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Dominaciónfeb 2026

Dilaya: Dominio y Revelación. Capítulo 11

Mónica sabe que la debilidad de Veyra no es política, sino carnal. Mientras ella teje una red de espionaje, Sandro y Sílvia buscan la cura para sus inseguridades en el dolor y el placer prohibido. ¿Hasta dónde están dispuestas a llegar para poseer a quien aman?

DamianRobles848 vistas

La noche en Leguinaya es relativamente fría, pero el aire dentro de la casa de Mónica está cargado con una tensión cortante. Alicia irrumpe sin avisar, la puerta de madera golpea contra la pared con un crack seco. Su traje ajustado, aún húmedo por el sudor, brilla bajo la luz tenue de las lámparas de hongos fosforescentes que cuelgan del techo. Los mechones rojos de su cabello, pegados a la frente, le dan un aire salvaje, casi desesperado. Sus ojos verdes, normalmente fríos y calculadores, ahora arden con una mezcla de excitación y miedo.

—Joder, Mónica, esto no puede esperar— jadea, apoyando las manos en la mesa de cristal negro que domina el centro de la sala. El material, extraído de las minas del sur de Dilaya, refleja distorsionadamente su figura temblorosa. —La he visto. A Veyra. Y no vas a creer lo que hacía.

Mónica no levanta la vista de inmediato. Está sentada en su sillón de cuero sintético, las piernas cruzadas con elegancia calculada, los dedos entrelazados sobre el regazo. Lleva puesto un traje ceñido de color grisáceo, casi metálico, que realza su silueta delgada. Las gafas de montura fina descansan sobre el puente de su nariz, y tras los cristales, sus ojos verdes —idénticos a los de Alicia en color, pero no en intensidad— analizan cada movimiento de la cazadora con precisión quirúrgica.

—Siéntate, Alicia— dice finalmente, con una calma que contrasta con el estado alterado de su visita. —Y respira. No sirves de nada así.

Alicia obedece, aunque su cuerpo sigue tenso, listo para saltar en cualquier momento. Se deja caer en una silla de diseño dilayano, hecha de un material que se amolda a su cuerpo como una segunda piel. El contacto frío la hace estremecer, pero no aparta la mirada de Mónica.

—Estaba espiando su casa, como me pediste— comienza, bajando la voz aunque no hay nadie más en la habitación. —La puerta de cristal que da al patio estaba entreabierta. No podía creer lo que veía. Veyra estaba… joder, arrodillada. Arbyra la tenía contra la pared, con las piernas abiertas, y le metía la polla como si fuera una puta barata.

Las palabras salen de su boca como veneno, cada sílaba cargada de asco y una excitación que no puede —o no quiere— ocultar. Sus dedos se clavan en los brazos de la silla, las uñas pintadas de negro dejando marcas en el material maleable.

Mónica, por fin, levanta la cabeza. Una sonrisa lenta, casi imperceptible, se dibuja en sus labios.

—Arbyra— repite, como si el nombre en sí tuviera peso. —La dilayana del bosque. La que dicen que puede domar a cualquier persona con solo mirarla.

—Sí, esa misma— Alicia asiente con vehemencia. —Y Veyra no opuso resistencia. Gritaba, sí, pero no como si la estuvieran violando. Era… era como si le gustara. Como si necesitara que la tratasen así.

Mónica se quita las gafas y las deja sobre la mesa con un gesto deliberado. El sonido del cristal contra la superficie resuena en el silencio que sigue.

—Esto cambia todo— murmura, más para sí misma que para Alicia. —En Dilaya Prime, una gobernante pasiva es una gobernante débil. Si esto se sabe, Veyra pierde todo su poder. Las dilayanas no seguirán a alguien que se deja follar como una sumisa.

Alicia se inclina hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la mirada fija en Mónica.

—Pero hay un problema— confiesa, mordiéndose el labio inferior hasta casi dibujar sangre. —Me vio. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, me quedé paralizada un segundo. Y entonces… entonces sus ojos se encontraron con los míos. No hubo duda. Me reconoció.

Mónica no se inmuta. En lugar de eso, se recuesta en el sillón, cruzando los brazos bajo sus pechos pequeños pero firmes.

—Bien— dice, con una frialdad que hace que a Alicia se le erice la piel. —Que sepa que la estamos observando. Que sienta el miedo corroyéndola por dentro. Una gobernante paranoica comete errores. Y nosotros estaremos allí para aprovecharlos.

Alicia exhala bruscamente, como si hubiera estado conteniendo el aire desde que entró.

—¿Y si me viene a buscar?— pregunta, aunque ya conoce la respuesta.

Mónica sonríe, esta vez con más claridad, mostrando sus dientes blancos.

—Que lo intente— dice. —Leguinaya no es territorio de Veyra. Aquí, las leyes las ponemos nosotras. Y si intenta cruzar la frontera… bueno— hace una pausa, disfrutando del momento, —ya sabes lo que les hacemos a los intrusos.

Alicia asiente, sintiendo cómo el peso de la situación se asienta en sus hombros. Pero hay algo más, algo que no puede evitar preguntar.

—¿Y si… si a ella le gusta?— murmura, casi avergonzada. —¿Si disfruta siendo tratada así?

Mónica la mira con una expresión que oscila entre la lástima y el desdén.

—Alicia— dice, con un tono que suena casi maternal, —a todos nos gusta algo que nos avergüenza. La diferencia entre una gobernante y una puta es que la gobernante no deja que ese gusto la defina. Veyra ha cruzado esa línea. Y ahora… ahora es nuestra.

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El apartamento de Sandro y Sílvia en Ibukota es un refugio de calor en medio del frío eterno de Cad Waqooyiga. Las paredes, revestidas de un material aislante que imita la textura de la piel, retienen el calor de los radiadores de cerámica que emiten un suave resplandor anaranjado. Pero el ambiente entre los dos es más gélido que el viento que aúlla fuera.

Han pasado tres semanas desde el incidente en el refugio de Fer-o-sia, y el silencio entre ellos es un tercero en la habitación. Sílvia está sentada en el sofá de cuero sintético, las piernas cruzadas, los dedos tamborileando sobre el brazo del mueble con una paciencia que es cualquier cosa menos paciente. Lleva puesto un vestido ceñido de color azul eléctrico, que contrasta con su pelo rubio despeinado y sus ojos azules, fríos como el hielo de las llanuras del norte. Sandro, en cambio, está de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle nevada, los hombros tensos bajo la camiseta ajustada que no logra ocultar la definición de sus músculos.

—Tienes que hablar conmigo, Sandro— dice Sílvia, finalmente, rompiendo el silencio. Su voz es suave, pero hay un filo en ella que no estaba antes. —No podemos seguir así. Tres semanas sin tocarme. Sin mirarme. Como si fuera yo la que te hubiera avergonzado.

Sandro gira lentamente, y cuando lo hace, su expresión es una máscara de culpa y frustración.

—No es eso— murmura, pasando una mano por su cabello negro, despeinado. —Es solo que… joder, Sílvia. Lo que pasó con Miguel. Lo que sentí. No puedo sacármelo de la cabeza.

Sílvia se levanta del sofá con un movimiento fluido, acercándose a él con un movimiento de caderas gracioso. Cuando está a menos de un metro, extiende una mano y la posa sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela.

—Pero conmigo no puedes— dice, no como una pregunta, sino como una afirmación. —Conmigo no se te pone dura. No como con él.

Sandro cierra los ojos, como si sus palabras fueran puñales.

—No es que no quiera— admite, la voz quebrada. —Es que… cuando estoy contigo, solo pienso en que no soy suficiente. En que no puedo darte lo que necesitas.

Sílvia sonríe, pero es una sonrisa que Sandro no ve.

—Oh, Sandro— susurra, deslizando la mano hacia abajo, sobre su estómago, hasta detenerse justo encima del cinturón de sus pantalones. —Pero yo sí puedo darte lo que tú necesitas.

Antes de que él pueda reaccionar, ella se inclina y presiona sus labios contra los suyos, un beso que es igual partes ternura y posesión. Sandro se queda paralizado al principio, pero luego, como si una presa se rompiera dentro de él, responde con un gemido ahogado, sus manos yendo a su cintura, agarrándola con fuerza.

Sílvia se separa justo lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Marta me prestó algo— dice, con una sonrisa que ahora sí es genuina, aunque cargada de malicia. —El dildo dilayano. El que usó primero Marta con Miguel en el refugio.

Sandro palidece.

—No— dice, sacudiendo la cabeza. —No puedo.

—Oh, pero esta vez será diferente— Sílvia lo guía hacia el dormitorio, sus pasos seguros, casi hipnóticos. —Esta vez, no será por obligación. Será porque los dos lo queremos.

El dormitorio está en penumbra, iluminado solo por la luz tenue de una lámpara de sal dilayana, que proyecta sombras danzantes sobre las sábanas de seda negra. Sílvia lo empuja suavemente hacia la cama, y Sandro cae sobre ella, apoyándose en sus antebrazos, el corazón latiendo tan fuerte que siente que va a explotar.

—Quítate la ropa— ordena Sílvia, y hay un tono en su voz que no admite réplica.

Sandro obedece, despojándose de la camiseta primero, luego de los pantalones, hasta quedar completamente desnudo. Su cuerpo es una obra de arte esculpida en tensión: músculos definidos, la piel marcadas por las cicatrices de antiguas batallas en Dilaya Prime, y entre sus piernas, su polla, semierecta, traicionando su excitación a pesar de su resistencia mental.

Sílvia se quita el vestido con movimientos lentos, deliberados, dejando al descubierto su cuerpo de bellas formas, los pechos pequeños pero firmes, los pezones rosados ya duros por el frío y las ganas de lo que va a suceder. Luego, se agacha junto a la mesilla de noche y saca el dildo dilayano: una obra de arte obscena, tallada en un material translúcido que brilla con un tono azulado bajo la luz de la lámpara. Tiene la forma de un pene dilayano, con las venas marcadas y la punta ligeramente curvada, diseñada para rozar ese punto justo dentro del ano que hace que hasta el hombre más resistente se derrita.

Sílvia coloca el dildo en la parte frontal del arnés y se lo coloca bién. Lo abrocha y...

—Arrodíllate— dice, y Sandro lo hace, el colchón hundiéndose bajo su peso.

Ella se sitúa detrás de él, y Sandro puede sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su perfume —algo floral, pero con un toque mineral—. Luego, siente el contacto frío del líquido blanquecino en su entrada, y se estremece.

—Relájate— susurra Sílvia, pero hay una dureza en su tono que contradice la suavidad de sus palabras. —Esto es por tu bien. La cura. Recuerda?

Sandro asiente, aunque sabe que esto va más allá de la cura y tiene más que ver con el castigo. Con la humillación.

Y entonces lo siente: la punta del dildo presionando contra él, insistente, implacable. Se muerde el labio para no gemir, pero el sonido escapa de todos modos, un jadeo roto que parece arrancado de su pecho.

—Así me gusta— dice Sílvia, empujando justo lo suficiente para que la punta entre, abriéndole, quemándolo por dentro. —Eres tan puto, perfecto cuando te dejas follar. Como una marica en celo.

Sandro aprieta los puños contra las sábanas, las uñas clavándose en la tela.

—No digas eso— gruñe, pero su polla, traicionera, comienza a endurecerse, levantándose entre sus piernas.

—Sílvia ríe, un sonido oscuro y delicioso.

—¿No?— pregunta, empujando el dildo otro centímetro dentro de él, haciendo que se arquee. —Pero es la verdad, ¿no? Te gusta. Te gusta que te traten como a la puta que eres. Como al maricón que se corre cuando le meten algo por el culo. ¿No es eso lo que tanto de gustaba de Veyra las dilayanas? Pero ahora, además te gustan los hombres, di que sí.

Sandro gime, el sonido ahogado en la garganta, pero no niega nada. No puede. Porque es verdad. Cada palabra que sale de la boca de Sílvia es un latigazo que enciende algo dentro de él, algo oscuro y necesitado.

Ella sigue empujando, centímetro a centímetro, hasta que el dildo está completamente dentro de él, llenándolo de una manera que lo hace sentir expuesto, vulnerable, poseído.

—Mira qué duro estás— dice Sílvia, deslizando una mano bajo su cuerpo para agarrar su polla, ya completamente erecta, el glande húmedo de precum. —*Eres patético, Sandro. Una mierda de hombre que solo se le pone dura cuando lo tratan como a una zorra.

Empieza a mover el dildo dentro de él, con movimientos lentos al principio, pero luego más rápidos, más duros, cada embestida haciendo que Sandro jadee, que sus caderas se muevan instintivamente hacia atrás, buscando más, necesitando más.

—¡Joder!— grita finalmente, cuando Sílvia golpea ese punto dentro de él que lo hace ver las estrellas. Su polla palpita en su mano, y sabe que no va a durar mucho más.

—Córrete— ordena Sílvia, su voz un susurro áspero en su oído. —Córrete como el maricón que eres, Sandro. Demuéstrame lo que vales.

Y él lo hace. Con un grito ahogado, su cuerpo se tensa, y el semen brota de él en chorros calientes, manchando las sábanas, su propio estómago, mientras el dildo sigue moviéndose dentro de él, prolongando el orgasmo hasta que siente que va a desmayarse.

Sílvia lo deja caer hacia adelante, exhausto, el consolador aún dentro de él, goteando semen de Fer-o-sia. Se inclina y le susurra al oído:

—Qué maricón eres, cariño... Sandrita.

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Abajo, en el apartamento de Marta y Miguel, el sonido del grito de Sandro —agudo, desesperado, lleno de una mezcla de dolor y placer— resuena a través del techo, como un eco pervertido que atraviesa el piso de madera tratada.

Marta está sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, un vaso de kava dilayana en la mano, el líquido espeso y oscuro brillando bajo la luz tenue de las lámparas de cristal. No lleva puesto nada más que una bata de seda transparente, abierta, dejando sus pechos al descubierto, los pezones oscuros y duros. Miguel está arrodillado a sus pies, la cabeza apoyada en su muslo, los ojos cerrados, como si estuviera en trance.

—Lo has oído, ¿verdad?— pregunta Marta, acariciando el cabello gris de Miguel con una ternura que contrasta con la crudeza de sus palabras. —Tu amiguito Sandro, gritando como una puta mientras su novia le reventaba el culo. Debe dolerle, ¿no? Pero a la vez…— se inclina, acercando sus labios a su oído, —a la vez, debe sentirlo tan bien.

Miguel traga saliva, su cuerpo tenso.

—Mrrrr— murmura.

Marta sonríe, un gesto lento y peligroso.

—A ti también te gusta, ¿verdad?— pregunta, deslizando una mano bajo su barbilla para obligarlo a mirarla. —Que te follemos el culo. Que te usen. Que te hagan sentir como un putito. Seguro que en la Tierra ya eras así pero lo escondías. Quién sabe...

Miguel no responde con palabras. Por supuesto. En lugar de eso, su respiración se acelera, y Marta puede ver cómo su polla comienza a endurecerse bajo el delgado tejido de sus pantalones de dormir aquí en el norte.

—Dios— susurra ella, con una mezcla de asco y excitación. —Eres incurable, Miguel. Una puta nacida para ser follada.

Se levanta del sofá, tirando de él para que se ponga de pie. Miguel obedece, tambaleándose ligeramente, sus ojos vidriosos de deseo y sumisión.

—A la cama— ordena Marta, y él va, caminando con las piernas ligeramente separadas, como si ya sintiera el peso de lo que está por venir.

El dormitorio huele a sexos pasados, a sudor y a semen, a la mezcla de feromonas humanas y dilayanas que se ha impregnado en las sábanas. Marta enciende una luz tenue, justo lo suficiente para ver cada detalle: la palidez de la piel de Miguel, las marcas de uñas en sus muslos, el enrojecimiento de su ano, aún sensible de la última vez que lo usaron.

—Acuéstate— dice, señalando la cama. —Boca arriba. Piernas abiertas.

Miguel lo hace, exponiéndose completamente, vulnerable, su polla ahora completamente erecta, palpitando contra su estómago.

Marta se acerca a la mesilla de noche y saca el frasco con el semen de Fer-o-sia, el líquido espeso y brillante bajo la luz. Lo abre, y el olor —una mezcla de sal, piel y algo eléctrico— llena la habitación.

—Esto te va a doler— advierte, aunque ambos saben que el dolor es parte del juego. —Pero luego te sentirás mejor. ¿No es así?

Miguel mira a Marta, sin respuesta, mordiéndose el labio inferior hasta que casi sangra.

Marta se sube a la cama, arrodillándose entre sus piernas. Con los dedos de una mano, separa sus nalgas, exponiendo su entrada, aún ligeramente hinchada. Con la otra, sumerge dos dedos en el frasco, cubriéndolos con el semen norte-dilayano.

—Respira— dice, y luego, sin más preámbulos, presiona los dedos contra él.

Miguel jadea, el cuerpo tensándose, pero no se resiste. Los dedos de Marta son fríos al principio, pero luego el calor del semen se extiende, quemando, abriendo, curando. Ella los mueve en círculos, dilatándolo, preparándolo, mientras con la otra mano comienza a masturbarlo, sus movimientos lentos y deliberados.

—Eres mío— susurra Marta, inclinándose para lamer el precum que gotea de su polla. —Todo lo tuyo. Tu culo, tu polla, tu puta alma. Incluso cuando estés curado, serás mio.

Miguel gime, sus caderas moviéndose en sincronía con sus dedos, buscando más, necesitando más.

Marta añade un tercer dedo, y la dilatación es casi insoportable, pero el dolor se mezcla con un placer tan intenso que Miguel siente que va a explotar.

—¿Quieres correrte?— pregunta Marta, acelerando el ritmo de su mano en su polla. —¿Quieres ser un buen putito y correrte para mí?

Y entonces lo hace. Con un grito que parece arrancado de lo más profundo de su ser, su cuerpo se arquea, y el semen brota de él en chorros calientes, manchando su pecho, su estómago, mientras los dedos de Marta siguen moviéndose dentro de él, prolongando el orgasmo hasta que cae hacia atrás, exhausto, jadeando como si acabara de correr un maratón.

Marta se inclina sobre él, limpiando sus dedos en sus muslos, dejando marcas húmedas en su piel. Luego, con una ternura que casi duele, le da un beso en la frente.

—Buen chico— murmura.

Y entonces, cuando ella está a punto de levantarse, Miguel la agarra del brazo, sus ojos llenos de algo que no es solo deseo, sino algo más profundo, más vulnerable.

—Te quiero— susurra, y las palabras cuelgan en el aire entre ellos, pesadas.

Marta se queda inmóvil, el corazón latiendo tan fuerte que siente que va a salírsele del pecho. Por un momento, no dice nada. Solo lo mira, estudiando cada línea de su rostro, cada sombra de emoción.

Luego, lentamente, se inclina y presiona sus labios contra los suyos, un beso que es igual partes posesión y amor desatado.

—Yo también— responde, y por primera vez en mucho tiempo, no hay ironía en su voz. Solo verdad. —Yo también te quiero, putito mío.