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Elsa la chica del supermercado

La rutina de sus compras diarias se rompe cuando decide detenerse frente a ella. No es solo caridad lo que busca, sino una conexión que le falta en su matrimonio. En la penumbra del parque, la barrera de la discreción se quiebra y el deseo toma el control.

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Yo me había jubilado, y aunque me faltaban cinco años para la edad necesaria, mi salud ya no me permitía rendir a plenitud en lo que habia sido mi profesión durante más de treinta años, era un reputado Cirujano Máxilo Facial, dirigía un clínica especializada en cirugía de alta complejidad facial y maxilar, por lo que se necesitaba estar al cien por cien, tanto en facultades físicas, como mentales, así que por consejos médicos, dejé de trabajar.

Mi mujer, era una alta funcionaria de una entidad del estado, con horarios muy absorbentes, que no le permitían ocuparse de la atención de la casa, por lo que le propuse, ocuparme yo de los quehaceres del hogar. Mi mujer al oír ello, casi se partió de risa, y con razón, puesto que yo en mi vida no hice algo más que un huevo frito mal hecho. Sin embargo yo la pedí un voto de confianza, me expuse que vía Internet me estuve informando y viendo que si pongo todo mi empeño, lo puedo lograr, ella se sensibilizó y al fin accedió.

Así fue como empecé a estudiar recetas fáciles, para empezar, y para ello naturalmente necesitaba de comprar los ingredientes. Así fue como tuve que acudir a un supermercado cerca de casa, muy asiduamente porque siempre me faltaba algo. Cada vez que llegaba a la tienda en mención, veía en la puerta, sentada sobre un taburete de plástico, a una mujer de unos veinte y pocos años de edad, de raza negra, que saludaba a todos los que entraban a la compra, no pedía expresamente nada, solo saludaba, pero a un costado en el suelo, estaba puesto un platillo pequeño, donde alguna gente al salir le dejaba unas monedas, que ella recogía al instante y lo guardaba en el bolso que llevaba colgado al hombro.

La chica vestía de color oscuro casi siempre, y llevaba en la cabeza una pequeña boina y zapatos de tela sin tacon. Alguna vez también la vi con un pañuelo pequeño anudado al cuello; de verdad no vestía mal, ni aparentaba ser alguien marginal, tampoco enferma o viciosa, solamente vivía de la caridad de los clientes de la tienda.

Era guapa en general, de cara redonda, piel oscura gruesa, labios carnosos, ojos grandes y cabellos largos recogidos, no llevaba pintura ni en ojos ni en labios; el cuerpo era proporcionado, relleno, de curvas, ni gorda ni flaca y de estatura pequeña, Pasaba desapercibida porque siempre estaba sentada, y algunas veces se levantaba, pero solo para hablar con algún gente que salía de la tienda y le preguntaba seguramente algo, por lo visto muchos la conocían y presumiblemente la ayudaban.

Yo siempre pasaba de largo, contestaba a sus saludos algunas veces, otras menos, y generalmente pasaba sin mirarla, aunque la estaba viendo. Cierto día, que llegaba al supermercado, pare sin pensarlo y me acerqué a ella; ella al verme se levantó, seguramente esperando le pusiese alguna monedilla al platillo, pero su cara se quedó sorprendida, cuando le pregunté si necesitaba que le comprase algo de la tienda, al reaccionar, dijo alguna palabra que no entendí, pero pude apreciar que no hablaba bien el español, y que procedía del África subsahariana, debido al intenso color de su piel negra. Ella al notar que yo no la entendía, busco en el teléfono móvil que llevaba en la mano, y después de unos segundos, me enseñó la foto del producto que necesitaba: era un frasco de detergente líquido para ropa, aunque también escuché alguna vez, que lo utilizaban para lavarse el cuerpo, debido a su suavidad, y su bajo precio.

Entendí su pedido, y le dije: bien, ya te lo compro, me dijo grasiass, me sonrió, yo también le sonreí, y entré en la tienda. Al finalizar mi compra, y ya en caja a punto de pagar, vi que me miraba, seguramente comprobando si de verdad le había comprado el producto. Al salir le entregue una bolsa con su pedido, ella me regalo otra sonrisa y otro grasiass, aproveche esa sonrisa para preguntarle su nombre, Estela me dijo, vale le contesté, y mostrándole una sonrisa me fui.

La siguiente semana, volví al súper, tenía que comprar algunas cosas que me faltaban para la comida, apenas me vio acercarme a la tienda, se puso de pie y con esa sonrisa suya, me dijo: buenos días, yo sonrriente también le contesté hola Estela, ella me miró como asombrada por acordarme de su nombre, me acerqué y le pregunté que como estaba, me dijo que bien grasiass, yo le dije: me alegro, y además, le hice la misma pregunta de la anterior vez: necesitas algo que te compre? Ella siempre sonrriente, me señaló en el móvil, algo que ya lo tenía preparado, un producto ésta vez de aseo personal, lo memoricé y le dije: ya te lo compro, así fue, entré compré lo mio y lo de ella y salí de la tienda, en eso la vi que estaba un poco más alejada de la puerta, mirándome ÿ esperándome, de modo que desde la tienda no se la podía ver; me acerqué hacia ella, y le entregué el producto en una bolsa, ella me recibió diciendo grasiass, nuevamente. Antes de marcharme aproveché para hablar con ella, y le pregunté que de donde era, ella, en su pronunciación me dijo: Siera Léona, comprendí que era Sierra Leona, y añdí: uy bastante lejos, si me contestó y sonrrió otra vez; cuídate le dije para terminar, y me volvió a decir grasiass y adiós.

Durante al menos cuatro o cinco semanas estuve en ese plan, comprándole cosas del supermercado, hablábamos poquito y después nos despedíamos, le dije mi nombre, que lo pronunció tres veces para no olvidarlo, llevaba en el país dos años, y tenía que esperar tres más para poder gestionar una residencia legal; a mí cada vez me intrigaba más, no era una mendiga al uso, al menos no me lo parecía; no pedía dinero para luego gastárselo en alcohol o tabaco, tampoco para mantener a algún chulo, por lo visto, no tenía familia, al menos en éste país.

Un día, que salía a caminar, a unas tres calles del supermercado, me la encontré por la calle; iba apurada hacia la entrada del metro, al verme, se detuvo, yo también al verla, nos saludamos, yo intempestivamente le di los dos besos de saludos en ambas mejillas; ella que no se lo esperaba, un poco a la defensiva no pudo esquivar los besos, y además se puso un poco como avergonzada; yo al verla así, le pedí disculpas, pero ella sin perder la sonrisa, me contestó: no pasa nada, sé que aquí saludan con besos y no molesta. Yo también sonriendo le pregunté que si ya iba a casa, sí!, a casa me respondió, a eso le repregunté que si tenía algunos minutos para hablar o dar un paseo, me dijo que bueno, que prisa no tenía.

Fuimos caminando a un parque cercano, al ver un banco libre, nos sentamos; yo seguí preguntando, como si tenía familia aquí, me dijo que no, y tambien pregunté si tenía marido, me dijo que no, que era viuda sin hijos, a su marido lo habían matado en una guerra civil en su pais hace dos años, era militar y se habían casado hacía pocos meses, pues él pertenecía al bando contrario al que hizo un golpe de estado, todo eso lo contaba con sus palabras en su poco español, yo casi le ayudaba a ilvanar las frases, y sacaba conclusiones que ella afirmaba si era lo que quería decir, y algunas las negaba; luego yo le conté que yo era médico, aunque ya estaba jubilado; al oír esa frase, ella abrió los ojos, más grandes aún de las que ya las tenía, sonrió y me dijo: eso es verdad?, si, le dije, es verdad; ella en su poco español, preguntó: qué especialidad? Cirugía maxililo facial, le traté de explicar con mímicas añadidas, señalando la cara y la mandíbula para que me entendiese; si si, dijo ella entiendo, y añadió con una sonrisa mayor aun: yo también soy médico.

Sí? insistí, sii me dijo ella, era médico en un hospital en Freetown, me lo enseñó en el móvil, porque no entendía mucho lo que decía; al ver el móvil, entendí, que era la capital de su país, Sierra Leona. Siguió hablando y yo descifrando, dijo que estaba amenazada por grupos paramilitares, incluso entraron al hospital y mataron a mucha gente; ella pudo escapar de milagro con ayuda del conductor de una ambulancia, que simuló estar trasladando a un enfermo, ella estaba tumbada en una camilla, manchada con yodo por la cara y pecho, tratando de simular estar ensangrentada, fue lo que le salvo la vida, al pasar desapercibida para los asesinos que la buscaban. Aquí en este país me han dicho que mi título de médico no es válido, ni se puede homologar.

Todas esas confesiones, la pusieron triste y con los ojos humedecidos, y aunque yo estaba también compungido al imaginarme esa situación, le tomé de la mano, y antes que ella pudieses derramar alguna lagrima, le dije, que ya eso había pasado y que aquí por lo menos estaba a salvo, ella me miró a los ojos, me cogió las manos, y me dijo graciass, con una sonrisa. Yo aproveché la oportunidad al verla un poco vulnerable, y arriesgando a un probable rechazo, la besé en los labios.

Ella en un primer momento se quedó inmóvil, pero luego al notar la insistencia de mis labios en seguir besando los suyos, respondió a mis besos, y nos enzarzamos en un besuqueo largo y apasionado; en medio de ello le pase el brazo por la espalda acariciándola, con la otra mano acariciaba su costado y luego sus pechos por encima de la ropa, pero debajo de una chaqueta, de manera que no se notara a los ojos de algunos pocos que pasaban por el parque.

Conforme seguíamos con los arrumacos, el atardecer se ponía cada vez más oscuro, y el parque perdía luz, las caricias fueron en aumento tocando ya sus tetas por debajo de su ropa y el sujetador, ella seguía besandome sin poner ningún tipo de oposición, acariciaba mis brazos, mi espalda y luego mis piernas; yo al ver ello, cogí su mano y lo llevé hacia la zona del pene, ella al notar su crecida, como quiso levantar su mano, pero mi fuerza pudo más, y la convencí para que me lo acariciaba, ella lo empezó a hacer, yo le ayudé abriendo la cremallera para que metiera su mano y tomará mi polla encima de bóxer.

Yo por mi lado, introduje una mano dentro de su pantalón, era de lanilla, fácil de ceder al meter la mano, no llevaba cinturón, y solo aflojé un poco la cremallera; así de esa manera tenía cómodo el tocarle el culo, el pubis con vello crecido, los labios vaginales, mientras ella estaba masturbando mi pene a plenitud.

Conforme avanzaba la tarde-noche, la oscuridad ya era plena, las farolas del parque no cumplían bien su labor al tener árboles muy frondosos que las opacaban, así que el panorama era de casi de oscuridad, y ante la casi ya ausencia de gente en el parque; nuestras pasiones y magreos, tomaron un cariz de no retorno; tanto ella como yo, estábamos decididos a todo, así fue, y en pocos minutos más, estábamos despojando nuestros pantalones y ropa interior hasta quedar por debajo de las rodillas, sin dejar de levantar la ropa superior, y tener a mano sus tetas, grandes, turgentes, de piel gruesa, voluminosas, con unos pezones más negros aún que la propia piel, deliciosas al tacto lingual.

Y masajeando ese culo grande, redondo, contorneado hacia atrás, con curvas muy convexas, una raja profunda hasta poder hallar su ano, y a la vuelta el preciado regalo, un coño grueso, negro rojizo, bastante húmedo, deseoso de ser penetrado, ella se movía cada vez que la tocaba, jadeaba con suspiros altos, seguía dueña de mi pene, que de pronto se agachó hasta alcanzarlo con la boca y lo empezó a chupar, se lo tragaba íntegramente, lo sacaba, lo ensalivaba, le pasaba la lengua al glande, me ponía cada vez más cachondo, ella ya lo estaba desde que le toqué el coño, faltaba poco ya para lo que tenía que pasar, era inevitable, era lo que ambos deseábamos y al no poder aguantar más la situación, me tumbe sobre ella en el banco, ella se acomodó como en una camilla, esta vez, no para huir de nada, si no más bien para ser mía, para ser amada, para ser penetrada, para ser follada, que era algo que lo deseábamos ambos desde el día que me acerqué a ella por primera vez.

Mi polla se introdujo fácilmente en su coño, estaba tan húmedo que le sobraba lubricacion, ella se movía más que yo incluso, tenía una pasión y unas ganas de follar y ser follada, que ya quisieran las occidentales blanquitas; allí sobre ese banco, en la oscuridad de la noche, heché el mejor polvo de mi vida. Al terminar y sin sacar aún mi polla de su vagina, me acerqué a su oído derecho y le dije, serás una médico aquí también, de eso me encargaré yo, te lo prometo, ella me besó en labios y me regaló la mejor de sus sonrisas.

Al llegar casa, mi mujer estaba esperándome para cenar, qué tarde vienes mé dijo, sí, le contesté, me lié caminando y no me di cuenta de la hora; cenamos? le dije, si claro me contestó. Continuará...