Xtories

Infiel después de la boda de mi hermana

El alcohol, la proximidad de la boda y la presencia de un hombre desconocido en la misma habitación crean una tormenta perfecta. Cuando el beso ocurre, la lealtad al novio se desvanece frente al deseo crudo y prohibido.

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Hola a todos. Antes que nada, quiero aclarar que la historia que les contaré es real, pero por obvias razones de privacidad, cambiaré los nombres de todos los implicados y añadiré algunos detalles que no recuerdo con total precisión. Ustedes entenderán el contexto más adelante. Dicho esto, comencemos.

Mi nombre es Pamela. Originalmente, escribí esta historia para mi mejor amiga, para contarle todo lo que sucedió hace un par de semanas. Ella, al leerlo, me recomendó agregar más detalles y compartirla aquí para que otros pudieran "deleitarse" con lo vivido. Como es una gran lectora de relatos de este estilo, me dio varias recomendaciones para meterlos mejor en contexto.

Tengo 28 años, mido 1.52, piel morena, de complexión delgada pero con un trasero bien formado que, aunque no gigante, es lo suficientemente grande para robarse más de una mirada. Mi cara es un poco redonda y soy, me atrevo a decir, un tanto bonita.

Todo esto ocurrió, como les decía, hace unas semanas. Mi hermana mayor, Raquel, estaba por casarse en un pueblo de Oaxaca. Mi familia y yo somos de otra ciudad, así que para asistir —tíos, tías, primos y demás— acordamos rentar un transporte privado, una de esas camionetas amplias que se usan para tours. ¿Quién se encargó? Mi hermano Pedro, quien contrató a uno de sus amigos que se dedicaba a este tipo de viajes.

Llegó el día de la partida. Yo invité a mi novio, Eddy, y toda la familia lo conoció ese mismo día. Cargamos la camioneta con todas nuestras maletas y fue entonces cuando vi al amigo de mi hermano, Javier. Hacía años que no lo veía. Un joven alto, como de 1.80, de complexión robusta, brazos fuertes, barba y bigote abundantes. Tenía unos 36 años, rostro tosco; no muy guapo, pero tampoco feo. Debo admitir que no era mi tipo.

Comenzamos el trayecto de noche, pues tardaríamos casi seis horas en llegar al pueblito donde sería la boda. Por la cantidad de gente, rentamos con anticipación todo un hotel pequeño cerca del centro, que más bien tenía toda la pinta de motel. Llegamos casi amaneciendo. A mí me tocó compartir habitación con mis tíos; claro que yo quería una sola para mi novio y yo, pero obviamente mis papás no lo iban a permitir. Nos instalamos y dormimos apenas unas horas.

Más tarde, junto con las demás damas, fuimos a peinarnos, maquillarnos y alistarnos para la boda. Me puse un vestido verde que, por obvias razones, había elegido mi hermana, la novia, debo decir que se me veía espectacular y resaltaba bastante mi trasero. La fiesta se desarrolló con total normalidad hasta casi la medianoche. Mi novio y yo estuvimos bebiendo con toda la familia y los invitados que se quedaron. Mis papás y tíos se fueron a descansar mucho antes; llamaron a Javier para que pasara por ellos al salón. Cuando nos tocó retirarnos, lo llamamos para que nos recogiera a mis primas, primos, sus novias, mi novio y a mí.

Llegamos al hotel y continuamos la fiesta en la habitación más grande, que compartían algunos de mis primos. Con tanto alcohol, yo estaba bastante cachonda, al igual que mi novio. Lo besaba y le susurraba al oído lo caliente que estaba, pero no había un lugar para hacerlo. A Eddy se le ocurrió una idea: ir a la camioneta a "traer algunas cosas" y aprovechar para hacerlo ahí. Le pregunté a mi hermano dónde estaba Javier y me dijo que tuvieron que rentarle una habitación adicional para que descansara y así mantener la camioneta segura. Con eso supe que no podríamos ir allá.

Mi novio, con lo caliente y tomado que estaba, tampoco pensaba con claridad. Su nueva idea fue irnos a nuestra habitación y, si mis tíos estaban lo suficientemente dormidos, hacerlo muy discretamente. Nos despedimos de todos y así lo hicimos. Al llegar, las luces ya estaban apagadas. Mis tíos apenas y oyeron que entrábamos, de lo cansados que estaban. Lo único que se escuchaba eran sus ronquidos. Nos acostamos en un lado de la cama, tan excitados que ni siquiera nos quitamos la ropa de fiesta. Me recosté de lado, dándole la espalda a Eddy. Él me levantó el vestido con destreza, me bajó la tanga y comenzó a acariciarme las nalgas mientras me besaba el cuello. De pronto, escuchamos que uno de mis tíos se movía. Nos quedamos inmóviles para no levantar sospechas. Cuando íbamos a retomar, volvieron a moverse. Cuando creí que ya se habían vuelto a dormir, me di cuenta de que mi novio se había quedado profundamente dormido. Maldije en silencio. Quería que al menos me aliviara un poco el ardor que sentía, pero de verdad estaba agotado; supongo que el viaje lo cansó más de lo que pensaba. Lo acomodé de lado, pues estaba muy tomado y podía vomitar. Intenté dormir, pero era imposible.

Mi novio se despertó, pero solo para ir al baño y decirme que estaba muy cansado y que prefería dormir. Escuché la música que venía de la habitación de mis primos y decidí mejor continuar la fiesta allí. Me puse una chamarca y me fui a reunirme con ellos. Al llegar, todos estaban más que tomados, así que me ofrecieron más bebida y, sin darme cuenta, estaba ebria de nuevo. Cantábamos y bailábamos entre primos y primas hasta que algunos decidieron regresar a sus cuartos. Decidí acompañar a mi prima Mari, que estaba muy mareada; su habitación estaba hasta el otro lado del hotel. Cabe decir que mi habitación y la de mis primos, donde estábamos tomando, estaban en la misma calle dentro del hotel, a apenas tres habitaciones de distancia. Dejé a mi prima y me dispuse a regresar a la fiesta. Iba caminando un poco torpe, todavía con la botella de tequila en mano, cuando alcancé a ver a Javier, que bajaba de la camioneta con una botella de agua para ir a su cuarto. Me vio y me dirigió la misma mirada de asombro que me había echado en la mañana cuando me vio con el vestido. Me comió con los ojos y me dijo:

—Se ve que la están pasando muy bien.

—¡Sí! Ven, tómate una —respondí.

—No puedo tomar, mañana debo manejar. Además, ya es muy noche.

—No te hagas del rogar, solo un trago.

Tomé la botella y le hice señas para que abriera la boca.

—¡Rápido, tóma cinco segundos!

—Jajaja, no, de verdad no puedo.

—¡Ándale, rápido, toma! —insistí acercándome más a él.

En ese punto, estaba muy cachonda por el alcohol, pero no pasaba por mi mente nada de lo que estaba a punto de ocurrir. Al acercarme, casi me caigo en el intento de darle de beber; él me sujetó y me pegó a su cuerpo. Nos quedamos mirando por unos segundos que se sintieron eternos y, de la nada, me besó. En lugar de empujarlo o alejarlo, lo rodeé con mis brazos al cuello y lo seguí besando. Acariciaba su cuello y sus brazos. Me dijo al oído:

—Entremos, nos van a ver.

Entramos a su habitación. Me quitó la chamarra y comenzó a besarme, pasando sus manos por mi cintura, mis nalgas, apretándolas tan rico. Besaba mis brazos, mi cuello. Cerró la puerta y me acostó en la cama. Empezó a besarme los tobillos y me quitó las pantuflas. Subió mi vestido y comenzó a besar mis piernas. Sentí su aliento sobre mi tanga; la corrió un poco de lado y fue entonces cuando sentí su lengua. Como una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo. Me estaba devorando con tanta habilidad que sentí que no tardaría en llegar al climax, pero yo no quería terminar tan rápido. Como si leyera mi mente, detuvo su labor, me levantó y me quitó el vestido. Me dejó solo con mi tanga y mi sostén y comenzó a pasar su lengua por mi abdomen y mis pechos. Estaba más caliente que nunca. Le dije que se acostara; subí sobre él y comencé a besarlo. Bajé un poco para sentir en mi entrepierna su pene y se sentía enorme. No podía creer lo que estaba sintiendo. Bajé mi mano para tomarlo y era muy grueso y largo. Me bajé para quitarle el pantalón; se le marcaba en su bóxer ese enorme pedazo de carne. Le bajé el bóxer y salió. Grande, no sé cuántos centímetros mediría, pero tomándolo con ambas manos, aún sobresalía la cabeza, era como tomar un pepino muy grande y gordo de carne. Quedé boquiabierta viendo su enorme miembro; nunca había visto uno así. Se incorporó para quedar sentado a la orilla de la cama, tiró un par de almohadas para que ahí me arrodillara, tomó mi pelo y me hizo una cola de caballo con sus propias manos, guiándome para que acercara mi boca. Lo miré a los ojos y me la metí en la boca. Me llenaba por completo, hasta tocar el fondo de mi garganta. Solo me la sacaba para que tomara aire un poco, justo después de arquear. Se sentía tan bien esa verga. Me tomé el pelo para hacerme un nudo, lo recosté y era mi turno de controlar el ritmo. Comencé a meterla y sacarla más rápido. Escuchaba sus quejidos y eso me ponía aún más caliente. Toda la saliva la escupía de nuevo sobre su pene, era tanta que resbalaba hasta sus testículos. También les pasaba la lengua y volvía a meterme su verga en la boca, que estaba dura como una roca. Me detuvo y se levantó. Me lanzó a la cama como si fuera una muñeca y, tomándome de la cintura con sus grandes manos, me paró en cuatro.

—¿Me la vas a meter ya? ¿Me vas a meter esa vergota? —pregunté con un tono de voz muy cachondo, de niña mala.

—Te la meteré toda —respondió.

Puso su mano en mi cintura, corrió mi tanga de lado y comenzó a pasar su verga por mi vulva, que babeaba por comérsela. Comenzó a entrar como un cuchillo caliente en mantequilla. Sentí que me estaba abriendo toda, sentí su verga muy caliente. Apenas cabía una parte de ella. Lentamente la iba metiendo toda mientras aceleraba el ritmo poco a poco. Desde el inicio, mis gemidos se escuchaban en la habitación. Los enmudecía con la almohada, pero cuando por fin logró meterla toda, sentí que llegó donde nadie había llegado. Como un duro tronco, me estaba penetrando muy al fondo y yo sentía mil cosas. Estaba tan excitada que la única forma de que no escucharan mis gemidos era pegar mi cabeza contra las almohadas con fuerza.

—¿Te gusta así como te la meto? —preguntó Javier, con la voz muy caliente.

—Sí, papi, méteme tu vergota —respondí, sacando la cabeza de entre las almohadas.

—Pídemela —respondió, sacando su pene de dentro de mí.

—Métemela, métemela toda —respondí moviendo la cola como una perra en celo.

—Tienes un culo enorme —dijo.

Tomó su pene y lo metió todo. Sentí cómo sus testículos chocaban contra mis nalgas. Con cada embestida, me sentía fuera de este mundo. Me tomó de las nalgas muy firmemente y aumentó la velocidad de su penetración. Esto me excitó aún más. Estaba comenzando a sentir que llegaría a mi orgasmo.

—Sigue, sigue, voy a terminar —le dije.

—Quiero que te vengas, mamita —contestó.

Me siguió cogiendo muy duro, mi humedad era tanta que hacía que bajara por mis piernas, estaba por alcanzar el orgasmo justo cuando dijo:

—Me voy a venir, me voy a venir —dijo con voz de placer.

—Dame tu leche, papi, dame toda tu leche, lléname —respondí.

—¿Quieres que te llene? ¿Eso quieres? —respondió, metiéndomela más duro.

—Siiiii, lléname, papi, dame toda tu leche —respondí casi gritando, porque el orgasmo estaba recorriendo todo mi cuerpo.

Bufó como un toro cuando sentí su caliente chorro hasta el fondo, chorros y chorros me llenaron justo al mismo tiempo que yo me corría temblando y gimiendo. Mis piernas se vencieron, pero él me sostuvo con sus manos. Fue un orgasmo enorme, no se detenía, al igual que los chorros de semen que dejaba dentro de mí. Ambos caímos exhaustos en la cama, jadeando y completamente sudorosos. Sentí cómo su leche se escapaba por mi vulva al mismo tiempo que se salía de mi aún erecto. Me fui rápidamente al baño a hacer pipí, apenas empezaba a recobrar la conciencia de lo que había hecho. Toqué la entrada de mi vagina para que saliera todo el semen y estaba muy abierta; era increíble lo dilatada que estaba y también la cantidad de leche que salió. Creo que tenía mucho tiempo que no se la sacaban, porque de verdad era bastante.

Salí del baño y me vestí de nuevo. Le dije que no hablara jamás de eso y él me aseguró que no lo haría. Me preguntó si me estaba cuidando y le dije que no, pero que no se preocupara, que al otro día tomaría la pastilla del día siguiente. Salí rápidamente de su habitación y me dirigí a la de mis primos. No quise dormir con mi novio; me sentía sucia y no podía creer que le había sido infiel.

Por suerte, al otro día mi novio andaba súper crudo, que apenas y hablábamos. Antes de volver a nuestra ciudad, pasé por una farmacia por unas "toallas sanitarias" que, en realidad, era la pastilla, y me la tomé a escondidas en un baño.

Volvimos a la ciudad y ahora, ya se cumplen dos semanas de esto, y aún me carcome la conciencia por lo que pasó. No sé si decirle a mi novio o no, pero algo que sé es que fue la mejor cogida que me han dado. Incluso he tenido la curiosidad de volver a buscar a Javier, pero si lo hago, espérense una nueva historia. De momento, aconsejenme y díganme qué opinan. Los estaré leyendo.