Xtories

Vicios ocultos

Rodrigo creía conocer a su esposa, pero el cuentakilómetros de su coche reveló una distancia imposible. Ahora, desde la oscuridad de su despacho, observa cómo la madre perfecta se desmorona ante la brutalidad de un joven semental. La pregunta no es si lo descubrirá, sino cuánto puede soportar su propia mirada antes de que el morbo consuma todo.

Gargola7.9K vistas8.3· 15 votos

Rodrigo observaba el vaho de su café perderse en el aire viciado de la cocina. Eran las siete de la mañana. Bárbara, envuelta en una bata de seda color burdeos que subrayaba la curva generosa de sus caderas, preparaba las mochilas de los niños con una eficiencia mecánica, casi quirúrgica. A sus treinta y ocho años, poseía esa belleza rotunda y madura que no necesita de artificios; su piel morena conservaba el calor del sueño y sus ojos marrones, profundos como pozos de petróleo, evitaban encontrarse con los de él más de lo estrictamente necesario.

A sus cuarenta, Rodrigo se sentía como un espectador en su propia vida. El éxito como arquitecto le había proporcionado el chalet en el campo, el colegio privado de los niños y la posibilidad de que Bárbara abandonara aquel despacho de dirección donde los hombres la devoraban con la mirada. Creía que la protegía del mundo, pero quizá solo la estaba enterrando en él.

—¿Vuelves tarde hoy? —preguntó ella, sin girarse. Su voz era un ronroneo bajo, el mismo que empleaba la noche anterior mientras él cumplía con su deber conyugal, convencido de que aquel gemido final era de plenitud y no de simple cortesía.

—Reunión con los inversores del proyecto de la costa. No cuentes conmigo para la cena —mintió él.

La mentira pesaba en su lengua como un trozo de plomo. La sospecha no había nacido de un perfume extraño o de una mancha de carmín, sino de un detalle infinitesimal: el cuentakilómetros del todoterreno. El trayecto al gimnasio y al colegio no justificaba los ochenta kilómetros adicionales que aparecían cada jueves. Eran exactamente la distancia de ida y vuelta a la propiedad del campo, aquel refugio de piedra y madera que compraron para los veranos y que ahora, según sospechaba Rodrigo, servía de escenario para una función privada.

El jueves amaneció gris, una mañana de un realismo sucio que encajaba con el estado de ánimo de Rodrigo. Estacionó su coche a una manzana del colegio de los niños, oculto tras la carrocería de una furgoneta de reparto. Vio a Bárbara bajar a los pequeños de seis y ocho años; los besó en la frente con una ternura que a Rodrigo le pareció, por primera vez, una máscara de cinismo insoportable.

Minutos después, ella se dirigió al gimnasio local. Rodrigo esperó. El tiempo se dilataba en el segundero de su reloj de pulsera. A las diez en punto, Bárbara salió. No iba sola.

A su lado caminaba un tipo que parecía haber sido esculpido en una cantera de testosterona. Era Álex. Rodrigo lo reconoció de inmediato: el monitor de pesas que siempre rondaba la zona de cardio. Un animal de unos veintitantos años, con una espalda que bloqueaba la luz del sol y unos músculos que amenazaban con reventar las costuras de su camiseta técnica. Iba depilado, con la piel brillante, reflejando una vanidad que rozaba lo patológico.

Bárbara le abrió la puerta del copiloto con una familiaridad hiriente. Rodrigo sintió un latigazo de bilis en la garganta, pero no arrancó el motor para interceptarlos. El detective que llevaba dentro quería ver el final de la película.

Rodrigo mantuvo el motor apagado, convertido en una extensión metálica de los matorrales que flanqueaban la entrada de la finca. El todoterreno de Bárbara levantó una polvareda fina que quedó suspendida en el aire como una mortaja. Vio a su mujer bajar del vehículo; sus movimientos tenían una elasticidad impropia, una urgencia que nunca mostraba al entrar en el hogar conyugal. Tras ella, el tal Álex saltó del asiento del copiloto. Era un coloso de gimnasio, un anabolizado monumento a la vanagloria física que caminaba con la suficiencia de quien se sabe dueño de un territorio ajeno.

Ella le dedicó una mirada que Rodrigo no reconoció. No era la mirada de la madre abnegada ni la de la esposa complaciente; era la de una hembra en celo, cruda y desprovista de civilización. Antes de cruzar el umbral del chalet, la mano de Álex descendió con una fuerza brutal sobre el trasero de Bárbara, un manotazo seco que resonó en el silencio del campo. Ella arqueó la espalda y soltó una carcajada ronca, eléctrica, antes de desaparecer tras la puerta de madera de roble.

Rodrigo arrancó el coche en silencio. No necesitaba ver más aquel día. El vacío en su estómago se mezclaba con un latido sordo en las sienes. Durante el trayecto de vuelta a la ciudad, la imagen de aquella mano sobre la carne de su mujer se repitió en bucle, una diapositiva de infamia que, extrañamente, no le provocaba el deseo de matar, sino una curiosidad malsana, un hambre de detalles que solo la tecnología podría satisfacer.

El viernes, aprovechando que Bárbara llevaba a los niños a un cumpleaños, Rodrigo regresó al chalet. Llevaba una maleta de herramientas que contenía algo más que destornilladores. Instaló las lentes estenopeicas con la precisión de un cirujano. Una en el salón, camuflada en la moldura de un cuadro de caza; otra en el dormitorio, oculta en el sensor de humos del techo, ofreciendo un plano cenital, implacable, de la cama de matrimonio.

Configuró el servidor cifrado. Probó los micrófonos de alta sensibilidad, capaces de captar el roce de la seda contra la piel. Durante los seis días siguientes, Rodrigo habitó un purgatorio de normalidad. Cenó con ella, besó sus labios con sabor a té verde, ayudó a los niños con los deberes de matemáticas, mientras en su cabeza solo contaba los segundos para el próximo jueves. Observaba a Bárbara moverse por la casa, tan pulcra, tan secretaria reconvertida en matrona perfecta, y se preguntaba qué demonios le decía aquel animal para que ella riera de esa forma tan obscena en el campo.

El jueves señalado, Rodrigo se encerró en su despacho de la ciudad. Alegó una videoconferencia internacional ineludible. Bloqueó la puerta. El silencio de la estancia era absoluto, solo roto por el zumbido de los ventiladores de su ordenador. Sirvió un whisky de malta, un ámbar oscuro que parecía el combustible necesario para lo que estaba a punto de presenciar.

En la pantalla, la imagen del salón rústico cobró vida a las 10:15 de la mañana.

Entraron como un torbellino de carne y ropa deportiva. Bárbara ni siquiera se quitó las gafas de sol antes de que Álex la estampara contra la pared de piedra. El sonido del impacto llegó nítido a los auriculares de Rodrigo.

—¿Has sido una buena esposa esta semana, Bárbara? —La voz del muchacho era una lija, cargada de una arrogancia que rozaba lo delictivo.

Bárbara levantó la mirada hacia él, con los ojos encendidos por una urgencia que le deformaba las facciones. No había ni rastro de la madre del colegio o la mujer del arquitecto.

—He sido una zorra aburrida contando los minutos para que me escupieras a la cara —respondió ella, y su voz fue un latigazo de honestidad brutal—. He estado aguantando las caricias de mi marido imaginando que eran tus manos apretándome el cuello. Fóllame ya, Álex... fóllame como sólo tú sabes.

Rodrigo sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Aquella no era su mujer; era una extraña que habitaba el cuerpo de su mujer. Álex no perdió el tiempo con galanterías. Se deshizo de su camiseta técnica, revelando un torso que parecía un atlas de anatomía: pectorales cuadrados, una cintura estrecha donde los serratos se marcaban como cuchilladas y unos hombros redondeados, fruto de años de agujas y hierro.

El marido, desde su butaca de cuero, contempló la desmesura de aquel espécimen. Cuando Álex bajó el pantalón de chándal, Rodrigo tuvo que dejar el vaso sobre la mesa. La naturaleza había sido insultantemente generosa con el joven; una virilidad que parecía diseñada para el castigo, una columna de carne que hacía que su propia masculinidad se sintiera anecdótica.

—Híncate de rodillas. Ahora —ordenó el amante, con una voz que no admitía réplica, mientras se desabrochaba el pantalón de chándal con una parsimonia insultante.

Bárbara obedeció al instante, sus rodillas hundiéndose en la alfombra rústica con una sumisión que a Rodrigo, tras la pantalla, le heló la sangre.

—Olvida que eres la señora de la casa y enséñame lo que de verdad eres cuando nadie te ve —continuó Álex, dejando que su masculinidad quedara liberada, una columna de carne venosa y dopada que parecía vibrar con vida propia—. Quiero que me mires desde ahí abajo y admires lo que la naturaleza te ha traído hoy. Quiero ver cómo se te abren los ojos cuando entiendas que lo único que vales en este mundo es lo que seas capaz de tragar.

Bárbara no apartó la vista. Sus pupilas estaban dilatadas, devorando la fisonomía de aquel espécimen que la doblaba en potencia.

—De rodillas, puta. Y mírame bien mientras te deshaces de ese disfraz de esposa perfecta.

Bárbara obedeció sin un segundo de duda. Sus dedos, los mismos que esa mañana habían anudado los cordones de sus hijos, se cerraron con ansia sobre aquel trozo de anatomía bruta. Rodrigo veía el contraste: la piel morena y suave de ella contra la rugosidad venosa y dopada de él.

—¡Trágatela entera, zorra! —rugió Álex, agarrándola del pelo con una mano y guiando su cabeza con una violencia que hizo que a Rodrigo se le detuviera el corazón—. —Quiero notar cómo te ahogas, quiero sentir tus dientes rozando la piel mientras piensas en el aburrido de tu marido —rugió Álex, forzando la entrada con una sacudida que le arrancó a ella una arcada de puro placer—. Piensa en ese infeliz mientras te lleno los pulmones, Bárbara. Piensa en su cara de idiota mientras yo te trato como a la perra que eres.

—Él no... él nunca... —logró balbucear ella entre jadeos, antes de que el amante la silenciara hundiéndose de nuevo hasta la garganta.

—Él no... él no sabe... —balbuceó ella de nuevo entre arcadas de placer.

—Él no sabe que te gusta que te traten como a una puta, ¿verdad? —Álex soltó una carcajada cruel, el sonido rebotando en las paredes del dormitorio mientras la sujetaba con un desprecio casi profesional—. Él cree que tiene una santa en casa. No sabe que eres un pozo sin fondo, una guarra que solo vive para que un semental dopado como yo la reviente por todos sus agujeros.

Bárbara, con la mirada perdida y la respiración rota, asintió con un fervor que hizo que Rodrigo, en la soledad de su despacho, apretara los dientes.

—No sabe nada... —gimió ella, con la voz quebrada por una excitación que le hacía temblar las manos—. No sabe que mi cuerpo tiene hambre de ti. No sabe que necesito sentir cada centímetro de esa tranca dentro de mí hasta que no me quede aliento. No hables, Álex... solo fóllame. Fóllame hasta que me revientes, hasta que no pueda más, hasta que me llenes de arriba abajo.

Rodrigo, lejos de sentir el impulso de llamar a la policía o irrumpir en el chalet, sintió cómo su mano descendía involuntariamente hacia su bragueta. El morbo era un veneno dulce. Ver a su "milf" perfecta, la mujer que todos envidiaban en las reuniones del colegio, siendo degradada de aquella forma tan cruda, tan explícitamente animal, le provocaba una erección dolorosa, casi violenta.

En la pantalla, el escenario cambió al dormitorio. La cámara cenital ofrecía una perspectiva de mapa topográfico del pecado. Álex la lanzó sobre la colcha de hilo, la misma que habían elegido juntos en aquel viaje a Florencia. Sin preliminares, sin un átomo de ternura, el muchacho la abrió de piernas con una brusquedad que hizo que los muslos de Bárbara temblaran.

—Vas a gritar tanto que van a oírte en la carretera —sentenció el adonis antes de hundirse en ella en una embestida que pareció partirla en dos.

Bárbara soltó un alarido que no era de dolor, sino de una liberación salvaje. Sus uñas se clavaron en los glúteos del muchacho, buscando apoyo en aquella masa de músculo que la ensartaba sin compasión.

—¡Sí! ¡Rómpeme, Álex! ¡Rómpeme por todos lados! —gritaba ella, con el rostro transfigurado, los ojos en blanco, entregada a la depravación de ser solo un receptáculo para aquel animal ciclado.

Rodrigo comenzó a masturbarse rítmicamente, siguiendo el compás de las embestidas que veía en la pantalla. Se sentía un vulgar voyeur, un cómplice silencioso de su propia deshonra, pero la visión de su mujer siendo poseída por aquel semental le producía un éxtasis que nunca había alcanzado en el lecho real. La dualidad era fascinante: la buena madre, la secretaria discreta, ahora era una leona herida, una mujer que reclamaba su dosis de humillación y placer con un cinismo que le erizaba la piel.

La pantalla del despacho era ahora un altar de carne y fluidos, un retablo barroco donde la decencia de una década de matrimonio se disolvía en cada píxel. Rodrigo, con la respiración entrecortada y la mano cerrándose con una fuerza espasmódica sobre su propia polla, no podía apartar la vista. El morbo no era ya una chispa, sino un incendio forestal que consumía su orgullo de marido para dejar solo las cenizas del observador puro.

En el dormitorio del chalet, la dinámica cambió. Bárbara, impulsada por un hambre que Rodrigo desconocía, se zafó del peso de Álex y lo empujó hacia atrás. El chaval, con la suficiencia de un semental que se sabe deseado, se dejó caer sobre las sábanas de hilo, dejando su erección —esa columna rígida de venas hinchadas y piel tirante— apuntando al techo como un desafío a las leyes de la anatomía.

Ella se encaramó sobre él. Su melena morena caía en cascada, ocultando por momentos su rostro transfigurado. Rodrigo vio cómo Bárbara tomaba aquella tranca desmesurada con ambas manos, guiándola hacia su interior con una avaricia que rozaba la desesperación. Al contacto, ella soltó un suspiro largo, un "¡oh!" que los micrófonos captaron con una nitidez hiriente.

Empezó a moverse. No eran embestidas toscas, sino un baile hipnótico. Sus caderas dibujaban ochos perfectos en el aire, una coreografía de lujuria donde sus glúteos, firmes y redondos, subían y bajaban absorbiendo cada centímetro de aquel obús. Álex mantenía las manos tras la nuca, exhibiendo sus bíceps como montañas de granito, disfrutando del espectáculo de ver a la "milf" convertida en una devoradora de carne.

—Mírate... —gruñó Álex, su voz vibrando en los bajos del sistema de sonido—. Te encanta sentir cómo te lleno, ¿verdad, perra? Nota cómo te estiro por dentro.

—Me estás... me estás abriendo en canal... Me llenas toda, cabrón—jadeó ella, acelerando el ritmo, sus ojos marrones fijos en como la entrepierna del muchacho entraba y salía de su coño como si no existiera nada más en el universo.

Sin previo aviso, Álex la agarró por los hombros y la volteó con una fuerza bruta, colocándola al borde de la cama, con las rodillas hincadas en el colchón y el torso vencido hacia adelante. Él se puso de pie en el suelo, una estatua de bronce musculada y letal. Rodrigo vio cómo el amante acumulaba saliva en su boca y, con un gesto de desprecio absoluto, escupía una densa nube blanca directamente sobre el ano de Bárbara.

—Te voy a quitar esa cara de esposa estirada de un solo viaje —sentenció el chaval.

Introdujo dos dedos, lubricando el anillo de carne con una tosquedad que hizo que Bárbara soltara un gemido agudo, una mezcla de dolor y una expectación eléctrica. Rodrigo, en su despacho, sentía que el corazón le iba a saltar del pecho. Vio cómo Álex retiraba los dedos y, sin solución de continuidad, apoyaba la punta de su glande desmesurado en la entrada prohibida.

Con un empuje seco, total, se la ensartó hasta el fondo.

Bárbara soltó un alarido que retumbó en las paredes de piedra del chalet. Sus manos se aferraron a la cabecera de la cama mientras Álex empezaba a percutirla por detrás, con una cadencia violenta, casi militar. Con cada embestida, el sonido del choque de pieles era como un latigazo. El amante no tenía piedad; con la mano abierta, comenzó a azotar las nalgas de Bárbara. El impacto de la palma contra la carne morena dejaba marcas rojas instantáneas que Rodrigo contemplaba con una erección que ya rozaba el umbral del dolor.

—¡Dime quién te está rompiendo el culo! —rugió Álex, incrementando la velocidad hasta que sus cuerpos fueron solo un borrón de movimiento.

—¡Tú! ¡Solo tú, animal! ¡Lléname! —gritó ella, entregada al clímax.

Ambos llegaron al borde del abismo simultáneamente. Álex hundió su virilidad por última vez, descargando su carga en lo más profundo del recto de ella, mientras Bárbara se convulsionaba en un orgasmo anal que la dejó temblando como una hoja.

Segundos después, el silencio volvió a la habitación, solo roto por las respiraciones pesadas. Bárbara yacía exhausta, con la mejilla contra la colcha. Álex, lejos de mostrar fatiga, se mantuvo de pie a su lado. Como si no acabara de vaciarse, le metió la polla aún palpitante en la boca.

Rodrigo observó con una mezcla de horror y fascinación cómo su mujer, lejos de rechazarlo, comenzó a mamar con una devoción casi mística. Sus mejillas se hundían, sus ojos buscaban los de él.

—Es increíble... —murmuraba ella entre succión y succión, con los ojos vidriosos y fijos en la base de aquel tronco de venas hinchadas—. Qué pedazo de polla tienes, cabronazo... es perfecta, es sagrada... no me canso de tragármela entera. Quiero notar cómo me llenas hasta la garganta y me ahogues con ella.

Bárbara se sumergió en una vorágine de fluidos y carne con una destreza que Rodrigo desconocía por completo. Sus labios, teñidos de un rojo natural por la congestión del deseo, se deslizaban con una lubricidad obscena sobre el glande de Álex, dejando un rastro de babas brillantes que goteaban sobre las sábanas. No se limitaba a la succión; su lengua, ávida y juguetona, trazaba círculos frenéticos alrededor de la corona, mientras sus mejillas se hundían en un esfuerzo por absorber hasta la última gota de esencia de aquel semental.

Con una mano, Bárbara rodeaba la base del miembro, cuya circunferencia apenas podía abarcar, masturbándolo con un ritmo salvaje que acompasaba a sus propios movimientos de cabeza. Con la otra, descendió hasta el escroto de Álex, pesado y tenso como cuero dopado; atrapó sus huevos entre los dedos, amasándolos con una mezcla de delicadeza y fuerza, antes de bajar la cara para lamerlos con devoción, subiendo de nuevo por el perineo en un lametón largo y húmedo que hizo que el muchacho soltara un gruñido gutural. Bárbara emitía pequeños ruidos de satisfacción, una sinfonía de degluciones y respiraciones entrecortadas, mientras sus dedos no dejaban de jugar con el prepucio, llevándolo al límite de la resistencia. Era una exhibición de avaricia sensorial; ella quería poseer cada centímetro de su anatomía, devorando la tranca con una desesperación que convertía el acto en una ceremonia de adoración pagana a la potencia bruta.

—¡Trágatelo todo, zorra, no dejes que caiga ni una gota al suelo! —rugió Álex, hundiendo sus manos en el pelo de ella y tirando con una fuerza que la obligó a mirar hacia arriba, con los ojos anegados en lágrimas de puro placer mientras sentía el acero de aquella virilidad golpear su garganta.

Aquel mandato, cargado de un desprecio que ella recibió como el mayor de los premios, fue el detonante final. El cuerpo de Álex, ese mapa de músculos dopados y tensión química, se arqueó violentamente. Sus muslos se tensaron como cuerdas de acero y, con un par de sacudidas espasmódicas que parecieron nacer de lo más profundo de su anatomía, inundó la boca y la cara de Bárbara de un semen espeso, caliente y abundante. Ella no apartó la mirada; aceptó la descarga como una bendición, manteniendo la boca abierta para recibir el torrente, dejando que el líquido blanco resbalara por sus comisuras y manchara su piel morena en una marca de propiedad que Rodrigo, desde su despacho, contempló hasta quedar sin aliento.

Fue en ese preciso instante cuando Rodrigo, en la soledad de su despacho, no pudo más. Soltó un grito que se ahogó en las paredes insonorizadas, un aullido de puro placer de cornudo humillado. Su propia eyaculación saltó como una saeta, una descarga violenta que manchó sus pantalones de traje y su camisa, dejando un mapa de su propia capitulación moral sobre la ropa cara. Se dejó caer en la butaca, con el pecho subiendo y bajando, mientras el sudor frío le empapaba la frente.

Pasaron los minutos. Rodrigo, con las pulsaciones volviendo lentamente a la normalidad, limpió superficialmente el desastre de su regazo y volvió a mirar la pantalla. Álex seguía allí, como una máquina percutora perfectamente engrasada que no conocía el descanso. Había vuelto a penetrar a Bárbara, esta vez de frente, con las piernas de ella enroscándose en su cintura musculada como una boa constrictor, buscando el contacto total de sus vientres.

Las acometidas eran ahora más lentas, más profundas, clavándose hasta el tuétano en cada empuje. Bárbara parecía haber entrado en un trance, una comunión de carne con aquel chaval que representaba todo lo que la civilización de su matrimonio no podía ofrecerle.

Rodrigo cerró la ventana del navegador. El "cinemascope" de su propia degradación había terminado por hoy. Se quedó a oscuras, con el olor de su propio semen flotando en el aire del despacho y la imagen de su mujer, la madre de sus hijos, cubierta por el rastro de otro hombre grabada a fuego en su retina.

La noche del jueves cayó sobre la casa con una pesadez asfixiante. El aire en el salón, saturado por el aroma a lavanda de los suavizantes y el olor a limpio de los niños recién bañados, le parecía a Rodrigo una farsa insoportable. Él estaba sentado en su sillón de orejas, un libro abierto sobre el regazo que no había avanzado una sola página en una hora. Sus ojos, sin embargo, no se apartaban de Bárbara.

Ella estaba allí, a escasos tres metros, arrodillada sobre la alfombra mientras ayudaba al pequeño de seis años a encajar las piezas de un puzle. Llevaba unos leggings negros y una sudadera gris, el uniforme de la madre suburbana, cómoda y despojada de artificio. Su rostro, lavado y sin rastro del maquillaje que lucía por la mañana, irradiaba una paz casi angelical.

Rodrigo la diseccionaba con la mirada. Analizaba la curvatura de su espalda, la misma que horas antes se arqueaba bajo el peso de aquel animal de gimnasio. Observaba sus manos, las que ahora acariciaban el pelo del niño con una ternura infinita, y no podía evitar verlas cerradas sobre la nuca de Álex, tirando de él con la fuerza de una posesa.

—¿Te pasa algo, cari? —preguntó ella sin levantar la vista del puzle—. Estás muy callado.

—Cansancio. La reunión fue agotadora —mintió él, saboreando el metal amargo de la doble vida.

Bárbara se levantó con una agilidad que a Rodrigo le dolió. Sus músculos, seguramente todavía resentidos por la embestida de aquel semental, no daban muestras de fatiga. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Rodrigo sintió un calambre eléctrico. ¿Llevaría aún el rastro de Álex en su interior? ¿Estaría ese fluido ajeno, que él había visto manchar su cara en la pantalla, ahora filtrándose en su torrente sanguíneo, transformándola silenciosamente?

En su cabeza, Rodrigo disparaba preguntas como ráfagas de ametralladora. ¿En qué momento la madre modelo y la esposa eficiente se había convertido en esa leona insaciable? ¿Era la monotonía, como él sospechaba, o había algo más oscuro, un componente psicopático en su capacidad para compartimentar su vida de aquella manera tan cínica?

La veía sonreír a los niños y se preguntaba si, mientras les servía la cena, recordaba el sabor de la polla de Álex. ¿Compararía el tacto de las sábanas de hilo del chalet con el de su cama matrimonial? Y lo más perturbador: ¿era él, Rodrigo, el responsable de aquel despertar? Quizá su propia decencia, su respeto excesivo, su forma de follarla "con amor" y cuidado, había sido la cárcel que la empujó a buscar el castigo físico de un desconocido.

—Voy a acostar a los niños —anunció ella, dándole un beso fugaz en la mejilla—. Luego, si quieres, podemos ver esa serie... o lo que te apetezca.

Ese "lo que te apetezca" sonó en los oídos de Rodrigo como un desafío. Ella se alejó por el pasillo, con ese movimiento de caderas que ahora él sabía que era capaz de dibujar ochos en el aire mientras absorbía la virilidad de un extraño.

Se quedó solo en el salón, rodeado de las fotos familiares: las vacaciones en la nieve, el bautizo del mayor. Todo parecía ahora un decorado de cartón piedra. El morbo, lejos de disiparse con la cercanía de la realidad, crecía. Rodrigo cerró los ojos y volvió a ver la imagen de la pantalla: Bárbara, de rodillas, con la cara bañada en leche, adorando a un dios de gimnasio.

Se preguntó si ella sospechaba algo. No, su cinismo era demasiado perfecto. Ella creía que él era el marido ciego, el proveedor aburrido. Y él, por primera vez en su vida, se sentía dueño de una verdad superior. No era un cornudo al uso; era el director de una obra de teatro donde ella era la actriz principal y él, el único espectador con derecho a la fila cero.

¿Le daría asco tocarla esta noche? Al contrario. Sentía un hambre nueva, una necesidad de poseer a esa mujer que ahora sabía que era una completa desconocida. Quería follarla sabiendo que otro la había roto horas antes. Quería buscar en su cuerpo el eco de los azotes de Álex.

La respuesta a sus preguntas no habitaba en los libros de psicología, sino en la geografía del instinto. Bárbara no era una víctima pasiva de la rutina; era una mujer que había vivido en un letargo de seda hasta que un roce accidental en el gimnasio —el contacto del antebrazo sudado de Álex contra su piel mientras él la corregía en una máquina— disparó una corriente eléctrica que hizo saltar los plomos de su moralidad.

Aquel día, al mirar el físico hipertrofiado del chaval, Bárbara no sintió rechazo por su vulgaridad, sino un hambre súbita de ser dominada por algo que no fuera el intelecto o el cariño. El tonteo inicial fue una prueba de fuego, un juego de espejos donde ella descubrió que su verdadera naturaleza no era el de la madre abnegada, sino la de una mujer cuya libido solo se encendía ante la fuerza bruta y el desprecio sexual. Álex fue el reactivo químico que reveló la imagen oculta en el negativo de su alma. Rodrigo, el arquitecto que creía haber diseñado un hogar indestructible, acababa de encontrar el plano de su propia perdición al comprender que el edificio de su matrimonio se había alzado sobre un sótano de depravación que él nunca se atrevió a excavar.

Cuando Rodrigo entró en el dormitorio, el aire estaba cargado con el vapor del baño. Bárbara se deslizaba entre las sábanas de seda blanca, las mismas que horas antes, en su versión de hilo rústico, habían sido testigo de su capitulación. Él se desvistió despacio, observando su propia piel, la de un hombre de cuarenta años que mantenía la forma pero carecía de la insultante rotundidad de aquel animal de gimnasio.

Se metió en la cama. El silencio era un muro de hormigón entre ambos.

—¿Te pasa algo, Rodrigo? —murmuró ella, acercándose, buscando su calor con una naturalidad que a él le pareció la obra cumbre del cinismo humano—. Te noto... tenso.

Ella apoyó la cabeza en su pecho. Rodrigo sintió el aroma de su champú de almendras, pero su mente, infectada por los píxeles de la pantalla, solo podía evocar el olor a sudor y a fluido ajeno. Sus dedos descendieron por la espalda de Bárbara, recorriendo la columna vertebral, imaginando las marcas invisibles de los dedos de Álex hundiéndose en su carne morena.

—Nada, cariño —respondió él, con una voz plana, carente de juicio, que resonó en el silencio del dormitorio—. Solo estaba pensando en el trabajo. En cómo a veces las estructuras más sólidas esconden grietas que nadie se atreve a mirar... y en lo fascinante que es descubrir qué hay dentro de ellas.

Bárbara soltó una pequeña risa relajada, creyendo que su marido simplemente se perdía en sus metáforas de arquitecto, y apoyó la cabeza en su pecho. Rodrigo sonrió en la penumbra. El nivel de depravación de ella no residía solo en lo que hacía con Álex, sino en la perfección de su máscara. Ella era una arquitecta de la mentira tan hábil como él lo era de los edificios.

En ese momento, él comprendió que no quería denunciarla. No quería el divorcio, ni siquiera quería enfrentarla. Lo que quería era seguir alimentando al monstruo que acababa de nacer en su interior.

Él la agarró por la nuca, no con la suavidad del marido devoto, sino con una brusquedad nueva, una imitación consciente de la violencia que había presenciado en el monitor. Bárbara soltó un pequeño jadeo de sorpresa que rápidamente se transformó en algo más profundo, una respuesta instintiva al cambio de energía. Rodrigo hundió la cara en su cuello, buscando el eco de la posesión ajena. En la oscuridad del dormitorio, el matrimonio ya no era una unión de afecto, sino un pacto de sombras. Rodrigo cerró los ojos y, mientras empezaba a poseer a su mujer buscando el rastro de Álex en su interior, supo que el próximo jueves estaría de nuevo frente a la pantalla, esperando su dosis de veneno, convertido en el autor intelectual de su propia y excitante deshonra.

Dios había sido cicatero con su físico, pero el destino le había otorgado el papel más morboso de todos: el del hombre que lo sabe todo y, precisamente por eso, goza como nunca antes lo había imaginado.