La cena del idiota. Salimos pitando
Cristian creía haber ganado una oportunidad con la novia de su primo, pero Dani tiene otras cartas en la mano. Esta vez, no hay reglas de juego, solo la verdad cruda y una humillación que dejará a Cristian sin aliento.
Salimos pitando
Llevaba un buen rato ojeando su móvil, bajo la sombra del toldo que cubría la mesa del jardín, mirando nada en especial. Había dejado a Alba durmiendo en la habitación. En realidad, la había dejado a solas, con sus pensamientos. Ella le había dicho que se quedaba un rato más a descansar, aunque los dos sabían lo que pasaba.
Cristian apareció a través de la puerta acristalada. Toqueteaba su inseparable móvil mientras caminaba hacía la mesa. Se sentó frente a él. Delante, tenía un cola-cao preparado con una bandeja de galletas. Cuando levantó la vista de la pantalla, dejó el aparato sobre la mesa, plantando la mirada en Dani.
—Hola, primo —dijo llevándose la taza a la boca y dando un buen trago.
Dani levantó los ojos lo justo para apreciar su bigote de cacao que terminó limpiando con la lengua.
—Estas galletas no son las que me suele poner Marta. —A Dani le dio bastante igual lo que le pusiera la novia de su padre para desayunar—. Pero con el hambre que tengo esta mañana…
Sonrisilla maledicente que Dani captó a la primera. Volvió a comprobar la pantalla de su móvil antes de volver a la carga. —Vaya pasada lo de ayer, ¿eh? Lo de la piscina, digo. —Escondió su sonrisa detrás de otro trago.
Nuevo mutismo.
—Menuda suerte que tienes con tu novia. Es la hostia haciendo pajas.
Ahora sí levantó la vista para clavarla en él.
—Eres gilipollas.
—Ey, tranqui. Que lo digo por lo del juego —sonreía—. Es tan buena que te hizo perder. —Lo miraba por encima de su taza.
—No, en serio, eres muy gilipollas. —Lo decía calmado, sin rastro de enojo—. Alba y yo lo habíamos hablado. Ella iba a dejar que la follaras si jugabas bien tus cartas y vas y te pones a hacerle chantaje.
Cristian se quedó con la boca abierta y la taza a medio camino del siguiente sorbo.
—No es que le gustara demasiado que hubieras ganado tú, pero, como premio de consolación… —atacaba.
Cristian posó la taza sobre el platillo. No terminaba de entender lo que estaba escuchando.
—Bajó hecha una furia —continuó él—. Dijo que ibas medio bien hasta que sacaste el tema de Andrés. Aun así, te siguió la corriente y te pajeó a ver si encauzabas la cosa. —Arrugó el ceño—. Pero parece que eres gilipollas integral y te dio por ponerte violento.
—¿Te ha contado eso? —Su cara era un poema. Entre el desconcierto y la decepción por la oportunidad perdida.
—¿A ti dónde te han enseñado a ligar, en el KGB?
Cristian intentaba asimilar lo que estaba oyendo. ¿Dani y Alba… liberales? Poco a poco comenzó a recomponer su semblante de suficiencia y, de nuevo, su sonrisilla de niño sabelotodo comenzó a asomar, pero esta vez de una forma menos segura. Sonreía con los labios, pero no con los ojos.
—Paso de ti. Te estás tirando el moco.
Dani puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mostrando decepción. Después, se enfrascó en sus asuntos, olvidándose de él al que dejó que siguiera rumiando. A Cristian se le había borrado la sonrisa y, aunque hacía como que se entretenía con su móvil, no dejaba de levantar la vista escudriñándolo.
—En serio —insistió—, no cuela.
Dani levantó la vista, cavilante. Movía el mentón a un lado como si dudara decir algo. Terminó por apoyar los codos sobre la mesa y se echó hacia adelante, bajando la voz.
—¿Es verdad lo que dice Alba? —susurró—. ¿Que te metiste en el baño para hacerte una paja porque eres eyaculador precoz y no querías hacer el ridículo?
—No, no, de eso nada —saltó—. Fue… me di una ducha.
Soltó una carcajada sonora como si hubiera sonado a confirmación vergonzosa. —¿En serio? ¿Un tío tan grande como tú?
—Que no, chaval. Que no fue así. —Se empezó a poner colorado. Se recostó en su silla y se pasó una mano por la frente—. Era para que me diera el masaje.
Dani ya había vuelto a dejar de hacerle caso, bajando la vista hacia su móvil. Cristian se revolvía en su silla.
—¿En serio quería follar?
—Bébete el cola-cao, anda, niño —dijo sin mirarle.
—¿Dónde está ella? ¿Está arriba?
—Que te bebas tu cola-cao. Eres la puta decepción. Tan grande y tan tonto.
—Pero… si ella… —Le cortocircuitaban los cables—. Ella me dijo…
—Ella pasa de ti, idiota. Igual que tu novia.
Cristian se puso tenso como un cable. Volvió a ojear la pantalla de su móvil que, a estas alturas, ya parecía un tic nervioso.
—Qué, ¿no te responde? —cizañó Dani señalando el aparato con el mentón.
Lo escondió entre sus manos. Ya no quedaba rastro de la tranquilidad con la que había llegado. Miró a la casa y luego a él. Nervioso, y sin saber dónde colocar las manos, volvió a dejarlo en la mesa. Dani siguió metiendo tralla.
—¿Te cuento un secreto? —Esperó a que le prestara atención—. Pero te advierto, no te va a gustar —sonrió—. Y tiene que ver con esos mensajes que no te llegan.
El adolescente permaneció atento. Paseando la mirada de su móvil a Dani y viceversa. Éste señaló su taza con un ademán de cabeza. —Tómate el cola-cao, anda, que te va a hacer falta.
No hizo caso y mantuvo el pulso, cruzando los brazos.
—¿Qué secreto?
Dani, sin perder su semblante de suficiencia, tamborileó con los dedos en la mesa a la espera de que se tomara su desayuno como un niño obediente.
Cristian continuó en su obstinación, repantigándose en el respaldo en una especie de protesta pasivo agresiva bastante patética. Sin embargo, visto el mutismo de Dani y, sobre todo, la sonrisita que estaba poniendo, terminó por claudicar azuzado por la intriga, apurando hasta el último sorbo.
Antes de tragar la última gota, mientras levantaba la taza por encima de su barbilla, sufrió un pequeño atragantamiento y dejó de beber al instante, echándose hacia adelante como si sufriera un espasmo.
De entre sus labios, sacó algo dorado y alargado. Tenía una chapita con una fecha.
—¿Qué coño…?
—Cristina me dijo que te la hiciera tragar. —Chasqueó la lengua—. No ha habido suerte.
—¿Qué mierdas dices tú de Cris? —Lo miraba con ojos como platos sin llegar a comprender lo que estaba pasando. O sin querer hacerlo.
—¿Ah, no te lo dijo? Estuvo conmigo. Follando, digo. Mientras tú mendigabas por una pajilla. Pensaba que ya lo sabías. Como Alba y yo nos contamos todo…
A Cristian se le salían los ojos de las cuencas. Miraba la pulserita y después a él, sin dar crédito. Hasta que Dani alzó su móvil y le enseñó la pantalla. La foto posando juntos, enseñando una teta y con la lengua a modo de burla, lo terminó de matar.
—Hijo… de puta. —Quiso arrancarle el móvil, pero Dani lo retiró con rapidez.
Después, se hizo con el suyo y se alejó unos pasos, dándole la espalda. Toqueteó en la pantalla y se lo llevó a la oreja. Un segundo, dos segundos, tres segundos… Nadie descolgó al otro lado.
—¡Joder! ¡JODER! —gritó—. Tú, TÚÚÚ —acusó en la distancia con un dedo en alto—. Eres un cabrón. Y tu novia una zorra.
Se carcajeó con sonoridad. —Y eso que todavía no te he contado el secreto. —Después, se puso serio, casi enfadado, silabeando cada palabra—. Y ya te he dicho que no te va a gustar.
Se daba golpecitos con el móvil en la mano. Cristian ya era un manojo de nervios, pulsando teclas y llevándoselo al oído una y otra vez con el mismo mudo resultado. Un montón de frases, enviadas desde primera hora, se acumulaban sin el doble check.
Dani, de pie, separado de él por la mesa, levantó su móvil y lo mostró en alto. Cristian tuvo que acercarse para ver la imagen. Era un vídeo, y lo que aparecía en primer plano era su taza de cola-cao. Inmediatamente después, una polla erecta asomaba por la parte inferior del plano y eyaculaba dentro.
Cristian se llevó las manos a la boca y sofocó una arcada. Quiso dar un manotazo al móvil, pero de nuevo, Dani fue más rápido.
—¿¡Pero cómo eres tan cabrón!? PUTO CORNUDO PICHA CORTA.
Amagó unas arcadas intentando provocar el vómito.
—Puto asco. Puto cerdo —insultó—. Uuogggh, uuuugggh.
Presa de la rabia, rodeó la mesa, pero Dani ya lo esperaba. Se había apartado dos pasos a un lado para tener sitio. Echó un pie atrás y alineó los hombros. Cuando Cristian llegó a su altura, agachó ligeramente la barbilla. «Un metro —se dijo—. Acércate a menos de un metro y no vas a ver llegar la hostia que te voy a dar».
La bravuconería de Cristian se quedó a algo más de esa distancia, parado frente a él con los ojos echando fuego y con los brazos abiertos como dos paréntesis.
—Eres un cabrón hijo puta. Y tu novia una zorra a la que se van a follar. —Pequeñas motitas de saliva salían despedidas de su boca.
Dani se lo tomó con calma. —Siempre me he preguntado qué tendríais en común Cristina y tú. Ahora ya lo sé. —Una leve sonrisa asomó a sus labios—. Los dos habéis tragado mi semen.
Cristian bufó y amagó otra arcada de asco. A punto estuvo de lanzarse a por él. Sin embargo, algo le decía que no iba a ser buena idea meterse en una pelea (estando solo). Terminó dando un paso hacia atrás, luego otro y otro hasta llegar a la puerta del jardín que daba a la calle.
«A partir de ahora, cada vez que pienses en mí, o en tu exnovia, no podrás evitar recordar que tragaste mi semen, so lerdo», pensó.
El adolescente, que ya salía por la puerta, tenía el teléfono pegado a su oído. —Cris, contesta al puto teléfono cuando oigas esto, joder.
Pero Dani sabía que nunca más la volvería a ver.
Cuando Cristian desapareció, ocupó de nuevo su silla. Ese niñato lo hubiera pasado realmente mal de haberse conocido en su colegio. Cogió el platillo donde reposaba la taza vacía de Cristian y tiró de ella, deslizándola hasta colocarla delante de él. Después hizo lo mismo con la bandeja de galletas.
Marta salió casi al instante. Llevaba una bandeja con un cola-cao y unas galletas.
—¿Y Cristian? ¿No está contigo? Creía haberlo visto levantarse.
—Ha dicho que tenía que ir a delinquir con sus colegas.
Marta levantó una ceja, sin saber si lo decía en serio o estaba bromeando. —¿Has acabado con lo tuyo?
—Claro, te lo puedes llevar si quieres. —Le pasó el platillo con la taza y la bandejita—. Estaba muy rico, por cierto.
—Si tú lo dices. Solo era un cola-cao.
Cuando Marta se volvió a meter en la casa, Dani salió a la calle y enfiló hacia el pueblo. Había algo que necesitaba hacer antes de volver a ver a Alba.
— · —
Andrés no estaba en su puesto. Llamó a la puerta, pero dentro tampoco se oían voces. A esa hora ya debería estar colocando objetos para la venta o fabricando alguna de sus pulseras a la vista de los viandantes. No era normal que se ausentara hasta bien entrada la tarde. Se preguntó dónde podría encontrarlo. Caminó hasta la playa y, una vez allí, se dirigió hasta la zona nudista. Al cruzar las rocas que lo separaban de la textil, dudó un instante, pero se quitó todo.
Con la camiseta en el hombro y las chanclas y el bañador en una mano caminó todo a lo largo. La gente con la que se cruzaba, apenas se fijaba en él. Enseguida vio a la señora de las tetorras y el coño negro. Su marido, junto a ella, leía el periódico, como de costumbre. Se saludaron con una sonrisa cómplice y un leve movimiento del mentón. Empezaba a encontrarse cómodo en aquel sitio.
Pronto descubrió lo que buscaba. Andrés, en la posición de loto, se mantenía erguido mientras meditaba o, simplemente, tomaba el sol a su manera.
Su toalla estaba colocada paralela a la orilla del mar. Él ocupaba uno de los laterales, como si la otra parte estuviera reservada para otra persona. Dani la ocupó en silencio. Intentando no hacerse notar para no interrumpir su momento de meditación trascendental.
Estiró las piernas y se apoyó con las manos hacia atrás. El contraste entre ambos, no podía ser mayor. Y no solo por el enorme y ganchudo cipote que colgaba inerte sobre sus huevos. «Hasta a mí me darían ganas de cogérsela», pensó con resignación. Una chica pasó caminando y los miró a ambos con desinterés antes de pasar de largo.
—Hola, mi joven amigo —dijo sin mover un solo músculo y sin abrir los ojos.
—¿Cómo has sabido que soy yo? ¿Tienes un sexto sentido?
Andrés, todavía con los ojos cerrados y con la lentitud de un camaleón, se llevó el dedo índice a la nariz y se dio dos toques en el tabique. —Me basta con uno de los otros cinco. Tu olor a hierba recién cortada, te precede. —Mostró una sonrisa amplia—. El de Alba, es de frutas dulces.
Asintió sorprendido por su agudeza y se mantuvo a la espera. Había llegado con la necesidad imperiosa de obtener respuesta a lo que no había dejado de rondar en su cabeza.
—Hay algo que te preocupa, ¿verdad?
—¿Eso también lo has olido?
El hippy sonrió. —Te mueves nervioso. Demasiado.
—Ya, bueno, eso… sí, quizás busco alguna respuesta.
—Si tiene que ver con tu novia, o con algo que ocurrió la otra noche, será mejor que lo hables con ella. No soy yo quien debe aclararte cómo está tu relación. —Andrés se lo quedó mirando por primera vez—. Muchacho, yo no soy de los que va buscando lo que es de otros, ni intento quedarme con lo que no me quieren dar. —Inspiró hondo—. Nunca me meto en puertas ajenas, pero —hizo una pequeña pausa— la mía siempre está abierta para quien quiera entrar.
Agachó la cabeza sabiendo que Andrés había llegado hasta donde su novia le había permitido. O, mejor dicho, que Alba había llegado hasta donde ella había querido. Ni un paso más, pero tampoco ni uno menos. Quiso pensar que esa sobada de polla había sido tal y como Alba había contado.
—¿Puedo hacerte una pregunta? En confianza.
El hippy volvió a su posición con los ojos cerrados y respiró hondo.
—No te garantizo que la respuesta te vaya a gustar.
Dani asintió, meditabundo. El sol, que empezaba a quemarle la piel, le obligaba a entrecerrar los ojos para no quedar ciego. Andrés, volviendo a su posición como si fuera una estatua de sal, parecía ajeno a sus rayos. Frente a ellos, hombres y mujeres de todas las edades completamente desnudos, paseaban por la arena de un lado a otro de la playa. En ocasiones, alguno los miraba de soslayo deteniéndose fugazmente en lo que ambos mostraban entre las piernas. Dani, cavilante, observó a su amigo con curiosidad y movió el mentón a un lado.
—¿Qué llevas tatuado en la polla?
El hippy soltó una carcajada tan grande que le hizo perder la concentración. —¿Cómo te has enterado?
Dani, por toda respuesta, se llevó un dedo a la nariz y se dio dos toques en el tabique con media sonrisa. Andrés también sonrió admirado por su agudeza. Le dio una palmada en la espalda y, después, se puso serio
—No estoy orgulloso de ese tatuaje —reconoció—. Fue un capricho de la madre de Cris. —Inspiró de nuevo y expiró con lentitud—. Es una línea que va desde la punta del prepucio hasta el nacimiento de los testículos.
Dani asintió, extrañado.
—Está graduada con pequeñas rayitas transversales —aclaró el hombretón—, de forma que cuando la tengo en completa erección, forma una especie de vara de medir.
Dani frunció el ceño. No le cuadraba con la imagen que tenía de él.
—Ya te he dicho que no estoy orgulloso —aclaró el hippy—. Son cosas que se hacen cuando tienes veinte años y crees que vas a pasar el resto de tu vida con la mujer que tiene una aguja en una mano y un bote de tinta en la otra. Cuando ella me dejó, mi alma quedó vacía pero el tatuaje continuó conmigo.
—Debió de ser duro.
—Sí, claro. Todas las rupturas lo son.
—Me refiero al tatuaje. No me suelo levantar con ganas de que me claven agujas en el forro de las pelotas por amor a la estética.
Andrés no pudo evitar soltar unas carcajadas con las que terminó perdiendo la compostura. —En serio, chico, me caes bien. No me extraña que a Cris le hayas gustado tanto.
—Sí, la buena de Cris. ¿No está por aquí?
—Se ha ido esta mañana. Estará fuera una temporada. Creo que ha cortado con su novio.
Dani no pudo resistir sentirse bien sabiendo que Cristian no daría con ella.
—Es un gilipollas, si no te molesta que te lo diga.
—Lo es, no me molesta. Pero me alegra que hayan salido juntos.
Dani volvió a poner cara extrañada. Andrés, que lo observaba, ya esperaba su reacción.
—Se aprende de lo malo, chico. Es necesario conocer gente mala cuando eres joven, para que sepas apreciar la buena cuando seas mayor. —Se tocó la sien con un dedo, indicando que esa era una idea inteligente.
—Entiendo —corroboró—, de la misma manera que uno debe pasar por malos momentos para saber disfrutar de los buenos. —Y después, ya para sí mismo y entre dientes— Y quedarte con lo que te hace feliz.
— · —
Llegó a casa tarde, después de la siesta. Alba se estaba preparando frente al espejo y se colocó tras ella para observarla, apoyado en el marco de la puerta. Estaba realmente exuberante con aquel vestido veraniego que le remarcaba las tetas en toda su extensión. Estaba, como se suele decir, para romper.
El tema de Cristina flotaba en el ambiente, pero nadie se atrevía a pronunciarlo en voz alta, como si estuviera enterrado en alguna parte de aquellas extrañas vacaciones.
—¿No te preparas? —preguntó ella mirándolo a través del espejo.
Dani apartó la mirada. Ella había intentado ser amable, pero se notaba su tono contenido.
—Claro, tengo la ropa encima de la cama. No tardo nada.
Volvió a concentrarse en sí misma y su reflejo, dejando a Dani a kilómetros de ella. Él se dio la vuelta y se dirigió a su cuarto, en silencio, arrastrando los pies. Cuando entró, llenó los pulmones y espiró lentamente. Su maleta seguía bajo la cama, casi lista para salir con ella.
La cena de esa noche sería algo informal, con el grupo al completo, como la del primer día de bienvenida. Después, seguirían la fiesta en los bares y pubs del pueblo. Sería la última cena en soltería y lo harían juntos, chicas y chicos. Nada de despedidas salvajes, separados, con stripers o boys semidesnudos.
A Dani no le apetecía volver a coincidir con ellos después de lo de la piscina de ayer. Y mucho menos con Aníbal. Dio un toque con el pie a la maleta.
«Y salimos pitando», se repitió.
— · —
El viaje hasta el aparcamiento cerca del restaurante, lo hicieron en silencio. Fueron en el coche de Alba con Dani de copiloto y la constante losa de la mamada de Cristina aplastándolos.
Sabía cómo funcionaba la mente de su novia. Para Alba, su desliz en el cuarto oscuro, fue algo que ella detuvo con gran fuerza de voluntad. Lo hizo con un esfuerzo titánico. Algo de lo que sentirse muy orgullosa. Y el mismo razonamiento utilizaría en el resto de situaciones en los que la noche se había descontrolado: La cena del primer día, el albergue, la sobada de polla de Andrés, la paja de Cristian bajo chantaje…
Dani, en cambio, había sucumbido a sus instintos, nada menos que dos veces. Dejándose llevar cuando pudo haberlo pararlo. Para Alba, ella se había mantenido fiel mientras que su novio había cedido a sus deseos más básicos.
Ahora, temía que ella no pusiera freno en caso de que se presentara una nueva ocasión con Aníbal. Marta ya se lo había dejado caer cuando esperaba con ella en el salón de su casa mientras Alba terminaba de prepararse.
—· —
—No te veo muy animado para ir a La cena del idiota —había dicho Marta.
—¿Por qué lo llamáis así? Creo que le oí a Marcos referirse de la misma manera.
—Porque se hace en honor del idiota que va a dejar la soltería. Por lo de perder su libertad y la condena que supone el matrimonio. Ya me entiendes.
Para él era una manera como otra cualquiera de referirse a la unión de dos personas que creen que se querrán para siempre. Marta lo había mirado con ojos suspicaces.
—En esas cenas hay mucho peligro. Todo el mundo bebe sin control. Y ya sabes lo que pasa cuando la gente se emborracha —había dicho ella.
—Que no pronuncia la “erre”.
—Eso también —sonrió—, pero sobre todo, que siendo un día tan especial, aprovechan para dar rienda suelta a sus fantasías y se desinhiben más de la cuenta.
—Vale, gracias por avisar, lo tendré en cuenta para no hacer ninguna locura. No quisiera traer un tatuaje en una de mis nalgas.
Marta se carcajeó, pero la suya fue una carcajada forzada, de cortesía.
—Me refería más bien… a las de Alba. Tengo entendido que también va Aníbal.
«Ya empezamos —pensó Dani—. No se puede ser más cabrona».
—No entiendo por qué. Tiene novio. Yo, ¿recuerdas?
—Sí, sí, claro —había dicho fingiendo un desafortunado lapsus—. Solo que… nada, es que como a ella le vuelven loca las pollas grandes…
—· —
Dani tenía claras dos cosas. La primera era no hacer nada que enfadara a Alba e hiciera saltar su frágil relación por los aires antes de llevársela de allí. La segunda, y no menos importante, evitar que la estancia con sus amigos se prolongara más allá de la cena.
Y salir pitando.
.
Fin capítulo XXXVIII
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