Intercambio entre hermanas - completo (cap. 07)
Marta tiene un plan para esta noche: un teatro que promete ser erótico, pero que esconde una realidad mucho más oscura. Fran y Ana entran en esa trampa, y lo que ven en el escenario desata en Ana un deseo que no puede controlar, poniendo a prueba los límites de su relación con su cuñado.
Cap. 7 – JOAN APARECE
FRAN
El domingo a mediodía arribó a Madrid el novio de Ana, después de todo lo que se había comentado sobre su llegada durante la semana, como si de la visita de un rey extranjero se tratara.
Las dos hermanas fueron a recibirle, pero yo me disculpé y me quedé haraganeando por la casa. Cuando llegaron los tres, saludé a Joan con un abrazo. En vivo me pareció más grande que en las fotografías que me habían mostrado las hermanas.
En realidad, debo confesar que el abrazo me lo dio el a mí y no al contrario, que me habría conformado con un apretón de manos. Tras oír a Ana hablar de él con tan pocas ganas, le había tomado ojeriza y sus abrazos de oso no me apetecían lo más mínimo.
Y debo confesar que su saludo casi me parte en dos. Me quejé por ello y se disculpó socarrón, mencionando ufano que llevaba varios meses acudiendo a un gimnasio y que se encontraba en una forma y con una fuerza espléndidas.
En fin, tuve que hacer de tripas corazón y ese día me uní a ellos para almorzar en un restaurante en el que Marta había reservado mesa. No me apetecía comer en familia con aquel casi extraño, pero la idea de hacerlo a solas mientras ellos tres se divertían por ahí me pareció menos apetecible que el tener que soportar su presencia y sus chistes sosos y zafios.
La semana desde su llegada fue transcurriendo con normalidad. Si podía llamarse normalidad al hecho de que durante esos días apenas podía coincidir con Ana. Ni tampoco con Marta, todo hay que decirlo.
Casi todos los días, cuando llegaba a casa, me encontraba alguna nota en la que me explicaban que habían montado un plan para los tres y, en algún caso, invitándome a que me uniera a ellos si me apetecía. Siempre con la excusa de enseñarle a Joan las noches de la capital, donde todo era posible si conocías los sitios indicados —y si disponías del dinero para disfrutarlos.
Por supuesto, nunca me apeteció. Y mis dos chicas bien que lo sabían, si no, no me hubieran invitado las muy zorritas. Parecían guardarse a Joan para ellas solas, y a mí tampoco es que me importara demasiado.
Total, que la «normalidad» de la semana consistía en que yo andaba todo el día en el trabajo o vagando por casa en soledad, a la espera de que los tortolitos aparecieran tras una salida para gozar de la noche madrileña. Acompañados siempre de mi querida esposa, que parecía que había dejado a un lado las oposiciones tan pronto como había aparecido aquel «novio» de Ana con aspecto de macarra.
Porque «macarra» era la palabra exacta que me venía a la cabeza cuando pensaba en él.
Únicamente me consolaba saber que el tipo se quedaría solo una semana. Si conseguía aguantar hasta el domingo siguiente, la tormenta habría pasado y todo volvería a ser como antes de que Joan entrara en nuestras vidas. Contaba los días y casi las horas que quedaban para que el tipo desapareciera.
Y así fue, una vez Joan se hubo ido, la vida siguió su curso. Lo único que la enturbiaba era la manía de las chicas de hablar de lo bien que lo habían pasado con el macarra y relatando divertidas anécdotas de aquellas veladas locas que habían pasado con él por los vericuetos de la noche madrileña.
Cosa extraña, sin embargo, era que los comentarios más entusiastas y divertidos provenían de Marta, no de Ana. Teniendo en cuenta quién era la novia del gigante catalán, no me encajaba muy bien que Marta tuviera en la boca su nombre a todas horas, mientras Ana apenas reía las gracias de su hermana cuando tocaba.
Finalmente, al ver mi frialdad ante aquellas anécdotas, los comentarios empezaron a decaer y para el jueves siguiente su nombre había desaparecido de las conversaciones.
Faltaban dos días para el sábado y lo agradecí. Porque a esas alturas solo me apetecía saber si Marta tendría uno de sus ensayos de examen y, por tanto, si podría salir con Ana como habíamos hecho antes de Joan.
Pero, para mi disgusto, ese sábado no hubo salida. Tuve que esperar otra semana hasta que por fin se produjo el milagro.
El sábado por la mañana se anunció el asunto y poco me faltó para saltar de la alegría, aunque lo disimulé lo mejor que pude. A Ana también se la notaba contenta, con ganas de bromear y otro tono de sonrisa, como si sintiera la misma emoción que yo por el nuevo encuentro que mantendríamos a solas, sin «Martas» o «Joanes» de por medio.
Aunque la sonrisa se nos congeló cuando supimos el plan que nos había preparado mi «querida» esposa.
*
Extracto del diario de Ana
Hola, querido diario. Hoy quiero contarte una buena noticia: por fin Joan se ha ido de la casa. No sabes lo que me he alegrado cuando salía por la puerta, fingiendo que se volvía a Barcelona.
La cruz de esta moneda es que, a partir de ahora, el muy bruto va a venir a casa por temporadas. La excusa ante Fran es que viene a pasar conmigo fines de semana. Y, lo que es peor, en algunas ocasiones pasará «cortas vacaciones» de al menos una semana con nosotros.
Y no es que me importe en lo que a mí respecta, al fin y al cabo ya estoy acostumbrada a sus groserías, pero es que se nota a la legua que Fran no le traga. Y no me extraña, la vida de mi pobre cuñado ha quedado relegada al ostracismo durante todo el tiempo en que Joan ha estado viviendo en el «casoplón».
Ya le he comentado a Marta que es una mala idea, pero ella se niega a cambiar sus planes por una simple disparidad de caracteres entre su marido y «mi novio».
Ha llegado a pedirme que le hable bien de Joan para que su percepción por él cambie. Y me lo dice ahora, cuando antes me había pedido lo contrario.
No creo que sea capaz de hacerlo. Se me tiene que notar a la legua que a mí el chuleta de Joan me cae fatal, de la misma manera que a Fran. Pero es que además no quiero, me niego. Fran es un trozo de pan y me siento cada vez más unida a él. Si algo quiero hacer es dejarle bien claro que me estoy alejando a paso rápido de mi supuesto «novio». Que note que existe una gran distancia entre los dos.
En fin, sigo pensando que Marta sabrá lo que hay que hacer y que yo debo limitarme a seguir sus consejos. Aunque sus consejos se parezcan cada vez más a órdenes tajantes.
Te mantendré informado, querido diario. Buenas noches.
Cap. 8 – EL TEATRO ERÓTICO
FRAN
Cuando Marta nos comentó que tenía un plan entre Ana y yo para la noche, al principio me hice el remolón. Y lo hice para disimular la alegría que sentía por dentro. No quería que se me notase que había estado deseando que llegara el momento de una nueva cita con mi cuñada. Luego fui aflojando poco a poco y mostré algún interés en conocer lo que nos había preparado.
Ana, por el contrario, demostró desde el primer instante que le apetecía mucho aquella salida… Hasta que nos enteramos de qué iba el plan de mi mujer: Marta nos había conseguido a través de una amiga dos invitaciones para una representación erótica en un teatro del centro.
—¿Una función erótica? —preguntó Ana con cara de no creerse aquella ocurrencia de su hermana—. ¿Y qué representan, Romeo y Julieta porno?
Mi cara de sorpresa tampoco era muy fácil de ignorar.
—Venga chicos —insistió—, hacedlo por mí. Las entradas son de mi jefa y si los asientos se quedan vacíos se notará y me lo echará en cara. Quedaría fatal por una bobada. Ya somos todos mayorcitos, ¿no? No entiendo por qué los temas de sexo tienen que intimidarnos.
Se sentó entre ambos y nos dio unos achuchones por turnos para convencernos.
—Además —aclaró—, yo tampoco tengo ni idea de qué va ese espectáculo tan… erótico. Pero estoy deseando que me lo contéis y seguro que nos reímos un buen rato.
«Sí, seguro —pensé yo, sarcástico—, será cuando yo te lo cuente en la cama y tú, super cachonda, me violes o algo parecido.»
—Y, si vale la pena… —prosiguió con mirada pícara—, a lo mejor podemos acudir una segunda vez Fran y yo para inspirarnos…
Acompañó sus palabras con un roce sobre mi muslo, y mi entrepierna no pudo evitar un ronroneo de gatito fiel.
Ana y yo intercambiamos miradas. Su gesto de fastidio lo decía todo. Sin embargo, cuando habló, dijo todo lo contrario a lo que se adivinaba que estaba pensando.
—Bueno… tampoco perdemos nada por asistir… —aceptó mordaz—. En fin, cuñado, pongámonos guapos esta noche y no nos retrasemos, no vayamos a perdernos ni un minuto de ese maravilloso planazo teatral.
Sobre las diez de la noche nos recogía el Uber que había solicitado con mi móvil. No quise conducir mi coche por si tomábamos alguna copa después de la función. Marta nos había pedido que no regresáramos antes de las cuatro de la mañana y la obra debía de terminar sobre la una, según sus cálculos, así que por fuerza tendríamos que ir a algún otro sitio a la salida del teatro.
—¿De veras te apetece este plan de Marta? —pregunté jugando con la mano que Ana tenía apoyada sobre el asiento del coche.
—Por supuesto que no… —respondió—. Pero todo sea por las oposiciones de la señora...
Sonrió y me apretó la mano.
—Vale, vale… —repliqué—. Todo por las dichosas oposiciones…
Reímos y luego nos quedamos en silencio. Me fijé en ella y en su atuendo. No entendía como no lo había hecho hasta entonces, porque Ana estaba especialmente atractiva.
La noche era templada y pedía poca ropa, por lo que simplemente vestía una falda de vuelo a medio muslo, floreada —prestada por Marta una vez más, con toda seguridad—, una blusa de seda gris perla y unos pendientes muy recargados. Completaba el atuendo con una especie de pashmina sobre los hombros y unos zapatos azules con taconazo que la hacían parecer más una jovencita ataviada para el baile de fin de curso que una chica que va a ver una obra de teatro mediocre —imaginaba que así lo sería— con su cuñado. La melena, como muchas otras veces, se la había recogido en una coleta y la había sujetado con una goma con adornos plateados que no había visto antes. Un regalo de algún compañero con ganas de que le aceptara esa copa a la que ella solía negarse por método. «Pobres tontos —me decía—, ninguno de esos cerebritos que estudian con ella se merece semejante bombón».
Viéndola de esa manera, no pude por menos que decirle un piropo.
—Por cierto, no te he dicho que esta noche te has superado. Estás más guapa que nunca.
—Gracias, Fran —sonrió—. Pero no tienes que hacerme la pelota, ya me tienes muy vista… ¿no?
—Nunca está de más —le devolví la sonrisa—, sobre todo cuando es verdad…
Le propiné un ligero cachete en la mano y volví a guardar silencio. Cinco minutos más tarde, el Uber nos dejaba en una calle oscura perpendicular a la Gran Vía. Le preguntamos al chófer si no se había equivocado de dirección y nos confirmó que era la correcta, a menos que se la hubiéramos dado equivocada.
El sitio era realmente siniestro, a excepción de los asistentes a la obra. Estos, vestidos de fiesta, se dirigían hacia unos portones de madera que bien podrían ser las puertas de un teatro o la entrada a una vetusta mansión.
—¿Crees que esa es la entrada al teatro? —preguntó Ana tomándome del brazo. Se la notaba tan sorprendida como yo mismo. La palabra que mejor definía aquel lugar era «sórdido».
—Me temo que sí —repliqué—. Este sitio me está poniendo los pelos de punta. Si lo prefieres, podemos hacer la espantada y luego le contamos cualquier cuento a tu hermana.
Lo dudó un instante, pero al final decidió seguir adelante.
—No, espera… —dijo—. Entremos a ver de qué va esto. Si el sitio es tan cutre como parece, entonces decidimos si nos vamos o nos quedamos, ¿te parece?
Asentí y traspasamos las puertas de madera. Un vejete con cara mustia nos recortó las invitaciones y nos señaló la entrada por la que se accedía a nuestras butacas.
La sala era pequeña, de una sola planta y se hallaba en desnivel. Para que se entienda, era como si todo el patio de butacas fuera un gallinero de cine antiguo. Los asientos estaban tapizados de un fieltro rojo que había conocido mejores tiempos. Hice un recuento y llegué a la conclusión de que no habría más de cien o ciento veinte butacas. Un espectáculo para un club selecto, me dije con ironía. Nos acomodamos en nuestras butacas y quedamos rodeados por ambos lados. Tendríamos dificultad para escapar si así lo decidíamos debido a los espectadores ubicados en los dos flancos y a la estrechez de la distancia entre asientos.
—Estamos atrapados —comenté en voz baja.
—Eso me parece —replicó Ana aguantándose la risa.
Miré a izquierda y derecha y observé que al lado de Ana se habían sentado dos mujeres de una edad indefinida entre los treinta y los cincuenta. Por mi lado, una pareja de mediana edad —sobre los cuarenta— no hacían más que cuchichear desde el mismo momento en que se habían sentado.
Me fijé en la mujer, que era la que estaba junto a mí y me pareció bonita y con buen tipo. Muy femenina y atractiva como para que encajara con su pareja: un hombre feo y calvo, con tendencia a la obesidad y con una risa que ponía los pelos de punta por lo amarillo de su dentadura. La vida propicia parejas extrañas, pensé, pero como ésta hay pocas.
No me dio tiempo a pensar en más. Las luces de la sala se apagaron y unos focos potentes alumbraron el escenario. Un tipo con smoking y pajarita sostenía un micrófono y nos pedía que guardáramos silencio para que la función pudiera dar comienzo. Me fijé en el presentador. Se asemejaba a un cuervo merced a una nariz ganchuda que solo he visto en películas de humor. Por otro lado, quizá no era demasiado viejo, su voz segura le enmarcaba en los cincuenta, pero la piel de su cara arrugada como una pasa le hacía parecer un anciano de más de setenta.
Noté como las manos de Ana tomaban las mías con nerviosismo y la miré, conciliador.
—Tranquila… —le dije—. Aún estamos a tiempo de irnos cuando queramos.
—Vale… —suspiró ella.
Por fin, el presentador —se autodenominó speaker para darse pompa— empezó a hablar. Dio las gracias a los presentes y resumió unas reglas de seguridad con el mismo tono cansino que la azafata de un avión. A continuación, hizo un sonido con la boca, como el canto de un ave y dio la función por comenzada.
Ana y yo nos mirábamos de cuando en cuando, no entendíamos nada de lo que allí ocurría. En el escenario solo se encontraba el speaker y presentí que no iba a aparecer nadie más.
Me equivocaba. De súbito, aparecieron dos operarios cargando una especie de mesa cubierta de una superficie acolchada y la depositaron en el centro del escenario. Tenía una altura superior a la de una cama, como un metro. Era, además, de ancho apenas suficiente para dar cabida a una persona y poco más, y parecía estar hecha para una función especial. La función que se nos iba a ofrecer aquella noche.
—¿Es una cama? —susurró Ana.
Me fijé mejor y, en efecto, aquello parecía una cama en forma de mesa.
—No sé… —respondí—, pero lo parece.
Una vez que los operarios desaparecieron, el «hombre cuervo» —el apodo se lo pusimos después— comenzó de nuevo a hablar. Unos segundos antes, una musiquilla de película antigua había empezado a sonar por los altavoces.
—Para empezar… —dijo el cuervo—, voy a pedir que una señorita del público salga voluntariamente a este magnífico escenario para poder venerarla el resto de la velada.
Nadie se inmutó. Ninguna de las presentes parecía querer ofrecerse voluntaria. En el profundo silencio que se había formado —ya no se oían ni las típicas toses—, el murmullo de mis vecinos de butaca me llamó la atención.
—Por dios, Marisa —decía el hombre—. No te lo pienses… sal ya o se nos va a adelantar alguien.
—Es que… —replicaba ella—. Es que no sé, Juan, no me siento con fuerza…
—Vamos, mujer —insistía el calvo—, aquí pagan bien y necesitamos el dinero, hazlo por mí y por los niños, te lo ruego…
La mujer cerró los ojos y bajó la cabeza. El cuervo repitió la petición de una voluntaria.
—¿Quieres que me presente yo? —oí decir a Ana—. Tal vez sea un experimento de magia y nos divirtamos… ¿Qué te parece?
Iba a responder que me parecía una locura, pero no me dio tiempo a hablar. El calvo había oído la frase de mi cuñada y por una fracción de segundo la miró con cara asesina. A la fracción siguiente, cogió a su mujer de una mano y se la levantó hacia arriba como impulsada por un resorte. Su esposa se tapaba la cara con la mano libre, en un acto de cubrirse la vergüenza que sentía.
—Ni de coña —dije a destiempo—. Recuerda que se trata de un espectáculo supuestamente erótico… Y lo que hay en medio es una cama…
—Ufff… —respondió Ana—. Tienes razón…
La tal Marisa salió al escenario, más empujada por su marido que por iniciativa propia. Cuando se encontró allí sola, cerca de la mesa-cama y del cuervo, sostuvo la cabeza en alto en un acto de orgullo. El presentador habló con ella unos segundos y debió de preguntarle por sus datos, porque a continuación la presentó con solemnidad. El tipejo insistió hasta cansarse que ella era el centro de la velada, la auténtica protagonista y que el resto de los asistentes íbamos a adorarla, venerarla, amarla y no sé cuántas bobadas parecidas más.
Me fijé en Marisa. Como ya he dicho, era una mujer de unos cuarenta años, bella a su manera, femenina, maquillada lo justo y con una ropa gastada pero que la embellecía aún más. Era una mujer que, pronto supe, no tendría que haber estado allí. Iba a ser el centro de las atrocidades que se cometerían en los siguientes minutos, horas incluso, como le debieron de parecer a ella.
Marisa se sentó al borde de la mesa y empezó a desnudarse. Tragué saliva y Ana me apretó la mano con fuerza. Empezábamos a imaginarnos lo que allí se cocía y, las siguientes palabras del cuervo nos lo confirmaron.
—Y, a continuación, solicitamos seis voluntarios de entre el público. Son admitidos cualesquiera de los asistentes, a excepción de la pareja de Marisa —hizo una pausa y continuó—. Quede claro, que de entre los seis, se seleccionarán a los cuatro que mejor se adecúen al espectáculo y los otros dos deberán volver a su butaca.
Ana me miraba con ojos aterrados. Yo le devolvía la mirada asintiendo.
—A esa mujer la van a…
—…violar —terminé su frase.
—Una violación consentida por su hombre…
—Menudo payaso, el hijo de puta… —le señalé con disimulo al calvo—. Les he oído hablar y parece que lo hacen por dinero.
Ana calló un instante.
—¿Nos vamos? —le susurré.
—Espera un poco… —respondió.
Marisa se había tendido desnuda sobre la cama y quedado inmóvil, una mano sobre sus pechos y la otra en la entrepierna. Sin saber de dónde, los dos operarios de antes aparecieron de nuevo y, tomando de los brazos a la mujer, la izaron sobre la cama y le sujetaron las manos con esposas a unos salientes que había en sus laterales. La mujer forcejeó y, viendo que no tenía escapatoria, se rindió y quedó inmóvil de nuevo. Parecía entregada al show. La pierna derecha la había levantado para taparse con el muslo la zona genital. Su marido sonreía y babeaba: se estaba excitando al ver a su esposa en aquella situación.
Para los seis voluntarios, al contrario de lo que había sucedido con la mujer, se levantaron todas las manos masculinas del patio de butacas, a excepción de la mía y la de su marido, que no entraba en el juego.
El cuervo eligió seis hombres al azar y estos fueron desfilando hasta el backstage del escenario. Cinco minutos más tarde, los seis volvieron a aparecer en escena. Cuatro de ellos, desnudos, se dirigieron hacia la cama y los otros dos, vestidos, volvieron a sus butacas. Los eliminados mostraban gestos de malhumor. Se iban a perder la fiesta.
Los cuatro seleccionados levantaron sus manos y fueron vitoreados como héroes, mientras se colocaban alrededor de Marisa, pero mirando al patio de butacas. La mujer cerraba los ojos y ladeaba la cabeza a modo de única defensa.
Sin más dilación, sonaron unos redobles de tambor y la música cambió. Debía de ser la señal de comienzo porque los cuatro hombres se volvieron hacia la cama y se lanzaron como perros en celo.
Todos buscaron la zona de entre las piernas, pero solo uno llegó el primero y consiguió el trofeo. Entonces, el numerito empezó.
El que había conseguido el mejor puesto, tiró de las caderas de la mujer, levantó sus piernas para obtener acceso a su entrepierna y la miró un instante a los ojos con mirada lasciva. Se mojó los dedos con saliva escupiendo sobre ellos y los pasó por los labios del sexo de Marisa. Esta se retorció, pero no consiguió evadirse. El hombre se pajeó para conseguir una erección aceptable, aunque no la penetró de inmediato, si no que, poniéndose de rodillas, comenzó a lamerle entre las piernas.
Los dos hombres que habían conseguido sitio a los lados de la cabeza de la mujer, se la disputaban para masturbarse sobre su cara. Ambos parecían disfrutar con golpear rítmicamente con su miembro sobre la boca, las mejillas, los ojos de Marisa. Ninguno la había perforado la boca todavía. Esperaban, quizá, a un momento ideal para hacerlo.
El cuarto hombre había soltado una de las manos de la mujer y la había abrazado a su pene, cerrándole los dedos con fuerza y sujetándola para que le masturbara. Tras unos segundos de acompañarla en el movimiento, le soltó la mano y Marisa lo siguió pajeando, ahora por voluntad propia.
El speaker iba coreando cada movimiento de los participantes de la violación grupal y el público los vitoreaba como si de gladiadores de un circo romano se trataran. Hasta se llegó a formar una ola entre el público, en la que el más efusivo de los partícipes era el propio marido de la ultrajada.
Durante los siguientes minutos se representó un maremágnum de violencia síquica y física sobre la mujer.
Ana y yo nos preguntábamos todo el tiempo si era ya el momento de abandonar el cruel espectáculo, pero ninguno de los dos tomó la decisión de hacerlo. Se diría que aquel bochornoso show nos había dejado clavados a la butaca.
Vimos al hombre de entre las piernas penetrar a Marisa con salvajismo. La mujer gemía y arqueaba la espalda. Había momentos en que creía que disfrutaba de aquello, aunque pareciera imposible.
Mientras el tipo entraba y salía de su vagina, de vez en cuando la azotaba en el culo, alzando sus piernas para acceder a su trasero, y lanzaba unas risotadas triunfales.
Entre tanto, los dos hombres de la parte superior, la tiraban del pelo reclamando para sí su boca, peleándole al otro el turno en que Marisa debía meterse cada polla y succionar de ella. La mujer obedecía al tirón de pelo y giraba la cabeza, se introducía el miembro que tocaba y el afortunado con posesión del turno se la incrustaba en la garganta, apretándola en su interior hasta que la mujer mostraba síntomas de asfixia. Cuando la soltaba, Marisa daba una arcada llena de babas y el hombre le follaba la boca sin piedad durante un tiempo prudencial, al final del cual el otro exigía su turno.
El menos afortunado de los cuatro, el que se hallaba en un lateral, se dejaba masturbar mientras sobaba y chupaba de los pezones de la mujer. Si en algún momento a ésta se le ocurría dejar de mover la mano, el tipo le atizaba una azote en los pechos que podía oírse en el patio de butacas. A Marisa no le quedaba otro remedio que volver a pajearle si no quería recibir un nuevo golpe. Eso debe de doler, pedazo de cabrón, pensaba con odio hacia el tipejo.
Ni Ana ni yo podíamos apartar la mirada de aquel escenario, por mucho que nos lo proponíamos. De pronto, ella me hizo una seña y me pidió que mirara al marido de Marisa. El muy cerdo, se había bajado los pantalones y se masturbaba mirando lo que aquellos cabrones hacían con su mujer en el escenario. No tenía ni idea de si su motivación era el dinero que supuestamente iban a recibir, pero aquel tiparraco disfrutaba del espectáculo al margen de los aspectos económicos.
Hubo un impasse en el que no parecía que nada nuevo pudiera ocurrir. Pero el inciso se rompió cuando el tipo que la penetraba empezó a gruñir y, sacando su miembro de la vagina de Marisa, empezaba a correrse sobre su vientre. Aquello volvió a parecer una señal, porque justo entonces los dos hombres de la parte superior empezaron a correrse al unísono sobre la cara de Marisa. El cuarto hombre no tardó mucho más en hacerlo, sobre los pechos en su caso.
Tras la eyaculación grupal, Marisa parecía un trapo viejo, repleto de semen todo su cuerpo, su cara, su boca y su pelo. Toda la humanidad de aquella mujer había desaparecido por completo. Solo un objeto usado era lo que parecía haber sobre la cama donde antes había una persona.
Las luces se atenuaron y los hombres se retiraron al backstage. La mujer, sin embargo, se quedó abandonada sobre la cama, nadie se preocupó de desatarla.
—¿Ha terminado? —preguntó Ana con un gesto de asco en la cara.
—No sé, pero espero que sí —respondí—. Esto no es una obra erótica, precisamente, voy a tener que hablar seriamente con Marta.
—Pero, si ha terminado, ¿por qué nadie se mueve? —se inquietó—. Seguimos tan encerrados como antes. Solo podríamos salir saltando sobre la gente.
La respuesta no se hizo esperar. Tras unos minutos de descanso, los cuatro hombres volvieron a escena y se situaron alrededor de Marisa, con un deslizamiento en la posición de cada uno de ellos en el sentido de las agujas del reloj.
—Se han intercambiado y van a volver a empezar… —se quejó Ana con las manos en la cara—. Serán canallas…
*
En efecto, el espectáculo empezó de nuevo. Cada hombre tenía una posición diferente, pero la función era una repetición de lo que acabábamos de presenciar. El cerdo del marido de Marisa seguía masturbándose lentamente a mi derecha. Sonreía y mostraba una mirada de loco.
El resto de la función continuó por los mismos derroteros. Los cuatro hombres follaban y maltrataban a la mujer en su nueva posición y, finalmente, la llenaban de todo el esperma que sus penes enfermos eran capaces de eyacular. Cada vez menos, era entendible, pero siempre había alguno al que aún le sobraban líquido seminal suficiente para embadurnar a la mujer.
Si en la primera ronda Marisa me había parecido un trapo viejo lleno de esperma, cuando las cuatro rondas de aquellos hombres terminaron, más parecía una piscina de esperma donde flotaba una mujer.
Ana y yo, aunque nos confesábamos a punto de vomitar, no nos movimos del asiento. La excusa perfecta era que no podíamos escapar. Pero ambos sabíamos que la perplejidad y el morbo nos habían pegado a las butacas y no pudimos movernos hasta que la función se dio por terminada.
No obstante, antes de que eso ocurriera, aún se nos reservaba una sorpresa. Cuando los cuatro hombres se retiraron tras su actuación y bajo los vítores del público asistente, el cuervo tomó la palabra de nuevo. Solicitó un aplauso para el marido de la «bella diosa» y le pidió que saliera al escenario. El calvo sabía a lo que iba, porque no se abrochó los pantalones, solo se los sujetó para que no se le escapara el pene antes de tiempo.
Marisa se retorcía como alucinada, moviendo la cabeza a izquierda y derecha. Ana y yo no sabíamos que iba a ocurrir, pero nos temíamos lo peor.
Y no fue para menos. Cuando el calvo llegó a la altura de su mujer, dejó caer los pantalones y, tirando de la piel de su miembro hacia atrás, se lo insertó de una estocada y empezó a empalarla con él. La mujer rugió, aunque más pareció de placer que de queja. Ana y yo nos miramos asombrados.
—Jo-der… —exclamé.
El cuervo, por su parte, no se quedó quieto. Dejó el micrófono en su soporte, se acercó a la cara de Marisa, se bajó los pantalones y empezó a follarla por la boca con un ímpetu innecesario, como intentando hacerla daño. De cuando en cuando le propinaba una bofetada en las tetas o en la cara que la hacían dar un salto sobre la cama.
Todo el mundo aplaudía. La música sonaba cada vez más fuerte y los dos hombres continuaban follando a la mujer hasta que, con pocos segundos de diferencia, se corrieron sobre ella.
Los vítores eran ensordecedores. Todos los asistentes aplaudían puestos en pie. La mujer se había quedado prostrada en la cama sin moverse, como muerta.
—¡No me jodas! —grité para que me oyera Ana.
—¡Vámonos! —dijo ella.
Mientras intentábamos saltar por encima de los espectadores, observamos a los operarios como se llevaban la cama con Marisa tumbada en ella y la ropa apoyada sobre sus pies, única parte de su cuerpo libre de semen.
Nos costó un gran esfuerzo llegar hasta el hall del mal llamado teatro. Aquel lugar era un centro de tortura, en realidad.
Ana se me perdió un par de veces entre el tumulto y tuve que luchar con el gentío para recuperarla. Cuando por fin la rescaté, observé por el rabillo del ojo al calvo, marido de la torturada, que saludaba a unos y a otros con grandes risotadas. Ana intentó sujetarme al intuir mis intenciones, pero me zafé de ella.
Agarré a aquel pedazo de cerdo de las solapas y lo empotré contra una de las paredes del hall. A punto estaba de sacudirle un puñetazo, cuando una mujer se acercó a mí y me detuvo.
—¿Pero qué coño le hace a mi marido, cabronazo? —soltó con malos modos.
Me volví hacia ella y me quedé con la boca abierta. La mujer no era otra que Marisa, la esposa de aquel depravado. Se encontraba vestida y mal lavada, aún con restos sobre la cara y con el pelo pegajoso por el esperma recibido. Pero defendía a su hombre con uñas y dientes.
—O deja a mi marido ahora mismo o le arranco los ojos, desgraciado… —espetó enseñándome unas uñas como garras—. Y luego llamaré a la policía.
Me eché hacia atrás, más aturdido que asustado, y solté al calvo.
—Déjalo, Fran —me dijo Ana tirando de uno de mis brazos—. Los que no pintamos nada aquí somos nosotros. Vámonos.
—Me cago en la leche… —dije al salir del supuesto teatro—. Hay gente para todo…
Con una sonrisa que más parecía una mueca, Ana me dio la razón.
—Y que lo digas…
*
—¿A qué hora dejasteis el teatro? —preguntó Marta cuando terminé de hacerle un resumen de la función.
—No sé, serían más de la una, tal vez y media —respondí—, ¿pero qué más da? ¿No me has oído? Aquello no era una función erótica, era una escena de depravación donde utilizaron a una mujer para degradarla hasta lo indecible. ¿Quién coño te regaló unas entradas de ese tipo?
—Fue mi jefa, ya os lo dije —replicó—. Ella tampoco estaba muy segura de que aquello no fuera un espectáculo horrible. Alguien debió de chivarle que no fuera, y parece que acertó. Lo siento de veras…
—Fíjate si Ana se hubiera prestado voluntaria…
—Joder, no quiero ni pensarlo.
Marta metió las manos dentro de mi pijama y se apoderó de mi pene. Lo empezó a pajear suave, acariciándolo con mimo.
—Pero, ¿qué haces? —me quejé sin mucha fuerza—. ¿No me digas que la historia te ha puesto cachonda?
—Pues un poco sí… —sonrió—. Además, me has contado que la mujer se encontraba bien después de todo, así que de qué podemos extrañarnos. No hay nada de qué quejarse si el sexo es consentido, por muy depravado que sea.
—Joder, quizá no he sabido explicarte los detalles escabrosos, pero te aseguro que lo que allí se sentía eran ganas de vomitar, no morbo ni excitación.
—Pero no fue así para todo el mundo, ¿no? —replicó con los ojos inyectados en sangre. Estaba caliente como una perra.
Se pegó más a mí, de modo que se le hacía más cómoda la postura para acariciar mi pene.
—Además, no me has contado lo que siguió con Ana cuando salisteis del teatro —me guiñó un ojo—. Habéis vuelto a las cinco de la mañana, por lo que algo tuvo que pasar… Seguro que lo que sucedió después de la función me pondrá aún más cachonda que la misma obra, ¿me equivoco?
—No sé… tal vez…
—Bueno… —replicó con una sonrisa de zorrita—, tú cuéntame y yo te digo si sí o si no.
—En fin —empecé— cuando salimos del teatro, anduvimos por ahí sin destino fijo a la búsqueda de un bar tranquilo con música no muy alta donde tomar una copa y charlar. Mirábamos el interior de todos los garitos que nos cruzábamos, pero ninguno nos parecía interesante. Mucha gente o demasiado poca, música muy alta o sin música. Total, que no nos decidíamos por ninguno.
»En una calle un tanto oscura una chica joven, unos veinte o veintidós, se nos acercó. Nos ofreció hacer un trío. Le dijimos que no necesitábamos putas y ella nos explicó que no lo era. Que, simplemente, era una estudiante de medicina que se sacaba algún dinerillo extra para pagarse los estudios. Parece que eso le hizo gracia a tu hermana, porque le preguntó su tarifa.
—¡No me jodas!
—Lo que te digo —aseguré.
—¿Y cuánto cobraba la chica? ¿Mucho?
—Doscientos por media hora, pero solo con mamada. Si queríamos penetración, trescientos.
—Vaya, no parece una puta barata.
—No, claro, era una chica inteligente, muy guapa… y se la veía limpia. ¿No crees que eso es importante en estos tiempos?
—Vaya si lo es… —respondió Marta—. ¿Y dónde se suponía que teníais que hacerlo? Porque si le sumas un hotel, la cosa terminaría en una tarifa de puta de lujo.
Marta respiraba cada vez más agitada y el pajeo de mi polla aumentaba en velocidad.
—Lo curioso es lo que se le ocurrió a tu linda hermana.
—No me digas más, ella quería hacer el trío… Dime que te las has follado a las dos, por favor, Fran… dímelo, por tu padre…
—Ni de coña… —repliqué—. Lo que tu hermana quería es que yo follara con Regina, su seudónimo profesional, y ella mirar mientras tanto.
—Joder, pues más o menos lo que yo te digo. Era una buena oportunidad. Empiezas con la puta Regina y Ana se va calentando… De pronto, te lanzas por sorpresa hacia ella y la empotras contra el armario sin que se queje ni media. Si me dices que esta noche no te la has terminado de follar, me voy a empezar a mosquear. No sé si estás conmigo o contra mí. Tienes que follártela sea como sea. Si no… todo el esfuerzo será para nada.
—Vale, vale… lo recuerdo… —asentí—. Aunque esta noche no ha pasado nada de eso, deja que te siga contando.
—Joder… Está bien, te escucho…
—Ana insistía en que ella quería mirar como la follaba, que eso le hacía mucha gracia. Yo le decía que no, que trescientos pavos era mucha pasta. Regina nos miraba sin parpadear, se veía que se lo estaba pasando en grande, aunque no fuera a captarnos como clientes. ¿Y qué va y suelta de repente tu querida hermana?
—¿Qué…? —Marta me miraba lasciva.
—Pues que ella me lo pagaba. Que por dinero que no fuera…
—¡Joder! Tenía que estar bien caliente mi hermanita…
—Ya te digo…
Apretó más mi pene con los dedos y preguntó ansiosa.
—¿Pero al final… nada…?
—Ya te he dicho que no, que me negué. La chica era muy limpia y todo eso, pero yo no soy de pagar para arriesgarme a que me peguen algo. Ni de pagar, en general. Total, que tiré de Ana y dejamos a Regina divertida, pero sin clientes.
»Tu hermana puso morritos de disgusto, pero enseguida se olvidó del asunto. Seguimos buscando un garito y al fin encontramos uno que nos agradó a los dos. Entramos y pedimos dos copas. Y luego otras dos. Y luego otras. Total, tres copas por cabeza de esa mierda de garrafón que dan en esos sitios.
—¿Y ya está?
—Qué va. La cosa no queda ahí. A tu hermana las copas le han debido de sentar fatal.
—¿Y eso…?
—Pues, verás… Resulta que se fue al baño y, mientras volvía, una tía me entró. Solo quería sacarme una copa, lo típico. No es la primera vez que me pasa, ya te he contado alguna de ellas. Pero en este caso la chica era demasiado joven, tal vez menor, y se la veía borracha, así que le dije que se buscara a otro pardillo. Cuando Ana volvió del baño, la chica aún insistía en lo de la copa, y hasta se había sentado sobre mis piernas.
»Y, en fin, Ana resolvió el asunto de la manera en que mejor sabe hacerlo. Se hizo la sueca, como si no me conociera… Apartó a la chica de mis piernas, tirándole de un brazo. Luego se sentó en el lugar que había dejado vacío la chiquilla y empezó a fingir que me besuqueaba el cuello.
—Joder… ¿y tú que hiciste?
—Pues dejarme besuquear, por supuesto… Era la mejor manera de espantar a la borracha. Cuando por fin Ana dejó el tonteo, me pidió que la invitara a una copa. Lo dijo en alto, para que la mocosa lo oyera. La chica la miraba alucinada. Por supuesto, yo le dije que sí y pedí al camarero otro gin tonic. Ana miró a la borracha y le guiñó un ojo. Luego, con un par, va y le suelta: «hay que saber hacerlo, jovencita, no basta con tener dos tetas, hay que saber usarlas».
Marta soltó una carcajada.
—No me jodas… —dijo complacida—, genio y figura…
Escruté la mirada de Marta. Había algo en su frase que demostraba todo lo contrario de lo que me hacía creer en relación a su hermana.
—Se te ve muy orgullosa con Ana, ¿no?
—No sé, lo normal… —replicó, mosqueada—. ¿Por qué lo dices?
—Lo digo porque se supone que estás muy cabreada con ella y pretendes que me la folle para darle una lección. Pero, cuando te cuento cosas sobre ella, te brillan los ojos como si te inflaras de orgullo.
Marta tragó saliva.
—Anda, venga, no digas bobadas y sigue contándome… ¿hubo algo más?
Dejé pasar la nube de tormenta y seguí relatando.
—Al parecer, Ana se había calentado bastante con la escenita del teatro y con el rollo de Regina. Porque mientras bebíamos y charlábamos, me dio una patadita por debajo de la mesa y llamó mi atención sobre su entrepierna. Ni en cien años adivinarías lo que pasaba allí.
—Joder… ¡suéltalo de una vez!
—Ana se estaba pajeando delante de mí… y de todo aquel que quisiera verla.
—¡No jodas! ¿Tan descarado era?
—Ya te digo… No es que se viera desde cualquier posición, pero había un ángulo desde el que era imposible no verla. De hecho, había tres chicas en una mesa cercana que se dieron cuenta y la miraban riendo.
—¿Ana no decía nada?
—Nada en absoluto.
—¿Y qué hacía?
—Pues se tocaba con los dedos por encima de la falda, me miraba con los ojos entornados y de vez en cuando me daba una patadita para que no me perdiera detalle.
—Joooder… Me dejas alucinada. ¿Llegó a correrse delante de todo el mundo?
—No, que va, mucho peor. Cuando se notó a punto, se excusó y me dijo que se iba al baño a terminar.
—¡Ostrás…!
—Pero lo peor de todo es que había tres tíos que la habían visto y sabían a lo que iba… Y los muy hijos de puta se fueron tras ella.
—¡No te creo…!
—Ya te digo. Tuve que correr detrás de ellos. Ana había entrado en el baño de las chicas, que se hallaba vacío, y había dejado la puerta abierta. Luego se metió en un cubículo y empezó a pajearse para terminar la faena.
—¡Me cago en la leche! ¿Conseguiste llegar a tiempo?
—Mas o menos… Cuando llegué, los tres estaban junto al cubículo y daban golpes en la puerta. Ana daba gritos, como si estuviera a punto de correrse. Luego comprendí que era todo fingido, pero en ese momento… Me fui hacia ellos y empecé a apartarlos de allí. Casi me hostian, los cabrones. Cualquiera los apartaba con lo calientes que los había puesto tu hermana.
—¿Cómo conseguiste librarte de ellos? Porque espero que lo hicieras…
—No fui yo, fue la misma Ana. De pronto, abrió la puerta y apareció tan fresca, como si nunca hubiera roto un plato. Se reía a carcajadas. Los chicos casi se la echan encima, pero ella los apartó a empujones y al más chulito le arreó una hostia que sonó en todo el bar. «No toques, payaso» le soltó cuando intentó echarle mano al culo. El tío se quedó tan parado que aproveché para llevármela y sacarla a la calle.
»Ana se estuvo riendo todo el camino de vuelta a casa. Cuando volvíamos en el taxi, sin embargo, se quedó callada, pensativa. Nos sentamos en el parque de enfrente y estuvimos hablando de todo lo que había pasado aquella noche. Llegó a dar un par de arcadas y a vomitar parte de lo ingerido. Ya ves, con lo divertida que parecía, llegó incluso a llorar sobre mi hombro por lo que le habían hecho a Marisa.
—¿Lo dices en serio…?
—Totalmente en serio…
—Debió de ser el bajón del alcohol…
—Seguro… Y, ¿cómo crees que podría follarme a tu hermana en semejantes circunstancias? Si es un pedazo de pan, la pobre… Estoy convencido de que si lo llego a intentar, la hostia que me suelta es como la que le ha dado al gilipollas del bar, pero elevada al cubo.
Terminé allí mi relato. Marta me miraba pensativa. No había mucho más que decir, solo lo que estaba pasando en mi entrepierna, con aquella erección que ella misma había provocado.
—¿Quieres que te la termine?
—Sí, por favor… —rogué.
Marta consiguió que me corriese en menos de cinco minutos y, tras lavarme en el baño, nos dimos un beso de buenas noches y cada uno se volvió hacia su lado.
—Otra oportunidad perdida, qué se le va a hacer… —murmuró entre dientes antes de quedarse dormida.
*
Extracto del diario de Ana
Buenas noches, querido diario. Hoy he hecho una de las mayores estupideces de mi vida: me he emborrachado y he quedado en ridículo delante de Fran, el último hombre sobre la tierra al que quisiera defraudar.
Todo ha empezado con una función de teatro erótica que ha resultado ser una escena de violación múltiple. Hemos asistido Fran y yo como otras noches de cita entre los dos. Y los dos nos hemos sentido fatal ante tan horrible espectáculo.
Sin embargo, el morbo me ha llegado tan dentro que me he puesto terriblemente cachonda. La humedad en mis braguitas era enorme, y he tenido que limpiarme de forma disimulada algunas gotas de flujo que corrían por mis piernas.
Hasta ahí la cosa no iba muy bien, pero ha empeorado cuando me he empeñado que Fran se acostara con una chica que nos ha salido al paso. Era una estudiante que practica el sexo por dinero de forma esporádica y que se nos ha ofrecido por la calle para hacer un trío o lo que quisiéramos. Fran se ha negado de todas las maneras posibles, pero yo he insistido tanto que hasta le he ofrecido pagarle la tarifa de la chica. ¡Por dios, qué vergüenza! Pero es que me apetecía mucho verles follando, te lo aseguro, fíjate lo caliente que iba.
Más tarde hemos tomado varias copas en un pub y, sumando el calentón al alcohol, se me ha ido la pinza y he terminado masturbándome delante de él y de otras personas. Al final, el asunto se me ha ido de las manos y se ha montado un buen lío en los lavabos de señoras cuando varios tíos han intentado ayudar a la pobre «perra en celo» a calmar sus ardores. Menos mal que Fran ha llegado a tiempo que, si no, la cosa habría podido acabar realmente mal.
Al final, he terminado vomitando y llorando en su hombro en el parque que hay enfrente de casa. Menos mal que mi cuñado es tan bueno y cariñoso conmigo. Creo que no se ha enfadado mucho y que no se ha tomado a mal todas mis estupideces, asumiendo que nos han debido de dar alcohol de garrafón.
Es lo que siempre te digo, diario: Fran es un cielo y yo cada vez me siento más unida a él. Espero que Marta no se entere, pero poco a poco me noto con menos fuerzas de seguirle el juego que se trae contra su marido.
Dame fuerzas, querido diario, las voy a necesitar. Buenas noches.
.
Continuará...
Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se publicó con el título HERMANA INTERCAMBIADA. (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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