La Favorita Parte 2
Iris llegó pensando que era un sacrificio, pero encontró un deseo que no esperaba. Víctor no quería su muerte, quería su cuerpo. Y ahora, entre el miedo y la lujuria, ella debe decidir si huye o se entrega.
PARTE 2
Sus temblorosas manos luchaban por abotonarse el saco, había subido unos cuantos kilos después de que el estrés la había obligado a comer de más. Sus grandes pechos sobresalían escandalosamente de aquel escote e Iris se preguntaba si en realidad existiría un atuendo perfecto para entrevistarse con un mafioso.
Se pintó los labios de un rojo oscuro, sus ojos miel brillaron al evocar el recuerdo de su amado Emilio, encomendándole esa misión que era casi suicida. Sonrió con desgano, aun en ese momento había tenido un destello de lucidez, se sintió como un cordero que iba directo a ser sacrificado por su propia voluntad.
Después de tantos años de promesas no cumplidas, de mentiras y tontas excusas, no le sorprendía que estuviera dispuesta a entregar su vida para que Emilio alcanzara sus objetivos. Asomó el rostro a la ventana, dos lujosas camionetas aguardaban tras el portón de su residencial.
—Ya están aquí y son muy puntuales. —dijo tragando saliva.
Se colocó su rosario de plata en el cuello, dijo una oración y se despidió de sus padres, quienes le sonreían desde una fotografía, hizo lo mismo con una de Emilio. Salió de su casa, sentía que las piernas se le doblaban y creyó imposible seguir caminando hasta el portón.
—Buenos días, señorita Vallejo. —la saludó un hombre de aspecto tosco y campirano.
—Buenos días… —respondió ella, tratando de ocultar su temor.
El misterioso caballero se quitó el sombrero de vaquero y tras hacer una pequeña reverencia le abrió la puerta trasera de una de las camionetas. Iris subió, con ayuda de otro sujeto y en ese instante sintió que le empezaba a faltar el aire.
—Por su seguridad tendremos que cubrirle el rostro. —escuchó decir a otro hombre que se encontraba junto a ella, en el asiento trasero.
Sin darle tiempo de reaccionar, le pusieron una bolsa de tela sobre la cabeza, Iris sintió que su corazón desbordaba en salvajes latidos, el oxígeno comenzó a faltarle, escuchó la puerta cerrarse y segundos después, el vehículo emprendió la marcha.
Miles de escenarios pasaron por su mente, podía terminar muerta, desmembrada y arrojada por cualquier barranco o terreno baldío, tan solo para advertirle a Emilio que con El Cártel no se juega, podrían tomar a mal que el candidato no quisiera darles la cara y les enviara a una representante. Era bien sabido que, en el mundo del crimen organizado, no tomaban en serio a las mujeres.
Y entonces lo comprendió, Emilio no había hecho más que utilizarla durante todos estos años, bajo promesas de un amor inexistente. Estaba a punto de ganar la gubernatura gracias a ella y de casarse con otra mujer que seguramente no lo amaba igual o más que la propia Iris, quien en ese momento estaba dando la prueba más grande de su devoción por él: iba a entregar su vida.
Ella comenzó a llorar, aterrada del destino que le aguardaba, tratando de contener los posibles alaridos que amenazaban con abandonar su interior. Después de unos minutos, no era su posible muerte lo que la horrorizaba, más bien el darse cuenta de que aquel hombre no la amaba en lo absoluto, la había mandado a morir en su nombre, era algo que jamás le iba a perdonar.
Perdió la cuneta de los minutos, fue un viaje largo, posiblemente más de dos horas, lo cual no hizo más que sumirla en una tensión enloquecedora. Después de ese lapso, la camioneta se detuvo, Iris escuchó voces masculinas hablando entre sí, como en clave, en ese momento supo que había llegado a su destino.
—Hemos llegado, señorita Vallejo. —escuchó decir a uno de sus custodios.
Ella no respondió y aquellos hombres comprendían lo nerviosa que debía estar, le abrieron la puerta y la ayudaron a bajar del vehículo. Cuando le descubrieron el rostro, Iris poco a poco fue abriendo los ojos, con temor, como si acabara de despertar de una pesadilla dentro de otro sueño.
Observó con detenimiento a su alrededor, el lugar donde estaba se trataba de una hermosa finca, de verdes y frondosos jardines, arboles majestuosos y no muy lejos de donde estaba parada, había una pequeña cuadrilla de caballos percherones, negros y blancos, trotando con mucha gracia y elegancia.
—Qué belleza…—susurró embelesada.
—Son los nuevos juguetitos del patrón. —le dijo uno de los hombres, con orgullo. —por favor acompáñeme, el señor Saavedra ya la está esperando.
El recinto se hallaba custodiado por un fuerte dispositivo de seguridad, no parecía raro ya que se trataba de la residencia de uno de los altos mandos del Cártel. Iris siguió al hombre, que la guio por un pequeño sendero empedrado, iba disfrutando la vista hasta que se topó de frente con una inmensa mansión de estilo rústico, con paredes de piedra y tejados rojos. No pudo evitar desencajarse, había estado con gente opulenta, pero esto rayaba en la grosería, un verdadero templo al poder y el exceso, pero tenía que admitir que era de un gusto magnífico.
El interior de aquella casona era impresionante, obras de arte por todos lados, muebles que iban más allá de lo lujoso, aun cuando desde niña había estado rodeada de riquezas nada comparado con lo que en ese momento presenciaba, se salía de toda lógica. El pistolero la condujo hacia otra habitación, después de abrir la puerta le indicó entrar.
Era un amplio estudio, con un enorme escritorio, libreros y muebles de maderas preciosas, cuadros de artistas reconocidos y cabezas de animales disecados adornando las paredes. Recorrió la estancia con mucha curiosidad hasta que se topó con un majestuoso león, que inerte la observaba con el hocico abierto. Iris retrocedió horrorizada, trastabillando.
—Tranquila, Licenciada, mi gatito no muerde. Ya está bien tieso el pobre. —le dijo una voz con marcado acento del norte.
Ella se paralizó, sintiendo como un escalofrío se apoderó de su espina dorsal. No tuvo el valor para voltear a ver el individuo que le hablaba, por un instante creyó que iba a desmayarse. El dueño de esa poderosa voz no era otro más que Víctor Saavedra, uno de los tres jefes del Cártel que llevaba su apellido.
Él la observaba con curiosidad, sentado en un sofá en una de las esquinas del gran estudio, la tenía a un par de metros de distancia y era capaz de oler su miedo, combinado con la fragancia “Amor, Amor”. Víctor Saavedra, Jefe de la Plaza de aquella ciudad capital de uno de los estados más ricos de la República Mexicana, hermano de Raúl el gran Capo y Demetrio, Jefe de otra plaza en una tercera ciudad igual de importante.
Los medios de comunicación, aseguraban que Víctor era la mano derecha de Raúl y en quien confiaba todas las decisiones importantes del negocio. Un hombre igual de sanguinario que su hermano mayor, a quienes las autoridades hacían responsable de múltiples delitos relacionados con el tráfico de drogas. El jefe no estaba muy contento al saber que el “mariconcito” candidato no había tenido los pantalones de ir a hablar con él, pero cuando vio entrar a aquella mujer, su ánimo cambió casi por arte de magia.
Se levantó para acercarse a ella, encantado por el aroma de ese perfume que le recordaba tiempos mejores para su corazón, caminó lentamente, comprendiendo lo nerviosa que debía estar aquella mujer como para atreverse a darle la espalda. Cuando estuvo un poco más cerca la examinó, era gorda pero las curvas de su cuerpo lo atrajeron, como nunca antes lo había hecho una anatomía similar.
Cuando estuvo delante de ella se sintió fascinado al ver como levantó su rostro con un dejo de orgullo, sus miradas se encontraron y el casi cae rendido ante la belleza de aquel rostro.
—Bienvenida, Licenciada…Vallejo. —dijo mientras le ofrecía su mano.
Ella la tomó sin titubear.
—Un placer, señor Saavedra, le agradezco mucho que haya podido recibirme. —respondió la mujer con aplomo.
Saavedra era coqueto por naturaleza, pero aun con eso no le gustaba que las mujeres supieran lo que estaba pensando. Algo le decía que ésta no era igual que las que estaba acostumbrado a tratar. Cuando sus palmas se estrecharon en un saludo, él se tomó la libertad de tomar la mano de Iris entre las suyas. Este pequeño contacto la hizo estremecer y de esto fue imposible que el capo no se diera cuenta.
—Por favor siéntese, está usted en su casa. —le dijo señalándole los sofás desde donde la vio llegar.
Iris conteniendo la respiración, obedeció, asombrada se dio cuenta que el miedo fue transformándose poco a poco en una atracción inexplicable.
—¿Le ofrezco algo de tomar? ¿Una copa? —preguntó el Jefe.
—Si, por favor. —respondió ella con la garganta seca.
—Permítame hacerle una recomendación, vodka en las rocas, un regalito de nuestros amigos los rusos. —le dijo con una sonrisa que logró apagar un poco sus nervios.
Iris asintió, mientras el poderoso se dirigía al lugar donde descansaban varias bebidas alcohólicas. Sentía su corazón latir debajo de su piel, con recato, pero mucho interés observó a uno de los criminales más buscados por la Interpol. Su presencia se hacía notar, sus 1.80 de estatura, esbelto y la negrura de su larga cabellera lacia, combinaba perfecto con esa piel morena y un rostro serio.
Ella cerró los ojos por un momento y casi involuntariamente recordó los rasgos faciales Víctor Saavedra, esas cejas pobladas, ojos negros ligeramente rasgados y barba de dos días, no tenía idea que un hombre con esas características podía ser tan atractivo.
—¿Se siente bien? —preguntó esa voz.
Cuando ella volvió en sí, se encontró frente a Víctor quien le ofrecía la bebida, la aceptó agradecida, tratando de idear una respuesta ante tal cuestionamiento, no quería parecer débil.
—El viaje hasta acá debió ser incómodo para usted, le pido mil disculpas por mis métodos, pero…es por la seguridad de ambos. Usted comprende. —le dijo, acomodándose en el sofá.
—No tuve ningún inconveniente, sus hombres fueron muy amables. —ella tomó un sorbo del vodka para aclarar sus ideas.
Aunque era la primera vez que se encontraban, Víctor sabía absolutamente todo acerca de aquella mujer de abundantes carnes, estaba enterado sobre su vida, su pasado, a quien conocía, su carrera en la política y hasta su romance con Emilio Cortés. Esto último despertó un enorme interés del capo hacia ella, no se tragaba el cuento que el candidato la hacía suya únicamente para que lo apoyara con su carrera política.
Su mirada recorrió sus gruesas piernas, viajando por el abultado abdomen y este par de majestuosas tetas que le fue imposible ignorar a partir de ese momento. Dio un sorbo a su trago mientras la escuchaba hablar del proyecto del candidato y ponerse a las enteras órdenes del Cartel a cambio de su ayuda para ganar las elecciones. Era una mujer segura de sí misma, que en todo momento le sostuvo la mirada, su voz jamás se quebró aun cuando sabía que se había ido a meter a la boca del lobo.
Un pequeño silencio se hizo presente, después que Iris intentara convencerlo de brindarles su apoyo, él más discreto de los Saavedra la miró pensativo, con su dedo índice apoyado en una de sus sienes. En realidad, le había costado mucho poner atención, su mente divagaba en la excitante idea de poseer a esa mujer, le costaba un poco creer que se sentía atraído después de haber tenido a las mujeres más bellas según dictaba el estereotipo.
Iris a punto de estallar en nervios, aguantó con toda la valentía que le quedaba, sin desprender su mirada de aquel hombre que le recordaba a los antiguos príncipes nativos norteamericanos.
—¿Puedo hablarle por su nombre? —le preguntó Víctor sin perder su pose relajada.
—Adelante… —concedió ella.
—Rosa Iris Vallejo, es evidente que yo sé todo acerca de usted, era necesario antes de aceptar esta agradable reunión. Tenía idea de que era una mujer con mucho carácter, valentía e infinita belleza.
La amante de Emilio Cortés, se ruborizó.
—Pero ahora me doy cuenta que si el candidato Cortés ha llegado hasta donde está, es únicamente gracias a usted. Eran ciertos los rumores. —concluyó dándole un sorbo a su trago.
—Mi trabajo siempre será velar por el bienestar del candidato y en esta ocasión pretendo que los intereses del señor Cortés coincidan con los suyos…con los del Cártel.
Saavedra sonrió, al saber que no tenía nada que perder y por el contrario estaba a nada de realizar la fantasía que llevaba fraguando en el tiempo que había durado esa conversación.
—Si usted está al frente de las decisiones importantes y el candidato la escucha y presta atención a nuestras sugerencias, no tengo reparos en brindarles el apoyo de mi vasta empresa. —sentenció sin dejar de mirarla, ansioso a su reacción.
Iris Vallejo sonrió por primera vez desde que había llegado, el Jefe le devolvió el gesto.
—Le prometo que no va a arrepentirse, señor Saavedra. — respondió haciendo el gesto de querer levantarse del asiento.
Víctor levantó con delicadeza una de sus manos, pidiéndole que se detuviera, ella obedeció de inmediato.
—Como usted sabrá, no le puedo ofrecer firmar un contrato. Pero existe otra alternativa para cerrar nuestro negocio. —dijo despreocupado.
—Dígame.
—No estoy acostumbrado a tratar con las damas en cuanto a negocios se refiere, por lo tanto, no es este el método que uso para cerrar los pactos. Pero usted es una mujer muy hermosa y quisiera poder darle…darnos un voto de confianza.
Un nudo hizo presa la garganta de la coordinadora, deseando con todas sus fuerzas haber entendido mal…o quizás no.
—¿Qué desea que haga por usted, señor Saavedra? —quiso saber.
—Concédame una noche con usted.
La poderosa Iris Vallejo se paralizó, por primera vez su vulnerabilidad salió a flote ante los ojos del mafioso, por más que quiso ocultar su temor, no tenía una respuesta para tal petición.
—Yo…no sé si sea buena idea mezclar los negocios y el placer. —soltó sin pensar.
El Capo soltó una pequeña carcajada, haciendo eco en la mente de su interlocutora.
—¿Quién le dijo eso, Rosa Iris? Es una ley obsoleta que no está escrita en piedra.
Ella intentó objetar, pero el Jefe la interrumpió amablemente.
—Quizá su negativa radique en su fuerte lealtad hacia Emilio Cortés, esa que va más allá de lo profesional.
—Usted está equivocado, señor. —respondió muy segura.
—O sea que va usted a negar la relación sentimental que sostiene con el candidato…esa que lleva años ocurriendo tras bambalinas. ¿No me escuchó antes, Iris? Yo lo sé TODO.
Iris quedó pasmada, dispuesta a bajar la mirada, pero de último momento se retractó. El amor que sentía por Emilio no era motivo de vergüenza para ella.
—Con todo respeto, señor Saavedra, mi vida personal no es asunto suyo. —respondió con insolencia.
Sorprendido, Víctor le lanzó una mirada amenazante, una que habría logrado doblegar hasta al enemigo más temerario. Ella no se inmutó, aunque por dentro estaba arrepentida de esa respuesta, el capo buscaría desquitarse. Saavedra se puso de pie y se acercó con paso firme a Iris, tomándola de la barbilla le ordenó levantarse. Ella apenas logró sostenerse, cuando el Jefe acercó su duro rostro al suyo, aspirando ese aroma que lo volvía loco.
Iris sintió que iba a orinarse del terror, pero Víctor la tranquilizó hablándole suavemente al oído.
—Si quieres negar lo que sucede entre el putito de Cortés y tú, no me interesa. Una mujer de tu calibre no debería desperdiciarse con un pusilánime como él, te doy la razón acerca de la vergüenza que esto supone para ti…pero espero no te atrevas a negar lo que aquí está sucediendo.
Ella giró su rostro y su mirada se posó en los labios de su futuro amo.
—¿Qué es lo que pasa, según tú, Saavedra?
El mafioso comenzó a acariciarle la mejilla con apenas un roce de sus labios, el terror de Iris se transformó en un hirviente deseo que amenazaba con destruir lo poco que le quedaba de fuerza y razón. Ambas bocas se buscaron y cuando estuvieron a nada de unirse, Saavedra se apartó, sonriente.
—Todo el mundo sabe que soy un hijo de puta, mi estimada Vallejo, pero siempre he sido un caballero. Vas a ser mía porque tu así lo deseas. ¿Quieres que tu amante sea gobernador? Pero deseas aún más ser quien caliente mi cama.
Ella sonrió con malicia.
—Nuestra reunión ha terminado, Licenciada Vallejo, quedo a la espera de su respuesta. —le dijo finalmente.
El capo se acercó a ella, tomando su mano para despedirla con un beso en sus suaves nudillos. La acompañó a la salida, donde el protocolo de cubrir su hermoso rostro tuvo que ocurrir de nueva cuenta.
Saavedra observaba la camioneta alejarse, cuando uno de sus hombres se acercó a él para hacerle una pregunta.
—Creí que vendría el mismísimo candidato en persona. ¿Qué sucedió?
—El candidato no tiene huevos para enfrentarme… —respondió Víctor con desprecio.
—Entonces ¿Quién era esa mujer?
—Es la favorita del futuro gobernador, pero a partir de hoy…es la favorita de Víctor Saavedra.
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