El lechero le hizo probar la leche
El timbre suena a las siete, pero no es la rutina lo que espera en la puerta. Es un hombre con una botella extraña y una mirada que promete humillación. Cuando él entra en su cocina, la señora de la casa deja de ser quien es para convertirse en lo que él ordena.
El timbre sonó a las siete de la mañana, justo como siempre. Luciana abrió la puerta con una taza de café en la mano, envuelta en el suave albornoz de seda que usaba para sus mañanas tranquilas. En el umbral estaba él, el lechero. Un hombre joven y robusto, de brazos musculosos y una sonrisa fácil que siempre parecía guardar un secreto.
—Buenos días, señora Luciana. Hoy le traje algo especial —dijo él, levantando una botella de vidrio que no era la de siempre. El líquido dentro era de un blanco amarillento, viscoso, casi espeso.
—¿Qué es, Javier? —preguntó ella, con curiosidad.
—Leche nueva. De una vaca rara. Más espesa, más... sustanciosa. Para que la pruebe bien, debo advertirle que es un poco... jugosa. A veces desborda y salpica. No querría manchar ese albornoz tan bonito.
La advertencia pareció genuina, pero había un brillo en los ojos de Javier que le decía a Luciana que había algo más. Antes de que pudiera responder, él ya se adelantó, metiéndose en la cocina como si fuera de su casa.
—Para que se sienta más cómoda y no se preocupe, póngase esto —dijo, sacando de su bolso un delantal doblado. Lo desplegó y Luciana contuvo el aliento. No era de tela común. Era de encaje rosa, delicado y casi transparente, con lazos de satén en los hombros.
—Javier, esto es... esto es de muñeca, no es para trabajar —protestó ella, con una risa nerviosa.
—Es para no mancharse, señora. Y para probar bien la leche, hay que tener el contexto adecuado —insistió él, acercándoselo—. Póngase. Y también estos, por si se derrama.
Le extendió un par de guantes de goma amarillos, brillantes y nuevos. La situación era absurda, pero la autoridad tranquila de Javier la desarmó. Sentía una punzada de morbo, una curiosidad peligrosa. Con un suspiro que fue más de rendición que de protesta, se ató el delantal de encaje sobre su albornoz. El tejido áspero del encaje le rozaba los pezones a través de la seda, excitándola sin querer. Luego se puso los guantes de látex, sintiendo cómo sus manos se convertían en algo ajenas, instrumentales.
—Así está mejor —murmuró él, observándola con una aprobación que la hizo sonrojar—. Ahora sí parece una sirvienta lista para servir.
La palabra la golpeó, pero no la ofendió. La transformó.
—Listos para la prueba —dijo Javier, colocando la botella sobre la mesa. La destapó lentamente, con una solemnidad teatral. El olor era dulzón, casi animal.—Ahora, siéntese y abra la boca.
Luciana obedeció, sentándose en una silla, con las manos enguantadas en el regazo. Inclinó la cabeza hacia atrás y abrió los labios. Javier se acercó, pero en lugar de inclinar la botella, se desabrochó el pantalón. Luciana abrió los ojos de par en par, con una mezcla de shock y una anticipación febril.
—Primero probamos la primera leche —dijo él, con una voz baja y grave—. La leche del lechero. La que viene directo del forro.
Sacó su miembro, ya duro y gordo. Se lo frotó por los labios de Luciana, que estaban entreabiertos por el asombro. La protesta se atascó en su garganta. Antes de que pudiera articular palabra, él se la metió en la boca. Era caliente, pesado, y el sabor era salado, limoso. Luciana se quedó inmóvil por un segundo, con el delantal de encaje puesta y los guantes de goma puestos, siendo usada así, en su propia cocina. Pero el morbo era demasiado poderoso. Lentamente, empezó a usar su lengua, a explorarlo, a saborearlo.
—Así... —gem él, agarrándole pelo—. Pruebe esa leche, señora. Vea si es tan sustanciosa como le dije.
La cogió de la boca, dejándola jadeante. Un hilo de saliva y su líquido preseminal colgaba de su labio.
—Ahora viene la segunda parte de la prueba —dijo él, señalándole el suelo—. Arrodíllese, sirvienta. Es hora del postre.
La orden fue directa, sin rodeos. Luciana vaciló por una fracción de segundo. Su cerebro le gritaba que se detuviera, que recordaba que era una señora casada, que eso estaba mal. Pero su cuerpo, su cuerpo ardiente y traidor, ya se estaba moviendo. Se arrodilló sobre el frío suelo de la baldosa, con el delantal rosa rozando sus muslos. Quedó a la altura perfecta, con su cara a la altura de su sexo.
Javier se acercó, su pija gorda y venosa frente a sus ojos. La tomó por la nuca y la guio hacia él.
—Abra la boca y deguste. Quiero verla tragar toda mi leche.
Luciana lo miró una última vez, con los ojos llenos de una mezcla de sumisión y lujuria. Luego, abrió la boca y lo recibió. Empezó a mamarlo, a hacerlo con una devoción que no sabía que poseía. Ya no protestaba. Ya no era la señora de la casa. Era la sirvienta de encaje, la esclava de guantes amarillos, y su único propósito era complacer a su lechero. Lo mamó con ganas, con hambre, sintiendo cómo se hinchaba en su boca, escuchando sus gemidos de placer.
—Sí, así... ¡tómalo todo, puta! —gritó él, y entonces explotó.
El chorro fue espeso, caliente y abundante, golpeándole el paladar. Era la leche prometida, sustanciosa y copiosa. Luciana se tragó todo, sin derramar una gota, saboreando el gusto salado y victorioso de su sumisión. Cuando él se retiró, ella se quedó arrodillada, con los labios hinchados y brillantes, el delantal de encaje desordenado y el alma sacudida por la tormenta. Había probado todas las leches que él le ofreció, y sabía, con una certeza aterradora, que a partir de ese día, siempre tendría sed.
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