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El inicio de una pareja 10

Eduardo sabe que Ana es suya, pero también sabe que a Ricardo le excita verla deseada por otros. Este fin de semana, bajo la mirada de socios conservadores y la tensión de un juego de poder, la línea entre el engaño fingido y el placer real se desdibuja.

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La noche del viernes en la habitación del resort fue un estallido de tensión acumulada. Apenas cerró la puerta, Eduardo cargó a Ana como si fuera su novia de toda la vida —brazos fuertes bajo sus caderas curvilíneas, ella enlazando piernas en su cintura alta, felina y juguetona—. "Por fin, esposa mía", murmuró él contra sus labios, besándola con urgencia mientras la llevaba a la cama king size. Ana jadeó, sintiendo su erección presionando contra el pantalón del traje sastre: "Muéstrame cómo trata un marido a su mujer después de un cóctel aburrido". Las manos de Eduardo bajaron el saco, desabotonaron la camisa blanca con prisa controlada, revelando el sostén discreto pero elegante que llevaba debajo. "Joder, Ana... toda la noche fingiendo, y ahora te tengo para mí", gruñó, besando su cuello moreno claro mientras le quitaba el pantalón, admirando cómo acentuaba sus caderas.

Se desnudaron con hambre: él quitándole la ropa interior básica (guardaba la sorpresa para después), ella desabrochándole la camisa para recorrer su torso atlético. La penetró en misionero lento al principio, acompasando caderas profundas, sonidos húmedos llenando la habitación. "Me encanta sentirte así... como si fueras mía de verdad", susurró Eduardo, ojos miel fijos en los de ella. Ana arqueó la espalda: "Soy tu esposa este fin de semana... tómame como quieras". Tuvieron una ronda intensa —ella cabalgándolo después, ondulando sus caderas para buscar su placer, gimiendo su nombre mientras él apretaba sus senos pequeños—. Luego, exhaustos pero no satisfechos, pasaron a la ducha amplia con lluvia tropical.

Bajo el agua caliente, se enjabonaron mutuamente: manos de Eduardo recorriendo su piel resbalosa, dedos explorando entre sus piernas aún sensibles. Ana lo besaba, chupándolo contra la pared hasta que él gruñó de placer, pero cuando él la levantó para penetrarla de pie, ella rió entre jadeos: "No podemos hacer esto toda la noche... debemos dormir un poco, 'marido'. Mañana hay actividades y necesitamos estar frescos". Eduardo mordió su hombro suavemente: "Tienes razón, pero qué difícil con una esposa tan deliciosa". Se secaron entre besos, durmieron entrelazados desnudos, con Ana pensando: *Ricardo debe estar loco imaginándome aquí... le mando un mensaje mañana*.

Ricardo, en casa, recibió un texto discreto antes de dormir: "Todo bien, amor. Besos conyugales en público... y privados intensos. Te amo ❤️". Él respondió: "Disfrútalo mucho, hotwife. Cuéntame detalles mañana. Te extraño, pero me excita saberte con él".

El sábado amaneció con sol filtrándose por las cortinas. Ana se despertó primero, recordando la cajita. "Ábrela ahora, esposa", dijo Eduardo perezoso desde la cama, observándola desnuda buscar en la maleta. Al abrirla, sonrió pícara: lencería roja pasión —tanga brasileña que se hundía entre sus nalgas, sostén balconette que elevaba sus senos pequeños y firmes, con encaje transparente. "Ricardo es un travieso... esto es para ti", le dijo a Eduardo, modelándolo lentamente. Él se excitó al instante, pensamiento interno: *Verla vestirse es tan excitante o más que desnudarla... esa tanga roja marcando sus caderas, sabiendo que la compró su marido para que yo la disfrute*.

Para las actividades del día —presentaciones de diferenciadores empresariales, con enfoque en bienestar físico—, Ana eligió ropa deportiva elegante: el enterizo negro ceñido que había usado antes en el centro de Eduardo, que realzaba cada curva sin ser vulgar, combinado con licras grises ajustadas debajo para los ejercicios demostrativos. Eduardo la miró vestirse, morbo puro: manos ayudando a subir el cierre, rozando su trasero: "Esto es tortura... verte así, profesional y sexy, pensando en quitártelo después". Ana, coqueta: "Compórtate en público, amor... o estos tradicionalistas nos descalifican".

El día empezó con presentaciones en el salón principal: parejas representando empresas de bienestar exponiendo sus diferenciadores —terapias innovadoras, programas de ejercicio, enfoques holísticos—. Eduardo y Ana brillaron al principio: ella, con su expertise real (habiendo consultado su empresa), explicaba conceptos con magistral precisión. Pero pronto notaron nervios: varias parejas se retiraban discretamente del hotel después de sus turnos, murmurando excusas. "Nos están descartando desde el sábado", susurró Eduardo en un break, tomándola de la mano para fingir estabilidad conyugal. Ana sintió la presión: "Tranquilo... si toca explicar, lo manejamos".

Llegó el momento crítico: en una ronda de preguntas del consejo —hombres mayores, conservadores, con esposas discretas a su lado—, cuestionaron el "enfoque moderno" del centro de Eduardo, insinuando inestabilidad por su divorcio. Ana tomó la palabra magistralmente: con su background de catedrática y consultoría previa, explicó restructuraciones éticas, integración de bienestar familiar y casos de éxito (incluyendo mejoras reales que había implementado en su empresa). Habló fluido, elegante, el enterizo negro acentuando sus movimientos sutiles al gesticular, caderas ondulando levemente al caminar al frente.

Más de uno de los socios quedó encantado: no solo por el conocimiento profundo —"Esta mujer sabe de lo que habla, Eduardo, qué suerte tienes"—, sino atraídos sexualmente de forma sutil pero evidente. Miradas prolongadas en sus caderas, sonrisas que se demoraban en sus senos pequeños bajo el tejido ceñido, comentarios "inocentes" como "Su esposa transmite tanta vitalidad... se nota el bienestar en pareja". Eduardo no lo podía creer, pensamiento interno: *Estos tradicionalistas hipócritas están excitados con Ana... mirándola como si quisieran probar su 'bienestar'. Joder, si supieran lo de anoche*.

Ana notó las miradas, rubor tímido pero excitación secreta: *Me están devorando con los ojos... y Eduardo celoso-protector a mi lado*. Él, en un aparte: "Los tienes babeando, esposa. Esto es más excitante que el cóctel". Ella susurró pícaro: "Y tú disfrutas que me deseen, ¿verdad? Como Ricardo".

Mensajes de Ricardo fluyeron: "Cómo va el día, amor? Foto discreta del enterizo?". Ana envió un selfie en el baño: "Presentando... y conquistando. Besos de tu hotwife". Él: "Estás radiante. Disfruta las miradas... y la noche con él. Te amo".

La tensión del día —nervios por posibles descartes, pero salvada por Ana— prometía una noche de desahogo intenso, con la lencería roja esperando su turno. El fin de semana fingido se sentía cada vez más real... y ardiente.

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