Invasores y nativos. 24
En un mundo donde el deseo es tan natural como respirar, Sam y Mileada descubren que el amor no conoce fronteras ni especies. Pero cuando la maternidad se cruza con el deber militar y las tradiciones alienígenas, la línea entre el placer y la responsabilidad se difumina en cada caricia.
Más tarde comían en ese mismo local de unos paquetitos hechos con algas y otras plantas, frutas y a saber qué más, que a Sam no terminaba de gustar, pero Mileada devoraba con fruición.
- ¡Está riquísimo! – Hablaba con la boca llena. - ¿Compramos otro a medias?
Sam ofreció lo que quedaba del suyo y Mileada comprendió que a su esposo humano no le gustaba esa comida. Como si no tuviera importancia le quitó su parte y le propuso que se comprara lo que quisiera.
- Total, lo vas a pagar tú.
Tras dudar un poco Sam compró lo que se llamaba “nubes del campo” y le gustó. No era barato, nada lo era en esa ciudad, pero comió tres tarritos. Se trataba de unos granos hinchados y crujientes acompañados de una crema verde ligeramente picante. Y quizás fuera por eso, el picante ocultaba la carestía de sal.
Regresaron al hotel y tras una refrescante ducha se acostaron en la estera. Los dos estaban desnudos. Mileada cogió el pene de Sam y pudo jugar durante un rato hasta que ya no cabía en su boca. Sam disfrutó de la caricia en el pene y el masaje en los testículos.
- Bueno, cariño. – Mileada se ponía encima colocando la polla entre las tetas. - Ahora te toca disfrutar.
- Cariño. Si estás cansada…
- Lo que estoy es con muchas ganas de amarte.
Más tarde Mileada perdió la cuenta de las veces que estalló su cuerpo al restregarse sobre su esposo. Sus tetas segregaban crema sin parar mostrando lo bien que lo pasaba y por eso cuando notó que a su esposo le faltaba poco para culminar, se deslizó para acoger en su cuerpo ese pene que tanto placer le daba. Gritó:
- Ven cariño. ¡Lléname! Dame tu esencia. Hoy vamos a crear a nuestro hijo. Lo sé.
Sam disfrutó el doble, el triple o más al notar que su esposa le recibía. Colaboró en el vaivén hasta que no pudo aguantar más y se corrió en cuatro descargas.
Sobre el cuerpo de Sam, Mileada disfrutó de cuatro estallidos mientras sus tetas parecían manantiales.
- ¡Ah! ¡Cariño! Por la Charca qué surtidor tienes.
Poco más tarde, con su cuerpo rebosante de crema y semen, se dejó caer a un lado de la estera y se puso a llorar ocultando su rostro con las manos.
- Soy mala esposa. Deberías rechazarme. - Se quejaba.
Sam la cubría de besos intentando consolarla.
- Serás la mamá más bonita del mundo.
La cogió en brazos y la llevó a la bañera.
- ¡Oh! Sam, cariño. Te amo. De verdad que te amo…
- Lo sé. Cariño, lo sé. Deja que te lave. Y luego nos acostamos.
Al día siguiente se pusieron los bañadores y la ropa ordinaria sobre ellos. Fueron a desayunar para después, paseando sin prisas llegar a la playa que ya conocían.
El agua estaba algo agitada en comparación con el otro caute, por lo que no se alejaron de la orilla. Sam se dedicó a lanzar fuera del agua a su esposa que gritaba pidiendo más y más alto. Allá arriba se retorcía para caer de pie sobre el agua, a veces lo conseguía, otras, caía de culo.
- ¡Me lanzas mal a propósito! - Se quejó.
Era cierto, pero también divertido. Reían.
Una madre se acercó con sus dos críos y pidió a Sam que los lanzara así. Pero Mileada contestó que ya se marchaban.
- Solo una vez. - Insistió la desconocida.
Mileada tiraba de un brazo de su esposo en dirección a la orilla evitando que Sam aceptara.
Ya solos en la caseta alquilada, dijo seria:
- No eres un juguete de nadie. Solamente mío. - Miró fijamente el rostro de Sam y añadió ya sonriendo: - Y de mamá.
- Un juguete. – Se quejó.
- Y nosotras el tuyo. – Se sentó en una pierna de Sam. – Sabemos que te gusta jugar con nuestros cuerpos.
- Pues sí.
Sam acercó sus manos al cuerpo de su esposa. La cogió de los hombros y las deslizó por los brazos hasta las manos. El gesto parecía inocuo sin intención. Hasta que Mileada se fijó en los ojos de su esposo. Notó lo mucho que la amaba, que la deseaba. Notó que esas manos estaban limitadas en la caricia de sus brazos porque su esposo se contenía de más. Ruborizada miró a otro lado y con la intención de contener las caricias que los dos deseaban, propuso que debían marcharse.
- Sí, cariño.
Mileada escuchó a la voz ronca de su esposo. Le vio desviar la mirada mientras suspiraba su resignación, y un bulto bajo la tela del bañador que parecía que iba a desgarrarlo. Ya no pudo más.
- Tápame la boca para que no grite, y vamos a follar. – Con movimientos bruscos se estaba quitando el bañador. - Mi esposo se merece todo lo que pueda darle.
Sam se corría sobre las tetas de Mileada, la cual estaba bocabajo con el miembro de su esposo rozando sus pétalos y había perdido la cuenta de los estallidos. Mileada se dejó caer sobre la mesa y se llevó a la boca una mano totalmente cubierta de semen.
- ¡Uf! Cariño. Menos mal que ya has concluido. Un estallido más y se nos acaban las vacaciones.
- Te quiero.
Los dos mostraban en sus rostros la felicidad que les desbordaba cuando fueron a comer en el mismo comercio del caute anterior.
Esta vez Sam disfrutó de su plato y anotó el nombre para pedirlo en otra ocasión. A la amable hembra que también los atendió el caute anterior le preguntó de qué estaba hecho para intentarlo en casa.
La hembra le explicó todos los detalles, y, además, al ir a pagar, le envió la receta a su portátil.
- Es un plato fácil de hacer. Y no es un secreto su elaboración.
Tras un largo paseo se detuvieron ante otra casa Cesta.
- ¿Cuántas debe haber en la ciudad?
- Es mucha la población, además de los visitantes que siempre debe haber. Ya sean estudiantes, comerciantes o… como nosotros: de vacaciones.
Poco antes de un sexto de seis volvían a estar juntos. Mileada propuso alejarse rápido de allí y de vez en cuando giraba la cabeza.
Sam se preocupó:
- ¿Qué ocurre, cariño?
- Pues que me han propuesto un paseo en barca por el lago, una cena y alojamiento en un hotel al otro lado del lago. Me negué, claro, pero era muy insistente. Me dijo su nombre varias veces y continuamente preguntaba por el mío. Le dije que soy una granjera visitando la cuidad unos cautes y tenía que regresar con mi acompañante, que tan solo me había ausentado por un rato.
Todo era cierto.
Se detuvo para mirar atrás. Cogió aire y continuó con las explicaciones.
- Pero no me hacía caso. Continuaba con su propuesta. ¡Llegó a ofrecerme trabajo en Recolección! Mientras que yo me guardé las ganas de decir que soy vigilante para que nada supiera de mí.
- Bueno, cariño, ya está. A no ser que digas que me dejas por él creo que debes olvidarlo.
Mileada apretó la boca y puños mirando muy seria a su esposo. Sam besó su rostro varias veces, algunos besos fueron en esos labios que permanecían cerrados.
- Falta un poco para la hora de cenar… ¿Quieres antes un helado de frutas? ¡Mira! Una fuente. ¿Nos refrescamos un poco?
Ante los esfuerzos de su esposo Mileada no podía continuar mostrándose enfadada, así que propuso:
- Vale, sí, bien. Has ganado una tregua. Pero esta noche quiero que me hagas un hijo.
- ¿Otro? ¡Pero si la lo creamos ayer!
Mileada volvió apretar su boca y puños, y Sam cedió.
- Vale cariño. Nuestros hijos llenarán el planeta.
Por fin explicó que estar en la Cesta no había sido una pérdida de tiempo. Antes de ser molestada había estado con dos machos. Concluyó.
- Estuvieron bien, pero creo que debería presentártelos para que les enseñes lo que hace gozar a una hembra. Un estallido con cada uno, es pobre. Resultó muy pobre, casi triste.
La fisionomía sorevana es así, pero en ese momento no importaba dar más explicaciones.
Esa noche se amaron sintiéndose muy felices y por fin Mileada se relajó. Claro que contribuyeron mucho esos siete u ocho estallidos que tuvo dejando el cuerpo de Sam lleno de crema.
Mileada estaba jugando con el flácido y gelatinoso pene de su esposo, además de darle algún beso o lamida, cuando propuso regresar a casa. No quería estar más cautes en Lago Oeste.
- Bien cariño, mañana sacaremos los billetes de regreso. ¿Cuándo debes ir a trabajar?
Mileada lo pensó un instante y asustada gritó al darse cuenta de ese detalle. Estaba tan ilusionada con el viaje, con ser mamá que no había pedido permiso ni vacaciones en el trabajo, por lo que debía acudir pasado el caute siguiente. Rápidamente se pusieron a buscar billetes de regreso y solamente encontraron plazas en un transporte muy temprano.
Durante el baño Sam hacía bromas sobre que debían acostarse ya porque disponían de pocos sextos para dormir. Mileada se contenía de golpear a su esposo, aunque sabía que con sus puños poco o nada conseguiría ante su corpulencia.
- ¡No te rías! - Protestó.
- Ya intentaremos dormir en el transporte.
Durante la caminata a casa desde la parada del trasporte, tan cercana a Vigilancia, Sam cargaba la mochila, una bolsa de viaje y otras bolsas con las compras.
- Teníamos que haber comprado otra bolsa para llevar todo esto y sería más cómodo.
Mileada, a su lado, sonreía en silencio. Era su venganza por las bromas del caute anterior, ya que solamente llevaba en sus manos un pequeño envoltorio que a veces acariciaba o lo trataba con cuidado. Además, llevaba puesto el vestido nuevo acaparando las miradas de los vecinos con los que se cruzaban, le quedaba muy bien.
Cada vez que Sam preguntaba cuál era el contenido del paquete, ella respondía con una sonrisa que resultaba entre misteriosa y pícara, añadiendo un “ya lo verás” que resultaba más intrigante. Sam también intentaba no sonreír al recordar que en aquella tienda estuvo mirando ropa íntima más bonita que unos calzones.
Mikane les recibió alegre y con un montón de besos. Y pronto madre e hija enviaron lejos a Sam con el pretexto de que tenían que hablar cosas entre hembras que estaban vedadas a un macho por muy esposo que fuera. Se marchó a la habitación a deshacer el equipaje, de esta forma de algo sí que se enteraba de la conversación de sus esposas.
Mileada contó todas sus vivencias en las Cestas, incluso las desagradables. Era imposible saberlo en tan poco tiempo, pero creía que estaba embarazada.
- Cariño, si es tu deseo tienes todo mi apoyo. – Miró la puerta a la habitación antes de preguntar: - ¿Qué piensa Sam?
- Pues ese gigante humano, nativo, con pelo por todo el cuerpo… me ama. Lo noto. Soy feliz. Mucho. Y… y si me dijera que no es así me moriría del disgusto.
Se puso a llorar.
Mikane abrazó a su hija. Pensaba que ciertamente era pronto para saberlo fielmente, pero gracias a esas lágrimas sabía que su hija estaba embarazada. Suspiró al recordar a Nosidane junto a otras vecinas:
“Otra llorona”.
Sam regresó pronto de su paseo entre los frutales y las esposas se vistieron con la ropa interior nueva ante un macho enamorado que continuamente las piropeaba. Mileada y una ruborizada Mikane se mostraron ante su esposo con unos calzones tan breves como bonitos. Sam les pedía que emplearan por siempre esas prendas.
- Me gusta mucho veros así por casa.
- Lo que te gusta es… otra cosa. - Afirmó Mileada.
Algo más tarde, Mikane se miró en el espejo de la habitación. Estar desnuda ante la persona amada es natural. Es lo normal. Pero vistiendo eso era muy extremo, era incitar al nido, al amor. No era una prenda para llevar normalmente por la casa. Ruborizada se la quitó para esconderla junto con las otras dos que fueron su regalo, en el fondo de su parte del ropero. Pero la verdad es que perdió la cuenta de las veces que las usó para mostrarse ante su amando esposo. Llegó a gustarle que Sam la mirase con renovado deseo y se las quitara mientras la acariciaba y piropeaba. Le hacía sentirse bien. A veces la desnudaba despacio, entre besos, otras, casi se las arrancaba de un tirón, y también estaba que ella misma se la quitaba para ofrecerse o adelantar las caricias.
El trabajo en la granja se multiplicó con la recolección de los frutales y pocos cautes después con el de las piscinas. Mileada aprovechaba sus cautes libres para ayudar.
Las sanadoras confirmaron el embarazo de Mileada llenando a todos de alegría, y Sam dedicó mucho tiempo en acariciar y hablar con una barriguita casi inexistente ante el regocijo de las esposas. Se convirtió en una costumbre que además de pedir a Mileada qué tal la jornada le preguntara también a esa criatura inventándose las respuestas, que normalmente se podrían catalogar como tonterías o graciosas.
Una tarde, que Mileada tenía libre y por lo tanto la dedicaron a amarse, Mikane estaba agotada. Su cuerpo se desbordaba de crema y de la esencia que Sam dejó entre sus pétalos. Mientras, Mileada ya estaba repuesta después de estallar cuatro veces al recibir la esencia de su esposo y tenía ganas de hablar. Su vientre no era abultado todavía, incluso podía ponerse el traje de goma del uniforme, pero lo mostraba por poco que podía. Quería ser mamá y pocas cosas más le importaban.
- Vamos a ver. Escucharme por favor. - Propuso Mileada mientras abrazaba a su madre. - Faltan más de cincuenta cautes para que mi crío aparezca y cambie las rutinas de esta casa. Por lo que antes, vosotros deberíais ir de vacaciones a un lugar bonito. A disfrutar de un viaje y divertiros.
Mikane dijo, en lo que parecía una protesta o evasión, que quizás lo harían después del parto.
- Por favor, mamá, no. Tiene que ser antes porque después os necesito. Además, si vas a las Cestas… pues, eso.
- No quiero más hijos.
Afirmó seria Mikane y por lo rápido de su respuesta parecía que lo hubiese estado meditando durante la ausencia de sus hijos.
Lo estuvieron discutiendo unos cautes entre los tres hasta que el ejército llamó a Sam. Debía acudir inmediatamente a una misión de cuatro a seis cautes de duración. Mileada se enfadó y lloraba a ratos. Curiosamente se comportaba así estando en casa y no durante sus turnos de vigilante.
- Esta cría tiene la debilidad muy selectiva. - Afirmó Mikane ante su esposo.
Mileada se había marchado a su trabajo de vigilante. Mikane estaba sentada con la canasta de la ropa por revisar cerca, mientras que Sam, junto la mesa dudaba si preparar ya la cosechadora o esperar unos cautes.
- Cariño, es tu hija, sí, pero por favor no la llames así, es mi esposa, la amo. - Se quejó Sam.
Mikane se acercó a su hijo para darle un beso.
- Me gusta veros tan enamorados.
- ¿Y te gusta notar lo mucho que te amo?
Pasó una mano por la espalda de la esposa que rápidamente se retiró. No quería las caricias tan pronto. Debían esperar al regreso de Mileada para evitar su llanto.
Cuando unos militares entregaron a Sam un traje de goma para retener los líquidos de su cuerpo similar a los empleados por los vigilantes de la colonia le pareció exagerado. Pero más tarde vio lo desolado del lugar en unas fotografías y supo que era acertado. Tuvieron que decirle cómo se ponía.
Caute caía sobre su espalda con un peso que jamás pensó que existía. Le ofrecieron un casco, pero como le quitaba visibilidad prefería un sombrero de amplias alas. Se cubría la boca con un pañuelo para no tragar polvo y los ojos con unas gafas tan grandes que parecían un antifaz. Al asomarse a la desolación del lugar preguntó al militar más cercano si era prudente y le aseguraron que lo peor de la jornada ya había pasado.
- No es agradable salir cuando Caute está en lo alto.
Desanimado Sam miró el cielo. No le apetecía salir, pero formaba parte de su trabajo.
El lugar al que se dirigían no estaba lejos, a tan solo unos pasos, pero a Sam, machacado por Caute, le parecía una enorme distancia.
Le mostraron unas cavidades en el polvoriento suelo y un militar, tan protegido como él, le preguntó si encontraba algún significado a aquello.
- Supongo que te refieres a la disposición de los agujeros.
El militar asintió.
- ¿Había algo en los agujeros? ¿Los destapasteis vosotros?
- Luego te darán más información.
“Los militares. – Pensó. – Todo son secretos”.
Recorrieron la zona durante medio sexto de seis. Sam quedó harto de tanto calor y polvo.
Tras limpiarse y beber agua en la enorme nave que hacía de cuartel preguntó qué querían de él, aunque estaba seguro que ya tenían respuestas y simplemente querían su opinión para comparar.
Un militar que no era el de mayor graduación le respondió:
- Así es. Tenemos alguna teoría y queremos compararla con tu opinión.
En un ordenador le mostraron muchas fotos de esqueletos humanos que ocuparon los agujeros y zanjas que le mostraron. Todos sin cabezas. Las cuales estaban en un montón, al parecer arrojadas sin miramiento en un agujero distinto. Además, a algunos esqueletos les faltaban las manos. La pregunta era simple.
- ¿Puedes decirnos que ha pasado aquí?
Otro militar dijo que durante una patrulla ordinaria se encontraron unos huesos por casualidad. Destaparon los demás.
Sam aceptó el encargo. Durante toda la tarde estudió las fotos y los comentarios. Al caute siguiente se vistió con la amplia ropa que le habían confeccionado sobre la de protectora goma y salió muy temprano para comparar las excavaciones con las fotos de los huesos encontrados.
Estuvo mucho tiempo observando, comparando lugares desde distintos ángulos, hasta que unos soldados acudieron para obligarle a que regresara al cuartel-nave. Alegaban que se acercaban los peores sextos de seis del día. El calor era extremo. Aunque humano debía protegerse.
Sam miró alrededor. Estaba cansado y había consumido toda el agua que cargaba en un envase de metaliviano. Se dejó convencer. Luego se duchó, comió y descansó durante un rato en el que no fue molestado.
En una casi improvisada reunión con los jefes expuso su opinión.
- Como siempre, no estoy seguro, pero esta es mi opinión. Creo que esos humanos fueron castigados o sacrificados siguiendo unas leyes o ritos que no conozco. Como no las he visto en otros sitios supongo que son locales o de esta zona. – Añadió tras un suspiro. – Las zanjas donde los enterraron creo que son aleatorias. No siguen un rito.
Miró aquellos rostros y supo que debía hablar más.
- Todos han perdido la cabeza al ser seccionada, pero algunos, como parte de un castigo más severo, también perdieron las manos. - Contradiciendo lo dicho al principio añadió. - Estoy convencido que fue así.
Sam accionó un mando y las pantallas tan grandes que colgaban de las paredes de la sala mostraron la ropa que llevaran aquellos esqueletos. A la altura de las muñecas o brazos descarnados aparecían unas telas o cuerdas a modo de ligaduras. Sam concluyó:
- Estos humanos fueros ejecutados o sacrificados por unas leyes o ritos que me parece de salvajes. De haber sido mayor su número pensaría que eran enemigos. Creo que no. Creo que formaban parte del mismo grupo y por contrariar alguna norma los castigaron.
Varios militares asintieron sin dar su opinión. Una hembra, que parecía civil porque, aunque llevaba un equipo militar no tenía galones ni insignias de cargo, preguntó a Sam qué sentía ante esas imágenes.
Sam respondió lo más sincero que pudo.
- No me gusta. Es cruel. - Innecesariamente dijo a qué se ocupaba y el número de la colonia donde vive. - Y espero que jamás me llaméis para ver otra vez algo así. Tan horrendo.
Le dijeron que podía marcharse y como si se tratase de algo agradable una hembra militar con menor graduación le felicitó por el embarazo de su esposa más joven. Así supo Sam de lo mucho que lo vigilaban. No le gustó. ¿Se trataba de un desliz o de un aviso?
Durante el viaje de regreso a casa pensó en dejar el ejército, pero claro, no por eso cesarían de vigilarle. Y el dinero le venía muy bien. Junto con el de su primera esposa era un colchón ante la oscilante economía agrícola, que unos cautones iba bien y otros no tanto.
Ya en casa las esposas no preguntaron sobre su trabajo. Y con el apoyo de Mileada convenció a Mikane para un viaje a otra zona de Lago Oeste. Esta vez el hotel era de mejor calidad y habría menos gente en la ciudad.
Fueron cuatro cautes con sus tres noches, para evitar así la envidia y el llanto de Mileada.
La primera jornada en Lago Oeste Mikane lo dejó bien claro a su esposo:
- No iré a una Cesta para que me fecunden. Ya no estoy para eso.
- Cariño. Estamos aquí para pasarlo bien. - Respondió sonriendo su gigante esposo.
- Sí. De viaje de recreo y nada más.
La habitación del hotel estaba bien. Todo funcionaba perfectamente. Pero el retrete seguía siendo pequeño. Sam tenía que usarlo con cuidado o sería un desastre. La ventana daba a una calle llena de tiendas y restaurantes. Aunque había mucha gente Sam vio que era menos que cuando acudió con Mileada unos cautes antes.
Durante esas jornadas hubo tiempo para compras, comidas, paseos, refrescos y meriendas. Y una mañana, tras la compra de un bañador para Mikane bajaron al lago para darse un buen baño. Tuvieron suerte con el tiempo y disfrutaron como críos, como enamorados. Solamente faltó jugar con la arena, pero no era costumbre entre los sorevanos, además, Caute molestaba mucho sobre sus cabezas.
- Te queda muy bien ese bañador. - Elogió Sam cuando salían del agua por segunda vez.
- No sé. Creo que te gusta ver lo que no cubre de mi culo.
- ¡Qué! ¡No me había fijado!
- ¡Mentiroso!
Rieron mientras Mikane se tapaba inútilmente con una mano.
En una ocasión, después de comer en un restaurante, se encontraban tan bien que en un gesto lleno de cariño se besaron en los labios sin percatarse de la cara de asombro de los camareros y otros clientes.
Y por las noches después del gratificante aseo en el baño, Mikane creía morir de gozo ante las atenciones y caricias de su esposo. El juego amoroso se iniciaba cuando era sacada de la bañera por los fuertes brazos de su esposo y llevada a la estera donde se daban muchas caricias hasta que sus pétalos recibían el pene de Sam, y quedaba deliciosamente destrozada por tanto placer recibido.
- Basta, por favor. ¡No puedo más! Durmamos.
- Sí, mamá. En cuanto nos lavemos.
Otra vez Sam cargaba en brazos a mamá y ya en la bañera la ayudaba a lavarse. Pero Mikane insistió que solamente lavarse y que cesara con las caricias.
- Ya sé que me amas y que te gusta mi cuerpo… y me siento bien, agradecida, al ver que correspondes a mis sentimientos, pero ya basta, por favor. No tengo fuerzas para más.
Mikane se dio cuenta que Sam no había estallado, para hacerlo necesitaba de un tiempo que la hembra no podría soportar.
- Cariño. Te has quedado a medias.
- No. He disfrutado de tu cuerpo plenamente.
Pero estaba tan cansada que solamente podía dejarse acunar para dormir.
Durante la segunda noche Mikane acariciaba a su esposo con las manos, luego acercaba su cuerpo y al restregar sus pétalos contra ese duro miembro estallaba dos o tres veces. Después Sam, o bien la acariciaba durante un rato haciendo que sus tetas aportaran más crema o ya la penetraba.
Con el miembro de su esposo dentro de su cuerpo Mikane estallaba dos veces como mínimo. La primera solía ser al ser penetrada. Aguantaba hasta que no podía más pidiendo descansar un poco.
Se retiraba y tras un breve descanso continuaba acariciando a su esposo con las manos y las tetas. Así hasta que Sam afirmaba que le faltaba poco. Entonces Mikane volvía a cabalgar a su esposo hasta que culminaba y… recibía una fiesta de sensaciones en su cuerpo que la obligaban a permanecer en la cama piscina hasta muy tarde.
Esa misma noche se dio cuenta que poco más tarde del juego amoroso, su esposo estaba listo otra vez. Se alegró al ver que no proponía nuevas caricias, la dejaba descansar.
Esa tercera mañana Mikane se despertaba tarde para lo que era su costumbre. Encontró a Sam asomado a la ventana. Se acercó.
- Hola, cariño. ¿Qué haces? ¿Has desayunado?
- Hola, mamá. Miro la gente pasar y no he desayunado.
San estando agachado dobló una rodilla haciendo que sirviera de asiento a Mikane. Mamá sonrió rechazando la oferta.
- Vamos a vestirnos. Y a desayunar.
Salieron a la calle con la intención de no regresar hasta después de cenar. Vieron más tiendas, pasearon por las calles, incluso en barca. Subieron al último piso de un edificio donde había un mirador, restaurante y algunas tiendas. La vista sobre el lago era bonita.
A veces iban cogidos de las manos, o Sam la izaba como era tan natural en ellos, para que viera o alcanzara algo. Los que estaba alrededor les miraban con asombro, mientras que otros, al ver que eran pareja y que tan felices estaban, les envidiaban.
Poco antes de las caricias en la tercera noche en el hotel, Mikane pidió clemencia a su esposo. Pidió que no lo hicieran esa noche. Realmente le resultaba muy cansado estar sola ante el vigor de su esposo. El cual respondió mientras ya acariciaba su cuerpo todavía mojado por el baño.
- No puede ser, cariño mío. - Sam hablaba despacio, con cariño y deseo a la vez. - Ansío tu hermoso cuerpo y no cesaré hasta sentirme satisfecho.
Mikane se sintió alagada y cansada al mismo tiempo. Sintió cosquilleo en su cuerpo, pero ninguna reacción en las tetas. Cerró los ojos y se entregó a las caricias de su joven esposo. Su cuerpo estalló cuatro veces empujada por unas manos y una lengua. Y al sentir el vigor del macho dentro de cuerpo fue como el renacer en las Charcas del Principio por cuatro veces seguidas.
No se dio cuenta que Sam, antes de penetrarla, se estuvo masturbando para no agotar en demasía a su esposa. Solamente la penetró cuando notó que le faltaba poco para culminar.
Al amanecer del cuarto día Mikane necesita un baño, hidratarse y quizá resucitar. Amaba y odiaba la energía de su esposo. Se sorprendió al ver tanta crema entre los dos que solamente pudo generar ella. Reconoció que lo había pasado bien, muy bien y su cuerpo, como si tuviese memoria, se estremeció.
Sin ningún esfuerzo miró al espejo que estaba frente sus ojos, y se vio abrazada a su esposo. El humano, con la piel color rosa tenía más bronceada la cara y brazos, mientras que el suyo era de claro color gris. ¡Qué distintos y cuánto se amaban!
Otra vez se estremeció al recordar que unos sextos antes su imagen también se reflejaría en el espejo mientras se frotaba sobre el duro miembro de Sam. Cerró los ojos para dejar de verse. Llevó una mano a sus pétalos y se manchó con la esencia de su esposo que todavía salía. Supo que era abundante y volvió a notar regocijo al recordar aquellas descargas que la llenaban y la hacían estallar sucesivas veces.
Intentó moverse para cambiar de postura y notó las manos de su esposo en su espalda y culo. Cariñosamente la retenían a su lado, sobre él. Mikane iba a protestar pidiendo que la dejara cuando oyó que su esposo murmuraba:
- Cariño. Te amo y soy muy feliz contigo, pero si me das un beso más moriré agotado. - Lanzó un suspiro que más parecía un quejido. - Ves a bañarte si quieres, pero deja que descanse un poco más. ¡Lo necesito! Eres la Señora de la charca, de todas las... - Se durmió.
Mikane sonrió satisfecha. Había una diferencia de edad, pero era capaz de agotar a un joven macho por muy gigante, voluminoso y vigoroso que fuera. Se sintió bien, muy bien. Lo que calificó como egoísmo. Olvidó su sed. Miró la ventana y la claridad del día. Murmuró lo que parecía una oración:
- Amado Pitape, soy feliz. Creo que lo sería más si estuvieras aquí conmigo. Pero ahora mismo, amo a este macho. ¿Me comprendes? Espero que sí.
Apoyó la cabeza en el cuerpo de Sam y se durmió durante un sexto de seis más.
Ya de regreso a casa Mileada les preguntó qué tal lo habían pasado y qué compraron.
Sam y Mikane afirmaron que lo pasaron bien, pero nada traían.
El alegre rostro de Mileada cambió de repente y se puso a llorar diciendo que no la amaban, que en tan solo cuatro cautes se habían olvidado de ella. Mikane y Sam necesitaron de casi dos sextos de seis y muchos besos para consolar a la esposa más joven. La cual parecía olvidarse de todo cuando mamá mostró los bonitos calzones que había comprado y que podía escoger los que quisiera. La broma les había salido mal.
Los cogió y salió corriendo a la habitación para poder mirarse al espejo.
- Siempre se comporta como una cría. - Murmuró Mikane.
- Por eso y otros detalles, la amo. - Le respondió Sam.
Mileada mostraba ya el cuarto calzón que se probaba. Eran pequeños, ajustaban su barriga y permitían ver parte de sus nalgas. Y reía. Mucho. Su felicidad era contagiosa. Mikane y Sam elogiaban lo bien que le quedaban esos calzones hasta que Sam la levantó en brazos para darle unos besos.
- Cariño deja de mostrar más bragas por bonitas que sean… ¿no ves que te necesito? Quiero culminar mil veces en tu cuerpo y hacer que estalles todo lo que puedas.
Las ya no tan pequeñas tetas de Mileada expulsaron mucha crema ante el abrazo y palabras del esposo. Y en un murmullo dijo:
- Amor mío. Soy tu esposa, tu hembra sumisa a tus caprichos. Puedes hacer conmigo todo lo que quieras. Disfruta de mi cuerpo y sé que lo haré de tus caricias.
Estaba a punto de llorar, pero Sam la interrumpió al llenar de besos su cuerpo, desde los ojos hasta los pétalos sin olvidarse de los pies. Con un gesto invitó a Mikane que los siguiera al nido.
La hembra más mayor sonrió. Dedicó un instante a mirar por la ventana, pensando en aquel lugar donde estaba Pitape. Lanzó un suspiro y sin decir nada siguió a la joven pareja.
La barriguita de Mileada no molestó para restregarse sobre el miembro de Sam. Estalló varias veces hasta que derrumbada se dejó empujar por Mikane para sustituirla.
- Deja cariño. – Pidió mamá. – Descansa y luego recibirás su descarga.
Mikane estalló muchas veces sobre el cuerpo de su esposo. Varias al restregar sus pétalos, dos al meterse entre los pétalos esa barra de carne y tres más follando.
Necesitó la ayuda de Sam para poder ceder el puesto a su hija que con alegría estalló hasta ocho veces hasta que con su cuerpo lleno de semen se dejó caer a un lado.
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- Relato #248694— title-regex: contiguous parts (23 -> 24)
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