Xtories

El demonio se llama Gabriela

Gabriela no es la novia pura que todos creen. Con un diario abierto y una fantasía oscura, ha decidido convertir a su novio en un espectador de su propia degradación. Pero cuando el juego escala hasta tocar a la familia y la iglesia, la línea entre el pecado y la salvación se desdibuja.

Jon Dom 508.6K vistas8.3· 6 votos

Dedicado a Mr. Muscle, con simpatía.

Mauro y Gabriela eran dos jóvenes enamorados bonaerenses. Vivían felices siendo pareja desde bien entrada la secundaria. Ambos tenían 20 años, la misma altura y eran atractivos.

Mauro iba al gym y consiguió unos buenos músculos que llamaban la atención. Su figura llamaba la atención, pero era un chico tímido e inseguro de sí mismo, debido a la figura de sus padres tremendamente devotos, dominantes y chapados a la antigua.

Los abuelos de sus padres eran de un pueblo de Extremadura, en España y habían conservado esa forma de pensar tan primitiva, marcada por el qué dirán, por la más oscura interpretación de la Biblia, dónde solo el pecado y la vergüenza tomaban protagonismo.

Gabriela por contra había vivido en una familia feliz de Córdoba, lejos de Buenos Aires y su familia la había criado en el agnosticismo y dando valor a la vida y a las experiencias. Con pena la mandaron a una pensión de unos familiares lejanos en Buenos Aires para que pudiera hacer la carrera de Económicas, dónde encontró a Mauro.

Se conocían desde hacía unos años, en unos intercambios del instituto y, desde entonces eran novios formales y se escribían cartas y hablaban por videoconferencia.

Lo que era una relación pura se corrompió en un plan perfectamente urdido por Gabriela. Ávida lectora de literatura erótica fue desarrollando unos pensamientos hacia ver a su novio humillado y abrazó fervientemente el mundo del cuckhold y la hotwife que veía en los vídeos porno de PornHub. Se masturbaba 3 veces al día y pensaba que era una ninfómana. Algo de eso había...

LA SEMILLA DE LA DUDA

La familia de Mauro era un faro de devoción católica en el barrio. Don Roberto, su viejo, era de misa diaria, con el rosario siempre en la mano, y veía en Gabriela a la nuera perfecta: pura, criada con valores de fierro, una mina que "se guardaba" hasta el casorio. Pero en la intimidad de su pieza en la facu, Gabriela empezaba a romper esa fachada.

Una noche, dejó su diario abierto a propósito sobre la mesa de luz en la casa de Mauro. Doña Elvira, la madre, que andaba juntando la ropa sucia, no pudo evitar leer un pasaje: "Hoy en teología, Ramírez no me sacaba los ojos de encima. Me calienta imaginar que un tipo tan serio, tan casado, pueda desear lo que solo Mauro tocó."

Horrorizada, se lo mostró a Don Roberto. El tipo se puso rojo como tomate, apretó los dientes y encaró a Mauro.

—Hijo, esta mina no es la santa que pensábamos. Vamos a tener que rezar por su alma —dijo, persignándose con furia.

Mauro, cegado por el amor y algo más que no admitía, salió a defenderla:

—¡Pa, son pavadas! ¡Solo fantasías, boludo! ¡Ella es virgen, te juro! Al contrario, escribe eso para alejar malos pensamientos de su alma, ¡viste!

La primera fisura en la autoridad moral de la familia ya estaba abierta, y Gabriela lo sabía.

MORBO CONTABLE

Esa noche Gabriela se masturbó mientras hablaba con un compañero de la facultad, Emilio. Le llamó para preguntarle por un problema de la asignatura de Teoría Contable. Emilio era muy amigo de Mauro desde pequeños y un estudiante muy aplicado.

Era español y hacía 2 años que estaba en Argentina. Sus padres se desplazaron por motivos laborales. Había congeniado muy bien con Mauro.

—Emilio tú si que sabes sobre esta materia, no como mi novio Mauro. Creo que me vendría bien que me des un repaso a fondo sobre todo esto.

—Claro Gabriela, para eso estamos los amigos, no te preocupes, yo te repaso todo lo que quieras. —dijo riendo y siguiendo el doble sentido percibido en las palabras de Gabriela.

Era lo que necesitaba para correrse intensamente. Emilio escuchó sus gemidos.

—Gabriela, ¿estás bien? Parece que te acabas de correr, jajaja.

—No seas bobo. ¿Acaso crees que me pone la Teoría Contable?

En la voz de Gabriela se percibía claramente que estaba teniendo un orgasmo, su respiración era muy evidente y ella no hacía nada para ocultarlo, al contrario.

—Emilio, me vas a hacer mucha falta este año, querido mío.

—Claro que sí, bebé. Yo te ayudaré en todo, no te preocupes. Ciao.

Y colgaron. Gabriela se quedó masturbándose lentamente. Cogió su celular y llamó a Mauro. Le explicó la conversación con Emilio.

—¿Te pone cachondo que tu mina hable con tu amigo mientras se masturba? De verdad que voy a necesitar un buen repaso de Emilio, querido Mauro.

—Te estás convirtiendo en toda una hotwife, mi querida Gabriela y eso que solo somos novios. Espero algo de discreción por tu parte, mi familia no se puede enterar de nada. Esto es demasiado para ellos, tan religiosos.

—Descuida, este será un juego entre tú y yo, amor. Pero ¿te imaginas que tu padre se entera y me castiga?

—¿Cómo te imaginas que te castiga, bebé?

—Me desnuda y me pega con el rosario mientras hace que salga de mi el demonio.

—Eres terrible Gabriela, anda duerme que me pones malísimo. Voy a tener que machacármela como un mono.

Gabriela no se había corrido otra vez así que llamó a una de sus amigas, Valentina, que era casi igual de puta que ella. Le contó con detalle las conversaciones con Mauro y Emilio.

—Mina tu estás loca. ¿De veras que hiciste eso? ¡Qué boluda! Y qué pelotudo tu novio. Es un buen cornudo.

—Por eso estoy con él. Me encanta humillarlo.

—Dime qué tienes en la cabeza, loca.

—Me imagino entrar al gimnasio de los chicos de Rugby como un descuido y follármelos a todos. Que se corra la voz de eso en la Uni y que nadie quede sin enterarse de lo puta que soy y lo cornudo que es Mauro.

—Estás enferma Gab. Yo soy muy putita, pero tú me ganas, sin duda. Anda dormite ya, que mañana tenemos clase a las 9. ¡Mua!

EL REPASO DE EMILIO.

Al día siguiente, en el grupo de amigos Gab le dijo a Emilio, delante de Mauro y del resto de compañeros y compañeras.

—Entonces Emilio, lo que me prometiste ayer de darme un buen repaso de Teoría Contable, ¿iba en serio?

Todos rieron. «Emilio dale un buen repaso» «Mauro cuidado con Gab que la van a dar un buen repaso» todos rieron, pero Emilio miró fijo a Gab y le dijo:

—Venga, vamos ahora a la biblioteca.

La cogió de la mano mientras decía:

—Ciao Mauro. Voy a darle ese repasito a tu querida novia.

Gabriela guiñó un ojo a Mauro y se dejó llevar por Emilio. Se había puesto una falda corta y, de camino a la biblioteca, dos plantas más arriba, se desabrochó un botón de la camisa.

Cogieron el ascensor y, al subir y cerrarse la puerta, Emilio se giró hacia Gabriela, le puso la mano al lado de su cabeza en el ascensor, confrontándola.

—Gab conmigo no vas a poder jugar. No me vas a dejar a medias ni soy ningún pagafantas. ¿Comprendes?

Gab se mojó de ver la autoridad de su amigo. Su mirada furiosa y llena de deseo. Decidió seguir jugando con él.

—Claro que no. No quiero que dejes el repaso a medias. Quiero que me lo expliques todo y que no dejes nada por explicarme... Que yo pueda absorber todo ese conocimiento.

Y le guiñó un ojo, mientras acariciaba su pecho y sentía su corazón latir rápido.

—Emilio el corazón te va a mil. ¿Estás bien?

—Tú ya sabes cómo estoy, mira esto —y señaló sus pantalones dónde un bulto aparecía prominente.

—Vaya veo que te pone mucho la contabilidad, querido.

Salieron del ascensor y fueron a la Biblioteca. A un extremo un poco oculto que tenía poca visibilidad del resto de personas que había. Era un momento de clases así que estaban casi solos.

Emilio, algo nervioso, empezó a explicar las dudas de Gab. Ella abría sus piernas y separaba su camisa con gestos descuidados, cuando Emilio no miraba.

—¿Cómo sabes tanto de todo esto, Emilio?

—Me toca estudiar, estoy aquí para ser un buen economista, ganar mucha plata y irme a trabajar a Europa.

—Wow, en cambio mi novio no sabe aún qué quiere hacer.

Le miró con mirada salvaje que Emilio supo apreciar.

—Creo que tu novio, perdona el atrevimiento, no te da lo que necesitas, estimada Gab. Dime si me equivoco.

—Estás en lo cierto, Emilio. ¿Cómo lo sabes?

Metió una mano entre sus piernas que lo estaban pidiendo a gritos.

—Estas piernas abiertas son una hoja en blanco para mí, Gab.

Emilio miró con ojos furiosos y fijamente a Gab, mientras su mano separaba el tanga y empezaba a tocar su clítoris y meter un dedo, dos en su vagina.

Gabriela suspiraba y miraba hacia arriba, cerraba los ojos, como si fuese una escena erótica de las que veía en el canal de porno.

—Sí Emilio, tú si que sabes lo que necesito. Sigue, por favor.

Emilio sacó su mano y la acercó a la boca de Gab.

—Limpia mis dedos Gab. Ahora.

Le encantó cómo le ordenaba, sin ningún asomo de duda. Obedeció.

—Mira Gab. Me sabe muy mal por mi amigo Emilio, pero si alguien tiene que darte todo lo que necesitas mejor que sea alguien próximo como yo. ¿No crees?

Metió una mano en su blusa y tocó sus pechos suavemente, pellizcando un poco sus pezones bajo el sujetador.

—Claro Emilio, mejor siempre alguien cercano, mucho mejor.

Gab abría la boca con deseo y dejaba que sus suspiros fluyesen, sin hacer mucho ruido pero que Emilio los escuchase perfectamente.

—Mira Gab, aquí no es el momento. Ahora vamos a volver a clase. Luego no te va a llevar Mauro a casa, te llevaré yo, pero avisa a tus padres que vas a llegar un poco más tarde porque tengo que darte una clase particular, ¿vale?

Asintió lentamente mirando profundamente a Emilio con una gran sonrisa.

—Joder estás hecha una buena puta. Vamos...

Recogieron las cosas, la tomó de la mano y la llevó al ascensor. En el ascensor le dio un morreo tremendo, le tocó el culo y las tetas y la dejó así, muy mojada al salir. Fueron juntos a clase y cada uno se sentó en su pupitre, mientras habían miradas y risitas cómplices en la clase. Mauro estaba disfrutando de ser un cornudo, aunque estaba rojo como un tomate.

EL CINE SUBTITULADO

Tras comentar con su amiga Valentina la jugada en una conversación llena de morbo, le dijo a su novio que se iba con Emilio.

—Mauro ya le dije a Va también, Emilio me va a seguir dando repaso de esa materia tan complicada para mí. Me llevará con su carro a casa. Igual te hago un poco cornudito mi amor.

—Me encanta Gab, luego me cuentas.

Se dieron un beso suave de despedida. Mauro estaba totalmente empalmado. Tuvo que ir al baño de la facultad y machacársela pensando en cómo Emilio iba a repasar a su novia. El hecho de que ya lo diese como algo cierto, que lo hubiese comentado primero con Valentina, aún le hacía sentir más cornudo, más humillado y cachondo.

Emilio llevó a Gab a un cine. Entraron en la primera sesión que vieron, una que duraba 3 horas, una película infumable rumana en versión original subtitulada. Apenas había 2 espectadores en las primeras filas y nadie atrás. Fueron a la última fila, al centro.

Emilio podía ver todo el cine y jugar con Gab. El separador entre asientos se podía subir hacia arriba con lo que quedaban los dos asientos continuos y era mucho más cómodo.

—Y bien Gab, ¿esto es lo que querías? Engañar al cornudito de Emilio.

Miró a los ojos a Emilio y asintió en silencio, lentamente, con una gran sonrisa, con los ojos iluminados, la lengua relamiendo sus labios.

—Está bien, entonces hágase tu voluntad, como dicen en misa, jajaja

Emilio también era un ávido consumidor de porno, particularmente de vídeos de sumisión. Aunque no tenía mucha experiencia, sí que tenía 2 años más que Emilio y Gab y se sentía con autoridad moral para dominarla.

—Mira, lo primero que quiero es que me hagas una mamada. Quiero que lo hagas sin manos, ¿ok? Solo utiliza tus manos para desabrochar mis pantalones. Cuando yo te diga paras y me miras a los ojos. ¿Comprendes zorrita? Ni se te ocurra tocar mi polla ni mis huevos con tus manos o te tendré que pegar.

Gab no respondió, sus manos fueron directas a desabrochar los pantalones de Emilio, bajarlos un poco, bajar sus calzoncillos y dejar bien a la vista su polla muy dura. No se había depilado nunca allí abajo y tenía muchos pelos.

—Emilio tienes que cortarte todos estos pelos. Te voy a comer mucho esta polla y no me gusta tan peluda. ¿Lo harás por mí, amor?

—Claro zorra, pero cómetela ya.

Gab empezó a chuparle la polla a Emilio. Con su lengua la iba mojando y saboreando sus líquidos preseminales. Iba metiéndosela poco a poco en la boca. A veces paraba y le preguntaba con la cabeza si estaba bien. Emilio asentía.

Emilio cogió la cabeza de Gab y empezó a moverla a su gusto, para sentirla bien. Sentía que se atragantaba, pero le daba igual.

—Muy bien zorrita lo haces increíble. Te voy a enseñar a hacerlo mejor, que Emilio no tiene ni idea.

Le metía la polla hasta el fondo y la mantenía ahí, hasta que Gab daba golpecitos en las piernas de Emilio pidiendo socorro. Entonces la dejaba respirar.

Gabriela cogió la polla de Emilio con una mano y acarició sus huevos con la otra.

Rápidamente Emilio la cogió por el cuello y le dió 2 bofetadas.

—¿Qué te dije puta?

Gabriela sonrió, quería ser mala y ser castigada y cumplió ambas cosas. Las mejillas rojas de dolor y deseo. Era su triunfo.

La observaba:

—Mírate Gab, estás aquí comiéndole la polla al mejor amigo de tu novio, con las babas que te caen por la cara, disfrutando como una zorra profesional.

La cogió del cuello y le apretó. Le escupió en la cara.

—No eres más que una zorra. Emilio se merece que te folle toda la facultad y ser el más cornudo de Argentina. Ahora sigue que me quiero correr en tu boca. Pobre de ti que no te lo tragues todo, te romperé la cara a hostias.

Gab se relamía y estaba totalmente mojada. Mientras le comía la polla desenfrenadamente a Emilio se tocaba su vagina empapada.

Y el momento llegó.

—Ahora zorrita, ahí tienes tu lechita. Bebe amor. Mírame.

Y Gab miró fijamente a Emilio mientras tragaba toda la leche sin rechistar. Al acabar abrió la boca, sacó la lengua en gesto de victoria.

—Buena chica. Ahora quiero que me des tus bragas. Vas a volver a casa sin nada abajo.

Gab obedeció al momento, sacó sus bragas las olió y se las dio a Emilio que también las olió.

—Están totalmente mojadas, menuda puta estás hecha.

—¿Me vas a follar aquí?

—Ahora no zorrita. Yo soy quien mando aquí y quien va a decidir todo lo que te hago y cuándo te lo hago. Toma el tanga y muéstramelo.

Emilio sacó su móvil y le hizo una foto.

—Te la estoy mandando por Whas. La harás llegar a tu cornudito, ¿cierto?

Gab movía sus piernas, sintiendo su entrepierna totalmente mojada, mientras asentía en silencio. Esa sonrisa de sumisa muy puta. Se incorporó un poco y acercó su boca a la oreja de Emilio.

—Voy a masturbarme al baño, me has dejado súper caliente, cabrón.

Se levantó y regresó a los 15 minutos, con cara de aliviada.

—¿Ya te corriste zorrita?

—He tenido un orgasmo bestial. Me pones muchísimo.

Se pasaron el resto de la sesión de cine besándose y metiéndose mano. Emilio supo contenerse las ganas de follársela allí mismo para marcarla y dominarla más.

EL PECADO EN EL ATRIO

Gabriela tenía un doble trabajo, pues, además de zorrear todo lo que podía en la universidad tenía también que introducir al mismo demonio en su entorno familiar.

El próximo golpe fue en territorio sagrado: la parroquia donde la familia rezaba el rosario cada domingo. Después de la misa, en el atrio lleno de vecinos y feligreses, Gabriela se acercó al Padre Ignacio, un cura joven, de presencia imponente. Mauro y sus viejos miraban desde unos metros, todavía con el olor a incienso en la ropa. Con una voz clara, que cortaba el murmullo, Gabriela soltó:

—Padre, necesito confesarme… Tengo pensamientos re impuros. Sueño con tipos que no son mi novio, que me tocan, y me despierto… bueno, toda mojada.

Se mordió el labio, bajando la mirada con una vergüenza que era puro teatro. El cura, colorado hasta las orejas, balbuceó algo sobre la confesión y la absolución. Don Roberto se quedó pálido, como si le hubieran clavado un puñal.

Las voces se escuchaban entrecortadas por la distancia y el eco, pero creyó escucharlas con claridad. Mauro sintió una mezcla de bronca, celos y una excitación que no podía explicar al ver la mirada del cura, entre turbada y curiosa.

—¿Ves, Mauro? —le siseó su viejo, con desprecio—. Esta mina va a ser tu ruina. Es una tentadora, una víbora.

Era la primera vez que Mauro escuchaba a su padre usar un término tan bíblico, tan cargado, para hablar de la mina que él amaba.

Gabriela decidió que la humillación tenía que pegarle donde más dolía. Durante una cena familiar, con el crucifijo colgado en la pared como testigo mudo, su celular no paraba de vibrar. Don Roberto, que ya no se fiaba de nada, le clavó la mirada.

—Gabriela, deja el teléfono encima de la mesa. Ahora —ordenó, con tono de patrón.

Los mensajes de una supuesta "amiga" aparecieron en la pantalla bloqueada: "Gab, ¿viste los videos de esos chabones que te pasé? ¿Los miraste con Mauro?" "¿Ya probaste eso de salir sin bombacha a la facu?"

Don Roberto, con la cara desencajada, le arrancó el celular de las manos. Mauro, débil como siempre, le dio el patrón de desbloqueo sin chistar.

En la galería no había videos de otros tipos, pero sí fotos que Gabriela se había sacado a propósito: poses provocadoras en la pieza de Mauro, con un rosario enredado de manera sacrílega.

La imagen final fue el knock-out: sus bombachas blancas, visiblemente manchadas, tiradas encima de la Biblia de la mesa de luz.

—¡Esto es una blasfemia, carajo! —bramó Don Roberto, tirando el celular contra la mesa—. ¡Estás viviendo con una pecadora, Mauro! ¡Un demonio con pollera!

Esa noche, Don Roberto no solo humilló a su hijo, sino que cruzó un límite con Gabriela. La obligó a arrodillarse frente al crucifijo, la agarró del pelo y la forzó a recitar el acto de contrición, con la mirada clavada en el Cristo.

De repente Don Roberto tuvo una gran erección, inesperada. Hacía mucho tiempo que no tenía relaciones con su mujer y por el estrés del trabajo y las preocupaciones económicas ni se había masturbado en meses.

Ella obedeció, pero en sus ojos brillaba algo que no era arrepentimiento: le extasiaba ser dominada por un macho. Aunque nadie en la familia de Don Roberto le sabía dar lo que realmente necesitaba. Miró la erección de Don Roberto y se relamió, guiñándole un ojo.

Don Roberto, convencido de que era el salvador del alma de su hijo y de Gabriela, impuso un "régimen de purificación". Los domingos, después de misa, los llevaba al sótano de la casa. Ataba las manos de Mauro a una viga vieja, dejándolo como un espectador impotente.

Luego, con un aire de cura medieval, le daba "lecciones de obediencia" a Gabriela. Le hacía recitar versículos del Cantar de los Cantares, pero los retorcía con un tono enfermo.

—Decí: "Su izquierda bajo mi cabeza, y su derecha me abrazará" —le ordenaba, mientras deslizaba una mano por la nuca de ella.

Gabriela, con la voz temblorosa pero una chispa de desafío en la mirada obedecía.

—Esto es para que aprendas, Mauro —le decía Don Roberto, mientras su hijo, atado, era un torbellino de vergüenza y deseo—. Para que veas cómo se controla a una mina, cómo se hace hombre de verdad. Vos no sos más que un pibe jugando a ser marido.

Gabriela, en esa sumisión forzada, encontraba un morbo retorcido: ser dominada por el patriarca religioso frente a su novio inmovilizado.

EMILIO AL FIN SE DECIDE

En la universidad todo seguía igual. Gabriela iba jugando con todos, pero tenía los ojos puestos especialmente en Emilio.

—Hoy es tu día de suerte Gab —Y le mostró discretamente un preservativo.

La cara de Gabriela se iluminó. Estuvo todo el día pensando en cómo iba a ser.

Emilio había tintado los cristales de atrás de su auto. Subió a Gabriela al acabar la uni. Emilio los acompañó al coche. Puso una mano en el hombro de Emilio y le dijo:

—Amigo, hoy voy a repasarla bien a tu novia. Va a ser épico.

—Gracias amigo, ya me contarán. Mándenme una foto.

Subieron al coche y desaparecieron. Mauro se fue al baño a masturbarse.

Emilio la llevó fuera de la ciudad, a un descampado. Un lugar oscuro y seguro, lejos del ruido de la enorme ciudad.

Gab quiso chupársela mientras conducía, pero Emilio le dijo que no. Quería reservarse para follársela.

—Espero que estés bien depilada zorrita. Yo me depilé tal y como sugeriste.

—Lo estoy.

Emilio apagó el motor del coche y pasaron a los asientos de atrás. Cerró el coche con llave y se quitó la ropa. Todo excepto sus bóxeres.

—Desnúdate lentamente mi querida Gab, la zorrita más bella de todo Buenos Aires.

Gabriela se fue quitando sus prendas una a una con extrema lentitud. Gozando lo que estaba a punto de llegar.

—Joder, eres tremendamente zorra y estás bien depiladita, preparada siempre para recibir.

Emilio se lanzó a comerle su vagina. Mientras le metía un dedo, dos, por el culito. Gab se retorcía de placer.

—Sí cabrón qué bien me lo haces, sigue, me vuelves loca.

Así estuvo Emilio más de media hora, comiéndose aquel coño de zorrita. Hacía pausas para decirle todo lo que le iba a hacer. Le daba cachetadas en las tetas, en el culo, en la cara. Esto ponía a mil a Gab, que finalmente lanzó un tremendo grito y su vagina entró en unas grandes convulsiones. Emilio lo notó en los dedos que tenía en su culo.

—Tremendo orgasmo, zorra, eres una súper viciosa.

Emilio dejó a Gabriela que descansara un par de minutos y la tumbó.

—Llegó tu momento, zorrita.

Y procedió a ponerse el preservativo, con lentitud.

—¿Tienes ganas de que te la meta, Gab?

—Cabronazo lo sabes de sobras, hace semanas que me tienes desesperada por ti. Hazlo ya de una vez.

Empezó a introducir su polla en el coño mojadísimo de Gab, gozando de cada milímetro y haciéndola esperar. La cogió por el cuello y apretó. Dejó salir un hilo de saliva de su boca que Gab tragó encantada.

—Siempre va a ser así esto, Gabriela. Tú vas a hacer todo lo que yo quiera, sin rechistar. Cuando y dónde yo te diga. Y Mauro debe saberlo todo.

Sacó el móvil del pantalón y empezó a grabar.

—Dile a Mauro qué está pasando aquí Gab.

—Querido cornudito, ya sabes que hoy Emilio me tenía que hacer un repaso especial. Mira, me está follando aquí en un descampado. Está metiéndole la polla a tu novia, sin piedad, pero no te preocupes, usamos preservativo, mira.

Tomó el móvil de la mano a Emilio y le enfocó para que saludara. Sacó un momento la polla de Emilio y mostró que llevaba preservativo. Luego enfocó a Emilio de nuevo.

—Emilio me estás follando con preservativo, ¿verdad?

—Así es zorrita. Mauro tienes a la mina más zorra de Argentina y que la compartas conmigo honra nuestra amistad.

Y apagaron el móvil.

Cuando Emilio se corrió gritó:

—Vas a ser mi zorra sumisa siempre Gab.

Y soltó su cuello, bastante enrojecido de tanto apretar.

Gabriela respiró aliviada llena de placer.

—Me encanta que me domines, Emilio.

LA CONSAGRACIÓN DE CUCKOLD

El punto culmen familiar llegó en una reunión con tíos, abuelos y primos apretados en el comedor. Don Roberto, borracho de poder y de una fe torcida, decidió que era hora de la "lección final". Con la excusa de una oración colectiva, obligó a Mauro a arrodillarse frente a todos y le ató las muñecas con su propio cinturón. Luego llamó a Gabriela.

—Vení, querida. Mostrale a esta familia lo que es una mina que se somete a la autoridad de los hombres de Dios.

Gabriela, con un vestido modesto que el propio Don Roberto le había elegido, se acercó. No hubo contacto físico evidente, pero la humillación fue brutal. La hizo confesar en voz alta, delante de todos, cómo le gustaban las miradas de otros hombres. Después, le ordenó a su propia esposa, Doña Elvira, que le diera a Gabriela el rosario de la abuela.

—Ahora, rezá con ella. Rezá para que mi hijo encuentre las pelotas para domarla —dijo, con una voz que cortaba como vidrio.

Doña Elvira, con los ojos llenos de lágrimas, pero sin atreverse a desobedecer, cumplió. En ese momento, Mauro entendió que no había vuelta atrás.

Su humillación era total, pública, consagrada por el hombre que más respetaba: su padre. Su rol como cornudo no era solo un juego secreto con Gabriela, sino una verdad aceptada y orquestada por toda su familia. Y Mauro, qué remedio, aceptaba con resignación y empezaba a encontrarle el gusto a ser humillado.

Cuando la familia marchó el patriarca mandó a la mujer a dormir.

—Elvira ve a dormir. Tengo que hablar muy seriamente con esta pareja tan mal encaminada.

Elvira se metió en su cuarto en seguida, dando las buenas noches.

Don Roberto los llevó al sótano.

—Mirá hijo, esto que voy a hacer es una lección que ninguno de los dos debéis olvidar. Debes empezar a ser un hombre y eso pasa por reconocer mi absoluta autoridad sobre ti y tu futura mujer. Ahora vas a ver a la mujer que tienes y tú decides si quieres que siga siendo tu novia o prefieres dejarla y buscar a una mujer normal como tu madre.

Ató a su hijo, como siempre y en esta ocasión con Gab se comportó diferente.

—Bueno Gabriela. Desnúdate completamente.

—¿Pero Don Roberto?

Una bofetada tremenda sonó en la habitación.

—Obedece zorra.

Mauro empezó a llorar. Por contra Gabriela se excitó terriblemente y se desnudó completamente, excepto el tanga y el sujetador.

—Todo zorra.

Y levantó la mano, pero Gabriela le hizo el gesto de detener y se quitó rápidamente la ropa interior.

—Date la vuelta y apóyate en la pared, frente a nuestro Señor Jesucristo, que lo dio todo por nosotros.

Gabriela obedeció.

—Mira Mauro, este es el poder familiar. Tú y tu mujer seréis siempre mis obedientes servidores, como manda la Santa Iglesia y las Sagradas Escrituras.

Abrió las piernas de Gabriela y la penetró, sin más desde detrás por su vagina.

—Mueve ese culo Gabriela. Muéstrale a mi hijo cómo folla una zorra como tú.

Gabriela obedeció en el acto y estuvo moviéndose mientras recibía nalgadas de su suegro.

—Qué bueno Don Roberto, usted sí que es un macho de verdad.

Y así estuvieron un largo rato morboseándo entre ambos y humillando al pobre Mauro.

Cuando Don Roberto estuvo a punto le dijo:

—Ahora de rodillas, vas a recibir la leche bendita de tu suegro y amo. Toma mi polla y traga todo, pedazo de zorra.

Gabriela obedeció al instante. Mamó y recibió algunas embestidas de Don Roberto hasta que se corrió y lanzó algo de semen en su interior. Era un semen denso y poco abundante, como correspondía a alguien de su edad.

—Muy bien hija mía. Has cumplido muy bien tu misión. Desata a este cornudo. Me voy a dormir.

EL PROFESOR DE TEOLOGÍA

La universidad era privada y había también clase de teología. Gabriela no se andaba con chiquitas; su humillación ya no era un simple secreto, era un espectáculo. El objetivo: convertir a Mauro en la burla de todos.

En una clase de teología, con el profesor Ramírez al frente, Gabriela alzó la mano. Mauro la observó desde atrás, el estómago anudado. "Profe, ¿una pregunta", dijo con esa voz que sabía ser dulce, pero que ahora cortaba como un cuchillo.

—El otro día lo hablábamos con Mauro, y me dijo que no le gustaba que un hombre se sintiera dominado por su pareja, ¿eso es un pecado?

El profesor enrojeció, y el pasillo de su lado del aula se llenó de risas ahogadas.

Más tarde, en la salida, Gabriela caminaba con un grupo de compañeros. Mauro se acercó, y ella lo ignoró. "Ay, es que no entiendo a los hombres... me gusta que me miren, me halaguen, y mi novio se pone celoso.

A él le da vergüenza". Sus palabras volaron como dardos, y Mauro sintió el desprecio en la mirada de los demás, en sus risas. Ya no era el novio de la chica más atractiva, era el tipo que no podía con ella, el cornudo de la facu.

La noche de ese día, un chat grupal de la clase se iluminó. Era una foto de Gabriela con una blusa provocadora y, de fondo, Mauro dormido con la Biblia sobre el pecho. El texto que la acompañaba era: "Aquí mi novio, rezando por el alma de los que me desean. Yo lo ayudo con mis oraciones". La humillación se había hecho pública.

LA CONFESIÓN DEL DEMONIO MUJER

Gabriela sabía que la única manera de doblegar a Don Roberto era utilizando su propia fe. Así que, con un plan en la cabeza, acudió al confesionario. Su objetivo no era buscar el perdón, sino utilizar la confesión como un arma, pero la cosa fue por otro sendero...

"Padre, necesito confesarme", dijo, y la voz le tembló como si estuviera a punto de romperse. "Tengo miedo de mi pecado. Mi novio es muy débil. Me siento confundida. Ya no sé qué hacer". El padre Ignacio la escuchó, su voz suave, pero su corazón descontrolado. "Necesito a un hombre con la fuerza de Dios para que me guíe. Y si mi novio no me la puede dar, no sé qué va a pasar. Siento que voy a pecar".

Gabriela se puso a llorar. El padre Ignacio corrió la cortinilla y abrazó a la joven para consolarla. Gabriela apoyó una mano en una pierna del sacerdote. Muy cerca de su pene. Con el otro brazo se abrazó a él, llorando desconsoladamente y buscando su pecho con su cabeza.

Descuidadamente su mano subió y se posó en el paquete del padre Ignacio que dio un respingo, pero no dijo nada. Ni hizo nada por cambiar esa situación.

—Tranquilízate hija. El Señor Todopoderoso proveerá. Siempre puedes venir a contarme qué apena tu alma y yo te guiaré.

—Sí padre necesito que me guíe estoy muy perdida.

Cogió una mano del sacerdote y se la llevó a su boca y la besó. Primero con besos de buena feligresa, luego chupó sus dedos y finalmente llevó la mano a uno de sus pechos.

—Dígame padre que va a cuidar de mí. Le entrego mi corazón.

Apretó aún más su mano contra sus pechos, mientras su mano acariciaba su pene que ya estaba muy duro.

—Estoy llena de pecado y necesito que usted me cure, padre.

—Ven hija, vamos a beber un poco de agua y te tranquilizas, entremos a mis aposentos para que nadie te escuche.

—Gracias padre.

Gabriela iba abrazada al padre Ignacio con ambos brazos y su cabeza apoyada en su pecho.

Al entrar en las dependencias, bebieron agua y Gabriela abrazó de nuevo al padre Ignacio, pero en esta ocasión lo abrazó de frente, poniendo sus manos tras su cuello, clavando completamente sus pechos contra él.

—Padre cúreme de mis pecados, por favor. Le necesito.

Al abrazarle tan efusivamente la erección del sacerdote se hizo muy evidente.

—Mire lo que he hecho con el demonio que llevo dentro, le he incomodado. Déjeme que le cure de esta molestia.

Se puso de rodillas, levantó su sotana, bajó sus pantalones y le hizo una felación. Gabriela estaba debajo de la sotana, succionando localmente la polla del padre Ignacio. No tardó nada en correrse. Tragó.

—Perdóneme padre. Soy una gran pecadora. Esto no lo tiene que saber nadie, por favor. Es secreto de confesión.

—Descuida hija, es algo entre tú, yo y Nuestro Señor.

Y así siguieron las fechorías de Gab. Tal vez en otra ocasión nos quiera explicar cómo siguió con la humillación de Mauro, si ustedes lo desean leer.