La esposa del mejor amigo (Parte 2)
Sabe que su marido confía en él. Sabe que el despacho está vacío a esas horas. Y aún así, cada vez que entra, el aire se vuelve irrespirable y su cuerpo traiciona a su conciencia.
Sígueme en Twitter: @alanarelatos. También estoy en Patreon... y subo fotos mías.
Recomiento leer la parte 1: https://www.todorelatos.com/relato/245687/
Sandra corrió por el pasillo desierto del bufete, los tacones resonando como ecos acusadores contra las paredes vacías, cada paso enviando una vibración aguda hasta su coño aún palpitante y empapado. El aire nocturno del edificio la golpeó fresco en la cara manchada de semen seco y saliva, pero no logró enfriar el fuego que ardía en su vientre ni disipar el olor intenso que llevaba pegado a la piel: el almizcle crudo de la polla de Luis mezclado con su propia excitación, un aroma salado y viscoso que subía desde entre sus muslos donde las bragas se adherían húmedas a los labios hinchados. Las lágrimas le rodaban calientes por las mejillas, arrastrando el rímel en surcos negros, y el sabor amargo de la corrida aún le cubría la lengua, espeso y persistente, recordándole cada trago forzado, cada chorro caliente que había inundado su garganta. Se sentía sucia, traicionada por su propio cuerpo que aún temblaba de deseo insatisfecho, el coño contrayéndose vacío en espasmos traicioneros mientras bajaba las escaleras a trompicones.
Llegó al parking subterráneo casi sin aliento, el pecho subiendo y bajando agitado bajo el vestido arrugado y manchado en el escote por gotas blancas secas. El coche de su marido estaba allí, prestado para la "reunión urgente", y al sentarse en el asiento de cuero frío sintió cómo el tejido se pegaba a sus muslos sudorosos, el roce enviando un nuevo latido de placer culpable directo a su clítoris hinchado. Encendió el motor con manos temblorosas, el zumbido bajo vibrando a través del asiento hasta su culo, y salió a la calle iluminada por farolas anaranjadas. La ciudad estaba casi vacía a esas horas, solo algún taxi ocasional y el viento cálido de junio entrando por la ventanilla entreabierta, secando lentamente las manchas en su piel pero intensificando el olor a sexo que impregnaba el habitáculo como una niebla densa.
Durante el trayecto a casa, Sandra no podía dejar de revivirlo todo: la polla gruesa de Luis llenándole la boca, el gruñido ronco cuando se corrió, el sabor viscoso que aún le hacía salivar involuntariamente. Se mordió el labio hasta sentir sangre, intentando ahogar los gemidos que subían desde su garganta, pero su mano traidora bajó sola hasta el regazo, presionando el vestido contra el coño empapado, sintiendo cómo los fluidos se habían filtrado hasta la tela exterior, dejando una mancha oscura y caliente. El roce de sus propios dedos a través del lino era torturador, insuficiente, y cada bache en la carretera hacía que sus tetas rebotaran dolorosamente, los pezones duros rozando el sujetador empapado de saliva y semen. Llegó a casa con las piernas débiles, el corazón latiéndole en las sienes y en el chocho al mismo ritmo acelerado.
Su marido dormía profundamente cuando entró en el dormitorio, el aire acondicionado zumbando bajo y el olor familiar de su colonia barata contrastando brutalmente con el aroma prohibido que aún llevaba encima. Sandra se desnudó en el baño a oscuras, dejando caer el vestido al suelo con un sonido húmedo, y se miró en el espejo empañado: los labios hinchados y rojos, el cuello manchado de blanco seco, las tetas marcadas por el roce de la tela y los pezones erectos como guijarros. El coño le palpitaba visiblemente entre los muslos abiertos, los labios mayores hinchados y brillantes de jugos, el clítoris asomando rojo y sensible. Se tocó apenas, un roce fugaz con dos dedos que la hizo jadear y doblarse, pero se detuvo, la culpa quemándole más que el deseo. Se metió en la ducha fría, el agua helada golpeando su piel ardiente como agujas, pero ni siquiera eso borró el sabor de Luis en su boca ni el vacío palpitante entre sus piernas.
Pasaron dos días de agonía pura. Sandra evitaba el teléfono, borraba mensajes de trabajo sin leerlos, pero cada noche se despertaba sudando, el coño mojado y contrayéndose alrededor de nada, soñando con la polla de Luis empujando en su garganta, con sus manos en su pelo guiándola más profundo. Su marido notaba algo raro, le preguntaba si el caso avanzaba, y ella mentía con voz temblorosa, sintiendo cómo la traición le humedecía las bragas cada vez que pronunciaba el nombre de Luis. El tercer día, llegó un mensaje privado desde un número desconocido: "Tenemos que terminar de revisar los documentos. Mañana, misma hora. No faltes. L." El corazón le dio un vuelco, el estómago se le contrajo de miedo y deseo al mismo tiempo, y entre las piernas sintió un chorro caliente de excitación que empapó instantáneamente la tela de sus pantalones vaqueros.
Sandra entró en el bufete pasadas las ocho de la noche, después de aquella mamada frenética que aún le quemaba en la garganta como un secreto viscoso y caliente. El edificio estaba casi desierto otra vez, solo el vigilante de la entrada había levantado la vista un segundo al verla pasar, reconociendo a la esposa del socio principal. El pasillo olía a cera reciente y a café viejo, pero cuando se acercó al despacho de Luis, el aroma cambió: cuero caliente, sudor masculino acumulado durante horas de trabajo, y algo más sutil, más peligroso, que le subió directo al estómago y le hizo apretar los muslos bajo la falda plisada gris que llevaba esa vez. El vestido del otro día lo había lavado tres veces, pero aún creía oler a semen seco en el escote. Se había puesto ropa más formal hoy, como si la tela gruesa pudiera protegerla de sí misma: blusa blanca abotonada hasta arriba, falda hasta la rodilla, medias finas que rozaban sus piernas con cada paso y le recordaban lo viva que estaba su piel desde aquella noche.
Luis estaba de pie junto al escritorio, revisando unos papeles con la luz de la lámpara de mesa proyectando sombras duras sobre su rostro. Llevaba la misma camisa azul del otro día, pero ahora arremangada más arriba, revelando los antebrazos tensos y venosos. Cuando oyó el clic de la puerta cerrándose, levantó la vista despacio. Sus ojos se encontraron con los de ella y se quedaron allí, sin prisa, como si ya hubieran estado follando en silencio durante las últimas cuarenta y ocho horas. El aire del despacho estaba cargado, más caliente que afuera, y el zumbido del aire acondicionado parecía amplificar cada respiración. Sandra sintió que sus pezones se endurecían al instante bajo el sujetador de encaje, traicionándola antes de que pudiera decir una palabra.
Se quedó de pie junto a la puerta, las manos apretadas contra el bolso que llevaba colgado del hombro. El corazón le latía tan fuerte que creía que Luis podía oírlo desde el otro lado de la habitación. El olor de él la envolvía ya: colonia cara mezclada con sudor limpio de todo el día, y debajo ese aroma más profundo, más animal, que le recordaba el sabor salado y espeso que había tragado hasta derramarse por la barbilla. Tragó saliva con dificultad, sintiendo la garganta aún sensible, como si la polla gruesa de Luis siguiera allí, estirándola.
-No puedo seguir con esto, Luis -dijo al fin, la voz saliéndole temblorosa pero firme, como si hubiera ensayado las palabras en el coche de camino-. Lo del otro día fue un error horrible. No sé qué me pasó… estaba sola, asustada por el caso, por todo lo que puede salir a la luz. Pero amo a mi marido. Él confía en ti, confía en mí… y yo lo traicioné como una puta en tu despacho.
Luis no se movió. Solo la miró, los ojos oscuros brillando bajo la luz ámbar de la lámpara. Una gota de sudor se formó en su sien y bajó lentamente por la mejilla, perdiéndose en la sombra de la barba incipiente. Sandra sintió que el calor subía por su cuello hasta las orejas, el rubor traicionero que siempre la delataba.
-No debería haber venido aquella noche -continuó ella, dando un paso hacia delante sin querer, como si el cuerpo la empujara mientras la mente gritaba que se fuera-. No sé por qué lo hice. Me sentí vulnerable, sola en casa mientras él está de viaje… pero eso no es excusa. Tú tampoco deberías querer nada conmigo. Soy la mujer de tu mejor amigo, Luis. Piensa en él. Piensa en lo que le haríamos si esto sigue.
Las palabras le salían atropelladas ahora, la voz quebrándose en algunos puntos. Se acercó más, hasta detenerse frente al escritorio, las manos apoyadas en la madera fría para no temblar. El olor de Luis era más intenso allí, subiendo desde su pecho abierto donde la camisa dejaba ver el vello oscuro y húmedo de sudor. Sandra respiró hondo sin querer, inhalando ese aroma que le hacía contraer el coño vacío bajo la falda, un palpito traicionero que la hizo apretar los muslos.
-Yo no paro de pensar en ello -admitió Luis al fin, la voz baja y ronca, como si cada palabra le costara-. En tu boca alrededor de mi polla, en cómo tragaste mi leche como si llevaras años deseándolo. Pero tienes razón… es una puta locura.
Sandra sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Dio otro paso, rodeando el escritorio hasta quedar a menos de un metro de él. El calor que emanaba del cuerpo de Luis era palpable, como una pared invisible que la empujaba hacia atrás y hacia delante al mismo tiempo.
-No puede volver a pasar -susurró ella, pero su voz sonaba más a súplica que a orden-. Por favor, Luis… ayúdame con el caso y nada más. No me mires así.
Pero Luis ya la estaba mirando así. Los ojos bajando despacio por su cuerpo, deteniéndose en los botones tensos de la blusa donde los pechos subían y bajaban agitados, en la falda que se ajustaba a sus caderas, en las piernas cruzadas con nerviosismo. Sandra sintió que el aire se espesaba, cargado de ese olor compartido: su perfume floral mezclado con el sudor nervioso que empezaba a perlarle la nuca, y el aroma más crudo de él, ese almizcle caliente que le recordaba la polla palpitante en su boca.
Se quedaron así minutos eternos, mirándose sin tocarse. El silencio era denso, roto solo por las respiraciones cada vez más pesadas. Sandra sentía cómo sus bragas se humedecían lentamente, la tela fina pegándose a los labios del coño que palpitaban con cada latido. Luis tragó saliva, la nuez subiendo y bajando en su cuello fuerte. Una vena latió visible en su sien.
-No quiero hacerte daño -dijo él al fin, dando un paso hacia ella-. Pero tampoco puedo fingir que no te deseo desde hace años. Cada vez que venías con él a las cenas, cada vez que te veía reír… joder, Sandra.
Ella retrocedió un paso, chocando con el borde del escritorio. El madera fría contra sus muslos la hizo jadear suavemente. Luis se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. El calor de su torso llegaba a través de la blusa, y Sandra sintió cómo sus pezones se endurecían más, presionando dolorosamente contra el encaje del sujetador.
-No, Luis… por favor -susurró, pero no se movió cuando él levantó una mano y la posó apenas en su cintura, sobre la tela de la blusa-. No podemos…
La mano de Luis no apretó. Solo se quedó allí, midiendo el calor de su piel a través de la tela. Sandra sintió que el mundo se reducía a ese punto de contacto: los dedos fuertes de él quemando a través de la blusa, el olor de su sudor subiendo hasta su nariz, el latido acelerado que sentía en su propio coño. Minutos pasaron así, sin que ninguno se moviera más. Solo respiraban el mismo aire caliente, cargado de deseo y culpa.
Entonces Luis se arrodilló despacio frente a ella. Sandra jadeó, las manos aferrándose al borde del escritorio. Él no la tocó aún con las manos, solo acercó el rostro a su vientre, inhalando profundo a través de la falda. El aliento caliente atravesó la tela y llegó hasta su piel, haciendo que el coño palpitara más fuerte.
-Luis… no… -susurró ella, pero las caderas se movieron apenas hacia delante, traicionándola.
Él levantó la falda muy despacio, centímetro a centímetro, revelando las medias finas y el liguero que ella no había planeado usar esa noche, pero que se había puesto como un secreto culpable. El olor de su excitación subió de golpe: dulce, salado, intenso, el aroma de una mujer casada que se moja pensando en la lengua de otro hombre. Luis gruñó bajo, la nariz rozando apenas el interior de sus muslos mientras subía la falda hasta la cintura.
Sandra temblaba entera ahora, las piernas abiertas apenas lo suficiente para que él se acomodara entre ellas. Luis posó las manos en sus caderas, sobre la tela de las bragas ya empapadas, y las bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que cayeron a sus tobillos. El coño de ella quedó expuesto al aire fresco del despacho, los labios hinchados y brillantes de jugos, el clítoris asomando rojo y palpitante entre los pliegues húmedos. El olor era abrumador ahora: sexo puro, sudor femenino, excitación acumulada durante dos días de culpa y deseo reprimido.
Luis acercó la boca despacio, sin tocar aún. Solo respiró sobre el coño, el aliento caliente haciendo que los labios se contrajeran y chorros de jugo fresco se derramaran por el interior de los muslos. Sandra gimió bajo, las manos aferrándose al escritorio hasta que los nudillos se pusieron blancos. Él sacó la lengua entonces, un lametón largo y lento desde el perineo hasta el clítoris, recogiendo los jugos espesos que chorreaban como miel caliente.
El sabor le explotó en la boca: salado dulce, con un fondo ácido y animal que le hizo gruñir contra la carne. Sandra soltó un jadeo roto, las caderas empujando hacia delante buscando más. Luis repitió el lametón una y otra vez, la lengua plana y presionando fuerte contra los labios mayores, separándolos para lamer los menores rosados y sensibles que palpitaban bajo la presión. La saliva se mezclaba con los jugos de ella, chorreando abundantemente por la barbilla de Luis, goteando sobre la moqueta en hilos viscosos y plateados.
Sandra gemía ahora sin control, la cabeza echada hacia atrás, el cabello pegándose a la nuca por el sudor. Luis introdujo la lengua dentro del coño, follándola despacio con movimientos largos y profundos, la punta curvándose para rozar las paredes internas que se contraían alrededor como un puño caliente y húmedo. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de la lengua entrando y saliendo, los gemidos ahogados de Sandra, el gruñido constante de Luis mientras bebía sus jugos como si estuviera sediento desde hacía años.
Pasaron minutos y minutos así, Luis lamiendo el coño con devoción lenta, alternando entre lametones largos por todo el sexo y succiones fuertes en el clítoris que hacían que las piernas de Sandra temblaran violentamente. Introdujo dos dedos gruesos dentro, curvándolos para presionar el punto esponjoso mientras la lengua giraba furiosamente alrededor del clítoris hinchado. Los jugos chorreaban ahora por la mano de él, empapando la muñeca, goteando sobre sus pantalones.
Sandra se tocaba los pechos por encima de la blusa, desabrochando botones torpemente hasta que los sacó del sujetador y pellizcó los pezones duros. El placer subía en oleadas, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Luis, los jugos salpicando cada vez que él los sacaba para lamerlos con obscenidad antes de volver a meterlos más profundo.
Entonces Luis bajó más la boca, la lengua abandonando el coño para lamer el ano apretado que palpitaba debajo. Sandra gritó suavemente, las caderas empujando hacia atrás por instinto. Él lamió alrededor del agujero, la punta presionando suave pero insistente hasta que se relajó y pudo meterla un poco, follándole el culo con la lengua mientras los dedos volvían al coño y el pulgar presionaba el clítoris en círculos rápidos.
El orgasmo la golpeó como un tren, el coño contrayéndose violentamente alrededor de los dedos, chorros de jugo caliente salpicando la cara de Luis mientras ella gritaba su nombre una y otra vez. Las piernas le fallaron, cayendo sentada sobre el escritorio con los muslos abiertos temblando, el coño palpitando vacío ahora, rojo e hinchado, chorreando jugos sobre los papeles importantes.
Luis se levantó despacio, la boca y la barbilla brillantes de sus fluidos, los ojos oscuros de puro deseo animal. Intentó besarla, pero Sandra giró la cara, las lágrimas rodando ahora de verdad por sus mejillas.
-No… no puedo… lo siento -sollozó, bajándose la falda con manos temblorosas, las bragas olvidadas en el suelo.
Se puso de pie tambaleándose, las piernas débiles por el orgasmo que aún reverberaba en su coño sensible. Luis intentó alcanzarla, la mano extendida, la polla visiblemente dura presionando contra los pantalones.
-Sandra, espera… por favor.
Pero ella ya corría hacia la puerta, abriéndola de golpe y saliendo al pasillo desierto. Los tacones resonaban como disparos mientras corría hacia el ascensor, el coño palpitando con cada paso, los jugos chorreando por el interior de los muslos bajo la falda. Las lágrimas le rodaban calientes por las mejillas, la culpa quemándole el pecho como ácido.
Pero debajo de la culpa, más profundo, ardía el deseo consciente y abrasador: quería más. Quería que la follara hasta partirla en dos, quería sentir esa polla gruesa abriéndole el coño casado hasta correrse dentro como una puta. Y esa certeza la aterrorizaba más que nada mientras las puertas del ascensor se cerraban y el edificio vacío se tragaba sus sollozos.
Luis se quedó solo en el despacho, la cara aún brillante de sus jugos, el sabor dulce y salado quedándosele en la lengua mientras se pasaba la mano por la polla dura que palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones. El olor a sexo femenino lo envolvía todo, impregnado en el aire, en los papeles, en su piel. Respiró hondo, saboreando la traición recién consumada por segunda vez.
Sandra llegó a casa esa noche con las piernas aún temblando, el coño sensible y palpitante bajo la falda arrugada, los jugos secos pegándose a la piel de los muslos como un recordatorio viscoso y obsceno de lo que Luis le había hecho con la lengua. El apartamento estaba en silencio, oscuro excepto por la luz de la cocina que había dejado encendida por la mañana, y el olor familiar a café y a la colonia de su marido ausente la golpeó como una bofetada de culpa fresca. Se quitó los tacones en la entrada, los pies descalzos pisando el suelo frío mientras el corazón le latía desbocado en el pecho, en la garganta, entre las piernas donde el clítoris aún hinchado rozaba la tela de la falda con cada paso y le provocaba pequeños espasmos residuales. El espejo del pasillo le devolvió una imagen que la horrorizó y la excitó al mismo tiempo: el cabello revuelto pegado a la nuca por el sudor, la blusa desabrochada dejando ver el sujetador manchado de saliva seca, los labios hinchados y rojos por los besos que no habían llegado a darse, los ojos brillantes de lágrimas y de deseo insatisfecho.
Se metió en la ducha con la ropa puesta al principio, como si el agua caliente pudiera lavar la traición de su piel. Pero cuando el chorro golpeó su coño expuesto, aún rojo e hinchado por la lengua voraz de Luis, un gemido bajo escapó de su garganta y tuvo que apoyarse en la pared de azulejos para no caer. El agua resbalaba por sus tetas, por el vientre, entre los labios mayores que se abrían solos bajo la presión, y cada gota parecía acariciar el clítoris sensible como si fueran los dedos de él. Sandra cerró los ojos y dejó que la mano bajara sola, rozando apenas el monte de Venus depilado, luego los labios resbaladizos por el agua y por los jugos que volvían a fluir al recordar el sabor de su propia excitación en la boca de Luis. Se masturbó rápido, casi con rabia, dos dedos dentro del coño apretado que se contraía alrededor como si buscara algo más grueso, el pulgar presionando el clítoris en círculos furiosos hasta correrse de nuevo con un sollozo ahogado, las rodillas doblándose mientras el orgasmo la atravesaba como un rayo caliente y culpable.
Durmió mal esa noche, dando vueltas en la cama king size que compartía con su marido, las sábanas oliendo a él y a ella, a sexo solitario y a traición. Soñó con la polla de Luis palpitando contra su muslo, con su lengua lamiendo el ano mientras los dedos le follaban el coño hasta chorrear, con su voz ronca susurrando que era una puta casada que necesitaba verga ajena. Se despertó varias veces con el coño mojado otra vez, las bragas nuevas empapadas, el cuerpo ardiendo de fiebre prohibida. Al amanecer, se levantó exhausta pero con una determinación frágil: no volvería al bufete. Mandaría los documentos por email, hablaría con otro abogado, cualquier cosa con tal de no verlo. Pero cuando miró el móvil, había un mensaje de Luis a las tres de la madrugada: "Necesitamos terminar de revisar las pruebas. Mañana a las siete. Solo trabajo. Te lo prometo." El corazón le dio un vuelco, el coño otro palpito traicionero. No respondió. Pero a las seis y media de la tarde del día siguiente, estaba otra vez en el ascensor del bufete, el vestido negro ajustado que se había puesto como armadura pegándose a sus curvas por el calor pegajoso de julio, los pezones endurecidos contra el sujetador de encaje porque no había podido evitar elegir la ropa interior más sexy que tenía, como si su cuerpo ya supiera lo que su mente negaba.
El despacho de Luis estaba iluminado solo por la lámpara de mesa y por la luz mortecina del atardecer que entraba por las persianas entreabiertas. Él estaba sentado detrás del escritorio, la camisa blanca con el primer botón desabrochado, la corbata quitada, el cabello ligeramente revuelto como si hubiera pasado las manos por él mil veces pensando en ella. Cuando Sandra entró y cerró la puerta, el clic resonó como la vez anterior, pero esta vez ninguno de los dos fingió que era solo por el caso. El aire estaba cargado de olor a cuero caliente, a papeles viejos, y por encima de todo al aroma de Luis: sudor limpio acumulado tras horas de tensión, colonia cara que se intensificaba con el calor corporal, y ese fondo animal que le subía directo al coño y le hacía apretar los muslos bajo el vestido.
Sandra se quedó de pie junto a la puerta, las manos apretadas contra el bolso, el corazón latiendo tan fuerte que creía que él podía verlo moverse bajo la tela del vestido. Luis se levantó despacio, rodeó el escritorio y se detuvo a un metro de ella. Sus ojos se encontraron y se quedaron allí, quemando, midiendo, deseando. El silencio era denso, roto solo por las respiraciones que ya empezaban a acelerarse. Sandra sintió que el calor emanaba del cuerpo de él en oleadas, llegando hasta su piel como una caricia invisible, haciendo que sus pezones se endurecieran más contra el encaje, que el coño empezara a humedecerse lentamente bajo las bragas de seda negra.
-No vine por el caso -dijo ella al fin, la voz saliéndole ronca y baja, como si las palabras le costaran-. Vine porque no puedo dejar de pensar en tu lengua dentro de mí. En cómo me comiste el coño hasta hacerme chorrear en tu boca como una puta.
Luis tragó saliva, la nuez subiendo y bajando en su cuello fuerte, una gota de sudor formándose en su sien y bajando despacio por la mejilla. Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia a medio metro. El olor de él era más intenso ahora, subiendo hasta la nariz de Sandra y mareándola, haciendo que el coño palpitara vacío y mojado.
-Yo tampoco puedo dejar de pensar en tu sabor -respondió él, la voz grave y cargada-. En cómo tu coño casado se contrajo alrededor de mi lengua, en los chorros calientes que me salpicaron la cara cuando te corriste gritando mi nombre.
Sandra jadeó suavemente, las caderas moviéndose apenas hacia delante sin que pudiera evitarlo. Luis dio otro paso, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. El calor era abrasador ahora, el aliento de él rozando la mejilla de ella, oliendo a café y a deseo contenido. Ella levantó la mano despacio, posándola en el pecho de él sobre la camisa, sintiendo el latido acelerado del corazón, los músculos tensos bajo la tela, el calor que emanaba como un horno.
-No deberíamos -susurró Sandra, pero sus dedos ya desabrochaban el primer botón de la camisa de Luis, luego el segundo, revelando el vello oscuro y húmedo de sudor en el pecho.
Luis posó las manos en la cintura de ella, sobre el vestido negro, apretando apenas lo suficiente para sentir la curva de sus caderas. El contacto fue eléctrico, ambos jadearon al mismo tiempo. Sandra sintió cómo su coño chorreaba jugos frescos, empapando las bragas de seda hasta que la tela se pegaba obscena a los labios hinchados.
-Pero lo vamos a hacer igual -dijo él, inclinándose hasta que sus labios rozaron la oreja de ella, el aliento caliente provocándole escalofríos por la columna-. Porque eres una esposa infiel que necesita que le coman el coño y que la follen hasta olvidar el nombre de su marido.
Sandra gimió bajo, la mano bajando hasta el cinturón de Luis, rozando la erección dura que presionaba contra los pantalones. Él gruñó, las manos subiendo por la espalda de ella hasta encontrar la cremallera del vestido y bajarla muy despacio, centímetro a centímetro, el sonido metálico resonando obsceno en el silencio. El vestido cayó a los pies de Sandra, dejándola en sujetador y bragas de encaje negro, las medias hasta medio muslo y los tacones altos. El cuerpo de ella brillaba ligeramente por el sudor, los pezones duros asomando a través del encaje, el coño visiblemente húmedo manchando la tela de las bragas.
Luis se arrodilló despacio frente a ella otra vez, las manos posándose en sus caderas mientras inhalaba profundo el olor que subía desde entre sus piernas: sexo femenino caliente, jugos dulces y salados, sudor de excitación acumulada. Sandra temblaba entera, las manos enredándose en el cabello de él mientras él besaba el vientre plano, la lengua dejando un rastro húmedo que bajaba hasta el borde de las bragas. Las bajó con los dientes, mordiendo la tela y tirando despacio hasta que el coño quedó expuesto otra vez, los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris rojo y palpitante asomando entre los pliegues.
Esta vez no hubo preámbulos lentos. Luis abrió la boca y succionó el clítoris directamente, la lengua girando furiosamente alrededor mientras dos dedos se hundían de golpe en el coño empapado. Sandra gritó, las caderas empujando hacia la boca de él, el placer explosivo después de días de tensión. Los sonidos eran brutales: el chapoteo húmedo de los dedos follándola rápido, los lametones voraces en el clítoris, los gemidos ahogados de ella que resonaban en el despacho vacío.
Luis sacó los dedos chorreantes y los llevó al ano de Sandra, presionando la punta del índice contra el agujero apretado mientras la lengua volvía a hundirse en el coño. Ella se abrió instintivamente, el dedo entrando despacio hasta la primera falange, luego más profundo mientras la lengua la follaba con movimientos largos y rápidos. El doble estímulo la volvió loca, las piernas temblando en los tacones, los jugos chorreando por la barbilla de Luis, goteando sobre la moqueta en chorros viscosos.
Minutos y minutos de lengua y dedos, alternando entre coño y ano, succionando el clítoris hasta que Sandra se corrió dos veces seguidas, chorros calientes salpicando la cara de él mientras gritaba obscenidades, las manos tirando del cabello hasta doler. Cuando por fin la soltó, Luis se levantó con la cara brillante de jugos, la polla sacada ya de los pantalones, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum.
Sandra se giró sola, apoyando las manos en el escritorio y abriendo las piernas, el culo en pompa ofreciéndole el coño chorreante y el ano aún palpitante por el dedo. Luis se colocó detrás, la polla rozando los labios mayores, cubriéndose de jugos sin entrar aún, solo frotando la cabeza contra el clítoris hinchado una y otra vez hasta que ella suplicó.
-Fóllame, Luis. Métemela toda. Revienta el coño de la mujer de tu mejor amigo.
Él empujó de una vez, la verga gruesa abriendo el coño apretado centímetro a centímetro hasta tocar fondo, los huevos pesados chocando contra el clítoris. Sandra gritó de placer y dolor mezclado, las paredes internas contrayéndose alrededor de la carne invasora como un guante caliente y húmedo. Luis empezó a follarla con embestidas largas y profundas, saliendo casi entera para volver a hundirse hasta el útero, los sonidos húmedos de carne contra carne resonando como palmadas obscenas.
Cada embestida era brutal: la polla estirando el coño casado, rozando el punto sensible con cada entrada, los huevos golpeando el clítoris hinchado, los jugos chorreando por los muslos de ambos. Sandra gemía sin control, las tetas balanceándose libres del sujetador que Luis le había quitado a mordidas, los pezones duros rozando los papeles del escritorio. Él la agarró del cabello, tirando hacia atrás para arquearle la espalda mientras la follaba más fuerte, más rápido, la otra mano azotando el culo hasta dejarlo rojo.
-Se siente cómo te abre mi polla, ¿verdad? -gruñó él contra su oreja-. Este coño que tu marido besa por las noches ahora está lleno de mi verga, chorreando como una puta en celo.
Sandra se corrió otra vez, el coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla, chorros de jugo salpicando los huevos de Luis mientras gritaba su nombre. Él no paró, siguió follándola a través del orgasmo, las embestidas volviéndose animales, la mesa temblando bajo el peso de sus cuerpos sudorosos.
Cambió de posición sin sacarla: la giró, la sentó en el escritorio con las piernas abiertas al máximo, la polla volviendo a hundirse de golpe mientras se comía sus tetas, mordiendo los pezones hasta hacerla gritar. Luego la puso de rodillas en el suelo, follándole la boca un rato para lubricarla más antes de volver a meterla en el coño desde atrás, esta vez rozando el ano con el pulgar mientras la verga la partía en dos.
El final llegó después de una eternidad de embestidas brutales: Luis la tenía contra la ventana, el vestido olvidado en el suelo, las tetas aplastadas contra el cristal frío mientras él la follaba por detrás con furia animal. Los huevos se contrajeron, la polla hinchándose dentro del coño hasta el límite.
-Me voy a correr dentro -gruñó-. Voy a llenarte el coño de leche caliente para que tu marido lo huela cuando vuelvas a casa.
Sandra empujó hacia atrás, el coño apretando como un puño.
-Córrete dentro. Lléname de leche.
Luis rugió, la polla palpitando mientras chorro tras chorro espeso y caliente inundaba el coño, golpeando el útero, derramándose alrededor de la verga hasta chorrear por los muslos de ambos. Sandra se corrió con él, el orgasmo más fuerte de todos, el cuerpo convulsionando mientras la leche caliente la llenaba hasta rebosar.
Cuando por fin se separaron, ambos temblando y sudorosos, la leche corría por las piernas de Sandra, el coño rojo e hinchado palpitando vacío ahora. Ella se vistió torpemente, las lágrimas rodando otra vez por sus mejillas mientras la culpa volvía como una ola fría.
Luis intentó abrazarla, pero ella se apartó, abriendo la puerta y saliendo corriendo una vez más por el pasillo desierto, el coño lleno de su corrida chorreando con cada paso, el deseo y la culpa mezclándose en una tormenta que ya no podía controlar.
Esta vez no huyó pensando que sería la última. Esta vez huyó sabiendo que volvería.
Sígueme en Twitter: @alanarelatos. También estoy en Patreon... y subo fotos mías.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Mi vecina Pat (II)
Ella llega a la oficina con el traje ejecutivo y la sonrisa profesional, pero sus ojos delatan una urgencia que no puede ocultar.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaCuckold
- Hetero: Infidelidad
Noche de estreno
El cine se oscurece y el tacto de otro hombre en la oscuridad rompe todas las reglas. Lo que empieza como una tentación furtiva en la sala se…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaCuckold
- Hetero: Infidelidad
Mi ex novio Humei (01)
Víctor cree que está a salvo en su relación, pero Humei no olvida. En medio de una pizzería atestada, el ex novio la atrapa y le recuerda, con…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Soy la esclava sexual de otro (parte 1)
Luis Raul le prometió fidelidad, pero la distancia y la presencia de Darío probaron que su voluntad era más frágil de lo que creía.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaCuckold
- Hetero: Infidelidad
Marcada por dos
El conductor del coche sabe más de lo que parece. Mientras su jefa se deja usar por su novio en la parte trasera, él escucha cada gemido desde el…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaCuckold
- Hetero: Infidelidad
Quién es el que manda aquí?
El reloj marca las seis y el marido ya está abajo. Pero él no la dejará irse así como así. Con un beso como excusa, la oficina se convierte en su…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaCuckold