Xtories

Amor Inconcluso… Intruso Seguro

La puerta se abrió y entró el hombre que lo destruyó. No era un rival cualquiera, sino el confidente perfecto que esperaba para escuchar cómo Diego Alejandro desgranaba, noche a noche, cada error, cada caricia y cada mentira de su matrimonio.

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12. Claroscuros

La luz blanquecina proveniente del refrigerador abierto —suave y sin un brillo excesivo— iluminó el rostro de Diego Alejandro, mientras este sostenía en su mano la botella de gaseosa. Fría, mas no helada; oscura y burbujeante, cuando la destapó. Con bastante claridad, comparaba la similitud de los actos; diseccionaba los hechos, con sus llegadas y las partidas. Semejanzas entre la versión del encuentro de aquel invitado con quien hasta ese momento era su feliz esposa y su propia vida cotidiana junto a su «atadito de canela».

Todo ese último tiempo juntos, viviendo felices, compartiendo con la familia y varios amigos momentos de dicha y desparpajo: había sido falso. «¡Malditas apariencias!». Ese fue uno más de sus pensamientos, mientras sostenía la botella entre sus manos, haciéndola girar lentamente, sin servirla en el vaso ancho y sin hielo que tenía justo sobre el mesón marmolizado, como si estuviera considerando decir las palabras necesarias y honestas para despachar en el acto al visitante y tener un tiempo a solas, pues aquellas páginas, sobre el reloj rectangular, lo llamaban, lo tentaban y le reclamaban otro tiempo de lectura.

No hubo gestos de incomodidad en su rostro que pudiesen alertar a Joaquín, solo una calma que parecía más aprendida que genuina y que utilizó para colmar su vaso con aquella refrescante gaseosa. Mantuvo su expresión relajada, pero sus ojos azules guardaban la desazón de quien ha vivido inmerso en un engaño.

Finalmente, soltó una sonrisa breve —una de esas que no buscan aprobación, sino que nacen de la certeza personal— y, acercándose con la bebida en una mano y la pipa de madera limpia en la otra, se acomodó en su sillón con aparente tranquilidad y lanzó al aire su pensamiento:

—Hummm, lo felicito. ¡Qué bonitos son los inicios de un idilio! Son momentos que se viven con intensidad por todo lo que encierran. ¿No es así, Joaquín? —le preguntó, pero no esperó la réplica—. ¡Todo nuevo! La intensidad de esos descubrimientos, la conexión profunda, mágica y casi efervescente, cuando dos personas deciden, al unísono, construir una relación cargada de emoción y expectativa.

―Así es, hombre, así mismito se vive y se siente. Todo comienza con la atracción. Pero no solo es la física, que es importante. También se requiere de esa conexión intelectual para que surja lo emocional. A ver cómo se lo explico, Diego. Es ese instante en el que una mirada brilla y te chispea. Una conversación amena, inteligente, pero tan divertida que te atrapa. O un gesto sencillo, ya sea producto del agradecimiento o la caballerosidad, los que generan un interés mutuo y le profetizan a tu alma la posibilidad de hallar algo más.

—Sí, señor. Y es justo en esa etapa —le respondió de inmediato Diego Alejandro— cuando nos ilusionamos y comenzamos a ver al otro a través de un velo de idealización. Nos enfocamos en sus atributos positivos y, a menudo, proyectamos en ellos nuestros deseos y anhelos más profundos. Tendemos a minimizar o ignorar los defectos porque, de ese modo, contribuimos a aumentar la sensación de perfección y optimismo. Aunque toda esa idealización personal eventualmente da paso a una visión más auténtica y real. Pero al estar enamorados, no vemos ni escuchamos. ¡Lo dejamos pasar!

—Sí, es verdad, hombre. Es cuando aprendemos a valorar esos pequeños momentos en los que alguna canción acompaña esos encuentros. Los lugares antes comunes se nos antojan especiales y, con cada frase dicha con esmero y cariño, contribuimos a cimentar las bases de una historia compartida, dándole significado al presente y enterrando muy profundo la quietud de nuestro pasado.

—En efecto, Joaquín, hermosos instantes para los nuevos amantes. Y angustiantes las sospechas que surgen cuando, internamente, los inocentes que esperamos en la normalidad, sabemos que los cambios se han producido por algo no controlado o por alguien ajeno que interviene. Doloroso al extremo es pretender comprender los motivos, si siempre se creyó que esos desenlaces jamás tocarían a nuestra puerta —concluyó, con bastante ironía, Diego Alejandro.

—Parece que está cayendo en los estigmas sociales de siempre y es un error —respondió, algo molesto, Joaquín—, pues yo no pretendí herir a Ximena en ningún momento. Tan solo sucedió, tal como le acabo de relatar. Uno se enamora cuando se alinean los astros. Usted debería saber eso mejor que yo, pues le sucedió lo mismo al toparse con Salomé en esa fiesta. Y a ella, me imagino que de manera similar. Ambos tuvieron suerte en encontrarse.

—Para nada. El flechazo es diferente al enamoramiento. Entre ella y yo existió un proceso largo de conocimiento y aceptación. Y no, no tuvimos tanta suerte como usted la tuvo con su amigo. Conquistarla fue difícil y, aunque la ayudé con mi dinero para que sacase adelante su proyecto de vida, Salomé no se casó conmigo por ello. Ella jamás llegó a enterarse. Fue otro el motivo. Además, el punto no es ese.

—¿Ah, no? Entonces, disculpe, pero no capto su idea.

—Usted, más que yo, debería saberlo. En esta vida no se está exento de ser tentado. Esas «motivaciones» van a estar por ahí, escondidas, ocultas, hasta que se les da la gana de aparecer y presentarse de frente. Oportunidades que se pueden aprovechar perfectamente, por un rato y ya. No va a pasar de ahí. Pero pienso que cuando uno está comprometido con una persona, el respeto debe ser la coraza que proteja lo que se prometió, y el amor, el cordel rojo que nos ata a la distancia con esa persona que amamos y que no está en la escena, pero que la trae con fuerza a nuestra mente para no dejarnos caer en ese error. Creo que se le dice «fuerza de voluntad».

—Tiene mucha razón, Diego, y créame que admiro su autocontrol y perseverancia. Pero, en mi caso y en el de muchos otros, la presión de sentirnos distintos y hasta excluidos nos lleva a aceptar esas oportunidades, pues, como usted con su mujer, buscamos un alma gemela. Créame que, más de una vez, quise hablarlo con Ximena, pero sus convicciones tan férreas me lo impidieron.

—¡Es que su caso es muy parecido al de Salomé! Tienen demasiada presión sobre los hombros, los asaltan multitud de dudas, como a todos en algún momento de nuestras vidas, pero ante esas opciones que hallaron fuera de casa, nos apartaron y nos dejaron fuera. Así es imposible ayudar y recomponer lo que, a nuestros ojos, y me refiero a los de su exmujer y los míos, nunca sentimos dañado. Ambos fueron cobardes, ya que antes de decidir traicionarnos, jamás nos tuvieron en cuenta.

―Deseé explicárselo, conversar y que me escuchara. Que me aconsejara y me ayudara a salir del dilema, o a quedarme dentro de alguna manera. Quizás con algún lavado de cerebro, porque no existen drogas para evitar enamorarse. Y con seguridad sería una de sus sugerencias, junto a miles de padrenuestros, sería encerrarme en algún psiquiátrico, como si lo mío fuese una enfermedad mental. Pero terapias para lo que sentía por dentro hasta el momento no las veía necesarias. Temía hacerle daño a ella y a mi hijo. Ella estaba ahí, con nosotros dos, pero nunca me dio la impresión de estar para mí. Y yo, Diego, necesitaba de una persona con la cual poder hablar, revelarle mis ideas, los gustos, mis temores y recibir a cambio sus consejos.

—¿Y cuánto llevan viviendo juntos?

Aquel invitado no se aturdió ni ruborizó ante la pregunta y, por el contrario, con una sonrisa bien definida, le respondió con amabilidad al anfitrión.

—Pues, hombre, ¿qué le puedo decir? Hemos convivido medianamente de manera gradual por un poco más de once meses. Yo viajo con regularidad, y él se mantiene fuera del país recorriendo el mundo. Es muy claro para mí que me ama, aunque no tanto como a su arte y la música. No obstante, fue debido a su forma bohemia de vivir la vida que los dos encontramos algo parecido a un hogar.

―Y ahora sí, ¿salen juntos por ahí? ¿Se toman de las manos por las calles y se besan como cualquier pareja de enamorados en los restaurantes?

—Pero, por supuesto, hombre. Aquí o por allá, donde nuestros destinos se crucen. Hemos dejado la pena, aunque las miradas intentan cohibirnos. ¿Sabe algo? Ahora tiene la edad de Cristo cuando murió, pero la diferencia de seis años no se nos nota mucho. Ni desde ese día, y ahora mucho menos, que estamos ya por cumplir tres años de conocernos. ¡Ja, ja, ja!

Diego Alejandro asintió, pero retiró su mirada de aquellos ojos negros justo antes de que el tono triunfal de esa risa se desvaneciera y, tras un silencio corto, como si se tratase de algún interludio musical, diera paso al grave tono de una nueva inquietud, para la cual no tenía una respuesta oportuna.

—Oiga, Diego, tengo una pregunta que quiero hacerle desde hace un rato. Si usted tuviera la oportunidad en un hipotético mañana, conociendo lo que su mujer hizo ayer, ¿aún le daría la oportunidad de regresar y volver a estar juntos?

—Mierda, en verdad que no lo sé. —Rascarse la cabeza fue lo primero. Apretarse la barbilla, antes de continuar, vino después—. Si en ese hipotético mañana suyo la tardanza es de algunas cuantas horas de este hoy y viene acompañada de un halo de tristeza y convincente arrepentimiento en sus ojos, pudiera ser. Pero, por otro lado, si en lugar de horas tarda varios días en volver, tenga la certeza de que, tanto en su ropa como en su faz y su aura a infamia la harían verse ante mis ojos de una forma diferente. Y, sabiéndola otra, la devolvería por donde vino. O que se quede; igual es tan dueña de esta casa como yo. Pero enseguida, quien se marcharía lejos sería yo.

La conversación se pausó. Diego Alejandro apenas asimilaba las respuestas que le ofreció al invitado y se distanció visualmente de aquella presencia tras sentirse vulnerable, a pesar de la firmeza con la cual respondió. Joaquín también calló y, por su parte, buscó consolarlo y empatizar con aquel respetuoso silencio. La llovizna que simulaba llorar sobre la sabana persistía afuera, acrecentando la atmósfera íntima y melancólica en la sala de estar.

Joaquín decidió encender otro cigarrillo, el Pall Mall habitual que sobresalía de la cajetilla, y dejó de observar a su anfitrión con aquella mezcla de curiosidad y empatía que se permitía expresar a través de su propia experiencia en las sombras.

Diego Alejandro se despegó del respaldo de su sillón, manipuló la pipa tomándola con dos dedos por el caño y añadió un nuevo filtro a la boquilla. Ya ensamblada, la sostuvo en su mano, indeciso sobre si utilizarla, más que nada pensativo en aquel supuesto: «si pasara». Su mirada perdida, algo introspectiva, se clavó en el fuego de la chimenea.

—Es… una sensación muy jodida, ¿verdad? Esa de que el mundo de uno se detenga, pero que para los demás continúe girando. —Exhalando una bocanada de humo junto a un largo suspiro, que a Diego Alejandro le pareció cargado de una extraña familiaridad, Joaquín acabó con la monótona sinfonía de las gotas de lluvia contra el cristal de las ventanas.

—Ni que lo diga. Una hijueputa cagada, sí. Es como si el suelo se derrumbara y uno siguiera cayendo, sin un fin a la vista. Y uno busca razones, explicaciones a… sus motivos. Esos que no comprendo, sí lo tenía todo a mi lado. —Con la voz más ronca de lo normal y sin apartar la vista de las llamas, Diego Alejandro se sintió de nuevo aturdido y cansado. El peso de las palabras de Joaquín y el eco que resonaba en su cabeza de las lecturas del diario lo zarandearon sin contemplación.

―Su amiga…, mi mujer, no debió de hacerme eso. —Le recalcó—. Cuando me separé de ella, por mis estudios y el trabajo, solo tenía en mente regresar siendo alguien importante para ofrecerle un mejor futuro. Una vida a mi lado, si ella quería. Pero…

―¿Y no fue así? ¿No fue capaz de esperarlo? ¿Ya estaba alguien más acompañándola? —Le interrumpió Joaquín, apurado por conocer hasta el más ínfimo detalle sobre su amiga.

―Salomé me llamó unos quince días después de mi llegada a Manizales, para disculparse. Mi suegro le aclaró la situación que ella había tergiversado y ello provocó un cambio de opinión sobre mí. A partir de entonces, yo la llamaba con cierta regularidad para saber de sus estudios en la Escuela de Aviación. Se le escuchaba muy feliz y emocionada. Hablábamos como lo que éramos hasta esos momentos, un buen par de amigos. Y la verdad es que nunca mencionó nada sobre algún romance, siempre ha sido muy reservada con esos temas, y yo tampoco le hablé de mis asuntos personales.

―Por supuesto, me imagino que, estando lejos, no desaprovechó usted el tiempo. ¿Me equivoco?

―Fui allá con el ánimo de aprender, por lo tanto, me concentré en mis estudios y en el trabajo. Allí conocí a Teresa, que estudiaba en la misma facultad, y tuvimos nuestro cuento. Fue intenso y reconfortante, pero corto. Me di cuenta de que extrañaba demasiado los desplantes y nuestras pequeñas discusiones con Salomé, y tras comentárselo, Teresa pasó de ser mi amante a una excelente amiga, que me apoyó muchísimo en la universidad y calentó corporalmente las sábanas de mi cama en las tardes frías. Fue ella quien me sugirió regresar para buscarla y expresarle con honestidad lo que me ardía por dentro.

―¿Teresa? ¿Habla de la mujer que me atendió en la recepción de ese restaurante?

―Ella misma. Siempre ha estado pendiente de mí. Ella me quiere a su manera, honesta e incondicional.

―¡Ahhh, sí lo ve, hombre! Todos tenemos un ángel de la guarda. Alguien que nos cuida, nos escucha y aconseja. Qué bien. También es usted un tipo con suerte. Y entonces, ¿qué pasó después?

―Le hice caso y regresé al terminar el segundo semestre de mis estudios, para fin de año. La visité en su casa, hablé con sus padres, luego salimos de fiesta con nuestros amigos por ahí y, de charla en charla, me fue contando ciertas cosas de su vida, pero sin mirarme a los ojos. Un profesor de la escuela le había echado el ojo. La adulaba por su interés y dedicación. Le colaboraba privadamente a comprender algunos asuntos técnicos de sus estudios, y ella se fue dejando llevar, o envolver, como me lo confesó después, hasta que confundió el agradecimiento con el amor sincero y… ¡Picó el anzuelo!

Joaquín extendió el dedo índice y lo apoyó sobre los labios; luego alargó el brazo izquierdo en dirección al anfitrión, no como advertencia, sino con la intención de que pospusiera el relato y le aclarara una duda surgida a raíz de aquel recuerdo. Con la diestra acercó el cigarrillo a su boca y fumó, para enseguida expulsar su inquietud, sin dejar que se le escabullera el humo.

―Hombre, no me venga a decir que ese profesor se le adelantó a usted.

La amargura convertida en una vaga sonrisa se le escapó a Diego Alejandro de sus labios, sin sonido, muda y un tanto hueca por encima de la voz de Andrea Echeverri del grupo Aterciopelados, entonando en aquellos instantes Rompecabezas, y entristecido le respondió a su invitado, que se encontraba sentado muy cómodo en la calidez de la sala de estar.

―¿Qué come que adivina? Así, mismito.

―¡Miércoles! ¿Y entonces, qué hizo usted cuando se enteró?

—Tragar, Joaquín. Tragar y continuar con mis estudios, mi trabajo y mis metas. Si ella había evitado mirarme directamente, eso quería decir que yo le importaba tanto o más que ese profesor. La vergüenza que sintió al confesármelo me indicó que, aunque no fuera oficialmente su primer novio, sí que era, con seguridad, su primer amor. Bueno… eso claramente no fue así. Desconocía su pasado y, lo peor, de lo que me arrepiento ahora, es no haber hablado con ella de esos tiempos, antes de que yo me apareciera en su camino creyendo ingenuamente que aquel tipo era apenas el primer peldaño… sin saber que, antes de él y de mí, su amiguita ya había subido por otros escalones.

―¿Entonces, descarta de plano que aquel profesor sea la persona con la cual se marchó Salomé?

Joaquín se inclinó ligeramente hacia adelante, consiguiendo con ello que su voz se le escuchara más baja y empática. Pero eso sí, su mirada, ni por un instante, dejó de dirigirla hacia el hueco semivacío de la caja fuerte, tras el cuadro familiar, y más que nada, al que protegía al manojo de hojas.

―De nuevo está en lo cierto. Me debatí entre la rabia y la angustia por unos cuantos meses más, dejándola vivir su romance. No dejamos de hablar por eso, al contrario, necesitaba estar al tanto de lo que le sucedía y lo que pensaba. Salomé lo agradeció. Presionarla a hacer algo no era una buena elección de mi parte. Solo la escuchaba hablar e intervenía poco. Seguí puntualmente el refrán aquel que reza: «Consejos vendo que para mí no tengo».

―¡Claro, hombre, claro! ¿Y funcionó?

Diego Alejandro alzó la vista, y en sus ojos azules brilló una chispa de rabia, contenida más no domada. El recuerdo de aquel pasado, anteriormente calmado, le ardía en el estómago, destilando unos vapores ásperos y amargos, que intentó calmar con el sabor dulce de su bebida gaseosa.

—Sí… y no. Me pidió opinión sobre muchas cosas, pero no siguió mi recomendación en una, en especial. Si no estaba segura, debía cuidarse de no abrir las… ¡Puertas!

—¿¡Quééé!?

—Con tres meses ya de retraso, me lo confesó. Treinta días después, yo estaba hecho un energúmeno en las oficinas de administración de la escuela de aviación, buscando a ese triple hijueputa. El malparidito ese, a finales de junio, había renunciado para largarse a los Estados Unidos, dizque a mejorar el inglés. Le hizo la vuelta… Y la dejó viendo un chispero.

—¡Pobre Salomé! ¿Tuvo que abortar o su familia la apoyó?

—Don Jaime estaba muy enfermo por aquella época. Lo habían ingresado de urgencia a una clínica de tercer nivel por una insuficiencia cardíaca aguda. Ni doña Piedad ni su hermana Nubia sabían que Salomé mantenía un noviazgo en la escuela. Tan solo su hermana menor, Mónica, conocía la existencia del oculto romance. Su amiga, como puede darse cuenta, siempre ha sido muy reservada para revelar ciertos aspectos de su vida… sobre todo los del corazón. Tarde o temprano, su embarazo sería evidente y, para no agravar la salud de su padre ni provocar una gran rabieta en su madre, hablé con Salomé y le propuse hacerme cargo… ¡De todo!

—Entonces… ¿El muchacho no es hijo suyo?

—Matías no tendrá mi sangre, pero por supuesto que tiene mi esencia. Es mi hijo, por decreto.

Diego Alejandro subrayó la ausencia de lazos biológicos, pero le dejó muy claro a su invitado lo que, para él, significaba ser padre: criar al niño como propio, transmitirle sus valores, sus cualidades y establecer un vínculo tan profundo y real que pareciera que la genética lo hubiera querido así desde el principio.

―Vaya, hombre, eso en verdad que no me lo esperaba. Se echó encima un gran peso y créame que lo admiro, pero… ¿No piensa ahora que tomó usted una decisión apresurada? Porque Salomé no lo amaba en ese momento, tan solo existía la atracción inicial.

―Exactamente, ese fue el gran debate entre los dos. Se opuso al comienzo porque según ella, yo no debería desperdiciar mi vida. Y se lo rebatí con el mismo argumento que ahora ella exige para sí misma, y quiso obtener desde anoche…, o desde hace muchos meses antes. ¡Tiempo!, Joaquín. Tiempo para dedicarme a ella y toda nuestra vida juntos para enamorarnos.

Joaquín por unos instantes se entretuvo con la colilla del cigarrillo, apretándolo contra el fondo del cenicero. Girándolo, asfixiando los restos y pensando, sí, porque debatía internamente en cómo decirle a su anfitrión lo que había analizado tras aquella sorpresiva confidencia. Lo soltó de pronto, tan ágilmente como lo hizo con aquel cigarrillo consumido.

―A veces, Diego, uno busca hacer lo que piensa que le hará más feliz junto al otro, aunque cueste un poco y arriesgue mucho más. Se puede ganar tras el intento, o se puede perder todo, cuando, por confiado, no para de apostar. Usted lo sabe, porque lo hizo. Se lanzó al río para salvarla, para no perderla y enloquecerse sin ella. Y le colaboró para ocultar la verdad, sacándola de ese laberinto del abandono y un futuro insospechado como madre soltera. Eso cuenta, Diego, pero de pronto, ya con ella, usted se acostumbró y no vio en sus ojos la necesidad de hacer cambios. No descubrió su verdad.

Diego Alejandro, sin dejar de prestarle atención a las palabras de su invitado, dio inicio al proceso de cargar su pipa con la aromática picadura de tabaco, inclinado sobre la mesa de centro, escuchando cómo Joaquín redondeaba su idea.

―Y hablando de eso, recuerdo ahora que mi exmujer me comentó alguna vez: «La verdad es una cebolla, Joaco, y con cada capa que retiras a uno le hace llorar más, pero al final, entre lágrimas, llegas al corazón». Y usted lo hizo; pienso que así fue con su mujer. Perseveró y la conquistó a base de paciencia y dedicación, supongo que no fue fácil, pero lo consiguió. Salomé lo amó.

A Diego Alejandro se le tensó la mandíbula y una pequeña espina se le clavó en el corazón, a pesar del aparente gesto de consuelo, al escuchar en el tono de la voz un presente convertido en pasado. ¡Tanta certeza en la última afirmación! Demasiada familiaridad con alguien que apenas si decía conocer. Y de nuevo se rió, con amargura, eso sí, antes de controvertirlo.

―¡Ja, ja, ja! ¿Cebolla? Para mí ha sido un bofetón en la cara y una patada en el culo. Me dejó sus razones escritas, ¿sabe? Y aun así… No entiendo dónde debo de escarbar para hallar su verdad. ¿Cómo se puede pasar de tenerlo todo a nada, de la noche a la mañana?

―A ver, hombre. Resulta que no hay un solo hoyo donde buscar esos porqués que ahora le hacen falta. Son varias las fisuras, grietas y vacíos que van surgiendo, y no hay una fórmula exacta para rellenarlas todas al mismo tiempo. A veces, las personas… simplemente cambian. O no cambian, como en mi caso, sino que se dan cuenta de que necesitan ser algo que antes no podían. Hacer algo que antes no se les permitía. No siempre se trata de uno mismo, ¿entiende? A veces tan solo es sobre ellos, lo que anhelan en lo profundo y que les quema por dentro.

Diego Alejandro levantó la vista y una chispa iluminó sus ojos azules. Ardieron las virutas más superficiales y el rencor surgió. Ese enojo que mantenía en calma claudicó.

―¿Y eso les da derecho a arrasar con todo? ¿A destruir una familia, una vida…? ¿Sin una palabra, sin una despedida de frente? ¿Por una supuesta búsqueda personal, uno tiene que dejar todo vuelto una mierda?

Joaquín mantuvo la calma, a pesar del elevado tono de voz del anfitrión, ubicando su aguda mirada en aquellos ojos de cielos claros, pero llenos de ira y confusión. La llovizna, con persistencia, tintineaba apaciblemente contra las puertaventanas, como si pretendiese regular con sus golpecitos la temperatura de la conversación y, de paso, contabilizar el tiempo transcurrido aquella madrugada, entre lo que se escuchaba y lo que se decía.

―¡No, hombre! Por supuesto que no nos da derecho al daño, claro que no. El dolor que causamos es real y es imperdonable para aquellos que hacemos sufrir. Pero, a veces, la cobardía… ¡La maldita cobardía es el último recurso cuando uno no sabe cómo romper con alguien sin destrozarlo aún más! O cuando el miedo a ser juzgado es más grande que la valentía requerida para ser completamente honesto. Las personas temerosas hacen lo que pueden con lo que se tiene, Diego. Y, a veces, lo bueno que uno quiere hacer, por el contrario, causa más de un desastre. Por eso, hombre, es que muchas veces lo ocultamos. Pues creemos que aquello que no se revela, no causa daño.

Pero aquellas palabras no fueron el bálsamo esperado. Diego Alejandro volvió a ser aquel hombre abandonado y dolido, un ente perdido dentro del marco emocional del mundo secreto de su mujer. Esa fue la verdadera tragedia a la que se refería: la fractura de un código ético en el que creía firmemente, y la fisura que no reparó con todo lo que le ofreció a Salomé. Quizás por el contrario, la intervención de aquel invitado, legitimaba la mentira y por ende, el sufrimiento.

―¡No, no, no! Joaquín. ¡Pura mierda! Lo que causa más daño es precisamente que lo mantengan a uno ciego tanto tiempo. Si algo va mal, sí…, su amiga no estaba conforme conmigo o con algo, tenía el deber de habérmelo dicho. Jamás debió disimular que todo entre los dos marchaba sobre ruedas. ¿Sabe algo?… No creí necesario decírselo, pero ya que insinúa, lamentablemente con razón, que yo soy en parte culpable, se lo voy a contar.

Joaquín asintió lentamente y suspiró con profundidad. Sonrió con algo de timidez aceptando la oferta, disimulando el morbo que le provocaba la pequeña victoria, pues había conseguido llevar a su anfitrión al punto que ansiaba. Las revelaciones de una intimidad hasta el momento vetada para él —por la desconfianza al ser un completo desconocido para el esposo de Salomé—, las tenía muy cerca. Fijó sus ojos en el vaso highball y su apreciado contenido. Algo de vodka cristalino, pero ya no tan frío. Bebió un poco y le hizo con la mano un gesto al anfitrión para que comenzara a hablar.

Diego Alejandro aspiró, pero por estar pendiente de la conversación, el rescoldo se extinguió. Presionó cuidadosamente la ceniza y utilizó el mechero de Joaquín para devolverles la vida. En medio de dos caladas cortas, recobraron su brillo anaranjado y el aroma a cereza dulce flotó en el ambiente; entonces se puso en pie, con el rostro aún descompuesto, el ceño fruncido y los labios bien apretados, aunque mantuvo una actitud serena, típica de quien va a exponerlo todo, pues ya no tiene nada que perder.

―Todo fue precipitado, como si tuviésemos el tiempo en contra, pero a pesar de todo, será un recuerdo imborrable. Por siempre tendré en mi memoria los rostros de mis suegros cuando les pedí la mano de su hija. La de don Jaime muy sonriente, dichoso por la noticia. Desde que nos conocimos le caí muy bien. La señora Piedad la recibió con un caluroso abrazo y un gesto que solo hizo para mí, de franca sospecha. Tanto las caras de mis padres como la de mis hermanos mostraron bastante sorpresa. Apenas lógico, pues no esperaban que el tumbalocas de su hijo, sentara cabeza tan pronto. Sin embargo, su familia y la mía congeniaron de inmediato y eso nos facilitó las cosas.

―Claro, hombre, claro. Imagino todo el ajetreo por el afán. Demasiado desconcierto. ¿Y en cuál iglesia se casaron? ―Intervino Joaquín, con la curiosidad que lo caracterizaba.

―¡Pufff! En ninguna. ―Le respondió Diego Alejandro, inmediatamente después de suspirar―. Teníamos en mente realizarlo al cumplir nuestras bodas de plata, para agosto, dentro de cuatro años. Nos casamos en la notaría primera de aquí, en Chía. Una ceremonia sencilla y luego una fiesta con todos nuestros amigos en la finca campestre de mi abuelo.

El anfitrión dio media vuelta y aspirando su pipa, se acercó de nuevo hasta la chimenea, para entrecerrar la caja fuerte y a la vez, el cuadro familiar, observando con nostalgia, el rostro de su «atadito de canela», cuando escuchó la voz de aquel invitado, preguntarle…

―¿Y tuvieron luna de miel?

―Por supuesto. Mi hermano mayor y Nubia, mi cuñada, se encargaron de apartarnos una habitación en un hotel de Cartagena, ya que para esa época del año, casi todos estaban al tope de turistas. Estaban obsesionados porque Salomé y yo tuviésemos los mejores y más románticos recuerdos de nuestros inicios como recién casados.

―¡Genial, hombre, genial! Gracias a ellos tuvieron un excelente inicio. Fue una brillante elección, a mi modo de ver. Esa ciudad amurallada es preciosa, idílica. Justo lo que necesita una pareja para sellar su amor.

―La noche en Cartagena ―respondió Diego Alejandro, torciendo la boca― nos recibió con esa cálida pesadez que solo tienen las ciudades que respiran historia, tras un corto aguacero. Para nosotros dos, aquel obsequio fue más que una invitación: una promesa. Tomarnos las cosas con calma y no precipitarnos si deseábamos conquistarnos. Las calles de piedra, húmedas por la brisa salina, evidenciaban el trajín de años de turismo y, por supuesto, reflejaban las ambarinas luces de los faroles antiguos, como si la ciudad entera nos susurrara misterios de otros tiempos; secretos de multitud de amores y pasiones que serían prontamente nuestros para vivir y jamás olvidar.

Joaquín, sentado con las piernas cruzadas, sostuvo su trago de vodka con la mano diestra y la mantuvo apoyada en el brazo del sofá. Asintió levemente con la cabeza a medida que su anfitrión le narró aquellas anécdotas: pequeños detalles románticos y momentos significativos de su viaje de bodas. Su mirada se detuvo en la postura melancólica del esposo de su amiga, revelando, sin querer, su profunda atención y el genuino interés. No lo interrumpió, solo escuchó y sonrió paciente, cuando este hizo una pausa para tomar aliento.

—Por supuesto que caminamos cogidos de las manos por el centro amurallado, rodeados del perfume dulzón de las buganvilias, todas esas que parecen treparse por los balcones coloniales, y esparcen por los aires su fragancia concentrada, casi tan intensa como las ganas que tenía de llevármela lo más pronto a la habitación de nuestro hotel.

De pronto, aquel invitado se puso en pie frente a él y gesticuló con las manos. Una mano abierta enseñando la palma, y en la otra su vaso highball, para calmar la sorpresa en la expresión de su anfitrión.

—¡Solo voy a ponerle más hielo a este vodka! Continúe, por favor. —Y así, dirigió sus pasos hasta la cocina, para sacar del congelador lo que tanto ansiaba para enfriar su bebida.

—Desde la distancia, nos llegaban los sonidos de tambores marcando el pulso invisible de la ciudad, con ritmos ancestrales que con facilidad se colaron bajo la falda blanca de Salomé, y de ahí, como por ósmosis, se internó bajo su piel. A bailar nos fuimos. ¡Mejor dicho, me llevó! Incluso antes de echarle al estómago algo para embolatarlo. Ese tipo de hambre nos la apartó un bolero antiguo que, desde algún rincón perdido entre las plazas, hizo que su amiga me llevara con prisa hasta ubicar el lugar, y allí, con cada nota, coincidieron bastantes miradas, nuestras risas perladas bailando amacizados, piquitos robados tras una que otra media vuelta, y una caricia mía, que de su cintura se me resbaló hasta más abajo de las caderas, que ya creía mías, nos volvió a distanciar.

—¡Ja, ja, ja! ¿Volvió a aparecer la Salomé de antes? ¡¿Esa potra zaina que tropezó con usted en esa fiesta de quince años?! —Le comentó tras la carcajada inicial, Joaquín, mientras agitaba los tres cubitos de hielo dentro de su vaso.

—Ella me demostró su embejuque con los ojos apagados, pero enseguida su risa vibrante los encendió, y yo no necesité más brújula que esa, para saber a dónde mis manos no deberían escabullirse sin su consentimiento, a pesar de que ya andaba hambriento de probar con mi lengua cada poro de su oscura y brillosa piel. Antes del amanecer nos detuvimos junto a un puesto de perros calientes, pero terminamos por compartir una arepa de huevo, riendo como si el lujo fuera tenernos así de compinches. Y ahí, bajo ese cielo extendido y precioso, como un manto de seda negra con brillantes y multitud de lentejuelas en carnaval novembrino, comprendí lo esencial que ella resultaba para mi vida.

El invitado ―por detrás del mesón de la cocina―, saboreó en silencio la frescura helada del vodka, convertido en una callada estatua, y en el confidente perfecto, con el cual el anfitrión pudo seguir confiándole aquellas intimidades. Aquel silencio no fue síntoma de pasividad, sino una muestra de respeto y admiración; un reconocimiento del valor de los recuerdos que le eran compartidos.

―Luego, sentados uno al lado del otro, con el Mar Caribe estirándose hasta el horizonte, y las murallas a nuestras espaldas, las palabras se volvieron innecesarias. Mi compromiso junto a ella estaba sellado. Me bastó con el roce de sus dedos y una caricia inesperada. Su piel rozando mi piel, y el clamor silencioso de sus ojos que me indicaron un alto al fuego, el cual aproveché para darle un beso más apasionado que el primero, sin temor a ser rechazado de nuevo. El rumor sordo del mar golpeando las piedras fue mi mejor cómplice y el mudo testigo del sonido de nuestras lenguas batallando.

Diego Alejandro aspiró el tabaco, sujetando la pipa tan solo con los dientes, para poder utilizar la mano derecha y alcanzar su vaso de gaseosa, mientras la izquierda, ya la tenía puesta sobre una de las esquinas del reloj. Y después de refrescar la garganta, volvió a la carga.

―En Cartagena, entendimos que a veces el amor se dice mejor en voz baja, y se hace sublime sobre las sábanas, recitando anhelos postergados entre susurros y jadeos liberados, conmigo de rodillas entre sus piernas elevadas por encima de mis hombros, sin necesidad de que los cuerpos estuvieran necesariamente entrelazados. Debía aguardar para otro momento mi necesidad de habitar en su santuario privado.

Completamente absorto en sus recuerdos, mantenía los ojos abiertos y Joaquín creyó que lo observaba, pero no era así, ya que visualizaba otro ambiente, y no el que tenía al frente, pues su mente lo llevó instantáneamente a esa habitación de hotel y al preciso momento en el cual su mujer intentaba acurrucarse o hacerse de medio lado, incluso recoger las piernas y refugiarlas entre su propio abrazo.

Pero lo ya disfrutado y lo que sentía que se aproximaba le impidieron despegar su rosada e hinchada intimidad de la boca experta de su marido, y dejar que sus grandes dientes ejercieran una mordida quejosa sobre la coyuntura del dedo índice, para aguantar los gemidos, hasta que vencida, con su voz acezante y muy despacio, sonoramente deletreó cada vocal y consonante de su confesión.

—«¡Ayyy, Jesusito bendito!, ¿pero qué es todo esto que estoy sintiendo por allá? ¡Ohhh…, sí, seguí así, monito! Mmm… ¡Me tenés a tres orgasmos de mandarlo todo a la mierda y enamorarme perdidamente de vos! ¡Seguí chupándomela, ¿oís?!».

―¡No jodas, hombre! —replicó Joaquín desde la cocina—. ¿Entonces todo se redujo al sexo oral?

—Nuestra luna de miel fue distante. Compleja por todo lo que yo aún representaba para ella. No nos conocíamos bien todavía. Hasta la tercera noche ocurrió lo inevitable, más por cumplir con la obligación matrimonial que por calmar sus ganas. Mi fama de mujeriego provocó nuestra distancia en la cama, la noche de bodas y las demás. Y su sentimiento de vergüenza por su condición gestante se antepuso durante los primeros meses a nuestra nueva relación. De todos modos, tuve que hacerme cargo de culminar mis estudios y continuar con mi trabajo hasta concluirlos, lejos de Salomé. Nos distanciamos físicamente, pero hablábamos a diario, y ella me lo agradeció.

—¿Pero acaso no era eso lo que ella deseaba cuando lo conoció? Por intermedio de sus rabietas, ¿no saltaban chispas que indicaban una fuerte atracción, según le escuché a usted?

—Del dicho al hecho hay mucho trecho, ya que fue una entrega tímida, plana y sin pasión. Al principio, antes del nacimiento de Matías, fui muy cuidadoso con los espacios, sus pensamientos y nuestra intimidad. Poco a poco gané su confianza, hasta que cedió. Nos familiarizamos cuando empezamos a convivir. Y se dio la ocasión dos o tres meses después del parto. Fue en el baño, bajo la ducha. Me pidió ayuda, pero aquí, entre usted y yo, el jabón y su champú tuvieron la culpa. Uno se le resbaló de las manos, y el otro le provocó ardor en los ojos y tuvo que cerrarlos. Ahí entré yo, y le dije: «¡¿Tú aquí con todo eso, y yo abajo sin haberme desayunado?!». Se carcajeó y aproveché la ocasión. Fue el punto de quiebre en nuestra nueva intimidad.

Joaquín rodeó el mesón hasta colocarse a unos dos pasos de su anfitrión. Levantó el brazo con su vaso en la mano y bebió. Tras lo cual le dijo: —¡Bien por usted, logró amansar su desconfianza! Todo comienzo tiene su instante, de igual forma que los finales. ¡Lo felicito!

Diego Alejandro asintió, pero se enderezó un tanto confundido y expulsó una bocanada de humo por la boca antes de proseguir.

—Luego de eso, incrementamos los encuentros íntimos. Hambrientos de explorarnos y sedientos, los dos, por conocer nuestros secretos. Culminamos nuestras carreras y avancé con una idea de negocio independiente. Éramos felices. Es verdad que paramos por un tiempo para atender los requerimientos de nuestra hija Luisa Fernanda. Tal vez ese parón en nuestras maratones sexuales fue el disparador en búsqueda de crear nuevos desafíos que subieran la libido apagada. Necesitábamos un cambio en la rutina, y ella se asesoró con sus amigas. Salomé no me mintió en aquella ocasión y tuvo el valor de decirme que era necesario aventurarnos y complementarnos más. Le di la razón, porque sí, y además se me vino a la mente un consejo de mi papá que solía decirme antes de casarme: «¡Mijo, a la mujer de uno hay que atenderla en todos los aspectos!».

―¿A qué se refiere con el cambio? ¿Estaban aburridos tan pronto? Sexualmente, quiero decir.

―Con Salomé, manteníamos nuestra vida sexual al día. Pude motivarla para que volviera a la Escuela de Aviación y logré pagarle su carrera de piloto. Yo viajaba de una ciudad a otra para conseguir mercancía y venderla en una tienda de moda en el centro de la ciudad. Tras terminar Salomé sus estudios, se ubicó en una aerolínea nacional y comenzamos a separarnos, ella consiguiendo experiencia y horas de vuelo. Yo en tierra y por teléfono, ampliando mi negocio. Fue una etapa complicada para nuestra intimidad. A veces no coincidíamos en ganas o tiempos. Pero la motivaba con audios o videos a la distancia y me respondía con ahínco tan pronto como llegaba de viaje. Aun así, aparentemente para ella no era suficiente. Viajaba mucho, conocía más lugares y personas. Se le veía radiante, completa, y yo… Yo estaba feliz de verla así.

―Todo muy idílico, hombre. Todo muy amoroso y sin inconvenientes. ¿Sin peleas? ―intervino Joaquín, impertinente y fisgón.

―Las tuvimos, por supuesto, pero como dicen por ahí: «Aprender a discutir también es un arte en el amor». Y dar la razón, aun con la certeza de no tenerla, igualmente. Al menos eso pienso yo.

Diego Alejandro tomó las dos bolsas, la dorada y la azul índigo, también la carpeta con documentos y escrituras públicas y ―dándole de nuevo la espalda al invitado―, depositó todo al fondo de la caja fuerte y la entrecerró, dejando a medio cerrar igualmente el cuadro familiar, y en el mismo sitio las confidencias de su mujer amparadas bajo el peso de la cromada arma.

―¿Sabe algo? Me queda una inquietud. Habló de un cambio en su mujer. La necesidad de aventurarse. ¿A qué se refiere exactamente con eso? ¿Qué me quiere dar a entender?

Sin preocuparse por tomar las páginas, ni ocultarlas como antes a los ojos del amigo de su esposa, Diego Alejandro se dirigió hasta las puertaventanas abiertas de par en par, y avanzó de nuevo hasta la baranda de cristal que separaba la terraza del prado y los jardines, metro y medio más abajo. Estando allí, observando hacia el firmamento oscuro, dio la última calada de tabaco a su pipa y se regresó hasta la sala de estar, adonde finalmente se acomodó de nuevo en su sillón.

Joaquín se había agachado frente al equipo de sonido, fingiendo una despreocupación que no sentía. Sus dedos se deslizaron lentos sobre las carátulas de los discos, como si buscara algo crucial, aunque en realidad solo quería darle espacio al anfitrión. Sabía que el marido de su amiga necesitaba organizar sus ideas y decidirse a abrirse, de forma más íntima y, quizás, más explícita.

—Pues… Me refiero a eso. Precisamente al cambio que noté en su… ¡En esa creciente espontaneidad pasional! ¿No es apenas obvio? —Habló Diego Alejandro de repente, con un tono que mezclaba cierta frustración y algo de la sorpresa que vivió en aquel momento de su vida.

Joaquín se enderezó de inmediato, con una ceja arqueada y los ojos negros achinados.

—Pues ella es directa, franca y dominante, ¿no? —replicó.

Diego Alejandro frunció el ceño. Joaquín no lo vio, porque ya estaba manipulando de nuevo el tocadiscos, pero el repentino silencio le bastó para intuir el gesto. Así que, sin dudar, clarificó su idea enseguida.

—En el poco tiempo que llevo de conocerla, y añadiendo el perfil que usted me ha expuesto con sus confidencias, me imagino que actuó como es la Salomé que yo conozco. Ella es así, ¿o no?

Continuará...