Xtories

El nombre que lo llenaba todo I

Siempre desconfió de las apariencias perfectas. Pero cuando la invitación a probarse un bikini se convierte en una invitación a probarse a sí misma, la línea entre la curiosidad y la traición se desdibuja en un probador.

JARossi0110K vistas9.5· 37 votos

Saúl y yo llevábamos más de seis años juntos. Seis años de risas compartidas, de mañanas lentas en la cama, de discusiones tontas que terminaban en besos y sexo apasionado. Él era mi ancla, mi gran amor, el hombre por el que nunca había sentido ni un ápice de duda. Nunca le había sido infiel. Ni siquiera lo había considerado. Porque lo amaba con una intensidad que a veces me asustaba. Saúl era lo opuesto a mí: abierto, alegre, confiado hasta el extremo. Yo, en cambio, era recelosa, observadora, siempre midiendo antes de confiar. Pero él me hacía sentir segura. Completa.

El físicamente es de cabello castaño ondulado despeinado por el viento, barba incipiente bien cuidada, ojos claros cálidos que siempre me miraban con amor puro, sonrisa amplia y juguetona que iluminaba todo a su alrededor, piel bronceada, cuerpo algo atlético, usa gafas ya que su vista es pésima. Una energía alegre, confiada, de hombre que cree que el mundo es bueno y que todos merecen una oportunidad

Todo era perfecto con el hasta que apareció Sonia.

Llevaba semanas hablándome de Sonia, una compañera nueva de su trabajo en Saturno una exitosa agencia de publicidad en Ciudad de México.

—Sonia dice esto… Sonia opina aquello… Sonia y yo tomamos café en el descanso… Sonia es muy inteligente… Sonia tiene un sentido del humor increíble…

Sonia, Sonia, Sonia.

Al principio no le di importancia. Saúl siempre había sido así: entusiasta, confiado, de esos hombres que creen sinceramente que todo el mundo tiene buenas intenciones.

Pero con el tiempo aquel nombre empezó a repetirse demasiado.

Y lo que más me molestaba no era que hablara de ella… sino cómo lo hacía.

Siempre sonreía.

Una sonrisa casi distraída, como si no notara nada extraño.

Como si no entendiera lo que provocaba en mí.

—Además es muy guapa —dijo una tarde con total naturalidad mientras cenábamos—. Ya te caerá bien cuando la conozcas.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

— ¿Ah sí? —respondí intentando sonar tranquila.

—Sí, claro. De hecho… —dijo con entusiasmo— nos invitó a pasar un fin de semana en la casa de playa de unos familiares suyos en Acapulco.

Casi dejo caer el vaso.

— ¿Qué?

—Vamos, Pau, sería genial. Ernesto, su novio, también va a estar. Dicen que el lugar es increíble.

No respondí.

No sabía exactamente qué sentía.

¿Celos?

Tal vez.

¿Curiosidad?

Definitivamente.

Porque había algo que no terminaba de cuadrar.

Todos los compañeros de Saúl hablaban maravillas de Sonia.

Demasiadas maravillas.

Hermosa.

Inteligente.

Carismática.

Encantadora.

Perfecta.

Y yo no creía en las personas perfectas.

Así que finalmente acepté.

En parte porque Saúl estaba emocionado como un niño.

Y en parte porque necesitaba ver a Sonia con mis propios ojos.

Llegó el día.

Salimos de Ciudad de México el viernes temprano. La carretera hacia Acapulco estaba despejada y el clima era perfecto.

Saúl conducía feliz, cantando canciones que salían en la radio, completamente ajena a cualquier tensión.

Yo, en cambio, miraba por la ventana pensando en la mujer que nos esperaba.

De mi soy Paulina, aunque casi todos me dicen Pau. Soy trigueña clara, de ojos café, de esas mujeres que llaman la atención sin proponérselo demasiado. Siempre he cuidado mi cuerpo, y Saúl suele bromear diciendo que fue lo primero que lo enamoró de mí.

Pero si algo me define de verdad no es mi apariencia, sino mi forma de ser. Soy recelosa por naturaleza. Desconfiada. Siempre observo antes de confiar en alguien.

Quizás por eso Saúl es tan importante para mí.

Él es lo opuesto: abierto, alegre, incapaz de ver maldad en nadie. Tal vez por eso lo amo tanto.

Saúl no es solo mi pareja. Es el gran amor de mi vida.

No sabía por qué, pero algo dentro de mí me decía que ese fin de semana no sería normal.

Llegamos cerca de las cinco de la tarde.

La casa estaba en una zona elevada, con vista al mar. Una construcción moderna con grandes ventanales y una terraza que parecía suspendida sobre el océano.

Hermosa. Demasiado hermosa.

Apenas bajamos del coche apareció Ernesto con camisa de manga corta y abierta en todos los botones. De piel oscura y cuerpo perfectamente definido, como alguien acostumbrado a entrenar., pero todo en él tenía un aire seguro, casi elegante.

Tenía una sonrisa amable… pero sus ojos eran distintos.

Observadores. Demasiado atentos.

Por un segundo me impresionó. Había algo en su presencia que llenaba el espacio con facilidad.

Pero al mismo tiempo sentí una pequeña incomodidad, una sensación difícil de explicar. Como si, detrás de esa cordialidad, estuviera midiendo cada reacción.

—Ustedes deben ser Saúl y Paulina —dijo estrechando nuestras manos.

Cuando me miró, sentí que me estaba analizando.

No de forma grosera. Pero tampoco inocente.

Su apretón de manos fue firme, seguro. Demasiado seguro para alguien que acababa de conocernos.

—Sonia fue playa a nadar debe de regresar en 1 hora.

Nos ayudó con las maletas y nos llevó a la terraza.

El mar se extendía frente a nosotros, brillante bajo el sol de la tarde.

Nos sentamos a descansar.

Ernesto hablaba con Saúl con total naturalidad, incluso bromeaba con él como si se conocieran desde hace tiempo. Era carismático, de esos hombres que saben caer bien con facilidad.

Pero cada cierto tiempo yo notaba su mirada posarse sobre mí.

No era una mirada vulgar.

Era algo distinto.

Más calculado.

Como si intentara entender algo. O esperar algo.

No supe explicar por qué, pero algo dentro de mí me decía que Ernesto no era alguien en quien confiar completamente.

Después de unos minutos se levantó.

—Voy a buscar a Sonia, si no la busco es capaz de nadar hasta Cuba, dijo bromeando —dijo—. Pónganse cómodos.

Se marchó.

El sonido del mar era relajante.

El viaje me había cansado y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida en una de las tumbonas.

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo recuerdo sentir la mano de Saúl moviendo suavemente mi brazo.

—Pau… despierta.

Abrí los ojos lentamente, todavía aturdida por la siesta y por el sol de la tarde que caía sobre la terraza.

—Paulina —dijo Saúl sonriendo—, ella es Sonia.

Me incorporé un poco.

La primera impresión fue el color de su cabello.

Rojo intenso. No el rojo artificial de las tinturas baratas, sino un tono profundo que brillaba con la luz del atardecer.

Sonia era alta, de piel clara y facciones suaves. Sus ojos, de un verde casi dorado, tenían una expresión viva, curiosa, como si siempre estuviera a punto de reír.

Pero lo que más llamaba la atención no era su belleza.

Era su presencia.

Tenía esa clase de energía que hace que una persona llene el lugar apenas entra.

— ¡Por fin te conozco! —dijo acercándose con una sonrisa enorme.

Antes de que pudiera reaccionar, me abrazó con naturalidad.

Un abrazo cálido, cercano… como si nos conociéramos desde hace años.

—Saúl habla muchísimo de ti —añadió separándose un poco para mirarme—. Ya me moría de curiosidad.

No supe muy bien qué responder.

Su manera de hablar era espontánea, afectuosa, casi íntima. Demasiado íntima para ser la primera vez que nos veíamos.

—Yo también tenía curiosidad —dije finalmente.

—Bueno, pues ya verás que este fin de semana la vamos a pasar increíble —continuó con entusiasmo—. Este lugar es perfecto para desconectarse de todo.

Mientras hablaba, tomó una silla y se sentó con nosotros como si hubiera formado parte del grupo desde siempre.

Saúl parecía encantado.

Reían, bromeaban, recordaban anécdotas del trabajo.

Y Sonia… parecía moverse con una facilidad sorprendente entre nosotros.

Como si siempre hubiera estado allí.

Sin embargo, mientras los escuchaba, sentí otra vez aquella pequeña inquietud.

No venía de Sonia.

Venía de Ernesto.

Estaba apoyado en la barandilla de la terraza, observándonos en silencio.

De vez en cuando su mirada volvía hacia mí.

No era descarada. Ni siquiera incómoda.

Pero había algo en la forma en que me miraba que me hacía sentir… evaluada.

Como si estuviera tratando de descifrarme.

Tal vez solo eran ideas mías.

Después de todo, siempre he sido así.

Demasiada observadora.

Demasiado desconfiado.

Quizás mi cabeza estaba buscando problemas donde no los había.

Me obligué a relajarme.

Al fin y al cabo, era solo un fin de semana en la playa.

Nada más.

Aunque, en el fondo, una pequeña voz seguía diciéndome que algo en aquel lugar… no terminaba de encajar.

Me sentía todavía aturdida por la siesta y por el sol de la tarde que caía sobre la terraza sin imaginarme de las cosas que iban a pasar en tan corto fin de semana. La tensión en la terraza se disipó un poco cuando Sonia, con esa gracia natural que parecía ensayada, rompió el silencio con una propuesta que sonaba a plan de amigas, pero que a mí me supo a estrategia.

—Pau, antes de que se nos haga más tarde... —dijo Sonia acercándose a mí con una sonrisa cómplice—, mañana vamos a pasar todo el día en una caleta privada que Ernesto conoce. El sol allí es increíble, pero deje un bolso de ropa olvidado y por ende no tengo traje de baño. ¿Me acompañas al centro comercial? Necesito un bikini nuevo que sea muy exótico para el sábado y me encantaría que me dieras tu opinión. Además, así nos conocemos a solas.

Y le pregunte pero no estabas nadando ¿y tú traje de baño?

Y ella con sonrisa pícara dijo – desnuda.

Mi rostro se ruborizo por completo.

Saúl intervino enseguida.

—Claro, vayan. Yo me quedo aquí con Ernesto.

Ernesto levantó su cerveza como brindando.

—Alguien tiene que vigilar la cerveza.

El coche de Sonia bajaba por la carretera que llevaba al pueblo mientras el mar quedaba detrás de nosotros.

Ella conducía con confianza, una mano en el volante y la otra apoyada relajadamente en la ventana.

—Necesito algo interesante —dijo de pronto—. Un traje de baño que valga la pena.

Me miró de reojo y sonrió.

—Y quiero tu opinión.

— ¿La mía?

—Claro. Las mujeres solemos tener mejor criterio para esas cosas.

Encendió la radio y empezó a sonar música suave.

—Además —continuó— Saúl dice que tienes muy buen gusto.

No pude evitar reír.

—Saúl dice muchas cosas.

—Eso es verdad.

Sonia soltó una risa ligera.

—En la oficina no para de hablar.

—Lo imagino.

—Es curioso… —continuó ella— porque en Saturno todos lo quieren mucho.

La miré.

— ¿Sí?

—Claro. Siempre está haciendo bromas, ayudando a los demás, contando historias… mantiene el ambiente relajado incluso cuando hay presión.

Sonrió un poco.

—Hay días en que toda la oficina está estresada y él aparece con un comentario absurdo y termina haciendo reír a todo el mundo.

Sentí un pequeño orgullo al escucharla.

—Ese es Saúl.

—También es muy carismático —añadió ella—. Los clientes lo adoran.

Hubo un breve silencio mientras el coche entraba en el pequeño pueblo.

Yo la observé un instante.

La luz de la tarde entraba por el parabrisas iluminando su cabello rojo.

Era… impresionante.

Había algo en Sonia que llamaba la atención sin esfuerzo.

La forma en que se movía. La seguridad con la que hablaba. Su sonrisa.

Y aunque nunca me habían atraído las mujeres… no pude evitar notar lo hermosa que era.

No era deseo.

O al menos eso me dije.

Pero sí una especie de curiosidad extraña.

Como si su presencia tuviera algo magnético.

— ¿Qué pasa? —preguntó Sonia de pronto, sonriendo.

Me había descubierto mirándola.

—Nada —respondí rápidamente—. Solo pensaba.

— ¿En qué?

Miré hacia la ventana.

—En que ahora entiendo por qué Saúl habla tanto de ti.

Sonia soltó una pequeña risa.

—Espero que haya dicho cosas buenas.

El coche se detuvo frente al pequeño centro comercial del pueblo.

—Vamos —dijo apagando el motor—. Ayúdame a elegir algo escandalosamente bonito.

Y por alguna razón, mientras bajábamos del coche, sentí que aquella salida iba a ser más interesante de lo que había imaginado.

Gabriel era un hombre cerca de los treinta, alto y rubio, con unos ojos verdes que parecían brillar con cada sonrisa. Vestía de manera sencilla pero elegante: camisa clara ajustada, pantalones oscuros bien cortados y zapatos limpios que completaban un aire natural de confianza y atractivo. Desde el primer momento en que entró Sonia, Pau notó lo imponente de su presencia, sin que pareciera esforzarse; había algo en él que atraía la mirada sin necesidad de palabras él era el encargado de la boutique donde íbamos a comprar.

Sonia entró con esa seguridad que siempre parecía natural en ella, y Gabriel la saludó con una sonrisa amplia y cómplice. — ¡Sonia belleza! —Dijo él, inclinándose ligeramente, como si hubiera estado esperando justo ese momento—. Hace tiempo que no te veía por aquí.

Sonia se rio suavemente, acercándose al mostrador con familiaridad. —Ya sabes que siempre me guardan los mejores modelos —contestó, guiñándole un ojo.

Pau la siguió con la mirada, notando de inmediato lo cómodo que estaba Gabriel con Sonia, la manera en que sus manos rozaban ligeramente los bikinis mientras ella los examinaba, y cómo él sonreía cada vez que ella hacía un comentario coqueto. Pau sintió un cosquilleo extraño, una mezcla de curiosidad y algo más… una excitación lenta que no esperaba sentir en una simple boutique.

Sonia tomó uno de los bikinis más atrevidos, el que dejaba poco a la imaginación, y se lo mostró a Pau. —Mira esto, Pau… te va a quedar increíble —dijo Sonia, sosteniéndolo frente a ella mientras Gabriel se inclinaba un poco para ajustarlo en la percha—. Vamos, pruébatelo, que así lo ves en vivo.

Pau dudó, pero no pudo evitar observar cómo Gabriel se movía alrededor de los bikinis, como si cada uno de ellos fuera un tesoro que merecía ser visto en detalle. Sonia, con una sonrisa traviesa, le dio un pequeño empujón hacia el probador. —No seas tímida, Pau… —susurró Sonia—. Te va a encantar.

Mientras Pau entraba, pudo sentir la cercanía de Gabriel y la manera en que sus ojos seguían cada movimiento de Sonia, cómo sus dedos rozaban la tela del bikini mientras hablaban, y cómo la confianza entre ellos creaba una especie de electricidad en el aire. Pau no podía apartar la mirada; el calor que subía por su cuerpo era algo nuevo, inesperado, y el cosquilleo se mezclaba con la emoción de ver a Sonia tan segura, tan juguetona, y a Gabriel tan atento, pendiente de cada detalle.

— ¿Te gusta este modelo? —Preguntó Gabriel, acercándose un poco más mientras Sonia sostenía otro bikini—. Creo que te quedaría perfecto… y te lo verías increíble junto a tu piel.

Sonia rió suavemente, tocando la tela entre sus manos y guiñando a Pau: — ¿Ves? Te dije que él siempre sabe lo que nos queda bien.

Pau se dio cuenta entonces de que no solo estaba siendo testigo de la complicidad entre ellos, sino que también sentía un calor que no podía controlar. Cada gesto, cada sonrisa, cada toque ligero en los bikinis parecía diseñarse para que ella se sintiera… excitada, observando la manera en que Sonia y Gabriel jugaban con la ropa y con la atención mutua.

Con un último empujón juguetón de Sonia, Pau se encontró dentro del probador, con el corazón acelerado y la mente girando mientras escuchaba las risas y los murmullos de Sonia y Gabriel fuera, y algo en su interior le decía que la experiencia apenas estaba comenzando.

Sonia cerró la puerta del probador con una sonrisa traviesa y comenzó a probarse el bikini lentamente, disfrutando de cada gesto frente al espejo. Pau se quedó quieta, incapaz de apartar la mirada, mientras admiraba la confianza de Sonia y cómo cada movimiento suyo parecía calculado y natural. El cuerpo de Sonia, perfectamente proporcionado, la dejó boquiabierta; había algo en su postura, en su seguridad, que la hacía sentir un calor extraño en el pecho. Cada detalle de su silueta, desde los hombros hasta la cintura, parecía hecho para ser observado, y Pau se sorprendió a sí misma prestando atención como nunca antes lo había hecho con otra chica. Cuando Sonia se ajustó el bikini frente al espejo, Pau sintió un hormigueo desconocido recorriendo su cuerpo, mezclando curiosidad y una fascinación que no sabía cómo describir. Era la manera en que Sonia parecía dueña de todo, segura de sí misma, y Pau, como espectadora involuntaria, sentía un vértigo extraño y excitante. Las risas suaves y los gestos juguetones de Sonia hacían que Pau se mordiera el labio, consciente de que su corazón latía más rápido de lo normal. Nunca había experimentado algo así al observar a otra chica: una mezcla de asombro, admiración y una emoción intensa que no lograba comprender del todo. Sonia parecía disfrutar cada momento, como si supiera el efecto que tenía en Pau, y eso hacía que la tensión en el probador se sintiera casi eléctrica. Pau respiró hondo, tratando de calmarse, mientras se daba cuenta de que algo en ella había cambiado, que la presencia de Sonia provocaba sensaciones nuevas y extrañas que no esperaba.

—Vamos, Pau… quítate la ropa. Quiero verte con este puesto.

Tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que juré que ella podía oírlo.

Con las manos temblorosas, me quité la blusa. El aire fresco del probador rozó mi piel y sentí un escalofrío inmediato. Sonia me observaba sin disimulo, los ojos fijos en cada centímetro que iba quedando al descubierto.

Luego vino el sostén. Lo desabroché con torpeza, cubriéndome instintivamente los senos con un brazo mientras dejaba caer la prenda al suelo. La vergüenza me quemaba las mejillas, pero debajo de eso… había algo más. Un calor líquido que se extendía desde mi vientre hacia abajo.

Sonia se acercó un paso.

—Ahora la parte de abajo —susurró, sosteniendo el bikini diminuto en una mano.

Me bajé los shorts y la ropa interior con movimientos rápidos, como si al hacerlo más lento todo se volviera real de golpe. Me quedé desnuda frente a ella, solo con el espejo como testigo.

Ella me tendió la parte inferior del bikini.

—Póntela despacio. Quiero ver cómo te queda.

Obedecí. Deslicé la tela por mis piernas, sintiendo cómo se ajustaba a mis caderas, cómo el hilo fino se hundía ligeramente entre mis glúteos. El roce era mínimo, pero suficiente para que mi piel respondiera con un hormigueo intenso.

Cuando terminé, Sonia dio un paso más. Se colocó justo detrás de mí, su cuerpo casi pegado al mío.

Entonces lo hizo.

Sus manos subieron por mis costados con lentitud deliberada, hasta posarse en mis senos. Los tomó con firmeza pero sin prisa, cubriéndolos por completo. Sus palmas eran cálidas, suaves. Los pulgares rozaron mis pezones, que se endurecieron al instante bajo su toque.

—Están muy lindos… —susurró, su boca tan cerca de mi cuello que sentí el aliento caliente contra mi piel.

Un escalofrío me recorrió entera. La piel se me puso de gallina desde la nuca hasta los brazos. Mi respiración se entrecortó.

En el espejo nos veía a las dos: yo, con los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas, los senos atrapados en sus manos; ella, detrás, con el cabello rojo cayendo sobre un hombro, los labios entreabiertos, mirándome como si yo fuera algo que acababa de descubrir y quería devorar.

Parecía una escena de otro mundo. Algo prohibido, irreal, sacado de un sueño que nunca me había atrevido a tener.

Giré el rostro hacia ella, casi sin pensarlo. Nuestros labios se rozaron. Apenas un contacto, un roce eléctrico que me hizo jadear bajito. El mundo se redujo a ese punto de unión: suave, húmedo, lleno de promesas.

Y entonces la cortina se abrió de golpe.

Gabriel entró con una sonrisa casual, sosteniendo otro bikini en la mano.

—Traje este otro modelo que creo que…

Me congelé. Instintivamente crucé los brazos sobre mis senos, cubriéndome, el corazón en la garganta. La vergüenza me golpeó como una ola fría.

Pero Sonia no se movió. Sus manos seguían en mis senos, firmes, posesivas.

Giró la cabeza hacia él con total calma, como si nada hubiera pasado.

—Dios, Gabriel… cómo te has tardado —dijo con voz ronca, sensual, casi reprochadora—. Y yo aquí desesperada porque me tomes medidas.

Sus dedos apretaron un poco más mis senos mientras lo decía, un gesto sutil pero deliberado.

Gabriel se detuvo un segundo, sus ojos verdes recorriendo la escena: yo semidesnuda, temblando; Sonia pegada a mí, sin soltarme.

Su sonrisa se ensanchó, lenta, cómplice.

—Veo que ya empezaron sin mí…

Cerró la cortina detrás de él.

El probador se sintió de pronto más pequeño. Más caliente.

Y yo… yo no sabía si quería huir o quedarme exactamente donde estaba.

El espacio se había vuelto asfixiante. El aire olía a perfume de Sonia, a tela nueva y a algo más primitivo: deseo crudo.

Di dos pasos hacia el espejo, como si necesitara distancia, aunque en ese cubículo imposible no había dónde escapar. Mi reflejo me devolvió la mirada: ojos muy abiertos, mejillas ardiendo, los brazos aún cruzados sobre los senos, el bikini diminuto apenas cubriéndome.

Gabriel se acercó a Sonia sin dudar. La tomó por la nuca con una mano y la besó. No fue un beso suave. Fue apasionado, hambriento. Sus bocas se encontraron con fuerza, lenguas que se enredaban visiblemente, un gemido bajo escapando de la garganta de Sonia.

Me quedé paralizada. Escándalo puro me recorrió la espina dorsal. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Delante de mí? ¿En este probador ridículamente pequeño?

Pero al mismo tiempo… el calor entre mis piernas se intensificó. Verlos así, tan cerca, tan descarados —los labios de Sonia hinchados, la mano de Gabriel apretando su cintura, el sonido húmedo de sus besos— me encendió de una forma que no esperaba. Mi cuerpo traicionaba mi mente: pezones duros contra mis brazos, un pulso insistente abajo, la respiración entrecortada.

Sonia, sin romper el beso, empezó a desabotonar la camisa de Gabriel. Sus dedos ágiles abrían cada botón con calma deliberada, revelando pecho definido, piel bronceada, un rastro de vello que bajaba hacia el abdomen. La camisa cayó abierta, colgando de sus hombros.

Yo seguía en shock. Incapaz de moverme. Incapaz de apartar la vista.

Entonces Sonia se agachó lentamente, arrodillándose frente a él. Sus manos fueron directas al cinturón, al botón, a la cremallera. Bajó los pantalones con un tirón suave pero firme. La tela se deslizó por sus muslos, revelando boxers ajustados que ya marcaban una erección evidente.

Gabriel la miró desde arriba con una sonrisa oscura.

Y entonces se giró hacia mí.

Me tomó por la barbilla con dos dedos, obligándome a levantar el rostro. Antes de que pudiera procesarlo, su boca estaba sobre la mía.

Al principio no reaccioné. Me quedé rígida, los labios cerrados, el corazón golpeándome las costillas. Era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado extraño.

Pero su lengua insistió, cálida, invasora, rozando la comisura de mi boca hasta que cedí. Abrí los labios apenas, y él entró. Profundo. Dominante. Su lengua exploró la mía, enredándose, saboreándome como si ya me conociera. Un gemido involuntario se me escapó.

Correspondí.

Mis manos bajaron de mis senos, subieron a sus hombros, clavándose en su piel caliente. El beso se volvió más urgente, más sucio. Sentí el roce de su barba incipiente, el sabor de Sonia que aún llevaba en su boca. Mi cuerpo se pegó al suyo sin que yo lo decidiera.

Mientras tanto, Sonia ya había liberado su pene.

Lo vi por el rabillo del ojo: grueso, erecto, venoso, palpitando en su mano. Ella lo acarició con lentitud, la punta brillando ya con una gota de humedad. Sus ojos subieron hacia nosotros, verdes y brillantes, llenos de aprobación.

—Así me gusta… —susurró, su voz ronca mientras seguía moviendo la mano arriba y abajo—. Los dos.

Gabriel gruñó contra mi boca, una mano bajando por mi espalda hasta apretar mi trasero sobre la tela fina del bikini.

Yo estaba perdida. Entre el beso que me robaba el aliento, el calor de su cuerpo contra el mío y la visión de Sonia arrodillada, masturbándolo con calma mientras nos miraba…

No sabía si quería gritar, huir o pedir más.

Solo sabía que mi cuerpo ya había decidido.

Y que este probador acababa de convertirse en el lugar más peligroso y excitante en el que había estado nunca.

Gabriel me tenía aún por la barbilla, pero de pronto giró mi cuerpo con suavidad pero con firmeza, colocándome de espaldas a él. Mi reflejo en el espejo cambió: ahora veía mi propio rostro sonrojado, los labios hinchados por el beso anterior, y detrás de mí, su silueta alta y desnuda desde la cintura para arriba.

Inclinó la cabeza y su boca encontró mi oreja. Primero un roce ligero, luego el aliento caliente que me hizo cerrar los ojos. Besó el lóbulo con lentitud, succionándolo apenas, y bajó por el cuello. Sus labios eran suaves pero insistentes, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al instante y me ponía la piel de gallina de nuevo. Cada beso era un mordisco suave, un lametón corto, y sentía su erección presionando contra mi trasero a través de la tela fina del bikini que aún llevaba puesto.

No pude evitar inclinar la cabeza hacia un lado, dándole más acceso. Un gemido se me escapó sin querer, bajo pero audible. Mi cuerpo ya no me obedecía; se arqueaba hacia él como si tuviera vida propia.

Entonces bajé la mirada.

Y lo vi.

El pene de Gabriel —grueso, venoso, brillante de saliva— desaparecía y reaparecía rítmicamente dentro de la boca de Sonia. Ella estaba arrodillada frente a nosotros, los ojos cerrados en concentración, las mejillas hundidas mientras lo succionaba con movimientos profundos y lentos. Una mano suya rodeaba la base, masturbándolo al mismo tiempo que lo tragaba; la otra… la otra mano subía por mi muslo interior.

Con dos dedos apartó la tela del bikini hacia un lado, exponiendo mis labios vaginales al aire (gracias a dios me había depilado bien). Sentí el roce inmediato: sus yemas calientes, húmedas de saliva (o de lo que fuera), deslizándose por la entrada, separando los pliegues con delicadeza pero sin pedir permiso. Tocó mi clítoris con la punta de un dedo, un círculo lento que me hizo jadear fuerte.

—Estás empapada… —susurró Sonia contra el pene de Gabriel, su voz vibrando alrededor de él antes de volver a meterlo entero en su boca.

Gabriel gruñó contra mi cuello, mordiendo suavemente la piel mientras sus manos subían a mis senos de nuevo, apretándolos, pellizcando los pezones con precisión. Su erección se movía contra mi trasero al ritmo de las succiones de Sonia, y yo sentía cada pulso, cada latido.

Mis piernas temblaban. Apoyé una mano en el espejo para no caerme, el vidrio frío contra mi palma contrastando con el calor que me consumía por dentro. Miraba la escena como si fuera una película: Sonia devorando a Gabriel con la boca, sus dedos explorando mi sexo con una lentitud tortuosa, Gabriel besándome el cuello mientras me sostenía por la cintura.

No sabía qué hacer con las manos. Una seguía en el espejo; la otra, instintivamente, bajó a la cabeza de Sonia, enredándose en su cabello rojo. No la empujé ni la detuve. Solo la sostuve ahí, sintiendo cómo se movía, cómo su lengua rodeaba la punta del pene antes de tragarlo otra vez.

Un dedo de Sonia entró en mí. Solo uno, pero profundo. Curvado, buscando ese punto que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado.

Gabriel levantó la cabeza de mi cuello lo justo para susurrarme al oído:

— ¿Quieres más?

No respondí con palabras.

Solo asentí, los ojos fijos en el espejo, en la boca de Sonia trabajando sin pausa, en sus dedos moviéndose dentro de mí, en mi propio rostro descompuesto por el placer que empezaba a romperme en pedazos.

El probador ya no era un probador.

Era un mundo aparte.

Y yo acababa de entrar sin boleto de regreso.

Sonia me miró con esa intensidad que ya empezaba a reconocer como suya: control total, pero con un toque de ternura perversa.

—Quiero verte sentirlo todo —dijo en voz baja, casi como una orden suave—. Gabriel… despacio al principio. Haz que lo sienta cada centímetro.

Gabriel asintió, sus manos firmes en mis caderas. Me levantó un poco más contra el espejo, mis pies apenas tocando el suelo, el vidrio frío pegándose a mi espalda sudorosa. Posicionó la punta de su pene otra vez en mi entrada —aún sensible por el primer empujón anterior— y empujó.

Lento. Muy lento.

Sentí cómo la cabeza gruesa separaba mis labios, cómo entraba milímetro a milímetro, estirándome de una forma que me hacía jadear con cada avance. El grosor era abrumador: llenaba cada rincón, presionaba contra las paredes internas, rozaba puntos que nunca había sentido tan profundo. Cuando estuvo a mitad, se detuvo un segundo, dejando que mi cuerpo se adaptara. Mis músculos se contrajeron alrededor de él instintivamente, apretándolo, y él soltó un gruñido bajo contra mi oreja.

—Joder… estás tan apretada —murmuró, su voz ronca vibrando en mi piel.

Entonces empezó a moverse de verdad.

Embestidas lentas, largas, controladas. Salió casi por completo —solo la punta quedando dentro— y volvió a entrar con un empujón deliberado, profundo, hasta chocar contra el fondo. Cada vez que llegaba al límite, se quedaba ahí un latido, girando las caderas ligeramente para que sintiera la presión en todos los ángulos. Salía despacio otra vez, dejando un vacío que me hacía gemir de frustración, y volvía a entrar con más fuerza, acelerando apenas el ritmo con cada ciclo.

El sonido era obsceno: húmedo, pegajoso, el choque suave de piel contra piel en el espacio reducido. Mi respiración se sincronizaba con sus embestidas —inhalar cuando salía, exhalar un gemido cuando entraba—. Sentía cada vena de su pene rozando mis paredes, cada pulso de su erección dentro de mí. Mis senos rebotaban ligeramente con cada empujón, los pezones rozando el pecho de Sonia cuando ella se acercaba para besarme el cuello o mordisquear mi hombro.

Sonia no se quedó quieta.

Mientras Gabriel me follaba con ese ritmo hipnótico, ella se arrodilló de nuevo entre nosotros. Sus manos abrieron mis muslos más, exponiéndome del todo. Primero lamió la unión donde Gabriel entraba y salía: su lengua plana recorriendo la base de su pene y mis labios vaginales al mismo tiempo, saboreando la mezcla de nosotros. El contacto era eléctrico —caliente, húmeda, inesperada— y me hizo arquear la espalda contra el espejo.

Luego se concentró en mi clítoris.

Lo tomó entre sus labios con suavidad al principio, succionando como si fuera algo delicado y precioso. Su lengua dibujaba círculos lentos alrededor, presionando justo en el punto más sensible con la punta plana, luego rápida y ligera como mariposas. Cada lamida coincidía con una embestida profunda de Gabriel: cuando él empujaba hasta el fondo, ella succionaba fuerte; cuando él retrocedía, ella lamía en círculos suaves, prolongando la sensación.

El contraste era insoportable. Profundo y lleno por detrás —cada embestida enviando ondas de placer que subían por mi vientre—. Suave y preciso por delante —la lengua de Sonia girando, lamiendo, succionando sin pausa, a veces introduciendo la punta entre los labios para rozar directamente el clítoris hinchado.

Mis manos se aferraron al cabello rojo de Sonia, tirando sin control. Mis caderas empezaron a moverse solas, empujando hacia atrás contra Gabriel para que entrara más fuerte, hacia adelante contra la boca de Sonia para que no parara nunca.

—Más… —me oí susurrar, la voz rota—. Por favor… más.

Gabriel obedeció. Aceleró el ritmo: embestidas más rápidas, más cortas, pero igual de profundas. Cada choque hacía que mis senos rebotaran, que el espejo se empañara más con mi aliento jadeante. El sudor corría por mi espalda, mezclándose con el de él. Sonia no se quedó atrás: succionó con más fuerza, introduciendo dos dedos junto a la penetración de Gabriel, curvándolos hacia arriba para presionar ese punto interno que me hacía ver chispas.

El orgasmo se construyó despacio, como una marea que sube sin prisa. Primero fue un calor intenso en el bajo vientre, luego temblores en las piernas, contracciones alrededor del pene de Gabriel que lo hicieron gruñir más fuerte. Sonia lo sintió —mi clítoris hinchándose contra su lengua— y redobló el esfuerzo: succionó con ritmo constante, lamiendo en zigzag, sus dedos moviéndose dentro de mí al compás de las embestidas.

Cuando exploté, fue total.

Mi cuerpo se tensó como un arco: músculos contrayéndose alrededor de Gabriel, caderas temblando, un grito ahogado que Sonia capturó subiendo rápido a besarme la boca. Olas de placer me recorrieron de pies a cabeza, réplicas que duraron segundos eternos. Gabriel siguió moviéndose dentro de mí durante el clímax, prolongándolo, cada embestida sacándome gemidos más débiles hasta que me quedé temblando, colgada entre los dos.

Gabriel gruñó contra mi oído, su voz ronca y entrecortada. —Voy a correrme…

En ese momento tuve un orgasmo como nunca en mi vida lo había tenido y ojo con Saúl mis orgasmos son riquísimos pero este fue tan distinto no sé si fue por cómo se presentó pero sentí que casi me desmayaba.

Sonia levantó la cabeza un instante, los labios brillantes, y miró hacia arriba con una sonrisa traviesa. —Dámelo a mí —ordenó en voz baja.

Gabriel salió de mí con un último empujón lento, dejando un rastro caliente bajando por mi muslo. Se giró ligeramente hacia Sonia, que ya estaba lista: arrodillada, boca abierta, lengua extendida.

Él se masturbó dos, tres veces más con la mano, y eyaculó fuerte. Chorros calientes y espesos cayeron directamente en la boca de Sonia. Ella no se apartó; cerró los labios alrededor de la punta para capturar todo, tragando un poco pero guardando lo suficiente. Sus mejillas se hincharon levemente mientras lo retenía.

Gabriel jadeó, apoyando una mano en la pared para estabilizarse.

Sonia se levantó con gracia felina, se acercó a mí y tomó mi rostro entre sus manos. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de triunfo y ternura.

—Prueba —susurró, y me besó.

El beso fue profundo, lento, deliberado. Su lengua entró en mi boca llevando consigo el semen de Gabriel: salado, cálido, espeso, con un sabor ligeramente amargo que se extendió por mi paladar. Lo sentí deslizarse hacia mi garganta cuando tragué instintivamente.

Me quedé helada un segundo.

Era la primera vez en mi vida que probaba semen y besaba a una mujer. Saúl lo había intentado varias veces, siempre con esa mirada suplicante y juguetona, pero yo siempre había dicho que no. Demasiado íntimo. Demasiado sucio. Demasiado vulnerable. Y ahora… aquí estaba, tragando el de otro hombre, pasado de boca a boca por una mujer que apenas conocía, en un probador que olía a sexo y a nosotros tres.

El pensamiento me golpeó como una ola: vergüenza, excitación, incredulidad. Mi cuerpo aún temblaba por el orgasmo reciente, y ese sabor nuevo en mi boca solo lo intensificaba todo.

Sonia rompió el beso con suavidad, lamiéndose los labios residuales.

—Buena chica —murmuró, su voz casi cariñosa.

Gabriel se apartó un paso, recogiendo su ropa con calma, dándonos espacio.

Yo no me apoyé en el espejo. En cambio, mis brazos buscaron a Sonia. La abracé fuerte, pegando mi cuerpo desnudo al suyo, mis senos contra los suyos, mi cabeza en su hombro. Ella me rodeó con los brazos al instante, una mano en mi espalda baja, la otra acariciando mi cabello.

Nos quedamos así un momento largo, respirando juntas, el sudor pegando nuestras pieles, el corazón de ella latiendo contra el mío.

No dije nada. No hacía falta.

El probador ya no era solo un lugar de deseo. Era el sitio donde algo en mí acababa de romperse… y de reconstruirse de una forma que nunca imaginé.

Sonia besó mi sien con ternura. —Mañana en la caleta… vamos a seguir jugando —susurró.

Y yo, aún abrazada a ella, solo pude pensar que ella tenía intenciones de ir a más.

Y entonces me golpeó.

Como un puñetazo en el pecho.

Culpa.

Pura, cruda, asfixiante.

Saúl. Mi Saúl. Seis años juntos. Nunca le había sido infiel. Nunca había querido. Lo amaba con todo mí ser. Él era mi mundo, mi hogar, el hombre que me hacía reír incluso en los días malos, el que me abrazaba como si yo fuera lo más precioso del planeta. Y yo acababa de… esto. Con Sonia. Con Gabriel. En un probador que olía a sexo ajeno.

El sabor de Gabriel aún en mi boca. El calor de Sonia en mi piel. El vacío donde Gabriel había estado dentro de mí.

Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. Me separé de Sonia despacio, temblando. Me cubrí con los brazos, como si eso pudiera borrar lo que acababa de pasar.

Continuara…