Cruce de Historias VIIII
Paula siempre supo que Alberto era fuego, pero no sabía que el frío de su indiferencia la empujaría hacia el hermano que nunca imaginó mirar. Ahora, mientras camina del brazo de Asier, recuerda cómo una noche de atrevimiento cambió su vida para siempre.
Cruce de Historias VIIII
Ernesto vio salir a la pareja. Un chico alto, delgado, con unas hechuras y un perfil que (desde aquella distancia al menos) se asemejaban sorprendentemente a la estatua que presidía la tumba en su cementerio, allí donde había comenzado todo. Parecía andar con dificultad y se apoyaba en una muchacha más bajita, morena, con el pelo cortito y con poco o ningún aspecto de modelo. Vestida informal, con curvas apetecibles pero no estilizadas ni proporcionadas, como correspondería a una chica como Judith o Marta. Les vio caminar calle abajo y los siguió sin atreverse todavía a abordarlos. Prefirió dedicarse a observar y reunir toda la información que pudiera de lo que estaba viendo antes de entablar contacto.
Paulita caminaba del brazo de Asier, despacio, adaptándose a su paso como hacía siempre, sin prisas, contenta de sentir su contacto y siguiendo su rutina de entre semana que consistía en ir al pequeño bar que había dos calles más abajo a desayunar. Tomaron asiento en la terraza y el camarero les hizo una seña vaga e imprecisa que ella sabía que significaba que ya los había visto llegar y que les iba a preparar su desayuno habitual. Movió la silla para sentarse como siempre junto a Asier, compartiendo el mismo lado de la mesa. A su chico le costaba sacar a pasear la sonrisa tan temprano, de hecho, apenas pronunciaba palabra hasta media mañana pero ella siempre conseguía que despegara un poco los labios durante el desayuno y que le devolviera alguna caricia, lo cual venía a decir que también él se encontraba satisfecho y feliz de tenerla a su lado.
Paulita aprovecha esos momentos de silencio para perderse en sus propias cavilaciones. Hoy toca recordar cómo empezó todo, a veces lo hace y se recrea en los recuerdos, disfrutando mientras se detiene en aquellos que más feliz la hacen y trata de pasar de puntilla por los dolorosos, aunque como todo aquello tuvo un buen final, los tristes apenas escuecen. Incluso el más punzante de todos, el que estuvo a punto de llevarse por delante a Asier, tiene ahora otro tinte porque aquel accidente fue precisamente el que lo echó en sus brazos definitivamente.
Es curioso cómo empezó todo. Ella compartiendo piso con una desconocida en Madrid, con aquella Sandra que se convirtió rápidamente en su amiga, las dos estudiantes, las dos iniciando su carrera, las dos deseando comerse la capital. La primera amiga íntima de verdad que tuvo, porque Paula era una chica bastante retraída y apocada. Hasta que no topó con Sandra, ella creía que la amistad era otra cosa, las relaciones superficiales que había tenido con otras chicas en el pueblo, cosas casi de crías. Esta amiga la espabiló y pasó lo que nunca hubiera creído que podía pasar: que ella podía atraer a un chico guapo y hermoso.
Alberto, el hermano de Asier, estudiaba en su misma universidad y todas las chicas de por allí estaban locas por él, ella la que más. Sus tímidos intentos de atraerlo evidentemente no funcionaron porque ahí había chicas que jugaban a otro nivel, descaradas, hermosas y guapas, de familia bien. Se dio cuenta que era bastante inexperta y patosa pero cuanto más difícil se le ponía la cosa, más enamorada creía estar de aquel chico.
El amor ¿qué sabía entonces ella lo que era verdaderamente el amor? ¿Cómo podía saber lo que se siente al querer dar la vida por alguien, al necesitarlo tanto como respirar? Todavía era apenas una cría, con dieciocho años cumplidos pero con mentalidad de cría y de adolescente que aún no había vivido sus primeras experiencias, su primer amor de verdad, porque desde que conoció a Alberto tuvo claro que lo de su novio en el pueblo había sido otra cosa muy distinta.
Y fue Sandra, bendita Sandra, la que la sacó del cascarón, la que se convirtió en su confidente, la que la llevaba a conocer la noche, con la que cogió su primera borrachera, la que le enseñó que sexo y amor no tienen por qué ir de la mano. Sandra que intentaba encender la chispa en ella y que al final lo consiguió, esa chispa que prendió y lo quemó todo.
Y así recuerda ella esa fiesta a la que acudió solo porque Alberto también iba. Como siempre rodeado de busconas, asediado por otras chicas con muchas más posibilidades de éxito que ella... Paula se relaja después de dar un trago al café. El dulce que ha dejado el azúcar en sus labios se mezcla con la sensación de felicidad por haberlas dejado a todas con un palmo de narices, por ser la que se llevó esa noche el gato al agua contra todo pronóstico. Aún recordaba las palabras de Sandra en cabeza, martillándole el cerebro, produciéndole latidos en sus sienes que acabaron acompasándose a los de su corazón, haciendo que mil hormigas corrieran por su vientre.
- Pues chica, si no te hace caso y lo tienes todo perdido, ofrécete con todo el descaro del mundo, pónselo en bandeja de forma lo más explícita posible. Los hombres son hombres, ninguno rehúye el reclamo cuando se lo ponen de sopetón frente a la polla. Píllalo desprevenido y échate encima, que no le dé tiempo ni a pensar, Paulita, que tú estás muy buena y si no lo conquistas, al menos un polvo seguro que te llevas.
Y allí estaba ella, recordando aquellas frases tras intercambiar alguna mirada con Alberto que la observaba entre curioso y aparentemente poco interesado, tratando de adivinar de que iba aquella chica menuda, de grandes ojos negros y aparentemente muy tímida que no hacía más que mirarlo pero sin atreverse a acercarse. La curiosidad mató al gato: ella destacaba por ser distinta, aunque esta diferencia la hiciera solo su torpeza y su falta de seguridad en sí misma. Llegó un momento en que cada latido iba acompañado de un sorbo del vodka con limón que había aprendido a paladear de la mano de su amiga. No acababa de gustarle del todo pero aquello encendía algo de fuego en su interior, lo suficiente como para animarla.
Nunca supo si fue porque estaba medio borracha o por simplemente por un impulso que hubiese seguido de igual forma. Solo supo que siguió a Alberto una de las veces que fue al baño, que lo espero a la salida y que sin perderle la mirada lo llevó de su mano hacia la primera habitación que encontró. El chico se dejó hacer, divertido ante el arranque, pero luego su mirada cambió en el momento en que ella se quitó rápidamente el vestido y lo dejó caer a sus pies. Bragas y sostén desaparecieron igualmente y ella se ofreció así, sin más, adoptando una postura que pretendió ser obscena, sentada en la cama y abriéndose de piernas pero que al muchacho le resultó casi tierna al verla temblar de inquietud, no se sabía muy bien si por el ridículo que pensaba que estaba haciendo o por el miedo a verse rechazada. Y sí que follaron. Para alegría y entusiasmo de Paula, él se desabrochó la camisa mientras no dejaba de observarla, se bajó los pantalones, se quitó el slip y ella pudo observar como estaba ya perfectamente erecto.
Era su primera vez juntos y temió que él la rechazara al notar su nerviosismo pero no sucedió así. Ella aguantó el dolor inicial con una mezcla de molestia y excitación, hasta que de forma natural el deseo hizo de las suyas lubricando su vagina. Para cuando Alberto quiso hacer la marcha atrás, Paula no le dejó, apretó sus muslos en torno a su cintura para obligarlo a continuar. “Por favor, por favor, no pares, sigue…” y él siguió hasta el final, hasta que los dos alcanzaron su placer.
Lo que siguió resultó un tanto embarazoso. Ambos se quedaron sin saber qué hacer, como sorprendidos, durante un instante. Luego se vistieron sin mediar palabra y salieron de nuevo a la fiesta. Alberto mantuvo las distancias aunque intercambiaron varias miradas entre ellos que no pasaron desapercibidas para las chicas que estaban pendientes de él. Pero no se volvieron a dirigir la palabra esa noche. Paula se volvió al piso, convencida de que era eso lo que se llevaba, justamente lo que había dicho su amiga Sandra: un buen polvo con el chico macizo de la clase y poco más. Pero al día siguiente, Alberto, parecía haber reconsiderado las cosas: para su sorpresa se sentó junto a ella en clase y a la hora del desayuno la invitó un café ante la mirada extrañada de más de uno y más de una. Esa misma tarde, al terminar las clases, él la llevó en su coche a casa y por supuesto Paula lo invitó a subir ¡Qué distinto aquel polvo a los que echaba con su novio e incluso al de la noche anterior en el que los nervios y la emoción habían robado espacio al placer!
En su habitación, ya supo Paula que era suyo, que de alguna manera (aunque no sabía cómo) había conseguido atraparlo al verlo desencajado, deseoso y tenso mientras la follaba con ímpetu. Un placer que iba más allá de lo que había sentido hasta entonces, que la rompía por dentro de gusto y que la transportaba a un mundo del que no podía volver hasta alcanzar el orgasmo, y así fue como la sorprendió su amiga. Ella pudo ver como asomaba la cabeza pero en ese momento no podía hablar ni decir nada, solo recibir una y otra vez la verga de Alberto en su interior.
- Menuda cabrona estás hecha, qué asco, qué envidia te tengo - le espeto Sandrita nada más se fue Alberto - Pero ¿cómo lo has conseguido?
- Pues como tú me dijiste. Me ofrecí y se ve que le gusté.
- Lo dicho ¡menuda cabrona con potra estás hecha!
A partir de ahí, los encuentros fueron numerosos para desesperación de su compañera y amiga que un día se plantó en la habitación muy seria y les dijo “o me dejáis hacer un trío o este ya no vuelve más por aquí, que me tenéis loca con tanto grito y con tanto orgasmo”.
Los dos se rieron pero de momento, Paula, no estaba dispuesta a compartir a Alberto. Era consciente de que a la larga esa relación no pintaba muy bien, porque si bien es cierto que había una tensión sexual muy elevada entre ambos y que se tenían cariño y había momentos de auténtica pasión, él no la miraba con amor, como se mira de verdad a la persona que quieres. Había conseguido meterlo en su cama y entre sus piernas pero no había conquistado su corazón. Y eso significaba que tarde o temprano algún día se iría. Quizás esa conciencia de lo inevitable hizo que Paula templara también sus sentimientos ¿Estaba de verdad enamorada o era el calentón de haber descubierto su primera pasión?
A pesar de que seguían follando con intensidad, la distancia que poco a poco iba poniendo Alberto entre ellos dos atemperaba también sus instintos. Bien es cierto que durante todo ese tiempo estuvo con ella y solo con ella y cortó los devaneos con el resto de chicas, pero su mente y su corazón estaban en otro sitio, quizá con aquella vecina que conocía desde pequeño y a la que alguna vez mencionó. Cuando la aludía (en contadas ocasiones), a diferencia del resto de chicas de las que hacía memoria, con esta sí que le brillaban los ojos. Acabó aceptando que aquello tenía que terminar (posiblemente con el fin de curso) y descubrió que tampoco le afectaba tanto, quizás porque fue algo gradual que le permitió poner en orden sus sentimientos.
Pero entonces sucedió. Alberto también le había hablado de su hermano Asier, el modelo. Tres años mayor que él, con los estudios inacabados pero con un físico que hacía que se le abrieran las puertas del mundo de la moda. Lo habían descubierto por casualidad cuando los dos se presentaron a un casting de modelos de gafas de sol, con más ganas de broma que porque creyeran que los iban a coger. Alberto se quedó fuera pero los que seleccionaban se quedaron con Asier, que rápidamente llamó la atención de la gente que movía los hilos en aquel mundillo y que buscaban nuevos talentos. Fue enlazando trabajos y en dos años ya desfilaba con algún modisto de primera línea.
La verdad es que Paula no había mostrado curiosidad ni interés por su hermano, ni siquiera había visto ninguna foto de él, ella estaba a lo que estaba hasta que un día coincidieron en Madrid y Alberto decidió presentársela. La historia se volvió a repetir. Paulita había tenido su novio en el pueblo y pensaba que el simple hecho de emparejarse con alguien y hacer planes, ya era amor. Cuando encontró a Alberto tuvo claro que aquello no había sido ni mucho menos amor, ni siquiera pasión. Sin embargo esta última sí que la conoció con Alberto quedando confusa ¿Era eso de verdad amor o solo encoñamiento? Dicen que cuando hay duda es que no hay sentimiento y eso fue lo que le pasó a Paula. Quizás si Alberto hubiera mostrado algo más que deseo, ganas y cariño hacia ella se habría enamorado. Lo tenía todo para ser su pareja ideal, así que quizás hubiera cruzado esa frontera difusa que separa el querer del amor. Pero el chico solo parecía ver en ella la evocación de otro amor, ahora lejano en el tiempo y en la distancia, y eso a la desilusionó. Los dos se tenían porque se necesitaban pero Paula, a pesar del barullo que se había formado en su cabeza y en su corazón, fue cada vez más consciente de que aquello tenía fecha de caducidad. Hasta que Alberto le presentó a Asier, que después de varios meses viajando por toda España desfilaba en Madrid. Y entonces todo cambió.
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