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La Favorita Parte 3

Él le ofreció el mundo a cambio de su sumisión. Ella aceptó, pensando que solo era un juego de poder, hasta que descubrió que el precio era su alma y su carrera. En una isla donde las reglas las dicta el miedo y el deseo, Iris aprendió que ser la favorita de un monstruo es el único camino hacia la cima.

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“Con su elegancia neo diplomática, no atina a ver cuál es mi táctica.

Y mientras ella con pasión, da la llave, yo le doy bambú”

Miguel Bosé.

Sus mechones negros flotaban suaves y delicados, mientras su cuerpo se relajaba bajo la tenue calidez del agua y la espuma. Emergió de la pequeña profundidad y se recostó en el borde de la bañera, sus manos recorrieron su abundante cuerpo desde el cuello, consintiendo sus senos, vientre, sus gruesas piernas, alojando un par de dedos en su oculta vagina.

Sus gemidos invadieron todo el cuarto de baño, a ojos cerrados evocaba el recuerdo de Víctor Saavedra, su porte tan masculino y esa seguridad que no sólo su cargo le otorgaba, era un hombre poderoso aun sin su dinero y las armas. Sus dedos revolvieron su clítoris, con fiereza, un deseo casi enfermizo se alojó en su cuerpo, decidió detenerse cuando estuvo a punto de alcanzar el orgasmo.

Tras salir de la bañera y secarse, hacía lo posible por no imaginar las manos de ese hampón recorriéndola por completo. Una lucha interna se llevaba a cabo en su conciencia, aceptaba su responsabilidad, que al cumplir las órdenes que le daba Emilio no hacía más que ensuciarse las manos. Entró a su recamara, el lugar donde tantas veces creyó ser amada por aquel ingrato, sobre la cama descansaban los presentes que el mafioso le había hecho llegar.

—¿Realmente voy a hacer esto? —se preguntó aun sabiendo la respuesta.

Abrió la lujosa caja donde se hallaba la sorpresa y aunque era una mujer de gustos simples pero elegantes, jamás se imaginó lo que iba a encontrar. Un enorme abrigo de mink, Iris se estremeció al pensar en cuantos visones fueron sacrificados para que Saavedra le mostrara apenas una pizca de su poder. Aferró la costosa prenda contra su pecho, mientras que con la otra mano acariciaba la suavidad de aquella piel exótica.

Un pequeño temor se alojó en su corazón, al darse cuenta de lo fácil que sería embriagarse de poder y que esta solo era una pequeña muestra de lo que podría obtener gracias al segundo jefe del Cartel más poderoso del momento. Junto al abrigo venia una caja negra aterciopelada, en cuyo interior había un ostentoso collar de diamantes, su brillo casi la deslumbra, así como la intención de aquellos fastuosos obsequios.

Su mirada se desvió alrededor de su recámara, intentando recobrar la conciencia, pero se encontraba en un estrambótico viaje, toda la habitación se hallaba tapizada de rosas, sin apenas dejar un espacio libre. El aroma de las flores le provocó una delicada excitación que halló refugio en su sexo y desde ese momento supo que quería ser de Víctor, más que por un sucio trato, por su propia voluntad.

Puso especial atención en una tarjeta que acompañaba los regalos:

“Un detalle para nuestro encuentro, quiero verte usando UNICAMENTE lo que con tanta admiración y respeto me tomé la libertad de obsequiarte”

V.S

Iris había recibido regalos de su amante, pero ninguno tan asombroso como este. Tomó el collar y dirigiéndose al espejo, se lo colocó en el cuello. Era una lujosa pieza de TIFANY & CO., tupida de diamantes en forma de gota que le cubrían el pecho. Saavedra era un hombre inteligente, no necesitaba llevar nada más encima.

Se recogió la cabellera, de forma que sus hombros quedarían descubiertos, su maquillaje tenue y unos labios rojos, con los que esperaba impresionar al capo. Miró la foto de Emilio, que la observaba desde su tocador, el sentimiento de que estaba a punto de traicionarlo casi la hacen renunciar, pero tan solo se limitó a recordar las veces que él había hecho eso con ella sin el más mínimo remordimiento. Hacer lo que le diera la gana sin pensar más en él, sería todo un placer.

Se colocó el abrigo, sintiendo como toda esa piel acariciaba su cuerpo, pero todavía le hacía demasiado ruido el hecho de que un hombre como Víctor Saavedra estuviera interesado en ella, él con la capacidad de poseer a las mujeres más hermosas con un simple chasquido de dedos.

—Es un psicópata, el ponerme en esa posición no hará más que afianzar su poder. No es más que un abusador…un asesino, un delincuente. Esto es una humillación, el precio que tendré que pagar por amarte tanto. —dijo con amargura mientras estrellaba el retrato de su amante, contra la pared.

Quiso llorar, pero ninguna lágrima brotó, el collar pesaba, así como la responsabilidad que cargaba. Miró su reflejo y por fin pudo darse cuenta que no eran las pieles, las joyas, los lujos lo que la hacían hermosa. Sino su valentía al enfrentarse cara a cara con el posible final de sus días.

—Esta no va por ti, Emilio. —sentenció después de aceptar que no iba a entregarse al capo por sacrificio, ni por interés. Lo haría por el puro gusto de estar con un hombre que la deseaba igual que ella a él.

Esa madrugada, un discreto comando pasó a recogerla para llevarla al aeropuerto, donde abordó un lujoso jet privado que no sabía a donde la llevaría. A las 2:30 de la mañana se encontró despegando, su cuerpo se estremeció al recordar que no le había contado nada a Emilio acerca de sus acuerdos con Víctor, decidió que ya no sentiría culpa, que la dejaría en tierra antes de partir.

Después de tres horas de vuelo, forzó un poco la vista para tratar de divisar lo que se hallaba bajo sus pies. Pudo adivinar un amplio océano ¿aguas del Atlántico tal vez? No lo sabría hasta llegar. El cielo se tornó gris, en ese místico momento en que no es de día, ni de noche, tan solo la antesala del alba, sería un amanecer diferente a los que había presenciado en toda su vida.

El avión aterrizó en lo que después sabría era una pequeña isla privada, en el caribe. Al descender, una suave brisa le acarició el rostro, sintió deseos de quitarse el abrigo, pero no iba a desobedecer las órdenes de su nuevo amo. Hombres armados la recibieron, para hacerla subir a otro vehículo, ya no le cubrieron el rostro, de cualquier forma, no sabía en qué parte del mundo se encontraba. Llegaron a otra ostentosa mansión, quedando fascinada por la excelente imitación de arquitectura griega.

Un sirviente la llevó hasta la terraza del lugar, donde aguardaba una mesa bien servida e Iris pudo darse cuenta, a pesar de la penumbra despejándose, que se encontraba en un exuberante paraíso tropical. Un mar azul oscuro al fondo, vegetación, bajando una escalinata una inmensa piscina, rodeada de esculturas griegas, jardines y a lo lejos un muelle con algunas pequeñas embarcaciones.

Su corazón latió con fuerza ante la incertidumbre de no saber en dónde se había ido a meter. Ese latido no hizo más que desbocarse cuando unas fuertes manos la abrazaron por detrás.

—Bienvenida a mi pequeño rincón en las Bahamas. —le susurró al oído, Víctor Saavedra.

Iris se estremeció entre aquellos fuertes brazos, la sorpresa fue dando paso a una ardiente excitación que le pedía ser tomada en ese mismo momento. Intentó decir algo, pero su amo se lo impidió.

—Shhh, espera, aquí viene… —le dijo él, señalando el horizonte.

Ambos observaron como el gris del cielo había desaparecido, dándole paso a un azul cobalto que iba perdiendo intensidad, gracias a un pequeño resplandor que emergía del agua. Una hermosa incandescencia anaranjada, que surgía de las profundidades, el tiempo se detuvo y el sonido de las olas hipnotizaron los sentidos de Iris, que no pudo moverse, sintiéndose protegida por el hombre que la abrazaba.

Era la primera vez que veía un amanecer en el mar, en un destino tan exótico y remoto, olvidó por un instante quien era, lo que había llegado a hacer ahí, se concentró en la belleza del paisaje y pudo continuar así, si una de las manos de Saavedra no se hubiera colado bajo el abrigo, tanteando tu piel, aferrándose a uno de sus pechos.

El capo sonrió al comprobar lo obediente que era su nueva favorita, la premió besando su cuello mientas ella, inmóvil pero relajada, centraba su atención en el astro que salía lentamente del agua, dándole vida a la tierra en aquel paraíso. Tenues gemidos escaparon de sus labios, todo le parecía excitante y surreal, las caricias en sus pechos, esos besos y una lengua recorriéndole el cuello mientras el sol hacía suyo ese rincón del planeta.

A lo lejos vio las olas acariciando la costa y ella sintió que arrastraban su pasado y todos los malos pensamientos que había en su interior, nada podría salir mal después de ese día. Las nubes se despejaron y el sol se alzó sobre ellas, iluminando todo a su alcance, aves marinas sobrevolaron ese cielo abierto que ahora se había tornado en hermosos tonos violáceos, la luz rebotaba en el agua, formando pequeños destellos.

Iris no pudo evitar conmoverse y derramar unas lágrimas de emoción, su nuevo amante abandonó el interior del abrigo, entrelazando sus manos con las suyas y volvió a hablarle al oído.

—Ni todo este escenario es más hermoso que tú.

Ella soltó una pequeña risa incrédula.

—No estás aquí por Emilio Cortés, estás aquí por ser quien eres y esto es solo un poco de lo que llegarás a obtener si aceptas ser mi amiga.

Iris se dio la vuelta, mirándolo sin entender.

—Si cumples tu parte del trato, todo esto será tuyo…TODO. —dijo Saavedra mirándola, muy serio.

—¿Todo esto por acostarme contigo? —le respondió.

—Claro que no…será tu recompensa por ayudarme a hacer algo de lo que hablaremos más adelante.

Ella seguía sin comprender, necesitaba una explicación, pero las manos de Saavedra acariciando su espalda, la hicieron declinar de discutir el tema por el momento.

—Empieza a hacer calor. —le dijo a manera de petición.

Víctor sonrió y la tomó de la mano, entraron a la mansión, conduciéndose a una de las habitaciones. El lugar donde pasarían interminables horas de placer era una hermosísima estancia estilo mediterráneo de altos muros blancos y uno azul, una cama de ensueño, con dosel y pabellones de seda trasparente.

—Mandé a decorar todo esto, especialmente para ti. Espero que no te parezca demasiado cursi. —le dijo Saavedra.

—Todas las mujeres somos cursis…es perfecto, pero…no tenías que hacer todo esto, es decir… ¿Las Bahamas? Pudimos haberlo hecho en tu casa, en un hotel, en…

—Shhhh —le dijo el capo, acariciándole los labios con su pulgar. — si vamos a emprender este viaje juntos, habrá un par de reglas que necesito que lleves a cabo.

Iris lo miró con cierta desconfianza.

Saavedra se apartó, acercándose a los ventanales, para abrir las cortinas, dejando al descubierto una hermosa vista del océano, Iris sintió un escalofrío de solo imaginar que esa hermosa isla podría llegar a ser suya.

—La primera de esas reglas es, que jamás vuelvas a dudar de que mereces lo mejor en este mundo. Ni a poner en tela de juicio mis intenciones contigo.

Ella quiso refutar, pero él no se lo permitió.

—La segunda regla es que ninguno de los dos puede hablar hasta que el otro haya terminado.

Iris asintió a modo de disculpa.

—La tercera, necesito tu absoluta confianza y yo sé que eso no se gana de la noche a la mañana, pero hoy haremos una excepción. Estás aquí no solo porque yo lo he decidido, más bien porque te lo pedí y tu aceptaste. Si te hubieras negado de cualquier forma el idiota de Emilio Cortés sería gobernador. Estas aquí porque me deseas y sabes que yo a ti también.

El escalofrío se transformó en deseo, el cuerpo de Iris reaccionó ante esas palabras, sus pezones se irguieron bajo el abrigo y su sexo superó la humedad del lugar.

—¿Cómo crees que te llevaría a un hotel a hacerte el amor? ¿Tan mal te han tratado los hombres de tu vida? —le dijo acercándose a ella, tomando su rostro entre sus manos.

Iris lo miró con determinación.

—No permito que ninguna mujer me mire a los ojos…—le dijo Saavedra, en un susurro.

—Yo no soy igual que esas putas, te apuesto lo que quieras a que jamás te has cogido a una mujer con doctorado. —respondió Iris y la seguridad de sus palabras fueron como balas que penetraron el corazón del poderoso.

Víctor soltó una pequeña carcajada.

—Pido perdón, por la bajeza de llamarle Licenciada en nuestro primer encuentro.

—Aquí los títulos no sirven de nada, cuando llegue el momento, te aseguro que olvidaré mi doctorado en Ciencias Políticas y tú que eres alto mando de uno de los Cárteles más poderosos del mundo.

—Yo nunca me equivoco, Rosa Iris y no me equivoqué contigo.

Los labios de Saavedra se entregaron a los suyos, en un beso sorprendentemente tímido al principio, pero que subió de intensidad cuando ella decidió olvidarse de todo en aquella lujosa habitación, Víctor introdujo lentamente la lengua en su boca y ella la atrapó con la suya, abrazándolo por el cuello, ambos dieron pasos torpes, tratando de llegar a la cama.

—Quítate el abrigo, quiero verte desnuda. —le ordenó.

Ella vaciló por un momento, pero obedeció, la piel cobriza cayó al suelo, dejando al descubierto lo majestuoso de ese cuerpo que algunos considerarían imperfecto. Víctor quedó absorto en las formas distintas de la anatomía de aquella mujer, sentado en la cama la admiró por un buen rato. Lo diamantes brillaban desde su cuello, no necesitaba ningún otro adorno, para él, ella era perfecta.

—Eres hermosa.

Iris intentó cubrirse, ruborizada.

—Eres hermosa y es una orden. —le dijo él, apartándole los brazos, para evitar que se escondiera.

Con un ademán la invito a acercarse, acarició su cuerpo, sorprendido al saberse excitado cada vez más, al contacto de sus manos con las suaves carnes de su nueva amante. Iris se soltó el cabello, mientras la lengua de Víctor recorría sus pezones, su humedad comenzó a derramarse por sus piernas y su excitada vagina encontró consuelo cuando los dedos del mafioso la exploraron.

Ella suspiró, tratando de reprimirse, pero los movimientos de Saavedra le ordenaban que expresara su placer a cómo le diera la gana. Sintió como la tomaba de la mano, para colocarla sobre el bulto en su pantalón que no era otra cosa más que una poderosa erección que luchaba por liberarse.

—Puedes no creerlo, pero…nadie me la había puesto así. —susurró Víctor.

—Hay que hacer algo al respecto.

El mafioso la tomó del cuello y ella quiso deshacerse del collar.

—Pagué una fortuna para verlo sacudirse mientras te cojo como nadie lo ha hecho.

Iris obedeció, deseosa de llegar a ese punto del encuentro, él la sostuvo del cabello con firmeza sutil, arrodillándola frente a su cremallera. Nerviosa, desabrochó el pantalón y apenas pudo esquivar la obscena erección que saltó a la vista, quiso retroceder, ese tamaño descomunal seguro causaría estragos.

Víctor Saavedra sonrió al ver la expresión de su favorita, tomándola de la nunca, la acercó un poco más, acarició ese bello rostro con su miembro, dando pequeños golpes contra sus labios. A pesar del temor ella se atrevió a abrir la boca, con ambas manos comenzó acariciar sus entrepiernas mientras su amo se deleitaba rozándole la lengua con la cabeza de su pene.

Iris sin esperar una orden, hundió ese potente falo hasta lo más profundo de su garganta, había imaginado tanto ese momento que ya no estaba dispuesta a someterse ni a esperar. Saavedra dio un pequeño respingo, sorprendido por la osadía de la sumisa, pero al sentir la salvaje felación decidió dejarla hacer lo que quisiera con él.

La tomó con fuerza del cabello, guiando los movimientos, sintiendo como Iris se atragantaba con su verga, un par de arcadas y la violencia que lo caracterizaba salió a flote. La jaló despiadado, apartándola del sueño de aquel oral tan intenso. Le dio una bofetada, para después besarla.

—Qué bien la chupas, hija de puta, ya veo porque ese pendejo es incapaz de dejarte.

Ella sonrió, sintiendo el placer de compartirse con alguien que no fuera Emilio.

Y volvió a la carga, tragándose el pene del mafioso, con perturbador antojo, a una arcada seguía una cachetada, el sexo salvaje no era lo suyo, pero ahora lo estaba disfrutando como nunca.

—¿Te gusta el dolor eh? —le preguntó, fascinado.

Ella cerró los ojos, concentrada en su faena, sintiendo como su sexo se mojaba, mientras la hombría del capo acariciaba su paladar. Experimentó una sensación alucinante cuando unas gotas de saliva cayeron sobre sus pechos, mientras seguía ahogándose con el pene de su amo, profanando su boca.

—No tienes permiso de hacerme venir aún, ven para acá. —le ordenó mientras la acercaba hacia él.

Debajo de la almohada sacó una especie de cadena que iba unida a un collar del que colgaba un cascabel de gran tamaño. Iris lo miró asustada, realmente convencida de que ese tipo estaba enfermo y por primera vez desde que había llegado a ese lugar, temió por su vida.

—No es para que te asustes, solamente quiero explotar tu potencial, más allá del juego de niños que Emilio Cortes te ofrece en forma de migajas.

Ella lo miró con temor.

—Tranquila, nunca te lastimaría…

Le colocó la correa, por encima de los diamantes, jalando la cadena, Iris sintió como esa fuerza la atraía hacia él. Sus lenguas se enredaron, mientras sentía como la atraía hacia adelante.

—Ponte de rodillas. —le ordenó.

Ni bien se había colocado, cuando sintió un firme golpe en el rostro, Saavedra se los propinaba con su erección y de una forma casi abusiva lo introdujo a su boca, sujetando la correa, el sonido del cascabel acompañaba los feroces movimientos. Iris veía anonadada los espesos hilos de saliva que escurrían del pene del hampón, un nuevo tirón a la cadena la hizo reaccionar.

Fálicos golpecitos en sus pechos la hicieron casi perder la razón:

—¡Cógeme! —chilló desesperada.

—Se hará cuando yo diga. —respondió Víctor, alzando la voz.

—¡Lo quiero ahora! —gritó ella intentando levantarse.

Una bofetada la hizo callar, acto seguido Saavedra colocó su pene en medio de sus tetas y comenzó a moverse, jalando bruscamente la cadena, Iris extasiada se debatía en una lucha interna, estaba acostumbrada a seguir órdenes, pero en ese momento ya no quería esperar.

—Si me haces terminar antes de tiempo, te mato. —dijo él, entre jadeos y una sonrisa.

Jaló la cadena y la hizo levantarse.

—No sé cómo le haces para creer que puedes darme órdenes y no me pueda resistir, el amo soy yo, no se te olvide.

—Por mí, puedes matarme ahora mismo.

Víctor sonrió con malicia y la tomó del cabello para volver a devorar su boca, la empujó a la cama y de un movimiento cargado de violencia la puso a cuatro sobre el colchón. Tiró de la cadena, logrando enderezarle la espalda.

—¿Quieres que te coja como una perra?

Pero no la dejo responder ya que con lujo de violencia irrumpió en aquella delicada estrechez, sorprendido vio cómo su potencia se deslizaba sin ningún problema. Era bien sabido que Víctor Saavedra disfrutaba infringiendo dolor en las mujeres, todas compradas, era la primera vez en mucho tiempo que una se le entregaba a entera voluntad. Enfurecido jaló una y otra vez la correa, y con la mano que tenía libre, amasaba las nalgas de su sometida.

—¿Por qué te gusta que te trate como basura, puta? ¡Lo estás disfrutando! —le gritó incrédulo, mientras sentía como su favorita le empapaba la entrepierna

Ella no podía responder, su boca se exhalaba groseros gemidos que jamás creyó capaz, se sabía dominada, probablemente abusada, pero eso la estaba volviendo loca de placer. Sintió la correa apretándole el cuello, mientras la verga de ese delincuente salía y entraba a su antojo.

—No tienes permiso de acabar…—dijo él con un gruñido.

La giró nuevamente, levantando con impresionante fuerza sus grandes muslos, volvió a penetrarla sin compasión, su brutalidad salió a flote por un segundo, dispuesto a cachetearla, se detuvo al contemplar ese hermoso rostro, enrojecido y sudoroso, sus gruesos labios desencajados y aquellos ojos con la mirada perdida disfrutando por primera vez de un placer desconocido.

“En otra vida pudimos haber sido uno sólo”

Fue el pensamiento que atravesó su mente, haciendo que sus sentidos estuvieran a nada de estallar. Soltó la correa y se inclinó hacia Iris sin dejar de penetrarla con esa rudeza que la estaba haciendo estremecer, sus labios se entregaron al pacto que los mantendría unidos por muchísimo tiempo, ella lo aprisionó con sus piernas mientras el clímax la alcanzaba, liberándolo con un potente grito.

—No tienes permiso…—dijo él, para después de unirse a esa esplendorosa fiesta que era el orgasmo.

Ella alcanzó otro al sentir el calor del esperma de Víctor, invadiendo sus entrañas. El capo algo que era impensable, la tomo en sus brazos mientras los estragos de ese poderoso final le daban paso a la calma.

A esa faena se unieron muchas, por un total de tres días en los que casi no salieron de la habitación, sexo, vino, exóticos manjares, conversaciones largas y peligrosas, juego de manos y actitudes muy parecidas al amor verdadero. Iris estaba inmersa en un extraño cuento de hadas que casi la hizo olvidar por qué había ido a parar ahí.

—Iris, lo pensé y habrá un cambio de planes. —le dijo Victor mientras le restregaba la espalda.

Se encontraban en un jacuzzi.

—¿De qué hablas? —quiso saber ella.

Se dio la vuelta y lo miró a los ojos.

—Ya no se me antoja que el pendejo de Cortés sea gobernador, ni que te siga cogiendo porque ahora te quiero solo para mí.

Iris lo miró pasmada y casi por inercia se apartó.

—¿De qué hablas? Teníamos un acuerdo…

—Y soy hombre de palabra, pero…me volviste loco y no pienso compartirte con ese infeliz.

Ella tuvo suficiente, salió de la bañera dispuesta a marcharse a pesar del miedo que crecía en su interior.

—No fue una pregunta, mi amor, es una orden.

—¡Estás loco! Emilio jamás se hará a un lado, los empresarios lo apoyan, ¡va muy arriba en las encuestas!

EL capo se removió dentro del agua, intentando relajarse, no estaba acostumbrado a que alguien le refutara, mucho menos una mujer.

—Por dios, Rosa Iris, como si eso a mí me importara. En ese pueblo mando yo y puedo poner al que me dé la gana.

Iris se enredó en una toalla, mientras intentaba no demostrar su terror.

—No puedo aceptar que faltes a nuestro trato ¡Solo por convertirme en tu puta!

Víctor salió del jaccuzi, imponente, demostrando con sus movimientos porque era uno de los hombres mas temidos. Se acercó a ella, tomándola del cuello con sutileza.

—¿No entiendes? No es por hacerte mi puta.

—Yo… puedo estar solo contigo, Emilio va a casarse, ya no habrá nada entre nosotros, pero por favor…esto es por lo que he trabajado toda mi vida, el me prometió la secretaría de gobernación si lograba cerrar el pacto contigo.

—Ese maldito te mintió, el jamás te dará ese puesto.

Ella lo miró con incredulidad.

—Pues jamás lo tendré si tu desistes de apoyarnos.

Saavedra cerró los ojos, suspirando, intentando no perder la paciencia, la tomó de los hombros y la hizo darse vuelta para quedar frente al espejo. Iris se vio reflejada y apenas podía reconocerse.

—Yo no veo a la segundona de un gobernador… —le susurró al oído.

—Me he partido la madre todo este tiempo. —respondió furiosa.

—Y por eso, voy a hacerte gobernadora. —sentenció mientras lamía su cuello.

Iris no podía creer lo que estaba oyendo.

—Emilio primero me mata, antes de que me atreva a traicionarlo.

—Amor…Emilio Cortés firmó su sentencia de muerte desde el momento aceptaste estar conmigo.

—No puedo hacer eso, Saavedra…

—Ya lo hiciste.

Iris se entregó nuevamente al oscuro placer del sexo de Víctor Saavedra, poco le importaba el destino de Emilio Cortés.

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