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MENSAJE POR ERROR. El molde

Cristian llega con un regalo extraño: un molde de su propia virilidad. Herminia, la anciana vecina, no pide explicaciones, pide pruebas. Y cuando exige ver el original, el joven descubre que su cuerpo responde a las palabras más crueles de la vieja. No es una visita de cortesía; es un juego de dominación donde el joven aprende que la experiencia no se compra, se sufre.

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El molde

La puerta se abrió al tercer timbrazo. Cuando Herminia apareció bajo el quicio, lo miró de abajo arriba y chasqueó la lengua.

—Mierda, tampoco hoy ha habido suerte.

—Tenga —respondió hosco tras un sentido suspiro—, esto es para usted.

Alargó el brazo ofreciendo una bolsa de papel. Ella, sin aceptar su regalo, le hizo pasar dentro donde le conminó a sentarse en su salón.

—Te preparo un té.

—No me gustan esas mierdas de puretas.

—Te aguantas. Lleva caducado un año desde que me lo regaló mi hijo y alguien se lo tiene que tomar conmigo. Ya he calentado agua.

Trajo otra taza y vació parte de la tetera en ella. Estaban sentados el uno frente al otro alrededor de la mesa central. La bolsa permanecía a la vista y ella seguía sin dar muestras de curiosidad.

—¿No va a ver lo que hay dentro?

—¿Es una diadema?

Cristian puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mostrando decepción. Tuvo que pasar mucho rato para que ella se decidiera a ver el contenido. Lo sostuvo en sus manos.

—¿Un estuche?

—Ábralo.

Si esperaba de ella una cara de sorpresa, ésta no se produjo, en su lugar, devolvió el objeto alargado al estuche con el mismo rictus indolente y cerró la cremallera.

—Dije un molde tuyo, no de Nacho Vidal.

—Es mío. Se ha llevado usted el premio gordo.

La vieja levantó una ceja y lo miró circunspecta.

—A verlo.

Cristian arrugó la cara.

—No voy a enseñarle la chorra.

—¿Y cómo quieres que compruebe que es la tuya, de oído?

—No tiene que comprobar nada. Le digo que es mío, joder. No voy a mentirle en eso.

—A verlo.

Bufó y soltó tres improperios, pero, al final, accedió a enseñarla. Se levantó y se bajó el pantalón hasta los tobillos. Los calzoncillos cayeron después.

—Seguro que cojo una infección en este antro, joder.

Ahora sí había puesto cara de asombro. Lo que colgaba de su vecino no estaba nada mal. Sostenía el dildo realista en ambas manos sin dejar de mirar a una y otra polla.

—No son iguales.

—Claro, coño, porque no estoy empalmado. Pero, si lo estuviera, cogería ese mismo volumen.

—A verlo.

Se apretó el puente de la nariz con dos dedos y cerró los ojos con fuerza. La vieja le estaba sacando de quicio. Inspiró aire y lo soltó con toda la calma que pudo.

—Malas noticias, los tíos no nos empalmamos al chasquear los dedos.

Herminia levantó una ceja, retadora.

—Yo me sé unas palabras mágicas que te la levantarán al instante.

Soltó una carcajada.

—¡Ja! A verlo, vieja bruja.

La anciana dio un sorbo a su té dejando la taza vacía. Se limpió los labios con una servilleta y se lo quedó mirando en un pulso mudo. Cristian cruzó los brazos en ademán de desafío. Su polla caía laxa sobre sus huevos en un nivel subcero de excitación.

—Mi hijo —dijo al cabo de unos interminables segundos.

Cristian frunció el ceño, interrogándola. La anciana, esta vez, fue más explícita.

—Piensa en mi hijo.

Cristian volvió a poner los ojos en blanco y se masajeó las sienes.

—Mire, Herminia, si ha pensado que mi problema de eyaculación fue porque soy bujarra, se ha confundido de gordo. Me gustan las mujeres más que a un tonto un lápiz. Y el mongolito de su hijo me da puto asco.

Su vecina no se inmutó ni cambió su semblante. Al contrario, le dio tiempo para que madurara lo que acababa de decirle. Viendo que no terminaba de comprender, pasó a explicárselo ella.

—Piensa en el mongolito de mi hijo la próxima vez que estés escuchando sus bobadas. Imagina que, mientras habla sus gilipolleces contigo, tu estarás pensando en que su madre se pajea con pollas de otros; que su padre fue un cornudo y él no lo sabe y, es posible, que hasta tampoco sea su padre.

Cristian se quedó con la boca abierta.

—Piensa en la foto del otro día, la del armario —continuó ella—. Piensa que, mientras él se alegraba la vista con el culo de su profesora de primaria, el jefe de su padre me estaba follando bien follada.

El secreto del cornudo.

Un calambrazo subió por la espalda desde su entrepierna. El morbo de todos los morbos. El efecto fue inmediato y la polla comenzó a tomar vigor y a enderezarse poco a poco. Ahora sí comenzó a dar muestras de sorpresa a medida que aquel mástil se enderezaba.

—La Madre del Verbo Divino, Virgen del Abrigo de Pana, San Apapucio bendito.

Cristian sonreía triunfal. Le encantaba provocar esa reacción de asombro y sorpresa, independientemente de la edad, sexo o condición. Se miró el miembro y ladeo una mano a un lado y a otro.

—Y eso que solo está al 90%.

—Mi nieto —azuzó con rapidez sin dejar de clavar la mirada en su cipote—, creo que es amigo tuyo.

La puntilla que faltaba. Era uno de sus colegas de la cuadrilla. Alguna vez habían hablado de tías. A partir de hoy lo iba a ver con ojos diferentes sabiendo lo que sabía de su abuela. Su polla alcanzó el nivel diez de las empalmadas. La vieja no daba puntada sin hilo.

—Joder, Herminia, anda que no sabe usted ni nah.

Su vecina se recostó en su sofá en entrelazó los dedos de ambas manos sobre su regazo.

—La edad, muchacho. El don de la experiencia con el que te colma la vida —sonrió maledicente.

—Sí, ya me ha quedado claro que sabe usted más por vieja que por zzzorra.

Todavía estuvieron así un rato más. Cristian, exhibiéndose; Herminia, disfrutando de la vista. Al final, fue ella quien le instó a taparse.

—No cojas frío que si no, no vas a poder follarte a tu guapa nueva mami. Y es algo que no me quiero perder por nada del mundo.

—Ya no creo que lo haga —dijo abrochándose los pantalones—. No nos hablamos.

—¿Y eso?

—Más bien, no me habla ella desde lo de la paja.

—Estuvo bien, ¿eh? —morboseó ella—. ¿Te digo lo que estuve haciendo yo?

—Ya sé lo que hacía, y también con qué consolador, cacho guarra. Al menos usted quedó bien follada.

Herminia le guiñó un ojo.

—Y tú quedaste bien seco. Ya habrá más oportunidades. Solo espero que sean en su cuarto donde yo pueda oíros.

—Va a ser que no. Me pasé de la raya. La cagué.

La vieja se lo quedó mirando, intentando ver a través de sus ojos.

—Entiendo. Mordiste más de lo que podías tragar. No era el momento.

—Y ahora casi no me dirige la palabra. Está supercallada y se ha perdido el colegueo que nos traíamos. Se esconde de mí, es como si… me detestara. Entre eso y lo de mi padre, que cada vez que llama es para decir que va a volver más tarde, está más decaída. —Se sentó junto a ella—. Dígame qué hago ahora para volver a estar como estábamos.

—¿Y a mí qué me cuentas?

—Joder, usted es mogollón vieja, tendrá un montón de consejos inútiles que dar.

No vio llegar la colleja en el medio de las dos orejas.

—Ahí va uno —dijo señalándolo con el dedo—. No me faltes al respeto.

—En serio, Herminia —contestó frotándose la nuca—, usted conoce muy bien a las personas, me conoce a mí mejor que yo mismo. ¿Qué puedo hacer para restaurar el buen rollo antes de que vuelva mi padre?

—Chantaje emocional —concluyó—. Básicamente, lo que venías haciendo hasta ahora.

—No funciona y, si le achucho un poco más, le voy a provocar un ataque de sinceridad con mi padre. O una depresión.

Herminia tamborileaba con los dedos sobre la mesa.

—El problema de poner la polla donde no debes —hizo una pausa— es que luego te crees con derecho a repetir. Déjala tranquila, dale espacio. Volverá a acercarse tarde o temprano. Tú eres su ojito derecho.

—Qué va. Tan solo hace unas semanas que nos llevamos tan bien. Antes apenas teníamos contacto. Y si ha funcionado la cosa entre nosotros es porque soy el hijo de mi padre. A parte de él, poca gente le cae bien. Diría que siente más amor por un juego de cristalería vieja que tiene en su casa de la playa que por cualquier otra persona.

Herminia levantó una ceja.

—¿En serio?

—Se lo juro. Es un juego de vasos de cristal tan cutres y viejos como usted. Era de su abuela, creo, o de su tatarabuela, o yo qué sé.

—Esta bandeja también es vieja, de madera noble —dijo refiriéndose a la pieza ovalada como la quilla de un barco, de un palmo de longitud, donde reposaba la tetera—, no como tu cerebro, que es de corcho.

— · —

La conversación no dio para mucho más y algo después se despidieron en la puerta. Herminia sujetaba el pomo con una mano mientras Cristian atravesaba el quicio con la mochila en el hombro. En su semblante podía apreciarse aún parte de la angustia con la que había llegado. Antes de que comenzara a bajar, la vieja lo llamó.

—Respecto al consejo que me pedías… —Inspiró profundamente sopesando lo que iba a decir y, con ademán misterioso, se colocó cara a cara—. Cuando me fui de casa, mi madre me dijo algo que nunca olvidaré.

—Soy todo oídos —dijo con renovado entusiasmo.

Ella volvió a inspirar sin dejar de clavar los ojos en él, sopesando la trascendencia de lo que iba a confesar.

—Nunca vayas por sitios oscuros, lleva siempre bragas limpias y… —apuntó con el dedo a centímetros de su nariz— prefiero verte muerta antes que en la cárcel por robar.

—Eso no me ayuda, Herminia —protestó enfadado.

—Lo sé, pero me gusta cuando pones esa cara de bobo.

Cristian movió la cabeza a un lado y a otro, como si no pudiese creer el sadismo de su vecina.

—Pensaba que éramos amigos. Yo la respetaba. ¿Sabe lo cruel que resulta su burla en un momento como éste?

—¿Es parecido a que no dejes de recordarme que soy una vieja?

Se quedó de piedra. Abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla un segundo después.

—Nunca pensé que mis palabras pudieran hacerle daño.

—Y no lo hacen. Hace mucho que dejé que eso ocurra, pero sigue siendo igual de hiriente.

Al adolescente se le atragantó su respuesta, quedando momentáneamente sin palabras.

—Que te vaya bien, muchacho, y si de verdad quieres hacerte un favor, olvídate de la pareja de tu padre.

—Eso es fácil de decir, pero el problema no va a desaparecer.

—Entonces modifícalo, adáptate a él u olvídalo. —Moduló la voz para que sonara más dulce—. No merece la pena el tiempo que gastas preocupándote. Estudia mucho, vive la vida y colecciona buenos recuerdos con tu novia. Al menos puedes darte el capricho de disfrutar la juventud en compañía de una chica inteligente y bonita.

—Ya, gracias por la recomendación. Ese sí ha sido un consejo decente, aunque no me sirva para nada.

Salió a la calle y fue directo al gimnasio. La charla con Herminia no había resultado como hubiera deseado y le apetecía machacarse un poco para poder pensar o, mejor dicho, para dejar de hacerlo. Cristina había sido lo mejor que le había pasado en su vida, pero la paja de Marta no se le iba de la cabeza. Que ahora ella apenas le hablase o, que cuando lo hacía, apenas intercambiaran unos monosílabos, le estaba volviendo loco.

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Fin capítulo XV