La Esposa Correcta — Capítulo 11
La música marcaba el ritmo, pero el verdadero peligro estaba en la mirada de Luis. En medio de la plaza, rodeada de vecinos y su propio esposo, Clara sintió cómo la normalidad se desmoronaba bajo el peso de un contacto prohibido. No fue una orden, fue una invitación que ella no pudo rechazar.
El baile
La música llegaba desde la plaza con un pulso constante, casi primitivo. Clara caminaba junto a Julián entre vecinos, saludos conocidos y risas que parecían iguales a las de otros años. Todo era familiar. Demasiado. Y, sin embargo, ella sentía el cuerpo alerta, como si algo estuviera a punto de romper esa normalidad sin previo aviso.
Luis estaba allí.
No fue una sorpresa. Nunca lo era del todo. Estaba apoyado cerca de la barra, con una copa en la mano, observando sin buscarla. O quizá buscándola sin necesidad de mirarla directamente. Clara lo supo antes de cruzar la vista con él: esa forma de sentirse leída sin palabras ya se había convertido en una señal.
—Voy a por algo de beber —dijo Julián—. ¿Quieres?
Clara negó con la cabeza. No confiaba en su voz.
Luis levantó la copa apenas un instante, una invitación mínima. Cuando Julián se alejó, el espacio entre ellos se reordenó solo, como si la música hubiera marcado el momento exacto.
—Baila —dijo Luis, sin tocarla.
No fue una orden dicha en alto. Fue algo que la música confirmó por él.
Clara dudó un segundo. El suficiente para recordar quién era, dónde estaba, quién podía verla. Luego dio un paso. Y otro. El cuerpo empezó a moverse con una naturalidad que la sorprendió. No era provocación. Era abandono controlado.
Luis se colocó frente a ella primero, manteniendo la distancia. Sus movimientos eran sobrios, contenidos, casi tranquilos. Eso la desarmó más que cualquier gesto evidente. La cercanía fue aumentando sin que ninguno pareciera decidirlo.
Cuando Luis apoyó las manos en sus caderas, Clara sintió cómo el pulso se le desordenaba. La música marcaba un ritmo lento, insistente. El contacto era mínimo, pero suficiente para que el cuerpo entendiera más de lo que la cabeza quería admitir.
—Tranquila —murmuró—. Déjate llevar.
Clara obedeció sin darse cuenta. El roce se volvió más intenso. El calor, más evidente. La respiración se le escapaba en pequeños jadeos que intentó contener sin éxito. Sentía cada movimiento como si el mundo se hubiera reducido a ese espacio exacto entre ambos.
Luis acercó la boca a su oído.
—Ahora —dijo.
No añadió nada más.
El cuerpo de Clara respondió con una intensidad que no pudo controlar. Se aferró a su hombro, cerró los ojos, y dejó que el ritmo terminara de empujarla hasta el límite que llevaba sosteniendo desde hacía días. El orgasmo la recorrió sin estridencias, profundo, inevitable, contenido solo por el propio cuerpo de Luis.
Se quedó allí, unos segundos, respirando contra él, sintiendo cómo el temblor se disipaba poco a poco.
Luis no la abrazó. No la sostuvo más de lo necesario.
Deslizó la mano con calma y tomó la prenda. No hubo duda ni explicación. La guardó como quien conserva algo que ya no necesita justificarse.
—Ahora es mía —murmuró.
Clara cerró los ojos un instante. No sintió culpa inmediata. Tampoco alivio. Sintió algo más peligroso: claridad.
Cuando se separó de él y volvió junto a Julián, la música seguía, la gente seguía, la noche seguía siendo la misma. Pero ella no. El cuerpo aún le recordaba cada segundo vivido, cada decisión tomada sin palabras.
Y comprendió, con una certeza que la dejó sin aliento, que aquello no había sido un final.
Había sido el comienzo.
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