La impaciencia de la araña 6
Fernando cree que su vida termina en el campo de batalla, pero su mente lo arrastra a la escena más íntima y traicionera de su matrimonio. Mientras el humo de la guerra lo asfixia, recuerda cómo el deseo y la mentira se entrelazaron hasta romper lo que creían eterno. Ahora, debe decidir si salvarse a sí mismo o salvar el vínculo que ya no sabe si merece.
A duras penas puedo respirar. Cada bocanada de aire corrupto que se mete en mis pulmones me abrasa por dentro. El olor de aceite quemado, circuitos chamuscados y combustible, se mezcla con el del sudor, la sangre y el contenido de los órganos que, hasta hace un momento, estaban dentro del cuerpo de mis compañeros destrozados por las esquirlas que han barrido el interior de la cabina, cuando el lateral del blindado ha recibido el impacto.
Sé que estoy jodido. Que hasta aquí he llegado con el billete que me ha tocado en la vida. Que de un momento a otro impactará un segundo proyectil anticarro y, esta vez, no encontrará más obstáculo.
Casi agradezco el haber perdido la capacidad de oír. Entre el humo negro y las salpicaduras que tiznan mis gafas, distingo las bocas abiertas de los que aún continúan agarrándose con una mano las tripas y con la otra se aferran al fino límite que nos separa de lo eterno. Sé que gritan con un berrido sordo. Me llegan sus ecos amortiguados por un ruido blanco que parece hecho de cristales rotos.
Vomito.
Me quito el barboquejo del Águila y mi cabeza, hasta ahora comprimida por el kevlar, promete estallar al verse libre de restricciones espaciales.
Pero no lo hace.
Noto la humedad extendiéndose por mis piernas, como si estuviera avanzando por un pantano de aguas calientes, densas y con efluvios metálicos. Noto la debilidad en toda la parte inferior de mi cuerpo; helándose.
Pero las manos me responden lo suficiente para buscar a tientas mi equipo. Voy a ciegas, escarbando en el maletín hasta dar con lo que busco. En el momento que toco la primera pinza Rochester, mi cuerpo actúa de memoria.
Vuelco mi cuerpo contra el compañero que tengo más cerca, alcanzando su extremidad cercenada. Con los dientes abro la bolsa que contiene el equipo de hemostasia y me pongo a trabajar prácticamente sin ver.
Un hálito de desesperación me inunda el cuerpo, haciéndome pensar que ¿para qué? No puede tardar mucho ya. El brazo de mi compañero, agarrándome el hombro con desesperación, me saca del pozo anímico que acabo de bordear y me hace redoblar mis esfuerzos.
Siento más manos tocándome. Más urgencia. Me revuelvo sobre mi medio cuerpo paralizado para darme de bruces con la media cara desencajada de otro de mis hombres. Éste me grita algo que no entiendo. Señala histéricamente hacia un punto cubierto de humo negro. Huelo el sistema de extinción, y una capa de polvo blanco se congela en nuestras caras. El dióxido carbónico que extingue el fuego del interior del vehículo también nos extingue el oxígeno de la respiración. La ventilación hace tiempo que dejó de funcionar.
O salimos, o no tendremos que esperar a que nos vuelvan a disparar para estar muertos. Ahora entiendo el gesto de mi subordinado, pero, para ser sinceros, a quién le importa ya. Estoy cansado, y no pienso abandonar a los que no van a poder salir. Grito una orden que ni yo mismo oigo, instando al sálvese quien pueda. O, quiera.
Es un eufemismo, claro. Fuera nos esperan las balas.
Pero, que más da morir en un sitio que en otro. De una cosa o de otra.
Con prisa, me pongo a buscar la llave entre las placas de mi chaleco, untándome de sangre propia y ajena. No consigo dar con ella y mi sargento me apremia con la desesperación pintada en el medio rostro que le queda.
Y entonces, llega.
Primero el golpazo del impacto contra la carrocería y, enseguida, la explo…
Miro a mi alrededor, desconcertado. La oscuridad es absoluta y estoy empapado en un sudor helado.
A lo lejos se enciende una luz blanca, iluminando con su halo un pequeño espacio. Intento enfocar la imagen cuando siento un movimiento en mi pantalón, justo antes de que «Afraid to shoot strangers» comience a sonar desde el interior del bolsillo.
—¿Fernando?
—X—
TRES AÑOS ANTES
Hacer el amor con ella es como caer en una piscina de miel: una vez entras dentro de ella, es imposible salir. Y, de algún modo, ni siquiera te planteas hacerlo aunque sepas que vas a morir ahogado entre tanta dulzura.
Cada suave embestida es un tanteo. Es moverse a oscuras por un laberinto, explorando cada nuevo rincón sin prisa, adentrándote brevemente para salir en otra esquina y volver a empezar el proceso. Sus piernas, enroscadas en mi cintura, parecen guiarme en esa espeleología inacabada. Interrumpiendo el avance cuando ingreso demasiado.
No sé que hacer con las manos. Tengo que sostenerme por encima de su cuerpo, pero a la vez quiero tocarlo todo. Quiero recorrerlo todo, y hacerlo a la vez. El anhelo que me produce esa sensación me exaspera a la vez que aumenta el morbo que me arrasa el cuerpo. Nuestras lenguas sostienen una coreografía ensayada en otras vidas de lascivia y cristalizadas en una especie de reconocimiento afín, como si en todo momento supieran que es lo que tienen que hacer, independientemente de nosotros.
Nuestros sudores se mezclan, formando un pegamento almibarado tan ligero como adictivo. Resbalamos sobre él, sin terminar de alejarnos. Sus pechos, blandos, generosos y con unos pezones impertinentes, se deslizan arriba y abajo por mi pecho, dejando una suerte de surcos en el vello de mi torso húmedo.
Entre jadeos contenidos. Entre suspiros de gozo y esfuerzo, sé que esta vez es diferente. Que esta vez, ya no estamos follando por meras ganas. Y, contra pronóstico, no me importa. Tengo la sensación de haber encontrado un refugio duradero después de vagar por un infinito de moteles, puentes, y cajeros de una noche. No sé cómo, pero noto que a ella le pasa lo mismo; lo que nos hace querer pertenecernos en un tiempo sin barreras y sin un destino claro.
Nos conocimos un par de meses atrás, durante una investigación que requería un peritaje sobre pigmentos usados durante el barroco. Lucía Valdés, cordobesa, restauradora del Prado y experta en pintura de dicha época, nos fue asignada por el ministerio para ayudarnos en el caso.
No diré que fue un flechazo a primera vista. O sí ¿Qué se yo? Lo que sí puedo decir es que nuestra incompatibilidad de caracteres actuó como acelerante para empezar un tira y afloja que acabó con los dos derrotados y victorioso sobre la palestra de una cama. De varias.
Por primera vez, desde mucho más de lo que podía recordar, estaba solo en mi cabeza. No había nadie más para impedirme con sus desgarradores quejidos el poder tomar una decisión.
Hoy es diferente. Y lo sabemos.
La tensión de nuestros cuerpos, unidos por ese pegamento exudado por el deseo, hace evidente donde nos encontramos. Sus piernas me aprietan contra ella, su espalda se tensa, se arquea y sus gritos dan el revulsivo que reclaman de mí lo que ya no puedo contenerme más en dar.
Nos corremos, desacompasando nuestros movimientos por primera vez, aquella noche, pero sin dejarnos ir. Somos una curiosa imagen de un mismo luchador esquizofrénico de grecolatina; ganándose y derrotándose al mismo tiempo. Nos fundimos entre los jugos que emanan de nosotros y nos hace, por un instante, indivisibles.
—No vamos a durar mucho—comenta ella entre jadeos para intentar recuperar la respiración.
—No—confirmo su impresión, tumbado a su lado, y sintiendo como el aire vuelve a inundar mis pulmones.
—Somos…muy diferentes.
—Irreconciliables.
—Quiero intentarlo.
—Y yo. Pero…
—Sin peros—me corta, levantándose sobre su codo para poder mirarme fijamente—. Hasta que dure.
—Puedo terminar haciéndote daño.
—Lo sé. Aquí—dice, tocándome la frente—aún no estás solo. Pero así es la vida: a veces, une gente que solo funcionan si se hacen ese tipo de daño. Es el precio a pagar cuando solo le haces caso al corazón y aguardas, sin prisa, a que llegue el día que el cerebro te espete uno de sus repelentes «te lo dije».
»No me importa, Fer. Ahora no. Cuando lo haga, cuando ya no pueda aguantarlo, pagaré la deuda.
—Eres una masoquista—río.
—Tal vez—acepta, transfigurando su expresión dulce por otra de pura lujuria e incorporándose para ponerse a cuatro sobre las sábanas revueltas—Hoy, sin embargo, me siento más sodomita.
—X—
Lucía enciende la luz del salón, deslumbrándome. Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la luminosidad, pero no los suficientes como para no ver el cambio que se transfigura en su cara. El enfado con el que ha entrado, pasa a preocupación cuando me ve transpirando por la pesadilla de la que me ha despertado su portazo.
—Has vuelto allí ¿verdad?—pregunta, cambiando de nuevo la expresión a una de inquietud—Fer, tienes que buscar ayuda. Esta vez en serio. No puedes…
—¿De dónde vienes?—corto su vacío discurso, de tantas veces que lo he oído—Creí que hoy tenías el día libre.
El saludo me sale algo más desabrido de lo que tenía pensado. No tardo en darme cuenta del porqué.
Se habla del ojo clínico de los médicos, sobre todo de aquellos de antes que no tenían opción de mandar baterías de pruebas tremendamente caras antes de atreverse a aventurar un diagnóstico. La experiencia los capacitaba para, sin ser del todo conscientes, detectar síntomas antes incluso de darse cuenta de que lo estaban haciendo. Eso, supongo que le pasa también a los policías.
Y yo, soy las dos cosas.
Un simple vistazo, con los sentidos exacerbados por el mal sueño, me basta para notar en ella una sombra pasajera de culpabilidad que combina a las mil maravillas con su pelo todavía mojado. Hay otras explicaciones, claro. Pero ella no va a ningún gimnasio. Hoy no daban lluvias. Y no es de las que suelen caerse en el lago del Retiro.
Nuestro subconsciente pasa el rato haciendo puzles. Sin nosotros enterarnos, él va cogiendo piezas de aquí y de allá, colocándolas después sobre un marco incompleto y sin sentido. Sin sentido, hasta que una nueva pieza se une con el resto, dando una imagen clara del dibujo de la caja.
Para colmo de males, Lucía reacciona a mi pregunta y a mi tono rompiendo la primera regla que el manual de «No parezcas culpable» recomienda: no contraataques.
Ella lo hace. Toda su expresión corporal vuelve al inicio y el enfado la enciende de nuevo.
—¿En serio quieres jugar a esto, Fernando?¿Y tú? ¿Dónde has estado todo el día? Por que por tu comisaría no has pasado.
Mal vamos. Primer disparo y con escopeta de feria.
Dicen que elegir el campo de batalla es media batalla ganada. Por desgracia para los dos, la rotura de hostilidades nos ha pillado en un lugar que ninguno esperábamos. No habrá ventaja para ninguno de los dos. Y, también, por desgracia, tampoco cuartel.
Saco un cigarrillo del paquete que tengo sobre la mesa, lo enciendo y espero a sacar todo el humo de la primera calada antes de contestar.
—¿Me has llamado allí? Por que al móvil no lo has hecho.
Escopeta de feria contra FN P9. No es justo, lo sé. Pero, sin esperarlo, una nueva pieza se une al dibujo incipiente del puzle que ya insinúa una imagen que no me va a gustar nada.
—No daba señal. Lo tendrías apagado o no estarías en disposición de contestar.
El aplomo con el que me rebate es de cartón piedra. Obviando que cuando eso pasa, la compañía tiene a bien señalártelo cuando el móvil vuelve a estar disponible. Una huída hacia adelante con los pies atados.
—¿Y qué querías? Si tenías urgencia por localizarme, supongo que será algo importante. He estado trabajando en otra comisaria hoy. El caso que llevo entre manos…
Me callo cuando veo la cara de Lucía encenderse por la ira. Es una persona muy inteligente, aunque ahora mismo, sus sentimientos le estén lastrando el raciocinio. Ella también se ha dado cuenta de que lo que llevamos aplazando tanto tiempo ha encontrado su momento. De que ya no hay vuelta atrás y de que va a suceder aquí y ahora.
—¡Y una mierda! Entre manos tenías a esa zorra de…
Casi he podido oír el frenazo. La última pieza del rompecabezas se coloca. Tenía yo razón. La imagen no me gusta nada. Solo hay dos personas que saben con quién estoy trabajando. Y García no conoce a mi mujer.
—¿Desde cuando?—el súbito cansancio adormece la pregunta.
Me levanto del sofá como si tuviera ochenta años y las rodillas de un artrítico de ciento veinte. Lucía deja caer el bolso al suelo y se lleva las manos a la cara, ocultando un sollozo.
Me dirijo al mueble donde guardamos las botellas y me sirvo una buena cantidad de whisky.
—¿Quieres?
Lucía me mira. Parece sorprendida por mi tono calmo. Yo también lo estoy. Es decir, ardo por dentro. Pero, si algo no soy, es hipócrita ¿Qué derecho tengo a enfadarme con ella por algo en lo que yo mismo he pecado? No es el hecho. Eso, de algún modo, lo sabía. Lo que me jode sobremanera es su mal gusto para elegir con quién hacerlo.
Lucía suelta un suspiro contenido, alzando la mirada al techo, antes de contestar afirmativamente. Sirvo su copa y, junto con la mía, me encamino de nuevo al sofá, invitándola con el vaso a hacer lo mismo.
—¿Desde cuando te estás follando a Quílez?
Supongo que es la ordinariez que sale de mi boca lo que la vuelve encender y adoptar la actitud defensiva.
—¿Y tú?—galleguea—¿Desde cuando has vuelto a follar con ella? Hace tiempo ¿verdad? Todas esas noches que has llegado tarde…¿Qué te pasa con ella? ¿Tan enamorado estás que no te basto con que rompiera tu primer matrimonio como para que también tenga que haber roto el nuestro?
Me quedo a medio camino de beber, con el vaso suspendido bajo mis ojos abiertos como platos. El embrollo en la cabeza de mi mujer es tan grande que no sé ni por dónde empezar a desenredarlo de forma coherente. Lucía empieza a tener serio problemas para aguantarse el berrinche en ciernes.
Pese al enfado que empieza a desbordarse por mis venas, imaginándome a quién debo toda la información que Lucía tiene, lo único que me sale es abrazarla. Su reacción es instantánea y la bofetada hace eco en el salón.
Nos miramos un instante que parece eterno pero que en realidad no dura ni un segundo. Antes de que el ardor termine de extenderse por mi carrillo, Lucia se tira encima de mí. Sus brazos se cierran en torno a mi cuello y da rienda suelta al llanto contenido.
—¿Por qué?—pregunta entre lágrimas—¿Por qué ella?
¡Joder! Sabía que esto iba a ser difícil. Pero, hasta que no estás dentro, no te das cuenta de lo fuerte que es la corriente.
Aguanto como puedo la llorera de Lucía, aprovechando para ordenar las siguientes frases de mi discurso al tiempo que yo mismo retengo las ganas de unirme a sus lágrimas.
—No me estoy acostando con Andrea—aclaro cuando Lucía parece haberse deshinchado de la barraquera—Solo estamos trabajando juntos. Te lo prometo.
Lucía me mira, analítica, con los ojos encharcados. Valora hasta que punto mi promesa puede ser tomada en serio. Sé que no tengo mucho crédito, pero aún así, sabe cuando miento.
—No sé que rollo te traes con mi jefe. Ni desde cuándo. Pero te aseguro que no todo lo que crees saber sobre Andrea, es cierto.
»Sí. Tuve una aventura con ella en Afganistán. Sí, pasó mientras estaba con Clara, aunque por entonces ya habíamos decidido separarnos. La soledad, la incertidumbre...supervivencia, supongo.
»Y sí. También volví con ella después de mi divorcio, ya en España. Pero todo eso acabó, más de un año antes de conocerte. Pero no acabó bien. De hecho, fue todo lo contrario a bien. Pero ella no tuvo nada que ver con mi divorcio. Te lo puedo asegurar. Las cosas con Clara no iban bien. Nos casamos muy jóvenes, antes de poder darnos cuenta de que no queríamos lo mismo en la vida. Alistarme no hizo más que terminar de romper algo que ya estaba muy dañado. Después, cuando volví…bueno, eso lo sabes tú mejor que nadie. Tú has aguantado muchas de esas secuelas.
—Entonces ¿con quién?
Entiendo su pregunta. Nunca nos hicieron falta muchas palabras.
—Con nadie…No muchas, te aseguro que no. Dos…tres—añado, recordando a Carme—. Pero nunca con nadie del trabajo o alguien que pudieras conocer. Solo era…una necesidad sorda. Una necesidad anónima.
Lucía se separa de mí para mirarme cuando sus lágrimas se lo permiten. No hay atisbo de enfado, solo una inmensa tristeza y el cansancio de quien llega a una cumbre.
—¿Por qué, Fer?
—¿Sinceramente?—contesto, acabando la copa y levantándome a por otra—. No lo sé. Frustración que no quería pagar contigo. Ganas de ser otro. Odiarme…puedes elegir.
Lucía se aparta las lágrimas con la manga de su jersey y coge la copa que tiene sobre la mesa. Bebe en un silencio meditabundo, muy lejos del acusador que requeriría una situación normal.
—¿Y tú?—pregunto, sin apartar la vista del rellenado.
Ella separa el vaso para dibujar un rictus de sonrisa hastiada.
—Por tristeza—resume—acabándose el whisky de un trago y haciendo muecas de asco—. Por ingenua. Por…venganza. Puedes elegir.
—¿Por qué Quílez?
Lucía me mira triste. Diría, incluso que culpable. Eleva su mano con el vaso vacío hacia mí, y le relleno la copa. A continuación, hace una cosa que no la he visto hacer en todo el tiempo que la conozco y coge un Marlboro del paquete y lo enciende.
Tras un par de caladas, pone el cigarrillo delante de su cara y lo mira con extrañeza. Comienza a hablarle al humo que desprende el palito de cáncer.
—Cuando nos conocimos en aquel caso del robo de las falsificaciones, Santos se fijó en mí con un interés más allá de lo profesional—dice, dando otra calada y apagando el resto en el cenicero—. Nada evidente para el resto, pero sí para mí. Una mujer sabe ese tipo de cosas a los tres segundos de conocer a alguien. Lo malo, para él, es que esos tres segundos, yo ya te los había dedicado a ti.
»Ya lo conoces—continúa, como si las explicaciones estuvieran de más—. Es metódico. Tenaz. Terminada la investigación y antes de que tu y yo estuviéramos juntos, Santos vino a verme al museo un par de veces. Un café, una cena…bueno, ese tipo de cosas. Yo le rechacé en ambas ocasiones y él pareció aceptar que no iba a suceder.
»Tiempo después, cuando lo nuestro empezó a hacer aguas, tuvimos aquella cena de Navidad.
A la memoria me viene esa noche. Una mala. Una en la que no me queda más remedio que aceptar las culpas de haberme comportado como un gilipollas integral. Aún eran aquellos tiempos en los que el alcohol empezaba a no ser suficiente para acallar las voces de mi cabeza; y, aquella noche, gritaban más de lo que podía soportar. Cuando me digné a aparecer en el salón donde se celebraba la cena ya iba más ciego que un piojo. Y el resto…bueno, prácticamente ni me acuerdo. Sé que fui la comidilla hasta bien entrado el año. Fue nuestra primera discusión realmente seria y la primera vez que hablamos, veladamente, de dejarlo.
—Me dejaste sola, Fer. Sola y avergonzada—retoma su copa y bebe. La mala cara que pone puede ser tanto por el licor como por acordarse de la escena—. Santos me acompañó toda la noche. Con su personalidad meliflua y correcta de siempre, hizo de paño de lágrimas.
—¿Qué te dijo ese cabrón?—pregunto, saboreando bilis—De aquellas yo no había…
—Él no me dijo nada. Esa noche se portó como un amigo. Siempre lo ha hecho.
—¿Entonces?
—Fue los comentarios que oí de algunas de tus compañeras.
¿Qué demonios?
—Te puedo asegurar que no he tenido nada con ninguna de ellas. Lo de Andrea fue mucho antes de conocernos. Dentro del cuerpo jamás.
Lucía me mira, lamentándose.
—Ahora lo sé. Te creo, Fer. De verdad que lo hago. Pero entonces…Las cosas entre nosotros habían cambiando. Recuerdo lo que nos dijimos cuando decidimos empezar a estar juntos. He intentado no hacerlo, pero yo sí me enamoré de ti.
—Yo, te quiero, Lucía.
—Lo sé. Pero no has podido pasar de ahí. No te culpo. De verdad que no. Supuse que con el tiempo podría pasar. Pero quererse no es suficiente; ya no.
»Tú no te das cuenta. Eres así, y tienes lo que tienes en tu interior. Eres arrogante. Soberbio. Indisciplinado hasta el absurdo…
—Vaya, gracias…no sabía que me tenías en tan gran estima—digo, algo picado aunque dios sabe que no ha dicho una mentira.
Lucía continua con su lista, ignorando mi interrupción.
—«sarcástico»—añade—…y jodidamente bueno en lo que haces. Sin parecer que te esfuerzas.
»Y eso, en esta sociedad, no se perdona. Eres carnaza de envidia y ostracismo. Estás tan sumido en ti mismo y defendiendo tus causas perdidas, que eres incapaz de verlo. Pero tus compañeros no pierden ocasión de atribuirte cualquier hazaña que crean que encaja con tu aparente narcisismo, y tu ni te enteras siquiera para poder desmentirlas, o al menos actuar diferente.
—Sí coño. Soy Don Quijote. No te jode.
—¿Cuántas compañeras se te han insinuado?—pregunta con la vehemencia de quien intenta probar una teoría.
—¿Qué tiene que ver eso? Ya te he dicho…
—¡Responde, joder!
Intento hacer memoria, pero me rindo enseguida.
—No tengo ni idea.
—¿Ves? Ni te enteras de lo que pasa a tu alrededor.
Es como si hubiera hecho un truco de cartas delante de tus narices, y que, obviamente no entiendes.
—No entiendo que tiene que ver esto con que te hayas acostado con Quílez.
Lucia respira hondo, buscando en el techo la paciencia que necesita para seguir. O para no agarrarse otra vez a llorar.
—Pues que los demás sí hablan, Fer. Los demás, como tú no te enteras, hablan de lo que ellos suponen que haces. Y yo, aquella noche, oí toda clase de aventuras. Que si esta o que si la otra. Ellas regocijándose; ellos con envidia. Y, últimamente, tus silencios, ese olor a culpa con el que llegabas alguna noche que venías tan tarde…
—¿Y Quílez?—insisto, hirviéndome la sangre.
—Él nada. Se mantuvo en silencio. Compadeciéndome.
Una luz se abre paso en mi mente.
—Hijo de puta—chasqueo la lengua, reconociendo la jugada de marras.
—El caso es que mi rabia no me dejó duda de que lo que se decía era verdad. Tu distanciamiento lo probaba. Y con Santos—suspira—…Nos fuimos acercando. Primero como amigos. Era el único que te defendía…o bueno, al menos el único que no daba pábulo a las habladurías. Luego empezó a echar balones fuera y por último…Hoy, cuando íbamos a…se le ha escapado con quién estabas.
Sonrío sin humor. Como lo haría una víbora. Es tan típico de Santos que casi me avergüenzo de que fuera tan obvio.
—Lo creí, Fer—dice, casi en tono de súplica—. Me tragué todo sin rechistar y Santos estaba ahí como todo lo opuesto a ti. Todo de lo que me quería alejar para poner algo de cordura a mis sentimientos.
Me viene una pregunta a la cabeza y me doy cuenta de que me revuelve el estómago el preguntar. Pero…
—¿Te has enamorado de él?
Lucía me mira escandalizada en un principio. Luego, baja la cabeza y asiente. Pero para mi alivio, no es de afirmación a mi pregunta, si no que la pregunta no es tan descabellada como parece.
—No. Él sí de mí. No pierde ocasión de recordármelo. Desde que me vio por primera vez. A mí…me gusta. Me gusta la atención que me dedica. Sentirme escuchada. Comprendida. Me gusta su meticulosidad que casa mucho más con mi carácter. Tenemos…afinidad. Hace que me sienta…Necesito sentirme amada, no solo querida. Ser única en el corazón de alguien.
»Pero no. No me he enamorado del él. Estoy muy lejos de dejar de estarlo de ti, y no sé si alguna vez podré dejar de estarlo. Antes, de alguna forma, me valía. Pero, sabía que si lo hablábamos, lo nuestro terminaría. Y yo no…no…No puedo seguir así. No me lo merezco.
Me aproximo a ella y la abrazo. Esta vez, parece no solo que lo espera, si no que, además, lo necesita.
—Me duele, Fer. No sabes cuanto siento que no te hayas podido enamorar de mí—dice, mirándome.
—Lo siento, Lú. De verdad que lo siento. Nunca ha sido mi intención hacerte daño.
Ella asiente, con las lágrimas en aguacero y un escorzo de sonrisa tristísima.
—¿Por qué tienes que ser tan jodidamente…tú?—pregunta, refugiando su cabeza en mi cuello.
No respondo. No puedo. Lo único que sé en esos momentos es que las conversaciones inevitables que se postergan en el tiempo, terminan causando más daño del que ingenuamente tratan de evitar.
Eso, y que tengo que hacer una visita a mi querido jefe cuando acabe este caso.
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