Xtories

Invasores y nativos. 23

Mileada necesita un hijo, pero su esposo humano no puede dárselo. En una ciudad llena de extraños, busca la concepción en brazos de desconocidos, solo para descubrir que ninguna experiencia supera el vínculo que comparte con Sam. ¿Podrá el amor sobrevivir a la comparación?

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Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Distintos mundos, distintas costumbres. La misma atracción por el sexo.

La habitación del alojamiento no se parecía a la de las fotos de la propaganda. El baño estaba bien, pero del grifo de la bañera salía poca agua y había que llenarla con la ayuda de la cercana ducha para que no tardara tanto. El retrete era tan pequeño que Sam no sabía cómo situarse para evacuar. El agua de la cama piscina se renovaba muy despacio. La ventana daba a la pared del edificio de al lado.

No les gustaba el lugar, pero en un intento de animar la situación se le ocurrió decir:

- Bueno, parece un sitio tranquilo.

Sam terminaba de hablar cuando escucharon que en la habitación de al lado tenían sexo. Una hembra gritaba su placer, y el macho decía algo que por suerte no entendían.

Mileada se puso a reír.

- Se trata de lo único disponible en la zona. Hay que conformarse.

- Sí, cariño. ¡Mira que coincidir con una fiesta local! Todos los alojamientos de esta ciudad están ocupados.

Así era. El viaje a Lago Oeste les coincidió con la celebración del cautón de la fundación de la ciudad, y acudía gente de las colonias cercanas con ánimo de pasar unos cautes de fiesta. En principio había música, canto, teatro y otras actividades comunales repartidas por zonas y calles, que realmente a la pareja no le interesaba. Habían ido a esa ciudad con una determinación muy concreta y totalmente diferente enterándose de la festividad durante el viaje en el vehículo intercolonial.

Sam iba a decir que así las Cestas estarían llenas de gente anónima llegada de otras colonias, pero decidió callar para no ruborizar a su esposa.

Dejaron la ropa dispuesta en un armario, y Sam dudó de extender ya la estera que había comprado. Según las instrucciones había que dejar durante un buen rato que se estirase antes de usar o se deformaría, por lo que ya estaba claro: la extendería.

Ya en la calle sintieron el rigor de Caute sobre sus cabezas, la ciudad estaba más al sur que la colonia donde viven y se notaba considerablemente. Estaban en un área colonial que llaman Entre Mares, y que antes los humanos la llamaron Italia o algo así.

Imitaron a la población local que caminaba por la parte de la calle que los edificios daban sombra. Luego, sin rumbo fijo, pasearon acercándose al centro por unas calles que no pasaban vehículos. Por medio de la calzada había algunas macetas con plantas y arbolitos, y a bastante altura unas lonas daban sombra a la gente.

Había variados comercios que exponían el género tras unos grandes cristales, aunque algunos lo extendían a los lados de la puerta de acceso ocupando la calle. Otros comercios vendían bebida o comida que se podía consumir ahí mismo sentándose en unos taburetes.

Y había fuentes, muchas, donde la gente se agrupaba para hidratarse ya fuera bebiendo o mojándose la cara, brazos o arrojándola a los pies estando situados sobre unas rejas ya dispuestas para eso. En algunos tramos de calles había un pequeño canal con agua que no siempre iba limpia.

Mileada se quejó de la diferencia de sabor del agua en los grifos.

- Sabe raro. No sé por qué, pero eso el agua tiene un sabor raro.

- Lo bueno es que no hace falta cargar con recipientes hay muchas fuentes, casi en cada cruce de las calles.

Mileada disfrutaba tanto de lo que veía que Sam no quiso estropear el momento quejándose de que todo el mundo le miraba como si formara parte de un espectáculo del aniversario local. Debía ser el único humano en la ciudad. Posiblemente en esa parte del mundo.

Acertaron a pasar por delante de una casa Cesta. Mileada se ruborizó, sin decir nada tiró de la mano de Sam para que continuaran caminando. Y Sam no quiso hacer comentarios porque se podía decir que acababan de llegar.

Un expositor acaparó la atención de Mileada. Afirmó que detrás de ese cristal estaba el vestido más bonito que vio jamás.

- ¿Te gusta cariño? Te lo regalo. - Dijo Sam mostrando una gran sonrisa.

Mileada se giró para mirar a su esposo. Le pidió un beso y Sam tuvo que apoyar una rodilla en el suelo para alcanzar sus labios. La esposa agradeció el detalle del regalo, pero alegó que no sabría cuándo ponérselo. Cuando no llevaba el uniforme, vestía ropa adecuada para la granja.

- Cariño a lo largo del cautón siempre hay alguna fiesta. Recuerda, la de primavera, la de la cosecha y alguna más por ahí. Y algunas veces has acompañado a mamá en sus visitas a las vecinas o simplemente cuando vas al mercado. ¿Ves? Podrás lucir lo hermosa que eres siempre que quieras.

Mileada quedó convencida.

- Bien cariño, me compraré ese vestido.

- Te lo compraré yo.

- Vale. – Sonrió. – No voy a discutir por eso.

Ya dentro del comercio, y ante la atenta mirada de las dependientas que parecían no fiarse de las intenciones de un gigantesco nativo, Mileada se probó el vestido y con gran fastidio comprobó ante el espejo que no le caía tan bien como esperaba.

Una dependienta afirmó que se podía ajustar, pero el arreglo tardaría ocho cautes. No podía ser, no estarían tanto tiempo en la ciudad.

Pensó en comprarlo tal como estaba y llevárselo a la esposa de Zumeco para que se ocupara del arreglo, pero no le gustaba esa idea. Parecía remendado antes de estrenarlo.

Otra dependienta trajo otros vestidos y por fin encontraron uno que además de ser bonito le quedaba bien a Mileada. Aunque la misma dependienta insistió que le quedaría mejor si debajo empleaba un calzón más fino o unas bragas más pequeñas.

Sam, sentado en el suelo para que su cabeza no chocara contra los letreros que por todas partes colgaban del techo, la elogió.

- Cariño, te queda muy bien. Estás preciosa.

Mileada sonrió, se sentía como la Señora de la Charca. Hasta que vio el precio y sopesó la idea de dejarlo.

Sam insistió que era un regalo.

Ya estaban cerca de la caja cuando Mileada vio un expositor con calzones y bragas de todos los tamaños, formas y colores. Recordó el comentario de la dependienta sobre el que llevaba y pidió si los podía ver.

Enseguida le mostraron unos cuantos que aseguraban que eran de su talla, pero por razones higiénicas no se podía probar. Mileada se ruborizó ante la presencia de su esposo y le ordenó que saliera del comercio.

- ¡Vete! Ya te llamaré. No te alejes mucho. ¿Vale?

- Me voy, pero no mucho. Vale, lo intentaré. - Sam sonreía mientras salía del comercio. – Me voy sin alejarme.

Había visto a su esposa desnuda más veces que las que podía enumerar y ahora le echaba ruborizada para ver cómodamente unas prendas íntimas. Salió del local y se dedicó a ver escaparates y los anuncios de comida sin perder de vista la entrada de la tienda donde estaba Mileada. Esto es, sin alejarse mucho.

Según los cálculos de Sam, Mileada tardaba más de lo esperado hasta que por fin la hembra asomó a la calle y le llamó.

Estando en la puerta le dijo sonriendo:

- Mira, cariño. He escogido esta camisa para mamá. - Mostró una prenda muy bonita y Sam la imaginó sobre el cuerpo de Mikane. - Creo que le gustará.

- Sí. Eso creo.

- Vale. Pues ya puedes pagar.

Riendo, pero evitando unas estridentes carcajadas que asustarían a las dependientas, Sam entró en el comercio para pagar lo elegido por su esposa. Al ver el precio y los envoltorios supo que había algo más que un vestido y una camisa. Pero veía a Mileada tan contenta que no hizo ningún comentario sobre la cantidad de bragas que se llevaba.

Al salir se toparon con una pareja de vigilantes que llevaba un uniforme similar al que usa Mileada. Les miraron, sobre todo a Sam sin decir nada. Mileada dudó en identificarse hasta que pensó que lo haría en caso que ellos lo requirieran. Por ahora simplemente pasearían.

“Estamos de viaje”.

Más adelante encontraron otro comercio que vendían sandalias además de otros calzados. Casualmente había unas sandalias adecuadas para los pies de Sam, compraron para los dos, porque Mileada vio unas que le gustó, y al salir del comercio, la hembra ya las estrenaba.

Naturalmente Sam cargaba con todo. Se quejó:

- Abusas de mí porque soy grande y fuerte.

- Pues es verdad. – Mileada contuvo sus ganas de reír.

Continuaron con el paseo y al girar una esquina comprobaron que lo que habían visto hasta ese momento era la periferia del barrio comercial. Aquella calle que aparecía ante sus ojos estaba mejor adornada, con más refrescantes fuentes en las esquinas, más macetas con arbolitos, los comercios mejor iluminados y los precios un poco más altos.

Decidieron comer encontrando que todos los sitios parecían igual de buenos, igual de caros y Mileada no se decidía. Sam protestó:

- Cariño, elige ya o empiezo a devorarte por un pie.

Precisamente una pareja que pasaba muy cerca le escuchó. Miraron con miedo al nativo y aceleraron el paso para alejarse. Mileada que se había dado cuenta del equívoco comenzó a reír y no dejó de hacerlo hasta que ya en el comercio de comidas elegido casi al azar, un camarero les ofreció donde sentarse. Sam tuvo que hacerlo en un improvisado soporte de madera entre dos taburetes.

La comida fue muy elogiada por Mileada mientras que a Sam le parecía insípida.

Por la tarde caminaron un poco más. Sintieron sed y buscaron dónde comprar un refresco. Fue cuando Mileada descubrió un comercio donde vendían trozos de fruta congelada envuelta en granizado de sabores. Quiso probarlo. Y Sam tuvo que hacer equilibrios para poder comer su helado sin manchar las bolsas que cargaba.

Poco más tarde pasaron por delante de otra casa Cesta. Mileada volvió a ruborizarse y Sam se agachó a su lado. Le recordó para qué habían acudido a la capital, y la ilusión que tenían por ser papás.

Mileada, todavía algo ruborizada, se decidió a entrar.

- Bien cariño. - Dijo Sam buscando una voz neutra y ser amable al mismo tiempo. - Daré un paseo y en un sexto de seis estaré en ese comercio tomando un refresco. - Señaló un comercio que ofrecía refrescos de muchos sabores y colores que quedaba más o menos enfrente. - Te esperaré ahí.

- Vale. Pero espera un poco a marcharte no sea que en cuanto vea cómo es el local por dentro no me guste y salga enseguida.

Sam estuvo conforme y se dedicó a dar pequeños paseos sin alejarse de la entrada.

Mileada fue atendida en la entrada por una hembra algo mayor que iba muy bien vestida, se mostraba con la amabilidad y discreción del comerciante ante un cliente. Así pasó a una habitación donde fue atendida por otra hembra que vestía un sayón parecido a un uniforme de sanador. Además, también era amable en el trato, y mostrando una suave sonrisa la invitó a desnudarse al mismo tiempo que le indicaba la caja donde dejar su ropa. Mileada se relajó. Pagó la cuota y se dejó llevar por el momento. Al poco entró en el nido vistiendo únicamente la pulsera de metaliviano con el número de guardarropía.

La luz era tenue. De unos rociadores instalados en el techo caía una fina lluvia que tonificaba el cuerpo, mientras que en los pies era un poco más cálida. Mirando alrededor comprobó que había dos o tres machos más que hembras. Bueno, vale, estaba bien equilibrada la proporción.

Sobre una bolsa había una pareja follando. La desconocida hembra gemía lo bien lo que pasaba con ese macho encima, mientras que parecía que había otro esperando el turno. Algo más lejos otras dos parejas besándose. Y en un rincón, aquella hembra parecía chupar el miembro que estaba enfrente. Mientras que dos machos chupaban las tetas de otra.

Pronto se acercó un macho que con aquella sonrisa a Mileada no le caía bien del todo, pero era guapo siendo dos o tres cautones mayor que ella. Con algo de reticencia aceptó dejarse recostar sobre unas bolsas y esas caricias sobre sus tetas.

El macho intentó besarla en la boca en varias ocasiones, no lo consintió. Las caricias parecían no hacer mella en su cuerpo hasta que al ser penetrada sus tetas generaron algo de crema y al poco, al notar la culminación del macho, estalló. Sí. Tuvo un estallido, pero luego pensó que le resultó pobre lo conseguido.

“La polla de mi esposo es perfecta. Por aquí solamente hay unos pobres colgajos”.

Despidió a ese macho con un gesto un tanto brusco. Como indicando que no la molestase más. Le parecía que quería entablar una conversación hasta que se recuperase y repetir.

- Quizás más tarde.

Añadió en un intento de no aparentar grosera lo cual evitaría el acercamiento de otros.

Pensó que debía dejar de comparar con la anatomía de su marido o aquello sería un desastre. Estaba acostumbrada a estallar muchas veces al notar el volumen y la descarga de su marido. Lo añoró.

Al poco se acercó otro macho, dijo su nombre y también intentó conversar. Mileada le tapó la boca con los dedos de una mano. Y sin decir nada se reclinó separando sus piernas. Ofrecía su cuerpo, sus pétalos, sin ningún preámbulo ni pudor. El macho le masajeó las tetas y ya fuera porque lo hacía bien o estaba más animada al ser el segundo encuentro en tan breve tiempo, el caso es que aportó crema otra vez al ser penetrada. No fue mucha, pero notó que el macho se sintió orgulloso de lograrlo.

- Así preciosa. – Dijo el desconocido. – Vamos a pasarlo bien.

Nada respondió. No estaba en la Cesta para eso.

Se dejó hacer y resultando mejor que la vez anterior, notó el delgado pene dentro de su cuerpo y el esfuerzo de ese macho en satisfacerla mientras que ella otra vez lo comparaba con su esposo. Algo no iba bien por lo que decidió terminar. Cogió las caderas del desconocido e impuso un ritmo mayor.

- Te gusta fuerte. – Afirmó el macho.

Otra vez no respondió.

Cuando notó la eyaculación dentro de su cuerpo fingió un estallido para no ofenderlo.

- ¡Sí! Bien. - Mintió.

Rápidamente se incorporó para alejarse. Si el encuentro anterior era pobre este era decepcionante.

Le resultaba difícil dejar de comparar.

En esto entró un macho muy joven que iba acompañado de alguien más mayor, quizás un hermano o su padre. Se recordó entrando en un lugar similar su única vez anterior allá en la cesta de la colonia y decidió ayudar a ese macho que tan apenas abandonaba la infancia. Además de tímido era guapo y en unos cautones llegaría a ser atractivo.

Se acercó mostrando una suave sonrisa, casi cariñosa. Besó el rostro del joven y aquel casi echó a correr para huir. Se ofreció:

- ¿Te gusto? ¿Quieres estar conmigo?

El joven después de una rápida mirada a su acompañante, tan apenas murmuró algo que Mileada no entendió. Decidida y algo sorprendida por su propia audacia cogió las manos del joven y las llevó a las tetas superiores. Y por fin el muchacho comenzó con las caricias.

¡Cuánta torpeza y deseo a la vez! Pero sorprendentemente Mileada segregó crema por las tetas y dejó que el joven disfrutara de su logro durante un rato.

- Lo haces muy bien. - Le animó. - Me gusta.

Despacio lo empujó alejándolo de la puerta de entrada al Nido. No le gustaba hacerlo ahí ya que llegaba demasiada luz de fuera resultando poco íntimo. Murmuró cerca del oído del joven:

- Ven. Haz que estalle.

El joven no se lo podía creer. Estaba en su primera vez con una hembra hermosa que le deseaba.

- ¿De verdad? ¿Quieres…?

- Sí. Lléname de felicidad.

El nervioso joven se olvidó de hacer unas caricias preliminares sobre sus pétalos. Solamente la penetró en cuanto Mileada lo consintió.

¡Cuánto ímpetu! Pensó. Además, se movía demasiado rápido. Tanto que Mileada se asombró de lo precipitado que fue. Pero al sentir la esencia de ese joven dentro de su cuerpo estalló de verdad.

- ¡Sí! Muy bien. Ha sido breve, pero satisfactorio. - Murmuró al oído del joven. - Lo has hecho muy bien. Sí. Pero hay hembras que les gusta que sea más despacio y que las acaricies antes o mientras. Recuérdalo.

El joven murmuró algo que otra vez no entendió Mileada, y quedó derrumbado sobre ella por lo que le dedicó más palabras alagándolo, diciendo lo bien que lo había pasado.

- Eres todo un macho. Ahora descansa y ya buscarás dentro de un rato a otra hembra para hacerla feliz. Y recuerda, un poco más despacio mientras acaricias sus tetas. Es importante, es delicioso.

- ¡Espera! ¡Quiero más contigo! - Suplicó el joven.

- ¡No! No es bueno para ti. Amigo mío…- Se mostró amable y enérgica al mismo tiempo, mientras evitaba esas manos que querían abrazarla. - Estás aquí para disfrutar, no para enamorarte de una hembra mayor que tú. No lo olvides, es importante.

- ¿Cuál es tu nombre?

- Soy la desconocida de hoy.

Mileada se separó y tan apenas dio unos pasos cuando fue requerida por otro macho. Le pareció que era el acompañante del joven, que posiblemente estuvo mirando, por eso lo rechazó. Suponía que el familiar adulto quería mostrar al joven cómo se hacía. No le gustó. Haciendo el gesto de negación con las manos le dio la espalda. ¡Que buscase a otra!

Se dirigió a la salida y poco antes de llegar notó que le acariciaban el culo. Incluso un dedo intentó colarse por el ano, y lo peor de todo: sin pedir permiso. Mileada sin girarse del todo rechazó al macho que la manoseaba.

- No me gusta por ahí. - Fue tajante con esa orden. - ¡Conmigo no! ¡Busca a otra!

Se trataba de un tipo muy alto y delgado que no pudo exponer su propuesta porque Mileada ya se alejaba.

Salió del nido. Justo enfrente había dos puertas que clasificaba a la clientela por sexos. Una hembra, que llevaba una bata de sanadora, la animó a entrar con un gesto amable. Y se dejó lavar y masajear por la hembra. Sus expertas manos la limpiaron y relajaron. No necesitaba pomada ni tiras regeneradoras. Ni tan siquiera tenía los pétalos irritados. Pero al menos había disfrutado y quizás embarazado.

Aquella hembra tras invitarla a pasar al vestuario donde otra empleada le llevaría la ropa, le entregó un pequeño frasco con anticonceptivo.

- Toma, amiga mía. Es gratis porque se trata de un producto nuevo, y es realmente eficaz. - Aseguró la hembra. – Supongo que ya sabes que son dos gotas durante el desayuno.

El frasco contenía para tres veces.

Mileada agradeció el detalle, pero lo rechazó. Y al ver el rostro de duda o asombro de la masajista se justificó.

- Emplearé el que tengo en casa recomendado por el sanador que se ocupa de mi familia desde hace mucho.

Toda una mentira, y se sintió incómoda. Habría sido más fácil aceptarlo y dejarlo “olvidado” en el vestuario.

Sam estaba en el local acordado. Tomaba un refresco que no le gustaba y que tampoco era barato. Lo único bueno es que estaba frío y que estaba comodante sentado en un butacón enorme, que debía ser para dos sorevanos, y a la sombra. Vio salir a Mileada y se dedicaron unos gestos. Mileada comenzó a caminar y Sam corrió a su lado algo preocupado porque no le gustaban los gestos de su esposa.

Mileada no quería hablar y Sam no sabía qué decir. Además, contar lo que había escuchado a su alrededor sobre su gigante anatomía no tenía importancia. Ya estaba acostumbrado.

- Vamos al hotel. - Ordenó Mileada acelerando el paso.

- Bien, pero es por aquí. - Sam señaló otra dirección.

Ya en el hotel Mileada volvió a ducharse. No hacía falta, pero se había lavado otra vez. Y desnuda se tumbó sobre el cuerpo de Sam que ya estaba sobre la estera vistiendo únicamente un calzón.

Mileada se puso a llorar. Afirmó que era una mala esposa.

Sam le dio la réplica.

- Perdona cariño. Soy un mal esposo… no soy capaz de darte críos.

Esa aseveración cortó el llanto de la esposa. Quedaron callados un rato. Por fin Mileada preguntó:

- Cariño… ¿Qué sientes al saber que yo… eso?

No quería decir que había estado con varios machos.

- Pues dímelo tú. ¿Qué sientes cuando estoy con mamá?

- Es distinto. A ella la amo.

- Cariño. Yo quiero amar a nuestro crío.

El rostro de Mileada cambió totalmente. Gritó que tenía al esposo más maravilloso del mundo y se puso a llorar, pero esta vez de felicidad. Abrazados esperaron el sueño mientras Sam, sin soltar a su esposa pensaba que tenía hambre y esa noche no cenarían.

Al caute siguiente salieron temprano a desayunar, Sam tomó dos raciones, la primera sin darle tiempo a descubrir a qué sabía, convirtiéndose ante los ojos de los demás comensales en un insaciable gigante nativo. Luego pasearon.

Deambulando sin rumbo llegaron a un mirador sobre el lago. Lejos se veía la otra orilla, por el medio había un buen número de barcos de todos los tamaños, y en la costa muchos bañistas. Sam pensó que el lago era más pequeño de lo calculado hasta que vio un mapa descriptivo y supo que lo que veían era simplemente el dibujo de la costa antes de abrirse más, mucho más. Incluso había una isla que por la evaporización del agua que calienta Caute no se veía. Señalando la costa Mileada ordenó:

- Vamos a nadar. - Y se quedó mirando a su esposo. - ¿Sabes nadar?

- Pues seguramente no tan bien como tú, pero sí, algo sé.

Antes fueron a comprarse unos bañadores. Mileada solo tuvo el problema de escoger entre tantos modelos y tan bonitos. Sam lo tuvo peor porque ni los más grandes le quedaban bien además eran de colores oscuros, parecían diseñados para ancianos. La vendedora propuso hacer una composición. Añadiría un poco de tela en las costuras laterales y la cintura. Como eran de distinto color resultaban adecuados a su edad. Mediante superposición le mostró cómo quedaría.

- Bien. Sí. Me gusta.

La vendedora le tomó las medidas de la cintura, cadera y muslos. Aseguró que tardaría poco menos de un sexto de seis, pero que tenía que pagar el trabajo por adelantado.

Sam estaba conforme.

Así fue, después de un paseo alrededor mirando fachadas de edificios y escaparates ya salieron del comercio con los bañadores puestos. Sam murmuró cerca de un oído de Mileada:

- Me gusta lo que se ve de tu culito.

- ¿Sí? Pues cuando veas…- Cerró la boca.

- ¿El qué tengo que ver?

- ¡Nada! Ya lo verás… en otro momento.

Sam recordó la ropa comprada el caute anterior y tuvo que pensar en otra cosa para no animarse. Temía que su miembro destacara mucho en la delgada tela del bañador.

En la playa había dos filas de casetas de lona de distinto tamaño donde parejas o grupos estaban a la sombra. Al parecer iban al agua y al regresar se escondían de Caute en estas construcciones veraniegas. Solamente algunos jóvenes jugaban o caminaban por todas partes. La mayoría llevaba sombreros de amplias alas.

Alquilaron una caseta grande para que Sam cupiera sentado o mejor aún tumbado. En el interior había mesas y sillas, y lo más importante para los sorevanos, un grifo.

El agua del lago estaba fría pero no se quejaron. Sam nadaba sin estilo alguno, y al ser sus brazos más largos podía mantener el ritmo al lado de Mileada que parecía un pez, una sirena.

Entonces la hembra se sumergió. Sam la vio descender hasta casi perderla de vista. La joven giró allá abajo y agitando las piernas comenzó a ascender a gran velocidad. Algo peligroso en un humano, pero ninguno de los dos lo sabía. Sobrepasó la superficie en dos veces el brazo de Sam y allá arriba Mileada gritó separando brazos y piernas. No se daba cuenta que en ese esfuerzo un seno salía del bañador. Juntó sus miembros y cayó al agua. Cuando asomó, Sam iba a pellizcar esa teta liberada, pero dándose cuenta y evitando las manos de su esposo se cubrió.

- ¡No toques! - Miró alrededor ruborizada e insistió. - Aquí no. ¡Qué vergüenza si nos ven!

- Vale, vale.

Así pasaron la mañana hasta que decidieron ir a comer. Se cambiaron de ropa en la caseta alquilada donde incluso pudieron lavarse.

Luego acudieron a un comercio de comidas cercano. Como siempre Sam tenía el problema de moverse en tan reducidos espacios. Y si bien Mileada disfrutó de la comida a base de pescado para Sam era simplemente aceptable.

Por la tarde se internaron por las calles comerciales. Caminar por caminar sin más pretensión, mirando comercios y fachadas, asombrándose de lo bien cuidadas que estaban las calles. Siempre había gente por todas partes. Sam volvía a notar que la gente se le quedara mirando, incluso saludó con la mano a unos críos que le miraron entre temerosos y asombrados de su tamaño y apariencia, pero disfrutó más del paseo.

A media tarde llegaron a una casa Cesta distinta a la anterior y Sam retuvo a su esposa.

- Cariño. Ansío ser papá.

La verdad es que el humano deseaba satisfacer el deseo de su esposa: ser mamá.

Mileada, más decidida que el caute anterior, miró a los lados. Y ordenó que un sexto de seis más tarde se encontrarían en un comercio de refrescos que señaló.

Sam asintió, esperó un rato en la puerta, y ya se disponía a marcharse cuando salió Mileada, parecía enfadada. No le gustaba ese sitio.

- ¡El recepcionista! Ese idiota, mientras me decía dónde está la sala para desnudarme me tocó el culo y me dijo unas tonterías que… porque estamos de viaje porque es para poner una denuncia.

Sam llegó a la conclusión que, si bien un cliente podía dirigirse a otra clienta con los comentarios que creyera oportunos, el dependiente del local debía mantenerse discretamente al margen. Murmuró una disculpa como si fuera el causante de lo ocurrido y continuaron caminado.

Encontraron un comercio pequeño en medio de la calle que vendía refrescos. Compraron agua y Mileada se mojó la cabeza. Así ya se sentía mejor. Sam se rio.

- Hay muchas fuentes…

- Sí pero el agua tiene un raro sabor.

- Vale. Sí. Es verdad, pero te la has echado por la cabeza.

Mileada se mostró como si en ese instante se diera cuenta de lo que había hecho y se puso a reír. Sam la imitó con más ganas.

Continuaron con el paseo.

Unos pasos más adelante había otra casa Cesta. Acordaron lo mismo que en la anterior y sin leer un letrero de aviso que había en la puerta Mileada entró en el local.

En recepción había una hembra muy joven. Tanto que Mileada dudó de que fuera adulta. Aquella en cuanto vio a Mileada llamó a otra hembra joven. Se quedaron mirándola y Mileada dudó sobre qué hacer al sentirse incómoda. Por fin la recepcionista explicó que el establecimiento había sido alquilado ese caute por tres grupos de estudiantes de último curso y estaba cerrado al público en general. Celebraban que dejaban los estudios y muchos dejarían de verse por un tiempo. Con algo de apuro reconoció que faltaban chicas, diciendo el número de la diferencia, no era mucho, y que como la veían tan guapa la aceptaban.

- Pasa si quieres y así le enseñas a más de un tonto lo que es una hembra de verdad. - La joven, cubriéndose la boca, se dio cuenta de lo que decía, y añadió: - Perdona, no quiero ofenderte. Solo eres unos pocos cautones más mayor. - Repitió sincera: - Eres muy guapa.

Mileada hizo un gesto quitando importancia, aunque dudó si se estaban burlando de ella. Iba a pagar la entrada y no le aceptaron el dinero.

Las dos la acompañaron a la sala donde desnudarse. La que parecía más joven exclamó:

- ¡Qué tetas tienes! Me gustaría que en dos o tres cautones yo… ¡Son muy bonitas!

Aquel gesto de asombro parecía sincero.

Mileada agradeció el piropo, se puso la pulsera con el número donde guardaba la ropa, y entró en la sala nido más cercana.

Era la tercera Cesta que entraba y el nido era similar a los demás. Bolsas con agua para sentarse, agua hasta la mitad de la pierna, suave lluvia sobre sus cuerpos… sí, todas se parecían.

Y en efecto, los presentes eran tres o cuatro cautones más jóvenes que ella por lo que el tamaño de sus tetas eran un reclamo para todos los jóvenes machos. Pronto se acercaron tres machos y Mileada eligió a uno prometiendo a los demás que quizá más tarde…

El joven demostró algo de experiencia en las caricias y pronto sus tetas segregaron crema. Pronto, dejándose caer sobre una bolsa, se dejó penetrar y al poco el estallido estuvo bien, pero calificó que el joven se dedicaba más a disfrutar de un cuerpo femenino que en dar placer. Todo un egoísta. Como ya habían concluido lo empujó a un lado.

- Bien, sí. Mientras te recuperas daré una vuelta.

- No. Espera, dime…

Mileada no le hizo caso. No estaba ahí para hacer amigos.

Con algo de discreción se mojó los pétalos para refrescarlos. Aunque se trataba de un gesto casi mecánico ya que realmente no lo necesitaba al estar acostumbrada al volumen de su esposo.

Pronto se acercó otro joven. A Mileada no le gustó. Aquel sonreía y parecía creerse guapo e irresistible ante las hembras. Además, propuso, como si fuera todo un experto, que lo hicieran por detrás.

- Seguro que te gustará. - Afirmó el joven sin dejar de sonreír.

Con una mano la sujetaba por la cintura y con la otra de un brazo. Mileada retrocedió un paso liberándose.

- Amigo mío. - Mileada iba a soltar una mentira por lo que intentó poner la voz adecuada. - Lo he hecho por ahí el doble de veces de lo que puedas imaginar. Y no me apetece ahora.

Pensaba que estaba en esa Cesta con la intención de ser fecundada, no para perder el tiempo. Sin recordar que para un embarazo es imprescindible segregar crema por las tetas, esto es, disfrutar con el sexo.

Antes de poder mirar alrededor se acercó otro joven macho. Éste no quitaba los ojos de sus tetas. Tampoco le gustó y lo despidió con un gesto sin responder a su requerimiento.

Se sentó en una bolsa cercana a la salida y miró alrededor dudando qué hacer. ¿Se iba al nido de al lado? Al poco descubrió que en un rincón estaba un muchacho, guapo, que se movía con gestos tímidos. Hablaba con dos hembras muy hermosas que con esos gestos más parecía que se burlaban de él. Se fijó en el muchacho. Tres o cuatro cautones más joven que ella. Guapo, sí. Y con el pene tan erecto que parecía ser independiente de su cuerpo. Recordó al joven del caute anterior, y que le gustó la experiencia, y decidió probar con este. Dibujó una sonrisa en su rostro y se acercó al grupo.

- Hola. ¿Qué hacéis?

Notó la mirada de asombro de las hembras ante alguien unos cautones mayor, y que el macho se fijaba sin disimulo en sus tetas al destacar más que las de las compañeras. Mileada deseó que no se notara su rubor ni el nerviosismo que sentía.

- ¡Ah, ya veo! Este macho es muy atractivo.

Se acercó más al joven y lo cogió por el miembro. Notó que solamente con eso ya iba a eyacular y mediante un apretón en la base lo impidió. Qué pene tan fino, tan suave y delicado… ¡No! No debía comparar.

Les dijo a las hembras.

- Me gusta, es guapo… Está bien dotado. Sí. Y si no os importa, dejarme que pruebe la primera a este hermoso macho.

Habría sido más correcto decir “ahora” en lugar de “la primera”, pero ya estaba dicho.

Las hembras, casi unas crías que jugaban a ser adultas, salieron huyendo, nada querían de ese joven ni de la recién llegada, mientras que Mileada se ruborizaba más aun de su osadía. Menos mal de la leve luz ambiente y que todo era de colores oscuros.

Quedó claro que el joven macho era totalmente inexperto. ¿Qué no tenía una madre o un familiar que le enseñara? Y Mileada demostró mucha paciencia al aleccionarlo sin menospreciarlo. Manejaba aquellas manos con las suyas y más parecía que se acariciaba sola.

- Así. Muy bien. – Animaba. – Me gusta.

Por fin sus tetas segregaron crema y con algo de teatralidad alagó lo bien que el joven lo hacía. Éste cogió más confianza al llenar sus manos con la amarilla crema. Se acercó para chupar sus tetas. Al poco, en un tímido murmullo pidió lamerle los pétalos. Mileada sonrió, no había ido a la cesta para eso, pero… aquel joven parecía necesitar de tanta ayuda… y tumbándose sobre unas bolsas de agua separó sus piernas ofreciendo su intimidad.

- ¡Adelante! ¡Haz que disfrute!

Esa lengua era torpe y en dos ocasiones tuvo que decirle por dónde y cómo. Por fin parecía que iba bien y a voz de grito, llamando la atención de todos los jóvenes en el nido afirmó lo bien que lo pasaba. Llegó un momento que ella misma debió creérselo porque sus tetas segregaron más crema.

Estando así, tumbada, otro joven se acercó para que se la chupara. Se negó incorporándose:

- No molestes que ya lo paso bien con mi amigo.

Volvió a quedar a solas con el joven que ya no podía aguantar más y murmurando lo que sonaba como una disculpa se incorporó para penetrarla entre los pétalos.

Mileada lo animó:

- Sí. Ven. Llévame a la Charca primordial.

Nada comparado con su amado Sam, pensó Mileada. Pero entre exagerados suspiros de gozo sí que estalló al notar la casi inmediata descarga del joven.

- Ha estado bueno. - Afirmó Mileada.

El joven estaba derrumbado a un lado, sentado sobre una burbuja. Estaba cansado y extasiado, su primera vez había sido inolvidable y con una hembra de verdad en lugar de las crías del colegio.

Mileada se despidió con un beso en los labios. Fue corto, pero de afecto, parecía el premio de una maestra a su mejor alumno. Estuvo por preguntar por qué no fue aleccionado por su madre, pero decidió callar. Nada quería saber porque tenía la intención de no volver a verle.

Salió del nido con cuidado de no patinar. Se había dado cuenta que el suelo además de mojado estaba muy desgastado, falta de mantenimiento pensó. Una hembra que debía trabajar en el local al ser mayor en comparación con las que hacían de porteras, se ofreció a atenderla. Mileada miró el reloj que colgaba de una pared, disponía de tiempo, y sonriendo respondió:

- Gracias, pero quiero visitar otro nido.

Aquella hembra también sonrió al indicarle otra puerta.

Tan apenas entró en el nuevo nido fue solicitada por un joven. Sí. Sus tetas eran un buen reclamo. El muchacho era guapo. Esbelto. Dijo su nombre y preguntó el suyo. Mileada no respondió. Lo empujo hasta un rincón y se dejó acariciar. Estalló durante las caricias segregando mucha crema y más tarde, al moverse, todavía notaba su esencia dentro de su cuerpo.

“Este tiene más experiencia. Creo que me ha embarazado”.

Pensó. Y no quiso fijarse en su rostro para no comparar en otro momento.

Se sentía bien. Ya iba a marcharse cuando otro joven macho se acercó. Su leve sonrisa era agradable, su rostro hermoso. A igual que los anteriores intentó una conversación y Mileada le ordenó callar.

- Ven y lléname de tu esencia.

Quizá por eso el joven no la acarició previamente. Cumpliendo esa orden se la metió entre los pétalos en cuanto ya tumbada sobre unas bolsas separó las piernas, y tras unos golpes de cadera Mileada sintió la descarga del joven. ¡Qué rápido! Mileada tan apenas notó un leve estallido en el que su cuerpo segregó muy poca crema. Pensó que por culpa de la precipitación en esta ocasión había perdido el tiempo.

Salió del nido, se dejó limpiar y masajear por una empleada del local sin fijarse si era la misma de antes. Al poco salió de la Cesta sin mirar quien estaba en el mostrador de recepción, y en el comercio de refrescos de en frente encontró a Sam sonriendo mientras agitaba una mano para llamar su atención, algo innecesario al ser el único humano gigante del lugar. Se sintió más enamorada. Pero al mismo tiempo recordó lo que acababa de hacer y se sintió sucia.

- Hola cariño. - Dijo Sam sonriendo. - Podemos hacer lo que quieras… he visto un sitio que hacen unos pastelitos que creo…

Se calló ante el gesto triste de su esposa.

Mileada lo abrazaba llorando. Si bien poco antes disfrutó de buenos momentos, ahora se sentía mal ante su esposo. Los camareros les miraron extrañados. Una hembra que trabajaba en el local se acercó preguntado cómo se encontraba. Mileada dejó de llorar para responder con una media verdad:

- Hay gente que no comprende cómo puedo amar a alguien tan maravilloso como mi esposo.

La camarera, sorprendida con la respuesta, volvió a mirar al gigante nativo. Por fin pudo murmurar:

- Comprendo.

La hembra se retiró regresando al poco con un refresco para Mileada. Dijo que era por cuenta de la casa.

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