Xtories

Una entrega especial

Marta nunca imaginó que su aniversario 22 terminaría así. Cuando el timbre suena, no espera flores, sino una tentación que no debería aceptar. Pero la casa está vacía, el calor es sofocante, y Kevin tiene una sonrisa que promete lo prohibido.

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Marta, 47 años, llevaba 22 casada con un hombre que ya no la tocaba como antes. El aniversario número 22 se acercaba y él ni siquiera lo había mencionado. Ella sí lo recordaba: seguía ardiendo por dentro, con un cuerpo que los años habían hecho más voluptuoso y apetecible —tetas grandes y naturales que aún desafiaban la gravedad, cintura marcada, caderas anchas, culo redondo y carnoso que se movía con cadencia hipnótica bajo cualquier vestido—. Esa tarde pidió flores online para fingir que alguien la celebraba. Cuando sonó el timbre a las siete, abrió la puerta con un vestido veraniego corto de algodón blanco, sin nada debajo, el calor justificaba todo… o eso se decía a sí misma.

Allí estaba Kevin, 19 años, repartidor dominicano de la floristería. Alto, piel chocolate oscura que brillaba con sudor, ojos negros profundos, pelo cortísimo, barba incipiente y una sonrisa tímida que contrastaba con su cuerpo atlético y joven. El uniforme ajustado marcaba pectorales definidos, brazos venosos y una cintura estrecha. Sudaba tras el trayecto en moto, el ramo de rosas rojas parecía pequeño en sus manos grandes.

—Buenas tardes, señora. Entrega para Marta López —dijo con ese acento dominicano suave que arrastraba las erres, voz educada pero nerviosa al verla.

Marta lo recorrió con la mirada sin disimulo, sintiendo un latigazo inmediato entre las piernas.

—Qué repartidor tan guapo y joven me han enviado hoy… Pasa, pasa, no te quedes ahí cargado con esto.

Kevin dudó visiblemente, mirando hacia la calle como si esperara que alguien lo viera.

—No sé… estoy en horario, señora. Solo tengo que entregar y firmar…

—Llámame Marta, cariño. Y entra un segundo, que te doy propina y un vaso de agua fría. Estás sudando, pobrecito. No muerdo… a menos que me lo pidas.

Kevin tragó saliva, los ojos bajando un instante a su escote antes de apartarlos rápido, las mejillas oscuras enrojeciendo. Entró con pasos lentos, cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie en el salón, las manos apretando el borde de la mochila como si fuera un salvavidas.

Marta firmó el albarán, dejó el ramo en la mesa y fue a la cocina. Sirvió dos vasos altos con hielo y limón, volvió y se sentó a su lado en el sofá, muy cerca, cruzando las piernas de forma que el vestido subiera y dejara ver muslos suaves y bronceados. Kevin se sentó en el borde, rígido, las rodillas juntas, los ojos fijos en el vaso.

—¿Tienes novia, moreno?

—Sí… ocho meses —respondió él, voz baja, mirando el suelo.

Marta sonrió lento, posando la mano en su rodilla y subiendo despacio por el muslo.

—Qué suerte tiene ella. Pero dime… ¿te besa así tu novia?

Se inclinó y le besó el cuello, oliendo su piel salada por el sudor del día. Kevin se tensó como un cable, un jadeo corto escapando de su garganta, el cuerpo echándose hacia atrás ligeramente.

—Marta… no… tengo novia… no puedo…

—¿No puedes? ¿O no quieres? —susurró ella contra su piel, besándolo de nuevo, más lento.

Kevin cerró los ojos, respirando agitado, las manos cerradas en puños sobre los muslos.

—No… no está bien… mi novia…

Marta le desabrochó el primer botón de la camisa, acariciando su pecho moreno y definido.

—¿Y esto? ¿Tu novia te deja desabrocharte la camisa así, sin decir nada?

Kevin negó con la cabeza, pero no la apartó. Su respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando rápido.

—No… ella… es más… tímida.

Marta siguió bajando, botón a botón, hasta llegar al cinturón.

—¿Y esto? ¿Te deja bajarte los pantalones así, sin preguntar?

Le bajó los pantalones y boxers de un tirón suave. Su polla saltó libre: gruesa, larga, venosa, piel oscura con glande rosado brillante de precúm. Kevin soltó un gemido bajo al sentir el aire, las caderas moviéndose involuntariamente hacia adelante, pero inmediatamente intentó cubrirse con las manos.

—Marta… por favor… no… tengo novia… esto no…

Marta le apartó las manos con suavidad pero firmeza, envolviendo su polla con la mano y masturbándola despacio.

—¿Tu novia te la chupa así? ¿Hasta la garganta, mirándote a los ojos?

Se arrodilló entre sus piernas y empezó: lengua plana recorriendo toda la longitud, succionando el glande con círculos húmedos, bajando hasta la garganta con facilidad, subiendo y bajando con ritmo constante. Kevin echó la cabeza hacia atrás contra el sofá, un gemido largo y profundo saliendo de su pecho, las manos agarrando el cuero con fuerza, nudillos blancos. Intentó resistir, murmurando:

—No… no debo… mi novia… joder…

Pero su cuerpo traicionaba: caderas empujando ligeramente hacia su boca, polla palpitando más dura con cada succión.

Luego bajó a las bolas pesadas, chupándolas una a una con sorbos ruidosos, metiendo la lengua entre las arrugas. Kevin temblaba entero, un “ay, Dios mío…” escapando entre dientes, las piernas abriéndose más por instinto, aunque seguía murmurando:

—No… para… por favor… no puedo hacerle esto a ella…

—¿Y esto? ¿Te lame las bolas así, despacito, saboreándolas?

Kevin solo pudo negar con la cabeza, gemidos entrecortados, el cuerpo arqueándose ligeramente.

Marta levantó sus piernas fuertes, las apoyó en sus hombros, exponiendo completamente su ano moreno, virgen y apretado.

—¿Te ha comido el culo alguna vez tu novia?

—No… nunca… dice que es sucio… por favor, Marta… no… —su voz temblaba, pero sus ojos no se apartaban, llenos de deseo y conflicto.

—Pues yo sí te lo voy a comer. ¿Quieres saber cómo se siente?

Kevin negó con la cabeza, pero no cerró las piernas. Su polla palpitaba visiblemente, goteando precúm.

—No… no sé… mi novia…

Marta besó alrededor del ano, lengua plana recorriendo la piel sensible y oscura. Kevin jadeó fuerte, un “¡hostia puta!” escapando de su boca, el cuerpo tensándose como si le hubieran dado una descarga eléctrica, las manos agarrando el sofá con más fuerza.

Luego presionó la punta de la lengua contra la entrada, lamiendo en círculos lentos y húmedos, humedeciéndolo todo con saliva abundante. Kevin soltó un gemido largo y profundo, las caderas levantándose involuntariamente, los ojos cerrados con fuerza, la boca entreabierta en un “oh… joder… no… sí…”.

Metió la lengua poco a poco, entrando y saliendo, follándolo con ella mientras una mano masturbaba su polla con movimientos largos y firmes, la otra masajeaba sus bolas pesadas y rodaba los huevos con delicadeza. Kevin temblaba entero, gemidos constantes, el cuerpo convulsionándose ligeramente con cada penetración de la lengua.

—¿Te hace esto tu novia? ¿Te mete la lengua dentro así, profundo, mientras te pajea?

—No… nunca… por favor… no pares… —suplicó él al fin, voz rota, caderas empujando hacia su boca, polla goteando precúm sin parar, la resistencia derrumbándose por completo.

Marta prolongó el rimming largos minutos, disfrutando cada reacción: cómo su “no” se convertía en “sí”, cómo empujaba más fuerte, cómo su polla palpitaba sin tocarla, cómo sus gemidos se volvían más altos y desesperados. Solo cuando vio que estaba al borde, se detuvo, lo miró con ojos brillantes de lujuria y dijo:

—Vamos a la habitación. Quiero saber si tú también sabes hacer estas cosas.

Lo llevó de la mano al dormitorio principal: cama king size con sábanas blancas, luz tenue de la tarde filtrándose por las cortinas, fotos de su marido en la mesita. Se quitó el vestido de un movimiento, quedando desnuda: tetas grandes balanceándose libres, pezones oscuros erectos, coño depilado con labios hinchados y húmedos, culo redondo y carnoso invitador.

Se tumbó en 69 invertido: su coño sobre su boca, su culo frente a su cara.

—¿Tu novia te deja lamerle el coño así? Prueba.

Kevin empezó lamiendo su coño con timidez al principio: lengua dentro y fuera, explorando los pliegues húmedos, succionando el clítoris hinchado con más confianza a medida que ella gemía sobre su polla. Cada lamida le arrancaba un gemido más profundo, las manos en sus muslos temblando de excitación.

Luego se inclinó más, abriendo sus nalgas carnosas con las manos.

—¿Y esto? ¿Te deja meterle la lengua en el culo?

Kevin obedeció: besos tímidos alrededor del ano rosado, luego lengua plana recorriendo el contorno. Marta empujó hacia atrás, gimiendo.

—Más fuerte… métela dentro… sí, así… ¿tu novia te deja hacer esto?

Kevin se entregó por completo: lengua entrando y saliendo con ritmo, follándola profundo y rápido, dedos en su coño frotando el punto G con movimientos circulares. Cada penetración le hacía gemir contra su carne, el cuerpo temblando de placer nuevo. Marta se corrió fuerte, squirteando chorros claros y calientes sobre su barbilla, cuello y pecho, cuerpo temblando, gritando su nombre mientras sus tetas se balanceaban.

Sin dejarlo descansar, Marta se giró, lo miró con lujuria pura y dijo:

—¿Tu novia te deja follarle el culo?

—No… nunca me ha dejado ni intentarlo —admitió él, voz ronca, ojos vidriosos de deseo.

—Pues yo sí. Quiero que me lo folles… despacio al principio y luego como un animal.

Cogió lubricante de la mesita, untó generosamente su ano y la polla larga y gruesa de Kevin. Se puso a cuatro patas en la cama, culo en alto, nalgas separadas con las manos, mirando hacia la foto de su marido.

—Ven, moreno. Entra despacio. Quiero sentir cada centímetro.

Kevin se colocó detrás, glande rosado presionando la entrada. Marta respiró hondo y empujó hacia atrás. La cabeza entró con un pop suave y caliente. Él jadeó ante la estrechez extrema y el calor abrasador, los ojos cerrados con fuerza, un “joder… qué apretado…” escapando entre dientes.

—Más… métela toda, poco a poco —ordenó ella, empujando más.

Centímetro a centímetro, hasta la base. Kevin se quedó quieto un momento, respirando agitado, sintiendo cómo sus paredes lo apretaban como un guante caliente. Luego empezó a moverse: lento y profundo al inicio, largas embestidas que la hacían gemir sin control, cada salida y entrada arrancándole gemidos más altos.

—¿Tu novia te deja follarle así? ¿Profundo y lento?

—No… nunca… —jadeó él, voz quebrada, caderas moviéndose con más confianza.

—Pues yo sí. Ahora más rápido… sí… agárrame las caderas… fóllame fuerte, Kevin…

Él obedeció, embistiendo con fuerza creciente, manos clavadas en sus caderas, sudor goteando por su pecho moreno sobre la espalda de ella. Cambiaron posiciones varias veces para prolongar el placer: Marta cabalgándolo analmente, controlando la profundidad y el ritmo, rebotando con tetas moviéndose salvajemente, manos en su pecho; luego de lado, él detrás abrazándola fuerte, una mano frotando su clítoris hinchado mientras la penetraba profundo y constante; finalmente de nuevo a cuatro patas, martilleando sin piedad, palmadas fuertes en sus nalgas que dejaban marcas rojas y resonaban en la habitación.

El sexo anal duró más de treinta minutos intensos, ambos perdidos en el placer: gemidos llenando la casa, cuerpos sudorosos chocando con sonidos húmedos, el olor a sexo, lubricante y deseo impregnando el aire. Marta llegó a cuatro orgasmos anales, contrayéndose alrededor de él como un puño caliente y húmedo, squirteando desde el coño sin tocarlo, gritando su nombre una y otra vez mientras su cuerpo temblaba.

—¡Córrete dentro, Kevin! ¡Lléname el culo mientras pienso en mi marido!

Él no pudo aguantar más: empujó profundo varias veces con gruñidos graves y eyaculó en gruesos chorros calientes y abundantes dentro de su ano, gimiendo con voz ronca, cuerpo temblando entero, llenándola hasta que el semen empezó a desbordar y bajar por sus muslos.

Se derrumbaron sobre la cama, exhaustos, respiraciones agitadas y entrecortadas, cuerpos pegados por el sudor y los fluidos. Marta sentía el semen caliente dentro de ella, una sensación deliciosamente prohibida.

Se giró, lo besó con ternura en los labios y le acarició la mejilla morena, aún jadeante.

—Tu novia no sabe lo que se pierde, mi niño dominicano.