Unas minivacaciones inolvidables
Linda llegó buscando paz, pero encontró algo mucho más peligroso: la mirada hambrienta de Javier, el vecino casado que no puede dejar de mirarla. Con el calor del mediodía y la soledad del apartamento, la línea entre el deseo y la traición se difumina hasta desaparecer.
- ¿Pero donde vas a ir en estas fechas, Linda? Si ahora no hay ningún turista, si hasta dan lluvia para esos días....
La que así habalaba era mi madre, como siempre apoyando a su manera alguna de mis ideas. Y la verdad es que algo de razón tenía: no era epoca de irse a la playa. Pero estaba tan harta de todo, y tenía tanta necesidad de desconectar durante unos dias, que me lié la manta a la cabeza y logré una escapadita. El año había sido duro: un trabajo sin ninguna expectativa al que había tenido que renunciar de lo harta que me tenían y un novio que apenas me seguia el juego en nada -y cuando digo en nada es en nada- al que abandoné sin ningún reparo... ¿Cómo no iba a merecerme al menos cuatro día de descanso donde poder pensar y meditar qué hacer con mi futuro?
En fin, que desoí las advertencias de mi madre y entrando en internet alquilé un modesto pero bonito apartamento en la costa. Algo sin pretensiones, ajustado a mi economía, pero cerca de la playa y del centro del pueblo (no es que tuviese muchas ganas de andorrear pero una nunca sabe lo que el cuerpo me puede llegar a pedir...). Hice el equipaje en media hora -apenas un par de bikinis y ese modelito de minifalda y top a juego al que no hay quien se resista- y a la mañana siguiente tomé el coche y en cuatro horas ya estaba en mi destino. Tan fácil que yo misma me asusté.
Cuando llegué las indicaciones eran claras: llamar al telefonillo del apartamento de al lado. Así que ni corta ni perezosa, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar, abedecí como una chica buena. Un timbrazo, dos timbrazos....y entonces apareció él.
- Hola, buenos días...
- Ehhh, hola... He alquilado el apartamente de al lado y según ponía...
-Ahh, -dijo sin dejarme terminar- tú tienes que ser Linda, ¿verdad?
Sonreí dando a entender que sí.
- Encantado, yo me llamo Javier....
Se adelantó y me dió dos besos. Olía bien, a hombre, a hombre maduro. Era alto, moreno, con gafas de intelectual, de fuerte complexión... No es que me atrajese enormemente en este primer contacto pero reconocí al instante la presencia de una apuesto hombre maduro... de esos que tanto he fantaseado en follarme algún dia y exprimirle hasta la última gota.
- Vivo aquí con mi mujer y mi hijo, y decidimos hace un par de años comprar el apartamene de al lado, ya sabes, para sacar algún dinero extra...
Mientras hablaba sus ojos no dejaban de desnudarme con la mirada. En parte era normal: llevaba una camiseta ajustada que delineaba perfectamente la curva de mis pechos y un pantalón vaquero también ajustado que contoneaba a la perfección mi figura de jovencita. Pero claro, un hombre casado...¡qué pervertido!
- Yo estoy aquí todo el día, teletrabajo, así que cualquier cosa que necesites no dudes en decírmelo. Será un placer -apostilló subrayando la palabra placer más de lo convencionalmente acordado.
Cogió mi trolley muy educadamente y pasamos al apartamento. Era como en las fotos que vi por internet: pequeño pero más que suficiente. Me enseñó las estancias, la cocina, como funcionaba algún electrodoméstico... pero mi mente vagaba ya en otra dimensión: llevaba mucho tiempo sin sexo y aquel madurito me estaba encandilando, no ya solo por su presencia sino por lo asalvajado de sus miradas. Y es que varias veces le sorprendí mirándome el culo o tratando de grabarse a fuego la imagen de mis tetas para quien sabe si después pajearse a gusto.
-En fin Linda, que no te molesto más... Esta es tu casa. Por cierto, ¿vienes entonces sola?
La pregunta era atrevida pero justa y necesaria.
-Sí, es lo que ahora mismo necesito -dije sin ninguna ganas de dar, de momento, ninguna explicación.
-Ok, ok, es que es lo que ponía en la reserva, pero quería confirmarlo. No es lo común y...
- No te preocupes Javier.... -ahora era yo quien no le dejaba continuar, y quien pronunció su nombre solo para saber qué sentía al hacerlo.
Apenas se fue pasé el trolley a lo que iba a ser mi dormitorio y me tumbé relajada en la cama. Pensé en mi madre, en que tenía razón: estaba medio nublado y según había llegado con el coche el pueblo parecía más bien bastante solitario y aburrido. Pero según terminé de pensar esto la imagen de Javier se me apareció iluminada. Sonreí de pura inocencia. ¿Cómo iba a follarme a un hombre casado? Pero sin remedio mis dedos ya estaban juguetando con la almendra dorada de mis pezones. Me desabroché el pantalón vaquero y me metí un dedo hasta mi sexo. Yo misma me sorprendí de lo húmedo que estaba y queriendo comprobar los efectos de mis fantasías mi quité la camiseta y me saqué las tetas del sujetador. Ufff... las tenía duritas y apenas me pellizqué los pezones un par de veces que un ardor me subió hasta la garganta. Tenía hambre de polla, hambre atrasada de polla. Cerré los ojos y simplemente imaginando que aquel hombre corpulento me follaba me corrí como una loca.
Apenas los temblores pasaron me pusé en pie. Estaba más desorientada de lo que yo pensaba. Había sido solo necesario que un hombre me dedicase veinte minutos de su tiempo para sucumbir como una tierna jovencita. Me di una ducha fría, deshice la maleta lo mejor que pude y pensando estratégicamente cual iba a ser mi siguiente paso me vestí para salir a comprar comida. Quizá así me calmase, quizá así me reconectase conmigo misma. ¿No era eso lo que había venido a hacer?
Pero no había manera. Estaba encendida. Era él, Javier, pero también era yo. Era la situación, pero era el no saber si había venido a eso: a sentirme otra vez deseada, a dejarme follar otra vez, a no sentirme juzgada. Estaba confundida. Era un calentón, pero había algo más: estaba la realidad, llamando a mi puerta, la posibilidad más que pausible de follarme a un madurito casado, de sentirme otra vez viva.
Lo primero que hice fue ponerme mis cuñas de esparto y, desnuda, mirarme el espejo: estaba más que apetecible. Una puta en ciernes, una jovencita caliente y morbosa. Pasé la mano por mis pechos sintiéndome plenamente mujer. Todavía me ardían. Pasé un dedo por mi coño depilado. Todavía tenía hambre. Luego me puse un conjunto de lencería de tanga y sujetador sin tirantes. Y, por último, esa minifalda que tan decididamente marca mi culo (claramente lo mujer de mi anatomía) y un top negro fruncido que me dejaba hombros y espalda desnudos y que se acoplaba perfectamente a la suavidad femenina de unos pechos no muy grandes pero esbeltos y tremendamente sensibles a miradas ajenas.
Así vestida, me maquillé un poco y lo dejé todo en manos del más sabio de los maestros: el destino. Que me encontrase con Javier nada más salir y me empotrase como a una perra en el mismo jardín o que me fuese tranqulizando según hacía la compraba...lo mismo daba que daba lo mismo.
El caso es que hice la compra, lentamente, dejándome cimbrear por el calor del ambiente y de mi cuerpo, dejándome abrazar por las miradas que se posaban en mi cuerpo y me desnudaban con violencia o suavidad. La imagen de Javier venía y se iba, sin empeñarme yo en nada más que en seguir el juego a lo que mis propios deseos me exigiesen. A veces me sentía tonta pensando en que su mujer ya estaría en casa, y otra veces apretaba el ritmo para tratar de adelantarme imaginando como me iba a follar un hombre casado.
En estas que terminé de hacer la compra. En estas que cargada con dos bolsas en cada mano me dirigí de vuelta al apartamento. Y en estas que el calor empezó a hacer mella en mi cuerpo. Sentía mis caderas bailar al ritmo de mis pasos, mis pechos se endurecían por momentos: no era posible, me sentía otra vez como una perra, como una puta con sed de leche, con hambre de sexo. Cerré los ojos y me imaginé a cuatro patas, desnuda, mientras Javier me penetraba con una fuerza descomunal, mientras su polla se abría a través de mi cuerpo de ninfómana. Tuve que parar para apretar mi sexo y sentir como se humedecía el tanga. La suerte estaba echada. Linda, me dije, cómo eres...
Estaba ya llegando y sin saber muy bien qué hacer paré delante del apartamento de mi casero más por el peso de las bolsas que por otra cosa. Pero, ¿a quién estaba queriendo engañar? Dejé las bolsas en el suelo y me recoloqué la falda. Se me había subido demasiado y ya apenas disimulaban mis muslos. Ahí parada al sol del mediodía me sentí un poco confundida, sin saber muy bien si llamarle para que me ayudase, si dejarlo pasar, si... Pero no hubo opción.
- Linda...espera, espera...
Era él, Javier. Con una sonrisa de oreja a oreja, abriendo los ojos desmesuradamente, avanzando a través del jardín a grandes zancadas...
- ¿Porqué no me has dicho nada? Si estoy para eso...
Empecé a temblar, a dudar de mí misma, a desconfiar de todo lo que llevaba deseando desde hacía un par de horas...
- No sabía que me iba a cargar tanto, la verdad... -dije sonriendo como una boba.
-Además, una chica tan guapa como tú...
Sonreí más ampliamente, dejando a las claras que tenía todo el campo abierto, que por mí no iba a haber reparo, que estaba deseando de convertirme en su putita no solo en ese primer momento sino todo el largo fin de semana que iba a pasar en su apartamento. En todo caso, confieso que cuando abrí la puerta y le dejé pasar, cargado como él iba con las bolsas, y aspiré su fragancia de hombre, volví a temblar no sé si de dudas, remordimientos, puro morbo, o un deseo indescifrable de ser follada violentamente.
- Déjalo aquí, Javier, aquí vale...
- OK, sin problema
Cerré los ojos un instante. Los pechos me dolían, los pezones los sentía duros contra el sujetador, la boca me abrasaba de calor y por la parte interior de los muslos me corría una calidez, mezcla de sudor y deseo femenino. Podría avalanzarme sobre él...pero deseaba seducirle hasta el límite...
-Es que tampoco sabía el bochornazo que hace aquí...
-Ya, el cambio de clima al principio es lo que tiene -contestó girándose hacia mí y mirándome sin disimulo de arriba abajo.
-Creo que mejor que ir a la playa me daré una ducha -dije sintiéndome puta tratando de recalentar al hombre que tenía enfrente.
Tragó saliva y parpadeó nerviosamente sabiendo lo que se le venía encima...
-¿Cómo es que has venido sola, no tienes novio?
Sonreí, la jugada estaba lanzada. El destino marcado.
-No, qué va… paso de novios, son muy aburridos. ¿Es que nunca has hospedado a una jovencita solitaria?
Javier dudó y en apenas dos segundos, clavando su mirada en la mía, pude ver toda la red de procesos neuronales que atravesaron su mente: huir ahora que todavía podía, contestar una cosa, contestar otra, lanzarse a mis pechos para lamerme entera, ser fiel, no ser fiel...
-Sí, alguna vez, viene gente de todo tipo. Pero... tan atractivas como tú no...
Y apenas terminó de apagarse la última palabra... se acercó a mí acariciándome los labios con la punta de su lengua. Fue un roce mínimo pero lleno de poesía, algo que ninguno de mis jóvenes amantes habría hecho nunca. Un roce con el que me abrió de par en par...
- Linda....
Sin dejarle hablar me pegué a él sintiendo la dureza palpitante de su polla contra mi abdomen para, al instante, comernos la boca sin ningún reparo. Me sentí sucia y puta, sobre todo muy puta, de estar a punto de follarme a un casado.
Sus manos, de inmediato, como un resorte y mientras nuestras lenguas estaban todavía jugando, se fueron directas a mis tetas. Estaban duras. A los pocos segundos Javier tomó un poco de distancia y, como tomando posición de lujo para lo que iba a ver, me bajo delicadamente el top y una de las copas de mi sujetador para dejar visible uno de mis pechos. Era pura dinamita: era rozarlo y explotar en una constelación infinita de sensaciones. Debió de saberlo porque apenas titubeó un poco me lamió de arriba abajo el pezón para acto seguido metérselo en la boca. Yo apenas acerté a agarrarme fuerte a él para no caerme, para no vacilar.
-Ummmmmm...Javier...
Una ola de calor me recorrió la médula espinal mientras su lengua y sus labios hacían virgerías con mis pezones. Porque el muy cerdo me había sacado la otra teta también del top y, extasiado, me contemplaba como la Lolita con la que día tras día se había ido mastubando sin reparo hasta el día de hoy.
Volvimos a besarnos, caldeándonos en nuestro propio deseo. Pero esta vez, después de la primera toma de contacto, sin ningún reparo. Javier había metido la mano por debajo de mi falda y apartando un tanga ya chorreante me había metido un dedo por mi coño y, mientras me comía la boca y los pezones por turnos, me follaba sin dilación primero con un dedo y después, cuando empezaba a gemir ya como una puta, con dos.
Podía haberme dejado follar sin más. Tal y como estábamos tan solo me tenía que haber dado la vuelta, empujado contra la encimera, bajarme el tanga, abrirme levemente las piernas y dejarme follar desde atrás como a mí me gusta. Pero aquel hombre debía de tener, como todos los casados, leche para dar y tomar. ¿Será verdad eso de que las mujeres casadas nunca hacen una mamada hasta el final? Temblando me deslicé por su cuerpo hasta caer de rodillas delante de él.
- Linda....
Le acaricié la polla por encima del pantalón. Estaba dura y parecía grande, muy grande, como él... Le desabroché el pantalón y no tuve que hacer mucho esfuerzo para que un trabuco de dimensiones más que considerables emergiese como de un mundo paralelo. Apenas la contemplé en toda su majestad le di un lengüetazo de abajo arriba para de inmediato metérmela en la boca.
Quería esa polla y la quería entera. Quería disfrutarla pera quería sobre todo saciarme de ella. Quería llenarme hasta la última gota. Cerré los ojos mientras mamaba de ese pedazo de carne y enseguida lo vi claro: había venido para esto, para hacerle una mamada colosal a aquel hombre casado. Para tragármelo todo, para ser desbordada, para engullir aquella polla enorme.
Javier me guiaba cogiéndome del pelo pero la verdad es que no había mucho que guiar: su polla entraba y salía de mi boca sin problema, untada en mi saliva cada vez más espesa, sazonada con las primeras gotas de placer que manaba de aquel resorte. Mientras me metía uno de sus huevos en la boca me pellizqué los pezones sintiéndome ávida de semen, de semen de hombre casado.
-Córrete mi vida.... -no sé desde qué lugar dije eso, pero el caso está en que lo dije.
Levanté la mirada y clavé mis ojos en Javier y lo volví a decir...
-Córrete mi vida...
Sin dejar de mirarle me volví a meter la polla en la boca, a succionar el glande, a acariciarle con la lengua...
-Mi vida...córrete...
No tuve que volver a suplicarle porque apenas me volví a introducir la polla noté como ésta se contraía una, dos y tres veces...para llenarme el paladar de un semen caliente y amargo, para embadurnarme la boca de olas de semen que apenas acertaba a tragar mientras mi cuerpo entero convulsionaba de placer.... No había ya marcha atrás: me saqué la polla de la boca dejando que hilos de esperma cayesen sobre mi cuello y mis pechos de niña buena. Ufff...había sido demasiado hasta para mí.
Levanté la mirada. Javier sonreía.
Volví a meterme la polla en la boca y saborear las últimas gotas. Limpié con la lengua los restos de semen que quedaban en su polla. Estaba superexcitada.
-¿Es la primera inquilina que te hace una mamada?
-Quizá...
Traté de auscultar su mente pero me fue imposible.
-Bueno -dije mientras me levantaba y me quitaba el tanga- ahora fóllame...
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