Xtories

El mirón del cine 4

El plan era humillarlo, pero el viejo mirón tenía otros planes. Ahora, en los baños del cine, Santi no es el dueño de la situación, sino el testigo obligado de cómo su esposa se entrega a un desconocido y a un segurata. ¿Podrán resistirse a la tentación de volver a ser los espectadores de su propia degradación?

David Lovia9.9K vistas9.1· 16 votos

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El plan inicial ya hacía tiempo que se había directamente a la mierda. De hecho, no había ni rastro de él. Nuestra intención inicial era echar un polvo delante del viejo, para darle un escarmiento y al final habíamos terminado en los aseos del cine, conmigo vigilando la puerta mientras el mirón se follaba a mi mujer delante del segurata.

Todo muy surrealista.

Y a pesar de la peculiar situación, y aunque me había corrido antes, volvía a estar empalmado y muy caliente, igual que el día que el viejo se folló a mi mujer delante de mí. Ese día descubrí que me gustaba ver a Silvia con otros hombres, y durante todos estos meses había querido apartar esa idea de mi cabeza, pensando que aquello que ocurrió fue algo excepcional y que no se iba a volver a repetir. Pero tenía que asumir mi realidad.

Me acababa de convertir en un pobre cornudo y mi mujer se volvía loca con la enorme polla del viejo mirón.

Aunque no me gustaba nada la idea de dejarla sola con esos dos elementos, así que abrí la puerta y me asomé al baño. Ahora ella y el viejo estaban discutiendo, y Silvia negaba con la cabeza. Al menos le estaba poniendo un poco de cordura y parecía que no quería masturbar al segurata, que impaciente, asistía a la conversación con la polla en la mano.

―Dijiste que ella me iba a hacer la paja... ―insistió Bartolo.

―Que sí, pesado, espera un momento, lo estamos hablando... ―le cortó el viejo, que por unos instantes ya no lo tenía todo bajo control.

―Y tú vigila la puerta ―me gritó apuntándome con la porra.

―Silvia, ¿estás bien? ―pregunté yo desde la otra punta.

―Está estupendamente ―contestó el mirón―. ¿A que no te importa que le haga una paja a este?

―Silvia deberíamos irnos, no me gusta esto...

―¿Qué pasa?, ¿se decide o no? ―se impacientó el vigilante.

―Acércate y tócale las tetas, ¡¡mira, qué berzas tiene la puta esta!! ―le pidió el mirón.

Bartolo avanzó dos pasos despacio y estiró la mano, rozando los pechos de Silvia con extremada delicadeza, como si le diera miedo hacerle daño al tocárselos.

―Pero, apriétaselos bien, hombre... ¿ves cómo le gusta? ―dijo el mirón cuando gimió Silvia.

Luego se agarró la polla y la puso a la entrada de su coño, mi mujer se inclinó hacia delante y sus pechos cayeron colgando como dos ubres sobre las manos del segurata, que comprobó el peso y el tacto que tenían.

―¿Quieres que te folle? ―preguntó el viejo sabiendo la respuesta.

―Sí, vamos, métemela ya, aaaaah... ―le pidió Silvia abriéndose más de piernas.

―Tiene buen culo también, ¿eh? ―le comentó a Bartolo, que se quedó mirando incrédulo las marcas de las manos, en la suave piel de sus glúteos.

―Joder, tío, te has pasado, lo tiene muy rojo...

―No te preocupes, a esta zorra le encantan unos buenos azotes... no veas cómo gime cada vez que le doy... ¿qué pasa? ¿te gustaría sacudirla un poco?

―¿Pu... puedo hacerlo? ¿Me dejaría hacerlo a mí?―preguntó volviendo a tartamudear.

―Pues claro, a la rubia no le importa..., podemos llegar a un acuerdo, mira, nos olvidamos de la paja y te dejo que le sueltes unos azotes, te parece bien, rubia, ¿verdad? ―dijo el mirón subiendo el vestido de Silvia para que Bartolo pudiera admirar los potentes glúteos de mi mujer―. ¿Has visto que culazo tiene?

―Aaaaah, aaaaah, vamos, métemela ya, ufffff... no puedo más ―le imploró Silvia agarrándole de la manga de la camisa.

―Espera, que este quiere castigarte un poco, estamos cerrando un trato... ―la calló el viejo―. Entonces quedamos en eso, nos olvidamos de la paja y a cambio te dejo que azotes su culo y que nos veas follar... ―le ofreció al vigilante, al que se le había iluminado el rostro.

Este ni lo dudó y se acercó a ellos. El viejo había encontrado su fetiche en unos minutos.

―Cinco azotes... ―negoció agitando la porra delante de ellos, como si estuvieran regateando―. Hay que castigar a la rubia por incumplir la ley...

El viejo se inclinó sobre la espalda de mi mujer y estranguló sus tetas, apretándoselas con mucha fuerza. Silvia gritó de dolor y le suplicó que se la volviera a follar.

―Por favor... por favor, aaaaah... métemela...

―Deja que este tío te dé unos azotes y te aseguro que después te voy a echar el polvo de tu vida... hazme caso ―le aseguró el mirón retirándose mientras le subía el vestido para desnudar el culo de mi mujer―. Ven aquí, amigo, es toda tuya...

Salí fuera para echar otra ojeada y rápidamente volví a los aseos. Aquello no quería perdérmelo. La cara de Bartolo se había transformado y ahora parecía un puto sádico empuñando con fuerza su porra, mientras le colgaba la polla de la bragueta.

9

El viejo estaba apoyado contra la pared, con la camisa abierta y una sonrisa de suficiencia. Me miró y afirmó con la cabeza. El muy cabrón seguía con la polla dura apuntando hacia el culo de mi mujer y se la agarraba con la mano, sacudiéndosela despacio, intrigado como yo por lo que estábamos a punto de presenciar.

El segurata se acercó a Silvia y con la porra en paralelo al suelo atizó con fuerza en medio de sus dos nalgas. ¡¡PLAS!!

Mi mujer gimoteó en bajito y se puso de puntillas, mordiéndose los labios y buscando algo a lo que agarrarse, pero sus manos se deslizaron por los azulejos de la pared sin encontrar un apoyo y Silvia hundió la espalda, sacando todavía más el culo hacia fuera. Bartolo, recreándose en lo que acababa de hacer, se cogió la polla y se pegó un par de sacudidas, observando la marca de su porra en los glúteos de Silvia.

―Has cometido un delito de exhibicionismo y eso tienes que pagarlo, si no queréis que llame a la policía tendré que castigarte yo ―dijo acercándose a ella y pasándole la porra por los dos cachetes.

El siguiente azote fue igual que el primero, duro, seco y resonó en todo el aseo. ¡¡PLAS!!, pero esta vez el chillido de Silvia fue de dolor.

―¡¡¡AAAAAHHHHH!!! ―gritó volviéndose a tensar de puntillas acercando la cadera a la pared.

Pensé en intervenir, no podía dejar que aquellos dos individuos se aprovecharan así del calentón de mi mujer y me acerqué hasta ellos, sin embargo, Silvia, se inclinó otra vez, sacando el culo en una pose muy sensual. Su cara era de dolor, placer y morbo a partes iguales, y en sus glúteos ya se mezclaban las marcas de la mano del mirón con la porra del segurata, que ahora se meneaba la polla contemplando su hazaña.

Entonces Silvia se metió la mano entre las piernas y comenzó a masturbarse, el calor de los golpes que estaba recibiendo habían conseguido encenderla todavía más. Era increíble. Y allí se abrió de piernas dispuesta a seguir siendo castigada, sabiendo que después vendría su premio.

Ser follada por el mirón..., y al fin conseguir que se corriera.

Le miró desafiante al vigilante, que ahora parecía no tener prisa y le incitó a que siguiera golpeándola. No solo eso. Incluso le provocó.

―¿Eso es todo lo fuerte que puedes darme? ―le preguntó con la respiración agitada.

―Vaya, vaya, así que a la rubia le está gustando que le den caña... ¿has visto, panoli?... a tu mujercita le gustan los hombres de verdad... ―intervino el viejo.

El segurata se soltó la polla y se quedó mirando con rabia el culo de Silvia. Esta vez puso la porra en vertical sobre su glúteo izquierdo, lo apoyó dos veces en él y la sacudió de arriba abajo de refilón, ¡¡¡PLAS!!!, haciendo que mi mujer se pusiera de puntillas, tensando su culo después del impacto.

―¡¡Diosssss!! Ahhhhgggg... ―chilló.

―¿Eso ha dolido, eh, rubia?, yo que tú no le provocaría mucho... ―le advirtió el mirón.

―¿Así de fuerte te gusta o quieres más? ―preguntó Bartolo al que parecía que se le había puesto más dura.

Silvia echó los pies hacia atrás sin dejar de mirarle, y volvió a colocarse en posición, con la cara apoyada en la pared, la espalda curvada y el culo hacia fuera.

―¿Quieres más, eh? ―dijo pasando la porra por sus dos glúteos, haciéndola desear su cuarto azote.

Bartolo se acercó a ella y la cogió por el pelo.

―¡Ahora no te muevas, ya casi hemos terminado!

Levantó la porra y la dejó caer sobre su culo golpeándola todavía más fuerte, ¡¡¡PLAS!!!, pero esta vez no se conformó con un solo azote y le soltó el siguiente porrazo casi de seguido, ¡¡¡PLASSSS!!!

Ya le había dado los cinco cachetazos acordados. Sin embargo, seguía agarrando a Silvia por el pelo y mi mujer no había cambiado su posición ni un milímetro.

―Sigue, no te pares ahora, la has dejado en lo mejor ―le pidió el mirón.

―¿Se... seguro?, ¿puedo seguir un poco más...? ―preguntó el segurata sin tenerlo muy claro.

―Pues claro, ¿no ves que la muy puta ni se ha movido y está jadeando como una perrita?

Y entonces, sin soltar su pelo, comenzó a azotar el culo de mi mujer con su porra. No la golpeaba tan fuerte como antes, pero eran impactos mucho más seguidos y Silvia cerró los ojos, gimiendo a cada gomazo que recibía y metiéndose la mano entre las piernas para acariciarse.

Un minuto más tarde, le soltó el pelo y dejó de castigar a mi mujer. El mirón y yo no entendíamos qué estaba pasando, pero lo descubrimos pronto cuando Bartolo se acercó a Silvia meneándosela a toda velocidad y acto seguido, comenzó a eyacular sobre su enrojecido culo.

―Ooooooh, oooooh, ¡toma, tomaaaa, esto es para ti!

Silvia gritó de placer, como si el semen de aquel tipo la hubiera quemado la piel y dejó que él cubriera sus dos glúteos de leche, con varios lefazos que atravesaron su culo.

Exhausto por la corrida, restregó su pingajo por la piel de mi mujer y luego se guardó rápidamente la polla en los pantalones.

―Venga, daros prisa y terminad... si viene alguien os escondéis... yo me voy a dar una vuelta y cuando vuelva no os quiero ver por aquí ―dijo el segurata poniéndose el walkie en el cinturón antes de salir del aseo.

Y otra vez nos quedamos solos el viejo mirón, Silvia y yo.

―Muy bien, rubia... sabía que te iba la marcha, pero no me imaginé que tanto... joder, otra vez te han puesto perdida. Tú, ven aquí... ―me ordenó el viejo―. Si quieres que me la folle limpia esto...

―Yo no voy a limpiar eso ni de coña... ―le respondí.

Entonces Silvia, se inclinó sobre la pared, y se abrió de piernas, ofreciéndole el culo para ser follada y me miró. Esta vez no me lo pidió por las buenas.

―¡Vamos, Santi, ven aquí y hazlo de una puta vez!... y si quieres te haces una paja mientras me folla..., pero hazlo ya..., mmmmm, ¡no puedo más! ―me ordenó con la voz quebrada.

10

No fue plato de gusto tener que limpiar la abundante corrida de Bartolo en el culo de mi mujer. Le pasé un poco de papel retirando los restos y Silvia me dio una toallita húmeda para dejárselo al gusto del mirón.

Ya había caído tan bajo, que me dio igual humillarme un poco más, había visto cómo ese tío se follaba a Silvia después de que ella se la hubiera chupado, había dejado que me diera una cachetada delante de mi mujer y ni le respondí y por último, el pervertido segurata le había azotado el culo con su porra para después correrse encima de Silvia.

Y lo peor de todo es que me encontraba cachondo como nunca. Lo mismo que mi mujer, que buscó entre sus piernas la polla del mirón para acomodársela a la entrada de su coñito.

Me la saqué delante de ellos y comencé a meneármela mientras el viejo se lo hacía desear a Silvia un poco más.

―¿En serio te has casado con este mierda? ¿Qué clase de hombre se hace una paja mientras se follan a su mujer? ―preguntó―. Anda, dile que es un mierda y que quieres que te folle...

Silvia se volvió hacia mí y con cara de guarra, el pelo sudado pegado en la frente y sus tetazas colgando, me miró a los ojos.

―Mmmmm, sí, eres un mierda..., y un cornudo..., ¿ahora te vas a hacer una paja? ―y luego se giró hacia el viejo―. Vamos, no seas tan cabrón y métemela ya... ¡¡¡AAAHHHHHHHH!!!

No le dio tiempo a terminar la frase y le clavó la polla hasta el fondo, haciendo que a mi mujer se le escapara un tremendo gemido. Él apoyó las rudas manos en su cintura y al igual que la primera vez, se la folló con golpes secos, pero espaciados entre sí en unos dos segundos. Era una manera extraña de hacerlo, pero al parecer le encantaba a mi mujer, que abandonándose al placer, se metió la mano entre las piernas para acariciarse el clítoris.

El viejo no tenía prisa, a pesar del inminente orgasmo de Silvia, y me miró un par de veces, viendo cómo me masturbaba, mientras se follaba a mi mujer. Yo me la meneaba muy despacio, porque no quería terminar antes que ellos y él pasó las manos hacia delante, atrapando los pechos de Silvia.

Otra vez lo tenía todo bajo control, sin embargo, su cara se cambió en un instante, y dejó de embestir a Silvia, que había subido el nivel de sus gemidos y el movimiento de su culazo.

―¡¡Mierda!! ―exclamó el viejo―. Para, rubia, para, joderr... para, para..., te lo digo en serio... ―le rogó echándose hacia atrás.

―Vamos, sigueeeeee, aaaaah, aaaaah, aaaaah...

―No te muevas, zorra, o me corro... ―le pidió el mirón quedándose quieto, con el culo pegado a la pared y apoyando las manos en la cintura de Silvia.

―No la saques ahora, ni te ocurra, me da igual... mmmmm... puedes terminar dentro si quieres, pero no la saques, ¡¡¡¡aaaaaahhhhhhh!!!

El culo de Silvia fue tras él y no permitió que el mirón se saliera de su interior, era acojonante ver cómo mi mujer lanzaba su voluminoso trasero contra su cuerpo, haciendo que sus glúteos chocaran fuerte contra la incipiente barriga de él.

¡Ahora era mi mujer la que se estaba follando al viejo!

Al final se rindió, y el mirón apoyó las manos en la espalda de Silvia dejándose llevar. No debía estar acostumbrado a correrse tan rápido, pero cuando mi mujer comenzó a chillar, golpeando con su culazo a toda velocidad contra él, subió la cabeza hacia el techo y cerró los ojos intentando retrasar lo inevitable.

Entonces lo vi, la cara de satisfacción de mi mujer, que orgullosa, no se había olvidado de su principal objetivo y ahora lo iba a conseguir. Hacer que ese cabronazo se corriera. Se le escapó una sonrisa lasciva cuando sintió un primer disparo dentro de ella y se abandonó a su propio placer.

―¡¡¡¡AAAAAHHHHHH, AHHHHHHHH!!!!! ―se mezclaron los gritos de los dos en un orgasmo simultáneo.

―Ooooh, oooooh, oooooh, oooooh...

Yo dejé de masturbarme, y observé cómo Silvia no paraba de embestirlo con su culo mientras se corría, a la vez que él vaciaba sus huevos en el coño de mi mujer. Aquel ruido, cuando chocaban era hipnótico.

―Oooooh, rubia, oooooh, ¡¡eres tremenda, joder!!, ooooh...

Todavía se quedaron unos segundos más con la polla de él disfrutando del calor del interior de Silvia y jugueteando con los pezones de mi mujer entre sus dedos, hasta que Silvia retiró la mano que tenía metida en las piernas para apoyarlas contra los azulejos, echándose hacia delante.

La enorme verga del viejo salió de ella y contemplé, alucinado, cómo comenzó a brotar el semen de su coño, cayendo hacia el suelo.

¡¡Menuda lefada le había regalado a mi mujer!!

Cuando se recompuso le dio la vuelta a Silvia para quedarse frente a frente, y buscó su boca dándose un morreo con ella. Lo peor de todo fue que mi mujer le correspondió, metiéndole la lengua de forma soez, jugando con los pelos de su pecho y dejándose manosear otra vez el culo.

―Eres la hostia, rubia..., me encantaría seguir viéndote, ¡quiero emputecerte bien, tienes mucho potencial!, nunca había conocido a una hembra como tú, conmigo no te vas a aburrir, te lo aseguro... piénsalo, ya sabes dónde encontrarme... ―dijo el viejo azotando una de sus tetas antes de salir―. Adiós, campeón... ―se despidió al pasar a mi lado.

Entré en el reservado con Silvia y cerré la puerta, echando el cerrojo. Era absurdo, después de todo lo que había pasado, pero mi mujer sabía de mis intenciones al verme con la polla fuera.

―Date la vuelta, por favor ―le rogué.

Ella volvió a ponerse de la misma manera en que se la había follado el viejo, aplastando sus melones contra los azulejos y por la abertura del vestido fui tirando hasta desnudar su culo. Sacó las caderas hacia fuera y yo me puse detrás, metiendo la polla entre sus piernas.

No me costó encontrar su coño abierto y sensible, desprendía un calor exagerado y la penetré con una insultante facilidad. Estaba muy mojada, mezcla de sus propios jugos, pero sobre todo por la corrida del mirón y apoyando las manos en su cintura y viendo las marcas rojas en sus glúteos la embestí seis o siete veces antes de vaciarme con unos gemidos patéticos.

Ni se enteró de que me la acababa de follar, y yo apenas sentí nada en mi polla, de lo dilatado que tenía su coño, pero me encantó metérsela después de que otro tío acabara de descargar en su interior.

¡Fue una sensación indescriptible y adictiva!

Avergonzado, me salí de ella y mi mujer se recompuso el vestido guardándose las tetas dentro. Dejó las braguitas tiradas en el suelo y sin decir nada fuimos hasta el coche.

Silvia estaba seria y muy callada, pero podía seguir viendo el fuego en sus ojos. El orgasmo que había tenido con el mirón no había calmado su calentura y algo tenía en mente. Y cuando llegamos a casa volvimos a follar, esta vez completamente desnudos en nuestra cama.

Al terminar, Silvia se quedó con las piernas abiertas, sudorosa y jadeante y me miró con cariño mientras me acariciaba el pecho. Pensé que me iba a pedir perdón por lo que había pasado en los baños, y entonces me soltó con voz sensual.

―¿Te apetece que volvamos otro día al cine?…, lo hemos pasado muy bien, ¿no?

...

Aquella fecha tan especial salió un día de perros. Después de doce años como novios Silvia y yo nos casamos en la catedral y lo interpreté como una señal positiva que estuviera lloviendo, pues cuando nos conocimos en la cafetería también caía agua a mares.

Y Silvia no podía estar más espectacular ese día.

Con los nervios de la boda había perdido seis kilos, y se le notaba sobre todo en la cara y en el pecho, pero a pesar de eso seguía luciendo un espectacular escote palabra de honor que hizo las delicias de los invitados. En especial de Martín.

Mi mejor amigo continuaba igual de ligón que siempre, con el paso de los años no había sentado la cabeza y por su trabajo, como comercial de ventas en una gran empresa de alimentación, se pasaba la mayor parte del tiempo viajando, por lo que era muy difícil que lo hiciera. Me seguía contando sus andanzas con las mujeres, que no eran pocas y aquella noche después de la cena no desaprovechó la oportunidad de pegarse un par de bailes con mi mujer.

Luego coincidimos en la barra, el muy cabrón ya había encontrado una nueva víctima y charlaba con una de las compañeras de trabajo de Silvia, aunque al verme se disculpó con ella y me dio un abrazo.

―Ey, tómate una copa conmigo, tío... ―me pidió en evidente estado de embriaguez.

Yo le acompañé y nos pedimos un par de copas en la barra libre.

―Me alegro mucho por ti, Santi, te lo mereces.

―Gracias, Martín.

―Al final te quedaste con la mejor, eh...

―¿Con la mejor?

―Sí, aunque si no llega a ser por mí jamás habrías conocido a Silvia, ¿o no te acuerdas?, aquella tarde en la cafetería...

―Es verdad..., aunque te recuerdo que ese día le entraste a mi mujer.

―Bueno, todavía no lo era, y además me rechazó, ¡pero si ni tan siquiera te habías fijado en ella!

―Pero tú sí, ja, ja, ja.

―Como para no hacerlo, joder, que no te siente mal, eh, ¡pero Silvia tenía las mejores tetas de toda la universidad!, ja, ja, ja.

―¡Qué cabrón!, es verdad, ¿cómo la llamaste ese día?, ah sí, gordibuena..., me dijiste que esas gordibuenas eran las mejores.

―Sí, veo que te acuerdas.

―Y tengo que darte la razón.

―Lo sé. Mira, Santi, en la uni me follé a muchas tías, seguramente a más de 50, pero las habría cambiado a todas por pasar una noche con Silvia, así que ¡enhorabuena!

―¿En serio?, ¡qué hijo de puta!

―Sí, te lo digo ahora porque eres un gran amigo y tenemos confianza para decirnos cualquier cosa... y porque estoy borracho, ja, ja, ja..., quizás Silvia siempre ha sido mi espinita clavada, pero cuando empezó a salir contigo no pude volver a intentarlo con ella, eso lo respeto mucho y tú..., ya no la dejaste escapar. ¡Bien hecho, tío!

―Muchas gracias.

―Eso sí, una cosa más te digo, ojalá te vaya muy bien con Silvia y todo eso, pero si algún día os separáis... ―dijo agarrándome por el cuello de broma―, que no te quepa duda de que la buscaré y volveré a intentarlo otra vez, ja, ja, ja...

No pude ni contestarle porque enseguida llegaron otros amigos de la pandilla y los muy cabrones me levantaron en volandas para llevarme a la pista. Unos minutos más tarde regresé a la barra, Martín no perdió el tiempo, y en mi ausencia sacó a bailar a mi mujer. Y mientras les observaba recordé la conversación que acababa de tener con mi mejor amigo.

El muy cabrón me acababa de reconocer que le ponía Silvia y que si en un futuro nos separábamos, él estaría ahí, para volver a entrarle. Había sido la espinita clavada que se le quedó en la universidad.

Una de las pocas que no se pudo follar.

Y ahora allí estaba, bailando con mi mujer, pasado de copas, apoyando la mano peligrosamente cerca de su culo y diciéndole cosas al oído mientras le miraba descaradamente las tetas. Silvia se reía con las ocurrencias de mi amigo, y a pesar de lo solicitada que estaba, pues era la reina de la noche, Martín la convenció para repetir y bailar una segunda canción consecutiva.

Desde siempre me había gustado ver cómo los hombres deseaban a Silvia, fue algo que descubrí casi desde el principio de la relación, cuando éramos novios en la uni, pero ese día sentí algo distinto, y es que por primera vez me excité viendo a mi mujer con otro hombre. Una fugaz instantánea se me pasó por la cabeza y los visualicé juntos, en la cama. Follando.

Aquello me excitó mucho y lo achaqué al alcohol y a la euforia por haberme casado con aquella voluptuosa rubia tan morbosa, pero aparté esa imagen de mi mente. Silvia era mi mujer y eso no estaba bien.

Y enseguida retomé la fiesta, olvidándome para siempre de esa fantasía.

Terminamos la celebración destrozados, cansados, borrachos, tan pasados de alcohol que ni tan siquiera pude acostarme con Silvia en nuestra noche de bodas. El que sí triunfó fue Martín, y unas semanas más tarde nos enteramos de que se había follado a la compañera de trabajo de Silvia con la que yo le pillé tonteando en la barra.

Un año y medio después nació nuestra primera hija, y Silvia ya no volvió a ser la misma al termino del embarazo, era como que se avergonzaba de su cuerpo después de haber presumido tantas veces de él y además, a partir de ahí la actividad sexual entre nosotros se fue volviendo más y más rutinaria y espaciada en el tiempo.

Hasta que aquella fatídica noche se cruzó en nuestra vida el mirón del cine...

El mirón del cine 3

El plan fue un verdadero desastre. Ridículo, absurdo, sin sentido, y yo me encabezoné en llevarlo a cabo. Le di el coñazo a Silvia hasta la extenuación durante varios meses, y es que me puse tan pesado que no le quedó más remedio que aceptar mi alocada proposición. No sé en qué momento pensé que era buena idea montárnoslo en el cine delante del viejo mirón para restregarle los encantos de Silvia y que supiera que jamás iba a volver a ponerle una mano encima a mi mujer.

Y nada salió como había fantaseado.

El viejo se volvió a follar a Silvia y en una escena surrealista se la llevó a los baños de los cines e hizo con ella lo que le dio la gana. Y no solo eso. También dejó que el segurata del centro comercial participara y azotara el culo de mi mujer con su porra y que después se hiciera una paja y eyaculara sobre su enrojecida piel.

Contemplé atónito la escena, sumiso, excitado y después el viejo se folló a Silvia en uno de los reservados hasta correrse dentro de ella. Cuando terminó con mi mujer la dejó allí, de pie contra la pared, con las braguitas bajadas, las tetas fuera y su corrida llenando las tripas de mi querida esposa.

Me dio tanto morbo verlo que no me pude resistir y terminé follándomela en los mismos baños después de que ese cerdo lo hiciera. No me importó que él se acabara de derramar en su coño, incluso eso hizo que todavía me pusiera más caliente y embestí a Silvia sujetándola por la cintura.

Pensamos que lo que pasó la primera vez había sido un error, fruto de la calentura que teníamos cuando el viejo llegó y se sentó a nuestro lado, pillándonos desprevenidos, pero en esta segunda ocasión ya no teníamos ninguna excusa. Yo había dejado que ese pueblerino me abofeteara, que me humillara, y que después se follara a mi mujer delante de mis narices.

¡No podía haberme comportado de manera más patética!

Lejos de avergonzarme, todo eso me había excitado. Y Silvia me había visto con la polla dura mientras el viejo la destrozaba desde atrás. Regresamos del centro comercial a casa en silencio, ninguno de los dos dijo ni una palabra en el coche, yo sentía unos nervios y un cosquilleo en el estómago que me tenía eufórico y confundido, sin entender lo que había pasado en el cine.

¡Ver cómo se follaban a mi mujer había sido una sensación indescriptible!

En casa volvimos a hacerlo, Silvia seguía caliente, con el corazón acelerado, las mejillas encendidas, los pechos duros y sensibles, y echamos un polvo salvaje, agresivo, sacando nuestros instintos más primarios. Y al terminar mi mujer se quedó bocarriba en la cama, desnuda, con la respiración agitada y me preguntó.

―¿Te gustaría volver al cine otro día?

No supe ni qué contestar, pero tuve que ponerme encima de ella otra vez y se la volví a meter hasta los huevos. Y no la saqué hasta que me corrí. No podíamos parar de follar, terminábamos y no se nos pasaba el calentón.

Así hasta que dos horas más tarde Silvia salió de la cama y se pegó una ducha mientras yo le esperé sin dejar de pensar en lo que nos había dicho el viejo antes de despedirse. El muy cerdo se había ofrecido para emputecer a mi mujer. Y lo que era peor.

Silvia parecía dispuesta, o no me hubiera preguntado lo de volver al cine.

Al día siguiente no mencionamos lo que había pasado y jamás volvimos a hablar del asunto, al igual que la primera vez. Además, mi mujer estuvo varias semanas haciéndose analíticas y visitando al ginecólogo para asegurarse de que aquel tipo no le había contagiado ninguna enfermedad.

Había sido una jodida temeridad dejar que ese viejo se la metiera a pelo, pero ese cabrón hacía con mi mujer lo que le daba la gana, como si anulara su voluntad. Por suerte, todos los resultados salieron bien y en un par de meses nos olvidamos de ese incidente volviendo a la rutina diaria.

Es muy difícil seguir con tu vida cuando has vivido una situación así. Aunque no lo comentes en casa con tu mujer, se te viene a la cabeza constantemente, es inevitable, y a nosotros no nos había pasado una, sino dos veces. No puedo decir que fuera algo de lo que me arrepintiera, porque había descubierto todo un mundo lleno de posibilidades, y fueron dos hechos puntuales que disfruté mucho, pero si pudiera dar marcha atrás, sin duda alguna, no lo repetiría, y preferiría que se hubiera quedado tan solo en una fantasía.

Ahora ya no podía hacer nada. Tendría que aceptarlo y vivir con ello. Yo me lo había buscado y no lo impedí cuando pude hacerlo, así que era absurdo lamentarse.

Solo me quedaba pasar página y seguir adelante.

Pero seis meses más tarde volvimos a encontrarnos con el viejo mirón. Fue un día que pasamos con los amigos en el centro comercial, después de comer dejamos a los niños en el parque de bolas y las cuatro parejas de casados entramos en una cafetería para hacer la sobremesa. Entonces lo vi.

Me sorprendí porque no esperaba encontrármelo allí, estaba degustando un café con una morena delgadita bastante atractiva que tendría sobre 40 años. No podía ser su pareja porque no pegaban nada y él parecía muy tranquilo y educado, nada que ver con el hijo de puta que azotaba las nalgas de mi mujer en el reservado de los baños la última vez que nos vimos.

Ocupamos una mesa de la cafetería y Silvia se puso de espaldas al viejo, por lo que no lo pudo ver, pero yo estaba frente a ella y él enseguida nos reconoció. Se me quedó mirando unos segundos y luego volvió a la conversación con la morena que lo acompañaba.

Era una situación muy extraña, tomando café con nuestros amigos, que ni por lo más remoto podrían imaginarse que el señor que estaba detrás de nosotros se había follado a Silvia. Intenté actuar con normalidad, pero era muy complicado seguir con la conversación sabiendo que el viejo estaba pendiente constantemente de nosotros.

Me puse hasta un poco nervioso, no era una situación agradable compartir espacio con nuestros amigos y ese tío, pero según fue pasando el tiempo me fue inevitable recordar lo que había sucedido y hasta me resultaba morboso escuchar a Silvia, hablando con su sobriedad habitual, y justo por detrás de su hombro visualizar al mirón, que seguía atento a lo que hacíamos.

Podíamos haber terminado el café, nos habríamos marchado de allí y quizás hasta dentro de otros seis meses no hubiéramos vuelto a coincidir con él, pero yo no quería marcharme así, y sin saber muy bien por qué, me levanté para ir al baño.

Estaba convencidísimo de que él me iba a seguir y en vez de entrar en un reservado me quedé en un urinario de pared. Apenas me la acababa de sacar cuando sentí que alguien se ponía a mi lado. No tuve ni que mirar, solo con el ruido de la cremallera de sus pantalones al bajar ya supe que era él.

Ese sonido me transportó a la primera vez que se sacó la polla delante de nosotros y casi de manera inconsciente se me puso dura.

―Cuanto tiempo ―fue lo primero que me dijo―. Veo que la rubia sigue igual de buenorra...

Miré hacia él y no supe ni qué contestar. El muy cabrón se sujetaba su enorme verga, que aunque no estaba dura la tenía medio hinchada y soltó un potente chorro de pis que se estrelló contra el urinario. Con una sonrisa burlona se desahogó, soltando una meada abundante que parecía no tener fin, mientras yo con el pito erecto eché unas gotitas y con mucho esfuerzo.

―Pensé que volveríamos a vernos, lo pasamos bien la última vez, ¿no? ―insistió el viejo, sacudiéndosela de manera exagerada.

―Perdona, tengo que irme...

―¿No pensasteis en mi oferta?, que por cierto sigue en pie..., los dos sabemos lo que necesita la rubia, y también que tú no se lo puedes dar ―me dijo con unas palmaditas en la espalda sin haberse lavado las manos después de guardársela en los pantalones.

Avergonzado me giré y fui hasta el grifo, pero él vino detrás de mí. Con toda la naturalidad del mundo se echó un poco de jabón y cruzamos la mirada a través del espejo. Justo en ese momento entró en el baño uno de mis amigos.

―Ey, Santi ―me saludó al pasar a mi lado antes de meterse en un privado.

―Bueno, campeón, no te molestó más, que ya he visto que hoy tenéis compañía ―apuntilló el viejo―. Dile a la rubia de mi parte que está estupenda, ¡ufff, esos vaqueros tan ajustados le quedan de muerte!..., y el sábado que viene estaría muy bien si os pasáis por el cine..., lo voy a dejar en tus manos, seguro que se te ocurre algo para convencer a tu mujercita, yo os espero sobre las diez por la zona de las taquillas, no me falles, ¿eh? ―y se acomodó el paquete.

Mi amigo salió del baño y se puso a mi lado mientras el viejo terminaba de secarse las manos. Se despidió de mí con un “hasta luego” y los dos le contestamos, como si fuera un desconocido, por simple educación.

Volví a la mesa con la cara desencajada y Silvia enseguida notó que algo pasaba. Se me quedó mirando, preguntándome con la cabeza en un gesto imperceptible del que ninguno se percató y yo negué para tranquilizarla. Cinco minutos más tarde el mirón pasó por delante de nosotros con la chica morena y Silvia le siguió hasta la puerta, preguntándose quién era aquel tío que le sonaba tanto.

No lo reconoció de primeras, porque lo vio de espaldas, pero en cuanto procesó quién era el que acababa de salir de la cafetería me miró con los ojos abiertos como platos y esta vez afirmé, levantando las dos cejas. No hizo falta decirnos nada más.

Y ya en casa, estuve con las niñas en su cuarto hasta asegurarme que se quedaban dormidas. Después entré en el baño de nuestro dormitorio y Silvia se estaba desmaquillando frente al espejo todavía en vaqueros y en la parte de arriba con tan solo un sujetador negro.

―Se han quedado fritas las niñas, no me extraña, han estado toda la tarde jugando sin parar... ―y me puse detrás de ella pasando las manos hacia delante para sobar sus pechos.

―Santi, estate quieto.

―¿No te apetece hoy?, es sábado, las niñas están muy dormidas..., no sé, podíamos aprovechar.

―Pues no, no me apetece, estoy cansada.

―Venga, Silvia, ya llevamos más de una semana sin...

―A ti ya veo que sí. No tendrá nada que ver que hayamos visto a ya sabes quién esta tarde, ¿verdad?

―No, claro que no.

―Cuando has vuelto del baño se te había cambiado la cara, ¿me vas a contar lo que ha pasado?

―Estaba sentado detrás de ti, y cuando he ido a mear me ha seguido...

―¿Has hablado con él? ―me preguntó sin dejar de desmaquillarse.

―Sí.

―¡Lo sabía!, ¿y no me lo ibas a contar?

―Lo estoy haciendo ahora, acabamos de llegar a casa.

―¿Qué te ha dicho? ―dijo dándose media vuelta y quedándose frente a mí con los brazos cruzados.

―Bueno, apenas han sido unos segundos, yo tampoco le he hecho mucho caso.

―¡Santi!, que nos conocemos, ¿qué te ha dicho?

―Que pensaba que íbamos a aceptar su oferta...

Silvia frunció el ceño, sin entender a qué se refería.

―Sí, ya sabes, cuando..., bueno, la última vez que nos vimos..., te propuso algo ―susurré avergonzado―, y también me ha dicho que estás muy buena y que esos pantalones te quedaban de muerte...

―¿Te ha soltado eso?, así de primeras.

―Sí.

―¿Y tú qué le has contestado?

―Nada, comprenderás que para mí también ha sido violento, no es que me apeteciera mucho escucharle mientras intentaba mear...

―¡Menudo imbécil!

―Y bueno, esto no te lo iba a decir, pero... antes de irse me ha pedido que te convenciera para ir el sábado que viene al cine, a las diez.

―¡Anda, qué bien!, habéis quedado como dos coleguitas, ¿y qué peli vamos a ver?

―No, Silvia, yo no he quedado con nadie, ni le he contestado, he pasado de él...

―Ah, menos mal.

―Pero no te enfades, ¡no he hecho nada!, me lo he encontrado de casualidad y él ha venido a hablar conmigo, solo eso...

Y ella se giró, reanudando su tarea frente al espejo. Parecía cabreada y no lo entendía, quería hacerme quedar a mí como el malo de esta situación. Es verdad que lo que ocurrió la segunda vez fue por un absurdo plan mío, al que Silvia se negó desde el principio, pero después se dejó follar por él, y eso no estaba previsto, ni yo se lo había pedido. Me acerqué a ella y besé su hombro, volviendo a acariciar sus pechos por encima del sujetador.

―Olvídate de él, vale, perdona, no debería haber dejado que hablara así de ti.

―Pues no... y estate quieto, te he dicho que no me apetece ―me pidió resistiéndose con menos firmeza.

―Aunque bueno, no le faltaba razón en lo que ha dicho ―quise bromear con Silvia―, ¡esos vaqueros te hacen un culazo increíble! ―murmuré acariciándole el trasero y después soltando una pequeña cachetada.

―Santi ―susurró inclinando el cuello para que posara mis labios allí.

Se le escapó un gemidito imperceptible y Silvia trató de liberarse de mis manos, que seguían palpando sus tetas y el culo sin descanso. Había sido hablar del viejo mirón tres minutos y los dos ya estábamos muy cachondos. Podía verlo en la cara de mi mujer, en su boca entreabierta, en cómo se dejaba sobar y me lo confirmó cuando sacó las caderas hacia atrás, para sentir mi paquete contra su cuerpo.

―Santi, aaaah, te he dicho que no...

De un tirón le saqué las tetazas por encima del sujetador, se lo podía haber quitado, pero hacerlo de esa manera me parecía más vulgar y me apetecía que Silvia se viera así frente al espejo. Ella estiró su brazo, me agarró la polla por encima del pantalón y me pegó un par de sacudidas. Cuando me la fue a sacar yo se lo impedí, reteniendo su brazo.

―No, hazlo cómo me gusta, ya sabes, por encima...

Y Silvia comenzó a pajearme, rodando mi polla en la palma de su mano, apretándola y soltándola, haciendo que bailara y llevándome al séptimo cielo.

Me apoyé en su espalda y sin dejar de acariciarle las tetas mordisqueé su oreja, gimoteando, entonces le susurré en bajito.

―¡Quería emputecerte..., eso fue lo que nos dijo la última vez que...!, aaaah, aaaah, joderrrrr... ¡hacía mucho tiempo que no me hacías una paja así!

―¿Qué has dicho? ―preguntó Silvia sin dejar de masturbarme.

―Que quería hacerte eso, ¿lo recuerdas?

―Santi..., aaaaah, aaaaah.

―¿Lo recuerdas?

―Sí...

―Quería que fueras su puta, mmmmmm, hoy estaba con una morenita muy guapa, no tendría más de cuarenta años, ¿tú crees que también se la follará?

―Joder, Santi, y yo qué sé...

―Seguro que sí, cuando se ha puesto a mi lado en el baño no he podido evitar fijarme en su polla, la tenía hinchada, enorme, ¡ufffff, lo tenías muy cachondo a ese cabrón solo con verte!

―Aaaaah, cállate...

―Aaaah, Silvia, Silvia ―gimoteé apoyando las manos en el lavabo y dejando que mi mujer incrementara la velocidad de su paja.

Apoyó la cabeza en mi hombro y sacó la lengua para rozarme los labios con ella.

―Mmmmm, ¡qué dura la tienes!, ¿vas a correrte en los pantalones?

―Joder, Silvia, ufffff, no puedo más...

―¡Hazlo, no me importa!

―Mmmmm, mmmmmm...

―Vamos, sííííí, sííííí, ya lo tienes..., échatelo todo encima...

Y comencé a tener los espasmos típicos mientras me vaciaba, empapándome los calzones, al ritmo al que Silvia me frotaba la polla por encima de los vaqueros.

―¡Aaaaah, aaaaah, diosssss, aaaaaah, qué bueno!

Me encantaba ver la cara que ponía Silvia mientras yo llegaba al orgasmo, sonreía satisfecha y se mordía los labios, señal de que ella también estaba muy cachonda. En cuanto terminé ella se guardó las tetas en el sujetador y volvió a coger los discos de algodón para terminar de quitarse el maquillaje de la cara.

―¡Lo siento, Silvia!, es que sabes que eso me gusta mucho...

―No importa... ¿ya te has quedado a gusto?

―Sí, claro, pero también me gustaría que tú también disfrutaras...

―Da igual, te dije antes que no me apetecía.

―Sí, pero...

―Entonces... ―me soltó de repente sin tan siquiera mirarme―. ¿A qué hora dices que has quedado con ese tío el sábado que viene?, porque quieres ir, ¿verdad?

NOTA: Y con esta parte, termina mi publicación de esta historia en todorelatos. Espero que os haya gustado, he incluído los dos primeros relatos de la serie, que son los más cortitos y el primer capítulo del tercero. En total, son 7 relatos por si os ha gustado y os apetece continuar leyendo las aventuras de Silvia y Santi.

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