Fantasías sexuales de españolas 2 (Vicky 9) XIV
Fernán ya no era el depredador de sus fantasías, sino un desastre humano. Pero el rechazo y la decepción no apagaron su deseo; lo encendieron. Cuando Paqui cruzó la puerta, no buscaba consuelo, sino venganza carnal contra la realidad que la había humillado. Y su marido estaba listo para recibir esa furia.
A partir de ese verano, la forma en que encarábamos nuestras infidelidades consentidas varió a lo largo del tiempo. Para Paqui, mis encuentros con Alba habían pasado de ser un elemento de morbo a una circunstancia a la que no le daba demasiada importancia. Al principio, que ella nos mirara y que posteriormente participara del sexo en lo que algunas veces se había convertido casi en un trío, era un elemento que nos ponía muy cachondos. No es que la pusiera especialmente efusiva el pensar que me iba a acostar con su hermana, pero una vez metidos en faena, que nos observara hacer el amor y luego verme a mí dándole placer a ella, era algo que la excitaba hasta el punto que con frecuencia se masturbaba mientras nos miraba copular. En ocasiones también exigía de mí que me recuperara tras follar con Alba para volver a copular con ella. Después de los encuentros apenas hacíamos referencia a ellos, como si no hubieran pasado. No suponían un cambio en nuestras relaciones habituales.
Con Paqui era diferente. Al principio saboreaba sus infidelidades planeándolas y anticipándolas, imaginando que las llevaba a cabo con un subidón brutal de adrenalina. Y después las disfrutábamos también recordándolas, sobre todo los momentos inmediatamente posteriores, cuando llegaba todavía sucia y sudada por el sexo recibido. Esto también fue evolucionando poco a poco. Desde que se produjo el primer encuentro, a mí no me resultaba ya tan placentero anticipar los encuentros imaginando lo que podía suceder. Ahora que había visto cómo funcionaban las cosas me sentía más preocupado que excitado. El tipo de gente que le gustaba a mi mujer era imprevisible y a mí me intranquilizaba que pudieran hacerle daño o causarnos problemas de algún tipo a ambos, por lo cual no me quedaba del todo sereno. Durante la cita, al menos las primeras veces, había una mezcla de sensaciones con una excitación brutal por lo que veía, pero de alguna forma yo sufría. Siempre me quedaba la duda de cómo podía afectarnos aquello. Luego, una vez producido el encuentro, para mí era lo más placentero porque me quedaba sosegado al saber que Paqui estaba bien, que había vuelto a mí y que todo seguía igual que siempre. Entonces podía disfrutar. El subidón que nos provocaba a ambos nos llevaba a polvos muy intensos y a caer rendidos, sobre todo ella, que ya había disfrutado lo suyo pero que siempre parecía guardar el último e intenso orgasmo para mí.
Después de lo de Valencia, no tuvimos oportunidad de contactar con otra pareja de chulos parecidos a Pep y Quique. Las vacaciones o escapadas que hacíamos eran ya en plan romántico y de pareja. No frecuentábamos ambientes propicios, ni se dieron situaciones que nos ofrecieran una oportunidad de repetir lo de aquel verano. Eso dio un giro a las fantasías de Paqui que durante un tiempo especuló con follar con algunos tipos que conocía de las clases de natación o de los cursos a los que se apuntaba. Todos tenían un perfil parecido a los de Valencia, que era lo que a ella le gustaba, pero claro, estando aquí en nuestra ciudad y siendo gente en muchos casos cercana a nuestro entorno, la prudencia decía que mejor estarse quietos. Al final tuvo encuentros con cuatro tipos. Los eligió sabiendo que eran gente de paso o alejada de nuestro círculo más próximo, con posibilidades de que fueran solo encuentros casuales y únicos. En ese aspecto la cosa salió bien porque fueron tipos que nunca volvió a ver o que, en todo caso, no rompieron nuestra intimidad ni divulgaron el secreto.
El primero fue un chaval que se estaba preparando para bombero y que conoció en el polideportivo donde iba a natación. Al final aprobó la oposición y como se presentaba para fuera de Sevilla, no lo volvió a ver. Según mi mujer, le sobraba potencia pero le faltaba chulería y actitud. Era capaz de cogerla en peso y follarla en vilo o contra la pared, pero carecía de ese punto de maldad y dominación que a ella le ponía tanto. Terminó por aburrirla y no lo echó en absoluto de menos cuando se fue, a pesar de que era el que estaba más bueno de todos los que llegaría a tirarse.
Otro fue un tipo que conoció en un bar y que venía de turismo a la ciudad. Ella había salido con unas amigas y se las ingenió para quedar con él en su hotel sin que nadie se enterara. El tipo se había mostrado insistente en la barra donde trató de invitarla. Cuando ella le comentó que estaba casada su insistencia se volvió impertinencia, pero estaba tan decidido y era tan descarado que despertó el interés de mi esposa. De cara a sus compañeras, lo puso en su sitio y le paró los pies, antes de marcharse juntas del local, tras tomarse la última ronda. Lo que no supieron nunca es que le había deslizado un papel en la chaqueta con su número de teléfono y que cuando tomó el taxi, ya tenía tres mensajes de él pidiéndole verse. Paqui le pidió la dirección del hotel y su número de habitación. Le dijo que la aguardara allí. El último mensaje fue para mí, para decirme que estaba con un hombre, que todo iba bien y que no la esperara hasta por la mañana. Según ella, el saldo de la noche resulto positivo. Durante el encuentro el tipo mantuvo su actitud impertinente, ahora además engreído por su fácil conquista, que el mismo atribuyó a su arte para ligar, inconsciente de que había sido él el ligado y no al revés. Este juego le proporcionó gran placer a Paqui, lo que potenció el sexo que practicaron, que de otro modo habría quedado en un rollo poco más que regular. Solo lo vio una noche y no quiso quedar más, aunque el tipo insistió los días siguientes dejándole mensajes e incluso llamándola al móvil. Sabía que con este era cuestión de un único disparo y que fuera de la novedad, no tenía nada que ofrecerle.
El tercero fue un profesor que había venido a dar unos cursos de pintura a los que estaba apuntada y que era de un pueblo de Cádiz. Este siempre me llamó la atención porque no entendí nunca que veía en él. Era un tipo relamido, más estirado que canalla, no especialmente atractivo, aunque era fibroso y delgado, más bien seco en el trato y con ínfulas de intelectual por lo que me comentaba mi mujer. No daba el perfil que a ella le gustaba en casi ningún aspecto, de modo que llegué a la conclusión de que fue solo un amante de oportunidad, que se echó simplemente porque cumplía los requisitos de discreción e intimidad. Ella siempre se encogía de hombros con indiferencia cundo le preguntaba por él, como diciendo que el tipo era de lo más normalito. Otro que no echó de menos en absoluto cuando terminó el curso y volvió a Cádiz.
Y el último de esa cuadrilla fue un hombre algo mayor que nosotros. Lo conocimos porque hicimos un intento de intercambio de parejas buscando nuevas posibilidades, pero aquello no nos gustó demasiado, no encajaba con lo que nosotros queríamos y las veces que fuimos a locales liberales o que contactamos con alguna pareja la cosa no llegó a cuajar. Sin embargo, hicimos amistad con una de las parejas. A él le gustaba mucho mi mujer y aunque no llegamos a cumplir el intercambio, mantuvimos el contacto y al final acabaron enrollados él y mi chica. Con este sí repitió, estuvieron varios meses viéndose. Con los anteriores la experiencia fue excitante pero no al nivel de aquellas vacaciones en Valencia. No volvía tan contenta de los encuentros, porque quizá no había podido elegir el perfil que realmente le gustaba. Al priorizar el secreto y la intimidad acabó acostándose con hombres que no cumplían al cien por cien con su fantasía y eso no la complacía como ella esperaba.
Con este último fue mejor. Yo prefería no estar durante los encuentros. Me di cuenta que en los preparativos me preocupaba más que disfrutaba y que, el contraste de ver a mi mujer con otro, era una de cal y otra de arena, pero que era mejor centrarse en la parte más excitante para mí que era cuando volvía a mi lado. Así que la mecánica era que ella me decía que estaba pensando en quedar con Víctor, que así se llamaba, que su mujer no sabía nada y que estaban pensando en verse una tarde o una mañana en un hotel. Cuando me lo decía yo ya sabía que es porque tenían pensadlo hacerlo de forma inminente. Normalmente hasta el día antes no volvíamos a hablar del tema, cuando Paqui me avisaba que:
- Va a ser mañana por la mañana o mañana por la tarde.
Yo me las ingeniaba para estar en casa a su vuelta, esperándola o incluso yendo recogerla al hotel, y entonces continuábamos teniendo sexo nosotros. De este tío me fiaba, así que esta forma de hacer las cosas me ahorraba la parte angustiosa del asunto y la comedura de tarro, para concentrarme en la parte más morbosa y disfrutona que era cuando Paqui volvía a mí. Nunca me dio motivos de alarma o preocupación, era el primer tipo del que me fiaba realmente. El hombre entendió bien lo que mi mujer deseaba. Sin maltratarla y sin ninguna salida de tono fuera de sus encuentros, adoptaba un rol dominante y de chulo cuando estaban a solas. Respetaba los límites que le ponía Paqui y cumplía con sus predilecciones. Tenía claro que aquello era solo un papel que debía interpretar y nunca se propasó con ella, era muy inteligente y sabía leer muy bien a mi esposa. Era buen copulador, tenía experiencia y estaba muy motivado porque se había encoñado de Paqui. Yo la veía realmente ilusionada cada vez que quedaban y siempre reservaba un último (o últimos) polvos encendidos para mí al volver. A veces follábamos varios días seguidos con intensidad tras cada encuentro.
Víctor salió definitivamente de nuestras vidas por un tema laboral que hizo que tuviera que marcharse al norte. Paqui se sintió afectada porque perdía el mejor juguete que había tenido hasta entonces, pero Víctor nunca fue nada más que eso, un juguete, si acaso un amigo íntimo, y ella se repuso pronto.
A eso siguió un periodo de tranquilidad. Iba a decir que volvíamos a ser una pareja normal, pero es que nunca habíamos dejado de serlo. Siempre habíamos tenido sexo satisfactorio y en realidad no necesitábamos estas aventuras para pasarlo bien, solo lo hacíamos por el chute de morbo que suponía, pero no porque no pudiéramos disfrutar solos como pareja. Fue en este periodo cuando Paqui sintió la llamada de la maternidad. Decía que quería ser madre y nuestra situación de estabilidad económica y personal indicaba que podría ser el momento adecuado. A partir de ahí redirigimos el morbo de nuestros encuentros sexuales a ese fin. Follábamos pensando en tener un hijo y al no tener que usar medios anticonceptivos, le dimos un plus de ardor al asunto.
Por mi parte, yo no había vuelto a tener sexo con otras mujeres. Me habían surgido evidentemente oportunidades, sobre todo en el trabajo e incluso en la comunidad de vecinos donde vivíamos, pero Paqui no quería que me enrollara con nadie conocido por los mismos motivos que ella tampoco lo hacía. La única excepción era su hermana Alba que colmaba y satisfacía completamente las ganas que yo tuviera de otra mujer que no fuera la que amaba. Pero es cierto que, durante estos años, tras empezar muy fuerte, la cosa se fue tranquilizando un poco y ella no requería tan a menudo mis atenciones. Estaba cómoda con la situación porque tenía en mí un amante estable y se sentía amparada por su hermana, que era su cómplice y ayudante, pero cuando supo que íbamos buscando un hijo tomó un poco de distancia, como si esta circunstancia le causase algún tipo de vergüenza. Quería dejarnos intimidad. Así que empezó a buscar otros candidatos. Como a su hermana, no le fue demasiado bien la cosa, ya que no priorizaba aquellos que más la atraían sino aquellos que le inspiraban más confianza para mantener el secreto. Nunca llegué a saber cuántos tuvo, para eso era reservada. Quizás mi mujer si conocía todos los detalles, pero el vínculo entre las dos hermanas seguía muy fuerte y no compartió conmigo todo lo que le contaba Alba. Sí sé que estuvo enrollada una temporada con un médico. Creo que fue un alergólogo o algo así, al que ella acudía y con el que estuvo bastante tiempo. Por lo que me dijo Paqui, no parecía ser una historia de pasión y amor, sino más bien un sustituto tranquilo y conveniente a lo que hacía conmigo.
Los meses pasaban y Paqui no conseguía quedarse embarazada. Entonces sucedió el episodio de Fernán. Fernán era un tipo amigo del Mode. Recuerdo que en nuestra época era de los que cortaban el bacalao. No pertenecía a nuestra pandilla, pero todos lo conocíamos porque era el que, a través del almacén de su padre, nos suministraba priva para nuestras fiestas. Como le pasaba al Mode, era un tío popular con mucho éxito entre las chicas, pero con un punto mucho más canalla. No tenía ningún escrúpulo, era un auténtico depredador disfrazado de chico bien y tío moderno, echado para adelante y simpático. Sabía caer bien a las chicas hasta que se acostaban con él. Una vez que pasaban por su cama, por su coche o por donde pudiera meterles mano, la cosa ya no pintaba tan bien y la mayoría acababa echando pestes de él, lo que no era obstáculo para que siguiera con su labor. Siempre había chicas a las que engañar o tan inocentes como para pensar que las que lo criticaban, eran simplemente muchachas despechadas porque no se había querido comprometer. No hay nada más que atraiga a cierto tipo de mujeres que pensar que van a triunfar donde otras han fracasado.
A Paqui siempre le gustó el Fernán, no porque se sintiera atraída sentimentalmente o porque quisiera jugar a lo que las demás, a ver si era ella la que conseguía retirarlo de la soltería, si no por lo que ya sabéis: que le iban los chulos en sus fantasías. Y el Fernán era una fantasía que tenía pendiente desde jovencita. Entonces le había hecho poco o ningún caso porque estaba en su apogeo y, aunque se sentía atraído por sus curvas, consideraba que había otros trofeos de caza mayor más a su alcance que él quería cobrarse. Con el tiempo entró en decadencia. Cuando volvimos a verlo (de casualidad porque aún manteníamos contacto con el Mode y él sí seguía frecuentándolo), nos encontramos a un tipo que, a pesar de estar solo en los treinta, ya estaba muy estropeado. Le daba a las drogas y su vida era un completo fracaso. A pesar de tener unos padres influyentes y muy bien situados, él no había conseguido terminar ninguna carrera. Después de varios pufos gordos, el padre lo había sacado del negocio familiar y se trataba de ganar la vida como antaño, organizando fiestas y eventos varios y también moviéndose en el mundo de la noche. Por lo que comentaba el Mode, aquello le daba poco más que para sobrevivir y cada vez que emprendía algo, casi siempre acababa debiendo dinero a alguien. Era una caricatura de lo que fue. El pelo largo al estilo de aquella época le hacía parecer anacrónico y había perdido su brillo, que tanto llamaba la atención de las chicas. Estaba más fondón y el color de su piel era amarillento. Pero todavía conservaba ese fulgor en la mirada y esa chulería innata, ese desparpajo que le hacía saltarse todos los preámbulos e ir directo al grano. Esa especie de “si no vas a follar, aire, que tengo a más esperando” que, aunque ahora no tuviera pinta de cumplirse, él actuaba como si los tiempos buenos nunca hubieran cambiado y hubiese una legión de chicas haciendo cola para él.
Coincidimos de casualidad, en una tienda donde queríamos comprar un equipo de música porque el nuestro ya no iba. Parece que era amigo del dueño que le alquilaba equipos para fiestas, o algo así, y la verdad es que consiguió que nos hicieran un buen precio. Acabamos tomando unas cervezas y con él dejándonos su teléfono por si queríamos repetir birras. Casi enseguida me di cuenta que mi mujer parecía interesada. Intentaba hacerse la difícil pero no pudo evitar algún gesto y cierto tono de flirteo con Fernán, detalle que a él tampoco le pasó inadvertido, pero que no se atrevió a aprovechar estando yo allí. Esa noche fue ella la que me reclamó sexo de una forma muy vehemente.
- No me digas que te ha puesto cachonda volver a ver a ese - le comenté cuando acabamos.
- Me ha hecho recordar nuestra época de pandilla ¿Te acuerdas de las fiestas que hacía el Mode?
- Sí, claro. Todo empezó gracias a una de esas. Fue la primera vez que os dejaron ir a una fiesta a Alba y a ti. Pero este tío es una ruina, no me digas que todavía te gusta.
- No, la verdad es que me alegro de haber elegido bien - me aseguró mientras se apretaba contra mí y me besaba el hombro - la verdad es que el tío está hecho una caca, pero ¿qué quieres que te diga? me pone. No por él, ya sabes, es por la fantasía, por el recuerdo de lo que fue y de lo que yo era también en aquella época.
- ¡Oye tú! ¡Que tenemos treinta años! tú no estás para nada vieja y todavía tienes que dar mucha guerra
- Ya no somos adolescentes tampoco…
- No, ahora es mejor, ahora tenemos experiencia.
- Pues vale.
- ¿Entonces?
- Entonces ¿qué?
- Que si has pensado hacer algo con él.
- No.
- Venga, que he notado que hoy estabas distinta. Dime la verdad.
- Bueno, la verdad es que sí me ha puesto un poco cachonda…
- No me parece buena idea: ese tipo ya era gilipollas de joven. Ahora además de gilipollas es un vividor. Y de nuestro entorno cercano.
- A lo mejor eso es lo que me pone caliente.
- Joder.
- No te preocupes, no tenía pensado hacer nada y si a ti no te gusta, menos.
- No es eso, puedes hacer lo que quieras, ya lo sabes, solo que no me parece buena idea.
La cosa quedó así, aparentemente zanjada, pero yo sabía que a mi mujer cuando se le metía algo en la cabeza era difícil sacárselo. No obstante, ella cumplió su parte el trato y no tomó ninguna iniciativa, fue el Fernán quien la llamó. Un vividor, un vago, pero con un instinto especial para estas cosas que nunca le había fallado. No sé cómo consiguió su número, pero la llamó a ella directamente y con su estilo claro y directo, le propuso tomarse una cerveza los dos solos. Para recordar viejos tiempos o algo así, le dijo el muy cabrón.
Cuando Paqui me lo dijo, yo ya sabía que había tomado la decisión, aunque lo disfrazó de “no sé qué hacer”, “solo es una cerveza” y “ya veremos”.
- Mira, me jode que vayas con él. Ese tío no me gusta ni me ha gustado nunca. Pero si quieres, tu misma, es tu decisión. Sabes que no te voy a decir que no, lo que más me molesta de todo esto es que hagas como que te lo estás pensando. Si vas a ir pues dilo y punto.
Fue la primera vez que nos separamos para que mi mujer acudiera a una cita estando yo más cabreado que preocupado. Ella se fue a tomarse esa cerveza y creo que nuestra pequeña discusión debió influir, porque esta vez no iba tan motivada como en otras ocasiones.
- Llámame, que sepa que estás bien.
- Claro - respondió y me dio un beso antes de irse.
Cumplió su palabra y me llamó sobre las once de la noche, solo para decirme que iban a su piso. A la una me puso un mensaje que volvía para casa. Llegó con gesto contrariado, se duchó y se metió en la cama dándome la espalda. Era su gesto habitual cuando estaba enfadada y no quería follar.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
- Sí, estoy bien, contenta como unas castañuelas - respondió con sorna.
- ¿Que ha pasado? - le pregunté.
- Nada, que tenías razón: es un gilipollas.
- Eso ya lo sabíamos los dos: cuéntame algo nuevo.
- Me refiero a que también es un gilipollas en la cama. No vale ni para follarse a una gallina. Es el tío más creído y con menos empatía que conozco.
- Te ha decepcionado…
- Totalmente. Con un consolador me lo hubiera pasado mejor.
- Pero ¿se ha portado mal contigo? - inquirí mientras ponía la mano sobre su hombro y la obligaba a girarse de forma un poco brusca - Si ese idiota te ha hecho daño le parto la cara.
Paqui me miró con ojos encendidos. Ya no había solo enfado en ellos sino también cierta chispa, la misma que yo veía cuando ella comenzaba a encenderse y que por lo que se ve, no había saltado a lo largo de su cita. Nos besamos la primera vez con cariño, la segunda con más pasión…
- Cuéntamelo todo.
- Pues nada, que nos tomamos unas cervezas, yo dos o tres, lo justo para coger el punto, pero él no paraba de beber. Incluso se tomó un par de whiskys. Cenamos unos bocadillos en una cafetería destartalada al lado de su casa. Un sitio de lo más desangelado, solo estábamos nosotros y gente de su barrio. Decía que no tenía nada en la nevera y que para qué íbamos a ir a un restaurante ya a esas horas. Me pareció muy cutre. El sigue tan tonto como cuando era joven. Puede ser que con dieciséis años me hicieran gracia sus bobadas, pero un tío ya con esta edad que no sea capaz de tener una charla mínimamente coherente… en fin, me aburría mucho así que le dije de subir a su piso ya de una vez. Me estaba cortando el rollo. Cuando llegamos se metió un poco de coca y me ofreció: yo le dije que no.
- ¿Y luego?
- No se comportó como yo esperaba.
- ¿Y qué esperabas?
-Tú ya me conoces. Esperaba alguien más decidido, más chulo. No me gusta que me fuercen, pero sí me gusta que si me acuesto con un tío lleve la voz cantante, que me dirija, que me haga hacer cosas excitantes y guarras. Las otras veces ha sido un poco decepcionante, ya sabes, así que pensé que arriesgándome con Fernán sería como aquella primera vez con Pep y Quique. Pero me equivoqué: este es solo fachada. Con todo lo que se había metido y bebido le costaba trempar, tuve que tomar yo la iniciativa. Solo hubo un único asalto y fue decepcionante, se me quedó durmiendo después. Ha sido como follarse a un adolescente idiota, pero de casi cuarenta años, que se mete tanto por la nariz que le cuesta que se le empine, que se corre al tercer empujón, que te deja con las ganas para ir a echarse un whisky, que te tienes que acabar haciendo tú sola un dedo apartando su mano porque te toca con desgana, queriendo acabar pronto antes que se le agüe el licor. Yo no sé si de joven era lo que aparentaba o solo cuento, pero ahora si te puedo asegurar que es lo que parece: una idiota, un vividor, un desgraciado y un drogadicto. No sé cómo pude pensar que sería capaz de complacerme.
- Porque tenías una fantasía, igual que todos tenemos a las nuestras. Y la única forma de saber si puedes hacerla realidad es probando como has hecho tú.
Ella no contestó, solo me lanzó una mirada de complicidad y agradecimiento. Su última experiencia con otros hombres no había salido nada bien y agradecía que yo estuviera allí para apoyarla. Se volvió y me buscó la boca besándome. Tenía un gusto dulzón a alcohol. Me metió la lengua y se puso sobre mí. Pronto estuvimos abrazados, restregando nuestros sexos mientras nos comíamos y yo le acariciaba los pechos y también el culo.
- Entonces ¿no has disfrutado? – insistí.
- No, más bien vengo cabreada. Me sentó tan mal todo, me pareció todo tan cutre, que ni siquiera pude acabarme un dedo en la cama. Me dejó sin gozar, no conseguí llegar al orgasmo y luego pensé que, para pajearme en la cama de aquel gilipollas, mejor me venía aquí contigo, que es donde hubiera debido estar toda la noche, con mi marido y no haciendo la estúpida por ahí.
Fue curioso. Yo esperaba que a pesar de que el Fernán no me caía nada bien, cuando mi mujer volviera tendría una erección tan bestial como la que habíamos tenido en aquel primer encuentro con los dos de Valencia. En el fondo, como ella, yo también anhelaba que las cosas hubieran salido bien. Sin embargo, hasta ahora mi verga no se había estirado hasta alcanzar su máximo punto de dureza y longitud. Ella lo notó perfectamente porque estaba pegado a su muslo. Necesitaba que ella volviera a mí y reconociera el error, y me tranquilizaba saber que una vez más, yo no tenía rival en su corazón.
- A ver, estas cosas no siempre salen bien, ya lo sabes. Se trata solo de un error y punto. Ya está.
- He hecho la tonta para nada y como encima ese hijo de puta se vaya de la lengua…
- Me da igual lo que diga, siempre podemos decir que es mentira. Nadie lo va a creer, ahora está hecho un puto desastre. Además, si se mete contigo lo busco y de dos hostias lo pongo en su sitio.
- ¿Harías eso? - preguntó removiéndose inquieta mientras cogía mi mano y la llevaba a su vulva.
- Sabes que sí, que por ti haría cualquier barbaridad.
Se abrió de piernas y dirigió mis dedos hacia su rajita. La acaricié un rato por fuera, presionando sobre su clítoris, separando sus labios y finalmente introduje un dedo. Noté como se mojaba instantáneamente así que lo metí una y otra vez, ejerciendo presión desde dentro mientras por fuera flotaba su nódulo con el pulgar. Atrapé con mis labios un pezón y lo mordisqueé tirando de él. Paqui empezó a suspirar y sin solución de continuidad pasó al jadeo.
- Móntame, móntame - me suplicó.
Lo hice abriéndola de piernas y penetrándola con fuerza, follándola en la postura del misionero de forma intensa hasta que ella cerró las piernas y me obligó a seguir penetrándola de esa manera. El roce era mayor y su vulva estaba sensible e hinchada. Podía percibir cada uno de sus estremecimientos cuando mi falo entraba y mi pubis rozaba su clítoris.
- Ahora sí ¡joder! ahora sí – gritaba.
Se corrió sin tocarse apenas, en aquella postura le resultaba fácil llegar. Coincidimos en el clímax y yo descargué largamente dentro de su coño varios chorros de semen. Empujaba muy a fondo y la dejaba bien metida y luego la volvía a sacar. Se oía perfectamente el chapoteo y notaba en mis testículos todos los jugos pegándose cada vez que golpeaba contra su perineo.
Ese fue uno de nuestros mejores orgasmos. Y también una de las noches que siempre recordamos. Consiguió tres orgasmos, forzándome en el último a que me corriera dentro de su culo mientras ella se introducía un dildo por la vagina. Quería sexo guarro y fuerte y todas las ganas frustradas que traía de la cita se volcaron sobre nuestra cama dejándonos rotos de placer. Tras una ducha nos dormimos abrazados. El primer rayo de sol nos descubrió cada uno a un lado de la cama, nos habíamos separado para dormir a pierna suelta y también por el calor de esa noche de verano. Me giré buscando el contacto con ella, apretándome contra las nalgas, pasándole la mano por debajo del brazo tomando su pecho y besándola en el cuello. Volvimos a repetir una última vez antes de levantarnos.
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