Xtories

La impaciencia de la araña 2

Carme le ofrece compensar la noche con sexo en su propia casa, pero al llegar, la intimidad se quiebra al encontrar rastros de otro amante. La promesa de placer se desvanece ante la realidad fría de un cuerpo sin vida y el silencio de una esposa destrozada.

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—¡Uff! Cómo lo necesitaba.

Carme habla a mi imagen en el espejo. Permanece con las manos apoyadas en la encimera, mostrando su lencería y con uno de sus pechos prácticamente fuera de la copa; el pelo lo tiene revuelto; los pantalones abiertos y descompuestos a la altura de la ingle, donde esa curva prodigiosa muestra todo su erótico encanto. Pero si algo me llama realmente la atención es el rubor ígneo que brilla en su cara, encendiéndole las pecas.

La imagen es casi onírica; de sueño húmedo, y a la vez demasiado real para mi hombría a punto de reventar.

La respiración, agitada hasta ese momento, se le empieza a normalizar mientras se arregla la melena y la vestimenta.

—Perdona—me dice, girándose—, he sido muy egoísta. Me has puesto mucho.

La disculpa parece más dirigida a mi más que patente erección que al resto de mi persona.

—No te preocupes—sonrío, quitándole importancia—, yo también lo he disfrutado.

No miento. Verla en aquella situación me ha causado un delicioso deleite. Siempre he considerado que poder hacer que una mujer se corra es un regalo de vuelta. Como cuando compras un presente que vas a utilizar tú más que quien lo recibe. Es un pensamiento un tanto egocéntrico, lo sé. Qué le voy a hacer, es lo que me genera el cuerpo cuando el sexo carece de sus otros dos vértices afectivos. En esos casos, solo queda el deseo y la pasión animal del pavoneo efectivo; una pachanga sin responsabilidad emocional en la que solo queda lucirse.

—Llévame a casa y te compensaré.

La propuesta viene acompañada con una mirada incendiaria, dirigida directamente a la línea de flotación de mi cordura, y un beso, alzándose sobre la punta de sus botines de Ubrique y colgándose de mi cuello.

Estoy más caliente que el palo de un churrero, así que no discuto, solo asiento como si ese gesto fuera un apretón de manos sellando un pacto entre la dama que es y el caballero que estoy muy lejos de ser.

Mientras ella termina de arreglarse, yo salgo fuera, recojo las chaquetas y su bolso y me dirijo a la barra para pagar la fiesta. Aunque, me parece, que no han hecho más que traer la tarta.

—X—

La pregunta me arde en la boca, y cuando tomo el desvío hacia Las Rozas, se la suelto.

—¿Y tú marido?

Carme se gira en el asiento del copiloto para mirarme con una expresión críptica. Los fogonazos de las farolas viales alternan en ella unos inquietantes claro oscuros.

—Creí que no lo ibas a preguntar nunca—me responde, volviendo la vista a la iluminada lengua de asfalto—. Y, la verdad, hubiera preferido que así fuera. No me apetece nombrarlo más esta noche. Pero tampoco creas que tengo problemas para contestarte.

»Arnau está de viaje. En Dubai—duda, indolente—O en Albacete. No sé. No me cuenta mucho de sus negocios. Tampoco me interesan. Ya no.

—¿Os lleváis mal?

—No, nada de eso. Todo lo contrario. Digamos que tenemos un matrimonio bastante independiente. Desde el segundo año de casados, comprendí que yo estaba por detrás de su trabajo.

»Al principio me enfadé, claro. Saberse que para con quien te has casado completamente enamorada no eres su prioridad, nunca es del agrado de nadie. Incluso llegué a plantearme el tema de la separación. Pero—suspira—, terminó por convencerme de que no era así. Más bien me dejé convencer porque lo amaba de una forma bastante irracional, para que engañarme. Ya sabes, me decía lo típico: es solo una fase. O, el otro gran «hit» de: cuando consolide la posición en la empresa, será diferente. En fin, te haces una idea. Esas cosas que nos terminamos por creer porque necesitamos creerlas. Igual que la fe, supongo.

»La cosa es que pasó el tiempo y como a todo se acostumbra uno, pues, acabé por conformarme con lo que él me ofrecía. Dejé de pedir más, a costa de ir cambiando la frescura romántica del amor por la madurez de la relación.

—¿Pero seguís…?

—Sí, sí. Más o menos ¡Buff! A veces creo que sí. Otras…no lo tengo tan claro.

»En perspectiva, tenemos una buena relación. Ahora nos queremos a nuestra manera. Nos tenemos cariño. Nos respetamos…

Se interrumpe para volver a mirarme. He debido de poner alguna expresión escéptica o algo así.

—Sé lo que piensas. Tenemos cierta… laxitud en cuanto a las relaciones sexuales con otras personas, si es lo que insinúas.

—No he dicho nada—me defiendo, haciendo como que la niebla que hay en la carretera fuera más espesa de lo que es.

—No hace falta—ríe—. Tu cara lo ha dicho todo. Tenemos nuestros acuerdos y los respetamos.

—¿Cómo cuales?—pregunto, sin saber muy bien por qué narices lo hago.

Carme me mira con cierto fastidio. Está claro que no le apetece hablar del tema, y yo, malditas las ganas que tengo de que lo haga. Me arrepiento de haber preguntado, pero ya es tarde. La pátina de morbo que impregnaba todo nuestro encuentro se está diluyendo y no está en mis planes que eso pase.

—Perdona, no es asunto mío.

—No pasa nada. Mira, por ejemplo. Nunca llevamos amantes a casa.

La respiración se me detiene.

—¡Ah! Creía que…

Ella me mira seria para, acto seguido, cambiar radicalmente de registro mientras me pasa una mano por la entrepierna, cuyo inquilino sigue reclamando atención pese al conato de decepción que ha estado apunto de llevarse.

—¡Uy! Qué susto te has llevado ¿Eh? Podéis estar tranquilos—bromea, sobando su presa con dulzura—. Soy mujer de palabra y, para que te voy a decir otra cosa, ahora mismo me muero porque me folles. Aquí solo nos detendremos para coger las llaves de la finca que tengo en La Navata. Ese terreno es neutral en nuestro acuerdo.

En ese momento no sé si respirar aliviado o, por el contrario, hacer caso a la lejana vocecilla que lleva rato intentando decirme algo desde la conciencia; probablemente algo sabio, prudente, decente y tremendamente aburrido. El mal ya estaba hecho y como decían en el ejército: un soldado español no retrocede nunca; si acaso, da media vuelta y sigue avanzando. Y yo, aquella noche, ya había dado demasiadas vueltas como para retirarme ahora.

No siento culpa por hacer lo que hago. Me siento culpable, eso sí. Pero no culpa, si no otra cosa. Es un hastío tan ensordecedor que acalla cualquier atisbo de vínculo responsable. Silencia los remordimientos y también los recuerdos; los buenos y, sobretodo, los malos. Es tan ruidoso que, cuando todo acaba y desaparece, es como cuando encienden las luces en un «after» y la realidad pastosa, dolorosa, te golpea con toda la dureza de sus letras.

Y todo, para no oír la voz de los muertos.

Superamos el control de seguridad privada, cuyo empleado saluda a Carme por su apellido—Folch—, llamándome la atención que lo haya hecho con toda naturalidad, no escondiéndose como lo haría la mayoría de la gente que ejerce el adulterio. Es casi como si quisiera dejar constancia de su presencia y no importarle que ese tipo se monte las películas que le de la gana al ver a una de las propietarias entrando a altas horas de la noche, acompañada de un tío que no es su marido. Tal vez los ricos sean así y esto sea el pan suyo de cada día.

Nos detenemos frente a un palacete de construcción típica en esta urbanización de pudientes. Las dos plantas blancas, con buhardillas de techos de pizarra, permanece iluminado por la luz de los focos que provienen del jardín, verde oscuro y con cipreses muy altos cercando el recinto.

—Vengo en un minuto.

Antes de abandonar el coche, Carme me planta un beso lujurioso de esos que se lleva tu aliento con él cuando los labios se separan y las lenguas topan con un ominoso vacío.

Solo en el coche, tengo el impulso de sacar el móvil y comprobar lo que ya sé. Sin embargo, queda en eso. En un impulso ¿Para qué hacerlo? Es tarde. Tarde para las mentiras y tarde para enmendarlas con propósitos tan falsos e inalcanzables como los de año nuevo.

La espera también me da tiempo para volver a pensar en por qué narices no hemos ido a un hotel. Salgo del coche y enciendo un cigarro que me fumo mientras merodeo alrededor de la puerta de entrada. La urbanización duerme. Solo algún grillo educado susurra su monótono canto, sin estridencias. Los perros de este lugar privilegiado del mundo no se preocupan por el sonido de un coche, o los pasos de un desconocido, a las dos de la madrugada.

Me acerco, por una curiosidad insana, a la placa pulida del buzón y leo sus nombres completos: Arnau J. Viladecans Canals y Carme Folch i Montroig-Rius.

Más catalán, imposible. De esos que fundaron Convergencia para seguir mangoneando con el paraguas de la democracia como disfraz.

Con los apellidos rondándome en la cabeza, caigo en la respuesta a la pregunta que me he hecho un minuto antes: para Carme, ir a un hotel le haría meterse en un papel que seguramente le apene. Es de esa clase de personas que quieren hacerlo lo más humanamente posible. No es de las que les vale el sexo de transacción; busca, además, otra cosa: sentirse querida, y eso, en estas circunstancias, un hotel lo desvirtuaría. Entre desconocidos metidos en estos casos, el hotel es el edificio donde habita la soledad; lo impersonal. Un territorio sin bandera ni afectación.

Por lo poco que la conozco, en Carme creo que se alberga un deseo que empiezo a pensar que no voy a ser el adecuado para llenar. Para mí, esto, es echar un polvo que mantendrá a raya mis demonios. Para ella, en cambio…¿qué es?

La salida de la mujer de la casa me interrumpe los pensamientos. Tiro la colilla y la veo acercarse al coche con algo entre las manos.

—¿Te gusta el champán?—dice, llegando a mi altura y mostrándome una botella que suda escarcha—. Es un Cristal, de un año excelente.

—Soy más de la Rioja alavesa.

—Cómo no—confirma con un gracioso mohín—. Mucho más adecuado para los tipos duros.

Ríe. Yo le devuelvo el gesto.

—Siento decepcionarte, pero no soy un tío duro. Es solo que las burbujas deberían tener una orden de alejamiento de los buenos caldos.

—Ya…claro. De todas formas—empieza, pícara, pegándose a mí para darme un beso—Algo por aquí abajo me dice lo contrario. ¡Venga! Vámonos. Cada vez tengo menos voluntad para contenerme y no me gusta dar el espectáculo en el interior de los coches.

La confesión enrojece su cara y hace brillar sus ojos al modo de ascuas en una hoguera. Se separa de mí, me guiña y rodea el coche para introducirse en él.

Recorremos el par de decenas largas que separan Las Rozas de La Navata sin decirnos mucho más; intercambiando sonrisas cómplices y tragos a la botella que ella ha abierto nada más salir de la urbanización, haciendo saltar el corcho a través de la ventanilla.

La veo muy animada. Me recuerda a una chiquilla arquetípica, haciendo una travesura.

El camino que me indica se aleja un poco del pueblo, en el que ni siquiera tenemos que entrar. A los pocos minutos, tomamos otro desvío y enfilamos un serpenteante camino asfaltado con especial esmero. Las ruedas de mi viejo BMW parecen flotar sobre el pavimento.

Cinco minutos después, nos detenemos frente a una cancela y Carme la abre desde el coche usando un mando del que tintinean unas llaves. Aquí no hay luces, y solo la ráfaga de los faros de mi coche al girar en una pequeña plazoleta situada frente a la edificación principal, me deja atisbar la casona que es una de esas viejas construcciones que, un par de siglos atrás, eran destinadas a pabellón de caza de los nobles de la corte.

Iluminada por la linterna del teléfono, Carme consigue abrir la puerta y encender las luces del interior. Una vez dentro no puedo ver mucho, ella se lanza a mis brazos y comenzamos a devorarnos y magrearnos con hambre atrasada, trastabillando con todo lo que nos encontramos por el camino. Aprieto y acaricio donde puedo. Todo está duro. Todo está apetecible. Nuestro peculiar baile nos dirige hacia unos enormes «Chester» de piel oscura cuando topamos con la esquina de algo. El sonido de cristal rompiéndose—más correcto sería decir explotando—nos saca de nuestro tórrido embeleso.

Sin soltarnos del abrazo, miramos al tiempo hacia donde se había producido el ruido. Sobre la superficie de una mesa recia y antigua, hecha con alguna madera de esas que se traían de ultramar y tachonada de filigranas doradas, veo un par de copas de cristal finísimo con restos de vino tinto, una de ellas con carmín en su borde, y una botella de Vega Sicilia polvorienta y mediada. Entre los cristales rotos de la tercera copa destacan varias rayas blancas, pintadas sobre un pequeño espejo cuadrado. Estaba claro que alguien acababa de dar una fiesta.

Carme se separa de mí y contempla eso con asombro. Libre de mi interés principal, miro a mi alrededor. El resto del enorme salón parece impoluto. Las cortinas, pesadas y del color del musgo, está echadas. La cocina americana que comparte espacio, sin evidencias de uso. Pero, en lo que se refiere al lugar delimitado por los sofás, es otro cantar. A parte de lo mencionado, hay varias prendas dispersas: una chaqueta, una corbata, una falda y dos pares de zapatos; unos masculinos, y otros de mujer, pequeños y con unos tacones considerables.

Miro a Carme y veo en su rostro el desconcierto que le produce estos hallazgos.

—Será mejor que nos vayamos—susurro, antes de que la situación se ponga embarazosa. Imaginándome a quien pertenecen esos zapatos.

—No—niega, bajando el tono de voz—. No puede ser mi marido.

Pongo cara condescendiente. Su inquietud me da a entender que ya no se siente tan liberal como decía.

—¿Quién va a ser, Carme? Venga, vámonos a…

—Te digo que no puede ser él—vuelve a negar avanzando hasta el principio de las escaleras que conducen a la planta de arriba—Arnau está de viaje. Y, además…

Se interrumpe. Carme está pensando a toda velocidad.

—¿Además?

—Solo hay un juego de llaves—asevera, mostrándome las llaves que aún conserva en la mano.

Ante la novedad, los pelos de la nuca se me erizan. Instintivamente dirijo la vista a la cerradura de la puerta de entrada. Por el salón no hay nada que haga pensar que haya habido un allanamiento. Solo los restos sobre la mesa y las ropas hablan de alguien más en la casa.

—¿Hay otra entrada?

—Sí—afirma, poniendo la oreja para intentar oír algo en el piso superior—, allí, la puerta que da a la piscina.

Me dirijo donde me indica y descorro las cortinas. El ventanal está cerrado a cal y canto. Tampoco hay signos de ninguna violación.

En la casa no se oye un alma. Solo oigo mi corazón latiendo deprisa y lo que me parece que son los engranajes de la cabeza de Carme al pensar. Entonces se me ocurre algo. Cuando veníamos no me había fijado.

—¿Dónde suele aparca tu marido?

Carme me mira como para decirme lo que ya me había dicho antes, pero, en un diálogo mudo, le hago desistir.

—Debajo del emparrado. A la derecha de por donde hemos entrado.

—No te muevas de ahí.

Salgo rápidamente de la casa, encendiendo la linterna de mi móvil. No tengo que avanzar mucho hasta iluminar el culo alto de un serie G. Memorizo la matrícula y vuelvo a entrar, pensando que tal vez, en contra de lo más obvio, el marido le haya prestado la casa a algún amigo. No me creo que solo haya un juego de llaves. Me maldigo por mi mala suerte. Con lo que prometía la noche…

No me da tiempo a terminar el pensamiento, Carme no está en el salón.

En ese momento oigo el grito.

Subo las escaleras a la carrera, encontrándome en medio de un pasillo que cruza de izquierda a derecha. Al final de ésta última dirección, veo una luz saliendo de una de las habitaciones y me dirijo hacia allí.

Nada más entrar mi vista se posa en una pareja desnuda, echada sobre la cama revuelta. El cuerpo de una mujer neumática yace en diagonal. Tiene las manos apretándose el cuello y una expresión de horror congelada en su cara sin vida.

El hombre, tumbado de espaldas, tiene medio cuerpo fuera del colchón y sus manos crispadas apoyadas sobre una alfombra y estrangulando un teléfono móvil.

En la habitación perdura el recuerdo denso del olor a sudor y a sexo; aunque hay algo más, otro olor superpuesto y más reciente. Uno que conozco tan bien que a veces creo que es mi propio olor. Es miedo. La habitación está impregnada de miedo en todos y cada uno de los elementos que la conforman.

¡Me cago en sos! Qué coño…

Carme, arrebujada contra el marco de la puerta, intenta volver a gritar, pero de su garganta no sale nada más que un ruido seco y apagado. La levanto usando la fuerza, pues es un peso muerto.

—¿Es tu marido?

No dice nada. Solo aprieta su cara contra mi hombro.

—¡Carme!—la separo para poder mirarla—¡Necesito que me digas si es tu marido!

Ella gira la cabeza en dirección al cadáver del hombre, con la cara congestionada por un llanto que no sale. Finalmente asiente y vuelve a enterrar su cabeza en mi cuerpo.

La saco de allí, llevándola a cuestas, todo lo rápido que puedo hasta que alcanzamos mi coche. La meto en la parte de atrás, donde queda sin oponer resistencia; parece deshecha. Cierro la puerta y abro la del copiloto para acceder a la guantera donde guardo la pistola.

—No te muevas de aquí hasta que yo vuelva.

Carme no parece oírme. Cierro el coche con la llave y quito el seguro del arma. Con ella enlistada, regreso a la casa y escudriño todos los rincones de la vivienda. Lo cual me lleva un buen rato.

Cuando estoy seguro de que no hay nadie más, guardo el arma en la cintura del pantalón y saco el móvil para llamar a mis compañeros.

En ese momento pienso que la noche no puede ir a peor.