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Dominaciónfeb 2026

La apuesta salió mal

Julián creía que el pool era solo un juego, hasta que Sofía cambió las reglas. Ahora, con un delantal de encaje y guantes amarillos, debe aprender que perder significa obedecer. Y el timbre acaba de sonar.

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El sonido de la bola blanca chocando contra el quince era el único sonido en la sala de estar. Julián, de pie junto a la mesa de pool, se sentía el rey de su castillo. El movimiento era fluido, preciso. La bola número ocho cayó en la esquina con una satisfacción casi sexual.

Eso fue cuando la puerta se abrió y Sofía entró sin llamar. Sofía no era como las otras amigas. Era una fuerza de la naturaleza, alta, con una sonrisa que siempre parecía saber un secreto que tú ignorabas. Se apoyó en el marco de la puerta, observándolo.

—¿Jugas pool? —preguntó, su voz un desafío velado.

—Me entretiene —dijo Julián, con una sonrisa de suficiencia.

—Queres un desafío? —continuó ella, acercándose y pasando un dedo por el borde de la mesa de pool—. Claro que queres apostar, ¿no?

Julián rio. —Depende de la apuesta.

—Si me ganas, te hago de sirvienta por un día —dijo Sofía, mirándolo directamente a los ojos—. Te cocino, te limpio, te sirvo. Lo que digas.

La idea le pareció tan deliciosa, tan perversa, que no pudo evitar reír. —Mejor por una semana, jajaja.

Sofía rio también, pero su risa no tenía nada de divertido. Era el sonido de un depredador que ve a su presa caer en la trampa. —De acuerdo. Una semana. Pero... ¿y si vos perdes?

—Eso es imposible —dijo Julián, con una confianza que ya se estaba agrietando.

—Bueno... si perdes —dijo ella, acercándose más, su voz bajando a un murmullo conspirativo—, hacés vos de mi sirvienta por una semana.

Julián se quedó helado. La risa se le murió en los labios. —¿Estás loca?

Sofía se encogió de hombros, con una indiferencia calculada. —No te obligo. Solo pensé que no tenías miedo de perderle a una mujer. O sí... ¿tenés miedo, Julián?

La provocación fue un pinchazo directo en su ego. Se irguió, ofendido. —¡Claro que no! Tenés razón. Acepto. Una semana.

El juego fue una humillación en cámara lenta. Cada tiro de Julián fallaba. Cada bola que Sofía embocaba parecía un golpe de gracia. El sonido de su taco era preciso, implacable. Cuando finalmente la bola ocho rodó hacia la trampa, Julián sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Sofía apoyó el taco y lo miró desde arriba, con una sonrisa de victoria absoluta. —Bueno, sirvienta. Empezamos mañana. Pero antes, una pequeña prueba para que te vayas acostumbrando. Ve a la cocina. Ponte el delantal y los guantes de tu esposa.

Julián abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. Estaba atrapado en su propia jaula de orgullo herido.

—Anda —ordenó Sofía, con una voz que no admitía réplica—. O querés que vaya yo y se los ponga?

Derrotado, caminó hacia la cocina como un condenado al patíbulo. Abrió el armario y encontró el delantal de su esposa, uno de lino blanco con bordes de encaje, y un par de guantes de goma amarillos. Se los puso, sintiéndose el ser más ridículo del mundo. El tejido del delantal le rozaba la piel, los guantes le aprietaban las manos. Era una transformación instantánea, una degradación que le quemaba la sangre.

—Así está mejor —dijo Sofía, apareciendo en el umbral—. Eres toda una sirvienta. Aunque este atuendo es temporal. Iremos a comprarte los tuyos mañana. Algo más... femenino.

Julián se quedó de pie, sin saber qué hacer, sintiéndose un objeto.

—Bueno, no te quedes ahí parada como un adorno —dijo Sofía, sacando su móvil y marcando un número—. Tengo trabajo para ti. Se acabó el caño de la lavandería. Llamé al plomero. Ya viene en camino.

El pánico se apoderó de Julián. —¿Qué? ¡No! ¡Yo no voy a...

—¡Sí, tú vas a atenderlo! —lo interrumpió Sofía, con una autoridad que lo aplastó—. Le vas a abrir la puerta. Le vas a ofrecer un café. Y si necesita algo, le vas a ayudar. Con tus guantes puestos y tu delantal bien puesto. Entendido, sirvienta?

Quince minutos después, el timbre sonó. Julián miró a Sofía, suplicante, pero ella solo le hizo un gesto hacia la puerta con la cabeza. Fue y abrió. En el umbral estaba un hombre corpulento, con overol y una caja de herramientas. El plomero lo miró de arriba abajo, una confusión lenta en su rostro al ver al hombre de la casa con un delantal de encaje y guantes amarillos.

—Soy el plomero. Vengo por el caño...

—Pase —dijo Julián, con la voz temblorosa—. Mi... mi jefa lo está esperando.

El plomero entró, mirando a Sofía, que estaba sentada en el sofá como una reina.

—Atiéndelo, Julián —ordenó ella—. Sirve a nuestro invitado.

Julián, convertido en una sirvienta feminizada y sumisa, se acercó al plomero, con el corazón martilleándole en el pecho, listo para servir al hombre que venía a destapar los caños de su casa y, de paso, el resto de su dignidad.