Xtories

La vecina de los gatos y los muchachos del barrio

La soledad de Marta se rompió con la mirada de un joven vecino, pero lo que comenzó como un encuentro clandestino se transformó en una demanda insaciable. Ahora, su casa es el refugio secreto donde los pibes del barrio descargan su lujuria, y ella, lejos de resistirse, ha encontrado en el uso colectivo la única forma de sentirse viva.

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La rutina solitaria de Marta

Marta tenía cuarenta y dos años y vivía sola en una casita modesta del barrio, rodeada de sus seis gatos que siempre andaban por ahí como si fueran sus únicos compañeros fieles. La llamaban la solterona del barrio, aunque nadie lo decía en su cara. Era una mujer de cuerpo maduro, relleno, con tetas grandes y pesadas que se movían bajo las blusas sueltas, caderas anchas, un culo redondo y firme pese a los años, y una concha que mantenía siempre depilada solo en los labios mayores, dejando un poco de vello oscuro arriba para ese toque salvaje que a ella le gustaba sentir cuando se tocaba sola. Tenía el pelo castaño largo hasta los hombros, ojos verdes que brillaban con una mezcla de tristeza y hambre, y una boca carnosa que muchos hombres de su edad ya no miraban dos veces. Pero los pibes del barrio sí la miraban. Muchachos de diecinueve, veinte y veintidós años, llenos de hormonas y con pijas duras que no encontraban alivio fácil en sus novias tímidas o en sus propias manos.

Su rutina era siempre la misma antes de que todo cambiara. Se levantaba temprano, alimentaba a los gatos —Pelusa, Negro, Blanca, Rayado, Minina y el viejo Tigre—, preparaba un mate amargo y se sentaba en el sillón del living con la bata abierta, dejando que el aire fresco le rozara las tetas. A veces se masturbaba ahí mismo, con dos dedos metidos en la concha húmeda, imaginando vergas jóvenes entrando y saliendo de ella. Había estado sola demasiado tiempo. Su último novio la había dejado hacía diez años, diciendo que era “demasiado intensa” en la cama. Desde entonces, nada. Solo sus dedos, algún consolador barato y la soledad que se le metía en los huesos.

El comienzo con Pablo

Todo empezó un martes caluroso de verano, hace tres meses. Pablo, un pibe de veinte años que vivía dos casas más allá, golpeó la puerta pidiendo prestada una herramienta para arreglar su bicicleta. Marta abrió en bata corta, sin nada debajo, las tetas casi saliéndose del escote. El pibe la miró fijo. Ella sintió esa mirada como un latigazo en la concha. Conversaron un rato en la cocina, él sudado, ella sirviéndole agua. De repente, Pablo se acercó más de lo necesario y le dijo con voz ronca:

—Doña Marta, usted está muy buena todavía. ¿No se siente sola?

Ella no pensó. Solo actuó. Se abrió la bata del todo, mostrando sus tetas grandes y los pezones duros, y la concha ya mojada entre las piernas.

—Vení, pibe. Si querés, vacíate conmigo. Nadie se va a enterar.

Pablo no lo dudó. Sacó su pija gruesa y venosa, ya medio dura, y se la metió en la boca a Marta sin pedir permiso. Ella chupó con ganas, como una puta desesperada, lamiendo las bolas pesadas, tragando la verga hasta la garganta mientras los gatos miraban desde el sillón sin inmutarse. Pablo la agarró del pelo y le cogió la boca fuerte, hasta que se vació por primera vez: un chorro espeso de leche caliente que Marta tragó todo, gimiendo de placer. Después la puso en cuatro patas sobre la mesa de la cocina y le metió la pija en la concha de un solo empujón. La cogió duro, rápido, como los jóvenes saben hacerlo, mientras le apretaba las tetas y le decía:

—Qué concha apretada tenés, Marta. Te voy a llenar de leche todos los días si me Dejás.

Se corrió adentro, vaciándose profundo, y ella sintió el calor inundándola, chorreando por sus muslos. Ese día Pablo volvió dos veces más: una por la tarde para cogérsela en el culo —la primera vez que alguien le metía la verga por ahí en años— y otra por la noche para que le chupara la pija hasta dejarla limpia después de haberla usado otra vez. Al final de la noche, Marta tenía la concha y el culo rebosando de leche, el cuerpo marcado por las manos jóvenes y una sonrisa que no se le borraba.

La llegada de los amigos

Al día siguiente, Pablo trajo a dos amigos: Lucas, de diecinueve años, flaco, pero con una verga larga y curva que llegaba hasta el fondo, y Matías, de veintiuno, más robusto, con pija gruesa y bolas grandes que producían chorros interminables. Llegaron a las tres de la tarde, cuando Marta estaba dando de comer a los gatos. No hicieron falta palabras. Ella los hizo pasar al living, se sacó el vestido y se arrodilló frente a los tres.

—Vengan, muchachos. Úsenme. Vacíense donde quieran. Mi concha, mi boca, mi culo son de ustedes.

Lucas le metió la verga en la boca primero. Marta la chupó con hambre, babeando, mientras Matías le metía dos dedos en la concha y Pablo le lamía el culo. Después la pusieron en el sillón, con las piernas abiertas. Pablo le metió la pija en la concha y empezó a cogerla con ritmo fuerte. Lucas se puso detrás y le metió la verga en el culo sin lubricante, solo con la saliva de ella. Doble penetración. Marta gritaba de placer, sintiéndose llena como nunca.

—¡Cógeme más fuerte, carajo! Metanme esas pijas jóvenes hasta el fondo. Quiero sentir cómo se vacían adentro mío.

Los tres se turnaron durante más de una hora. La cogieron en todas las posiciones: de perrito, de lado, ella arriba cabalgando dos pijas a la vez —una en la concha y otra en el culo—, boca abajo con la cara enterrada en un cojín mientras le cogían la boca y la concha al mismo tiempo. Cada uno se vació al menos dos veces: uno en la boca, tragando toda la leche espesa; otro en la concha, dejando que chorreara; y el último en el culo, hasta que Marta sentía el semen saliendo de sus dos agujeros cuando se movía. Los gatos dormían plácidamente en el otro sillón, ajenos al olor a sexo que llenaba la casa.

La rutina diaria se consolida

Desde ese día, se convirtió en rutina diaria. Cada mañana, entre las nueve y las once, llegaba alguno solo. A veces era Pablo, que le gustaba empezar el día cogiéndola lento en la cama, metiéndole la pija en la concha mientras ella todavía estaba medio dormida, despertándola con empujones profundos hasta vaciarse adentro. Marta gemía bajito, abrazando la almohada:

—Así, pibe… llename la concha de leche caliente. Sos mi despertador favorito.

Otras mañanas venía Lucas, que adoraba el culo de Marta. La ponía boca abajo, le escupía en el orto y le metía la verga larga de un tirón. La cogía por el culo durante veinte minutos seguidos, cambiando de ritmo, hasta que se corría adentro con un gruñido y le dejaba el agujero abierto y chorreando. Después ella se quedaba un rato así, sintiendo la leche joven escapando, mientras alimentaba a los gatos con las piernas temblando.

Por la tarde, siempre venían dos o tres juntos. Era el momento más morboso. Llegaban Matías y un nuevo, Diego, de veintidós años, morocho y con una pija enorme, gruesa como la muñeca de Marta. Entraban sin tocar el timbre —ella les había dado llave—, la encontraban en la cocina o en el living y la usaban como querían. Un día típico: la ponían de rodillas y le metían las dos pijas en la boca al mismo tiempo, estirándole los labios, cogiéndole la garganta mientras ella se masturbaba la concha con los dedos. Después la llevaban al sillón y la cogían sin parar. Matías le metía la verga gruesa en la concha, Diego en el culo, y se turnaban para vaciarse. Marta les rogaba:

—Más fuerte, muchachos. Cógeme como la puta que soy. Quiero que me llenen de leche hasta que me chorree por las piernas. Usen mi concha y mi culo todos los días.

A veces la hacían chupar las pijas mientras todavía estaban sucias de su propia corrida, lamiendo la mezcla de leche y jugos de concha con la lengua. Le gustaba el sabor salado, espeso, prohibido. Otro día trajeron a otro amigo, Nicolás, de diecinueve, virgen hasta entonces. Lo iniciaron con ella: Marta se sentó encima de él en el sofá, metiéndose la pija joven y dura en la concha virgen de experiencia, cabalgándolo lento al principio, después rápido, mientras los otros miraban y se pajeaban. Nicolás se corrió en menos de dos minutos, llenándole la concha de leche caliente y abundante. Después los demás lo felicitaron y siguieron cogiéndola ellos, usando la corrida del pibe como lubricante extra.

Las noches de grupo

Las noches eran para los grupos más grandes. Cuatro o cinco muchachos llegaban después de las ocho, cuando ya estaba oscuro y los vecinos no veían. Marta los esperaba desnuda, con la concha ya húmeda de anticipación. La sesión podía durar dos o tres horas. La ponían en el piso del living, sobre una manta, y la cogían por turnos y al mismo tiempo. Uno en la boca, uno en la concha, uno en el culo. A veces dos en la concha al mismo tiempo —doble vaginal que la hacía gritar de placer y dolor mezclado—, estirándola al límite. Le llenaban la boca de leche hasta que tragaba y escupía, le pintaban las tetas con corrida, le metían los dedos en los agujeros rebosantes.

Un jueves memorable, llegaron los cinco: Pablo, Lucas, Matías, Diego y Nicolás. La cogieron sin piedad durante casi tres horas. Primero oral colectivo: los cinco parados alrededor de ella arrodillada, metiéndole las pijas en la boca una tras otra, cogiéndole la garganta hasta hacerla babear como una loca. Después la pusieron en cuatro patas y se turnaron en la concha y el culo, vaciándose uno tras otro adentro. Marta perdió la cuenta de cuántas veces se corrió ella; su concha chorreaba jugos mezclados con leche de pijas jóvenes. Al final la dejaron tirada en el piso, con el cuerpo cubierto de semen seco en las tetas, la cara, el pelo, y los dos agujeros abiertos goteando chorros espesos. Ella sonreía, exhausta, feliz.

—Vengan mañana otra vez, muchachos. Mi concha y mi culo los esperan. Vacíense en mí todos los días. Soy la puta del barrio y me encanta.

Los gatos pasaban por al lado, olfateando el aire cargado de olor a sexo, pero nunca se acercaban demasiado. Para Marta, eso era perfecto. Eran testigos mudos de su secreto más morboso.

La adicción total

Con el paso de las semanas, la rutina se volvió adictiva. Marta ya no se masturbaba sola; esperaba las visitas como una droga. Se despertaba pensando en las pijas duras que iban a entrar en ella. Se duchaba, pero dejaba la concha un poco sucia a propósito, para que los muchachos sintieran el olor natural cuando le metían la lengua o la verga. A veces, cuando se iba uno, ella se quedaba con los dedos metidos en la concha, sacando la leche que habían dejado y chupándosela, saboreando el gusto salado de sus corridas mezcladas.

Un viernes por la mañana, solo vino Pablo. La encontró en la cama, todavía con la corrida de la noche anterior chorreando del culo. No dijo nada; solo se sacó la ropa, le abrió las piernas y le metió la pija todavía blanda en la boca para que lo pusiera duro. Marta chupó con devoción, lamiendo cada vena, tragando las bolas enteras. Cuando la verga estuvo tiesa como hierro, Pablo le dio vuelta y le metió la pija en el culo sin aviso.

—Hoy te voy a coger solo el orto, Marta. Quiero que sientas cada centímetro.

La cogió lento, profundo, saliendo casi todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Ella gemía contra la almohada:

—Así, Pablo… rompeme el culo con esa pija gruesa. Vacíate adentro, llename el intestino de leche.

Se corrió dos veces seguidas, sin sacarla, dejando que la leche se acumulara y saliera cuando por fin la retiró. Después le hizo chupar la verga sucia, mezclada de corrida y jugos de culo. Marta lo hizo sin quejarse, excitada por lo depravado.

Por la tarde llegaron Lucas y Matías con un nuevo: un muchacho de diecinueve años llamado Tomás, recién mudado al barrio, flaco, pero con una verga increíblemente larga, casi 22 centímetros. Lo presentaron como “el nuevo que necesita vaciarse”. Marta sonrió y se abrió de piernas en el sillón.

—Vení, Tomás. Meteme esa verga larga en la concha. Quiero sentirla tocar fondo.

Tomás la cogió primero, lento, disfrutando cada centímetro. Después los tres la usaron juntos. Lucas en la boca, Matías en el culo, Tomás en la concha. Triple penetración. Marta sentía que iba a explotar de placer. Gritaba ahogada por la pija en la garganta:

—¡Cójanme! ¡Llename los tres agujeros! Quiero leche en la boca, en la concha y en el culo al mismo tiempo.

Se vaciaron casi al unísono. La leche de Tomás inundó su concha hasta rebalsar; Matías le llenó el culo hasta que salía a borbotones; Lucas le disparó chorros espesos directamente en la garganta. Marta se tragó todo lo que pudo y dejó que el resto le chorreara por la barbilla hasta las tetas.

La noche de ese mismo viernes fue la más intensa hasta ahora. Llegaron los cinco de siempre más Tomás. Siete pijas jóvenes listas para usarla. La pusieron en el centro del living, desnuda, y empezaron un círculo de mamadas. Marta iba de uno a otro, chupando, lamiendo bolas, metiéndose dos vergas en la boca a la vez. Después la tumbaron en el piso y la cogieron sin parar durante dos horas y media. Doble y triple penetraciones constantes. Dos pijas en la concha, una en el culo, una en la boca. Cambiaban de agujero, la daban vuelta, la levantaban en el aire mientras la cogían. Cada uno se vació al menos tres veces. Al final, Marta estaba cubierta de leche de la cabeza a los pies: cara pintada de blanco, tetas pegajosas, concha y culo abiertos como cráteres rebosando semen espeso que formaba un charco debajo de ella.

Cuando se fueron, casi a medianoche, ella se quedó tirada un rato largo, respirando agitada, con los gatos acercándose curiosos al olor. Se tocó la concha hinchada, sacó un poco de la mezcla de todas las corridas y se la llevó a la boca. Sonrió.

—Esto es lo que quiero para siempre —susurró—. Que estos pibes del barrio vengan todos los días a vaciarse en mí. Mi concha y mi culo son de ellos.

El ciclo interminable

Al día siguiente, sábado, empezó temprano. A las ocho de la mañana ya estaban Pablo y Lucas en la puerta. La cogieron en la cocina mientras ella preparaba el desayuno para los gatos. Primero Pablo la puso contra la mesada y le metió la verga en la concha por detrás. Lucas se sentó en una silla y ella le chupaba la pija al mismo tiempo. Se vaciaron rápido, uno en la concha y otro en la boca. Después desayunaron juntos como si nada, charlando de fútbol, mientras la leche chorreaba por las piernas de Marta.

A media mañana llegó el resto. La sesión duró hasta el mediodía: la cogieron en el living, en la cama, incluso en el baño. La metieron en la ducha y la cogieron bajo el agua, llenándola de nuevo. Marta perdió la cuenta de los orgasmos. Solo sabía que su cuerpo estaba hecho para esto: ser el desagüe de pijas jóvenes y duras, recibir toda esa leche caliente y espesa día tras día.

Por la tarde, solo vino Diego y Nicolás. La hicieron arrodillarse en el patio trasero, bajo el sol, y le mearon encima primero —un toque morboso nuevo que ella aceptó encantada—, después la cogieron en el pasto, uno en la concha y otro en el culo, vaciándose adentro mientras los gatos miraban desde la ventana. Marta se corrió gritando, sintiéndose completamente usada y amada al mismo tiempo.

La noche del sábado fue épica. Los siete volvieron. La llevaron al dormitorio y la ataron suavemente a la cama con pañuelos —nada fuerte, solo para que no pudiera moverse—. Durante cuatro horas la usaron sin descanso. Le metieron pijas en todos los agujeros posibles. Le llenaron la boca hasta que no podía tragar más. Le pintaron el cuerpo entero de corrida. Le cogieron la concha hasta que quedó roja e hinchada. El culo le dolía de tanto uso, pero ella pedía más:

—Más leche… vacíense otra vez… no paren… soy su puta de los gatos, úsenme hasta que no pueda caminar.

Cuando terminaron, la desataron y ella se quedó en la cama, inmóvil, con el cuerpo brillando de semen seco y fresco. Los muchachos se fueron prometiendo volver el domingo. Marta durmió así, con los gatos acurrucados a su lado, oliendo a sexo y a juventud.

El domingo repitió el ciclo, pero más intenso. Mañana con tres, tarde con cuatro, noche con todos. Cada día que pasaba, Marta se sentía más viva, más perversa, más satisfecha. Ya no era solo la solterona de los gatos. Era la mujer que los pibes del barrio elegían para vaciarse, para descargar toda su lujuria acumulada. Y ella lo disfrutaba con cada fibra de su cuerpo maduro.

Semanas después, la rutina seguía igual de fuerte. Todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches. A veces llegaban solo dos, a veces siete. A veces la cogían suave y romántico —besos en el cuello mientras le metían la pija lento en la concha—, otras veces la trataban como una puta barata, escupiéndole en la cara, cogiéndola sin piedad, dejándola llena y chorreando.

Marta ya no imaginaba otra vida. Sus gatos seguían siendo sus compañeros silenciosos, testigos de cada gemido, cada chorro de leche, cada pija entrando y saliendo. Y ella, con cuarenta y dos años, con el cuerpo marcado por el uso diario pero más deseada que nunca, solo esperaba la próxima visita.

—Vengan, muchachos —susurraba cada mañana al abrir los ojos—. Mi concha los espera. Vacíense en mí otra vez.

Y ellos siempre volvían. Día tras día. Porque Marta, la solterona de los gatos, se había convertido en el secreto más morboso y adictivo del barrio entero.

Fin