Esposos cornudos 1 (Capítulo 11)
Desde la oscuridad de la terraza, el voyeurismo se vuelve insostenible cuando la esposa juega con el deseo de dos hombres. Uno espera una respuesta, el otro ya ha decidido tomar lo que quiere. La línea entre la fantasía y la invasión se desdibuja en cada mensaje enviado.
CAPÍTULO 11
Daniel farfullaba algo mientras yo me acercaba. Se mantenía a oscuras y ligeramente encorvado. Me coloqué tras él para ver yo también a aquella vecina exhibicionista que era mi mujer. Antes de alzar la mirada me atacó un olor fuerte; el olor corporal de Daniel: denso, cargado, peculiar. Después sí me asomé:
Había razones para las protestas de mi compañero de vigilancia. Aquello era un exceso. Un castigo. A veces las mujeres no son conscientes de su poder. Creen saberlo, pero no lo saben. Solo los hombres sabemos que ciertas provocaciones trascienden el juego del galanteo y alcanzan el dictamen de injusticia.
—Hija de puta… —mascullaba Daniel mientras ambos veíamos cómo Carolina, vestida con un mínimo camisón blanco, flotaba por la terraza.
Muslos. Culo. Pechos… Aquella vaporosa seda blanca apenas cubría nada. Era solo un velo tramposo. Se adivinaban unas tetas contundentes a pesar de la distancia. Se avistaba un culo elevado y potente a pesar de los metros intermedios. Daniel había estado acertado en su narración.
Yo tragué saliva. Otra vez aquella sensación fugaz de estar viendo a una vecina calientapollas y no a mi mujer. Otra vez la capacidad de sentir lo que sentía Daniel durante unos instantes.
—… Camisoncito… pero pelo seco. ¿No te lavas la melenita hoy…? Serás cerdita… —farfullaba Daniel para sí, con todos aquellos diminutivos enfermizos.
Volvió a fumar. El segundo o tercero de la noche. La pose. El humo. La exhalación. El movimiento de melena. Su posición, apoyada contra la barandilla. Sus tetas discurriendo libres y fluyendo por el camisón. Había relieve. Curvas por todas partes. Era un escándalo. Ella no miraba en nuestra dirección, pero era evidente la pantomima. Todo formaba parte de su sorpresa. Ella acumulaba situaciones y sensaciones para después contármelas. Estaba plenamente convencido. Creía absolutamente en ella.
Aquella sensualidad suprema contrastó con un Daniel que se apartaba de su puesto de control, retiraba la mano del interior de sus pantalones… para inmediatamente después llevar aquella mano a su nariz y oler de sus dedos con tímido disimulo; seguramente ajeno al hecho de que yo sabía dónde había tenido la mano.
Me aparté también de la barandilla y tras ver la sucia operación de Daniel escuché cómo decía en voz baja:
—No puedo más, tío. Le voy a escribir.
Hablaba realmente afectado. Mi mujer lo había destrozado con su última exhibición.
Lo vi teclear en su teléfono y enseguida se asomó otra vez. Y con ocultación, como el corredor de relevos que pasa el testigo al compañero que viene desde atrás, me ofreció su teléfono para que yo leyera lo que le acababa de escribir a mi mujer. Afortunadamente lo hizo con su mano “limpia”.
Cogí su móvil mientras me asomaba. Carolina parecía haber escuchado la notificación de su mensaje. Se daba la vuelta y salía de la terraza para volver a la barra de la cocina dónde estaba su teléfono. Yo giraba mi mano para leer de la pantalla de Daniel. Mi mujer y yo leímos a la vez:
—¿Y si lo pasamos para esta noche?
Alcé la mirada. Mi mujer seguía leyendo. O al menos mantenía los ojos en su teléfono. Daba la impresión de dudar.
—Trae —dijo entonces Daniel y yo le devolví su teléfono.
Carolina parecía un ángel con el camisón blanco y su media melena rubia y brillante iluminada por la luz de nuestra cocina.
—Vamos cabrona, responde —susurró Daniel y pudimos ver cómo ella por fin tecleaba.
Mis nervios me asfixiaban. La situación era morbosa pero a la vez desagradable. Ella no podría ni imaginar la suciedad que emanaba de los ojos de Daniel. Ni sus enfermizas frases sobre ella.
—Venga, coño… —se impacientaba aquel gigante que movía una de sus piernas en un tembleque nervioso y rítmico. Miraba compulsivamente su teléfono. La pantalla y a mi mujer. La pantalla y a mi mujer.
Y entonces el bolsillo de mi pantalón vibró. Y me retiré disimuladamente. Cogí mi teléfono. Me había escrito a mí. Aquel tecleo no había sido para el obsceno Daniel sino para mí.
Dándole la espalda a aquel cretino, y ciertamente tenso, leí:
—A ver, Rafa, entonces qué. ¿Sigues liado? ¿Me llamas ya o me acuesto?
Dudé. Me volteé. Vi a Daniel con su tembleque. Enorme. Ansioso. Como un lobo hambriento.
La curiosidad por saber cuál sería el siguiente paso de Carolina si yo no intercedía era superior a mí.
Me giré otra vez. Le di la espalda a Daniel. Y con mis manos temblorosas tecleé:
—Acuéstate mejor. Hablamos mañana.
No me volví a asomar. No la veía. Veía solo la espalda de Daniel. Y ambos mirábamos nuestros teléfonos. Ambos ansiábamos respuesta de la misma persona.
Estaba seguro de que Carolina, de manera más o menos formal, de manera más o menos cariñosa, me contestaría, me escribiría algo, pero el teléfono que se iluminó fue el de él.
Tan pronto vio luz en su pantalla se retiró de su puesto de vigía para leerlo con calma.
A mi lado. Leyó en silencio. Y de golpe giró su aparato para que yo pudiera leerlo.
Y de pie, junto a él, con mi corazón en un puño, leí en la oscuridad de aquella terraza:
—Si quedamos esta noche ya no quedamos mañana. Elige.
Esperaba una mueca de satisfacción. Una sonrisa pletórica. Se veía cómo su ansia le devoraba.
Sin embargo, dijo con extrema seriedad:
—¿Sabes qué voy a hacer? Voy a ir a su casa.
—¿A su casa? ¿Cuando? —susurré sorprendido y angustiado.
—Sí. Sí. Pues ahora, coño. ¿Cuándo va a ser? Voy a ver qué pasa.
Yo no era capaz de reaccionar. Respiraba agitadamente mientras veía cómo de las expresiones de su rostro se desprendía que tramaba más y más.
Volvió entonces a mirar su teléfono y dijo a toda velocidad:
—Tienes tus cosas en el dormitorio del pasillo. Acábate la cerveza y tira de la puerta. Espera… a ver… —dijo y su dedo subía y bajaba por la pantalla de su móvil—. ¿Tú número sigue siendo el que empieza por seis, veinte, setenta y cinco?
—Sí, ¿pero qué vas a hacer? —alcancé a preguntar. Siempre intentando disimular un nerviosismo que me mataba.
—No sé. Yo improviso. Igual hasta nos ves desde aquí. Pero tú no enciendas la luz, eh.
—No… No… —contesté mientras él ya se marchaba.
Escuché enseguida la puerta de la casa abrirse y cerrarse.
Y me quedé allí. Solo en aquella casa. Sin tener ni idea de qué sería capaz de intentar aquel hombre imprevisible, ni de hasta dónde le permitiría llegar mi mujer.
Y entonces mi teléfono vibró. Carolina me había escrito.
Y leí:
—Vale, pero antes de dormirte avísame, por favor.
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