Xtories

Profesora chantajeada por los amigos de su hijo 3

Las fotos ya no son un secreto, pero el daño no está en lo que ven otros, sino en lo que ella siente al recordarlas. Dora creía que el chantaje la había roto, pero cada noche, a ciegas junto a su marido, descubre que su cuerpo ha dejado de obedecerle. Ya no puede volver a ser la misma.

Tinta errante10K vistas8.3· 7 votos
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Relato 3 – El regreso

El autobús llegó a la estación de Madrid a las once y media de la noche.

Dora fue la última en bajar. Arrastraba la maleta con ruedas como si pesara más que su propio cuerpo. El aire de la estación era frío y olía a gasolina, a fritanga rancia y a humo de cigarrillos apagados. Las luces fluorescentes parpadeaban levemente, dándole a todo un tono amarillento y sucio.

Tom caminaba a su lado, con la mochila al hombro y los auriculares puestos, mirando el móvil con cara de aburrimiento. Había venido con ella en el viaje de fin de curso.

Su marido la esperaba en el parking, apoyado en el coche.

—Bienvenidos —dijo con una sonrisa cansada—. ¿Qué tal el viaje?

Tom respondió con un gruñido:

—Largo.

Dora forzó una sonrisa.

—Bien… muy largo.

Durante el trayecto a casa apenas hablaron. Tom iba en el asiento de atrás, con los auriculares puestos, mirando por la ventana. Su marido conducía en silencio.

Dora miraba por su ventanilla, viendo pasar las luces naranjas de la autovía. Cada vez que cerraba los ojos, sentía un nudo en el estómago.

No sabía si Raúl y Marcos habían borrado las fotos. No sabía si las habían enviado ya a alguien. No sabía si en ese mismo momento su marido, su hijo o sus compañeros del instituto estaban recibiendo imágenes de ella de rodillas, cubierta de semen, gimiendo como una puta.

Cada vez que el móvil vibraba en su bolso, el corazón le daba un vuelco. Cada notificación era una posible bomba.

Llegaron al portal del bloque. Tom subió las maletas sin que se lo pidieran. Su marido se fue directo a la ducha.

Dora se quedó sola en el salón.

Se quitó los zapatos. Se sentó en el sofá. Se quedó mirando la pared durante un rato largo, sin encender ninguna luz.

Tom bajó las escaleras unos minutos después, ya en pijama.

—¿Quieres que te ayude a deshacer la maleta, mamá?

—No hace falta, cariño. Gracias.

Tom la miró un segundo más de lo normal.

—Estás… rara. ¿Te pasó algo en el viaje?

Dora sintió que el corazón le daba un vuelco.

—No, nada… solo estoy cansada.

Tom asintió, pero no parecía muy convencido.

—Bueno… me voy a dormir. Buenas noches, mamá.

Le dio un beso rápido en la mejilla y subió las escaleras.

Dora se quedó sola en el salón, de pie, con la maleta aún cerrada.

Se sentó de nuevo en el sofá. Se quedó mirando la pared durante mucho rato.

Luego subió a su habitación. Su marido ya estaba dormido.

Se duchó durante casi cuarenta minutos. El agua caliente le caía sobre la piel, pero no conseguía quitarle el peso que sentía en el pecho, en el vientre, entre las piernas. Se frotaba con fuerza, como si quisiera borrar algo que no se veía.

Cuando salió, se miró en el espejo empañado.

Tenía los labios hinchados. Una marca roja en el cuello que había disimulado con maquillaje durante el viaje. El pelo revuelto. Los ojos brillantes, como si tuviera fiebre.

Se puso el pijama y se metió en la cama al lado de su marido.

Se quedó mirando el techo.

No podía dormir.

Su cuerpo estaba en silencio, pero su mente no paraba.

Sentía un calor incómodo entre las piernas que no se apagaba. Un latido constante. Una humedad que la avergonzaba.

Se tocó despacio, muy despacio, para no despertar a su marido. Apenas se rozó el clítoris por encima de las bragas. Se corrió casi al instante, mordiéndose el antebrazo, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso.

Luego se quedó quieta, respirando agitada, mirando la oscuridad del techo.

El viaje había terminado.

El chantaje había terminado.

Pero Dora sabía, con una certeza fría y aterradora, que algo dentro de ella acababa de despertar.

Y que ya no iba a poder volver a dormir.

Los días siguientes fueron un infierno disfrazado de normalidad.

Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, despertaba a Tom, besaba a su marido, iba al instituto, corregía exámenes, ponía notas, sonreía con paciencia. Todo igual que siempre.

Pero por dentro ardía.

Cada vez que se duchaba, sus manos se detenían más tiempo entre las piernas. Se corría casi todos los días, mordiéndose el antebrazo, pensando en cosas que no se atrevía a nombrar.

En el instituto era peor.

Cada vez que un alumno la miraba más de la cuenta, sentía un latigazo entre las piernas. Cuando el jefe de estudios la llamaba a su despacho, su coño se humedecía automáticamente. Se sentaba en clase con las piernas cruzadas muy fuerte, intentando controlar el calor.

Por las noches, cuando su marido se dormía, se masturbaba en silencio al lado de él. A veces dos, tres veces seguidas. Se corría pensando en cosas que la avergonzaban y la excitaban al mismo tiempo.

Una noche, mientras se corría por tercera vez, murmuró en la oscuridad, tan bajito que apenas se oyó:

—Soy una puta…

Y se corrió aún más fuerte.

Su marido notaba que estaba distinta. Más húmeda cuando follaban. Más nerviosa. Más distante.

Dora sonreía, besaba a su hijo, preparaba la cena, iba al instituto… pero por dentro ardía.

El chantaje había terminado.

Pero Dora ya nunca volvería a ser la misma.