Begoña, Mariska
A sus cuarenta y cinco, Begoña creía haber dejado atrás el deseo, pero la presencia de Arturo, el joven y musculoso amigo de su hijo, enciende una llama que creía extinta. Entre miradas furtivas en el coche y mensajes prohibidos, la línea entre lo maternal y lo carnal se desdibuja hasta que la tentación la lleva a su propia bañera.
Begoña se miró al espejo. La imagen que este le devolvió era más que satisfactoria. A sus cuarenta y cinco se mantenía en forma, sin pieles colgonas ni grasa excesiva. Hacía taichí y yoga, salía a andar (correr daña las rodillas)... Unos años antes se había encontrado un bulto raro en el pecho y su marido no lo había dudado. Mastectomía, cirugía reconstructiva, prótesis y una especie de sujetador interno le habían dejado un pecho que cualquier veinteañera envidiaría. Lástima de Tomás no había podido disfrutarlo más que unos meses antes del accidente de tráfico que se lo llevó. De eso hacía ya más de un año y medio y Begoña echaba de menos no solo la personalidad de Tomás, sino su contacto físico. Aún se sentía joven, se sabía deseable, pero por unas cosas u otras no había pensado en rehacer su vida. De momento se centraba en Javier, su hijo, que estudiaba económicas como su padre. La indemnización, más las inversiones de Tomás, les habían dejado en una posición económica envidiable, de manera que Begoña había abandonado casi totalmente su profesión como abogada mercantil. Apenas había conservado un par de clientes de años, más por no aburrirse y mantenerse al día y activa que por necesidad. Además eran de esos clientes de confianza a los que les cuesta cambiar cuando han encontrado alguien con quien trabajan bien.
Se envolvió en la bata y salió al dormitorio, donde se sentó frente al espejo iluminado y empezó a cepillarse el pelo. Desde siempre había llevado el pelo suelto, una melena larguísima que oscilaba entre la cintura o por debajo de las nalgas, lisa y oscura. Comenzaban a aparecer algunas canas, pero la peluquería semanal las mantenía a raya. Le encantaba cepillarlo, era casi un ritual, sensual y relajante. Se perfumó y se dio un suave maquillaje para salir a la calle. Habían salido las notas de la facultad y Javi lo había hecho bien, así que tocaba celebrarlo. Su hijo la había convencido para que los llevara a él y a sus amigos a comer. Iba a ponerse algo cómodo, pero al abrir el cajón de la ropa interior el anillo se le enganchó en unas braguitas de encaje negro preciosas. Las desplegó. Eran parte de un conjunto de sujetador, liguero, braga y medias que Tomás le había regalado. No se las ponía desde… antes de la operación. Lo pensó un momento. ¿Por qué no? Las cosas se compran para usarlas, era lo que Tomás siempre decía. Se enfundó las medias, el tacto de la seda que hacía tanto no sentía le erizó la piel. Se sentía bien, casi como la caricia de una mano masculina. El liguero ajustado a la cintura y la braguita que, nada más ponerse quedó encajada entre sus nalgas redondeando aún más aquellos hemisferios de carne aún firme y piel tersa. La sorpresa fue con el sujetador. Al operarse, Tomás le había insistido para aprovechar y aumentar un par de tallas, así que de una 85C había pasado a una más generosa 95 copa D, con lo que sus senos quedaban más comprimidos de lo que recordaba, creando un escote infartante. Parecía demasiado incluso, pero en ese momento entró un whatsapp de Javier “mamá, recógenos dentro de media hora en la puerta de la facultad, última nota, 8’25. Tercero de carrera en el bolsillo”. Vaya, ya no había tiempo para cambiarse. Se colocó la falda, por encima de la rodilla y una blusa blanca con el escote algo bajo pero discreta. Tacones de unos ocho centímetros, ni excesivos ni bajos, el equilibrio justo de elegancia y comodidad para un almuerzo y una tarde de centro comercial.
El tráfico de la capital era el típico, así que fue un poco más de media hora. Los chicos la esperaban ya: Javier, su novia Tere una pelirroja graciosa y bonita, Ani, la hermana gemela de Tere y Arturo, el amigo de Javi de toda la vida. Hacía tiempo que no lo veía, desde el entierro de Tomás y le sorprendió el cambio. Recordaba un chaval esmirriado y bromista y ahora veía un hombre joven de expresión seria y espalda anchísima. Javi y las chicas se sentaron detrás charlando de bromas internas sobre las clases de la facultad así que Arturo se acomodó en el asiento del copiloto. Begoña no tardó en darse cuenta de que Arturo no perdía oportunidad de mirarla cada vez que volvía la cabeza para responder a los de atrás. Al mover las piernas para pisar los pedales la falda subía y se dió cuenta que el encaje de la liga de las medias quedaba a la vista. Cuando giraba el volante el escote se abría dejando a la vista una cantidad apreciable de pecho. Por un lado sintió un poco de vergüenza, pero al mismo tiempo no pudo evitar notar un pinchazo entre los muslos que hacía mucho que no sentía al tener a ese hombre joven y guapo en que se había convertido Arturo pendiente de cada uno de sus movimientos. Mientras los de atrás seguían a lo suyo ella empezó a hablarle.
Has cambiado mucho Arturo, estás más alto. Y te has puesto fuerte también.
Gracias- le respondió él.- Empecé hace un par de años con natación para corregir un problema de espalda. Dos horas cada día de lunes a sábado sin fallar.
Pues ha hecho efecto, no cabe duda- Begoña se mordió el labio sin darse cuenta.
Se ha puesto como un armario empotrado- llegó la voz de Javi desde atrás- ahora le llamamos Artudos.
¿Y eso?
Porque ahora hace dos de lo que antes hacía- explicó el chiste Javi.
Todos se rieron pero Begoña no pudo dejar de fijarse en los brazos fuertes y el pecho ancho que se revelaban bajo el polo del amigo de su hijo. Lo que no esperaba era que él la mirara a su vez, y algo le dijo que se había dado cuenta del repaso visual que le había dado como ella había percibido las miradas de él.
La comida en el restaurante pasó en un ambiente excelente no solo por la alegría contagiosa de las chicas sino porque Arturo estaba estudiando derecho, por lo que en seguida empezó a hablar con Begoña más de lo que estaba estudiando. Siempre había sido buen estudiante, pero además, tenía instinto, se le daba bien, se notaba en los comentarios que hacía. Sería un excelente abogado.
¿Y qué especialidad vas a hacer al final Arturo?- le preguntó antes de dar un sorbo al café ya en la sobremesa.
Pues la mitad de la gente habla de penal, han visto demasiadas películas. Yo prefiero algo con más salida, creo que haré mercantil.
Esa es la especialidad de mamá, te podría ayudar con las prácticas tío, ¿no te parece buena idea?- comentó Javi.
Pues sí, no está nada mal- respondió Arturo mirando hacia ella. Algo en su mirada le dio a entender que había un doble sentido en aquella frase tan corta. Begoña se ruborizó ligeramente. La luz suave del restaurante evitaría que se le notara, o eso esperó ella, pero no pudo evitar que los pezones se le endurecieran. Y al mirar al amigo de su hijo, se dio cuenta de que él lo había notado.
Bueno, listos los cafés, ¿quién quiere ir de compras?- preguntó Tere.
Todos se rieron y salieron a recorrer el centro comercial. A Javi siempre le había gustado eso de ir de compras así que él y las chicas empezaron a recorrer las tiendas una detrás de otra. Begoña sonreía viéndoles disfrutar mientras seguía hablando con Arturo sobre conceptos de derecho mercantil y tecnicismos importantes cara a cuarto. Se sorprendió de la madurez que él mostraba y de lo a gusto que estaba conversando mientras paseaban. En un momento determinado él le preguntó:
¿Te importa si te agrego al Whatsapp? Así puedo preguntarte cualquier cosa si me hace falta.
Claro, este es el número- y le dictó las cifras. Él tecleó con esa agilidad de los jóvenes de hoy en día para chatear y le mandó un mensaje para que ella le agregase.
Vale, recibido, si no te importa te pondré en el contacto Artudos, me ha hecho gracia el chiste, y así no te confundo con uno de los clientes que se llama como tú.
Vale, pero a cambio yo te pondré en el contrato Mariska.
Vaya, eso suena a ucraniano o de por ahí, ¿y ese nombre?
Nada, simplemente me gusta… y me recuerda a alguien. Tú te pareces a ese alguien.
Vaya… nunca me había imaginado con un nombre así. Pero no me disgusta. Pues nada, cuando quieras hablamos Artudos.
Lo mismo digo Mariska- enfatizando la palabra.
El resto de la tarde pasó entre tiendas y risas. Al final Begoña llevó a los chicos a una conocida zona de copas para terminar la fiesta. Ellos le insistieron en que se quedara, pero al día siguiente tenía que ir al despacho de un cliente temprano.
No estéis hasta muy tarde, que mañana tenéis que hacer maletas, que ya me ha dicho Javi lo del finde en Denia.
Sí, podías venirte- le dijo Tere.
Muchas gracias, me encantaría, pero os lo pasaréis mejor por vuestra cuenta y yo tengo trabajo aunque sea julio.
Begoña se estiró en el sillón del despacho. El expediente del contrato con los finlandeses de uno de sus clientes le había ocupado unas cuantas horas más de lo esperado, y ya era la una y media de la tarde. Iba a levantarse para ir a comer algo cuando sonó el móvil. Un mensaje de Whatsapp.
Hola Mariska. Ya estamos en Denia. Te escribo yo porque Javi se ha quedado sin batería.
Ok, gracias Artudos, ¿qué tal el viaje?
Todo tranquilo, el tren es una apuesta segura ahora con el AVE. Estos te mandan un saludo.
Y a continuación entró una foto. Javi y las chicas aparecían detrás tirando un besito mientras Arturo quedaba en primer término del selfie grupal. Estaban en la playa ya, ellas en bikini y ellos en bañador, sin camiseta. Begoña no pudo evitar fijarse en los brazos y el torso marcados de Arturo. Volvió a sentir la punzada entre las piernas del coche.
Bueno, pasadlo bien y mandad fotos de la playa para los que no podemos estar por ahí.
Ok, un beso Mariska… o dos.
Begoña dejó el teléfono sobre la mesa pensativa. Desde el día de la comida su cabeza había ido a Arturo con frecuencia. Era un chico joven, el mejor amigo de su hijo, alguien que debería estar fuera de su pensamiento, pero se había descubierto repasando sus rasgos mentalmente. Abrió otra vez la foto del whatsapp e hizo zoom hasta que su imagen ocupó toda la pantalla. Era guapo, mucho, y no solo eso tenía algo muy masculino, mucho más atractivo de lo que se atrevía a reconocer. Notó un leve sofoco. Joder, pensó, me estoy poniendo cachonda viendo la foto del amigo de mi hijo, un chaval… podría ser su madre, qué coño…
Fue al baño y se lavó la cara tratando de calmarse. Intentando decirse que no era más que un calentón físico por la falta de contacto masculino. Mentalmente se decía que no lo necesitaba, pero su cuerpo lo pedía. No era que no se masturbara con regularidad, no era de piedra ni una hipócrita, pero jugar con un consolador en uno de los largos baños que se daba en la bañera de hidromasaje de casa, por aliviante que resultara no era lo mismo que sentir las manos de un hombre acariciarte, unos brazos fuertes rodeándote… y sin querer se deslizó en su mente la imagen de si misma entre los de Arturo apoyada en su pecho ancho y marcado de nadador… ¡Para! se dijo a sí misma con la respiración acelerada. Volvió a lavarse la cara con agua fría y se fue a la cocina a prepararse algo de comer para pensar en otra cosa.
La tarde fue pasando hasta que a eso de las nueve el teléfono volvió a sonar. Un mensaje con una imagen de whatsapp. Los chicos arreglados, los cuatro de blanco, estilo ibicenco.
Nos vamos a cenar Mariska.
Ok, os veo muy guapos a los cuatro, pasadlo bien.
Gracias, ojalá estuvieras con nosotros aquí.
No te digo que no me gustaría.
Venga, ya estamos en la puerta del restaurante, buenas noches Mariska.
Buenas noches Artudos.
Dejó el móvil sobre la mesa y se desperezó. Comió algo ligero en la misma cocina, lavó plato y cubiertos, y subió al dormitorio. Se quitó la ropa y pensó acostarse, pero no tenía sueño, así que se levantó y se puso una bata ligera, volvió a la cocina, se llenó una copa de vino, se sentó en el sofá de la sala y puso la televisión. Como de costumbre nada que se pudiese ver… doscientos canales y nada interesante o que no estuviese repetido hasta dar arcadas, así que acabó apagándose. Y entonces, le pasó una idea por la cabeza. Abrió el ordenador portátil de nuevo y por algún motivo tecleó una palabra. Mariska. El buscador le arrojó varias imágenes, pero una captó su atención. Mariska X. En la fotografía una mujer más o menos de su edad miraba a la cámara. Morena como ella, con una melena lisa y unos rasgos que, ciertamente recordaban hasta cierto punto a los suyos. Volvió a teclear en el buscador, Mariska X esta vez. La pantalla se llenó de imágenes. Era una madura guapísima, sexy y, lo más perturbador… actriz porno. Buscó una página para adultos y de entre las que aparecían eligió una al azar, XNXX y buscó el nombre Mariska X. Multitud de vídeos de esa mujer.
Cerró el ordenador, sofocada y fue al baño a refrescarse. Al levantar la mirada el espejo le devolvió su imagen, semejante a la de ella. Abrió la bata y miró el reflejo de su cuerpo desnudo: los pechos altos y firmes, el vientre liso, la cintura estrecha, el pubis depilado primorosamente. El parecido era perturbador, y al mismo tiempo halagador. La forma de la cara no era la misma, había alguna diferencia en la de la nariz, pero las dos tenían los ojos grandes, hipnóticos. Y ese parecido le resultaba halagador; Arturo la identificaba con una mujer que era una estrella, un mito erótico para miles de hombres en todo el mundo. Debería sentirse ofendida, indignada, pero no, lo que sentía de pronto era una calentura que hacía años no sentía. Era el objeto de deseo de un joven guapo y más que apetecible. A qué mujer no le subiría el ego algo así, más una que llevaba tanto tiempo sin recibir la atención de un hombre. Cerró la bata y ató el cinturón tratando de volver a verse como una mujer madura normal en su casa pero volvió a mirar su reflejo y este le devolvió una imagen de hembra caliente, sexy, de rostro atractivo, escote sugerente, melena interminable y pezones endurecidos que parecían querer atravesar la seda de la bata.
Volvió al salón, conectó el portátil al televisor y bajó las persianas. Necesitaba intimidad, no algún vecino insomne cortando el ambiente. Comenzó a ver vídeos de ella teniendo sexo de todo tipo con diversos hombres hasta que llegó a uno concreto. El título explícito “El amante secreto de la tetona Mariska”. En la pantalla aparecía Mariska tumbada, con un biquini negro mientras un hombre, evidentemente más joven la besaba con ansia mientras ella reía y disfrutaba. Al abrirse el plano se veía como estaban sobre unos colchones cubiertos por unas toallas verdes junto a una piscina. Begoña no pudo evitar sentir un latigazo en la entrepierna. Su mente se ponía a sí misma en el lugar de Mariska y a Arturo en el del joven semental que en unos segundos la montaría. Su mano izquierda acariciaba sus senos, la bata abierta hacía rato, ni siquiera se había dado cuenta cuando, mientras la derecha acariciaba los labios de su vagina, hinchados y húmedos del flujo que comenzaba a verter su vagina. Conscientemente ajustó el ritmo de su mano al de los amantes de la pantalla, clavando índice y corazón en la vagina mientras el pulgar estimulaba el clítoris. La izquierda ya subía entre los labios imitando como ella chupaba, ya pellizcaba los pezones imaginando que era una boca y unos dientes chupando y mordiendo… no una, la suya, la de Arturo. Se corrió una, dos, tres veces, pero no podía parar de masturbarse, no mientras no los viese a ellos acabar. Y cuando terminaron ella los acompañó en un orgasmo que escapó de entre sus labios con un largo gemido. Se quedó tumbada, lánguida, con los dos dedos dentro aún, alargando la sensación. Estaba agotada, hacía tanto tiempo que no se había tocado así que casi no lo recordaba. Volvió a venirle la imagen de Arturo tocándola como el actor del vídeo tocaba a Mariska. Tenía que dejar de pensar esas cosas, qué diría el amigo de su hijo si supiera que ella se había corrido como una jovencita pensando en que él la tocase.
El teléfono vibró. En la pantalla “Artudos. Mensaje entrante”. Abrió la aplicación y le leyó.
-¿Qué haces? ¿Estás despierta Mariska?
-Lo estoy… y ya se quién es Mariska… un poco fuerte, ¿no te parece?
El icono le indicó que él estaba escribiendo.
-Fuerte… como a mí me gusta. ¿Y a tí?
-Diré que ha sido… interesante.
-¿Qué nivel de interés?
- Digamos que… húmedo.
-Eso suena bien… de hecho me genera a mí también interés.-¿Qué nivel?- le devolvió la pregunta Begoña.
El teléfono se quedó en silencio un momento más largo. Ella se mordió el labio entre curiosa y temerosa, ¿por qué tardaba? Al fin llegó la respuesta, acompañada de una de esas fotos que se abren solo una vez.
-Nivel: duro.- Begoña notó como le temblaban las manos de anticipación antes de activar la imagen. Al abrirla apareció ante sus ojos una foto de la parte inferior del cuerpo de Arturo. Debía estar tumbado, en el cuarto a oscuras; la foto estaba claramente iluminada por el flash. En primer plano los abdominales trabajados y más abajo sobre el pubis depilado el puño de él asiendo un rabo de dimensiones más que generosas. Lo sujetaba por debajo, con el pulgar apuntando hacia arriba dejando a la vista el tronco venoso, de piel blanca contrastando con el glande que sobresalía enrojecido y brillante. Amplió la foto y pudo ver incluso una gota de líquido preseminal saliendo por el extremo. Devolvió la imagen al tamaño original e iba a cerrarla, pero antes, en un impulso, deslizó tres dedos sobre la pantalla haciendo una captura.
-¿Qué tal el nivel?- Le preguntó él añadiendo un emoticono de cara guiñando un ojo y lanzando un corazoncito con un beso.
-Uffff, eso debe ser nivel acero…-contestó ella añadiendo un emoticono de cara asustada. Iba a mandarlo, pero añadió otros dos iconos de cara con corazones en vez de ojos.
-Me alegra que te guste el nivel. ¿Y el tuyo?Begoña se quedó un momento pensativa. ¿De verdad esperaba que ella le enviara una foto tan descarada como la que él le había mandado? En cualquier otro momento ella habría borrado incluso el contacto, pero esa noche no, el vídeo que acababa de ver había despertado cosas que creía que estaban olvidadas. Tomó el móvil con las manos temblando y lo apoyó en el cojín del sofá entre sus muslos abiertos de par en par. Con la mano izquierda abrió los labios exteriores, mostrando el interior mojado hasta chorrear sobre la tela de la bata que mostraba la mancha de la humedad. Configuró la fotografía para que solo se pudiera visualizar una vez y la envió. Nada más hacerlo los nervios empezaron a devorarla. Era demasiado, había metido la pata, no debería… el teléfono interrumpió sus dudas. Abrió el mensaje. Una fila de corazones rojos.
-Vaya nivel, eso es mínimo, mar Caribe. Quién pudiera estar ahí para bañarme en esa playa.
-Jajajaja, estás loco, no puede gustarte.
-¿Por qué?
-No es más que el coño de una vieja que podría ser tu madre jajaja. Estarás harto de verlos mejores y más jóvenes.
-Si fueses mi madre te garantizo que tendrías el hijo más lujurioso e incestuoso del planeta. Y vieja la ropa. Ya le gustaría a más de una estar como tú con la mitad de años.
-Anda ya… venga, vete a dormir.
-¿No me mandarías una foto de la isla completa?
-Si te portas bien… quizá algún día. Buenas noches.
Se levantó y se fue a su dormitorio. Deslizó la bata de los hombros y la arrojó sobre la silla que tenía delante del tocador. Iba a meterse en la cama cuando se vió en el espejo. La imagen que le devolvió, los pechos colgando sensualmente bajo su rostro, enmarcado por la melena. No podía pecar de modestia negando que la imagen aún podía despertar pasiones. Siguiendo un impulso tomó el móvil y se colocó ante el espejo posando, las piernas ligeramente separadas, la cadera saliendo hacia un lado, el torso en tres cuartos, la negra cabellera cayendo como una cortina por detrás dando contraste a la piel. Enmarcó la foto de manera que no se le viese el rostro, tapado por el teléfono. Volvió a configurar la imagen para una única visualización y la envió añadiendo: “Anda, te doy el capricho y así duermes bien. Que sueñes con los angelitos… o con Mariska”. Pulsó enviar, pero esta vez apagó el teléfono y lo puso a cargar. Se acostó y durante un rato pensó que le costaría conciliar el sueño, pero la intensidad de la noche hizo que cayese rápidamente en un sueño profundo y reparador.
La semana pasó entre reuniones, emails y video llamadas con los clientes. A pesar de tener apenas un puñado de clientes selectos, había temporadas potentes. Begoña no tuvo tiempo para otra cosa hasta el viernes. Javi volvió del fin de semana moreno y descansado. Incluso se encargó de lavar la ropa que traía de la playa. No es que fuese una exageración, pero que se ocupase de lavar y tender bañadores y toallas, recogerlos luego, doblarlos y guardarlos le quitó faena. Su hijo maduraba y eso la hacía llenarse de orgullo además de permitirle descansar cuando dejaba el trabajo al fin. El sábado Javi le dijo que saldría con las chicas de fiesta.
-Aprovechad, solo se es joven una vez. Estudiar lo que a uno le gusta y divertirse es lo mejor de la universidad.Después de la comida cenaron algo ligero y temprano. Y a eso de las nueve, Javi cogió las llaves del coche y le guiñó un ojo.
-No me esperes levantada, seguramente me quede todo el fin de semana en casa de Tere, sus padres han insistido.
-Pórtate bien, no me hagas quedar mal, ¿vale?
-Eso nunca, ya sabes que soy un caballero jejeje. Chauuu.
Begoña subió a su cuarto. El sol de principio de verano empezaba a ponerse y a la luz anaranjada se le ocurrió darse un baño en la tina de hidromasaje. La semana había sido intensa y la idea de los chorros de agua y una copa resonaba seductoramente en su cabeza. Se desnudó y abrió el grifo regulando la temperatura. El programador mantendría la circulación y la temperatura, era uno de los últimos caprichos que su marido se había dado. En eso estaba cuando sonó el timbre.
-Ya se ha dejado las llaves en casa y le ha tocado darse la vuelta… este Javi… -sonrió.
Se puso un albornoz y bajó a abrir.
-¿Te has olvidado de…?- la pregunta murió en sus labios a medio hacer. No era Javi el que la miraba a los ojos, con una media sonrisa seductora, sino Arturo. él dió dos pasos al interior del marco.
-¿Puedo pasar?
-Me parece que ya estás dentro.- le contestó ella.
Se quedaron mirándose, él admirando su rostro enmarcado por la hermosa melena negra, ella viendo el contraste de sus ojos azules y la piel morena de los días de playa. La tensión era obvia.
-Yo… iba a darme un baño y tomar una copa…
-Yo te la sirvo, ve subiendo.
Begoña obedeció, mientras él se dirigía al mueble bar. Mientras ella subía los escalones del dúplex escuchó el sonido del hielo en los vasos. Entró a su dormitorio y de allí al baño se sentó en el filo de la bañera mientras seguía llenándose. Unos momentos después él entró y le entregó un vaso. El aroma del Glendiddich de quince años llenó sus fosas nasales. Ambos bebieron en silencio. Los dos sabían que solo estaban retrasando lo que iba a suceder, dándoles un margen de anticipación. Begoña soltó el vaso junto al grifo y le dio la espalda. Abrió el cinturón y dejó caer el albornoz. Lo único que cubría su desnudez ya era su pelo que caía más abajo de las nalgas. Sintió como él se acercaba a su espalda y soltaba su vaso junto al de ella. La enlazó por la cintura con el brazo izquierdo la mano sobre su vientre, tentadoramente cerca del pubis y a la vez lejos de… La mano derecha apartó su pelo descubriendo su cuello y su oreja, su boca sea aproximó, podía sentir su aliento al hablar.
-Me encanta tu pelo, el olor de tu piel… toda tú.- y depositó un beso justo en ese punto del cuello justo por debajo de la oreja, donde la sensibilidad es mayor. La mano derecha bajó por su brazo hasta la cadera y luego subió a la cintura mientras la boca subía para morder suavemente el lóbulo de la oreja y bajar mezclando mordiscos y besos por el cuello. La respiración de Begoña se volvió honda, su boca se secó mientras sus pezones se endurecian y un calor húmedo llenaba su útero y comenzaba a inundar su vagina mientras sentía la dureza de él contra sus nalgas. Se volvió y sus ojos se encontraron, sosteniéndose la mirada unos largos segundos, ella intentando engañarse diciéndose que no iba a pasar, él dejando que la realidad calase en la mente de ella. Finalmente se inclinó y besó sus labios, con suavidad primero, y con hambre cuando sintió que ella se rendía y le devolvía el beso.
Las manos de Begoña se movieron con ansia arrebatando la ropa del cuerpo de él, ansiosa de lo que ocultaba el pantalón. La erección de él, orgullosa y dura quedó a su vista. Levantó los ojos hasta cruzarse con los de él mientras empuñaba el bálano como si fuese un bastón que la anclase a la realidad. Lo masturbó unos momentos viendo el placer reflejarse el sus ojos. Solo con la mirada ambos supieron lo que deseaban. Ella se arrodilló para envolver el glande con su boca, la lengua haciendo círculos en torno, empapándolo con su saliva para luego introducirlo despacio en su boca hasta el fondo una vez, dos, tres… cada vez un poco más profundo. Los gruñidos de satisfacción de Arturo le confirmaban que estaba haciendo un buen trabajo y siguió unos largos segundos, quizá minutos, él perdido en la sensación de su boca en el pene, ella en la de volver a sentirse mujer, poderosa, capaz de otorgar placer a su voluntad.
Arturo tiró entonces de ella hacia arriba y volvió a besarla, probando su propio sabor en los labios de Begoña. Ahora fue él quien la hizo sentarse en el filo de la tina, separó sus muslos y comenzó a besarlos, ora el izquierdo, ora el derecho, despacio, sin prisa mezclando besos suaves y lametones furtivos, desde la rodilla por el interior de las piernas hasta su pubis. El aroma era enloquecedor y él hundió su boca en la vulva queriendo aspirarlo todo y saborearla hasta la última gota. Los gemidos de Begoña llenaban el baño igual que el vapor de la bañera, estaba a punto, ya casi, ya casi.
Él entonces se arrancó de su vientre, y tomándola de la mano ambos entraron a la bañera. Arturo se sentó sumergiéndose en el agua con las manos extendidas mientras ella, sin soltarlas se arrodillaba. El glande quedó un instante en la entrada, alargando el placer de la anticipación. Ambos se miraban fíjamente y entonces ella se dejó caer sobre él empalándose centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba hasta rozar su cervix justo cuando el pubis de él chocaba contra el de ella. Así permanecieron, mirándose a los ojos, sus sexos encajados de manera perfecta. Ella comenzó entonces a balancearse, sacando apenas el pene de él de su vagina, un poco más cada vez ganando ritmo sin dejar de clavar sus pupilas en las de él. Las manos de Arturo se deslizaron desde la cintura a las nalgas, separándolas para acariciar con un dedo el ano. El contacto fue como un chispazo que hizo a Begoña soltar un gemido, cerrar los ojos y alzar la cabeza, dejando expuesto para el su pecho y cuello. El devoró entonces sus senos mientras añadía el vaivén de su cadera al de ella. Subió por el cuello y buscó su boca. Ella bajó el rostro para besarle con ansia, sus gemidos ahogándose en los de él. El ritmo crecía, ya no era un vaivén eran embestidas rápidas, llenas de promesas y ansia hasta que Begoña sintió que no había marcha atrás. Los músculos de su vagina se contrajeron espasmódicamente en torno al tronco de carne que la atravesaba mientras el orgasmo repentino y potente la dejaba casi sin respiración, mientras se desgranaba segundo tras segundo.
Al fin recuperó el aire y le miró. Él sonreía, aún duro, retrasando su placer por el de ella que seguía ensartada en él.
-Quiero vaciarme dentro de tí.
-Y yo quiero que lo hagas, pero no estamos usando nada.
Begoña le miró, sintiendo el latido de su pene dentro, notando la urgencia de él y se decidió. Apoyando las manos en sus hombros le sacó de su interior sintiendo una cascada de flujo brotar de su vulva abierta aún resbalando por sus muslos hasta el agua. Dándose la vuelta tomó un bote de aceite de baño y se lo puso en la mano.
-Hazlo despacio, ha pasado mucho tiempo.
Él asintió y vertió una medida del aceite en su palma exendiéndolo para caldearlo con sus dedos para, seguidamente comenzar a untar el ano de ella, primero por fuera y luego metiendo una falange, luego dos, por fin el dedo entero mientras besaba la redondez de las nalgas. El dedo comenzó a entrar y salir lubricando el estrecho hueco. Begoña introdujo su mano entre sus muslos para estimular su clítoris aún hinchado por el orgasmo anterior mientras Arturo seguía preparando su otro hueco añadiendo un segundo dedo al primero y alargando el movimiento cada vez más mientras ella volvía a gemir. El tiempo parecía detenido en torno a ellos.
-Estoy lista- murmuró ella.- Hazlo o me volveré a correr, y esta vez quiero que lo hagamos juntos.
Arturo se arrodilló sobre ella apoyando el glande en el ano, aquel hueco minúsculo, por un momento temiendo romperla. Sin embargo fue Begoña la que empujó hacia atrás con decisión, hasta que sus nalgas chocaron con las caderas de él de un solo golpe. Una punzada de dolor la atravesó, pero se obligó a soportarlo, clavando dos dedos en su vagina y estimulando el clítoris con el pulgar de la otra mano, con el vientre apoyado en el lateral de la bañera, los pechos colgando al aire. Arturo la sostuvo por las caderas, esperando, dándole tiempo para que su ano se adaptase al invasor. Poco a poco el dolor remitió, sustituido por un placer doblado por el de sentirse llena delante y detrás. Él sintió el cambio cuando ella comenzó a balancearse sacando y clavando alternativamente su pene dentro de sí. Tomándola de los codos la alzó, para besarla, primero en el cuello, y luego, al volver el rostro la boca. Ella volvió a inclinarse hacia delante, apoyando las manos a cada lado del grifo.
-Más… más fuerte… más rápido… quiero… que me llenes… que me hagas completamente tuya…
Aquellas palabras fueron el punto y Arturo se hundió en ella con fuerza, casi con furia su pene latiendo con cada uno de los chorros de lefa que salían y que Begoña sintió, llenándola como hacía años y disparando su propio orgasmo. Agotada, se echó atrás, apoyándose en su pecho, mientras el la abrazaba, acariciando su vientre, sus pechos, su cuello, con dulzura y cubriendo de besos sus hombros, cuello, mejillas y labios hasta que la erección de él comenzó a remitir. El pene salió acompañado de un río de semen y aceite, mientras ambos se derrumbaban en el agua. Allí se quedaron abrazados, daba igual minutos que horas o días, el tiempo no existía. Por fin Begoña se levantó y tomó una toalla del estante que había junto a la bañera para ella y otra para Arturo.
-Vamos, habrá que cenar algo. Sobre todo si quieres que esta noche no se acabe ahora. Además,- le miró sonriente-. Acabo de recordar que Javi tiene una caja de preservativos olvidada en su armario. Es una pena que se desperdicie, ¿no?
Arturo la siguió mansamente, con una sonrisa de oreja a oreja. Aquella iba a ser solo la primera de muchas noches de placer que siguieron. Se convirtieron en amantes fijos, pero Begoña insistió en que él debía buscar una esposa de su edad, crear una familia cosa que hizo con Ani, la nuera de Begoña. Y fue un doble triunfo, ya que Ani resultó ser bisexual, de modo que no solo no hubo celos a los que enfrentarse ni relación que terminar sino que se convirtieron en una pareja de tres. Javi y Tere lo aceptaron sin drama “sois mayorcitos los tres, sabéis lo que hacéis, así que nos alegramos por vosotros.
Dos años después en Cap d’Agde, sur de Francia. Begoña bajó del taxi y entró al hotel. Arturo la había hecho venir para atender un negocio. Un cliente importante que quería adquirir vivienda y, posiblemente invertir. Indicó a un botones que la esperaban en un comedor reservado. Atravesaron el hall mientras varios clientes volvían la cabeza para mirar a la belleza madura de interminable melena negra que pisaba con seguridad sobre unos tacones imposibles. El botones abrió la puerta del comedor obsequiosamente y ella entró. Dentro esperaban Arturo y Ani junto a un hombre y una mujer que daba la espalda a la puerta. Esta se levantó y por un momento ambas se quedaron paradas, sorprendidas, con la sensación de si estaban mirando a un espejo. Arturo las miró divertido antes de terciar mientras ellas se daban la mano:
-Ah, por fin, ese taxi se lo ha tomado con tranquilidad. Haré las presentaciones: Mariska, esta es Begoña, mi jefa. Begoña, Mariska.
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- Hetero: Infidelidad
La cita con David
Mari sabe que David es demasiado joven, pero también sabe que su excitación es incontrolable.
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- Hetero: General
Mi primera madurita: Jazmin
La computadora estaba rota, pero la verdadera falla estaba en la atracción que Jazmin despertaba en José.
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- Hetero: General
Profesor… y Julia la del molino
El poder de la juventud no se limita a la pizarra. Cuando la puerta del despacho se cierra, las reglas sociales se desvanecen ante el deseo de ser…
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- Hetero: General
Durmiendo con el muchachito
La cama estaba vacía, pero la noche prometía compañía. Lo que creyó ser una simple hospedada accidental se transforma en una noche de descubrimientos…
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- Hetero: General
Reencuentro inesperado
Diez años después, Juan no pudo contenerse cuando sus ojos se posaron en el cuerpo de su antigua profesora.
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