Xtories

La impaciencia de la araña 4

La ausencia de Lucía en la cama es solo el comienzo de su día. En el frío laboratorio forense, entre merengues y cadáveres, el inspector Valverde desentraña un crimen donde la ciencia revela que la muerte fue anticipada por una impaciencia mortal.

Persefone3.7K vistas9.8· 19 votos

CUATRO

Es curioso notar una ausencia ¿No? Supongo que es una expresión que necesitó ser creada porque su antítesis—notar una presencia—, no podía existir sin ella. Y digo que es curioso porque los sentidos se activan cuando sus receptores interactúan con algo presente junto a ti y necesitan dar una respuesta y un comportamiento frente a eso que está ahí. Pero, «sentir» una ausencia, es poner a los sentidos a reaccionar frente a un recuerdo; a algo que no está en tu mismo plano. Un resto de olor, un remanente de calor, tal vez un ruido o una forma ahuecada. Sea como sea, vestigios de lo que hace tiempo estuvo allí y ahora ha desaparecido, dejando ese vacio que antes había estado ocupado con… ¿con qué? ¿Qué deja la ausencia de un recuerdo? ¿Cuál es la materia con la que excita a los sentidos que la detectan?

—…

Me descubro pensando en esta tontería cuando aún no estoy seguro de estar despierto o bordeando ese momento de tregua que te da la vida antes de devolverte todo el peso de la realidad en la que vives a tu consciencia. No me hace falta moverme para tener la certeza de que estoy solo en la cama. De que Lucía hace un rato que se ha marchado a trabajar al museo. Sin necesidad de usarlos, mis sentidos me informan de que el lado de su cama está frío. Que no hay ruidos en la casa que denoten su presencia. Me informan como si lo hubieran aprendido de su ausencia.

Eso era distinto en otra época no tan lejana en el tiempo, aunque ahora parece que hubieran transcurrido siglos; o, incluso, que no hubieran ocurrido nunca y todo fuera el recuerdo de otras personas que de alguna forma peregrina se hubieran implantado en mí, dándome la sensación de ser un usurpador de memorias ajenas.

Otra cosa que ya no está y, sin embargo, sigue tan presente como la ausencia de mi mujer, es el eco de su frase «En algún momento, vamos a tener que hablar» impregnado en la habitación como la nicotina que amarillea las salas de fumadores de los aeropuertos, afeándolo todo.

En algún momento lo tenemos que hablar, si. Desde luego. El problema no es plantearlo. El problema es hacerlo sabiendo como va a terminar la discusión. Queremos hablarlo, pero no queremos terminarlo, aunque no quede más remedio.

Con todos estos alegres pensamientos de buenos días, consigo arrancarme de la cama y meterme en la ducha. Aquí, con el sonido del agua tapándome los oídos, es más difícil escuchar mis problemas. Aunque, como siempre, el agua caliente se acaba antes que la ristra que arrastro de ellos y me veo obligado a salir y a buscarme otra distracción que no puede tampoco esperar para salir a relucir: el caso de la viuda.

Tomándome el primer café de la mañana, entre el humo del cigarro y los nubarrones que veo a través de la ventana de la cocina, decido ir a visitar al forense antes de que Castro me impida hacerlo. La única forma de ganarle la partida a esa mujer, es pegando primero y luego, si tienes suerte, huir para poder pegar de nuevo otro día. Sin embargo, tampoco eso es tan sencillo. El doctor Marcelo Pascual es tan bueno en su trabajo con los muertos como borde su trato con los vivos. Carácter este que se acentúa cuando su reconocida ciclotímia le hace apegarse con extremado celo a la legalidad de los procedimientos.

Si lo pillaba en un día bueno, tras sus inevitables exabruptos que invariablemente emanan de él cuando los pies planos lo interrumpimos en su labor, suele facilitar la información que le requerimos, aunque sea a regañadientes y con cuentagotas si conseguimos hacerle las preguntas adecuadas. En cambio, si el día lo tiene cruzado…bueno, en ese caso nos suele mandar a tomar por culo sin mayores contemplaciones, instándonos a leer el informe que él, con excelso prurito de profesionalidad, enviaría al juez de turno en el momento que considerara que debía hacerlo.

Teniendo un cincuenta por ciento de probabilidad de un estado u otro, decido inclinar un poco la balanza hacia mi causa. Antes de acercarme al Anatómico Forense en Hortaleza, tengo que hacer una parada previa en Sol. El apego a las reglas es una de las dos debilidades de Pascual; la otra, rallando la enfermedad, son los merengues de la «Mallorquina».

—X—

—Hola, Carol ¿Cómo está hoy el buen doctor?

La técnico se vuelve, dejando el instrumental que está sacando del autoclave en el interior de una bandeja metálica. El sonido familiar me produce un desagradable escalofrío en el inicio del cuero cabelludo.

—¡Buenos días, inspector! Te haces caro de ver ¿eh?—acompaña sus palabras con una sonrisa que en aquella parcela de la muerte parece totalmente perdida—. Hoy tiene uno de esos días en los que debería llevar una señal colgando advirtiendo de: «Peligro. Perro suelto».

—¿No sería mejor un collar? Al cuello, digo…

—Me conformaría con un bozal como el de Hannibal Lecter.

Reímos la ocurrencia y me acerco a saludarla con los dos besos de rigor. En la cercanía vuelvo a notar la sensación que he tenido siempre desde que nos conocemos. También, como siempre, ni siquiera lo mencionamos. Las miradas pueden hablar más alto que un político en pleno mitin y, normalmente, mienten bastante menos.

—Llevamos un par de días de locos—continúa cuando nos separamos. Me percato entonces de su cara de cansancio—. El teléfono no ha parado de sonar desde que nos trajeron a los nuevos visitantes. Con decirte que han llamado incluso desde Presidencia…

—Joder. Tiene que estar que trina.

—Ladra, más bien…y…muerde.

—En fin, los cobardes no han escrito nada. Deséame suerte.

Esto lo digo enseñándole la bandeja de merengues envueltos con el fino papel de seda con la litografía de la confitería predilecta del forense.

Ella sonríe al verlo.

—Muy astuto. Teseo preparado vale por dos.

—Con salir entero de su laberinto con algunas respuestas me doy por satisfecho. Te debo una por la filtración gastronómica.

Carol se pone la mano enguantada en la barbilla de forma exageradamente teatral.

—Seguro que podemos encontrar la forma de que me puedas compensar el hilo rojo. Yo soy más de salado…

—El cable—le respondo, entendiendo su indirecta—, Ariadna, más bien el cable rojo.

—Pues lleva cuidado con él, inspector—avisa, guiñando un ojo—. No vayas a enredarte con él.

Al entrar en la sala de autopsias, el Minotau…digo, el doctor Pascual, un orondo ejemplar de humanidad embutido en un pijama verde del tamaño de una sabana de cama «King size», levanta la vista del cadáver en el que trastea con desgana como un niño lo haría al hurgar en un plato de brócoli.

—¡El que faltaba!—exclama, desabrido—¿Pero es que hoy todo el mundo se ha puesto de acuerdo para tocarme los cojones? ¿ Qué día es hoy? ¿Una especie de cinco de mayo y yo soy la piñata de la puta plaza del Zócalo? Mire, inspector Valverde. Se lo voy a decir muy clarito, igual que he hecho con el resto de las moscas cojoneras que…

El forense detiene su diatriba cuando saco de mi espalda la bandeja de merengues, ya sin el papel. Una docena de montañitas de azúcar blancas y rosas con el quemado justo en sus crestas, ha obrado el milagro. Marcelo Pascual los mira con avaricia de Shylock a través de los aumentos de las lentes que penden de sus habituales gafas de pasta cuadradas.

—Buenos días para usted también, doctor—saludo, poniendo la cara más inocente de mi repertorio—. Pasaba por aquí y me preguntaba si tendría a bien concederme unos minutos de su precioso tiempo para desayunar conmigo.

Pascual se quita los aumentos para poder seguir mejor la bandeja que muevo, ofrecida, entre las manos.

—¿Cuántos hay?—pregunta, señalando con su mentón sembrado de pelillos blancos hacia los dulces.

—Una docena.

—Tiene seis minutos.

Sin decir nada más, la extensa corpulencia de Marcelo Pascual se aparta de la mesa de metal, se quita los guantes para lavarse las manos y se bambolea hacia el pequeño habitáculo que usa como despacho.

Yo por mi parte, y como siempre me pasa desde que estudiaba, lucho por mantener la compostura en la sala de autopsias, donde los olores ofenden mi olfato de varias formas y me hace preguntarme como es posible que alguien pueda comer algo en aquellas condiciones. A pesar de eso lo sigo al interior, donde me lo encuentro sirviendo café en un par de tazas.

—Empiece—dice, poniendo el cronómetro de su Casio en marcha al tiempo que se mete el primer merengue entero en la boca—. Tiene un máximo de seis preguntas. Después, puede irse a tomar por culo. Con toda la amabilidad sea dicha, claro.

—Claro—respondo resignado, dando un sorbo al café y matando por poder encender un cigarrillo que disimule el olor químico del ambiente.

Pese a que el tiempo corre, me espero a ver en sus ojos el deleite que le causa el segundo merengue. Cuando creo que el azúcar del primero ya ha entrado en su torrente sanguíneo y le ha dulcificado algo el carácter, empiezo a preguntarle.

—El veneno ¿lo había visto antes?

Pascual se relame el bigotillo rosa que el postre le ha dejado en el labio.

—Sí. En ratones.

—¿Era un matarratas?—pregunto, sorprendido.

—No. He dicho que he visto sus efectos en ratones.

—No le entiendo.

—Usted no ve los documentales de animales ¿verdad?

—Pues…

—La cromatografía de masas ha aislado unas pequeñas cadenas de residuos proteícos en grandes concentraciones.

—¿Neurotoxinas?

—Vaya—dice, aprobador, deteniéndose un instante antes de meterse en la boca el tercer merengue—, veo que no ha olvidado todo lo que estudió, doctor.

Cuando Pascual me llama doctor quiere decir que iba por buen camino. De alguna forma, la invocación de mi título académico me hacía estar, aunque fuera por un endeble instante, en su gremio y, eso, equivalía a que si seguía haciendo las preguntas correctas, él contestaría de relativo buen grado, ampliando sus explicaciones en pos de competir en una discusión entre profesor sabelotodo y alumno aplicado.

—¿De qué tipo?¿Qué tiene que ver con los ratones?

—Del tipo de los que matan mucho. Y muy rápido.

Pascual teclea algo en el ordenador y gira hacia mí el monitor. El video de Youtube empieza con un pequeño roedor con sus ojos relucientes por la visión nocturna que lo enfoca. El bicho está ahí, rosigando algo que sostiene entre sus manecillas grotescamente humanoides, cuando una sombra rápida aparece en el margen de la imagen cerniéndose, en décimas de segundo, sobre el ratón. Dos segundos después, el mamífero comienza a convulsionar entre gorgoteos que pretenden ser chillidos. La triste escena apenas si llega a los diez segundos. Sobre el cuerpo inerte de la víctima, una araña de considerable tamaño, queda mirando a la cámara como si la estuviera desafiando con sus dos enormes quelíceros brillantes.

Durante un efímero y feliz momento, pienso que el culpable del doble homicidio que tengo entre manos, tiene ocho patas y que por tanto la ley de los hombres no es aplicable. Qué bonito habría sido. Qué felicidad habría supuesto quitarme aquel marrón de encima achacando la muerte del catalán y de su amante a una desafortunada acción de la madre naturaleza en forma de horripilante arácnido.

Bonito, sí. Pero del todo improbable.

El forense se enchufa otro merengue con tranquilidad, como si con el video quedara todo explicado.

—¿Los mataron con veneno de araña? Pero eso es…

—Sí—me interrumpe con la boca llena—, inaudito.

—No solo inaudito, Si no…

—Claro. Tremendamente difícil de conseguir.

¡Joder con el tragaldabas!

—Si quiere, doctor—sugiero, desabrido—, puede usted hacer todo el diálogo y yo me quedo de espectador. Hace tiempo que no voy al teatro.

La sonrisa de suficiencia del forense y el pico de euforia que le tiene que estar dando la hiperglucemia, me dan ganas de estamparle la bandeja en la cara. Doy un sorbo a mi café y cuento hasta diez. Mejor aguantarlo en plan guasón, aunque sea casi más insoportable que tenerlo de morros y cerrado en banda.

—¿Dónde demonios se consigue toxina de araña en cantidad suficiente para matar a dos personas?—exclamo, más que pregunto, totalmente desconcertado.

—No pretenderá—dice, con los carrillos haciéndole bola—que le haga también su trabajo ¿verdad, inspector? Eso es cosa de los suyos. Yo me limito a decirle hechos.

Obvio su bordería y sigo pensando en voz alta.

—¿En un zoo?¿En tiendas de animales?

—No sea usted lerdo ¿No ha oído hablar de la «Deep web»?

Claro que lo había pensado. Pero, sí ese era su origen, nos podíamos dar por jodidos. Jamás podríamos un rastro por ahí con los medios con los que tienen a bien dotarnos desde la enésima crisis de presupuestos.

Voy a cagarme en Sos en voz alta cuando la sonrisa ladina de Pascual me detiene. El gordo cabrón me está tomando el pelo.

—A ver, inspector—adopta un tono docente—. Doy por sentado que no tiene ni repajolera idea de que araña es esa—señala, con un dedo pringado de blanco, el monitor con la imagen del bicho congelada.

—Pues…

—No se esfuerce, no vaya a darle una embolia. Estoy deseando tenerlo en mi mesa de trabajo, pero no hoy. Ya tengo suficiente para este mes. La araña en cuestión es australiana.

¿Y qué carajos me importará a mí de donde sea la hijaputa? Pienso, haciendo un ademán de sacar un cigarrillo que muere en eso, en un ademán ante la reprobatoria mirada del forense.

—Es una Atrax robustus—continua—. Su toxina ataca directamente al sistema nervioso central, produciendo vómitos, contracciones, parálisis del sistema respiratorio y, finalmente, edemas cerebrales masivos. Todo ello en cuestión de escasos minutos. Pero por su mismo funcionamiento, se ha logrado desarrollar con ella una medicación contra el Parkinson.

—Me está diciendo…

Pascual asiente.

—Que la única forma en la que ese veneno puede ser encontrado es formando parte de un medicamento que solo está autorizado en Estados Unidos. Para que una araña matara a un hombre medio, necesitaría unos quince días después de la picadura si no se suministra el antídoto. Sin embargo, en una caja de viales de Atracotoxina, de venta en farmacias yankies, hay suficiente veneno para, si se concentran en una única dosis, matarlo antes de media hora y entre terribles sufrimientos.

»Por la cromatografía también sabemos que los residuos no están sulfurados como sería el caso de provenir directamente del arácnido, por lo que es evidente que la toxina que les inyectaron está concentrada, y es sintética.

De la alegría y sin parar mientes, alargo la mano para coger uno de los merengues supervivientes. Pascual, rápido como la araña del video, me suelta un manotazo que retumba en todo el despacho.

—En el fondo, muy en el fondo, no me cae usted del todo mal, inspector. Pero como vuelva a intentar meter la zarpa donde no toca, le vivisecciono.

Me gustaría seguir hablando del veneno, pero el tiempo del cronómetro apremia y los merengues merman a una velocidad alarmante.

—¿Qué me dice del semen? ¿Algo interesante?

—Bueno, no sé cuales son sus filias, inspector. Por lo que a mi respecta solo puedo decirle que son de dos varones diferentes. Del muerto y de otro muy vago.

—¿Vago?

Pascual esta disfrutando de lo lindo. Se le nota. Entre los dulces y esa posición entronificada que le da su cargo, no disimula en tratar a la plebe que mendiga información a sus pies con un descarnado recochineo.

—La carga identificada está donde tiene que estar en el cuerpo de la señorita teniendo en cuenta la hora en la que murieron. La otra, la del «donante» desconocido, es posterior a la primera y su motilidad dejaba mucho que desear.

—Quiere decir que fue…

—Es una posibilidad—vuelve a interrumpirme, en su afán de no dejarme acabar una frase—. La otra, la que veo más plausible, es que fuera…dejada ahí.

Todas mis alarmas se encienden a la vez. Si Marcelo Pascual está diciendo lo que creo que está diciendo, la teoría que remolonea en mi cabeza encontraría un punto firme de anclaje.

—Dejada ahí para hacernos pensar que hubo un tercer amante que huyó después de haberlos matado.

—Le repito que los indicios son cosa suya de y de los suyos. Yo me limito a los hechos y éstos dicen que el semen del desconocido no fue eyaculado esa noche ¿Alguna vez le han pasado revista a sus soldaditos, inspector?

—No. No se ha dado el caso.

—Pues debería. Con lo que fuma y bebe, si algún día, dios no lo quiera, pretende dejar descendencia, me parece que iba a disparar usted con salvas.

—Muy amable por su preocupación, doctor. Prefiero, si no le importa, que se ciña al desconocido que nos ocupa.

—Pues eso. Cuando se hace un estudio de viabilidad espermática, la muestra que se procesa se ha de reactivar con un protocolo adecuado.

—Creo que le entiendo y como las teorías son lo mío, déjeme hacerle un suponer.

»Quien fuera que estuvo con las victimas aquella noche, le inyecta la toxina. Después, una vez ya no pueden impedirlo, pone en la mujer una cantidad de semen que previamente ha traído consigo en un bote para muestras. En ese caso, si la muestra es reciente ¿los espermatozoides del donante hubieran hecho su recorrido normal?

Pascual contesta comiéndose otro merengue.

—Como hipótesis, no esta mal. Suena a novela policiaca de las malas, sin embargo no carece de respaldo científico. Bien podría haberse dado ese caso, sí.

Aquellas palabras, traducidas de la abulia dialéctica del forense, es un completo «Eureka».

Con todo ello ya podía marcharme de allí con algo por donde tirar y con mi idea reforzada. Y todavía quedaban un par de solitarios y acojonados merengues en la bandeja.

Me dispongo a levantarme para marcharme cuando Pascual vuelve a hablar entre restos de dulce.

—Una pena para el criminal no haber tenido un poco más de paciencia.

Me detengo en el movimiento que ya he comenzado.

—Y eso por…

—El hombre tenía cáncer. En el cerebro. Pequeño. Inoperable. Fatal.

La sorpresa es como un mazazo.

—¿Cuánto le quedaba?

Pascual duda, con el último merengue en la mano, como si su titubeo fuera si debía comérselo o no. Acto seguido el dulce desaparece en su boca.

—Unos tres meses—farfulla, expulsando algun que otro perdigón de merengue.

Continúa en