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El inicio de una pareja 9

Eduardo necesita una esposa para su negocio, y Ana es la candidata perfecta. Ricardo, lejos de oponerse, se excita con la idea de verla bajo el control de otro hombre. Tres días de fingimiento que prometen ser más reales que cualquier matrimonio.

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Así transcurrieron unos meses más, con mensajes esporádicos pero siempre calientes entre Ricardo y Eduardo, recordando las noches compartidas y fantaseando con nuevas. Ana, por su parte, había asistido en varias ocasiones al centro de bienestar de Eduardo para sus "consultorías" profesionales —mejorando aspectos de su empresa con su expertise académica—, y allí las miradas se prolongaban, los comentarios juguetones volaban ("Esa blusa te queda criminal, Ana... me distraes la reunión") y los roces "accidentales" al pasar documentos prendían la chispa, aunque nunca pasaban a mayores por respeto a Ricardo.

En una ocasión, Eduardo insistió en que Ana viviera la experiencia completa del centro: ejercicios guiados y terapias relajantes. Ella aceptó coqueta, llegando con un enterizo negro ceñido que marcaba sus caderas curvilíneas y sus senos pequeños, el tejido elástico brillando con cada movimiento. Durante la sesión, los comentarios picantes no se hicieron esperar: "Flexiona más, Ana... esa postura te queda perfecta", decía Eduardo con voz ronca mientras la guiaba en estiramientos, sus manos rozando su cintura. Ella respondía con risas tímidas pero provocadoras: "Cuidado, 'jefe', que me estás tocando demasiado". En poco tiempo, Ana no solo disfrutó la terapia, sino que aportó ideas brillantes para optimizar el área de ejercicios de la empresa, dejando a Eduardo impresionado... y deseoso.

Hasta que llegó ese miércoles por la tarde. El teléfono de Ricardo vibró: "Préstame a tu esposa, te llamo". De Eduardo. Ricardo sintió esa mezcla familiar de curiosidad y excitación cuckold, esperando ansioso la llamada. Cuando sonó, Eduardo explicó: quería ingresar como socio a un consorcio exclusivo de centros de bienestar en Querétaro, pero el consejo directivo era de valores tradicionales —familias conservadoras que veían con malos ojos a un divorciado dos veces, especialmente por las clientas mujeres en su centro. "Necesito aparecer con una 'esposa' estable, hermano. Solo tres días: viernes a domingo. Presentaciones, actividades... nada pesado". Ricardo rió: "¿Y seguro pensaste en mi esposa?". Eduardo: "Efectivamente, amigo. Ana es perfecta: inteligente, elegante, sensual. Sería creíble". Ricardo, excitado por la idea: "Hablaré con ella".

Al contárselo a Ana esa noche, en la cama, ella sonrió con un rubor tímido pero ojos brillantes: "Sí... sí quiero ir. Suena divertido... y excitante". Se besaron con urgencia, Ricardo susurrándole: "¿Sabes lo que va a pasar, amor? Vas a dormir en la misma habitación con él, fingir ser su esposa... besos, caricias en público". Ana jadeó: "Sí, lo sé... y me pone muy húmeda pensarlo". Hicieron el amor intenso, Ricardo reclamándola mientras ella susurraba: "Imagíname con él, amor... tratándome como su mujer". Durante la semana previa, los comentarios picantes fueron constantes: Ana provocándolo en la cocina ("¿Estás listo para que otro me bese en público?"), Ricardo respondiendo ronco: "Disfrútalo mucho, amor. Yo te amo, pero quiero que te sientas deseada. Mándame mensajes, cuéntame todo".

**Preparación sexy**

El jueves, Ana preparó su maleta con complicidad felina. Ricardo la observaba desde la puerta del clóset, excitado por cada prenda que elegía. Ella sacó vestidos formales para el viernes, ropa deportiva para el sábado, y lencería discreta pero provocadora. "Esto para el cóctel... esto para las actividades", decía coqueta, modelando un traje sastre pantalón gris perla —pantalón ajustado que insinuaba sus caderas curvilíneas sin ser vulgar, camisa blanca entallada y saco elegante—. Ricardo se acercó por atrás, besando su cuello: "Vas a volverlos locos... pero especialmente a él". Sus manos bajaron por sus caderas, levantando su bata para tocarla: "Imagínalo quitándote esto". Ana jadeó, presionándose contra él: "Sí... y tú aquí, pensando en mí". Terminaron en el piso del clóset, Ricardo penetrándola lento mientras ella gemía: "Voy a ser su esposa por tres días... ¿te excita?". "Mucho, amor... disfrútalo todo".

Antes de cerrar la maleta, Ricardo le dio una cajita envuelta: "Ábrela hasta el sábado, en el hotel. Es un regalo para que... lo uses con él". Ana la sacudió curiosa, sonriendo pícara: "Travieso... ¿lencería?". Él solo guiñó: "Ya verás". (Nota mental de Ricardo, recordando cuando la compró días antes en una boutique discreta: un conjunto rojo pasión —tanga brasileña y sostén balconette que elevaría sus senos pequeños—, imaginándola ponérselo para Eduardo, su amigo tomándola mientras él leía mensajes. Se excitó tanto en la tienda que casi se masturba en el probador pensando en ello).

**La partida**

El viernes tarde, Eduardo llegó por Ana en su camioneta elegante. Ella bajó radiante: traje sastre impecable, cabello ondulado suelto, maquillaje sutil. Ricardo los despedía en la puerta, besando a Ana profundo: "Ahora es tu esposa, hermano. Cuídala bien... y disfrútala". Eduardo rió pícaro, abrazando a Ana por la cintura: "No te preocupes, la voy a tratar como reina". Ana pensó, subiendo al auto: *Voy a pasar el fin de semana con él... noches enteras*.

En el camino a Querétaro —unas horas de autopista—, los comentarios juguetones fluyeron. Eduardo, mano en su muslo: "Me podría acostumbrar a esto... tenerte de copiloto, mi 'esposa'". Ana, coqueta: "Trátame bien, entonces... o me divorcio antes del domingo". Él rió: "Imposible, mi amor. Con una mujer como tú, no me va a costar trabajo generar muestras de cariño en público". Rozó su mano, besándola en un alto: "Y en privado... tampoco". Ana sintió calor entre las piernas: *Ricardo sabe... y quiere que pase*.

Ricardo escribió apenas partieron: "Disfrútalo, amor. Mándame fotos discretas". Ana respondió con un selfie sonriente junto a Eduardo: "Tu hotwife en ruta ❤️".

Llegaron al hotel del consorcio viernes tarde: un resort elegante con salas de conferencias. Presentaciones formales y cóctel de bienvenida. Ana, perfecta en su traje sastre —el pantalón marcando sus caderas al caminar, la camisa insinuando bajo el saco—, fue presentada como "mi esposa Ana". Saludos conservadores, pero las miradas de los consejeros aprobaban: "Qué pareja tan guapa". Eduardo la tomaba de la mano, besos en la mejilla "conyugales", cintura rodeada. Ana pensó: *Se siente tan real... y excitante*. Comentarios picantes susurrados: Eduardo al oído durante el cóctel: "Todos te miran las caderas... pero solo yo sé lo que hay debajo". Ella: "Compórtate, 'marido'... o no aguantamos hasta la noche".

La tensión creció, pero guardaron para la habitación. Al entrar, Eduardo la cargó felina —brazos bajo sus caderas, ella enlazando piernas en su cintura—: "Por fin solos, esposa". La besó contra la puerta, manos grandes apretando su trasero: "Mi amor, estar con una mujer como tú hace creíble cualquier matrimonio". Ana jadeó: "Muéstrame cuánto te gusta tu 'esposa'". (Y allí, con la cajita por abrir al día siguiente, la noche prometía ser larga... Ricardo esperando mensajes ansioso en casa).

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