Marcada por dos
El conductor del coche sabe más de lo que parece. Mientras su jefa se deja usar por su novio en la parte trasera, él escucha cada gemido desde el asiento del frente, marcando el ritmo con la música y reclamando su derecho posesivo sobre su cuerpo.
El concierto ha terminado, pero el incendio sigue vivo bajo mi piel. Me miro al espejo del camerino, mis rizos oscuros están empapados de sudor y mis pechos suben y bajan agitados tras las dos horas de show. Me quito los pendientes con manos rápidas, sintiendo la adrenalina correr por mis venas como electricidad.
De repente, la puerta se abre. No es mi asistente. Es él.
Se queda ahí apoyado, una mole de músculos de casi un metro noventa, con su habitual cazadora de cuero y esa mirada distante que hace que todo el mundo en la industria dé un paso atrás por miedo. Es el tipo de hombre que no deja que nadie se acerque, inaccesible y duro como el mármol. Pero cuando sus ojos oscuros recorren mi cuerpo, algo en su mandíbula se tensa.
—Has estado demasiado provocadora ahí fuera —dice con esa voz rasposa que me vibra en el vientre—. ¿Intentas que me detengan por lo que quiero hacerte?
Me levanto y camino hacia él con la seguridad de quien sabe que tiene el control, aunque por dentro me esté quemando. Me paro frente a él y le agarro de las solapas. Huele a tabaco caro, a lluvia y a ese aroma masculino que me nubla el juicio.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres hacerme? —le desafío, rozando mis pezones rígidos contra su pecho.
Él suelta un gruñido, me agarra de la cintura y me levanta del suelo como si no pesara nada. Me sienta sobre el tocador, apartando de un manotazo mis maquillajes y los botes de perfume. Me abre las piernas de golpe y se mete entre ellas, sus manos grandes y ásperas subiendo por mis muslos hasta encontrar mis labios inferiores, ya empapados por mi propio flujo.
—Quiero destrozarte a orgasmos —susurra, y por un segundo, la dureza de sus ojos se quiebra para mostrar una ternura que solo me pertenece a mí.
Se desabrocha los Levi’s con urgencia y su pene salta hacia fuera, palpitante y colosal. Es una polla impresionante, oscura y con las venas marcadas por el deseo contenido. Agarra su pene y desliza el glande por mi hendidura, empapándolo con mi jugo mientras mi clítoris late desesperado por el contacto.
—Pídeme que pare, Carol —me ruega, aunque su cuerpo me está reclamando a gritos—. No quiero hacerte daño, y sé que no sé ser suave.
—No te atrevas a parar —le respondo, clavando mis uñas en su espalda.
Se hunde en mí de una sola estocada, llenándome por completo. El impacto me saca un grito que él ahoga con un beso profundo, posesivo. Su polla estira mis paredes, golpeando mi coño con cada embestida salvaje. El roce de su vello púbico contra mi clítoris hinchado me lleva al borde del abismo.
A pesar de su fuerza, de la violencia de su pene entrando y saliendo de mí, me sujeta la cabeza con una delicadeza infinita, como si fuera de cristal. Se le escapa el amor entre tanto instinto animal; intenta ser distante, pero me busca los ojos para asegurarse de que estoy disfrutando.
—Eres mía —gruñe, acelerando el ritmo mientras su glande fricciona mi interior provocando que mi jugo y su lubricación salpiquen nuestras pieles.
El placer estalla. Mi clítoris vibra en espasmos incontrolables y mis labios se aferran a su cuello. Él se tensa, su polla late dentro de mí una última vez antes de correrse con una fuerza que me hace temblar. Se queda apoyado en mi hombro, respirando con dificultad, protegiéndome entre sus brazos mientras el hombre duro desaparece para dejar paso al único que sabe cómo cuidarme tras la tormenta.
Mientras él me ayuda a abrocharme la chaqueta, el teléfono sobre el tocador vibra. Es un mensaje de Nacho.
“Increíble el show, amor. Te espero en el coche con una cena tranquila. Te quiero”.
Siento una punzada de culpa que se disuelve en cuanto la mano del Héctor se posa sobre el móvil, ocultando la pantalla. Él ha leído el nombre. Sus ojos, antes tiernos, vuelven a ser dos témpanos de hielo. La relación de poder cambia en un segundo; él sabe que soy infiel, sabe que estoy rompiendo las reglas por él, y eso le da un control sobre mí que me excita y me aterra a partes iguales.
—Tu novio te espera —dice con una frialdad que corta—. Deberías borrarte esa cara de haber sido devorada antes de salir.
—Él no tiene por qué saber nada —respondo, intentando recuperar mi seguridad, aunque me tiemblan las piernas.
Él se acerca tanto que su aliento choca contra mi oreja. No es su cliente lo que está protegiendo ahora, es su secreto.
—Él no sabe que mientras te dice que te quiere, tú tienes mi semen resbalando por tus muslos. No sabe que tu clítoris todavía late porque solo yo sé cómo tocarlo.
Me agarra de la nuca con firmeza, obligándome a mirarlo.
—Vete con él, Carol. Sé la chica simpática y perfecta que todos creen que eres. Pero no olvides quién te ha hecho gritar hace diez minutos.
El Mercedes-Maybach se desliza con una elegancia depredadora por las calles de Madrid. Nacho deja el móvil, me mira con esa sonrisa de suficiencia que tanto le gusta y pulsa el botón del panel de control. El cristal divisorio sube con un zumbido eléctrico, aislándonos de la parte delantera. Pero, justo antes de que se vuelva opaco, mis ojos se clavan en la nuca de Héctor. Sus hombros son una línea de tensión pura bajo la chaqueta de cuero.
—No podía aguantar más, Carol. Estás demasiado buena con este vestido —susurra Nacho, abalanzándose sobre mi cuello.
Me besa con esa pasión. Sus manos, grandes y seguras, me aprietan contra el asiento de cuero napa mientras me levanta el vestido de lentejuelas. Nacho se desabrocha el pantalón con urgencia, liberando su polla, y empieza a frotarse contra mí.
Pero mi mente no está con él.
Mientras Nacho me busca los pezones con la boca, yo cierro los ojos y visualizo a Héctor, a pocos centímetros de nosotros, al otro lado del cristal. Un escalofrío me recorre la columna al recordar lo que acaba de pasar en el camerino. Siento el peso de la humedad en mi interior; sé que el semen de Héctor todavía está ahí, caliente, mezclándose con mi propio flujo mientras Nacho intenta entrar en mí. La idea es tan sucia, tan prohibida, que mi clítoris palpita con una violencia que Nacho confunde con deseo por él.
—Estás empapada, nena... cómo te pongo —jadea Nacho, hundiéndose en mí.
Suelto un gemido, pero no es por Nacho. Es por el secreto. Es por saber que, mientras mi novio me embiste, yo estoy llena del hombre que conduce el coche. Sentir el pene de Nacho empujando el semen de Héctor más adentro es la sensación más excitante y pecaminosa que he tenido nunca.
De repente, un sonido rompe la atmósfera del habitáculo. Héctor ha subido el volumen de la música de la parte delantera. Los graves de una base de rock profundo retumban en el coche, vibrando en los asientos, en mis huesos, en mis labios hinchados. Sé por qué lo hace. No quiere oír cómo Nacho me folla. No quiere oír mis gemidos fingidos. O quizás, quiere marcar el ritmo de lo que está pasando.
—¡Eso es! —exclama Nacho, animado por el ritmo de la música, dándome estocadas más fuertes—. Hasta Héctor sabe lo que necesitamos ahora.
Me muerdo el labio para no soltar una carcajada histérica. Nacho es tan ciego, tan sumamente idiota en su arrogancia. Se cree el rey del mundo mientras yo me aferro a sus hombros, imaginando que son las manos de Héctor las que me sujetan. Cada vez que el coche toma una curva, siento el vaivén del jugo en mi interior, una mezcla de los dos hombres que me poseen de formas tan distintas.
Cuando Nacho llega al clímax, se corre y me llena. Yo solo puedo pensar en el espejo retrovisor. Nacho pulsa el botón y el cristal baja de nuevo. La música sigue alta, llenando el espacio de una tensión insoportable.
Miro a Héctor. Sus ojos en el espejo son dos pozos de odio y deseo. Él sabe lo que he hecho. Sabe que he dejado que Nacho me use para quitarme la culpa, pero también sabe que el que realmente está dentro de mí, en alma y en rastro biológico, es él.
Héctor baja el volumen de golpe, dejando un silencio sepulcral en el coche.
—Hemos llegado al hotel, señor —dice con una voz tan fría que parece que nunca me hubiera tocado.
Nacho se arregla la ropa, impecable como siempre, sin sospechar que acaba de participar en la función más perversa de mi vida.
La suite del hotel es un despliegue de mármol, luces cálidas y ventCarolles que ofrecen Madrid a nuestros pies. Nacho entra tirando la americCarol sobre una silla de diseño, eufórico, rebosante de esa energía de macho alfa que acaba de marcar su territorio.
—Dúchate conmigo, Carol —me dice, dándome un beso rápido mientras se desabrocha los botones de la camisa.
—Ve tú, amor. Necesito un minuto para asimilar el concierto... y quitarme estas lentejuelas.
Nacho sonríe, me lanza un guiño y se encierra en el baño. A los pocos segundos, el sonido del agua golpeando el plato de ducha llena la habitación. Me quedo quieta en medio del salón, con el corazón martilleando contra mis costillas. Entonces, oigo el clic de la puerta principal.
No ha echado el cerrojo. No necesita hacerlo.
Héctor entra con la seguridad de un fantasma. Se ha quitado la chaqueta y lleva las mangas de la camisa blanca remangadas, revelando unos antebrazos poderosos y venosos. Su mirada es puro fuego negro. No dice nada. Se acerca a mí, me agarra por la cintura y me empuja contra la pared, justo al lado de la puerta del baño donde el vapor empieza a salir por debajo.
—¿Te ha gustado? —me susurra al oído, su voz es un gruñido que me hace flaquear las piernas—. ¿Te ha gustado que te follara mientras yo escuchaba cada uno de tus gemidos fingidos?
—Héctor, Nacho está ahí... —alcanzo a decir, pero él me tapa la boca con la mano.
—Cállate. Sé perfectamente lo que tienes ahí dentro. Sé que tienes su corrida mezclada con la mía. Y eso es lo que me está volviendo loco.
Me obliga a bajar al suelo, empujándome por los hombros hasta que quedo de rodillas frente a él, pero Héctor me detiene. Me gira, obligándome a sentarme en el borde del sofá, y se arrodilla él entre mis piernas. Abre mis muslos con una brusquedad que me corta el aliento y aparta la seda de mi lencería, ahora empapada por el sexo reciente con Nacho.
Héctor hunde su rostro en mi coño sin miramientos. Lo hace con una ferocidad posesiva, pasando su lengua por mis labios externos, buscando el rastro de la humillación y el placer. Quiere saborear lo que ha pasado en el coche. Quiere reclamar su territorio.
—Héctor... no... —jadeo, agarrando sus hombros mientras oigo a Nacho tararear bajo la ducha a escasos metros.
Él no se detiene. Su lengua se vuelve un látigo que azota mi clítoris mientras sus dedos se hunden en mí para arrastrar hacia fuera el jugo que Nacho ha dejado. El contraste es eléctrico: la humedad fría del ambiente, el calor abrasador de su boca y el riesgo de que la puerta del baño se abra en cualquier segundo.
Me vuelvo loca. Es el sexo oral más salvaje de mi vida mientras mi novio se quita el jabón del cuerpo a tres pasos de distancia hace que mi clítoris se hinche hasta doler. Héctor sube la intensidad, succionando mi centro con una fuerza que me hace arquear la espalda contra el respaldo del sofá.
—Es mío —gruñe contra mi piel, con la cara manchada de mi flujo y del semen de Nacho—. Todo esto es mío, aunque él crea que ha gCaroldo.
Siento el orgasmo llegar como un tsunami. Es un estallido de culpa y placer puro que me hace morder la mano de Héctor para no gritar. Justo cuando me deshago en sus labios, el ruido del agua se detiene.
—¿Carol? ¿Me traes una toalla? —grita Nacho desde el baño.
Héctor se levanta con una lentitud exasperante. Me mira una última vez, se limpia la comisura de los labios con el pulgar y me dedica una sonrisa oscura, cargada de una victoria que Nacho nunca entenderá.
—Vete con él, estrella —me susurra, antes de desaparecer por la puerta de la suite tan silenciosamente como entró.
Me quedo ahí, temblando, con las piernas abiertas y el corazón en la boca, sabiendo que mientras Nacho se seca con su toalla blanca, yo sigo marcada por el hombre que realmente me posee.
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