Xtories

La impaciencia de la araña 3

La escena del crimen huele a sexo y a muerte. Fernando sabía que acostarse con la viuda era un error, pero no imaginó que la inspectora que lo vigila lo convertiría en el principal sospechoso. Ahora, entre venenos raros y mentiras piadosas, su vida personal y profesional están a punto de colapsar.

Persefone4.3K vistas9.7· 18 votos

Por supuesto, me equivoco.

Lo sé en cuanto la veo entrar entre el primer contingente policial que ha acudido a mi llamada.

La inspectora jefe de homicidios, Andrea Castro, avanza hacia mí con la sinuosidad de un puma esbelto, fuerte y con hambre atrasada. Sus ojos de hielo despiden el mismo helor glacial de arrogante superioridad que se instaló a vivir en ellos desde que consiguió el puesto. El pelo rubio, cortado a lo Bowie, afila el conjunto de su cara, de mandíbulas marcadas y rictus de mala hostia. Gesto que aumenta cuando me enfrenta.

—Coño, soldadito—saluda al llegar a mi altura—, tú si que sabes divertirte cuando sales a ligar. Tú imán para los infortunios sigue en plena forma ¿eh?

Acuso el golpe como lo que es: otro de sus ataques pasivo-agresivos que me suele dedicar cuando tenemos la desgracia de encontrarnos. Con lo grande que es la ciudad, normalmente esto ocurre en igualdad de condiciones; y la situación no pasa de tener que aguantar su inquina con grandes dosis de estoicismo. Hoy, sin embargo, la peculiar circunstancia en la que estamos le otorga una baza que no deja de aprovechar.

Me odia.

—Qué alegría verla, inspectora Castro—respondo a su saludo, con toda la carga de ironía que puedo imprimir a mis palabras.

—Para ti, soldadito, inspectora jefe.

—Por supuesto, inspectora jefe. A sus órdenes, inspectora jefe.

—Déjate el recochineo para tu puta madre, Valverde ¿Cuándo vienen los tuyos para que los policías de verdad podamos empezar a trabajar en serio?

—Estarán de camino, inspectora jefe. Junto con el juez y el forense. A no ser, inspectora jefe, que tampoco considere a la judicial una profesión de «verdad».

Castro se envara, echándome una mirada de esas que pueden congelar corazones al más puro estilo de las górgonas.

—No me jodas, Valverde. Que es muy tarde, o…muy pronto. Los crápulas como tú deberían actuar exclusivamente durante el tardeo, así lo demás podríamos tener una noche tranquila, de vez en cuando. Por cierto ¿es verdad que has sido tú quien ha llamado?

La pregunta, obviamente, va con segundas. Andrea es de esas policías metódicas que no preguntan nada sin saber de antemano la respuesta. Lo hace por deporte o, en mi caso, por tocarme los cojones. Así que, conocedor de estos antecedentes, decido no contestar. Encuentro la excusa perfecta cuando veo entrar en el salón a la gente de mi equipo cargada con los bártulos para montar la carpa a tres pistas que requiere nuestro trabajo.

—Si me disculpa, inspectora jefe—digo, señalando con el mentón seguramente ya oscurecido, hacia la puerta—, cuanto antes empecemos los «mil leches», antes podrán ponerse a trabajar los policías con pedigrí.

Me separo de ella, dejándola como una cafetera borboteando líquido por la tapa, y me dirijo a los míos, dando las primeras directrices en voz alta para amortiguar los posibles insultos que me tenga preparados.

Al cabo de un rato, con todo instalado y la gente ocupada en lo suyo, vuelve a acercárseme.

—Muy mona la flamante viuda—me dice, con las ganas de quien ha estado esperando la ocasión para hacerlo—¿Te la habías follado ya, o te han jodido el polvo los muertos?

Levanto la vista del bloc que tengo entre las manos y vuelvo a enfrentar su mirada de desprecio helado.

—Pregúntale a ella. Prefiero no destriparte el interrogatorio haciéndote «spoilers».

—Hay que joderse contigo. No solo eres un cabrón, si no que encima, te regodeas en ello. En cuanto el juez acabe con el puto levantamiento y me haga cargo de la investigación, me voy a esmerar personalmente por mantenerte bien lejos del caso y de ella. Para mí, eres un sospechoso más.

Aquí si que no me aguanto más y doy un paso rápido hacia ella. Al ser de la misma altura nuestros ojos quedan apuñalándose.

—¡¿Qué gilipolleces dices, Andrea?!

—Inspectora Jefe—escupe entre dientes—. Queda muy lejos el tiempo que tenías más rango que yo. Ahora soy tu superior y me tratarás como a tal, o te meto un disciplinario por el culo. Seguro que eso te gustaría. Se dice que te los sueles meter a pares.

—Mi superior no—respondo a su ataque forzándome a recuperar la tranquilidad—. Tienes más grado. Pero eso es todo.

Andrea entorna sus ojos, haciéndolos peligrosos.

—Mira, Valverde. No me toques los ovarios. Como puedo joderte de mil formas…

—¡¿Qué mierda pasa aquí?!

La pregunta detiene nuestro rifirrafe y nos volvemos al tiempo para encontrarnos con el comisario García. Nada más verlo tengo claro que este asunto que me estoy comiendo por haber querido echar un polvo, me va a costar algo más que la salud. La presencia de un comisario en la escena de un crimen solo puede querer decir tres cosas, a saber: que los muertos eran personas importantes, que hay o habrá mucha publicidad por medio que le sirva para aumentar su notoriedad o, que las dos anteriores son correctas, y que, por ende, los «pies-planos» vamos a estar jodidos durante toda la investigación.

—Inspectora, vaya fuera y espere allí al juez de instrucción para que le de los documentos. Mientras él termina, dirija una batida con los agentes que considere por los alrededores de la casa.

—Pero…comisario…yo…

—¿No me ha entendido, Castro?

Andrea, a regañadientes e hirviendo por dentro, afirma con la cabeza y emprende su marcha forzada, no sin antes dirigirme una mirada resentida de estrella de cine feminista de los cuarenta.

Salimos del salón por el ventanal que da a la piscina y nos situamos en un lugar bastante resguardado de toda la gente que pulula por la casa. Una vez lejos de oídos ajenos y contemplando el negror de la sierra circundante, el comisario empieza a hablar:

—¿De qué va todo esto, Fernando? La prensa no tardará en llegar y lo último que quiero que vean es a mis agentes peleándose como si estuvieran delante de un puesto de verduras ¡Joder!

—Lo siento, Manuel. Era solo…

—Déjate de hostias, Fernando, y cuéntame «todo». El asunto es gordo y no me quiero pillar los dedos cuando hable con ellos.

El «todo» que acaba de pronunciar García va en mayúsculas. Lo sé por la forma que clava en mí sus ojillos de roedor astuto, agrandados por los gruesos cristales de sus gafas ortopédicas.

No es que me caiga bien este hombre. No es nos caigamos bien «sensu estricto». Pero nos toleramos con manga ancha, hasta el punto de que me deja tutearlo en la intimidad. Es uno de esos polis de vieja escuela que supieron cambiarse de chaqueta cuando tocó y sin despeinarse la cortinilla de sus cuatro pelos numantinos en formación para ¿ocultar? su eminente calva en el proceso. Pese a tener un afán de fama para usarla como trampolín social, es un hombre que sabe moverse bien en los tiempos que le han tocado vivir desde la sensatez y relativa honradez de su cargo; sin abusar demasiado de él.

Así que, ante el panorama del que solo empiezo a ser consciente, y con la secreta esperanza de congraciarme un poco más con el comisario para tener algo de cancha cuando Andrea quiera acocotarme, le cuento lo acontecido de pé a pá, pasando someramente por los detalles íntimos compartido con la nueva viuda.

García, por su parte, se limita a asentir con cara de circunstancia, preguntando un par de detalles escabrosos para dar algo de chicha en su inminente comparecencia entre los medios.

—Entonces, no sabes quién es el muerto ¿verdad?—pregunta al finalizar mi peripecia.

—Sé cómo se llama. Es todo. Como entenderás, Manuel, no estaba para preguntar muchos detalles.

García asiente, sin poder evitar un gesto cómplice que atávicamente une a los hombres en sus escarceos y, que pese a que no comulgue con ellos, me vendrá bien para el frente «machista» que me mantendrá a salvo de las garras de Andrea cuando se tercie la ocasión. Con ella, todas las armas son pocas.

—Pues bueno, digamos que aparte de tener mucho dinero, era una pieza clave en las negociaciones que el gobierno mantiene con el tejido empresarial catalán. Como te puedes imaginar no era un hombre muy querido para nadie, y él no se cortaba un pelo en hacer amigos. No va a faltar gente que quisiera quitarlo del medio. De menoscabar su…decencia.

—Vaya…

—Sí, vaya—afirma, pensativo—. Y digamos también, que gente importante de arriba va a querer llegar al fondo de esto con cierta…urgencia. Me parece que hay mucha mierda y como no tengamos todo controlado, nos puede salpicar de forma inclemente.

La cara circunspecta de García me da a entender que su cabeza ya baraja la opción del crimen de estado. Ese arma de doble filo que cualquier jefe de policía tiembla al verse en él. Por un lado, si resulta serlo y lo tiene contenido, puede significar un meteórico ascenso obedeciendo las directrices de los de arriba. Por el otro, si se le escapa de las manos, significa su inmediata jubilación a algún estercolero sin nombre ni pensión.

Como lo conozco, sé que quiere decir algo más. Algo que le produce cierta reticencia. Intuyo por donde van los tiros de su incipiente duda, así que saco un cigarrillo del paquete y le ofrezco otro. El cual acepta, haciéndolo girar entre sus dedos mientras le doy fuego.

La pregunta que le ronda por fin sale con la primera bocanada de humo.

—Tú y la señora…sois…habéis…

—No, Manuel—aclaro, añadiendo cierto deje de amargura—. La señora y yo no somos, ni tampoco hemos. Puedes estar tranquilo. Como te he explicado, nos hemos conocido hoy y la he acompañado hasta aquí. Pero lo único que nos une son intenciones. Intenciones malogradas.

Manuel García entorna sus ojillos entre el humo del tabaco, evaluando. Tras otra calada, parece darse por satisfecho y suspira aliviado.

—En fin—se resigna—. Que Dios nos pille confesados, porque lo que son hostias las vamos a recibir por todas partes. Más vale que tengamos el cuerpo limpio de pecado para recibirlas sin que se nos indigesten.

—Haremos buen trabajo, Manuel. Como siempre.

—Eso es lo que me preocupa. En este tipo de casos, lo fundamental no es pillar al malo. Es pillar al malo que nos digan que es el malo.

—Entiendo.

—Lo sé. Por eso vas a trabajar con Castro de la forma más armoniosa posible. Y por eso me vas a mantener informado de todos los avances que hagáis ¿Entiendes eso también?

Me cago en Sos, en mis muelas y en todo lo que he estudiado. Lo que me faltaba para redondear la noche de mierda de llevo. Verás tú cuando se entere la inspectora jefe.

—Sí.

—Eso espero, Fernando. Eso espero.

—X—

Está bien avanzada la tarde cuando entro en el despacho de Santos Quílez, mi superior inmediato en la sección científica.

El inspector jefe, que en ese momento atiende el informe preliminar que le he hecho llegar desde el laboratorio, alza la mirada por encima de sus gafas redondas, de montura fina y dorada.

—Hola, Fernando. Siéntate. Se te ve agotado.

No respondo ni al saludo ni a la obviedad. Llevo desde la mañana del día anterior sin pasar por casa ¿Cómo coño voy a estar? Directamente, tomo asiento delante de su mesa atestada de papeleo y doy un sorbo del café que llevo en la mano. Mientras el jefe termina de pasar un par de páginas más de la carpeta, enciendo un cigarro. Santos, ante el chasquido del encendedor, hace un gesto de desaprobación; pero no dice nada. Nunca dice nada. Es el puto poli de despacho perfecto: no fuma, no bebe, cumplidor burocrático hasta rayar la obsesión, soltero (pero con algo por ahí desde hace algún tiempo que intenta ocultar por todos lo medios).

Cuando termina de leer, se reclina en su asiento. En un acto reflejo, y sin necesidad alguna, se ajusta la corbata sujeta por el clip dorado con el escudo de la Nacional. Todo en él es pulcritud. Una pulcritud de esas que es más molesta que la extrema desidia, pues es un grito de superioridad moral dirigida al resto de los trabajadores del cuerpo.

Remolonea un poco más en esos tics antes de preguntar lo inevitable:

—¿Qué hacías en esa casa, Fernando?

Mi suspiro sale más alto de lo que hubiera querido. El cansancio y el asqueo general me está haciendo más mella de lo que me quiero reconocer en estos momentos. La respuesta me sale acorde a mi humor.

—No creo que sea asunto tuyo, Santos. No he venido aquí a que me recetes tus tabletas de «moralina». Si quieres hablar del informe, hablamos. Si no, me vuelvo al laboratorio a terminar de procesar las perecederas.

Mi jefe hace un gesto condescendiente que no me pasa desapercibido y que me repatea.

—¿Qué?—reto, más que pregunto.

—Nada—contesta, poniendo las palmas hacia mí y negando para sí.

Sé que le cuesta guardarse su opinión moralista. Santos parece más un mormón de esos que dan la tabarra puerta por puerta, que un policía. Es su gesto de reproche mezclado con otra cosa que no sé identificar del todo, pero que tampoco es bueno.

—Entonces—se inclina sobre la mesa, hincando los codos sobre el tablero—, había una tercera persona. Otra que, por el momento, es el sospechoso principal.

—Eso parece, sí. El forense ha encontrado semen de dos personas distintas en el interior de la mujer. Una sabemos que pertenece al fallecido. La otra…será inútil tratar de compararla con el registro del banco.

»La casa no había sido forzada. Fuera quien fuera, entró con el consentimiento del dueño, y de la mujer, en lo que se refiere a…

—Entiendo. No hace falta ponerse morbosos.

—Lo único que sabemos es que había otro maromo en aquella casa. De pelo moreno y liso. Por lo menos en la cabeza. Abajo…

—Fernando…

—No tenemos más huellas que los de la pareja en las copas. La tercera la habían limpiado con esmero, o no la habían tocado. En el resto de la casa, varias más. Sobre todo de la esposa como es normal. Las otras tendremos que esperar a que venga el servicio para poder cotejarlas. A decir verdad, soy bastante pesimista a ese respecto. Seguro que todas terminan coincidiendo. El dueño del pelo y del semen limpió lo que tocó.

—Y eso ¿no te parece un poco raro?

Santos es un remilgado, un tanto elitista, un pedante de academia. Pero también es un buen policía.

—Sí—confirmo sus sospechas—. Es lo segundo que me llama la atención de esto.

—¿Y lo primero?

—Lo que ha causado la muerte a los tortolitos.

Santos vuelve a coger el informe y busca la página correspondiente.

—¿Algún veneno?

Vuelvo a confirmar.

—Eso dijo el forense. Pero su primera impresión es que no ha sido ninguno de los sospechosos habituales. El rigor con el que aparecieron los cuerpos no lo produce el arsénico de un matarratas ni el cianuro de Agatha Christie. Sea lo que sea que les dieron, no se encuentra en las droguerías o en las farmacias del barrio. Él nunca había visto algo así, fuera de las exageraciones de alguna novela o película.

—En otras palabras—resume Santos, siempre mirando por encima de sus gafas como si así ahorrara en cristales—, que estamos jodidos.

Tercera confirmación por mi parte.

—Es un caso totalmente incongruente: el asesino se molesta en borrar las huellas dactilares de su presencia pero, sin embargo, deja restos biológicos. Usa un veneno extremadamente raro cuyos efectos no pueden pasar desapercibidos y encima mata a un personaje importante de familia influyente que no va a dejarnos de tocar los cojones hasta que el caso se resuelva.

»La verdad, no se si estamos frente a un chapuzas de campeonato o ante un Napoleón del crimen como Moriarty. No lo tengo nada claro.

Para mí me guardo mis más íntimas conjeturas. Por lo hablado con García sobre el desagradecido papel que representaba el muerto, junto con lo extraño de la escena del crimen, me da en la nariz que las muestras desconocidas encontradas en el dormitorio han sido plantadas allí para distraernos. Es la sospecha que me ronronea en la mente, pero con Santos no valen conjeturas. Así que, me abstengo de comentarlas hasta tener más dónde me pueda agarrar para defenderlas.

—Bueno, tiempo al tiempo. Habéis hecho un buen trabajo. Con esto—dice, señalando el informe—, y con lo que apunte la investigación de homicidios, tendremos claras las líneas por donde tirar.

—No estaría yo tan seguro. El tal Arnau tiene que tener un harén de sospechosos que querrían quitárselo de en medio. Por lo que me ha dicho García, estaba metido tanto en temas económicos como políticos. Todos, eso sí, de altos vuelos. Tenía fama de tiburón sin escrúpulos en ambos campos y, eso, cabrea a mucha gente a la que no va a ser fácil citar en la investigación.

Santos medita mis palabras mientras yo enciendo otro cigarrillo, para su tormento.

—¿Pudiste hablar con la viuda? Quiero decir después de…

Lo último suena a aclaración. Alejándose todo lo posible de cualquier malentendido que sus palabras pudieran llevar a pensar.

—No. Desde el grito que pegó al descubrir los cadáveres, quedó en un estado de shock de esos que las palabras pierden cualquier sentido. Apenas si le saqué la confirmación de que el hombre de la cama era el marido. Cuando vino la caballería le hicieron un chequeo rutinario y se la llevaron hacia el hospital. Hasta que pasen unos días me temo que no nos será de ninguna ayuda.

—Ya—resuelve, lacónico— ¡Leches! Si es que esto parece uno de esos asesinatos de los servicios secretos de alguna república bananera.

—Solo lo parece—se me escapa. Puto cansancio.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De momento. Es solo una impresión.

—Aquí no trabajamos con impresiones, Fernando. Lo sabes bien.

—Ciencia y trabajo—rezo el lema de la unidad, con cierto recochineo.

—Exactamente. Las líneas de investigación corresponden a otros. Somos un equipo y cada uno tenemos que hacer nuestro trabajo. Nosotros no nos pisamos la manguera.

—Sí. Corresponden a los policías de verdad.

Santos pega un respingo en su asiento. La expresión le cambia.

—¿Qué has dicho?

—Nada, nada—recojo velas, maldiciéndome por no poder mantener la lengua en el culo—. Una cosa que me ha dicho Castro.

—Lleva el caso ¿no?

—Sí.

Quílez se remueve incómodo. Se quita las gafas para limpiarlas en otro de sus tics perfeccionistas y altaneros.

—Me pregunto si algún día me contarás por qué te tiene tanto odio. Me imagino que habréis…

—¿Santos?—le interrumpo, seco.

—¿Qué?

—Hazme el favor de meterte en tus asuntos y dejar los míos a un lado ¿Sí? De lo contrario, vamos a acabar mal, tú y yo.

En ese momento, y ante lo inhóspito de mi tono, hace una cosa que me sorprende: traga saliva con dificultad.

No sé si es una sensación mía producto del cansancio, pero me parece que se ha puesto nervioso. Tal vez demasiado para una simple advertencia. Mi relación con él siempre ha sido relativamente cordial. Y, aunque su carácter sea mucho más apocado que el mío, sigue siendo mi superior. Nunca he pasado la raya imaginaria de la insubordinación con él, más allá de hablar claro.

En fin, no sé. Como digo, será todo producto del cansancio.

—X—

Mi casa está en silencio. La iluminación indirecta de la lámpara que Lucía tiene arrimada al sillón de al lado de la librería baña el salón con el recuerdo de una tenue calidez. Siempre deja esa luz encendida cuando se acuesta y yo aún no he llegado. Sus cuadros, apilados los que han sido montado en bastidores, o los dispuestos sobre los tres caballetes en los que simultáneamente está trabajando, ofrecen al observador unos trazos tormentosos; muy diferentes a los que solía hacer al poco de conocernos. Los de ahora producen un hondo desasosiego. Desasosiego, y ganas de beber.

Dejo chaqueta, llaves, cartera y demás cargas usuales en el mueble de la entrada y me sirvo un lingotazo de la primera botella que alcanzo. El orden de las existencias del bar de una casa da una imagen clara del estado mental de sus inquilinos. El nuestro está bastante revuelto, mediado y heterogéneo.

Me dejo caer en el sofá, mirando al hueco oscuro que conduce a las habitaciones. El piso es de dimensiones reducidas, pero la distancia que me separa en estos momentos del dormitorio se me hace eterna. Mirándolo fijamente parece encogerse, como le pasaba a Alicia en su camino hacia aquel país irreal.

Paso un rato dándole vueltas al caso con el que me he topado. Pensando en que nada hubiera pasado de tener una vida más ordenada. Más llevadera. El quebradero de cabeza que podía haber evitado de no haber entrado en el bar la noche pasada.

Algo ronda por mis pensamientos que no alcanzo a entender del todo. Lo inusual del doble asesinato parece querer decir algo. Marcar una dirección hacia algún lugar tan oscuro como el de mi pasillo. Un camino que no estoy seguro de querer transitar. Necesito más datos concretos. Los albores en los que despiertan los inicios de las investigaciones siempre suelen ser caóticos, incluso en aquellas donde todo aparenta ser lo que termina siendo. Con el tiempo, la experiencia nos hace dudar de la lógica. Es como si no quisiéramos llegar al final del camino por pereza de que habrá que escoger otro. Siempre hay otro y, eso, a la larga, genera una especie de hastío. Por eso, tal vez, me siento más cómodo en los casos complejos que requerirán pasar algún tiempo sin tener que elegir, aunque en el que estoy tampoco me guste.

Me acabo el trago y me encamino, por fin, al dormitorio.

Lucía tiene la manía de dormir con las persianas levantadas. La luz que proviene de la calle es suficiente para verla acostada, tapada con la colcha de la que emerge medio cuerpo. Está en posición fetal, dejando fuera del cobertor su muslo derecho. El escueto pantalón del pijama apenas se vislumbra, recogido sobre su cadera. Su pelo revuelto vela su cara. Intento hacer el mínimo ruido posible mientras me desnudo y me meto en la ducha. Cuando salgo continúa en la misma posición, pero sé que, aunque no diga nada, se ha despertado.

Ninguno de los dos decimos nada.

Tras dejar la toalla en la silla donde se amontona la ropa, me acuesto. Lo hago en un silencio tenso hasta que ella, con una voz adormilada pero no exenta de inquietud, dice:

—En algún momento vamos a tener que hablar, Fer.

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