El inicio de una pareja 11
Ana sabe que su inteligencia conquistó al consejo, pero su cuerpo conquistará a Eduardo esta noche. Con la mirada de los socios conservadores como combustible y los mensajes de su esposo real como cómplice, la línea entre el triunfo profesional y el placer prohibido se desdibuja.
La noche del sábado se convirtió en una celebración privada de triunfo, con el aire del resort cargado de victoria y deseo reprimido. Después de las actividades del día —donde Ana había salvado la presentación con su magistral explicación, dejando al consejo boquiabierto—, llegó la cena formal de clausura preliminar. Allí, uno de los socios mayoritarios, el señor Aldo Corcuera —un hombre de unos 60 años, conservador empedernido, con traje impecable y aire de autoridad patriarcal—, se acercó a su mesa. Se deshizo en elogios hacia Ana: "Señora, su exposición fue brillante. Tiene un conocimiento profundo del bienestar integral, no solo físico sino empresarial. Es usted una profesional excepcional". Luego, mirando a Eduardo con una sonrisa que no pudo disimular del todo, añadió: "Y permítame decirlo, Eduardo: su esposa es muy guapa. Qué suerte tiene".
Eduardo quedó maravillado, pensamiento interno: *Este viejo tradicionalista, que frunce el ceño ante divorciados, no pudo contenerse. Está excitado con Ana, lo veo en sus ojos... joder, si supiera lo de anoche*. Ana se sonrojó con elegancia, respondiendo: "Muchas gracias, señor Corcuera. Es un honor". Pero en un aparte con Eduardo, mientras volvían a la habitación, susurraron picantes: "Tienen dos ases bajo la manga con la misma carta, 'marido': yo. Intelectual para convencerlos... y guapa para que no olviden". Eduardo rió ronco, mano en su cintura: "Exacto, esposa. Tu cerebro los conquistó, y tus caderas los remataron. La felicidad de entrar al consorcio es evidente... y esta noche, festejemos como se merece".
Mientras caminaban al elevador, Eduardo sacó su teléfono y escribió rápido a Ricardo: "Hermano, estuve a punto de regarla en una pregunta trampita del consejo, pero Ana salió al quite. Qué impresionante mujer... salvó el día con su expertise. Por cierto, gracias por lo de la cajita. En un rato más daremos buena cuenta de ese regalo 😉". Ricardo, en casa, respondió casi al instante: "Jajaja, sabía que ella brillaría. Eres un pícaro... ya te mostraré fotos de lo que se pierde aquí. Y si se animan, mándenme video. Disfrútala mucho, cómplice. Te amo, hotwife ❤️ (mensaje que Ana vio y sonrió pícara)".
De vuelta en la habitación, la celebración explotó. Ana se cambió primero: se puso la lencería roja del regalo de Ricardo —tanga brasileña que se hundía provocadora entre sus nalgas curvilíneas, sostén balconette que elevaba y exponía sus senos pequeños con encaje transparente, dejando pezones apenas velados—. Eduardo la miró vestirse desde la cama, morbo puro: "Verte ponerte esto... sabiendo que tu marido lo eligió para que yo te lo quite. Es más excitante que desnudarte directo". Ella modeló felina, girando para mostrar el trasero: "Festejemos el triunfo, amor. Hoy convencí a esos conservadores... y ahora te convenzo a ti". Él la atrajo, besándola profundo mientras le quitaba el enterizo deportivo del día, manos grandes apretando sus caderas: "Eres letal, Ana. Corcuera babeaba... y yo voy a devorarte".
La noche fue intensa: empezaron en la cama, Eduardo lamiéndola despacio sobre la lencería roja, lengua trazando el encaje hasta mojar la tanga. "Estás empapada por el día... por las miradas, por el triunfo", gruñó. Ana jadeó: "Sí... y por saber que Ricardo lee tus mensajes". La penetró en misionero, profundo y acompasado, la tanga corrida a un lado: sonidos húmedos *chap chap* mientras ella arqueaba, senos rebotando libres al desabrochar el sostén. "Tómame como tu esposa de verdad", pedía ella. Cambios: ella cabalgándolo, ondulando caderas con libertad, gritando su nombre en un orgasmo tembloroso —el único pero prolongado, generosa como siempre—. Luego en cuatro, él desde atrás admirando la tanga roja hundida: "Este culo... Corcuera lo imaginó hoy, pero solo yo lo tengo". Se vino dentro, caliente y abundante, mientras ella jadeaba: "Sí... lléname, marido".
Pausa para respirar, vino de la minibar, pero Ana, pícara: "No acabamos... quiero bailar para festejar". Eduardo, excitado: "Vamos al bar del resort. Muéstrame esos movimientos que volviste loco a medio consejo".
Salieron al lounge con música latina suave —Ana en un vestido corto negro que había traído, ajustado a sus caderas, sin sostén para sentir la libertad post-sexo—. Bailaron pegados: cuerpos acompasados, manos de él en su cintura baja, rozando el trasero. Comentarios picantes susurrados: "Sientes cómo me pones otra vez?", decía él. Ella: "Sí... y todos miran, como Corcuera hoy". Y justo allí, en la pista, se encontraron al señor Corcuera solo en una mesa, sorbiendo un whisky. Los vio, sonrió: "¡La pareja estrella! Bailan tan bien como presentan". Invitó a una copa, elogios de nuevo: "Ana, su inteligencia hoy fue clave... y su vitalidad, inspiradora". Miradas prolongadas en sus caderas moviéndose, admiración contenida pero evidente.
Eduardo pensó: *El viejo está encendido... y Ana lo sabe*. Ella, coqueta pero elegante: "Gracias, señor. Con un marido como Eduardo, es fácil brillar". Bailaron más, ahora con morbo extra: Eduardo presionándola contra él, susurrando: "Lo tienes excitado... y a mí me pone loco verte deseada". Ana: "Por eso somos imparables... dos ases en una".
Regresaron a la habitación pasada medianoche, para una ronda final: fotos discretas que Eduardo mandó a Ricardo ("Mira cómo festejamos tu regalo"), y un video corto —Ana cabalgando de espaldas, lencería roja desordenada, gimiendo— que Ricardo recibió con excitación pura: "Joder, qué hotwife... disfrútenla. Mañana más".
La noche de triunfo cerró con ellos entrelazados, el consorcio casi asegurado, y el deseo ardiendo para el domingo final.
La noche del sábado culminó en una explosión de pasión desatada al regresar a la habitación. Ana, aún con el vestido corto negro ceñido a sus caderas, entró riendo por el encuentro con Corcuera en el lounge. "Ese viejo no pudo disimular... me miró como si quisiera unirse al festejo", comentó pícaro Eduardo, cerrando la puerta y atrayéndola por la cintura. Ana se presionó contra él, besándolo con urgencia: "Y tú, 'marido', ¿celoso? O excitado por verme deseada". Él gruñó contra su cuello: "Excitado... como Ricardo. Vamos a festejar de verdad ahora".
La lencería roja del regalo de Ricardo ya esperaba en la cama, pero no la necesitaron de inmediato. Eduardo la levantó felina contra la pared, manos grandes subiendo el vestido para rozar la tanga húmeda debajo. "Toda la noche bailando pegados, sintiendo cómo te pones... y ahora te tengo", susurró, quitándole el vestido de un tirón. Ana jadeó, enlazando piernas en su cintura: "Sí... tómame aquí, contra la puerta, como si fuéramos recién casados". La penetró de pie, embestidas fuertes y profundas, el sonido de piel contra piel mezclado con sus gemidos. "Joder, Ana... apretas tan rico después de un día así", gruñó él, mientras ella arañaba su espalda: "Me encanta ser tu esposa falsa... pero puta real para ti". Cambiaron a la cama: ella en cuatro, él desde atrás, tirando de la tanga roja (que se había puesto rápido para el "festejo") a un lado, embistiendo con ritmo que hacía rebotar sus caderas curvilíneas. "Mira ese culo... Corcuera lo imaginó, pero yo lo follo", comentó pícaro. Ana tuvo su orgasmo intenso, temblando y contrayéndose alrededor de él: "¡Sí, Eduardo... lléname otra vez!". Él se vino dentro, caliente y abundante, colapsando sobre ella.
Exhaustos, se tumbaron con vino, pero Ana, generosa, no paró: se montó encima para una ronda lenta, cabalgando con ondulaciones sensuales mientras chupaba sus dedos. "Festejemos el triunfo... y a Ricardo", susurró, grabando un video corto —ella moviéndose, lencería roja desordenada, gimiendo "Para ti, amor"—. Eduardo lo mandó: "Hermano, tu regalo en acción. Qué hotwife... la estamos festejando como se merece". Ricardo respondió rápido: "Joder, qué video... me tienen duro aquí solo. Sigan, cómplice. Disfrútala por mí ❤️". Ana leyó y sonrió: "Mi marido real aprueba... ahora sí, a dormir un poco".
El domingo amaneció con desayuno en la habitación: frutas, café, ellos desnudos bajo las sábanas, planeando el cierre. Eduardo: "Gracias a ti, estamos casi adentro del consorcio. Corcuera y los otros babeaban por tu cerebro... y más". Ana, coqueta: "Dos ases en una: experta y sexy. Pero el verdadero premio es esto". Se besaron, llevando a una ronda matutina rápida —oral mutuo, ella chupándolo profundo mientras él la lamía, culminando en 69 con gemidos suaves.
El día final incluyó reuniones de cierre: feedback positivo, con Corcuera reiterando elogios ("Ana, su intervención fue clave... y su presencia, inspiradora"). Eduardo pensó: *El viejo sigue excitado... si supiera*. Ana brilló de nuevo en discusiones, asegurando la posible sociedad. Al mediodía, almuerzo grupal donde los socios tradicionales no disimularon admiración sexual sutil —miradas a sus caderas en el vestido casual del día—, lo que Eduardo notó con morbo: "Tienen razón, esposa... eres imparable".
Regresaron esa tarde, Ana mandando mensajes a Ricardo en el camino: "Triunfo total, amor. Corcuera babeando... y Eduardo me festejó anoche con tu regalo. Detalles en casa 😉". Ricardo: "No veo la hora. Te amo, hotwife. Orgulloso de ti". Al llegar, Ricardo la recibió con un beso posesivo, Eduardo despidiéndose: "Gracias por prestármela, hermano. Repetimos pronto". Ana y Ricardo terminaron la noche en casa, ella contándole todo con detalles picantes, llevando a sexo intenso: "Me cogió pensando en ti... y en esos viejos excitados". Parecían conejos de nuevo, la aventura fortaleciendo su lazo.
Mensajes posteriores entre Eduardo y Ricardo avivaron más: "Tu mujer es oro, hermano. Salvó mi empresa y me dio las mejores noches. ¿Otra 'consultoría' pronto?". Ricardo: "Cuando quieras... la sal y pimienta no para". La historia con Eduardo prometía capítulos infinitos.
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