La impaciencia de la araña 5
Andrea Castro no es de las que piden permiso; llega, agarra y exige. Y esta vez, su rabia no es solo por el caso, sino por la sombra de Fernando que la persigue. Él sabe que tiene que calmarla, pero cada palabra entre ellos es una chispa que amenaza con encender lo que ambos han intentado apagar durante años.
—¡A las doce en el Manolo, cabronazo!
La escueta y conminatoria llamada de la inspectora jefe Andrea Castro me hace perder el hilo de mis pensamientos.
Durante el trayecto hasta ahora recorrido desde el instituto de medicina legal hacia mi comisaría, habrá como unos mil semáforos, pasos de cebra, atascos provocados por vehículos en doble fila, pedigüeños, japoneses desorientados en bici… en los que uno se pone a pensar en sus mierdas para no acabar desquiciado y, en mi caso, sacando el arma reglamentaria de la guantera y liarse a tiros hasta agotar el cargador como Douglas en aquella peli familiar de los noventa.
No puedo decir que me haya sorprendido la llamada, la verdad. El tono seco y malhumorado con el que Castro ha pronunciado la orden, incluso el «cariñoso» epíteto que me ha dedicado, no quiere decir que esté de peor humor de lo que en ella es habitual cuando no tenemos más remedio que dirigirnos la palabra. Pese a ello, he podido notar cierta importancia a la hora de tildarme. Me apuesto conmigo mismo un Glennlivet single Oak a que ya ha hablado con García.
—Fenomenal—me digo, pegando un volantazo para no llevarme por delante a una muchacha con rastras y a la jauría de perros que tiran de ella—, ahora no solo tendré que lidiar con su rencor hacia mí, si no que, además, tendré que hacerlo con su resentimiento ante todo el género masculino. Que, dicho sea de paso, es completamente justificado cuando se trata del Cuerpo Nacional de Policía; haciendo mención especial cuando hay altos cargos implicados.
Puntualmente retrasado, entro en la tasca, dejando a mi espalda el último retén de asiáticos que abarrotan la entrada del Teatro de la Zarzuela. El local, clásico de diseño y de gastronomía, está de bote en bote; no en vano es uno de los sitios más frecuentados por los funcionarios que trabajan en el Congreso.
Diviso a Castro acodada al final de la barra, consultando su reloj como si le pidiera a éste explicaciones y apurando de un trago el resto de la cerveza que le queda en la jarra. Su cara de fastidio cambia en cuanto me ve, dejando en su lugar otra de genuino cabreo. Esquivo con dificultad a cuanto parroquiano se interpone en mi camino, y llego a su altura. Nada más hacerlo, Castro me coge de la solapa de la chaqueta, tira de ella obligándome a acercar mucho mi cara a la suya y me clava los ojos. Pese al diabólico volumen que se gastan los madrileños de tapeo y que ella no levanta el tono, a tan corta distancia puedo oírla perfectamente:
—Jodido cabrón—sisea con rabia—. Es mi caso, y ni tú ni ese lameojetes de García me vais a apartar del él.
Mi cara debe reflejar la sincera sorpresa con la que recibo sus palabras, pues, casi imperceptiblemente, la fuerza con la que me tiene agarrado disminuye un par de Newtons. Su aliento cálido me informa de que esa no es la primera cerveza que lleva en cuerpo. Me molesta su actitud, para qué negarlo. Aún con eso, intento separarme de buenos modos para no echar más leña al fuego antes de poder deshacer el entuerto.
—A ver si nos entendemos, inspectora jefe…
—Cómo empieces con el recochineo…
La advertencia va más en el brillo metálico de sus ojos grises que en el uso de las palabras ¡Joder! Si no la llamo por su graduación se enfada. Si lo hago…también. No hay quien la entienda. Eso, o que todavía no soy consciente de lo que tanta gente se ha molestado en decirme a lo largo de mi vida y es que todo lo que digo suena con un recuerdo sarcástico…o peor aún, prepotente. Sea lo que sea, me está empezando a tocar los cojones, por lo que resuelvo actuar expeditivo así me caigan chuzos de punta en forma de expedientes disciplinarios.
Disimulando todo lo que puedo el gesto brusco, le agarro la muñeca de la mano que todavía retiene mi solapa como rehén y la fuerzo a soltarme con un giro seco y contenido.
—Andrea, no sé a qué hostias viene todo esto. O te comportas como una cliente más en un bar de tapas, en lugar de uno de carretera de la ruta 66 y me cuentas que pasa, o me largo y ya te pueden dar por culo a ti y a tu mal humor, a esperar la citación por insubordinación sentadito cómodamente en mi despacho. Y, por lo que más quieras, deja lo personal a un lado y pórtate como la profesional que eres ¡Coño!
—¿Profesional?—pregunta, apartándose como si le hubiera picado un áspid—¡Venga Valverde, no me jodas! Que no soy tan gilipollas cómo os pensáis ¿Vas a tener los santos huevos de decirme que no has hablado con García?¿Que no te ha puesto encima de mí para que me controles y le tengas informado?
»Profesional, dice ¡Profesional mis ovarios! Entre el gallo del corral y el héroe de guerra os apañáis más que de sobra para pasaros mi esfuerzo y mi grado por vuestros cojones toreros.
Me viene a la cabeza la conversación que tuve con el comisario en casa de los Viladecans. Ahora sus palabras tenían otro significado para mí. No me podía creer que García hubiera pecado tanto de falta de tacto con Castro sabiendo cómo se las gasta la inspectora jefe. Tanta diplomacia para unas cosas y tan poca para otras. Le tienen que estar metiendo presión al bueno de Manolo por todas partes para tenerlo así de desquiciado.
—¡Para el carro! Cierto que hablé con él, pero yo no sé nada de lo que me estás diciendo ¿Cómo encima de ti?
—¡Ah! ¿No?—replica, encendiéndose más—¿Me vas a decir que no sabes que García ha hablado con el «boy scout» de Quílez para que te dispense del laboratorio y puedas vigilarme todo el tiempo que dure la investigación?¿Que lo ha hecho para que puedas informarle de todo lo que hago?
»¡Joder! Creo que he demostrado que soy buena en el trabajo y que no necesito ninguna niñera por delicado que sea el caso.
Me quedo ojiplático ¿Qué coño?
—Te prometo que no tengo ni idea de lo que estás hablando. A mi nadie me ha dicho nada, ni García ni Quílez. Hablé con el comisario la noche del homicidio y me dijo que estaría en el caso para tenerlo informado, pero yo supuse que sería desde mi puesto habitual, no que fuera a ser tu compañero. Mucho menos, su espía.
Los ojos de Andrea me observan con detenimiento analítico, igual que tiene que hacerlo cuando interroga a algún sospechoso, buscando la veracidad de sus palabras.
Como invocado por un conjuro inoportuno, suena mi móvil. En la pantalla aparece el rey de roma. Apenas dudo antes de mostrárselo a Andrea. En parte como prueba de que no es mi intención ocultarle nada, y en parte como pataleo por mi inocencia en los cargos que se me acusa.
Le hago gestos mientras me levanto, dándole a entender que en el interior del bar no se puede hablar, y salgo fuera esquivando de nuevo al ejército de funcionarios. Al menos, me dará tiempo a echar un cigarro. Uno bastante necesario.
La llamada no dura mucho. Nada concreto, más bien vago y con un montón de rodeos que al descodificarlos con las claves que me ha dado Andrea, adquieren una especificación y dirección más que clara.
Vuelvo al sitio y pido dos cervezas al camarero de pajarita negra y chaleco rojo. Las pone enseguida y de una forma profesional que escasea, mientras Andrea no aparta la vista expectante de mi cara.
—Vale—le concedo, después de pegar un buen trago a la caña—, tenías razón. No se fía.
—¿Ves?—dice con gesto exasperado—Pretende dejarme de segundona.
Rumio un pensamiento sobre eso antes de soltárselo.
—Deberías considerarlo un halago.
Castro me mira como si me hubiera vuelto loco. O como si quisiera tomarle el pelo.
—¡Claro!—explota—Le mandaré una caja de Farias para agradecerle el ninguneo. O, mejor, una botella de Terry machirulo edition.
No puedo evitar atragantarme con la cerveza, intentando reprimir una carcajada.
—¿Encima te hace gracia?—pregunta, incrédula—. No se de que me extraño. Sois todos iguales.
—Que no mujer. Me ha hecho gracia lo del brandy viejuno. No digo que no se fie de ti como profesional. Todo lo contrario.
Andrea pone cara de no entender y su mosqueo baja unos cuantos puntos en la escala Hulk.
—Explícate.
—García está acojonado. Las presiones que tiene que estar recibiendo de todas partes lo tienen en un sin vivir. Precisamente porque te considera muy competente tiene miedo de que lo que puedas descubrir, le explote en las manos. Sabe de sobra de tu profesionalidad y que harás lo correcto sin separarte del reglamento. Por eso, depende del resultado que arrojen las investigaciones, teme no poder controlarlo y desactivarlo de ser necesario para los intereses de los de arriba.
—Controlarme, querrás decir ¿Por eso te ha puesto a ti conmigo?
—Más o menos. De mi tiene peor valoración profesional. García siempre ha sido un malabarista con su trabajo. No se llega donde está él abanderado por el libro blanco de las buenas prácticas policiales…
—Y¿ lo eres?
—¿El qué?
—Un malabarista de la verdad.
—Yo, en el circo, no paso de ser el payaso triste.
Casi se ríe. Lo podría jurar. Después de todo lo que hemos pasado, casi la hago reír. Casi…Enseguida recompone la dureza en su expresión. Pese a lo breve del instante, no puedo evitar sentir una punzada de nostalgia en mi interior. En su descuido he podido atisbar—o tal vez solo lo haya hecho mi memoria—a aquella sargento primera que conocí veinte años atrás y que brillaba más que el sol del desierto que nos fundía los plomos. Ahora es mucho más mujer. Más madura y realista, sin aquella luminosidad que yo contribuí a, si no a apagar, a atenuarla. Envejecer como nosotros lo hacemos, en el fondo, es eso: ir perdiendo la luz que emana de las ilusiones.
Con ello no digo que ahora esté peor. Todo lo contrario. Andrea es una mujer con todas las letras. Ha crecido como persona en todos los sentidos. La camisa negra que a duras penas contiene su privilegiada y poderosa anatomía es faro de atracción mal disimulada por parte de los parroquianos aquí reunidos; de ambos sexos, pues su apariencia hombruna—que ella se esmera en pronunciar—da y ha dado pie a muchos comentarios malintencionados. En su mayoría generados por la envidia.
Aunque nunca lo admitiría delante de ella, he estado siguiendo sus éxitos con orgullo. Es una profesional como la copa de un pino. Fue una lástima acabar como acabamos, pues poca gente encuentras en el camino a la que estarías dispuesto a confiar tu vida. Andrea Castro es una de ellas.
Me doy cuenta de que me he perdido en mis recuerdos y que Andrea espera respuesta a su pregunta. Mi chascarrillo no ha conseguido desviar el tema.
—No importa si lo soy o no. Yo no estoy al mando de la investigación. Tu sí. Es responsabilidad tuya lo que se haga con lo que descubramos, si es que lo hacemos.
Siento de nuevo su escrutinio. Parece una máquina de la verdad con patas.
—¿Y García?
—Se enterará de lo que tú quieras que se entere y en el momento que tú lo consideres. Pero ten en cuenta que nunca está de más saber por donde apuntan los jefes. Más en este caso que va a ser como andar en un campo minado.
Castro bebe de su cerveza sin apartar la mirada. Tras el trago, parece que ha tomado una decisión.
—Como me la juegues…
—No lo haré. Tienes mi palabra de oficial y caballero.
—Tú nunca has sido un caballero—acota, mediando un asomo de chanza.
—Solo pido una cosa a cambio.
—¡Ah! Eso ya es más propio de una sanguijuela como tú, soldadito.
Obvio el ofensivo retruécano, pues considero el tema serio.
—Lo que dure nuestra colaboración tiene que desarrollarse en una tregua del pasado, Andrea. Si no va a ser así, tú por tu camino y yo por el mío.
—Está bien. Probemos. De todas formas no tengo ni puta idea de por donde empezar.
Su arranque de sinceridad me hace esbozar una sonrisa. Ella, en cambio, ensombrece el gesto. Parece que quiera decir algo y no termina de decidirse. Un aura de frustración parece cubrirle. Uno con el que parece pelearse interiormente y que le jode expresar en voz alta.
Tras dar un sonoro suspiro aquiescente, vuelve a hablar:
—Fer—dice, al fin, con gesto contrito y forzado—, siento lo de antes.
—¿Lo de antes?—pregunto, genuinamente desconcertado por la forma con la que me acaba de llamar. El sentimiento nostálgico vuelve a acentuarse.
—Sí. No debería haber mencionado lo del héroe de guerra como lo he hecho. Lo siento. De verdad.
—Tranquila. Ya lo tengo superado.
—¿De verdad?—pregunta, suspicaz.
—No.
—X—
Mientras recojo los embalajes vacíos de la comida que hemos finiquitado en su despacho, Andrea hace los cafés y saca una botella de whisky que deposita sobre el escritorio.
Durante la comida nos hemos puesto al día de nuestras primeras indagaciones. Yo le he contado todo lo que le he podido sacar al forense. Andrea, lo que ha podido averiguar sobre la vida del difunto.
Investigar sobre un difunto no deja de ser, irónicamente, saber de su vida para poder entender su muerte.
—¿Y ella?—expulso entre el humo de un cigarrillo y el vapor etílico del primer trago.
—Eso dímelo tú que la conoces más…
—Andrea…
—Vaaaale. Tregua. Sí—contesta, haciéndole una mueca ladina al vaso que se lleva a la boca—. Pues no sé que decirte. Aún no he podido hablar con ella. Según su abogado, sigue en estado de shock en la clínica privada donde la ingresaron la noche de autos.
—Entonces ¿la solidez que has dicho de su coartada?
—Su amiga, Marta Aristain, la ha confirmado; así como los empleados del servicio que estaban aquella noche durante la cena que compartieron en casa de ésta, antes de salir a tomar algo.
—¿Cómo la habéis localizado?
—Se presentó ella con el abogado de la señora Folch cuando se enteró, por el picapleitos, de lo ocurrido. Él parece que si ha tenido la oportunidad de hablar con su cliente, pese al estado de «shock».
Andrea hace el gesto de las comillas en el aire, sosteniendo un cigarro en una mano y el vaso de whisky en la otra. No sé muy bien si intenta enfatizar el estado de la viuda, o bailando «los pajaritos» en una boda.
—¿Sospechas de ella?—pregunto, sondeando su expresión.
—¿Tú no?
—He preguntado primero. Debemos evitar influenciarnos.
—Tienes razón. No sé…la verdad. Solo he podido hacerme una idea de ella por lo que vi la otra noche y lo que me ha contado su abogado que, por cierto, es bueno. Conoce los procedimientos policiales al dedillo y como funcionamos a la hora de trazar las líneas de investigación. Eso no es bueno.
—Por eso se ha presentado directamente con la testigo.
—Y con el testamento del marido. Sabe perfectamente que el conyugue que queda vivo, suele ser el principal sospechoso.
—Vaya—celebro con sarcasmo—, eso si que es darnos el trabajo hecho.
—Sí. Sabía que habríamos terminado por pedírselo, y él poder haberse negado hasta que un juez lo obligara.
—Supongo, entonces, que si hubiera sido ella, el móvil no iba a ser el dinero.
—Eso parece. Ella no recibe más que lo normal en estos casos. Estaban en régimen de separación de bienes, como es usual en Cataluña a no ser que se especifique lo contrario. Además, por lo comentado por el picapleitos, la economía de ella está mucho más saneada que la del marido; que tampoco se queda corto. No creas.
Medito el asunto, dando pequeños tragos que me saben a gloria bendita pero que me huelen a cuerno quemado. Descartando, de momento, el móvil económico, quedaba el sentimental. Por lo que decido contarle a Andrea lo que Carme me dijo sobre su matrimonio. Si todo era tal y como me lo había hecho ver, todo cuadraba para alejar las sospechas sobre ella. Pero ¿lo era? Me hago una nota mental para preguntárselo directamente a la tal Marta. Como amiga suya debería estar al tanto del tipo de relación que tenía Carme con su marido. Le señalo a Andrea el hilo, y ella lo apunta en la lista de cosas por hacer que hemos empezado durante la comida.
—¿Te parece que podemos tener algo por ahí, antes de descartarla del todo?—le pregunto, tanteando su sentido femenino.
—Ya te digo que no sé—duda de esa forma de las que no quieren cerrar del todo una puerta, pero que tampoco tienen mucho interés por atravesarla—. Hasta que no hablemos con ella no podré hacerme una impresión menos vaga. Tú que la conoces algo más—sugiere, ralentizando las palabras. Eligiéndolas—¿Qué opinión te merece? ¿La crees capaz? Porque me da la sensación de que estás poniendo más huevos en su cesta que en la del crimen de Estado, o de puros negocios.
Es mi turno de encogerme de hombros ¿Quién es capaz a día de hoy de ver en los demás hasta dónde pueden llegar de darse las condiciones precisas? Tal vez sea porque mi cerebro es simple. Porque prefiero el afeitado de una buena navaja de Ockham, que una de esas Gillette de tropecientas cuchillas y mango aeronáutico. Tal vez por eso, el crimen pasional me parece más probable que un rocambolesco complot de altura para eliminar a una amenaza contra unos oscuros intereses de estado.
No creo en las casualidades en mi oficio, y verme protagonista en una de ellas…no sé, me chirría demasiado. Por otro lado, de ser así, Carme sería una auténtica chapuzas, sería demasiado obvio. Y, si una cosa tengo clara es que esa mujer no tiene un pelo de tonta.
Estúpidamente pienso que antes teníamos la frenología y los perfiles criminales elaborados por iluminados patológicos con más taras mentales que los supuestos delincuentes a quienes apuntaban con su ingenua pseudociencia, mientras con ella ocultaban sus propios e inconfesables deseos. Hoy, todo es estadística. Y esta nos dice que al menos una de cada tres personas tienen comportamientos sociópatas, psicópatas, o un buen cóctel de las dos ¿Podría ser Carme una de ese tercio probable?
Retraso mi respuesta. No porque tenga una, si no porque me da un tanto de azoro reconocer que aquella noche me importaba un carajo la personalidad de la viuda; que solo quería follar y no tenía mucho que decir de ella. Era lo suficientemente simpática y estaba lo suficientemente buena como para no tener que tener que lidiar con más aspectos. Andrea, intuitiva como son las mujeres que ha elegido el Cuerpo para ganarse el pan, traduce mi silencio.
—Joder, Fernando. Sé de primera mano la poca sangre que te llega al cerebro cuando tu único objetivo es meterla en caliente. Pero, coño, no sé. Alguna sensación te daría cuando te habló del marido.
»¿Lo hacía con rencor, con simpatía, con…cariño?
Entiendo por dónde van sus tiros, e intento hacer memoria.
—¿La verdad?—respondo—, era más como de aceptación. Como si ya hubiera dado por perdida la opción de ser el manido matrimonio perfecto, pero hubieran encontrado otra felicidad más…evolucionada, más tranquila. Como si hubiera renunciado a un todo irreal por otro más verosímil.
Andrea baja la vista a su vaso para levantarla, uno instante contemplativo después, por encima del cristal. Algo del brillo de la bebida parece ahora estar reflejado en el acero de sus ojos inquisitivos y, al mismo tiempo, dudosos.
—¿Crees que eso es factible con el tiempo? ¿Que se puede llegar a una relativa felicidad incompleta y aún así quererse lo suficiente para seguir adelante?
Me vuelvo a encoger de hombros.
—Toda felicidad—respondo, con la sensación de estar pisando una especie de terreno resbaladizo y asquerosamente conocido—, por perfecta que parezca, es relativa. En estos asuntos no creo que existan los absolutos.
»Además—añado, incómodo—, de una forma u otra ¿no pasa en todas las relaciones?
»No te hacía de las que piensan en cuentos de princesas.
La reacción de Andrea a mis palabras impulsivas es tan súbita como inesperada. Su mirada parece una hoja afilada de arma blanca cuando relampaguea antes de dar la estocada.
—Tal vez, si alguna vez hubieras estado enamorado de verdad de alguien, no te reirías de mi pregunta.
—No me he reído de nada—me defiendo, un tanto descolocado.
¡Qué le voy a hacer, soy un imbécil y no pierdo ocasión en demostrarlo. Intento, tarde, corregir. Como siempre.
—Perdona, Andrea. Yo no me refe…
—Déjalo, Valverde—me interrumpe, contrariada—. Contigo las cosas no cambian. Y, de alguna forma, eso es bueno. Siempre sabes a que atenerte.
La conozco lo suficiente para saber que se guarda el resto de cosas que reman en la orilla de su mente. A regañadientes, sigue hablando, pero por su tono de voz parece el de la otra. La de siempre.
—Mejor dejemos el tema sentimental hasta que podamos hablar con ella. Creo que deberíamos centrarnos en esos tres meses de vida que le vaticinaba Pascual.
Agradezco con una especie de amargura el que Castro haya vuelto a su perfil seco de armisticio. Pese a ello, en el aire del despacho, que empieza a saturarse del olor del destilado y al humo de los cigarrillos, predomina el aroma persistente y animal de las oportunidades perdidas.
—Primero—continúa, intentando obviarlo—, debemos enterarnos de quién sabía lo del tumor. Mujer, amigos, compañeros de trabajo…
—Él mismo—añado, interrumpiéndola.
Por un momento diría que me dirige una expresión celosa o… de reconocimiento. No había caído en esa posibilidad, y su profesionalidad, se ve resentida por pasar encima de lo obvio. A Andrea, no le gusta perder ni a las chapas.
—Puede ser…claro. Si es así, y el asunto de la enfermedad era desconocido por el propio Viladecans, volvemos al punto de partida. A pegar palos de ciego hasta que con alguno hagamos sonar la flauta.
—Volvemos a depender de lo que nos diga Carme—infiero, pensativo.
—Carme… Todo gira en torno a su declaración. La señora Folch—dice, remarcando el apellido para hacerme ver la diferencia de conocimiento que existe entre ella y yo—, nos debe una buena explicación. Aunque me temo que ha tenido tiempo suficiente para ser aleccionada por su abogado.
—Nos tenemos que enterar quién era el médico de cabecera del muerto. Si se hacía chequeos periódicos. Si su enfermedad había sido diagnosticada de antemano. De ser así, y alguien ha podido acceder a esos registros, nos daría un nombre para poner en la picota. Sería un comienzo.
Andrea asiente, distraída.
—No será fácil. Pero, deberíamos investigar si en los tres meses venideros había algo en la agenda de Viladecans lo suficientemente importante como para que su participación pudiera suponer una diferencia significativa.
Pasamos unos minutos en silencio, fumando y bebiendo hasta que Andrea se despereza, estirando sus brazos como si quisiera tocar el techo. El movimiento me pilla tan desprevenido que mi naturaleza actúa sin pasar por el filtro de mi cerebro social, con la consecuencia de que mis ojos se quedan encalados en el relieve imposible que su pecho ejerce sobre la tela de su camisa. La tensión que aguantan los botones de la prenda solo es equiparable a la que se establece entre nosotros una vez me percato de que me está mirando.
En su cara se dibuja una sonrisa de entre la victoria y el hastío. Su voz se vuelve dura cuando habla.
—Pues ya tenemos por donde empezar. A primera hora tendré una orden que nos permita hablar con la señora Folch o al menos que nos permita comprobar si lo que dice su abogado es verdad. Y otra para acceder a los registros médicos de Viladecans.
—Tendríamos que empezar a hablar con los socios del fiambre. Eso también nos va a llevar tiempo—añado a la lista.
—De eso se ya se están ocupando los míos—sentencia con displicencia innecesaria.
»Intenta mantener tu polla dentro de los pantalones esta noche, Valverde. Mañana, temprano, empieza el juego y te quiero espabilado.
Sin esperar respuesta por mi parte, Andrea sale del despacho de forma huracanada, dejándome allí plantado como una especie de cactus marchito.
Continúa en
- Relato #248663— title-regex: contiguous parts (4 -> 5)
Relatos similares
- Hetero: General
Con la comadre y mi novia en la misma cama 2
La viuda de su mejor amigo no solo busca su protección, sino su cuerpo. Y cuando la novia del protagonista aparece en la escena, la lealtad se…
Comparte:Trio fffDeseo reprimidoTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Cristina y Marcos, capítulo 2
Marcos sabe que mirar a Gema es un error, pero el deseo es más fuerte que su orgullo. Mientras su suegro cierra la trampa laboral, Cristina lo invita…
Comparte:Infidelidad ocultaTrio fffDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Crisis de los 40- 2°Parte
Marta creía haber dejado atrás el drama de su infidelidad, pero la noche de la despedida de soltera le recuerda que el pasado no perdona.
Comparte:Infidelidad ocultaTrio fffTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
El padrastro del novio de la amiga Parte1
La urbanización está vacía, pero la tensión es palpable. Mientras Alex confía ciegamente en su novio, Eva acaba de descubrir que el padrastro de Javi…
Comparte:Infidelidad ocultaTrio fffTrio mff
- Hetero: Infidelidad
Trio Turistico
La soledad de la montaña y el calor de agosto encienden chispas entre dos desconocidos. Cuando la noche cae y las barreras sociales se disuelven en…
Comparte:Trio fffInfidelidad ocultaDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
El abismo entre nosotros - CAP 1
Jack nunca imaginó que volvería a ver a Kennen, mucho menos a la mujer que ahora lo habitaba todo.
Comparte:Infidelidad ocultaTrio fffPoder y control