agradable.

- Va a playas nudistas? – pregunté mirando hacia el pubis moreno y sin rastro de vellos.

- No. Si así fuera estaría acostumbrada a que me vieran desnuda y no sentiría esto – contestó – En toda mi vida me vieron desnuda solo dos hombres y tú eres el tercero. En los últimos veinticinco años solo mi marido me vio desnuda.

- Gracias – le dije sintiéndome afortunado.

- Desde que te conocí esta mañana sentí que tus miradas son inocentes con la curiosidad propia de un joven de tu edad – vi que sentaba en la cama y separaba los muslos – Dime… tienes novia?

- No – contesté pensando en mi madrastra – No tengo novia.

- Y has estado con muchas chicas?

- Solo con una – contesté avergonzado – Vivi hasta hace seis en un pueblo muy pequeño y no había chicas de mi edad.

- Eres un joven muy atractivo y educado. Seguro que pronto conocerás muchas chicas y se pelearán por ti – se quedó pensativa – Ahora entiendo porque temblabas cuando tenias mi pie en tus manos.

- Los tiene muy suaves.

- Temblabas solo por la suavidad de mis pies?

- Si y bueno… porque me dejaba mirarle las bragas.

- Crees que al dejar tocar los pies o mostrarme desnuda estoy siendo infiel a mi esposo?

- No tengo experiencia en cuestión de relaciones – le dije – Yo creo que no es ser infiel. Mucha gente va a playas nudistas y no son infieles por dejarse ver desnudos. También hay gente que va al masajista y tampoco están siendo infieles. No sé…

- Tienes razón – sonrió ante mi respuesta – Visto así es cierto lo que dices. Te gustaría tocar mis pies de nuevo?

- Si me deja, me gustaría mucho.

- Ven… acércate.

Arrodillado delante de ella, cogí sus pies y toqué cada centímetro de ellos. Acaricié sus empeines, sus talones, las plantas, acaricié uno por uno sus dedos.

- Quieres mirar mi sexo? – preguntó en un susurro.

- Si. Me gustaría mirarlo.

- Míralo – separó las rodillas.

Su sexo era hermoso y me excitó ver su color rojizo en contraste con el moreno de la parte externa. Mientras lo miraba, seguí acariciando sus pies y pude ver aquellos hilos de flujo intimo que descendían por las ingles hasta terminar su viaje sobre el colchón.

Estaba muy excitado viendo cómo poco a poco el clítoris fue asomando con timidez y la escuché gemir. Al levantar la mirada vi que tenía las manos en los pechos y como los dedos masajeaban los pezones oscuros.

- Y mostrarme excitada crees que es ser infiel?

- No lo creo – contesté – Mucha gente se excita en la playa y no por eso son infieles.

- Y si me masturbo delante de ti lo estaré siendo?

- No lo sé, pero yo solo le estoy acariciando los pies.

Las manos abandonaron los pechos y vi como se empezaba a acariciar el coño. Volvió a gemir cuando se tocó el clítoris. Cada vez gemía más fuerte y vi como se metía dos dedos y comenzó a moverlos con rapidez.

- Me corro, Miguel. Me corro…

Comenzó a correrse y la vi temblando de gusto mientras su cara estaba desencajada por el placer.

- Joder, que gusto! – dijo dejándose caer hacia atrás e intentando recuperar la respiración – Gracias por hacerme sentir tan excitada.

- Gracias a usted por permitirme mirarla.

Poniéndose de pie vi que cogía una toalla.

- Voy a darme una ducha – cogiendo las braguitas rosas de encima de la cama me las ofreció – Toma. Supongo que necesitas masturbarte. Hazlo mientras me ducho.

- Aquí? – pregunté.

- Si. Hazlo en mi cama, por favor.

La vi entrar en el baño y miré las bragas con aquella mancha de los flujos derramados por mi culpa. Excitado como estaba, me bajé los pantalones y me tumbé sobre la cama. Suspiré al oler la prenda íntima y agarrándome la polla comencé a masturbarme recordando su coño, su olor, sus gemidos.

Rodeé mi hinchada polla con las bragas y moví la mano sintiendo sus flujos mezclarse con los míos.

Escuché su suspiro y al mirar hacia el baño allí estaba ella, desnuda, con la mano entre las piernas tocándose mientras miraba mi polla.

- Sigue… no pares de tocarte – me pidió excitada – Tienes una polla que ya le gustaría a mi marido – gimió al ver que reanudaba el movimiento de mi mano – Es muy excitante ver cómo te masturbas.

Ahora éramos los dos los que nos masturbábamos delante del otro. Yo miraba sus dedos adentrarse en su excitante coño y ella miraba con atención mi mano moverse con sus bragas enrolladas en mi excitado miembro.

- Córrete en mis bragas, vale? – pidió aumentando la velocidad de sus dedos.

Gemí al poner el interior de la prenda cubriendo el glande y sentí que me iba a correr.

- Me corro… Emi me voy a correr en sus bragas – dije al sentir mi polla palpitar.

- Dios! – gimió – Yo también me corro otra vez, Miguel.

Nos corrimos juntos y puse sus bragas perdidas de semen. Cuando recobré un poco el sentido, la vi sentada a mi lado y me acarició el pelo.

- Gracias por dejarme verte – me dijo – Ha sido de las situaciones mas sexys que recuerdo – con cuidado de no tocar mi sexo, desenrolló la prenda intima y miró la enorme mancha de semen que en ella había dejado – Es embriagante – la acercó a la cara y la olió – Tu semen huele delicioso.

- Sus flujos también huelen muy bien.

- Gracias – me miró – Dúchate si quieres y mañana ya sigues con lo que estabas haciendo.

Al salir de la ducha, vi que se había puesto una camiseta larga y estaba preparando la maleta.

- Mañana ya dormiremos en la casa de la playa – me dijo mientras metía varios sujetadores y sus respectivas bragas a juego – A que hora vendrás mañana?

- A las cuatro estaré aquí.

- Estaré por aquí a esa hora – me miró con una sonrisa – Al final de la tarde podemos repetir lo de hoy si quieres.

- Me gustaría repetirlo.

Esa noche en cama tuve que masturbarme dos veces recordando los increíbles acontecimientos que había vivido esa tarde con la hija y como no, con su madre. Me dormí deseando que llegara el momento de volver a verla.

(Continuará)