Invasores y nativos. 25
Sam creía que su vida en la colonia era solo sexo y cuidado infantil, pero el ejército le recuerda que su pasado no está enterrado. Al volver, la madre de su esposa no solo lo espera en la cama, sino que lo consuela en el llanto, revelando que el amor entre ellas es tan profundo como el deseo.
Al caute siguiente, Sam se asomó somnoliento al comedor. Ahí estaba Mikane repasando la ropa de los tres y mirando las noticias del ordenador a la vez. Sam preguntó por Mileada.
- Ha ido a trabajar. Le tocaba turno. - Respondió mamá.
- Bien, bien. - Dijo Sam que se apoyaba en el marco de la puerta. - Yo… me vuelvo a la cama. Tengo sueño.
- Sí, cariño. Descansa. - Dijo Mikane.
Por un momento la hembra dejó la costura y en un movimiento de hombros ocultó la agitación de sus tetas. Amaba a ese macho. Murmuró sabiendo que no era escuchada.
- Descansa esposo mío. Lo necesitas. Esta noche mi hija te reclamará amor y se lo darás. Siempre lo haces. Siempre la satisfaces. Yo me uniré y te pediré unas caricias… y como siempre me llenarás de gozo, satisfacción y alegría. Te amo joven esposo.
Suspiró y añadió en lo que parecía una plegaria:
- Pitape, amor mío, no te olvido.
Moviendo los hombros evitó un estremecimiento. Lanzó un suspiro e intentó interesarse en lo que contaban por el ordenador.
El cuerpo de Mileada se volvió más grande. Sus tetas abultaban llenas de crema y su vientre no se dejaba cubrir con la ropa ordinaria. Como civil no era un problema gracias al mercado, pero como vigilante no podía ponerse el uniforme de goma y Mikane adaptó el de tela.
La ayuda vino por parte de Godaena, que con la excusa de prestarle el mismo uniforme de goma que ella llevó durante sus embarazos, también trajo algo de ropa y un abrigo que la cubriera esos cautes que ya precedían al cercano invierno.
Fue recibida con amabilidad y cortesía en la familia Mikane que corrieron a ponerse algo más de ropa. Se sentaron alrededor de la mesa y tomaron una infusión fría.
Con amabilidad Godaena preguntó si conocían el sexo de la criatura. Hembra, y fingió alegrarse con la noticia. No debía preguntar quién era el padre, puesto que Sam afirmaba que lo era y eso bastaba.
Mikane se interesó en los turnos y servicios de su hija descubriendo que la jefa de vigilantes lo tenía previsto. Además de recordar su propio embarazo se ocupó de los de otras compañeras desde el puesto de jefa. Por eso ya había establecido que Mileada se quedaría en el Centro haciendo labores de limpieza, mantenimiento y documentación. Algunos cautes iría de patrulla hasta el mercado. Como no saldría de la zona urbana, el vehículo a emplear era más pequeño y accesible.
- Además, los vigilantes siempre vamos en parejas.
Recordó que después del parto tendría doscientos cautes de permiso, a los que podía añadir los veinticinco de vacaciones que aún no había cogido.
Mikane agradeció esa atención para su hija.
- No, amiga mía. - Replicó rápidamente Godaena. - No estoy regalando nada, estoy explicando las pautas reglamentarias en esta situación.
- Ya veo. ¿Eso incluye la ropa que nos cedes?
La jefa de vigilantes simplemente sonrió. De hacía mucho que Mileada y Sam le caían bien como colaboradores y por sus participaciones en la colonia. Y ahora descubría a una dama.
Mikane sirvió unos tazones con néctar que siendo evidente que era de elaboración casera Godaena elogió, por eso más tarde se fue cargando con cuatro frascos de néctar y una canasta a rebosar de vodoca y sionma. Sabía que en verdad no eran regalos, se trata de un trueque, ropa por comida. Era lo justo, lo equitativo. Y estaba acordado que, tras el parto, debía devolver el uniforme de goma.
Ya en el vehículo, Godaena miró la aportación de Mikane. Se quedaría con el néctar, lo consumiría en el desayuno, y lo demás lo regalaría a esos vecinos que ya la habían invitado varias veces a comer.
Sonreía como una criatura de pocos cautones mientras pensaba:
“¡Qué golosa soy!”
En el nido, Sam se volvió más cuidadoso. Dejaba que su esposa más joven llevara la iniciativa todo el tiempo. Así Mileada le acariciaba o frotaba sus tetas y pétalos en su miembro hasta que poniéndose sobre su esposo se introducía el pene el tiempo suficiente para dos o tres estallidos. Luego se sentaba apoyando la espalda en una pared y se acariciaba la barriga cubierta de crema.
Cuando mamá estaba con su esposo disfrutaba como siempre, pero acallaba su voz durante sus estallidos para que su hija no se sintiera inferior o menospreciada. Sam se habituó a correrse una única vez estando en el nido.
Solamente una tarde que Sam estaba en el almacén acudió Mikane con intenciones muy concretas.
- Hola, mamá. ¿Quieres algo?
- Sí, cariño.
Retiró el pantalón de Sam y se llevó el pene, todavía flácido, a la boca. Lo saboreó hasta que ya tuvo que retirarlo. Entonces ordenó.
- Fóllame. Hijo, mío. Espero que quedes satisfecho del todo.
Mikane estuvo un buen rato acariciando ese erecto pene con sus tetas y manos. La hembra gemía más que el macho.
- ¿Te va bien así, Sam?
- ¡Uf! Sí, mamá.
Mikane aportó más crema por las cuatro tetas. Y al ver la cara del marido renovó sus ganas de pasarlo bien, de frotar sus tetas contra esa barra de carne.
Hasta que Sam afirmó que le faltaba poco.
- Bien, cariño. Ven.
Se giró ofreciendo su sexo al inclinarse. Se apoyó en la pared. Sam, arrodillado desde atrás la penetro. Así Mikane tuvo su cuarto o quinto estallido. Y cuando Sam culminó no pudo evitar el gritar su gozo.
- ¡Charca Primordial!
Ahí estaban los brazos de su amado esposo para impedir que se cayera cuando sus piernas se aflojaron.
- Gracias, mamá. Te amo.
Mikane se notó trasportada a la casa en brazos de Sam. Fue bañada, limpiada, hidratada. Estuvo más de un sexto de seis en la bañera hasta que por fin, y viendo la hora, se dispuso a preparar la comida. Por la ventana vio a su hijo recorrer los frutales portando una podadora en las manos. Su cuerpo se estremeció. Estaba enamorada de ese gigante nativo.
Un caute amaneció nublado, como si anunciase que a lo largo de la jornada bajaría la temperatura lo suficiente para nevar.
En casa, Mileada llamó a gritos a su madre desde la habitación. Acaba de expulsar el líquido de su cuerpo al salir del nido dejando una gran mancha en el suelo. El parto estaba próximo.
¡Cuántos nervios!
Mucho más tarde Mikane abrió la puerta del dormitorio indicando a Sam que podía entrar. Le ordenó:
- No las toques.
Sam se acercó casi con miedo a su esposa que orgullosa mostraba una pequeña criatura entre sus tetas.
- Mira. Tu papá ha venido a verte… pero hoy eres mía, solamente mía.
Sam elogió a la criatura y agradeció el esfuerzo de su esposa. Se acercó para besarla, pero Mileada movió la cabeza rechazando la caricia. Desde atrás Mikane recordó que no las tocara. Sam protestó dirigiendo su mirada a Mikane. Sabía que los esposos besaban y acariciaban a las nuevas mamás. Le parecía importante en ese momento. ¿Por qué no podía hacerlo?
- Sam, hijo mío. El olor de tu cuerpo es muy fuerte.
Sam retrocedió unos pasos. No había pensado en eso.
Poco más tarde Mileada estaba en la bañera. El agua le llegaba hasta la cintura así quedaban las tetas fuera dejando ese espacio para la criatura. Mikane, con cuidado de no molestar la limpiaba.
- Bueno, cariño. Os dejo para que hagáis de papás. – Dijo Mikane. – Voy a la cocina a preparar algo para comer. Sam, luego llama a Vigilancia, a Godaeda y le dices del acontecimiento.
Ya solos, Sam no se acercaba, aunque le gustaría poder tener a su hija en los brazos unos segundos tan solo.
La criatura sujeta con una mano de Mileada restregaba la boca por un pezón sin llegar a mamar. Parecía que estaba jugando.
Se pusieron a buscar un nombre y acordaron llamarla Micanea ante la protesta de Mikane que propuso Misam o Milesam…
- El tuyo es más bonito. – Fue la réplica de Sam.
Esa noche las tres hembras estaban en el nido. Sam intentaba dormir en su cama. Se agitaba nervioso sin encontrar la postura adecuada.
- Ya veo que no puedes dormir.
Mikane estaba a su lado arrodillada sobre una cama-piscina. Antes que Sam preguntara dijo que estaban bien las dos, dormían. Micanea había comido y defecado bien. Que era sana y crecerá bien. Pronto la llevarían a Sanación para la revisión ordinaria y luego a Vigilancia donde la registrarían como hija de Mileada y Sam.
- Ahora duerme, cariño.
- Sí, mamá.
Mikane dudó un instante, pero se ofreció.
- Voy a relajarte, cariño.
Retiró el calzón de Sam y acerco su cabeza. Como ese miembro no estaba erecto pudo saborearlo dentro de la boca y a ambos agradó la caricia. Pero como otras veces, pronto ya no cabía. Era tan abultado el miembro de Sam ante la anatomía de la sorevana que habría desencajado su mandíbula.
Mikane estuvo masajeando y besando el pene de su esposo durante lo que le pareció mucho tiempo y eso que le gustaba ver y notar esas venas que adornaban el grueso pene. Hasta que por fin Sam anunció que le faltaba poco y Mikane, como ya había visto que a veces hacía su hija acercó su boca al orificio y succionó. Una gota entró en su boca como anuncio de lo que poco más tarde venía detrás.
Con gran asombro y delicia notó en sus manos que esa barra se ponía más tensa y notó el primer borbotón llenando su boca, tanto que casi le provoca una arcada, y que el siguiente borbotón mojaba la mitad de su rostro. Con órdenes que su mente no daba siguió acariciando el pene de su esposo, notando dos descargas más en sus manos y rostro.
Poco después oyó a Sam dándole las gracias y que parase la caricia. Mikane se descubrió con la cara llena de la esencia de su esposo, las tetas que aún aportaban crema, y en sus muslos la humedad de un estallido. No era tan pleno como notar las descargas de ese miembro dentro de su cuerpo, pero le agradó.
El pene perdía volumen y así pudo llevarlo otra vez a la boca. Succionó sacando más esencia de Sam.
El pene dejó de menguar manteniendo un volumen agradable para su gusto y juego durante un rato.
Luego, tras la petición de su esposo que parase, fue a beber agua, tanto para hidratarse como empujar hasta el estómago el sabor de su macho y ya se duchó para quitarse el semen del rostro y la crema de las tetas. Mientras se frotaba la cara murmuró:
- Tenías mucho, cariño.
Antes de entrar en el nido para dormir junto su nieta miró a Sam y todo su cuerpo se estremeció. Amaba a ese macho, mucho. Murmuró la plegaria a quien había convertido en su dios protector.
- Pitape, cariño. Amo a Sam como te amé a ti. Y nunca, nunca, será más que a ti. Eres y serás mi gran amor.
Mileada, sin moverse, preguntó sin elevar la voz:
- ¿Dices algo, mamá?
- Nada, cariño. Duerme, tan solo cantaba.
Unos cautes más tarde Sam regresaba al medio día a casa, había pasado la mañana podando algunas ramas en los frutales y también estuvo mucho tiempo en el almacén revisando las vagonetas.
Portaba la sierra empleada y la estancia se llenó con el desagradable olor de un motor quemado. Las hembras protestaron y Micanea estornudó. Tuvo que dejar la herramienta fuera de casa.
- Tengo que comprar una nueva.
- ¿Irás esta tarde?
Preguntó Mikane interesada y ante la respuesta afirmativa propuso ir inmediatamente al mercado. Le apetecía comer pescado y alguna fruta que no fuera vodoca.
Poco más tarde resultaba raro al matrimonio el estar en el mercado sin agua en los pies, pero claro no se podía mantener caliente con tanta nieve alrededor. Era mejor retirarla.
Compraron la sierra, fruta y miraron el pescado, pero no les apetecía lo que encontraron. No era del tipo que les gustaba.
- Otro caute.
- Sí, otro caute. ¿Mañana?
- Ya veremos.
Regresaban a casa. Como siempre Sam conducía y Mikane estaba sentada en una pierna de su esposo.
- Sam, hijo mío, Mileada echa de menos tus carias. - Dijo de pronto Mikane. Sam se sorprendió. - Desde poco antes de parir no la has tocado. - Se ruborizó al añadir. - Y conmigo… llenaste con tu esencia mi rostro hace unos cautes y nada más.
- Perdona cariño. Creía que es mejor esperar. Amo a mi hija y la veo tan frágil sobre el cuerpo de Mileada. Y contigo… pues la verdad es que no lo sé. Te amo. Mucho.
- Lo sé. Veo tu rostro de enamorado cuando las miras y noto tu mirada cariñosa sobre mí, y de deseo en mis tetas, pero nada dices ni nos haces. Y Mileada se preocupa. Lo hablamos ayer quedando preocupadas ante tu falta de atención, aunque no de cariño. - Se ruborizó al añadir: - Te propongo que esta tarde la acaricies. Que la hagas estallar. Luego, yo disfrutaré lo que me hagas y cuando te falte poco… culmina en la mamá de tu hija y dale todo el placer que puedas.
- Puedo... ¿Puedo entrar ya en su cuerpo?
- Sí, amor mío. Tu esposa está dispuesta para recibir tus caricias.
Se contuvo de decir que ella también.
- Bueno. Yo… os amo. Mucho. Pero no sabía si con Mileada ya podíamos amarnos y… para que no tuviera celos… contigo me contenía. – Ese suspiro que lanzó parecía un quejido. - Está claro lo equivocado que estaba. De verdad que lo siento.
Poco antes había dicho que no sabía el por qué y ahora, al meditarlo mientras hablaba, encontraba el motivo.
- Bien, ya está aclarado cariño mío. - El suspiro que lanzó Mikane era de alivio. - Cuando lo hablamos llegamos a plantearnos que nos rechazabas por Micanea.
- ¿Mi hija? No, mamá. ¡Eso nunca! Os amo a las tres.
Llegaron a la explanada frente la entrada de la casa y Sam detuvo el vehículo. Con un gesto y una caricia retuvo a su esposa.
- Has propuesto un buen plan mamá. ¿Me das un beso?
- ¿Aquí? ¿Ahora? La casa está a unos pasos.
- Sí, pero no puedo esperar.
Se besaron en los labios, pero al poco, Mikane contuvo el inicio de unas caricias. El lugar era incómodo. Y además debían compartirlas con la esposa que esperaba en casa. Casi parecía que le reñía al decir:
- Te he pedido que seas cariñoso con tus esposas, pero en el cómodo nido de casa. No aquí.
Poco más tarde, y tomando por sorpresa a Mileada que estaba jugando con su cría, mamá le quitó el calzón haciendo que quedase tumbada en el suelo del comedor. Estuvo dedicando su lengua a los pétalos de su hija mientras Sam, ya desnudo, lamía los pezones de Mileada, con cuidado de no estorbar a Micanea. La criatura parecía que también quería participar puesto que tomaba su parte de crema directamente de un pezón, o quizás temiera que iban a quitarle su alimento. El caso es que así Mileada tuvo un estallido. Y la criatura parecía nadar entre tanta crema aportada por su mamá.
Sam cargó a las dos esposas hasta el nido sin dejar de besarlas.
Luego Mikane se subía en el cuerpo de su esposo y restregaba en el pene todo su cuerpo. Estallando tres veces. Y Mileada nada dijo, pero su rostro mostraba envidia. Por lo que, estando ya satisfecha Mikane, Sam tumbó a su más joven esposa sobre una bolsa, puso su pene rozando los pétalos, hizo que juntara las piernas apoyándolas contra su barriga, consiguiendo un buen contacto entre las intimidades.
Mileada gimió al notar el roce.
- ¡Ah! ¡Cariño! – Y respondió a la muda pregunta de su esposo. - ¡Sí! Me va bien. ¡Oh, sí!
Sam se movió como si la poseyera y el roce resultó muy agradable. Y mucho más para Sam cuando Mikane sujetó con una mano el miembro que asomaba entre los muslos de Mileada y casi rozaba sus tetas.
Mileada estalló varias veces y tuvo que sujetar a Micanea porque patinaba entre sus tetas.
Sam se retiró para acariciar ahora a Mikane. Se puede decir que besó y lamió todo su cuerpo hasta que se centró en sus pétalos haciendo que estallara dos veces. Se tumbó colocando a su esposa encima y así la penetró.
Conforme entraba en su cuerpo la hembra tuvo un estallido.
Mikane estaba totalmente entregada a su esposo al pedir:
- Conmigo no tienes que contenerte. ¡Acaríciame!
Sam cogió a Mikane por las nalgas e impuso un ritmo más enérgico que la hacía gritar cada vez que era penetrada hasta el fondo. Luego llevó una mano a sus tetas y las estrujaba haciendo que la crema saliera casi a chorros por los pezones. Estalló varias veces.
Se retiró de Mikane y acudió a la joven madre. Primero lamió sus pétalos que estaban mojados de crema y otros jugos. Luego colocó el pene en la entrada de su cuerpo. Empujó. Y poco a poco la poseyó. Cuando consideró que había penetrado lo suficiente se contuvo para empezar a moverse. Mileada protestó pidiendo más, ya que muchas veces le había notado más adentro.
- Más, cariño. ¡Métela más! Empuja mi cuerpo con esa barra caliente.
Cuando Sam culminó entre esos pétalos. Mikane tuvo que ocuparse de Micanea porque había tanta crema en las tetas de Mileada que la criatura patinaba con el peligro que caer al agua del nido.
Como les suele pasar a esas hembras, Mileada tuvo un estallido a cada descarga de semen, gritando lo mucho que le gustaba.
- ¡Charca…! – Gimió la hembra. – ¡Ha estado mejor que nunca! - Al poco añadió sonriendo: - Me gusta notar cómo tu carne se torna blanda sin salir todavía de entre mis pétalos.
Como si mostrara que es verdad su cuerpo se estremeció sin llegar a aportar más crema.
Sam se dedicaba a darle muchos besos en el rostro y labios.
Mileada murmuraba que lo necesitaba, y lo mucho que le había gustado amarse poco antes. Riñó a su esposo:
- Vale que después de un parto hay que esperar, pero ya hacía mucho que no nos amábamos.
En ese momento Mikane accionó las duchas y mojó a sus hijos para que se lavaran sin dejar el nido. Así interrumpió lo que parecía una discusión cuando en verdad se trata de un mal entendido por parte de una primeriza madre y un no sorevano.
Sam aceptó las críticas en silencio. Al poco explicó que no sabía cuánto debía esperar y que temía dañar al desarrollo de Micanea o la recuperación de su cuerpo tras el parto.
- Vale ahora te comprendo. Pero es que llegamos a pensar que algo relacionado con el ejército te preocupaba.
- Sí. Yo también lo pensé.
Dijo Mikane en un intento que no se hablara sobre Micanea. Todavía sujetaba a la criatura para que su madre pudiera lavarse más cómodamente. Y claro, como es lo normal la llevó entre las tetas.
Cogió agua con una mano y la pasó por la cara de Micanea y sonrió a ver que la cría buscaba crema en sus tetas. La ayudó situándola sobre un pezón pensado que nada sacaría, aunque hubiera gozado poco antes ya había pasado lo que creía demasiado rato. Y se sorprendió cuando la cría sacó un buen pegote de ese pezón. La abuela rio con ganas ante los gestos de desagrado de la criatura, al parecer no le gustaba el sabor de su crema.
Se acercó a la pareja y lo comentó provocando el asombro de Sam.
- Pero si tienen el mismo sabor y una suavidad muy parecida.
- Pues parece que no.
Mileada recuperó a la criatura colocándola entre sus tetas, mientras decía a su madre que no sabía si reír por ser Micanea tan selectiva o pedir perdón por el rechazo.
Mikane recordó que su hija siendo una cría de pocos cautones solamente se terminaba el tazón con sionma si se lo daba ella. Sonrió y simplemente dijo:
- No te preocupes, cariño, todos los críos son así de exigentes.
- Sí, mamá, por eso te quiero tanto.
Una tarde llamó el ejército citando a Sam para el día siguiente. Como siempre el margen para prepararse era breve, pero por otro lado tenía que justificar tan buen sueldo que le daban.
- Lo extraño es que vendrán aquí con una nave y estaré fuera todo el caute. Y quizás el siguiente, por lo que creo que se trata de un lugar cercano.
Ante el requerimiento de Mileada, Sam afirmó que nada más sabía.
- Bueno. Abrígate.
- No te preocupes, cariño, tienen en cuenta mi tamaño cuando me prestan el equipo.
La nave no era muy grande, pero Sam pensó que, al posarse en el blando suelo frente a su casa, tendría que dedicar toda una mañana en repararlo con el tractor. No fue así, el comandante de esa nave sabía lo blando que es el suelo y la nave quedó flotando a una altura similar al largo de su brazo. Se abrió una puerta, apareció una rampa y salieron dos uniformados que aparentaban no ir armados. Mediante gestos le ordenaron acercarse.
Iba subir por la rampa cuando un soldado lo contuvo mediante un imperioso gesto. Debía identificarse. Se sorprendió pues era la primera vez que le imponían algo así sin pensar que dentro había alguien con un cargo muy elevado.
- ¡Vaya! No creo que seamos muchos los nativos ejerciendo de colono por aquí cerca.
- Es el protocolo. - Insistió el militar.
Ya dentro vio que, como casi siempre en un transporte pequeño, adosadas a las paredes había unas filas de asientos ocupados por soldados bien equipados y armados. Algunos llevaban puesto un casco, otros lo tenían entre sus piernas. Todos le miraron con curiosidad.
En pie y recibiéndole eran dos soldados que Sam no sabía interpretar los símbolos que indican la graduación. Eran macho y hembra. Pero quien realmente mandaba era un civil algo mayor y que se cubría con un grueso abrigo. Como ya era lo normal no le dijeron sus nombres ni cargos.
La nave se movió y aquellos ocuparon unos asientos. Le indicaron que podía sentarse sobre lo que parecía un baúl y habían tenido el detalle de poner unas mantas para que resultara más cómodo y unas cintas desde la pared para sujetarse.
- Por favor, perdona que sea ahí, pero no tenemos tiempo para colocar un asiendo adecuado. - Se justificó un jefe.
Como Sam ya suponía llegaron pronto al destino.
Unos militares le entregaron un grueso abrigo indicándole que se diera prisa en ponérselo. Colocaron unos arneses en su cuerpo y le ordenaron que se pusiera unas botas pesadas y muy rígidas. Pero eran de su talla. También le entregaron un casco. Le indicaron como accionar el comunicador, pero estaba prohibido usarlo sin que le autorizasen.
Cuando la puerta se abrió, Sam comprendió el porqué de su equipo. La nave estaba sobre unos árboles a más de veinte veces la altura de su cuerpo del suelo y debían bajar mediante unos cables. Al parecer no había dónde aterrizar. Vio que había más soldados por ahí abajo.
- ¿No me dicen de qué se trata? Veo que hay nieve por lo que supongo que estamos en las montañas. ¿Verdad?
- Pronto lo sabrás. - Dijo un militar.
- Un poco de paciencia, por favor. - Añadió el civil que también se había puesto unos arneses sobre su abrigo. El casco que todavía llevaba en las manos era de un color distinto al de los demás.
Tras el temor inicial, Sam disfrutó bajando así. También bajaron muchos militares y cuatro paquetes enormes que cuando les quitaron las lonas resultaron ser vehículos. Y calculó que en la nave solo quedaron los pilotos.
La nieve no había sido apartada, pero sí estaba muy pisoteada y era relativamente fácil caminar.
Le mostraron un cadáver. Mejor dicho: los jirones y huesos que quedaban debajo de unas piedras.
- Supongo que no sabes quién es, que no puedes reconocer el cadáver.
- Así es. ¿Debería saber quién es?
- Suponemos que sí, pero ahora no perdamos el tiempo, hace frío.
Subieron en lo que parecía un trineo sin techo, en el que por culpa del tamaño de Sam solamente cabían cinco personas, y que se deslizó suavemente ladera arriba. Dos más les seguían y había más militares por la zona. Parecían dispuestos para el combate. ¿Habrá peligro? Temía Sam.
Antes de llegar ya reconoció el lugar.
- ¡No! ¡No puede ser!
Nadie le oyó al tener el comunicador desconectado.
En cuanto se detuvo el deslizador, Sam bajó de un salto, y corrió a la entrada de la cueva. Se detuvo jadeante. Se quitó el casco dejándolo caer a sus pies y al poco sus piernas se doblaron. Quedó arrodillado mirando el lugar donde vivió con otros humanos durante un mes.
Un militar lo describió, pero no hacía falta, Sam no lo veía como estaba en ese instante. Mil imágenes se agolparon en su mente. Algunas le hacían sonreír y otras eran dolorosas.
- Bien. Es evidente que reconoces el lugar como el último refugio antes de unirte a nosotros. - Dijo el que vestía de civil.
Se había quitado el casco y cubría su cabeza con un gorro de goma. Al parecer le había estado observando.
- ¿Cuánto tiempo estuviste aquí?
- Un mes.
Murmuró Sam, y tuvo que repetirlo porque nadie le había oído.
Alguien pidió que aclarase cuánto tiempo es un mes, y así se dio cuenta que era grabado mediante unas pequeñas cámaras por dos soldados. Aunque uno de ellos parecía que abarcaba mayores planos y solamente le enfocaba de vez en cuando, lo mismo que a los soldados.
- Un mes son treinta cautes.
Respondió Sam. Y estuvo por decir que eso ya debían saberlo gracias a los humanos de Canadá y Tokio. Pero no tenía ganas de hablar. Además, podría ser que los militares que formaban ese grupo realmente no lo supieran.
- Sabemos que no es agradable para ti, pero hemos descubierto más huesos. La mayoría están amontonados. Suponemos que todos son de la misma persona.
El hombre vestido de civil señaló el lugar coincidente con lo que en otro tiempo fue el espacio de la Abuela. ¿Por qué las preguntas? Era algo que había contado en tres o cuatro ocasiones. Se limitó a contestar.
- Sí. Deben ser de Abuela.
- ¿Un familiar? Lo siento.
Dijo el civil mientras el militar más cercano agitaba la cabeza en señal de respeto ante el sentimiento de Sam por un familiar perdido.
¿Se burlaban? Se preguntó Sam. Todo ya estaba dicho, grabado y por escrito. Seguro que leyeron su declaración sobre el lugar antes de ir a buscarlo. Es más, por eso le buscaron y no a cualquier otro. Despacio cogió aire, intentó calmarse no quería que le tomaran por un bruto si alzaba la voz.
- ¡No! Es como llamábamos a esta hembra por ser la más mayor. Ella era la abuela, estaba el Cojo, y yo el Chico. ¡Ah! Y estaba Garbo, pero no sé el significado del mote. Con los demás empleamos sus nombres. A la jefa pocas veces se la llamaba por su nombre. Era respetada y… querida.
Recordó a Zulema dando órdenes, consejos y aquella teta tan grande que vio a través del agujero de una lona.
Preguntaron si todos desaparecieron, dando a entender la intervención de los Mandoran de Barro, y Sam intentando respirar con calma contestó que sí. Hasta que recordó que Garbo debía estar enterrada por los alrededores. Y que el cuerpo que estaba allá abajo era de la sargento Zulema.
El civil al mando ordenó que se cavaran dos zanjas y las enterrarían dentro de la cueva.
Sam nada dijo.
Los soldados se movieron con presteza. Unos cavaban la dura roca con unos taladros, otros recogían en una bolsa los huesos dispersos por la cueva y un tercer grupo subió en un deslizador lo que quedaba de Zulema. Ya con los cadáveres cubiertos con piedras un militar preguntó:
- ¿Quieres hacer algún rito de despedida?
- No sé hacerlo.
Su voz sonó lastimera.
Los jefes admitieron que Sam era muy joven aún en ese tiempo.
Sobre los motones de piedras pusieron otras más grandes con los nombres grabados. Sam pidió un rotulador a los que manejaban las cámaras y en idioma sorevano escribió al lado de la palabra abuela.
“La persona más generosa”.
Puso una mano sobre la piedra y sin rezar, no sabía, murmuró en español lo mucho que le debía.
“Me hiciste adulto. – Recordó la última vez en la que realmente se amaron. – Y de despedida me regalaste todo”.
Naturalmente también fue grabado por los militares y serviría para conocer más el carácter del humano colaborador.
De regreso a la colonia en la aeronave, un militar le recodaba que no podía hablar del lugar ni de la misión. Sam pidió:
- Me gustaría hablar de Abuela a mis esposas. Ya lo he hecho en alguna ocasión antes y, eso, me gustaría decir que, gracias a vosotros, por fin está enterrada adecuadamente.
Los miliares dudaron mirándose entre ellos, y fue el civil quien lo consintió con la condición que no dijera el lugar.
- No te preocupes. - Dijo Sam muy serio. - No sabría encontrarlo. Durante muchos días… cautes, deambulé por el bosque. Sé que es una montaña, pero no sabría encontrarla. Ni tengo intención de hacerlo.
Estuvo a punto de preguntar el porqué del secreto. Se trataba de las tumbas de unos nativos. Pero no lo hizo. Pensó en la posibilidad que en las inmediaciones hubiera algo importante para el ejército que debía permanecer oculto.
Ya en casa descubrió que era muy tarde. Mileada ya dormía. Lógico, la cría acaparaba toda su atención y era agotador para cualquier madre. Sam comenzaba a desnudarse cuando se acercó Mikane desde la habitación.
- ¿Qué te pasa hijo mío? Estás muy triste. - Y por si se trataba de un secreto militar, preguntó: - ¿Puedes contarlo?
Se guardó de decir que los machos adultos no lloran.
Sam se dejó caer al suelo pidiendo a su esposa que lo abrazara. En silencio Mikane se sentó sobre las piernas de su esposo y se abrazó a su cuello. Tuvo que esperar un buen rato, hasta que dejara de llorar y pudiera hablar de la Abuela. Sam le conto todo, sus cuidados y lo mucho que aprendió de ella durante los juegos nocturnos y en la que fue la despedida.
- Antes que ella… jamás había estado con una mujer, una hembra.
Mikane se levantó, cogió en sus manos un poco de agua que bajaba por las paredes y se situó frente a Sam con las piernas un poco separadas. Y con toda la solemnidad que le permitía estar vestida con solamente un calzón cruzó los brazos derramando el agua mientras murmuraba:
- Abuela, gracias por enseñar tan bien a mi esposo. A mi juicio es un buen macho y mejor persona. Me hace muy feliz.
Luego pidió a Sam que esperase unos cautes para contarlo a Mileada. Estaba muy sensible.
- En estos cautes está perdiendo la crema de las tetas inferiores y eso hace muy sensible a cualquier hembra.
- ¿Perdiendo? Pero si cuando…
- Sí, eso es. Solamente la segregará en los estallidos, pero con esas no podrá dar de mamar a Micanea cuando le pida alimento.
- Creía que podría dar mamar unos dos cautones.
- Sí, pero solamente con las tetas de arriba. - Ante la extrañeza de Sam añadió: - No te preocupes, cariño, es normal.
Para no dar demasiadas explicaciones evitó decir a Sam que hay hembras que pierden la crema en las cuatro a la vez, o bien la producen todas durante los dos cautones siguientes al parto. Son muchas las hembras e infinitas las situaciones.
Llegó la primavera. Mileada se incorporó a su trabajo y los cuidados de Micanea recayeron en los esposos. Los cuales se turnaban para vigilarla o procuraban que estuviera entretenida en ese momento que debían dejarla sola.
Una tarde, Sam volvía de comprobar el funcionamiento del drenaje de las piscinas. Tenía ganas de una buena ducha y ya se iba desnudando antes de llegar a la habitación. Allí estaba Mikane guardando la ropa recién limpia, y Micanea, que sentada en el suelo jugaba con los dedos de los pies de su abuela.
Mikane se quedó mirando unas bragas muy bonitas que Mileada le había pedido que lavase, quería llevarlas cuando esa noche se mostrase a su esposo y sugirió que debía hacer lo mismo.
- Será divertido.
Y ahí estaban, preparadas para esa noche.
Sam entró en ese momento y al ver las bragas en las manos de su esposa preguntó si estaba recordando las vacaciones en Lago Oeste. Mikane sonrió sin responder y se dispuso a guardarlas.
Sam se acercó con cuidado de no pisar a Micanea y arrodillándose al lado de su esposa la abrazó. Mikane evitando sonreír dijo que no tenía tiempo para mimos. Que hacía tres trabajos a la vez: guardaba la ropa, preparaba la comida y vigilaba de Micanea. Sam no le hizo caso y metió una mano por dentro del calzón de su esposa para coger una nalga y preguntó si no podía hacer un trabajo más.
Mikane protestó poniendo un tono de voz que evidenciaba que no estaba enfadada.
- ¡Cuántos críos hay en esta casa!
Otra vez la hembra se sintió alagada por el joven esposo. Le gustaba ser tratada así.
Oyeron un grito de protesta y vieron que Micanea se había levantado apoyándose en las piernas de su abuela. Pedía… ¡No! Mediante gritos y gestos ordenaba que la cogieran en brazos.
Sam la sujetaba con una mano mientras con la otra le acariciaba la barriguita. Micanea reía hasta que se sorprendió de una sonora ventosidad que ella misma soltó.
- Vaya. - Dijo Sam.- Alguien ha comido muy bien.
-Pues no. Aún no. - Dijo Mikane mirando por la ventana. - La más guapa de tus esposas se retrasa.
- ¡Pero si estás aquí, mamá!
Alagada Mikane respondió:
- Ya sabes a quién me refiero.
Intentaban, sin conseguirlo, que Micanea comiera un poco de una espesa sopa de sionma cuando llegó Mileada de su primer día de trabajo. Se la veía cansada y enfadada.
- ¿Qué ocurre, cariño? – Se interesó Sam.
Mikane estaba atenta en su hija, sin dejar de intentar que Micanea comiera algo. Pero la cría ya había visto a su madre y alzaba los brazos hacia ella. No por cariño, los críos son muy egoístas, sino por la crema de sus tetas.
Mileada ya estaba medio desnuda, conservaba el pantalón de goma, y con Micanea entre sus tetas cuando explicó que faltando poco para terminar el turno tuvo que ir a ver un accidente entre varios vehículos.
- El resultado es de cuatro vehículos dañados, un herido grave y dos tontos con heridas leves, porque como suele ocurrir… el culpable del accidente es el menos perjudicado.
La pequeña intentaba mamar de una teta de abajo y claro, nada conseguía. Se enfadaba gritando su protesta. Mileada la alzó para que chupara de otra teta. Al poco se la oía tragar con glotonería. La mamá murmuró que la iba a dejar seca.
Sam preguntó si debía volver al trabajo esa tarde.
- Sí. Me queda poco más de un sexto de seis.
Más tarde Mileada entregó la criatura a su esposo. Ya estaba saciada y se disponía a lavarse para ponerse otra vez el uniforme. No tenía hambre por lo que rechazó la propuesta de Mikane que se sentara a la mesa.
Mikane protestó:
- Cariño, alimentas a tu hija y tú…
Justo en ese momento sonó una comunicación en el ordenador de Mileada, pero la atendió Mikane.
Se trataba de Zumeco, diciendo que no hacía falta que Mileada patrullara esa tarde.
- Dile que ya está todo tranquilo y puede quedarse en casa descansando de tan problemático primer caute. – Añadió como si lo recordara en ese momento: - ¡Ah! Me ha enseñado algunas fotos de la cría, unas mil o dos mil solamente. - Rio. - Debo felicitar a la abuela.
- Eres muy amable. – También rio Mikane.
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