El mejor amante que tuve nunca
Llevaban un mes hablando, pero la realidad superaba cualquier fantasía. Cuando Gabriel la invitó a su piso, Sara supo que esa noche no sería una cita más, sino el inicio de una conexión eléctrica que la dejaría sin aliento.
Me desperté aquella mañana de sábado ilusionada y excitada: por fin iba a conocer a Gabriel, el hombre con el que llevaba casi un mes chateando por Tinder.
No habíamos podido quedar antes por sus viajes de trabajo, según dijo. Era un hombre de 47 años, muy atractivo, de piel clara, con una barba bien perfilada, y por sus fotos, se le intuía un cuerpo cuidado.
Desde el principio me cautivó como escribía. Me encantan esos hombres seguros y educados, sin ser pedantes, y que te dejan claro desde el primer momento sus intenciones. Eso sí, sin necesidad de ninguna vulgaridad, aunque sea en broma. Yo había pasado una temporada de bastantes desengaños, con hombres poco atentos, soeces, sin un mínimo de erotismo y delicadeza.
Nada más verlo de pie, en la pequeña plaza donde habíamos acordado nuestro primer encuentro, quedé prendada. Vestía elegante. Traje cruzado negro, con camiseta también negra, al igual que los zapatos de piel. Yo, por mi parte, falda larga de color verde olivo (desde entonces pienso que me da suerte) blusa de seda beige, chaqueta de piel negra y mis mejores zapatos, unos botines de tacón medio Pedro Miralles, supercómodos. Nos saludamos con dos besos y por fin oí su voz:
- Hola Sara, tenía muchas ganas de conocerte. Temía que perdieras la paciencia por mi complicada agenda.
- No te preocupes ahora por eso - le contesté hipnotizada por aquella voz tan masculina e imponente.
Así, esa noche prometía. Cenamos en un restaurante japonés que él eligió, haciendo caso de mis gustos gastronómicos.
- ¿Sabes? He de decirte que estás mejor en persona, las fotos que colgaste no te hacen justicia.
- Lo mismo digo - dije guiñándole mi ojo izquierdo.
La cena fue muy amena, realmente en ningún momento pensé que aquel hombre me decepcionaría. Hablamos de nuestros trabajos, pero también de cine o literatura. Tras los postres, él me preguntó:
- ¿Qué te gustaría hacer luego? ¿Vamos al cine?
- Esto...No me apetece, la verdad, no hay nada en cartelera que me interese. ¿Qué tal una copa en tu casa?
Pareció sorprenderle mi atrevimiento. Pero tras sonreír, me contestó:
- De acuerdo.
Insistió en pagar la cena, alegando que le apetecía hacerlo tras un mes muy productivo en su trabajo. Me había explicado que era un directivo de una conocida multinacional hotelera con una gran expansión internacional. Al llegar a su piso me quedé de piedra. Vivía en el barrio más exclusivo de la ciudad, y no le faltaba de nada: muebles con muy buen gusto, una cocina abierta con los últimos avances en domótica, pantalla plana inmensa y un sofá enorme y ultra cómodo como pude comprobar.
Tras quitarse la americana, me pidió la mía para colgarlas del perchero de la entrada. Me senté en el sofá mientras preparaba un par de combinados. A mi me sirvió un vodka con limón, para él un gintonic.
- Vaya pisazo que tienes Gabriel - le dije mientras le miraba directamente a los ojos, unos ojazos marrón-verdosos que me tenían fascinada.
- Sí, Sara, no me puedo quejar, como te dije antes, me va bien en la vida. Lástima no poder compartir todo esto con nadie. Las mujeres se apartan de mi cuando ven que estoy de viaje tanto tiempo.
Minutos después, me sentía cómoda, y ayudada por el alcohol, le acaricié la pierna izquierda mientras le escuchaba. No podía evitar mirarlo como quien admira un monumento. A continuación se me acercó lentamente y me besó en los labios. Fue uno de aquellos besos lentos, como dándome tiempo para pensar si debía hacerle "la cobra". Pero esa no era mi intención. Yo deseaba aquel beso y mil más. Cada segundo que pasaba, nuestros cuerpos se acercaban más, nuestras manos buscaban diferentes partes del cuerpo del otro: él acariciaba mi pelo, mis pómulos, orejas...Yo fui más impulsiva y directa, tras acariciar su pecho, le hice quitarse la camisa. Quería ver el torso de mi Adonis. Y no sólo eso, quería ver su cuerpo entero.
Seguimos besándonos, ahora apasionadamente, y él comenzó a ser más atrevido. Me tocaba los pechos como a mi me vuelve loca, sin movimientos bruscos pero apretándolos levemente y buscando "encajar" mis pezones en sus palmas de las manos. Me quité la blusa y el sostén deportivo de licra lo más rápido que pude. Entonces me hizo estremecerme. Se quedó quieto, con sus ojos clavados en mis pechos. Se le dibujó una sonrisa que le hizo parecer 30 años más joven. Aquello me encantó. No soy ninguna top model, aunque no me puedo quejar de mi cuerpo, sobre todo de mis pechos. Pero aquella mirada me subió el ánimo y la líbido. Me hacía sentir tan especial, tan deseada.
Y se precipitó sobre mí, de manera dulce pero decidida. Comenzó a recorrer la aréola de mi pecho derecho con su lengua. ¡Dios! ¿como podía ser que aquel hombre, en nuestra primera cita, supiera lo que me vuelve loca? Cada segundo que pasaba, subía la intensidad de su lengua sobre mi pecho. Yo comenzaba a sentirme húmeda, pero quería alargar aquel momento. A continuación comenzó a succionar mi pezón, con decisión. Yo no paraba de decir "siii", como queriendo ayudarle. Pero aquel hombre no necesitaba ayuda. Ligeras mordidas hicieron que gritara su nombre. Viendo como estaba decidió ir más allá. Su mano comenzó a subir por mis muslos, apartando mi falda; se dirigía a mi sexo. Mi vulva palpitante deseaba que aquella mano la alcanzase y le diera más placer aún. Apartó mis braguitas y en cuestión de segundos, encontró mi interruptor. Sin dejar en ningún momento de dar placer con su lengua y sus labios a mis pechos, fue presionando en mi clítoris con maestría.
- Joder Gabriel, esta noche vas a hacer conmigo lo que quieras. Cualquier cosa que me hagas, creo que la sabrás hacer de maravilla.
Volvió a mirarme, sonrió y me hizo levantarme.
- Enséñame esta preciosidad de cuerpo que tienes, quiero verlo todo.
Lentamente me incorporé y desabroché mi falda, dejándola caer. Luego mis braguitas. Él seguía con aquella cara de fascinación y deseo que me tenía rendida. Sin que me lo pidiera, me giré para que pudiera ver mi culete. Al volver a estar frente a él, ya estaba de pie y quitándose los pantalones. Luego los calzoncillos. Madre mía, era lo más cercano a la perfección que había visto nunca en persona: un cuerpo sin un gramo de grasa, tampoco estaba musculado (esos no me van)...y entre las piernas una preciosidad de pene semierecto: circuncidado, grande sin ser enorme y muy bonito.
Me estaba volviendo loca. Lo empujé sobre el sofá, le hice tumbarse y me la metí en la boca. Quería darle placer, quería devolverle una parte de lo que me hizo sentir un par de minutos antes. Me esmeré en hacerle el sexo oral de la manera más placentera posible. Durante muchos años no fue una cosa que me gustara especialmente. Meterme una verga en la boca no produce placer, es solo un trato, un intercambio. Pero por primera vez lo hacía con deseo, saboreando cada momento, sintiendo sus pequeños movimientos y sus sonidos de aprobación. Entonces me puse sobre él a la inversa, ofreciéndole mi sexo en bandeja, por si también quería saborearlo. Y vaya si lo hizo. Ya había palpado mi punto de máximo placer, ahora lo estimulaba con su lengua habilidosa. Mientras yo engullía aquel sexo ya erecto, él comenzó a introducir un dedo en mi vagina. Luego dos, sin dejar de lamer. Minutos después yo ya estaba a punto de alcanzar el clímax.
- Gabriel, me tienes, estoy casi al límite.
Él, con un sonido de aprobación, ya que ninguna palabra podía salir de su boca ocupada al 100% en darme el máximo placer, me animó a dejarme ir. Y cuando empezaba a temblar por la proximidad del éxtasis, sentí que uno de sus dedos salía de mi vagina y acariciaba delicadamente mi ano, ayudado por mi abundante lubricación. Aquello me hizo gritar de placer.
- Jooooodeeeeeer, me cooooorroooooo!
Mientras lo hacía, seguía estimulando mi clítoris con pasión. Cuando acabé, me dejé caer sobre su cuerpo, rendida. Sacó el dedo de mi interior muy lentamente, y me pareció oír cómo se lo chupaba.
- Tienes un sabor increíble.
- Me has matado, ya no creo que te sirva para mucho más esta noche.
- Claro que sí, eres una mujer, y por lo que veo, muy sexual.
Sonreí pensando: ¡Qué razón tienes! Quiero hacerlo todo contigo esta noche, como si se fuera a acabar el mundo hoy mismo.
Me estiré a su lado, besándolo, acariciándolo, disfrutando de aquel cuerpo. Nunca había sentido tanta conexión emocional y tanta confianza con alguien a quien acabara de conocer. Me sentía como una adolescente descubriendo el placer del sexo.
- ¿Vamos a la cama? Estaremos más cómodos.
Asentí. Me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio. Era perfecto, enorme, con una cama preciosa y un espejo en la puerta del armario. La luz tenue nos invitaba a continuar intimando. Me senté y él sacó de uno de los cajones una caja de preservativos. Le hice estirarse y comencé a acariciar todo su cuerpo. Empecé por sus piernas. Le sonreía y notaba como la amazona del sexo que habita dentro de mí pedía a gritos su oportunidad. Sin dejar de observar también su sexo, de nuevo semierecto, seguía tocándole ahora el pecho, los brazos.Y volví a meterme en la boca aquella maravilla de pene.
Hubiera estado horas así. Pero cuando estuvo preparado, se enfundó un condón y me puse encima de él. Ahora sí, necesitaba tenerlo dentro. Me la introduje lentamente, saboreando cada momento, cada centímetro de él que entraba en mí. Mientras me acariciaba los pechos, yo posaba mis manos en sus hombros y comenzaba a moverme, haciendo semicírculos sobre su pelvis, estimulando mi vulva y mi clítoris.
- ¿Te gusta así Gabriel?
- Sí, me gusta, me gusta tu cuerpo y como te mueves.
- Me entrego a ti, esta noche soy tuya - le dije sin dejar de gemir ante la aceleración de mis movimientos.
Intenté poner en práctica los ejercicios de fortalecimiento del suelo pélvico, que aprendí semanas antes en una sesión didáctica que me recomendó mi amiga Anna. Y vaya si le gustó.
- Ummmm, Sara ¿qué me estás haciendo? Eres una geisha - me dijo sonriendo sin dejar de gemir tampoco.
Éramos dos adultos experimentados y liberados disfrutando del sexo. Así estuvimos durante minutos. Hasta que estiré mi mano derecha hacia atrás, para acariciar sus testículos y su perineo, para comprobar como mi humedad interna lo inundaba todo. Entonces, sin salir de mi interior, me hizo estirar las piernas, y con un movimiento rápido, hizo rodar nuestros cuerpos para colocarse ahora encima.
- Uffff, qué habilidoso eres. ¡Así, fóllame tú ahora!
Y comenzó a empujar con pasión. Su sexo entraba y salía casi por completo y me hacía estremecerme como una hoja ante el viento. Con mis piernas cruzadas sobre su cintura lo atraía aún más hacia mí, como si fuera mi presa a la que chuparía toda su energía. En ocasiones la sacaba, provocando primero en mí frustración. Pero entonces, con su glande frotaba mis labios menores, como quien pinta con brocha sobre una pared. Pero no había tal pared, había un sexo feliz por haber encontrado a alguien que lo tratara con dulzura, pasión, desenfreno, vicio...todo, sentía todo con aquel hombre.
- Métemela bien adentro, quiero sentirte, más, dame más de ti.
- Sí, Sara, toda tuya.
Y me la volvía a meter, cada vez con más desenfreno. Así estuvimos durante minutos, quizás veinte. Hasta que decidió cambiar de posición. Me hizo poner en cuatro, y tras besarme las nalgas, volvió a metérmela en mi sexo inundado. Con mi mano derecha comencé a masturbarme como una loca, mientras él empujaba con fuerza. Alternaba agarrones de mi cintura con momentos en los que intentaba abarcar con sus manos mis glúteos. Los masajeaba, los separaba, me daba pequeños cachetes, y volvía a mi cintura.
Las embestidas se volvieron casi violentas y mis dedos hicieron su trabajo, el que tantas veces antes habían hecho: llevarme al orgasmo.
- Me coooorrooooo, me cooooorroooooo, vamos, hazlo!!!!!
Segundos después le oí desvanecerse, se vació en un orgasmo intenso, casi con espasmos.Y nos dejamos caer, yo sobre las sábanas, él sobre mi espalda. Con delicadeza noté como se agarraba el pene y lo extraía lentamente para quitarse el preservativo usado y repleto.
Nos quedamos instantes en silencio. Hasta que me giré para besarlo.
- ¿Te das cuenta de lo que me acabas de hacer?
- Sí, te he dado placer. De la mejor manera que sé. Y tú me lo has dado a mí.
Reímos, nos besamos, hablamos, nos tocamos...Me quedé a dormir aquella noche, y a la mañana siguiente desayunamos juntos. Me sentía feliz. Durante los siguientes meses, tuvimos tres encuentros más. Entonces, desgraciadamente, desapareció de mi vida. Lo echo de menos: fue, con diferencia, el mejor amante que he tenido nunca.
Relatos similares
- Hetero: General
¡Eres una puta! – ¡Si soy una puta!
El toque de queda los encierra juntos en su casa, pero la verdadera jaula es la cama de invitados.
Comparte:Dominacion masculinaRelacion clandestinaPrimera vez
- Interracial
Mi primer negro
Sofía juró no volver a acostarse con nadie, pero Rubens no acepta un no por respuesta. Entre la arena de la playa y las sábanas de un hotel, la…
Comparte:Dominacion masculinaPrimera vezDeseo reprimido
- Hetero: General
La primera noche
Él la esperaba con el hambre de meses acumulada. Ella llegó temblando, sin saber que el abrazo sería solo el preludio de una noche donde cada límite…
Comparte:Relacion clandestinaDominacion masculinaPrimera vez
- Hetero: General
La quedada
Las reglas estaban claras: si llegaba con vestido, él no podría contenerse. Y cuando la puerta se cerró, el juego de palabras dejó paso a la piel, la…
Comparte:Primera vezDominacion masculinaDeseo reprimido
- Hetero: General
Visitando tu cuerpo
Él viaja kilómetros solo para verte, pero esta vez no viene a hablar. Entre besos robados en baños públicos y promesas susurradas, él te exige que te…
Comparte:Dominacion masculinaRelacion clandestinaPrimera vez
- Hetero: General
3 días, 7 encuentros: Primer encuentro
Dos meses de espera se condensan en un solo beso en el aeropuerto. Pero cuando la puerta del hotel se cierra, la calma se rompe y el deseo acumulado…
Comparte:Dominacion masculinaPrimera vezDeseo reprimido