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El inicio de una pareja 16

Ana regresa de un viaje con el cuerpo marcado por el placer y la mente llena de secretos. Su esposo, lejos de celar, la anima a explorar y propone un plan que desafía los límites del matrimonio: que otro hombre la folle mientras él observa. La tensión crece en cada encuentro, desde la suite de hotel hasta el asiento trasero de una camioneta nueva, donde el deseo se vuelve un juego de poder y sumi.

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Ana llegó a casa esa tarde de lunes, de Querétaro aún fresco en su mente como un sueño que se niega a disiparse, su maleta rodando por el pasillo con un rumor suave que parecía ecoar los suspiros de la noche anterior. Ricardo la esperaba en la sala, con una copa de vino en la mano y esa sonrisa cómplice que siempre avivaba el fuego entre ellos. Apenas cerró la puerta, ella se acercó con un andar felino, quitándose los tacones y dejando caer su chaqueta al suelo, revelando el vestido azul noche ahora arrugado como un mapa de placeres explorados. "Amor... no imaginas lo que viví", murmuró, sentándose a horcajadas sobre él, sus labios rozando su oreja mientras sus manos bajaban por su pecho.

Ricardo la abrazó por la cintura, sintiendo el calor residual de su cuerpo: "Cuéntame todo, hotwife... pero solo lo más morboso. Quiero alardear contigo de lo que disfrutaste". Ana sonrió pícara, sus dedos desabrochando su camisa con lentitud deliberada, como si reviviera cada toque. "Aldo tenía tanto deseo contenido... como un volcán reprimido por años, amor. Me besó en el lobby con urgencia, su mano en mi espalda baja presionando como si quisiera fundirme contra él. En la suite, me desvistió como un regalo prohibido, sus dedos temblando al bajar el cierre de mi vestido, rozando mi piel hasta que sentí su aliento caliente en mi cuello, explorando como un navegante en mares desconocidos. Me hizo suya con embestidas que parecían desquitar toda esa contención, profundo y rítmico, como un río desbordándose en canales que no sabía que existían, amor ese hombre me hizo gozar, me encanto que aguante un tamaño perfecto, le permite entrar por donde quizo".

Ricardo gruñó, sus manos subiendo por sus muslos, excitado por el relato: "Joder, Ana... y todo lo desquitó contigo, ¿eh? El viejo reprimido encontrando su oasis en mi mujer". Ella rió jocosa, mordiendo su labio inferior mientras ondulaba contra él: "Sí, amor... me disfrutó como si fuera su última cena, explorando cada rincón con una hambre que me hacía sentir poderosa, como una diosa que libera sus demonios. Me penetró en la cama, las sábanas arrugándose bajo nosotros como olas en tormenta, y luego en la ducha, el agua caliente corriendo por nuestros cuerpos mientras me tomaba contra la pared, sus manos grandes apretando mis curvas como si no quisiera soltar. Y en la mañana, despertándome con besos descendentes, posesionándome de nuevo en posiciones que me hacían temblar, como un remolino que nos arrastraba a ambos. Lo disfruté tanto... me sentía como una zorra de lujo, alardeando de cada gemido que le arrancaba".

Ricardo, ya duro bajo ella, la besó con posesión: "Me excitas tanto con esto... mi poderosa y cachonda hotwife, desquitando deseos ajenos para volver a mí". La noche se volvió su propio remolino, con Ana guiando el ritmo, lo disfrute pero a ti, at ti te amo, reviviendo los detalles morbosos en susurros que avivaban su unióy su morbo los cosplay fueron un detalle morboso, los mas mustios son los mas pervertidos.,

Ana, aún con el eco de Querétaro resonando en su cuerpo como un susurro persistente, volvió a la rutina universitaria esa semana con un brillo innegable —una luminosidad en su piel, un swing en su paso que hacía que las cabezas giraran en los pasillos. El martes, Eduardo llamó a Ricardo eufórico: "Hermano, cerramos un deal en el consorcio... excelentes noticias de participación. Gracias a las ideas de Ana, tengo un asiento en la mesa directiva. ¡Es un salto enorme!". Ricardo, en su oficina entre clases, respondió con una risa cómplice: "¡Felicidades, amigo! Ana merece un bono extra por eso... saber lo que te hizo ganar, joder, es como si ella fuera la clave de tu éxito". Eduardo, aún en la euforia, confesó: "Sí, y me hace desearla más... ese viejo Aldo no sabe lo que desató. Pero gracias a ti por compartirla, hermano". Ricardo: "Es mutuo... cuéntame si surge algo más con él".

Eduardo no perdió tiempo: mandó un WhatsApp a Ana esa misma tarde, jocosos y rememorantes: "Bella Ana, gracias por el 'empuje' en Querétaro... me ganaste un asiento en la directiva. Recuerdo cómo me 'posicionabas' en mis consultorías... ¿repetimos pronto? 😉". Ana, en su cubículo, rió pícaro y respondió: "Felicidades, Eduardo... pero no seas tan rememorante, o me distraes de mis clases. Quizás pronto... si te portas bien". Ese intercambio, compartido con Ricardo esa noche, avivó su pasión: "Mira cómo te desea aún... me pone celoso, pero caliente", murmuraba él mientras la besaba, llevando a una sesión donde Ana ondulaba sobre él, susurrando: "Sí... y saber que Aldo también me quiere me hace sentir como un imán".

El miércoles, Ana y Shantal fueron juntas a entregar un informe a Manuel en su oficina —un resumen de proyectos de posgrado de una semana antes. Manuel, detrás de su escritorio, las recibió con una sonrisa que no disimulaba su excitación: sus ojos recorriendo sus figuras como un escáner sutil, demorándose en el escote de Shantal y las caderas de Ana marcadas por su falda lápiz. "Excelente trabajo, señoras... su colaboración es... estimulante", dijo, su voz un poco más ronca, ajustando su corbata como si el aire se hubiera espesado. Todos en la facultad notaban el brillo extra de Ana esa semana —compañeros comentando en pasillos: "Ana luce radiante... ¿nuevo amor o qué?"—, y Manuel no era excepción, sus miradas prolongadas durante la entrega del informe cargadas de un deseo barely contenido.

Esa misma tarde, en un café rápido post-entrega, Ana le comentó a Shantal: "Qué revolcadota con Aldo... ofido, qué rico, amiga. Me dejó temblando". Shantal, con una risa maliciosa, se inclinó: "¡Por eso estás excitando a todo mundo alrededor! Hasta a mí... cuéntame, ¿tamaño impresionante?". Ana, pícaro: "Sí, y resistencia de toro... me tuvo toda la noche explorando como si fuera su última aventura". Shantal: "Qué envidia... si requieres ayuda, yo voy a Querétaro, amiga. Dos consultoras contra un viejo guapo... imagínalo". Ana rió: "Eres una tentadora... quizás".

Ricardo, en una de esas ve cómo Manuel babea por su esposa durante una junta departamental —el director ajustando sus gafas para mirarla fijamente mientras ella exponía, su expresión como un lobo disfrazado de cordero. Ricardo trata de disimular su diversión, pero termina acercándose a Manuel al final: "Buena junta, director... Ana siempre impresiona, ¿no?". Manuel, disculpándose con una risa nerviosa, invita a Ricardo a una cantina cercana esa tarde: "Vamos por una cerveza... necesito desahogarme". En la cantina, entre tragos de tequila, Manuel confiesa: "Ricardo, discúlpame, pero me encanta tu esposa... es inteligente, hermosa, irradia algo que me distrae. No es mi intención ofender". Ricardo, jocoso pero sutil: "Tranquilo, Manuel... Ana tiene ese efecto. Agradezco la honestidad, pero es mía... aunque entiendo el atractivo".

Aldo, ansioso por más, propone ir a CDMX para que Ana se dé una escapada: un WhatsApp a ella: "Necesito discutir avances... vengo a CDMX la próxima semana. ¿Cena y 'consultoría' privada?". Ana, excitada, informa a Ricardo: "Aldo quiere venir... ¿lo invito?". Él: "Sí, amor... hagámoslo sutil, como un juego que nos enciende". La propuesta cuelga como una promesa, avivando su semana con más noches de pasión.

Una semana de espera se extendió como un velo de anticipación que cubría cada momento, haciendo que el tiempo se sintiera como un roce lento y deliberado sobre la piel. Chantal, siempre la instigadora con su rubia cabellera cayendo en ondas rebeldes, no perdía ocasión para comentarios pícaros durante sus pláticas en la universidad —el lunes, en el pasillo entre clases, se acercó a Ana con una sonrisa maliciosa, su vestido ajustado realzando sus curvas como un secreto a voces: "Amiga, ¿ya sientes el hormigueo por ese Aldo? Ese viejo guapo debe estar contando las horas para 'discutir conceptos' contigo... yo sí eh, lo imagino quitándote la blusa botón por botón, explorando con dedos que saben lo que quieren. ¿Le vas a dar una probadita en CDMX?". Ana rió, ajustando su falda lápiz que se ceñía a sus muslos como una caricia prohibida, sintiendo un calor subir por su vientre: "Eres una diablita... pero sí, me tienta. Lo haré desear, como un caramelo que se derrite en la boca, pero solo si muerde primero". Chantal guiñó, rozando su brazo: "Hazlo sufrir un poco... y cuéntame si sabe a experiencia madura".

Los coqueteos de Manuel no se hicieron esperar, como un viento cálido que roza la nuca. El martes, en una reunión de departamento, se acercó a Ana con su paso firme, su calva reluciendo bajo las luces y su complexión atlética tensa bajo la camisa: "Ana, tu informe fue como un soplo de frescura... y ese collar, resalta tu cuello de una forma que distrae". Sus ojos se demoraron en el valle sutil de su escote, un toque visual que la hizo sentir expuesta como una flor abriéndose. Ella respondió con una sonrisa coqueta, inclinándose ligeramente para que su perfume lo envolviera: "Gracias, Manuel... pero cuidado, no se distraiga demasiado, o tendré que 'corregirlo'". Él rió bajo, su mano rozando la de ella al pasar un papel: "Quizás necesite esa corrección... en privado".

En clase de Ricardo el miércoles, un par de alumnos —jóvenes de posgrado, con miradas ávidas y camisas ajustadas que marcaban sus torsos incipientes— se acercaron a Ana al final, super interesados: "Profesora, su explicación sobre flujos adaptativos fue iluminadora... y luce usted... inspiradora hoy". Sus ojos trazaban su blusa entallada, que se pegaba a sus senos como una segunda piel, y ella notó el rubor en sus mejillas, sintiendo un morbo sutil: "Gracias, chicos... sigan atentos, y quizás les dé un 'extra' en la próxima clase". Ricardo, desde su escritorio, vio la escena y pensó: Mi mujer, atrayendo como un imán... me pone a hervir.

Por fin llegó Aldo el jueves, aterrizando en CDMX con el pretexto de "reuniones estratégicas". Ana ya tenía su plan trazado: esa mañana, besando a Ricardo en la cocina mientras sus manos exploraban su trasero bajo el pijama corto, le informó con un susurro excitante: "Aldo llega hoy... le diré que voy a visitar a mi mamá por la noche, para quedarme con él. ¿Te excita imaginarlo?". Ricardo gruñó, apretándola contra la encimera: "Mucho... hazlo desearte, amor, y vuelve con detalles que me hagan reclamar cada centímetro tuyo". Pero el pretexto que le dio a Ricardo fue otro —visitar a una amiga en apuros emocionales, una excusa inocente que justificaba su ausencia toda la noche, dejando a su esposo con la imaginación ardiendo.

La tarde fluyó en un encuentro "casual" en un café del centro, pero Ana lo sedujo con sutileza: "Aldo, qué coincidencia... ¿cenamos para sellar ideas?". Él mordió, y la salida a bailar en un club íntimo con luces bajas y música que pulsaba como un corazón acelerado fue el preludio. Ana, en un vestido negro ceñido que se adhería a su piel como una sombra lujuriosa, escote que invitaba a miradas profundas y dobladillo que rozaba sus muslos al moverse, bailaba pegada a él, sus nalgas redondas presionando contra su entrepierna con cada ondulación, como un roce que prometía tormentas. "Eres un peligro andante... me tientas como una fruta madura", murmuraba Aldo, sus manos en su cintura bajando a apretar su trasero con dedos que se hundían en la carne suave, sintiendo la textura del vestido contra su palma. Besos empezaron suaves en la pista —labios rozando como un susurro accidental—, escalando a fajes intensos en un rincón sombreado: su lengua explorando su boca con hambre contenida, manos subiendo por sus muslos bajo el vestido, dedos rozando la tanga húmeda como un secreto empapado. "Ana, me enloqueces... vámonos ya", jadeó él, su erección presionando contra ella como un hierro caliente.

En la suite —sábanas de satén blanco esperando como un lienzo virgen—, los 4 asaltos fueron un carrusel jocoso y sensual, con diferentes prendas que avivaban sensaciones como texturas que se funden en la piel. Primero, sin disfraces: Aldo la desvistió despacio, sus dedos grandes recorriendo la cremallera del vestido negro como un explorador en un valle oculto, bajándolo para revelar su lencería negra de encaje que se ceñía como una red de secretos. "Eres un banquete prohibido... déjame devorarte", murmuraba él, besando su cuello con labios que bajaban por su clavícula, sus palmas explorando sus senos pequeños pero firmes, pellizcando pezones como perlas endurecidas bajo la marea del deseo. Ana jadeó, abriendo las piernas con un susurro: "Cógeme... entra en mí, te quiero dentro". Él penetró como un río entrando en un estuario cálido, embestidas lentas que se volvían crudas, sus cuerpos chocando con sonidos húmedos como olas en la orilla. "Hazme tuya... disfrútame por donde quieras", gritaba ella en cuatro, arqueando la espalda mientras él exploraba profundidades como un minero en vetas ricas, sensaciones de piel contra piel como seda rasgándose.

Segundo asalto: con el disfraz de azafata azul marino —minifalda ajustada que se subía al sentarse, blusa con cierre al frente desabrochada botón por botón por sus manos temblorosas, medias de red que raspaban contra su piel como un cosquilleo eléctrico. "Capitana, me tienes en vuelo... grita mi nombre", bromeaba él jocoso, penetrándola encima de él, sus nalgas rebotando contra sus muslos con la tela de la falda frotando como un susurro áspero. Ana, ondulando: "Cógeme más alto... entra en mí profundo", sensaciones de encaje y nailon contra carne caliente como un velo que se rasga en pasión.

Tercer asalto: disfraz de enfermera —delantal blanco corto que apenas cubría, estetoscopio colgando entre sus senos. Ella lo "examinó" sentada encima, cabalgándolo con ritmo que hacía rebotar sus nalgas contra sus muslos, la tela del delantal frotando contra su pecho como un susurro juguetón. "Doctor, su pulso está acelerado... cógeme hasta curarme", reía ella jocosa. Él, girándola para embestir desde atrás: "Eres mi medicina... grita por más". Ana, abriendo las piernas en misionero después: "Cógeme fuerte... sí!", sensaciones de tela húmeda pegándose como una segunda piel.

Cuarto asalto: desnudos al fin, en la ducha primero —agua caliente cayendo como lluvia erótica, sus cuerpos resbalosos explorando texturas jabonosas, embestidas contra la pared como un torrente imparable, el comiendole el vientra una y otra vez, el quiere ahcerla disfrutar, ella en agradecimiento se sujete de las llaves para el desde atras la embista ahora, esa entrada se convirte en su adiccion su tamaño y es absovido entra las nalgas de Ana que en la lluvia gime y grita Aldo, que rico Aldo dame duro Aldooo disfrutame sigue dentro de mí, no pares —, luego en las sábanas arrugadas, ella en los brazos de el es depositada ella traviesa lo mira que se pone en 4 moviendo esas nalgas que son su obsesión, posiciones fluidas: ella en cuatro gritando "Cógeme... más profundo!", él respondiendo con embestidas que la llenaban como un océano desbordado. La noche terminó a las 3, exhaustos en un enredo de sábanas, pero con risas jocosas: "Eres tremendo Aldo, que sientes cogerme asi y darle la mano a mi esposo....... responde el eres adictiva", murmuraba él. Ana: "Y tú un incansable cuento tiempo tenias guardadas esas ganas... besos y arrumacos hasta dormir".

Al amanecer, más placeres: Aldo besando su vientre para un intercambio mutuo, luego pidiéndole vestirse para desvestirla de nuevo, poseyéndola con pasión renovada. Una vez más en la ducha, comentarios jocosos: "Me lavas como un lienzo... pero me manchas con tu fuego, y me lavas otra vez", reía Ana mientras el agua corría. Aldo, viviendo un sueño —nunca había tenido tanto sexo, ni disfrutado tanto, como un rejuvenecido por néctar prohibido—, respondía: "Mejor manchado contigo que puro solo... pasa el jabón, o te 'purifico' de nuevo aquí mismo". Fueron muchas sesiones esa mañana, culminando en éxtasis compartidos.

Ana tomó desayuno con Aldo, pícaro: "Mejor me voy, o nos quedamos dos días más en tu suite... ¿y cómo le explico a mi esposo?". Él rió: "Dile que fue 'negocios intensos'... regresa pronto lo besa ella y se va moviendo esas caderas". Ella partió, el morbo como un secreto cálido.

Las semanas siguientes transcurrieron con una tensión deliciosa. Eduardo citó a Ricardo un jueves por la tarde en su casa, pero específicamente le pidió que Ana no estuviera. A Ricardo le pareció extraño, pero aceptó. Cuando llegó, Eduardo lo recibió con una cerveza fría y una sonrisa nerviosa.

—Hermano, quiero retribuirte todo lo que Ana hizo por mi empresa —dijo Eduardo directamente—. Te ofrezco una participación generosa en el consorcio: 12% de las acciones nuevas. Y también… quiero cambiarle la camioneta a Ana. La tuya ya está bien, pero siempre es bueno subir de nivel.

Ricardo se quedó callado un segundo. Por dentro, un pensamiento muy morboso le cruzó la mente como un rayo:

*Si acepto el cambio… cuando Eduardo entregue la camioneta nueva, será el momento perfecto. Ana subiéndose, probándola… yo ahí mirando cómo él la toma por primera vez en el asiento de atrás. Qué puta morbo.*

Sonrió y respondió con calma:

—Eduardo, me parece excelente. Pero tengo una condición… y un plan. Cuando entregues la camioneta, quiero que sea en la agencia. Ana va a ir vestida para la ocasión: vestido corto negro ajustado, sin brasier, tanga roja de encaje y tacones altos. Tú le entregas las llaves, la dejas probar el asiento del conductor… y luego le dices que pase atrás “para ver el espacio”. Yo estaré ahí, fingiendo revisar papeles. Quiero ver cómo la coges en la camioneta nueva, mientras yo miro.

Eduardo se quedó callado un segundo, luego soltó una risa baja y excitada:

—Joder, Ricardo… estás más cabrón que yo. Me gusta el plan. Hecho.

Esa misma semana, los mensajes con Manuel también subieron de tono. En la facultad, Manuel no dejaba de piropear a Ana y a Chantal. Un día, en la sala de profesores, le dijo a Ricardo con una cerveza en la mano:

—Ricardo, te lo digo de frente y sin rodeos… tu esposa está espectacular últimamente. Esa forma de caminar, esa sonrisa… me tiene distraído. Y Chantal igual, pero Ana… carajo, tiene algo que me vuelve loco.

Ricardo, ya más confiado, sonrió y respondió:

—Manuel, te entiendo perfectamente. Ana tiene ese efecto. ¿Sabes qué? Algún día podríamos salir los cuatro… tú, yo, Ana y Chantal. A ver qué pasa.

Manuel levantó una ceja, claramente excitado por la idea.

El jueves por la tarde llegó el día. Ana se vistió exactamente como Ricardo le pidió: un vestido negro corto, ceñido, que marcaba sus caderas y su trasero de forma escandalosa. Sin brasier, solo la tela fina rozando sus senos pequeños. Tanga roja de encaje y tacones negros. Se miró al espejo y sonrió.

—Estás muy puta hoy, amor —le dijo Ricardo, besándola fuerte—. Disfrútalo.

En la agencia, Eduardo los esperaba junto a la camioneta nueva: una Toyota Highlander negra, brillante, asientos de cuero beige. Ana bajó del auto de Ricardo con elegancia, el vestido subiéndose ligeramente al caminar. Eduardo le entregó las llaves con una sonrisa.

—Para ti, Ana. Pruébala.

Ana se sentó al volante, emocionada. Ricardo, desde el asiento del copiloto, dijo:

—Amor, déjame manejar un rato para sentirla. Tú pásate atrás con Eduardo, que te explique mejor las funciones.

Ana sonrió con picardía y pasó al asiento trasero. Eduardo la siguió. Apenas Ricardo arrancó y salió de la agencia, el ambiente cambió.

En el asiento de atrás, Eduardo no perdió tiempo. Sus manos grandes subieron por los muslos de Ana, levantando el vestido negro hasta la cintura. La tanga roja quedó expuesta. Ana abrió las piernas lentamente, mirándolo con ojos lujuriosos.

—Eduardo… cógeme —susurró.

Él bajó la tanga con un dedo, la dejó colgando en un tobillo y la penetró de un solo movimiento profundo. Ana soltó un gemido largo:

—¡Sí! Entra en mí… te quiero dentro… cógeme fuerte.

Ricardo ajustó el retrovisor para ver todo mientras manejaba. Eduardo embestía con fuerza, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la camioneta. Ana se puso en cuatro sobre el asiento, el vestido negro arrugado en la cintura, sus nalgas redondas expuestas.

—¡Cógeme! —gritó—. ¡Hazme tuya! ¡Disfrútame por donde quieras!

Eduardo la tomó de las caderas y la penetró más profundo, gruñendo:

—Joder, Ana… qué rico coño tienes… Ricardo, tu mujer está empapada.

Ana gemía sin control, el cuerpo temblando con cada embestida. Ricardo, desde el frente, solo sonreía con morbo puro mientras manejaba hacia Tláhuac.

La camioneta nueva ya tenía su primer “estreno” oficial.

Ricardo apenas había salido de la agencia cuando el ambiente dentro de la camioneta nueva se volvió denso, cargado de electricidad. Ana pasó al asiento trasero con deliberada lentitud, el vestido negro corto subiéndose por sus muslos morenos claros hasta casi mostrar la tanga roja de encaje. Eduardo la esperaba con la mirada oscura de quien ha contenido el deseo demasiado tiempo.

En cuanto Ana se sentó, Eduardo no esperó. Su mano grande y fuerte subió por el interior de su muslo, apartando la tela del vestido como quien descorre una cortina. Sus dedos rozaron la tanga húmeda y la jalaron a un lado con un movimiento brusco.

—Joder, Ana… ya estás empapada —gruñó, metiendo dos dedos gruesos en ella de golpe.

Ana soltó un gemido largo y ronco, abriendo más las piernas sobre el asiento de cuero beige.

—Cógeme… —susurró, la voz entrecortada—. Entra en mí… te quiero dentro ya.

Eduardo se desabrochó el pantalón con prisa, liberando su verga gruesa y venosa, completamente dura. La colocó en la entrada de Ana y empujó de una sola vez, enterrándose hasta el fondo. Ana arqueó la espalda y soltó un grito ahogado de placer.

—¡Ahhh! Sí… así… lléname entero.

Ricardo ajustó el retrovisor para ver mejor. El sonido húmedo y obsceno de la verga de Eduardo entrando y saliendo de su esposa llenaba la camioneta. Cada embestida hacía que las nalgas redondas de Ana rebotaran contra el asiento.

Eduardo la tomó de las caderas con fuerza y empezó a follarla más profundo, más rápido, como si quisiera marcar territorio.

—Qué rico coño tienes… tan caliente y apretado —gruñó—. Tu marido está viendo cómo te estoy abriendo, Ana… míralo.

Ana giró la cabeza hacia el retrovisor, mirando directamente a los ojos de Ricardo mientras Eduardo la penetraba con golpes fuertes y constantes.

—Ricardo… mírame —jadeó—. Mírame cómo me está cogiendo… cómo me está llenando.

Ricardo apretó el volante, la verga dura dentro de sus pantalones.

—Estás preciosa así, amor… déjalo que te folle rico.

Ana, excitada por las palabras de su marido, se puso en cuatro sobre el asiento trasero. El vestido negro se arrugó completamente en su cintura, dejando su culo completamente expuesto. Abrió las piernas y arqueó la espalda, ofreciéndose como una hembra en celo.

—¡Cógeme! —gritó—. ¡Entra en mí! ¡Te quiero dentro todo! ¡Hazme tuya!

Eduardo la tomó del cabello ondulado con una mano y de la cadera con la otra, y la penetró con fuerza brutal. El sonido de piel chocando contra piel era fuerte y húmedo. Cada embestida profunda hacía que Ana gritara de placer.

—Así… más fuerte… rómpeme… —suplicaba ella, la voz entrecortada.

Eduardo se inclinó sobre su espalda y le mordió el hombro mientras seguía follándola sin piedad.

—Eres una puta deliciosa… tu marido te prestó y yo te estoy destrozando el coño —dijo con voz ronca y morbosa.

Ana estaba completamente perdida en el placer. Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados.

—¡Sí! ¡Cógeme más duro! ¡Hazme tuya! ¡Disfrútame por donde quieras!

El ritmo se volvió salvaje. La camioneta se mecía ligeramente con cada golpe. Ricardo seguía conduciendo, mirando por el retrovisor cómo su esposa era follada sin control, el rostro de Ana retorcido de placer, la boca abierta, los ojos vidriosos.

Cuando Ana sintió que el orgasmo se acercaba, gritó casi sin aliento:

—¡Me voy a venir! ¡No pares! ¡Cógeme… cógeme… cógeme!

Su cuerpo se tensó violentamente, contrayéndose alrededor de la verga de Eduardo mientras llegaba al clímax con un grito largo y gutural. Eduardo la siguió poco después, embistiendo profundo y derramándose dentro de ella con gruñidos animales.

Los tres quedaron jadeando. El olor a sexo llenaba la camioneta nueva.

Ricardo, con la voz ronca de excitación, dijo desde el frente:

—Bienvenida a tu camioneta nueva, amor…

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